sábado, 6 de octubre de 2012

Los vecinos

Mi querida Obdulia: ¡Qué alegría! Después de tantos años sin saber de ti, ahora que nos hemos reencontrado, vuelvo a escribirte para seguir contándote cosas de mi vida, como ya hice en cartas anteriores. Son cosas que ignoras, que no son extraordinarias, pero que sé que te interesarán al ser mías. Ya sabes que quedé viuda muy joven, pero no sabes que me quedó una paga que, sin ser muy grande, era, al menos, mucho más que suficiente para vivir con cierto desahogo. Por aquel entonces dejé mi vieja casa y me fui a vivir a una barriada de reciente construcción, habitada por gentes de muy diferente clase y condición. Gentes sencillas y honestas en su mayoría. Gentes, al fin y a la postre, constitutivas de un mundo realmente agradable, o casi. Aquello no era una comuna, aunque en cierto modo pudiese parecerlo, pues entre la mayoría de los vecinos existía gran confianza e intrinsiqueza. Allí supe que podría vivir más que agradablemente. A quien primero conocí fue a un personaje muy activo y beneficioso, que estaba de continuo en todas las casas -¡dichosos tiempos aquellos!- y en todas, absolutamente en todas, era acogido con una satisfacción inmensa. Se llamaba Curro, y gracias a él, se podían cubrir las necesidades de cada hogar, e incluso ahorrar algo para cuando los tiempos difíciles. A su lado moraba una gran señora, doña Esperanza, persona que te socorría en cualquier dificultad, dándote ánimos y consejos para superarla, haciéndote ver que, por grande que fuese el trance, podría vencerse siempre que para ello pusiéramos la inteligencia y el esfuerzo necesarios. ¡Cuánto bien nos hizo muchas veces el aferrarnos a sus sugerencias e indicaciones! En la siguiente casa, justo en la que hacía esquina, habitaba un adorable matrimonio, cuyo único empeño parecía ser que los demás residentes del barrio nos encontrásemos a todas horas tranquilos, satisfechos y contentos. Ella, doña Compaña, estaba siempre donde más falta hiciese para socorrer en lo que fuera menester a unos y a otros, mientras que su marido, don Diálogo, nos hablaba de mil y una cosas y temas con tal de que estuviésemos entretenidos, y además no caía nunca en el monólogo, sino que sabía escucharnos a todos con gran complacencia. Te digo, querida amiga, que nunca podré olvidar el mucho bien que ambos nos hicieron en los días que afortunadamente convivimos con ellos. Pero fue pasando el tiempo, y los días, en su correr, nos fueron allegando otro tipo de vecinos para nada tan benefactores como los que ya había, sino que, antes bien, nos eran traedores de sufrimientos y penares. Pensamos que no durarían mucho, pero no tardamos en saber que los recién incorporados acabarían estableciéndose entre nosotros, aunque nos dio la impresión de que lo hicieron demasiado pronto. Sí, allí se nos presentaron, con la pertinaz idea de quedarse, don Achaque y doña Dolama, con lo que nuestra existencia dejó de ser tan deleitosa como lo hubiese sido antaño. Pero es que al poco se nos vino encima otra desgracia con la llegada de dos malas pécoras, de dos auténticas arpías que nos trajeron mucho maleficio. Una era doña Enfermedad, y la otra doña Dolores, (ya sabes, la relación causa efecto) y pareciese que no podían vivir la una sin la otra, y que no sabían estar sin causar malestares y padecimientos a todo hijo de vecino, sin respetar edad, sexo o condición. He de decir, pese a todo, que conmigo apenas se metieron, pero no ocurrió lo mismo con gran parte del resto del vecindario, al que, en un corto espacio de tiempo, llegaron a diezmar. Mas no fue esto lo más malo, aunque parezca extraño. Lo peor consistió en que se implantó en nuestro enclave alguien tan terriblemente dañoso y nocente como pocas cosas habrá en el mundo. Había llegado la Soledad, y a esta no cabe ponerle dones ni otros tratamientos dada su grado de perversión. Yo, de momento, la rechacé de plano y traté de rehusar su presencia y sus devastadoras secuelas, pero no pude impedir que se apoderase de mí y recubriera mi espíritu, anulándolo, como la hiedra tapa y oculta la forma y el color de la pared. Y en esas estoy, conviviendo malamente con ella o, mejor dicho, sufriéndola y aguantando sus maneras. Pero este abandono y este desacompañamiento, que de por sí es terriblemente penoso para cualquiera, para mí, extravertida y abierta en alto grado -quizás en demasía- es mortificante de manera increíble. Menos mal que ahora he vuelto a encontrarte y, aunque sólo sea la correspondencia contigo, ello alivia en mucho mi pesar. Por eso te pido que no me abandones. Que no dejes de escribirme ya que tus cartas son un gran lenitivo, puesto que ellas, junto a alguna conversación aislada que mantengo con los pocos amigos que aún me quedan, son el único aliento que encuentra mi alma para subsistir. Te mando un fuerte abrazo. Tomillares a tantos, de tantos, de … Ramón Serrano G. Octubre de 2012

jueves, 20 de septiembre de 2012

Manuela

Manuela era bella como el amanecer y rubia como el trigo chamorro. Al muy poco de mi llegada al pueblo para la toma de posesión y el ejercicio de mi profesión como secretario del Ayuntamiento, la conocí y de inmediato me sentí cautivado por ella. Me había hospedado en la Fonda de Nicasio (era “la mejor” del pueblo y la más céntrica) y ella trabajaba allí como camarera en el bar del establecimiento, por lo que nuestros encuentros pronto fueron frecuentes aunque demasiado convencionales. Digo que sólo con verla me quedé prendado de su hermosura, tanto física como anímica. Su cara guapa, de serena venustidad, le permitía peinarse con el cabello liso y pegado, tocado este que pocas mujeres se atreven a lucir. Su cuerpo de mediana estatura, armonioso y curvilíneo aunque sin excesos, era capaz de engendrar en los hombres pensamientos y deseos de todo tipo. Pero no era aquello que se había dado en decir una mujer de bandera, aunque fuese en el sentido más noble de la frase, sino que, por expresarlo de modo epilogal, lo que más destacaba en Manuela, aún por encima de su beldad, era su porte comedido y discreto. Y aunque siempre recatada y correcta, tenía, sin embargo a su vez, y continuamente, como un halo de tristura en su semblante. Era como un mohín, como una especie de gesto de aflicción interna, que parecía cohibir el desarrollo normal de su comportamiento. Pronto me interesé por ella y pronto alguien me contó su corta vida. La madre había fallecido al traerla al mundo y el padre había tenido que cuidar de su hermano, seis años mayor, y de ella, hasta que un accidente de tráfico había acabado con él cuando Manuela contaba apenas con dieciséis años. Al no poder subsistir con el subsidio estatal, su tío Nicasio la tomó como trabajadora en el bar de su fonda, y ese había sido siempre su único trabajo. Cabe destacar que, desde que empezó en él, continuamente había sido alegre, tranquila y muy hacendosa, y bien cierto era que los parroquianos no cesaban en hacerse lenguas de la muchacha. Pero, pasados unos años, una noche, al volver a su casa tras el curro, alguien la atacó con aviesas intenciones. Ella supo defenderse dignamente y el agresor hubo de huir con algunos arañazos en su rostro y ningún logro en sus deseos. En el pueblo se hicieron de inmediato muchos comentarios, pero pocas averiguaciones precisas, sobre quién pudo haber sido el autor de la villanía, y pronto, al no haberse presentado denuncia alguna por parte de la agredida, se cerró de inmediato la investigación y todos fueron olvidando el caso. Todos menos Manuela, que vivió a raíz de aquello con un poso de amargura en su ser, apenas notable, pero sí significativo e importante. Tanto que, como ya se ha dicho, cambió su manera de hablar, de pensar y aún de vivir, sin que nadie supiese la razón exacta por la que la valiente agredida se viese tan afectada. Ninguno supo si es que esto se debía a que ella sí había reconocido al atacante, o a que se vio frustrada al comprobar la forma tan pobre en que alguien la valoraba, aunque ese alguien no fuese más que una alimaña. Lo cierto y verdad es que la razón que le motivaba a tener ese comportamiento, correcto sí, pero distante y extraño, era ignorado por todos los vecinos. Tomó, entonces la costumbre de no salir demasiado tarde del trabajo, y si tenía que hacerlo, venía su hermano a recogerla, o la acompañaba su tío, a fin de que no volviera sola a casa. Pero cierto día, la ausencia de aquél por motivos laborales, y que una dolorosa lumbalgia tenía postrado a Nicasio en cama, obligaba a que Manuela tuviese que regresar sola a su domicilio al término de su faena Yo, me pasaba las veladas en el bar, no bebiendo ni jugando, que nunca fueron esas mis más acusadas tachas, sino fingiendo leer y releer la prensa, o algún libro que me bajaba de mi habitación, todo ello con la finalidad de estar cerca de aquella mujer a la que tanto admiraba, y poder así verla y charlar con ella, aunque fuese tan sólo un poco y con tan poca intimidad. Me había percatado de esa obligada soledad en su camino, y una noche, cuando se marchaba, decidí seguirla a una prudencial distancia, como de unos quince o veinte pasos. Ella lo notó de inmediato y decidió salir corriendo. Pero la llamé por su nombre, le corroboré quién era, y que mi intención no era otra que acompañarla a un aconsejable espacio entre ambos, tan largo como para no poder atacarla y tan corto para que cualquier extraño que merodease por allí se apercibiese que no iba sola. Al oír esto se calmó un tanto, mas siguió su marcha rápida e ininterrumpidamente. Lo mismo ocurrió la segunda y la tercera noche. Pero ya a la cuarta, ella misma, comprendiendo que su actitud no era lógica, me esperó, y con cierto nerviosismo y agradecimiento, me autorizó e incluso me pidió que caminásemos juntos. Así lo hice muy gustosamente, y, de inmediato, aquellos paseos fueron durando más y más, haciéndose tan habituales como deseados. Y además, bastantes tardes, a la hora en que los clientes escaseaban en el café, pasábamos ambos muchos ratos en animado y casi íntimo coloquio. Pronto, y visto esto, a los vecinos les faltó tiempo para “sacarnos en los papeles” y hablar de nuestra nueva e intensa amistad (como un “lío”, lo calificaron ellos) Pero pronto cesaron en esos menesteres y hoy ya no cotillean sobre ello. Lo que sí comentan, y con satisfacción, es cómo criamos a Marianela, nuestra hija, que, al igual que su madre, es bella como la aurora y rubia como el trigo chamorro. Ramón Serrano G. Setiembre de 2012

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Escuchador

Cosa bien sabida es, que desde el inicio de la vida, el tiempo va cambiándolo todo y, a la postre, acabando con todo. Modas, usos y oficios, de cualquier tipo y condición, están siempre evolucionando a veces e incluso llegando a desaparecer, mientras que otras, y otros, van surgiendo ante las nuevas necesidades actuales. Y si nos pusiésemos a averiguar las causas y motivos de esos trueques y extinciones, veríamos que a veces vienen obligadas por distintas razones, pero que en la mayoría de las ocasiones son debidas a la arbitrariedad o a la comodonería de las gentes. Pero fuera cual fuese la razón de la existencia de esos hábitos, lo cierto es que ahí estuvieron unos, aquí están hoy otros, y allá estarán algunos, distintos y novedosos, el día de mañana. Como demostración, recordaremos a varios que fueron y ya no lo son, citando a los serenos, pregoneros y recaderos, mientras que nos detendremos, aunque no mucho, en uno que siempre me pareció digamos ¿extravagante? Vaya entonces un recuerdo para las plañideras, oficio este que ya desempeñaban mujeres en el antiguo Egipto, algunas de las cuales constituían familias enteras con dedicación exclusiva a este menester. Eran contratadas para que asistieran a los funerales de alguien, vestidas de un determinado color, gris-azulado, y presididas por la praefica que iba marcando el orden de sus “actuaciones”: lanzar exclamaciones de dolor, echarse tierra sobre la cabeza, darse golpes en el pecho y recoger sus lágrimas en unos vasos, los lacrimatorios, que luego depositaban en la urna del difunto. Y había algo claro: a mayor riqueza o importancia de este, mayor número de plañideras jipiando y gimiendo. En la época actual, y por causas de todos sabidas, familias más cortas y diseminación de sus componentes, o por causas laborales, en la mayoría de los casos, ha surgido una nueva actividad, que cada vez se va extendiendo más debido a la gran demanda que tiene en ciudades o pueblos. Me estoy refiriendo a las personas de compañía, esas que, bien sea por jornada completa, o por turnos de diferente duración, cuidan y “vigilan” a las personas que, casi siempre por ser de una edad avanzada, no pueden o no es conveniente que vivan solas tanto de día como de noche. No son, en realidad, esas a las que hasta hace poco se las llamaba “criadas” primero, y después empleadas de hogar, ya que estas tenían como principal obligación el cuidado del hogar (limpieza, lavado y planchado de la ropa, cocinado, etc.), y como consecuencia inevitable de su estancia en el domicilio familiar, la vigilancia de las personas mayores que en é vivían, aun cuando no fuera ese su cometido primordial. Pero sin ser un nabí, o un provicero, que yo no tengo dotes adivinatorias, sí puedo asegurar que pronto, muy pronto, de inmediato, aparecerá en nuestra sociedad un nuevo oficio u ocupación. Mejor dicho: como ya han remanecido algunos, o bastantes, lo que hará será asentarse en nuestro hábitat definitivamente, y conviviremos con ellos al igual que lo hacemos con una enfermera o con un mecánico. Y esta nueva ocupación será, asombrémonos, la de: escuchador. Trataré de explicarlo. Las personas tenemos unas necesidades fisiológicas con cuyo cumplimiento nos desarrollamos mejor, y que, por las limitaciones psíquico-físicas, las de mayor edad no pueden ejercer debidamente. Alimentación, ejercicio, y aseo, entre otras. Esa es la función ejercida, con distintos grados de bondad, por los/las antes aludidos. Mas obsérvese que todas las citadas son actividades físicas. Pero en cuanto a las psíquicas, lamentablemente podríamos asegurar que, en un 99,9 % de los casos, los ayudantes se limitan a encender la TV a sus pacientes y esperando, con mucha probabilidad de acierto, que se dormirán muy pronto. Y eso no es así, ni debe ser. Tanto ha de ejercitarse el cuerpo como el espíritu, y por esto tendremos que contratar para el buen cuidado de nuestros mayores, y mejor hoy que mañana, escuchadores. Hombres o mujeres que llegarán a casa de Apolonia, o de Severino, se sentarán frente a ellos y escucharán, con atención y agrado, lo que aquella, o este, gusten de contarles. Porque, una y otro, necesitan su sopa, su paseo, y su limpieza. Pero también, y con la misma importancia que todo eso, precisan hablar, ¡qué caramba! Hablar, y que alguien escuche lo que quieren y necesitan decir. Cosas que en muchos casos parecerán chocheces, y que en ocasiones lo serán, pero que en otras serán la sabia exposición de los recuerdos de una etapa llena fracasos y éxitos. De una vida llena de vivencias. Y habrán de contárselo a los escuchadores ya que, y dicho sea de paso, los escasos familiares que tienen no suelen hacerlo, puesto que, según ellos, han atender “otras ocupaciones más importantes”. Sí. Estoy completamente seguro de que pronto habrá escuchadores. Benefactores que serán capaces de aguantar el chaparrón de palabras que quieran largarle algunos pobres “viejos”, puede que demasiado repetidas, pero muchas veces, casi siempre, coherentes. Que darán oídos a unos ancianos que “manyan” que quienes les rodean sí tienen tiempo para probarse las ropas que ellos van a dejar, pero nunca para oír su intranscendente y repetida verborrea. Bienvenidos seréis, escuchadores. Sí, esto acabará siendo así, ya lo verán. Sin embargo. lo que me parece que ya sería entrar en lo onírico, es imaginar que algún día, tal vez no muy lejano, alguien llegará a casa de Apolonia, o de Severino, cogerá un libro, se sentará frente a ellos, diciéndoles: -Bueno, hoy continuaremos con el libro que comenzamos ayer. Y empezará a leerles: “La del alba sería…” Ramón Serrano G. Setiembre de 2012

El somormujo (y II)

La primera tarea que acometió el pato al recluirse a su talanquera, fue el replantearse cuál debería ser su comportamiento a partir de entonces. Sabía muy bien que esa nueva vida que se veía obligado a llevar no sería la suya propia, la que él se había marcado desde siempre, ni la que a él le hubiese gustado vivir, pero tenía que amoldarse a las circunstancias acaecidas y, pese a todo, vivirla. No se le ocurrió en ningún instante quedarse quieto en medio de la laguna a la espera de que alguna rapaz acabase con su existencia. No, su deber era subsistir a pesar de todo. Por otra parte, no era un misántropo sino, más bien, todo lo contrario, y en sus genes llevaba un alto grado de sociabilidad con sus semejantes. Sin embargo, de inicio, eligió una especie de enclaustramiento que ya abandonaría más tarde, en su momento, si había lugar para ello. Por eso, durante bastantes semanas de su nueva época, a casi todas horas estaba en su cobijo y, muchas veces, los cañizales y las espadañas sonaban como si quisieran transmitir a todos los circundantes los lamentos emitidos por el pato. Y sí, así era, pues el viento sonaba ahora lastimeramente casi siempre, haciéndose eco de los pensamientos del pobre animal, el cual, había aprendido (nadie supo cuándo, o dónde) aquél apotegma de R.M. Rilke en el que instaba a que cada uno debía amar su soledad y aprender a soportar los sufrimientos que ella le causara. He de repetir que, para su fortuna, desde el primer instante tuvo la mejor de las acogidas entre la fauna lagunera, pues sus congéneres, conscientes de su estado anímico, trataron de hacerle la vida lo más llevadera posible, y comprobó que sus semejantes poseían una naturaleza más benevolente y afectuosa de lo que pudiera pensarse en un principio. Anátidas de diversas especies se le acercaron ofreciéndole su compañía y su ayuda (hasta se le acercó una huraña focha entre ellas), con la sana intención de mitigar su desánimo, y estas acciones acabaron siéndole muy beneficiosas. Se detuvo a considerarlas tranquila y despaciosamente, y al fin decidió (es proverbialmente conocido el espíritu de sacrificio de los patos) que lo mejor era amoldarse a lo que viniera, y que convivir es infinitamente mejor, y hace que no sea tan duro el malvivir. Así pues, dado su carácter extrovertido, renunció a convertirse en un cenobita. Y comenzó a desarrollar su vida palustre de un modo sencillo aunque quizás un tanto rutinario. Por las mañanas, tras el almuerzo se daba un paseo lo más cerca posible de su añorada Redondilla, para acudir más tarde a una reunión que pronto se le hizo cuasi familiar y muy entretenida y beneficiosa. A ella acudían igualmente aves calañas, varias y muy distintas, y entre todos formaban unas tertulias, coloquios y chácharas realmente sustanciosos. Y aunque no faltaba algún nadaveidile, él prefería escuchar a los plumíferos más enjundiosos de los que aprendió cosas muy interesantes. Costumbres quizás ya sabidas y junto a las que había vivido siempre pero a las que no había prestado la más mínima atención, y que, sin embargo, ahora, al oírlas del pico de sus protagonistas, le parecían de lo más interesantes y sustanciosas. Así supo que la cerceta macho emite como llamada un raro silbido, un crrit – crrit característico. Que los porrones, sean moñudos o no, se alimentan de hierbas y pequeños moluscos que se encuentran a varios metros de profundidad. Que el calamón, ave muy similar a la gallineta, es de costumbres ariscas y discretas, lo que hace muy difícil su observación, y construye su nido flotante en lo más denso de los cañaverales y los bayuncos. Que las fochas, normalmente muy agresivas, cuando son atacadas chapotean furiosamente el agua, y con ello crean una nube de espuma que las oculta antes de sumergirse. Y hasta alguno de ellos, con mayor deseo de ayudarle que de alcahuetear, le parpó de la existencia de una somormujita, desparejada y cariñosa, que estaba de muy buen ver. Desechó este ofrecimiento ya que mantenía en la mente a su anterior pareja, de la que la desgracia le había apartado tras apenas dos días de convivencia. No, no estaba su ánima para romances ni arrocinamientos. De hecho, a veces tenía que meter su cabeza en el agua como si hubiese visto una larva, o un cangrejillo, pero lo hacía para que sus contertulios no viesen las lágrimas que le afloraban con algunos recuerdos. Tenía que ser fuerte y tratar de mantener una conducta que le mantuviera “a flote”. Su forma de vivir se basó pues en la observación y el aprendizaje, que para esto nunca es demasiado tarde. Sus horas y sus fechas transcurrieron no felices, que estaban muy distantes de serlo, pero sí tranquilas, ya que se impuso cumplir a rajatabla tres preceptos: ser sabedor de que a cualquiera, y sin hacer nada para ello, les puede sonreír la fortuna o afligirle la desgracia; adquirir consciencia de que nunca se debe claudicar ante esta; y tener toda la voluntad del mundo para, venciendo el desánimo, luchar con mayores fuerzas cada día por sobrevivir en paz. -Y en esas andaba el pobre somormujo cuando me despertaste. -Pues es curioso el sueño, le contestó Luis, y, sobre todo, enseñador de que hay que saber sobreponerse a los infortunios, cosa que no todo el mundo sabemos hacer. Aunque he de serte sincero y decirte que siempre he tenido la creencia de que en los sueños se ve el trasfondo de nuestro ser, o dicho de otro modo, que tú Luca también serías muy capaz de sobreponerte a cualquier adversidad. Que voluntad y ánimo no te faltan. Ramón Serrano G. Agosto de 2012

El somormujo (I)

“¿Dices que nada se pierde? Si esta copa de cristal se me rompe, nunca en ella beberé. Nunca jamás”. A. Machado.- Aquella mañana los dos amigos habían salido de Tomillares cuando apenas se asomaba Eos, por lo que empezaba a clarear, y aunque querían llegar a Campo de Criptana antes de que Suria enviase sus rayos con demasiada calidez, decidieron sentarse al borde de un tempranal para descansar un poco, comer unas uvas y retomar fuerzas. -¿Sabes Luis que anoche tuve un sueño extraño? dijo Luca. -Ignoraba que los perros soñaseis, contestó Luis. -Pues claro que lo hacemos. Y, lo mismo que vosotros, “vivimos” en ellos aventuras muy interesantes. Te cuento. -Transcurría la acción de ese sueño sobre la superficie de la laguna Redondilla, que estaba serena, tranquila, bellísima. Pocas cosas habrá tan bellas en esta Mancha de nuestros pecados. Era una luminosa tarde (que, por cierto, ya se iba haciendo noche) de un caluroso mes de mayo, justo unos momentos antes de que el agua se quedase, como sucedía a diario, lisa y serena como plato. “..Y todo el campo, un momento, se queda mudo y sombrío, meditando. Suena el viento en los álamos del río…” nos tiene dicho el poeta Machado. De pronto apareció sobre el agua un joven y confiado somormujo que iba de retorno a su cobijo por la zona norte de la laguna, pendiente de toparse con algún cangrejo, o algún pececillo, con los que completar su colación. Mientras tanto, rememoraba detalladamente la que había sido, tan sólo dos días antes, su parada nupcial, espectacular como todas las de su especie, sacudiendo la cabeza, contoneándose, erizando el moño y la gola, alzando pecho contra pecho, y sosteniendo en el pico hermosas plantas acuáticas arrancadas en el fondo. ¡Qué maravilla! Iba tranquilo y feliz cuando, en esas, un reflejo, la sombra de algo, posiblemente la de un aguilucho lagunero, se cernió sobre él. Sin demora (no podía detenerse a saber si eran galgos o podencos), el pato se hundió cuanto pudo en las tranquilas aguas de la laguna, pero, antes de lograrlo del todo, notó cómo un desgarrador hachazo se clavaba en su dorso, y sangrando, y lleno de dolor, se vio arrastrado irremisiblemente por la corriente del agua, sin tan siquiera suponer a dónde iría a parar, pero con la satisfacción de saber que de ese modo se salvaba una situación que se presentaba trágica. Cuando tuvo conciencia de lo sucedido, supo que estaba, gravemente herido, en las aguas de la Lengua, aneja a la que él vivía, y a la que no podría retornar por cuestión del gran desnivel entre ambas. Pero no era momento de pensar en regresos, sino de evitar cualquier otra posible agresión proveniente del mismo aguilucho, o de cualquier gavilán o lechuza que anduviese, a la sazón, de batida por aquellos parajes. Sumergido, nadó hasta la orilla y en ella se ocultó entre los juncos y carrizos, para después, y, con enorme dificultad, acercarse a tierra para permanecer camuflado con las espadañas, las masiegas y la noche. Una noche, la primera de su vida, que se le había hecho tarde. Allí aguantó nuestro amigo, mordido por el dolor y la pesadumbre, aunque en una tranquilidad complaciente, esa noche y un día entero más. Al amanecer del otro, salió de su latebra acuciado por el hambre y el deseo de conocer el que a partir de entonces sería su nuevo hábitat. Pronto encontró algún condumio, que le concedió fuerzas para iniciar su visita de reconocimiento, en la que observó que allí había igualmente cantidad de blenios, bogas, cachos, blackbas, cangrejos y barbos. La calidad del entorno era apacible, bella y parecida a la anterior (sabida es la gran hermosura común de las lagunas ruideras), y no tardó en toparse con sus similares: ánades, fochas, porrones, cercetas y calamones en cantidad parecida a la de su perdido espacio vital. Estos, al principio, lo miraron extrañados, pero enseguida empezaron a parpar con el nuevo lavanco, tratando, entre otras cosas, de averiguar la razón de su llegada, aunque esto lo supieron inmediatamente viendo el lastimoso estado de su dorso. Amistosa y educadamente le hicieron bastante preguntas, tanto de su vida anterior, como de sus intenciones para el futuro, pero él, agradeciendo su atento recibimiento y pidiéndoles las obligadas disculpas, se excusó, amparándose en su mal y en el aturdimiento que le atenazaba por lo sucedido, y pospuso sus aclaraciones al respecto para días venideros. Retornó de inmediato a su nueva morada y sus obligadas salidas de ella fueron alimentarias y escasas. Únicamente las imprescindibles. Y así pasaron los días. Muchos días. Demasiados sin duda. En ellos únicamente tuvo por compañera a la soledad, con la que convivía triste, pero pacíficamente. Largos se le hicieron, pero… Ramón Serrano G. Agosto de 2012

jueves, 19 de julio de 2012

Haviva

Para M, a quien aprecio tanto. -Vaya, Luis, le dije. Hoy voy a ser yo quien te cuente una pequeña historia que creo te gustará, o, al menos, te entretendrá un rato. Se la oí a mi antiguo amo, una nublada tarde al amor de la lumbre. Y decía así: Una profesora, Haviva du Poy, había viajado hasta Bruselas para pasar sus vacaciones en casa de su hermano que vivía allí. Las mañanas en las que este trabajaba, ella solía acudir al tranquilo parque del Cincuentenario, donde se encontraba muy a gusto. Un día, vio sentado en un banco a un muchacho, ya un hombre, cuya cara expresaba, si no amargura, al menos poca felicidad. Volvió a encontrárselo repetidas veces, y en una ocasión observó que se le había caído la gorra, sin que él se hubiese apercibido de ello. Se lo hizo notar, él le dio las gracias, y ello sirvió para que comenzasen una conversación. De inmediato, apareció la curiosidad femenina: -Apenas te conozco y, por supuesto, no quiero inmiscuirme, pero te veo como triste. Dime ¿te ocurre algo? -No, nada, respondió él. Bueno, en realidad, sí, aunque no es trascendente. Pero me desazona un tanto, o mejor dicho, bastante. Callaron sobre el tema, tocaron otros de pasada, y al poco se despidieron. Al día siguiente, como si de una cita se tratase, se encontraron en el mismo lugar. Fue entonces él quien tomó la palabra para decirle: -Ayer no te respondí adecuadamente, pues sé que tu pregunta no se debía a simple curiosidad. Te voy a contar mi historia, y siento que te aburra, pero fuiste tú la que preguntaste. Mi nombre es Ebrahim, 32 años, economista, no tengo hermanos, y vivo en París con mi padre, que está viudo. Tiene una muy considerable fortuna, una parte de la cual está a mi nombre y a mi disposición, así que, al parecer, todo indica que debería ser feliz. Podría serlo, pero no lo soy, ya que me falta una cosa que no tengo. Una sola cosa, pero que para mí es esencial: trabajo. No lo necesito en absoluto para vivir, pero sin él, no me hallo bien. -Lo he tenido en varias ocasiones, prosiguió, pero por causas ajenas o propias no he sabido mantenerlo y el ocio no va con mi forma de ser. No sé, ni puedo, ni quiero, y ni tan siquiera creo, que deba estar inactivo. No me importa no haberme casado y el no tener hijos. Leo, pero a la lectura, que me apasiona, no acabo de entregarme, y si acudo a algún espectáculo, cine, teatro o conciertos, esa espina que llevo clavada me hace sentirme incómodo. Así que por eso me ves con cara de circunstancias, lo cual es, hasta cierto punto, normal. O eso creo yo. Ella, entretenida con la narración, no había mirado el horloge y se le había hecho tarde, ya que esa mañana tenía algo que hacer. Y le dijo: -Mira, aunque me imagino que ya habrás hablado anteriormente de esto con alguien, y ese alguien te habrá dado su opinión al respecto, quisiera ofrecerte la mía, así que, si te parece, quedamos mañana aquí, a la misma hora. À demain. -Yo me llamo Haviva, comenzó diciendo ella en la nueva y soleada mañana bruselense. ¡Por cierto, qué casualidad!, mi nombre también es hebreo como el tuyo. Soltera, con años para poder ser tu madre, tengo la profesión más hermosa del mundo: soy profesora. Por todo ello, me veo con la experiencia y condiciones suficientes, no para darte consejos, de los que ya habrás recibido muchos y estarás más que harto, pero sí para hacerte alguna consideración que, creo, deberías tener en cuenta. -Voy a decirte en primer lugar, continuó, que ese interés tuyo por la labor habla muy bien de ti. Nuestros vecinos del sur tienen un proverbe que dice que la ociosidad es la madre de todos los vicios, pero, si me lo permites, te diré, en broma, que esa es la única madre a la que no hay que respetar. Quizás no sea la primera en encomendártelo, pero podrías muy bien, y te sería muy beneficioso, dedicarte a la investigación; o a ampliar tus estudios; o a realizar otros nuevos; o a buscarte ocupaciones altruistas, que tú, al parecer, debes ser un gran amigo de la filantropía. Así, tu “yo” se sentiría satisfecho, ya que tendrías ocupaciones que atender, horarios que cumplir, y la satisfacción de que tu trabajo, además de estar bien hecho, estaría destinado a un fin noble, condición esta que no cumplen todas las empresas para las que la gente suele trabajar. -Lo que no debe conseguir nunca esa imposibilidad que pareces tener para encontrar y afianzarte en una ocupación, ya sea esta mejor o peor remunerada, más o menos sacrificada, con un alto o bajo grado de adaptación a tus deseos y saberes, pero que constituye tu más importante anhelo, es obsesionarte. Piensa que no has llegado, ni con mucho a lo mejor de tu vida y que, por tanto, aun puedes conseguir muchas, muchísimas cosas. Algunas previsibles, otras inesperadas, pero, cualquiera de ellas, capaces de dar mieles a tu cuerpo y deleite a tu alma. No te obceques en un pesimismo absurdo, ni desesperes de conseguir un feliz hallazgo laboral. No olvides que existen otras muchas metas dignas de ser alcanzadas. Y piensa además que, aunque parezca lo contrario, en demasiadas ocasiones, la vida acaba dando a cada uno lo que se merece. Y me da la impresión, y ya voy siendo un poco vieja y, por tanto, un poco sabia, que tú eres acreedor de alguna atijara, de algún bon prix que satisfaga tu deseo. Nada más hablaron del tema, y, al poco, se despidieron. Al siguiente día ella fue de nuevo al parque, pero Ebrahim no volvió nunca más. Haviva guardó siempre de él un gran recuerdo. Ramón Serrano G. Julio de 2012

jueves, 5 de julio de 2012

El columpio

El columpio Para E.M.M. un hombre que ejerce excepcionalmente su oficio de abuelo. -Venga, Juancho, vámonos ya hermoso, que llevamos aquí más de una hora y aún tienes que hacer los deberes. Aquella tarde, como casi todas, el abuelo había llevado a su nieto a un pequeño parque infantil que había cerca de casa y en el que el niño disfrutaba enormemente, correteando y jugando con otros chiquillos, pero, sobre todo, meciéndose en los columpios. ¡Qué sencillos, qué satisfactorios y qué evocadores son los columpios! Como sus padres trabajaban, a él se le había impuesto la muy agradable tarea de acompañarlo a su ida y vuelta del colegio, y al regreso siempre había que hacer un alto en el camino para cumplir con la sagrada obligación de montar un rato en “su columpio”. Era este un imperativo que ejercía, salvo en muy rara ocasión, con el mayor contento, y ello por muchas razones. Sobre todo, porque en el trayecto, unas veces le hablaba del que había sido su trabajo y le hacía ver la diferencia entre las penalidades impuestas por los medios rudimentarios de antaño y las modernidades de ahora. Pero, ¿por qué no decirlo?, le presentaba dicha actividad adornada de la mejor manera y recubierta de cuantas bondades y beneficios se le ocurrían, con el fin de aficionarle a que tuviese sus mismos gustos, soñando y deseando que algún día siguiera sus propios pasos. O le contaba inventadas historias del servicio militar, fantaseando sobre la valentía de algún soldado imaginario. Luego, en casa, tras hacer los deberes, se entretenían dibujando trenes, jugando a las damas, o a la brisca, pero no recordaba haber ganado nunca. Ni una sola vez. En ocasiones se distraían con unos juegos inventados, o modificados, por el abuelo mismo, hasta que, al rato, este abandonaba completamente rendido, pues sabido es que para un niño un abuelo es la cosa más vieja del mundo y que, tras compartir unas horas con él, el yayo piensa lo mismo. Pero siempre le perdonaba de inmediato esas deserciones, sabedor, ¡cuánto saben los condenados mocosos!, de que estando con él, la disciplina hogareña era mucho más relajada que cuando estaba bajo la vigilancia de sus padres. Luego, si salían a dar un paseo, este le salía muy barato ya que, por unas cuantas monedas que uno se gastaba, el otro le correspondía con cientos, con miles de alegrías. Mucho se lleva escrito sobre esa maravillosa relación existente entre los abuelos y los nietos de poca edad, pero siempre quedará mucho por decir, ya que se trata de un nexo tan extraordinariamente satisfactorio y gratificador para ambas partes actuantes, que es dificilísimo hacerlo comprender a quien no haya tenido la fortuna de vivirlo. Es una mutua y exquisita adehala, a pocas cosas equiparable. Mas volvamos al cuento. Tras varios ruegos, y casi a regañadientes, el niño le obedeció al fin, se bajó del tambesco, y cuando ya cargaba el pobre con una mochila enormemente desproporcionada para su corta edad, tanto en tamaño como en peso, lo miró muy intrigado para preguntarle con bastante interés: -Oye, abuelo, y cuando tú no puedes hacerlo, y tiene que venir la abuela a recogerme al “cole”, ¿por qué nunca quiere que nos paremos un rato para que yo pueda subir en los columpios? Aquella pregunta lo pilló de improviso, como tantas otras de las muchas que el chaval le espetaba a veces. Esas que suelen hacer los niños que tienen la santa virtud de inquirir por los temas más insospechados con una agudeza inmensa. Trató de imaginar lo más rápidamente posible alguna respuesta falsa pero válida, o al menos creíble, consciente de que no podía responder con la verdadera. -Bueno, verás. Sabes que la abuela ayuda mucho a tu madre en las faenas del hogar, por lo que seguramente tiene cosas que hacer, y como se ha retrasado al tener que ir a recogerte, no puede perder mucho tiempo. Aunque quizás ocurra que esté cansada, que tu colegio no está lejos, pero, quieras o no, hay un buen paseo, y estará deseando llegar pronto para sentarse un rato. O tal vez, piensa en ir a la iglesia, o a visitar a alguna amiga, y necesita arreglarse. Las mujeres son muy raras. Ya lo comprobarás algún día. -Eso no debe ser, le contestó, porque si tenemos que ir a comprar fruta, o a merendar en la cafetería, o vamos a cualquier otro sitio que haya que ir, no le importa nada que tardemos más en llegar a casa. -Quizás, sea entonces porque una vez, hace muchos años, estando ella un día, un mal día, leyendo en el parque de nuestro pueblo, vio que un compañero empujó por detrás a un niño mientras este se columpiaba y como los mecedores de aquella época no tenían nada para sujetarse, el pobre chaval cayó al suelo y se rompió el cuello. -Oye, le dijo al poco el niño, pues un día, mientras yo jugaba, oí a mi padre contarle a un amigo que en su pueblo, un niño de cinco o seis años, que se llamaba Juan Ignacio, como tú y como yo, le pasó lo mismo: que otro niño le empujó estando en un columpio y, al caerse, se murió enseguida. Y ella tal vez lo recuerda y no quiere que me pase a mí. -Sí, ahora que lo dices, es posible que sea así, le dijo, mientras fingía un estornudo y sacaba el pañuelo para, disimuladamente, limpiarse unas dolorosas lágrimas que se le escaparon ante aquella remembranza. Sí, recuerdo que algo parecido a eso ocurrió. Pero mira Juancho, dejemos ese tema y vayamos al quiosco de ahí al lado, le propuso tratando dificultosamente de que en su cara se borrase la tristeza. Como hoy te has portado muy bien, te voy a regalar unos sobres con los cromos esos que sé que te gustan tanto. El chavea se avino a ello, y eso hicieron. Ramón Serrano G. Julio de 2012