jueves, 5 de julio de 2012
El columpio
El columpio
Para E.M.M. un hombre que ejerce excepcionalmente su oficio de abuelo.
-Venga, Juancho, vámonos ya hermoso, que llevamos aquí más de una hora y aún tienes que hacer los deberes.
Aquella tarde, como casi todas, el abuelo había llevado a su nieto a un pequeño parque infantil que había cerca de casa y en el que el niño disfrutaba enormemente, correteando y jugando con otros chiquillos, pero, sobre todo, meciéndose en los columpios. ¡Qué sencillos, qué satisfactorios y qué evocadores son los columpios! Como sus padres trabajaban, a él se le había impuesto la muy agradable tarea de acompañarlo a su ida y vuelta del colegio, y al regreso siempre había que hacer un alto en el camino para cumplir con la sagrada obligación de montar un rato en “su columpio”.
Era este un imperativo que ejercía, salvo en muy rara ocasión, con el mayor contento, y ello por muchas razones. Sobre todo, porque en el trayecto, unas veces le hablaba del que había sido su trabajo y le hacía ver la diferencia entre las penalidades impuestas por los medios rudimentarios de antaño y las modernidades de ahora. Pero, ¿por qué no decirlo?, le presentaba dicha actividad adornada de la mejor manera y recubierta de cuantas bondades y beneficios se le ocurrían, con el fin de aficionarle a que tuviese sus mismos gustos, soñando y deseando que algún día siguiera sus propios pasos. O le contaba inventadas historias del servicio militar, fantaseando sobre la valentía de algún soldado imaginario.
Luego, en casa, tras hacer los deberes, se entretenían dibujando trenes, jugando a las damas, o a la brisca, pero no recordaba haber ganado nunca. Ni una sola vez. En ocasiones se distraían con unos juegos inventados, o modificados, por el abuelo mismo, hasta que, al rato, este abandonaba completamente rendido, pues sabido es que para un niño un abuelo es la cosa más vieja del mundo y que, tras compartir unas horas con él, el yayo piensa lo mismo. Pero siempre le perdonaba de inmediato esas deserciones, sabedor, ¡cuánto saben los condenados mocosos!, de que estando con él, la disciplina hogareña era mucho más relajada que cuando estaba bajo la vigilancia de sus padres. Luego, si salían a dar un paseo, este le salía muy barato ya que, por unas cuantas monedas que uno se gastaba, el otro le correspondía con cientos, con miles de alegrías.
Mucho se lleva escrito sobre esa maravillosa relación existente entre los abuelos y los nietos de poca edad, pero siempre quedará mucho por decir, ya que se trata de un nexo tan extraordinariamente satisfactorio y gratificador para ambas partes actuantes, que es dificilísimo hacerlo comprender a quien no haya tenido la fortuna de vivirlo. Es una mutua y exquisita adehala, a pocas cosas equiparable. Mas volvamos al cuento.
Tras varios ruegos, y casi a regañadientes, el niño le obedeció al fin, se bajó del tambesco, y cuando ya cargaba el pobre con una mochila enormemente desproporcionada para su corta edad, tanto en tamaño como en peso, lo miró muy intrigado para preguntarle con bastante interés:
-Oye, abuelo, y cuando tú no puedes hacerlo, y tiene que venir la abuela a recogerme al “cole”, ¿por qué nunca quiere que nos paremos un rato para que yo pueda subir en los columpios?
Aquella pregunta lo pilló de improviso, como tantas otras de las muchas que el chaval le espetaba a veces. Esas que suelen hacer los niños que tienen la santa virtud de inquirir por los temas más insospechados con una agudeza inmensa. Trató de imaginar lo más rápidamente posible alguna respuesta falsa pero válida, o al menos creíble, consciente de que no podía responder con la verdadera.
-Bueno, verás. Sabes que la abuela ayuda mucho a tu madre en las faenas del hogar, por lo que seguramente tiene cosas que hacer, y como se ha retrasado al tener que ir a recogerte, no puede perder mucho tiempo. Aunque quizás ocurra que esté cansada, que tu colegio no está lejos, pero, quieras o no, hay un buen paseo, y estará deseando llegar pronto para sentarse un rato. O tal vez, piensa en ir a la iglesia, o a visitar a alguna amiga, y necesita arreglarse. Las mujeres son muy raras. Ya lo comprobarás algún día.
-Eso no debe ser, le contestó, porque si tenemos que ir a comprar fruta, o a merendar en la cafetería, o vamos a cualquier otro sitio que haya que ir, no le importa nada que tardemos más en llegar a casa.
-Quizás, sea entonces porque una vez, hace muchos años, estando ella un día, un mal día, leyendo en el parque de nuestro pueblo, vio que un compañero empujó por detrás a un niño mientras este se columpiaba y como los mecedores de aquella época no tenían nada para sujetarse, el pobre chaval cayó al suelo y se rompió el cuello.
-Oye, le dijo al poco el niño, pues un día, mientras yo jugaba, oí a mi padre contarle a un amigo que en su pueblo, un niño de cinco o seis años, que se llamaba Juan Ignacio, como tú y como yo, le pasó lo mismo: que otro niño le empujó estando en un columpio y, al caerse, se murió enseguida. Y ella tal vez lo recuerda y no quiere que me pase a mí.
-Sí, ahora que lo dices, es posible que sea así, le dijo, mientras fingía un estornudo y sacaba el pañuelo para, disimuladamente, limpiarse unas dolorosas lágrimas que se le escaparon ante aquella remembranza. Sí, recuerdo que algo parecido a eso ocurrió. Pero mira Juancho, dejemos ese tema y vayamos al quiosco de ahí al lado, le propuso tratando dificultosamente de que en su cara se borrase la tristeza. Como hoy te has portado muy bien, te voy a regalar unos sobres con los cromos esos que sé que te gustan tanto.
El chavea se avino a ello, y eso hicieron.
Ramón Serrano G.
Julio de 2012
miércoles, 20 de junio de 2012
Salduie
Pienso que pocas cosas habrá que, en el fondo, satisfagan más al hombre que el elogiar, el ponderar, el hablar bien de algo o de alguien, aunque esto no suele ser una actitud muy común, y duele reconocerlo. Efectivamente solemos ser más proclives al denuesto y al desprestigio que a la loa. Y peor todavía es que existe un agravante más en nuestra actitud cuando oímos, por una raridad, que se hace una apología de algo, y como, habitualmente desatendemos el encomio, pensamos de inmediato en que, al hacerlo, en primer lugar se están ignorando sus posibles fallos y, además, que se está olvidando, y por ende, menospreciando a otros.
Pero yo quiero hacer, sabedor de mis limitaciones, el mayor panegírico que pueda de Aragón, esa muy, muy entrañable región de España, jurando que con ello no quiero minimizar a ninguna otra tierra. Sólo a eso vengo, en mi modestia. Y deseo entrar en él a todos los lugares y personas maños, desde el último pueblo oscense o turolense, hasta su gran capital, Zaragoza, la antigua Cesaraugusta que se fundara en el año 14 a. C. sobre el solar que estaba ocupando Salduie. Reitero que es esta una opinión personalísima y que no quiero que nadie se sienta olvidado, pues con el mismo cariño podría hablar de Gerona, de Salamanca o de Sevilla.
Y yendo a lo que hoy me ocupa, espero que reconocerás conmigo, querido lector, que a cada quien nos hace tilín una cosa determinada sin que ella tenga que hacérselo igualmente a nuestro vecino. Esa zagala, esta melodía, tal paisaje, aquellos versos… Por eso, proclamo a voz en cuello que a mí siempre me emocionaron Aragón y sus gentes. Y su capital. La conocí en mi niñez, tras Madrid y A Coruña, y de inmediato percibí en ella algo que me llegaba muy dentro y con lo que me sentía completamente identificado. Y convendrás igualmente que le ocurre lo mismo a muchos, a muchísimos, que sienten en sus adentros un “algo” muy especial cuando dan por primera vez con los baturros y tratan con ellos.
Por otra parte, sería una sandez que yo viniese aquí a tratar de descubrir, no ya la belleza de su tierra, sino las cualidades de los aragoneses, porque ya lo han hecho miles y miles de autores poseedores de una enjundia y una sabiduría de las que yo carezco. Lo cual no es óbice para que quiera añadir a sus admiraciones la mía, aun a sabiendas de la nimiedad de mi aportación. Pero me sale muy de los adentros ponderar lo relacionado con la tierra de las mujeres y los hombres del cachirulo.
No quisiera caer en el tópico en el que tropezamos demasiadas veces al referirnos a los pobladores de nuestro país. Por él solemos calificar a los andaluces como alegres; a los catalanes de amantes del dinero; a los madrileños por castizos; y astutos a los gallegos. Y ello es verdad… pero sólo a medias, que en todos sitios cuecen habas y en todas partes los hay buenos y no tan buenos. Bien que la erró Carlos III cuando, en sus ordenanzas, dijo que no podrían portar la bandera española: “… follones, murcianos y otras gentes de mal vivir…”. Bien es verdad que quizás no quiso referirse a los provenientes de la “Rica Huerta”, sino que escribió aquello porque en esos tiempos muchos malhechores provenían del sudeste peninsular, o, tal vez, porque usó inadecuadamente el verbo murciar.
Pero yo he venido aquí a hablar de Aragón y por tanto he de referirme a los de allí con muchos y variados adjetivos, y a fuer de ser sincero, sabiendo que no todos los calificativos les cuadrarán a todos sus hijos. Obstinados, campechanos y nobles, son la gran mayoría. Pero todos, absolutamente todos, tienen una gran virtud: su grandeza de alma, y no la llamo nobleza -que también podría hacerlo- porque viene a ser lo mismo y es un término que se ha utilizado en demasía.
Y si antes dije que muchos autores han hecho alabanzas de mi muy querida tierra aragonesa, voy a escoger de entre ellos a Tomás Bretón, quien en su ópera “La Dolores” decía estas incontestables verdades: “Es de España y sus regiones/ Aragón la más famosa/ ya que allí se halló la Virgen/ y aquí se canta la jota..”.
La jota. ¡Qué grande es la JOTA! Y aquí sí que tomo partido para decir de ella que es el canto popular más conocido, que más llega al ánimo de quien lo escucha, y pienso que debe ser una delicia inmensa para quien sepa cantarla. Su música es conmovedora, y sus letras, entrañables, llegan a lo más profundo del corazón. Las hay de muchas formas: aragonesas puras, zaragozanas, oliveras, rabaleras, trilladoras, rondadoras, de Teruel, femateras (¡qué bien cantaba estas Miguel Fleta!), melismáticas, de picadillo, a dúo,… Todas preciosas. Las más, conmovedoras. Y como muestra de ello, tres botones:
“Cuando a un hombre se le asoman/ las lágrimas a la cara/ es que las penas que tiene/ no le caben en el alma”.
“Soñé que el fuego se helaba/ soñé que la nieve ardía/ y por soñar imposibles/ soñé que tú me querías”
“Tengo una pena, una pena/ pena que me está matando/ se la contaré a la tierra/ cuando me estén enterrando”.
Y como broche final, e inconmensurable, la Virgen. Sí, allí en Salduie se halló a la Virgen y allí sigue querida, mimada y venerada por todos. ¿Quién es capaz de estar, o pasar, por Aragón y no ir a ver a la Virgen? Ella, amén de una infinidad de cosas más, es el PILAR en el que sustenta firmemente la espiritualidad de nuestra muy querida España.
Ramón Serrano G.
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de junio de 2012
jueves, 7 de junio de 2012
El automóvil
Ramón Serrano G.
Para J.J. Montejano, con mi agradecimiento.
-Creo Luca que nunca te he contado lo que me ocurrió, hace ya algún tiempo, cuando aún no te había conocido. Iba yo caminando un día de un pueblo a otro, empezó a llover con intensidad, y tuve la suerte de que un buen hombre parase su automóvil, (ambos ya tenían sus años), y me preguntara:
-¿Dónde va, amigo?
- A ningún sitio, le contesté. Soy un vagabundo sin destino fijo.
- Pues si le apetece, replicó sorprendentemente, le invito a mi casa, que la tarde no está para paseos y la noche no será mejor.
Y eso hizo. Subí con él, cruzamos el próximo pueblo y, a sus afueras, se metió en una pequeña finca, en la que se hallaba una casa, al parecer modesta, pero confortable, según pude comprobar después. Me hizo esperar un momento mientras guardaba el coche y pasamos dentro. -Aquí vivo solo desde que murió mi mujer, pero estoy bien. Claro que todo lo bien que puede vivir un hombre viudo y con mis años. Mas me voy apañando. Tengo mis achaques, claro está, pero voy saliendo adelante con la ayuda de una sobrina que viene dos o tres veces por semana a hacerme la colada y esas cosas.
-He de decirte que la casa estaba limpia como un jaspe. Muebles, cocina, todo, estaba cargado de años pero con un aspecto de poder durar muchos, muchísimos más.
Crescencio, así dijo llamarse, preparó la cena en un santiamén. Coció unas vainas, cortó dos pedazos de un queso muy bueno y muy curado, me dio una manzana y él cogió otra. La sobremesa duró bastante ya que a ambos nos agradaba el palillo. Yo me limité a referirle un poco de mi vida y a contestar a sus numerosas preguntas, pero él se explayó a su gusto. Me habló de su extinto trabajo, de su mujer, de los hijos no habidos, de sus costumbres, de sus tareas actuales (que no eran pocas), aunque las más le venían por propia imposición y las ejecutaba con agrado. Me dijo que por la mañana se tenía que ir temprano al pueblo, pero que lo esperase para desayunar juntos.
Al levantarme (no muy tarde, según mi costumbre) él ya no estaba, por lo que salí al corral y vi allí varias gallinas, una higuera, dos manzanos y un laurel, amén de un sinfín de restos de trastos viejos y una cochiquera en largo desuso. Y un alpende casi lleno. Al pasar a su interior, observé que servía de cobijo y nidal a las gallinas, como almacén de mil cosas, algunos aperos, una bicicleta y, sobre todo, como cochera. Nada más entrar oí una voz que me saludaba amablemente:
-Buenos días, ¿ha descansado bien?
Me quedé extrañado al no ver a nadie, pero continuó la voz:
-No se asombre que quien le habla soy yo, el automóvil. Sí, sí, yo. Verá, es que me paso tantos ratos aquí dentro, solo, sin poder charlar con nadie, que cuando por casualidad encuentro a alguien, y si además ese alguien tiene buen porte como usted, me desquito y hablo ¡cantidad!
-Bueno, para empezar voy a presentarme, continuó sin importarle mi cara de asombro. Yo soy el “Compa”, que así me llama Crescencio, pues él fue quien me matriculó, y me estrenó, y desde entonces estoy en sus manos. Juntos hemos pasado de todo, y no siempre bueno. Ya sabe, las carreteras, las averías, y esas cosas. Él y Laura, su mujer, iban conmigo a todas partes, y he de decir que hemos vistos sitios maravillosos y pasado ratos muy buenos. Luego, ella se fue, y la cosa cambió bastante. Los dos quedamos deshechos, él más claro está. Yo trataba de animarlo, pedirle que nos fuésemos por ahí, pero cuando lo hacíamos, al reunirnos de nuevo cada mañana, ambos sabíamos que la noche había sido triste. Muy triste.
-Pero es un gran hombre. Ignoro si lleva la procesión por dentro, pero sí sé que no se le nota, y que se dedica por completo a ayudar a los demás. Bueno, ¡usted puede dar fe de ello por lo de ayer! Y eso no es todo. Lo mejor para él es que ha aprendido a hacerse cargo de su situación y es consecuente con ella, sacándole todo el partido posible. Y me ha obligado a que yo haga lo mismo. Los dos, debido a nuestra edad, que repito que no es poca, tenemos ya ajes y dolamas muy similares. Verá: a mí, los latiguillos del freno se me obstruyen y no frenan, igual que el colesterol hace con sus arterias. Yo tengo holgura en las puertas, como le ocurre a sus articulaciones. No tengo la suficiente energía porque mis pistones se han desgastado, por lo que consumo aceite en demasía, lo mismo que él toma medicinas para tener vitalidad. Los dos estamos a la par en cuanto a la salud. Con alifafes, pero con una enorme voluntad para superarlos.
-Por otra parte, mire usted, yo sé que el coche de Don Anselmo, el veterinario, tiene más años y está mejor conservado. Pero también sé que otros están en chatarrerías o en desguaces, o sea mucho peor que yo. Crescencio tampoco ignora sus limitaciones, pero observa que muchos de sus años van en silla de ruedas o crían malvas. Lo que realmente vale es que estamos muy, pero que muy bien de ánimo, y, por ello, de comportamiento. En la vida no sirve de nada quejarse, que las jeremiadas no curan y acaban poniendo de mal humor a quien se las cuentas. Lo necesario es conocerse bien y sacar fuerzas de donde haga falta para tratar de compensar las carencias, ya sean estas psíquicas o físicas, y vivir en paz y en orden. La fortaleza va decreciendo con el paso del tiempo, pero la ilusión de vivir, y de vivir con toda la ilusión, la hemos de mantener siempre. Siempre. Sin que nada la melle o la menoscabe.
No había acabado de decir esto, cuando apareció Crescencio que ya volvía de hacer sus cosas y había comprado el pan y el periódico. Y con una sonrisa de oreja a oreja, como si nos conociésemos de toda la vida, me dijo:
-Anda, recoge en los ponederos unos huevos que los friamos, mientras yo corto un poco jamón. Que habrá que almorzar algo, ¡digo yo!
Junio de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de junio de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
ENFADOSO.- Ramón Serrano G.
No creo que haya nadie tan perseverante en su conducta habitual que no tenga un día, o una temporada, distintos a los que son normales en él. Y yo, que de hecho me considero extrovertido y alegre, no sé si en demasía, noto que estoy atravesando un período de negrura en todo lo que aprecio, tanto cerca, como lejos de mí. Pienso que esto es normal, hasta cierto punto, porque sin que yo quiera equipararme, ni por asomo, en lo más mínimo a ellos, tenemos noticia de que autores o pintores, o gentes de cualquier clase o condición, han tenido igualmente una etapa “negra”, que han dejado traslucir visiblemente en su obra o en su comportamiento.
De cualquier modo creo firmemente en que la vida, ese deambular acelerado y zigzagueante que hacemos por este mundo, no es para nada dichoso, sino, más bien, todo lo contrario. Porque si la analizamos, y cuantificamos la cantidad de momentos malos y buenos que vivimos, veremos que aquellos superan a estos, aunque también quiero dejar la debida constancia de que no consiste en tratar de adivinar el número experimentado de cada especie, porque ocurre igualmente, que tan sólo uno de una clase puede influir más en nuestra alma que cien de la contraria.
Me queda, de cualquier forma, la duda de si esta visión pesimista me ha llegado por ese momento puntual y poco plácido a que aludía al principio, o por el estudio minucioso de las alternativas y episodios por los que habitualmente discurrimos los mortales. Trataré de explicarlo.
La vida podría ser hermosa, alegre, emotiva. Podría ser digo, pero no lo es. Porque aunque el hombre es hedonista por naturaleza, muchos motivos desde los tiempos más remotos y muchísimos, demasiados, en la actualidad, le obligan a llevarla de una forma agria, acelerada y rutinaria, moteada un poco de instantes que adjetivamos como felices, pero que distan mucho de poseer los ingredientes que ostenta la auténtica felicidad. Hoy se piensa que es feliz, sin ir más lejos y con una horrible cortedad de miras, aquel que conduce un coche determinado, come en cierto restaurante, o veranea quince días en tal o cual playa.
Sin embargo, las excesivas penas que continuamente le afligen sí que están saturadas de la verdadera esencia del sufrimiento. Lo que pasa es que el individuo ya se ha acostumbrado a ellas y las soporta estoicamente. Unas porque son inevitables y otras, de las que sí que podría evadirse, pero que no lo hace por pura abulia. Y acaba dándole todo igual. Se halla hastiado de luchar por conservar un trabajo, demasiadas veces mal pagado; de vivir en una sociedad de extraños; de hacer siempre lo mismo un día tras otro (“…Monotonía de la lluvia en los cristales…”) y no se da cuenta de que la mesticia en él es sólita, mientras que la alacridad no la ve y demasiadas veces confunde su eseidad. Siempre ha sido de ese modo. Recordemos a Góngora, cuando en su poema: “Amarrado al duro banco…”, ya nos habla de un estado lastimoso y un deseo de vernos libres de penas:”… sin este remo las manos…y los pies sin estos hierros…”.
Pero es esta una estadía errónea, ya que, a poco que lo intentásemos, podríamos tornarla en gozo. Porque la alegría, como las trufas por poner un ejemplo de exquisitez, aún puede hallarse si se sabe buscarla y esa investigación se hace con afán. Porque el contento está a nuestro alcance y, mucho más, si no somos demasiado rigurosos en cuanto a su cantidad o calidad. En demasiadas ocasiones nos ocurre esto, sobre todo a los que ya somos mayores, y no pensamos que las personas no se sienten viejas por dentro si hay un motivo que los mueva a la ilusión. Y razones encandiladeras las hay a miles. Lo que ocurre, ¡ay dolor!, es que no sabemos verlas, o no le concedemos su mucho merecido. ¿O es que hoy, como ayer y como mañana, no se ha abierto una flor, y ha cantado un pájaro, y va sonando el río, y el sol calienta, y la lluvia ha puesto glaucas las siembras, y un garzón y una zagala se sonríen a hurtadillas? Pues si ha sido así, y está claro que de ese modo ha sido, vivamos jubilosos y abandonemos esa nuestra habitual actitud enfadosa que tanto nos lacera y mucho nos aflige.
Y si a ello le añadimos que “a veces, algunas veces, el cantor lleva razón”, y por pura casualidad o insospechado motivo surge inesperada y afortunadamente algo o alguien que te lleva, o que nos lleva, aun cuando sea momentánea o esporádicamente a la felicidad, eso se agradece de modo inexplicable. Sean entonces estas palabras mías, canción de gratitud a la flor, al pájaro, al río, al sol, a la lluvia, o al buen trato entre las gentes. Y ¿cómo no?, a ese algo y a ese alguien, que, de modo imprevisto nos ha regalado un poco, o un mucho, de contento, y ha dado satisfacción a nuestro ánimo enfadoso.
Mayo de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 25 de mayo de 2012
lunes, 14 de mayo de 2012
..conquista (y III)
..conquista (y III)
Ramón Serrano G.
Dada la hora, dudó Alberto si entrar al Aliviadero, que por recién inaugurado no conocía aunque tenía buenas referencias, pero se decidió por el Ferrandis, y tras tomar en él unas tapas de zarajos y asadurillas, recalaron en Los Arcos, pues sabía que allí los aperitivos cerdunos eran una delicatessen. Comieron unos chorizos increíbles, una oreja con tratamiento de ilustrísima, y ferreros, una especié de albóndigas de morcilla, con queso por dentro y rebozadas de almendra. Una auténtica gollería. Como bebida, y ya que esa tarde no había que conducir, tomaron un muy buen Canforrales, quedando en volver para probar alguno de los vinos que elabora Iniesta, el magnífico jugador de futbol de Fuentealbilla.
Tras un café en el Hostal Bayo, y después de un garbeo para estirar las piernas y ayudar a digerir la ingesta, recalaron en El Tablazo, y allí bajaron al salón, y en la mesa más apartada, ante sendos gin-tonics, comenzaron una trascendente charla -aunque cabe decir que esta vez Andrea apenas habló- mientras que él, percibiendo en su oyente un cierto arrobo ante sus expresiones, se explayó haciendo un estudio comparativo entre la amistad y el amor. Y aunque, con gran énfasis empezó dando un trato de privilegio a aquella, entre otros motivos, por no exigir tanta correspondencia mutua, fue, poquito a poco, dando al cariño valías y justiprecios muy dignos de consideración. En esas, y tras contestar además a las interrogantes que ella le plantease sobre la incomunicación, la enfermedad, la vejez, y algunas otras, llegó la hora de la cena, que consistió, únicamente, en un café con leche, un poco de alajú y una copita de resolí. Tras ella, Alberto propuso quedarse otro rato platicando, pero hubo de conformarse con un amistoso beso y unas cautivadoras, aunque no deseadas: -Buenas noches.
Al siguiente día, bien aconsejados por Javier, se fueron a ver “La Ciudad Encantada”, un lugar “mágico”, con unas formaciones rocosas de origen calcáreo que en miles de años, y por la erosión del agua, la nieve y el viento, han tomado figuras raras y caprichosas, algunas con cierto parecido a animales, y que las gentes ya las tiene bautizadas. Así se pueden ver: la foca, la tortuga, el elefante, el perro o el oso, y otras con apariencia humana, como la cara del hombre o los amantes de Teruel. Un lugar muy digno de visitarse, al que hoy sólo se le da un intenso uso turístico, pero que antiguamente los pastores utilizaban esos para guarecer a sus rebaños. De allí marcharon a ver “Los Callejones”, un paraje próximo, del estilo del que acababan de ver, aunque mucho más pequeño, pero tan bonito, o más,
al criterio de muchos visitantes. Y cabe añadir como anécdota que, en el agradable y corto viaje, se les cruzaron varias piezas de caza mayor.
Al regreso, les dieron las dos cuando llegaban al pueblo de Las Majadas, por lo que allí, y tras tomar como aperitivo una ración de gamo en Casa Tote, se fueron a comer a “Los callejones”, donde los dueños, Antonio y Fernando, campechanos y amables como ellos solos, les sirvieron codillo de cerdo a Andrea y a Alberto un ciervo en salsa delicioso. De vino, una botellita de La Estacada, de muy buen sabor, aunque ella sólo se sirvió una copa por aquello de tener que conducir.
Decidieron pasar la tarde tratando de capturar alguna trucha en el lago de pesca intensiva que hay junto al hotel. Con la ayuda inefable de Alfonso, co-dueño del hotel y hermano de Javier, eligieron la modalidad de sin muerte, desecharon la modalidad de cola de rata por considerarla más apta para los muy aficionados, eligiendo la de buldó. Sólo consiguieron sacar dos truchas, pero pasaron unas horas muy entretenidas y agradables. Al finalizar, volvió cada uno a su habitación y bajaron luego para hacer la que sería su última cena excursionista, ya que al día siguiente tenían programado regresar a Madrid. El menú, una sopa de cebolla excelente y una sorprendente trucha en salsa denominada “El Tablazo”.
Al término del condumio huyeron del jaleo de la cafetería y buscaron acomodo de nuevo abajo, en la tranquilidad del salón. Tras pedir café y champán -supuestamente había que celebrar el éxito y la belleza del viaje- Andrea, como distraídamente, retomó el tema del aislamiento anímico y de sus múltiples y crueles consecuencias, y sobre ello, y con un sentido estudio común sobre la forma de vencerla felizmente, se les fue la velada. Ya se había recogido casi todo el personal y los demás clientes del hotel, y entonces, nuestro hombre preguntó:
-Oye, Andrea, en ese móvil tan moderno que tienes ¿se puede oír música? Es que pienso que esta noche podríamos pasar una velada, digamos, ¿romántica? Me gustaría enormemente bailar, tomar otra copa, mirarte a los ojos y... soñar.
-Pues claro que se puede, y he de decirte que me apetece igualmente lo mismo. Pero aquí no. Subamos a una de nuestras habitaciones.
Así lo hicieron, y el baile les llevó a un acercamiento sensual, a un roce no evitado de mejillas y a frases muy deseadas, más susurradas que dichas, quizás porque salían de lo profundo. Más tarde, cuando llevaban un largo rato en tan voluptuosa tarea, le dijo Alberto en voz muy queda:
-Aunque pueda sonarte extraño, creo que comprenderás que me atreva a pedirte que te quedes conmigo esta noche.
-¿Significa eso que ahora soy algo más que tu amiga?
-Nada hay más cierto bajo la luz del sol.
En ese momento, Andrea sintió en sus adentros que un angelote colocaba una victoriosa rama de laurel en su entusiasmado corazón. Y una sugestiva sonrisa ovante se dibujó en sus labios.
Mayo de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de mayo de 2012
viernes, 27 de abril de 2012
..Enviseza..(II)
...Enviseza y… (II)
Ramón Serrano G.
En cada una de esas reuniones citadas, ella, paulatina y disimuladamente, día a día, fue echándole a la consolidación de la nueva amistad un poquito de “veneno” en sus dichos y un “granito de pimienta” en sus actos. Y esa sutil sagacidad femenina empezó a fructificar de inmediato, hasta el punto de que nuestro hombre al poco, y sin darse cuenta, se fue haciendo argonauta, aunque una vez “embarcado”, en lugar de dirigirse a Cólquide para lograr el vellocino de oro, puso proa al alma de la que consideró enseguida como su gran y mejor amiga.
Pero sabido es que hay periplos en la vida de los hombres que transcurren por itinerarios que estos no tienen perfectamente delimitados, siendo en estas ocasiones demasiado fácil pisar en terrenos, digamos lábiles, y, desde luego, trascendentes en grado superlativo. Y en esta inesperada singladura de sus relaciones con Andrea, Alberto holló lindes en las que nunca había imaginado que iría a poner su pie. Y al hacerlo, observó visiones que, aunque no esperadas, le resultaban agradables y muy prometedoras. Por eso, casi enseguida, él imaginó (no, mejor dicho, supo) que “el bouquet” de aquella mujer debía estar en su plenitud, y que las cosas hay que saborearlas a su tiempo, no de verdes, y, desde luego, antes de que se pasen. Tenía leído que una manzana cogida del árbol, a la amanecida, tiene otra frescura y otro sabor que la que se toma caliente cuando está comenzando a anochecer.
Y accediendo a la propuesta que su amiga le hiciera, organizó en la semana precedente a San Miguel un viaje de unos pocos días a la comarca del Campichuelo, en la serranía conquense. Así, una mañana, ella le recogió con su coche y pusieron rumbo a Cuenca. A su llegada a la ciudad de las Casas Colgadas, dieron un largo paseo turístico por las hoces del Júcar y del Huécar, vieron los puentes de San Antón y San Pablo, la torre Mangana y la catedral, recalando cerca del mediodía en “La Ponderosa”, bar de tapeo bueno donde los haya. Se decantaron por tomar unas amanitas cesáreas, un escabeche excelso, y unos huevos fritos aliñados con una pócima secreta y deliciosa. Eso les sirvió de comida. Tras ella, siguieron viaje hasta la cercana Villalba de la Sierra, y allí se alojaron en las afueras del lugar, en El Tablazo, a la misma orilla del Júcar, un hotel sin suntuosas pretensiones, pero acogedor y entrañable como pocos.
Mediada la tarde salieron a dar una hermosa paseata por la orilla del río. Fueron hasta más allá de las ruinas de un viejo molino, y vieron, no cientos, sino miles de setas que ya empezaban a salir, dado que el mes había comenzado lluvioso y el sol ya no apretaba. Encontraron de San Jorge, níscalos, colmenillas, boletus edulis, lepiotas, de los caballeros, y muchas más, pero al no ser buenos conocedores, se abstuvieron de cogerlas, bien aconsejados por Javier, el dueño del hotel. De pronto, ella le preguntó:
-¿Recuerdas la carta de aquella noche?.- Como si la hubiese hecho
ayer mismo, le respondió él.
-Yo también, y me la aprendí de memoria ya que el orbayo desfiguró lo escrito. Y la tendré presente mientras viva.
Sobre ese y otros similares temas se basó su charla hasta que regresaron al hotel. En él, cenaron ajoarriero (una especie de paté hecho a base de patata, bacalao, aceite y huevo), y, cómo no, morteruelo, que allí lo tienen buenísimo, como en pocos sitios, rindiendo así homenaje al plato más exquisito y, por excelencia, más famoso de la región. Luego un rato de tertulia tan sustanciosa como la cena, y hasta mañana.
Uno de los principales objetivos de su viaje era la visita al parque natural de “El Hosquillo”, pero, ignorantes de que había que reservar la entrada con bastante tiempo, tuvieron que renunciar a ella, y hubieron de conformarse con las explicaciones que uno de los dueños del hotel tuvo a bien facilitarles. Les dijo este, que es una inmensa hondonada de orografía muy hosca (de ahí le viene dado el nombre), por la que discurren los ríos Escabas y de las Truchas, y en cuyas muy claras aguas se ven bastantes de ellas y nutrias. En su fauna rupícola, hay lobos, jabalíes, ciervos, gamos, muflones o cabras montesas; en su cielo, profusión de águilas reales, buitres leonados, halcones peregrinos o búhos reales; y en su flora, muy variada y hermosa, se pueden ver, entre otras especies, pino albar y negral, quejigo, boj, tejo, acebo, sauce, álamo temblón o avellano.
Así que, lamentando no poder ver esa hermosura, cambiaron los planes y se fueron a ver el nacimiento del río Cuervo. Nada más salir del pueblo se detuvieron en el Ventano del Diablo, a pie de carretera, con unas vistas magníficas sobre el Júcar, para seguir luego hasta Uña (con su laguna), el embalse de La Toba, y tras cruzar Tragacete, a unos doce kilómetros, llegar en Vega del Cotorno al nacimiento del río. Es este un paraje que tiene un encanto espectacular, con senderos entre cascadas y regueras, hasta que se accede a una gruta (el verdadero nacimiento) donde el agua brota a borbotones por una rendija lateral.
Durante el viaje a tan hermoso lugar, y tanto a la ida como al regreso, fue Andrea la que mantuvo el peso de la conversación. Y aunque alguna de las veces esta versó sobre los paisajes que estaban viendo, la mayoría de ellas fue intercalando en su hablar opiniones sobre la necesidad que tienen las personas de evitar la soledad, de estar unidas, y que esa unión es mucho más profunda y significativa cuando está cimentada en la amistad…o en el amor. Él, cada vez más impactado por el sentido y la hondura de sus palabras, fue asintiendo primero, y aprobando después lo que estaba oyendo, y empezó a darse cuenta de cómo, de una manera imperceptible, estaba percibiendo en esa mujer maneras y pareceres muy interesantes.
Y en esas filosofías andaban cuando, cerca de las dos llegaron de regreso a Villalba. -¿Dónde comemos? preguntó ella.
-Si te parece, hoy, al igual que ayer, lo haremos de tapas. Verás, te voy a llevar a unos bares donde nos pondrán cosas muy gustosas.
Abril de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 27 de abril de 2012
jueves, 12 de abril de 2012
¿Altanez?.. (I)
¿Altanez?…(I)
Ramón Serrano G.
“Cuando vuelvas de la calle/hastiado, amargo, sediento/ como agua clara del río/ será para ti mi cuerpo” .- Juana de Ibarbourou.
París es mucho París. Para Andrea, como para otras muchísimas personas, la ciudad más encantadora del mundo. Y ella estaba residiendo temporalmente allí, disfrutándola plenamente, paladeándola, a la espera de ser abuela por primera vez, aunque para eso faltasen aún dos o tres semanas. Y aunque pasaba muchos ratos con su hija, le agradaba enormemente pasear durante horas por el jardín de las Tullerías –el capricho de Catalina de Médicis-, y, entre sus estanques y fuentes, hacer planes y rememorar lo que recién le había sucedido allende el Pincipado.
Y en esos paseos, una y mil veces, como en una ucronía, había repasado minuciosamente su actuación y la de Alberto en aquella noche asturiana procurando juzgarlas sin prejuicios ni apasionamientos de ningún tipo. Pero en cada rememoración aparecían por su mente mil y una causas y desenlaces. Le y se insultó. Se y le eximió de culpas. Acriminó de ello no sólo a ambos, sino a la noche, a la cercanía del mar, a mayo, al lugar, a las copas, a las circunstancias, a.., a…, para luego, en cada enjuiciamiento, emitir las más diversas sentencias, hasta el punto de que siempre acababa con la cabeza hecha ascuas. Pero eso no le dolía. Lo que la azaraba es que, había tenido una primera postura de altanez que luego desestimó y no acababa de decidirse por cuál sería el camino a tomar a su regreso, porque ella sería su amiga. Sí, su mejor amiga, pero ¿tendría que conformarse sólo con eso? Al final decidió posponer la decisión definitiva sobre el modo de obrar más adecuado. O el menos doloroso. O el más conveniente.
Habiéndose adelantado el parto, volvió a Madrid a mediados de agosto con una obstinada idea que parecía habérsele incrustado en la mente: Alberto y la futura e impredecible relación con él. No podía, ni quería, pensar en otra cosa, tratando de hallar el mejor plan que se podía seguir. En primer lugar, el maldito ego siempre le impelía a mandarlo todo a hacer gárgaras, dolida por el “desprecio” sufrido. Pero ni ella era altanera, ni él había querido menospreciarla. Por ello, y al poco, siempre afloraban con fuerza otros sentimientos y apercibía que aquel “idiota” había dejado una gran huella en su alma. Venía entonces la disyuntiva de si volver al ataque con el fin de conquistarlo definitivamente, o conformarse con la sincera amistad que él le había ofertado (hermosa y atractiva por otra parte), dada la gran personalidad y enjundia que parecía tener el hombre.
De su perturbada cabeza se escapaban constantemente proyectos e intenciones, lo que le llevó a recordar a la uruguaya Juana de Ibarbourou, cuando, en su obra El cántaro fresco, dice: “…Por la persiana entornada entra un rayo de sol matinal, y por la misma rendija sale a la calle, oblicua, hacia arriba, una banda ancha y dorada de moléculas. Parece una legión de bailarines pues veo que cada uno de los puntitos rubios gira de una manera vertiginosa sobre sí mismo. Y miro con envidia a esa banda de átomos que se va a recorrer el mundo, llevándose quizás el secreto de mis intimidades…”.
Y a ella le estaba ocurriendo lo mismo, con el agravante de que quería retener y hacer efectivos sus múltiples deseos, tan dispares, tan factibles y tan irrealizables a la vez. Pero, por su forma de ser, y dada la importancia del asunto, tenía que tomar una decisión y llevarla a la práctica. Y hacerlo pronto. Así pues, al poco, habiendo dictaminado la que sería su forma de proceder, e imponiéndose la condición de que sus actos no delatasen nunca su verdadero objetivo, se puso manos a la obra. Lo primero que hizo al día siguiente fue llamarlo por teléfono.
-¿Alberto? Hola, soy Andrea. ¿Te acuerdas de mí, verdad? Pues nada, decirte que ya soy abuela.
-…
- Gracias, muchas gracias, y me he dicho: voy a llamarlo y, si le apetece, tomamos un café para celebrarlo y charlamos un poco.
-…
- De acuerdo. En eso quedamos.
Aquella tarde, como siempre, en El Espejo había un ambiente selecto y confortable. Cuando llegó, él ya estaba allí y, al verla, se levantó raudo y la saludo con efusión. Mantuvieron durante un rato los rutinarios y consabidos comentarios: -¿Qué tal te van las cosas? .- ¿Y por París, todo bien? Tu nieto será precioso. - No, ha sido una niña, y sí, es muy rica. Hasta que surgió el tema que tenía que surgir. Aquél que los había distanciado en Llanes y que los volvía a reunir en Madrid. Él quiso adelantarse tratando de aclarar, de justificar en cierta medida su comportamiento, pero ella le atajó de inmediato, utilizando un lenguaje primoroso y unos modos firmes, pero exquisitos, muy fuera de lo común:
-No, por favor. No trates de definir una actuación que sólo puede catalogarse como dignísima. Si acaso hay alguien que tenga que explicar su conducta soy yo, pero, si me lo permites, te diré que pienso que los dos hemos sabido valorar lo de aquella velada en su justa medida y vale más que la dejemos atrás, tomando de ella lo que tuvo realmente de valioso, y que es, qué duda cabe, tu ofrecimiento de una preciada amistad. Por supuesto, que acepto muy complacida tu munífica oferta, y añadiré que mi único, pero mejor te diré, que mi mayor deseo es tu amistad y darte la mía por igual, aunque no sé si sabré llegar a tanto. Pero intentarlo, a fe que he de hacerlo. Si me das ocasiones para hacerlo, claro está.
La tarde resultó perfecta, lo que dio pie a que se repitiera en varias ocasiones hasta hacerse algo habitual. Tres o cuatro veces se reunían semanalmente, y en uno de esos contactos Andrea propuso:
-Ahora que vamos intimando, ¿por qué no hacemos otro viaje como aquel? Dejo a tu elección lugar, fecha y duración. Pero no lo demores.
Alberto aceptó encantado.
Abril de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 13 de abril de 2012
Ramón Serrano G.
“Cuando vuelvas de la calle/hastiado, amargo, sediento/ como agua clara del río/ será para ti mi cuerpo” .- Juana de Ibarbourou.
París es mucho París. Para Andrea, como para otras muchísimas personas, la ciudad más encantadora del mundo. Y ella estaba residiendo temporalmente allí, disfrutándola plenamente, paladeándola, a la espera de ser abuela por primera vez, aunque para eso faltasen aún dos o tres semanas. Y aunque pasaba muchos ratos con su hija, le agradaba enormemente pasear durante horas por el jardín de las Tullerías –el capricho de Catalina de Médicis-, y, entre sus estanques y fuentes, hacer planes y rememorar lo que recién le había sucedido allende el Pincipado.
Y en esos paseos, una y mil veces, como en una ucronía, había repasado minuciosamente su actuación y la de Alberto en aquella noche asturiana procurando juzgarlas sin prejuicios ni apasionamientos de ningún tipo. Pero en cada rememoración aparecían por su mente mil y una causas y desenlaces. Le y se insultó. Se y le eximió de culpas. Acriminó de ello no sólo a ambos, sino a la noche, a la cercanía del mar, a mayo, al lugar, a las copas, a las circunstancias, a.., a…, para luego, en cada enjuiciamiento, emitir las más diversas sentencias, hasta el punto de que siempre acababa con la cabeza hecha ascuas. Pero eso no le dolía. Lo que la azaraba es que, había tenido una primera postura de altanez que luego desestimó y no acababa de decidirse por cuál sería el camino a tomar a su regreso, porque ella sería su amiga. Sí, su mejor amiga, pero ¿tendría que conformarse sólo con eso? Al final decidió posponer la decisión definitiva sobre el modo de obrar más adecuado. O el menos doloroso. O el más conveniente.
Habiéndose adelantado el parto, volvió a Madrid a mediados de agosto con una obstinada idea que parecía habérsele incrustado en la mente: Alberto y la futura e impredecible relación con él. No podía, ni quería, pensar en otra cosa, tratando de hallar el mejor plan que se podía seguir. En primer lugar, el maldito ego siempre le impelía a mandarlo todo a hacer gárgaras, dolida por el “desprecio” sufrido. Pero ni ella era altanera, ni él había querido menospreciarla. Por ello, y al poco, siempre afloraban con fuerza otros sentimientos y apercibía que aquel “idiota” había dejado una gran huella en su alma. Venía entonces la disyuntiva de si volver al ataque con el fin de conquistarlo definitivamente, o conformarse con la sincera amistad que él le había ofertado (hermosa y atractiva por otra parte), dada la gran personalidad y enjundia que parecía tener el hombre.
De su perturbada cabeza se escapaban constantemente proyectos e intenciones, lo que le llevó a recordar a la uruguaya Juana de Ibarbourou, cuando, en su obra El cántaro fresco, dice: “…Por la persiana entornada entra un rayo de sol matinal, y por la misma rendija sale a la calle, oblicua, hacia arriba, una banda ancha y dorada de moléculas. Parece una legión de bailarines pues veo que cada uno de los puntitos rubios gira de una manera vertiginosa sobre sí mismo. Y miro con envidia a esa banda de átomos que se va a recorrer el mundo, llevándose quizás el secreto de mis intimidades…”.
Y a ella le estaba ocurriendo lo mismo, con el agravante de que quería retener y hacer efectivos sus múltiples deseos, tan dispares, tan factibles y tan irrealizables a la vez. Pero, por su forma de ser, y dada la importancia del asunto, tenía que tomar una decisión y llevarla a la práctica. Y hacerlo pronto. Así pues, al poco, habiendo dictaminado la que sería su forma de proceder, e imponiéndose la condición de que sus actos no delatasen nunca su verdadero objetivo, se puso manos a la obra. Lo primero que hizo al día siguiente fue llamarlo por teléfono.
-¿Alberto? Hola, soy Andrea. ¿Te acuerdas de mí, verdad? Pues nada, decirte que ya soy abuela.
-…
- Gracias, muchas gracias, y me he dicho: voy a llamarlo y, si le apetece, tomamos un café para celebrarlo y charlamos un poco.
-…
- De acuerdo. En eso quedamos.
Aquella tarde, como siempre, en El Espejo había un ambiente selecto y confortable. Cuando llegó, él ya estaba allí y, al verla, se levantó raudo y la saludo con efusión. Mantuvieron durante un rato los rutinarios y consabidos comentarios: -¿Qué tal te van las cosas? .- ¿Y por París, todo bien? Tu nieto será precioso. - No, ha sido una niña, y sí, es muy rica. Hasta que surgió el tema que tenía que surgir. Aquél que los había distanciado en Llanes y que los volvía a reunir en Madrid. Él quiso adelantarse tratando de aclarar, de justificar en cierta medida su comportamiento, pero ella le atajó de inmediato, utilizando un lenguaje primoroso y unos modos firmes, pero exquisitos, muy fuera de lo común:
-No, por favor. No trates de definir una actuación que sólo puede catalogarse como dignísima. Si acaso hay alguien que tenga que explicar su conducta soy yo, pero, si me lo permites, te diré que pienso que los dos hemos sabido valorar lo de aquella velada en su justa medida y vale más que la dejemos atrás, tomando de ella lo que tuvo realmente de valioso, y que es, qué duda cabe, tu ofrecimiento de una preciada amistad. Por supuesto, que acepto muy complacida tu munífica oferta, y añadiré que mi único, pero mejor te diré, que mi mayor deseo es tu amistad y darte la mía por igual, aunque no sé si sabré llegar a tanto. Pero intentarlo, a fe que he de hacerlo. Si me das ocasiones para hacerlo, claro está.
La tarde resultó perfecta, lo que dio pie a que se repitiera en varias ocasiones hasta hacerse algo habitual. Tres o cuatro veces se reunían semanalmente, y en uno de esos contactos Andrea propuso:
-Ahora que vamos intimando, ¿por qué no hacemos otro viaje como aquel? Dejo a tu elección lugar, fecha y duración. Pero no lo demores.
Alberto aceptó encantado.
Abril de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 13 de abril de 2012
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