lunes, 14 de mayo de 2012

..conquista (y III)

..conquista (y III) Ramón Serrano G. Dada la hora, dudó Alberto si entrar al Aliviadero, que por recién inaugurado no conocía aunque tenía buenas referencias, pero se decidió por el Ferrandis, y tras tomar en él unas tapas de zarajos y asadurillas, recalaron en Los Arcos, pues sabía que allí los aperitivos cerdunos eran una delicatessen. Comieron unos chorizos increíbles, una oreja con tratamiento de ilustrísima, y ferreros, una especié de albóndigas de morcilla, con queso por dentro y rebozadas de almendra. Una auténtica gollería. Como bebida, y ya que esa tarde no había que conducir, tomaron un muy buen Canforrales, quedando en volver para probar alguno de los vinos que elabora Iniesta, el magnífico jugador de futbol de Fuentealbilla. Tras un café en el Hostal Bayo, y después de un garbeo para estirar las piernas y ayudar a digerir la ingesta, recalaron en El Tablazo, y allí bajaron al salón, y en la mesa más apartada, ante sendos gin-tonics, comenzaron una trascendente charla -aunque cabe decir que esta vez Andrea apenas habló- mientras que él, percibiendo en su oyente un cierto arrobo ante sus expresiones, se explayó haciendo un estudio comparativo entre la amistad y el amor. Y aunque, con gran énfasis empezó dando un trato de privilegio a aquella, entre otros motivos, por no exigir tanta correspondencia mutua, fue, poquito a poco, dando al cariño valías y justiprecios muy dignos de consideración. En esas, y tras contestar además a las interrogantes que ella le plantease sobre la incomunicación, la enfermedad, la vejez, y algunas otras, llegó la hora de la cena, que consistió, únicamente, en un café con leche, un poco de alajú y una copita de resolí. Tras ella, Alberto propuso quedarse otro rato platicando, pero hubo de conformarse con un amistoso beso y unas cautivadoras, aunque no deseadas: -Buenas noches. Al siguiente día, bien aconsejados por Javier, se fueron a ver “La Ciudad Encantada”, un lugar “mágico”, con unas formaciones rocosas de origen calcáreo que en miles de años, y por la erosión del agua, la nieve y el viento, han tomado figuras raras y caprichosas, algunas con cierto parecido a animales, y que las gentes ya las tiene bautizadas. Así se pueden ver: la foca, la tortuga, el elefante, el perro o el oso, y otras con apariencia humana, como la cara del hombre o los amantes de Teruel. Un lugar muy digno de visitarse, al que hoy sólo se le da un intenso uso turístico, pero que antiguamente los pastores utilizaban esos para guarecer a sus rebaños. De allí marcharon a ver “Los Callejones”, un paraje próximo, del estilo del que acababan de ver, aunque mucho más pequeño, pero tan bonito, o más, al criterio de muchos visitantes. Y cabe añadir como anécdota que, en el agradable y corto viaje, se les cruzaron varias piezas de caza mayor. Al regreso, les dieron las dos cuando llegaban al pueblo de Las Majadas, por lo que allí, y tras tomar como aperitivo una ración de gamo en Casa Tote, se fueron a comer a “Los callejones”, donde los dueños, Antonio y Fernando, campechanos y amables como ellos solos, les sirvieron codillo de cerdo a Andrea y a Alberto un ciervo en salsa delicioso. De vino, una botellita de La Estacada, de muy buen sabor, aunque ella sólo se sirvió una copa por aquello de tener que conducir. Decidieron pasar la tarde tratando de capturar alguna trucha en el lago de pesca intensiva que hay junto al hotel. Con la ayuda inefable de Alfonso, co-dueño del hotel y hermano de Javier, eligieron la modalidad de sin muerte, desecharon la modalidad de cola de rata por considerarla más apta para los muy aficionados, eligiendo la de buldó. Sólo consiguieron sacar dos truchas, pero pasaron unas horas muy entretenidas y agradables. Al finalizar, volvió cada uno a su habitación y bajaron luego para hacer la que sería su última cena excursionista, ya que al día siguiente tenían programado regresar a Madrid. El menú, una sopa de cebolla excelente y una sorprendente trucha en salsa denominada “El Tablazo”. Al término del condumio huyeron del jaleo de la cafetería y buscaron acomodo de nuevo abajo, en la tranquilidad del salón. Tras pedir café y champán -supuestamente había que celebrar el éxito y la belleza del viaje- Andrea, como distraídamente, retomó el tema del aislamiento anímico y de sus múltiples y crueles consecuencias, y sobre ello, y con un sentido estudio común sobre la forma de vencerla felizmente, se les fue la velada. Ya se había recogido casi todo el personal y los demás clientes del hotel, y entonces, nuestro hombre preguntó: -Oye, Andrea, en ese móvil tan moderno que tienes ¿se puede oír música? Es que pienso que esta noche podríamos pasar una velada, digamos, ¿romántica? Me gustaría enormemente bailar, tomar otra copa, mirarte a los ojos y... soñar. -Pues claro que se puede, y he de decirte que me apetece igualmente lo mismo. Pero aquí no. Subamos a una de nuestras habitaciones. Así lo hicieron, y el baile les llevó a un acercamiento sensual, a un roce no evitado de mejillas y a frases muy deseadas, más susurradas que dichas, quizás porque salían de lo profundo. Más tarde, cuando llevaban un largo rato en tan voluptuosa tarea, le dijo Alberto en voz muy queda: -Aunque pueda sonarte extraño, creo que comprenderás que me atreva a pedirte que te quedes conmigo esta noche. -¿Significa eso que ahora soy algo más que tu amiga? -Nada hay más cierto bajo la luz del sol. En ese momento, Andrea sintió en sus adentros que un angelote colocaba una victoriosa rama de laurel en su entusiasmado corazón. Y una sugestiva sonrisa ovante se dibujó en sus labios. Mayo de 2012 Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de mayo de 2012

viernes, 27 de abril de 2012

..Enviseza..(II)

...Enviseza y… (II) Ramón Serrano G. En cada una de esas reuniones citadas, ella, paulatina y disimuladamente, día a día, fue echándole a la consolidación de la nueva amistad un poquito de “veneno” en sus dichos y un “granito de pimienta” en sus actos. Y esa sutil sagacidad femenina empezó a fructificar de inmediato, hasta el punto de que nuestro hombre al poco, y sin darse cuenta, se fue haciendo argonauta, aunque una vez “embarcado”, en lugar de dirigirse a Cólquide para lograr el vellocino de oro, puso proa al alma de la que consideró enseguida como su gran y mejor amiga. Pero sabido es que hay periplos en la vida de los hombres que transcurren por itinerarios que estos no tienen perfectamente delimitados, siendo en estas ocasiones demasiado fácil pisar en terrenos, digamos lábiles, y, desde luego, trascendentes en grado superlativo. Y en esta inesperada singladura de sus relaciones con Andrea, Alberto holló lindes en las que nunca había imaginado que iría a poner su pie. Y al hacerlo, observó visiones que, aunque no esperadas, le resultaban agradables y muy prometedoras. Por eso, casi enseguida, él imaginó (no, mejor dicho, supo) que “el bouquet” de aquella mujer debía estar en su plenitud, y que las cosas hay que saborearlas a su tiempo, no de verdes, y, desde luego, antes de que se pasen. Tenía leído que una manzana cogida del árbol, a la amanecida, tiene otra frescura y otro sabor que la que se toma caliente cuando está comenzando a anochecer. Y accediendo a la propuesta que su amiga le hiciera, organizó en la semana precedente a San Miguel un viaje de unos pocos días a la comarca del Campichuelo, en la serranía conquense. Así, una mañana, ella le recogió con su coche y pusieron rumbo a Cuenca. A su llegada a la ciudad de las Casas Colgadas, dieron un largo paseo turístico por las hoces del Júcar y del Huécar, vieron los puentes de San Antón y San Pablo, la torre Mangana y la catedral, recalando cerca del mediodía en “La Ponderosa”, bar de tapeo bueno donde los haya. Se decantaron por tomar unas amanitas cesáreas, un escabeche excelso, y unos huevos fritos aliñados con una pócima secreta y deliciosa. Eso les sirvió de comida. Tras ella, siguieron viaje hasta la cercana Villalba de la Sierra, y allí se alojaron en las afueras del lugar, en El Tablazo, a la misma orilla del Júcar, un hotel sin suntuosas pretensiones, pero acogedor y entrañable como pocos. Mediada la tarde salieron a dar una hermosa paseata por la orilla del río. Fueron hasta más allá de las ruinas de un viejo molino, y vieron, no cientos, sino miles de setas que ya empezaban a salir, dado que el mes había comenzado lluvioso y el sol ya no apretaba. Encontraron de San Jorge, níscalos, colmenillas, boletus edulis, lepiotas, de los caballeros, y muchas más, pero al no ser buenos conocedores, se abstuvieron de cogerlas, bien aconsejados por Javier, el dueño del hotel. De pronto, ella le preguntó: -¿Recuerdas la carta de aquella noche?.- Como si la hubiese hecho ayer mismo, le respondió él. -Yo también, y me la aprendí de memoria ya que el orbayo desfiguró lo escrito. Y la tendré presente mientras viva. Sobre ese y otros similares temas se basó su charla hasta que regresaron al hotel. En él, cenaron ajoarriero (una especie de paté hecho a base de patata, bacalao, aceite y huevo), y, cómo no, morteruelo, que allí lo tienen buenísimo, como en pocos sitios, rindiendo así homenaje al plato más exquisito y, por excelencia, más famoso de la región. Luego un rato de tertulia tan sustanciosa como la cena, y hasta mañana. Uno de los principales objetivos de su viaje era la visita al parque natural de “El Hosquillo”, pero, ignorantes de que había que reservar la entrada con bastante tiempo, tuvieron que renunciar a ella, y hubieron de conformarse con las explicaciones que uno de los dueños del hotel tuvo a bien facilitarles. Les dijo este, que es una inmensa hondonada de orografía muy hosca (de ahí le viene dado el nombre), por la que discurren los ríos Escabas y de las Truchas, y en cuyas muy claras aguas se ven bastantes de ellas y nutrias. En su fauna rupícola, hay lobos, jabalíes, ciervos, gamos, muflones o cabras montesas; en su cielo, profusión de águilas reales, buitres leonados, halcones peregrinos o búhos reales; y en su flora, muy variada y hermosa, se pueden ver, entre otras especies, pino albar y negral, quejigo, boj, tejo, acebo, sauce, álamo temblón o avellano. Así que, lamentando no poder ver esa hermosura, cambiaron los planes y se fueron a ver el nacimiento del río Cuervo. Nada más salir del pueblo se detuvieron en el Ventano del Diablo, a pie de carretera, con unas vistas magníficas sobre el Júcar, para seguir luego hasta Uña (con su laguna), el embalse de La Toba, y tras cruzar Tragacete, a unos doce kilómetros, llegar en Vega del Cotorno al nacimiento del río. Es este un paraje que tiene un encanto espectacular, con senderos entre cascadas y regueras, hasta que se accede a una gruta (el verdadero nacimiento) donde el agua brota a borbotones por una rendija lateral. Durante el viaje a tan hermoso lugar, y tanto a la ida como al regreso, fue Andrea la que mantuvo el peso de la conversación. Y aunque alguna de las veces esta versó sobre los paisajes que estaban viendo, la mayoría de ellas fue intercalando en su hablar opiniones sobre la necesidad que tienen las personas de evitar la soledad, de estar unidas, y que esa unión es mucho más profunda y significativa cuando está cimentada en la amistad…o en el amor. Él, cada vez más impactado por el sentido y la hondura de sus palabras, fue asintiendo primero, y aprobando después lo que estaba oyendo, y empezó a darse cuenta de cómo, de una manera imperceptible, estaba percibiendo en esa mujer maneras y pareceres muy interesantes. Y en esas filosofías andaban cuando, cerca de las dos llegaron de regreso a Villalba. -¿Dónde comemos? preguntó ella. -Si te parece, hoy, al igual que ayer, lo haremos de tapas. Verás, te voy a llevar a unos bares donde nos pondrán cosas muy gustosas. Abril de 2012 Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 27 de abril de 2012

jueves, 12 de abril de 2012

¿Altanez?.. (I)

¿Altanez?…(I)
Ramón Serrano G.
“Cuando vuelvas de la calle/hastiado, amargo, sediento/ como agua clara del río/ será para ti mi cuerpo” .- Juana de Ibarbourou.

París es mucho París. Para Andrea, como para otras muchísimas personas, la ciudad más encantadora del mundo. Y ella estaba residiendo temporalmente allí, disfrutándola plenamente, paladeándola, a la espera de ser abuela por primera vez, aunque para eso faltasen aún dos o tres semanas. Y aunque pasaba muchos ratos con su hija, le agradaba enormemente pasear durante horas por el jardín de las Tullerías –el capricho de Catalina de Médicis-, y, entre sus estanques y fuentes, hacer planes y rememorar lo que recién le había sucedido allende el Pincipado.
Y en esos paseos, una y mil veces, como en una ucronía, había repasado minuciosamente su actuación y la de Alberto en aquella noche asturiana procurando juzgarlas sin prejuicios ni apasionamientos de ningún tipo. Pero en cada rememoración aparecían por su mente mil y una causas y desenlaces. Le y se insultó. Se y le eximió de culpas. Acriminó de ello no sólo a ambos, sino a la noche, a la cercanía del mar, a mayo, al lugar, a las copas, a las circunstancias, a.., a…, para luego, en cada enjuiciamiento, emitir las más diversas sentencias, hasta el punto de que siempre acababa con la cabeza hecha ascuas. Pero eso no le dolía. Lo que la azaraba es que, había tenido una primera postura de altanez que luego desestimó y no acababa de decidirse por cuál sería el camino a tomar a su regreso, porque ella sería su amiga. Sí, su mejor amiga, pero ¿tendría que conformarse sólo con eso? Al final decidió posponer la decisión definitiva sobre el modo de obrar más adecuado. O el menos doloroso. O el más conveniente.
Habiéndose adelantado el parto, volvió a Madrid a mediados de agosto con una obstinada idea que parecía habérsele incrustado en la mente: Alberto y la futura e impredecible relación con él. No podía, ni quería, pensar en otra cosa, tratando de hallar el mejor plan que se podía seguir. En primer lugar, el maldito ego siempre le impelía a mandarlo todo a hacer gárgaras, dolida por el “desprecio” sufrido. Pero ni ella era altanera, ni él había querido menospreciarla. Por ello, y al poco, siempre afloraban con fuerza otros sentimientos y apercibía que aquel “idiota” había dejado una gran huella en su alma. Venía entonces la disyuntiva de si volver al ataque con el fin de conquistarlo definitivamente, o conformarse con la sincera amistad que él le había ofertado (hermosa y atractiva por otra parte), dada la gran personalidad y enjundia que parecía tener el hombre.
De su perturbada cabeza se escapaban constantemente proyectos e intenciones, lo que le llevó a recordar a la uruguaya Juana de Ibarbourou, cuando, en su obra El cántaro fresco, dice: “…Por la persiana entornada entra un rayo de sol matinal, y por la misma rendija sale a la calle, oblicua, hacia arriba, una banda ancha y dorada de moléculas. Parece una legión de bailarines pues veo que cada uno de los puntitos rubios gira de una manera vertiginosa sobre sí mismo. Y miro con envidia a esa banda de átomos que se va a recorrer el mundo, llevándose quizás el secreto de mis intimidades…”.
Y a ella le estaba ocurriendo lo mismo, con el agravante de que quería retener y hacer efectivos sus múltiples deseos, tan dispares, tan factibles y tan irrealizables a la vez. Pero, por su forma de ser, y dada la importancia del asunto, tenía que tomar una decisión y llevarla a la práctica. Y hacerlo pronto. Así pues, al poco, habiendo dictaminado la que sería su forma de proceder, e imponiéndose la condición de que sus actos no delatasen nunca su verdadero objetivo, se puso manos a la obra. Lo primero que hizo al día siguiente fue llamarlo por teléfono.
-¿Alberto? Hola, soy Andrea. ¿Te acuerdas de mí, verdad? Pues nada, decirte que ya soy abuela.
-…
- Gracias, muchas gracias, y me he dicho: voy a llamarlo y, si le apetece, tomamos un café para celebrarlo y charlamos un poco.
-…
- De acuerdo. En eso quedamos.
Aquella tarde, como siempre, en El Espejo había un ambiente selecto y confortable. Cuando llegó, él ya estaba allí y, al verla, se levantó raudo y la saludo con efusión. Mantuvieron durante un rato los rutinarios y consabidos comentarios: -¿Qué tal te van las cosas? .- ¿Y por París, todo bien? Tu nieto será precioso. - No, ha sido una niña, y sí, es muy rica. Hasta que surgió el tema que tenía que surgir. Aquél que los había distanciado en Llanes y que los volvía a reunir en Madrid. Él quiso adelantarse tratando de aclarar, de justificar en cierta medida su comportamiento, pero ella le atajó de inmediato, utilizando un lenguaje primoroso y unos modos firmes, pero exquisitos, muy fuera de lo común:
-No, por favor. No trates de definir una actuación que sólo puede catalogarse como dignísima. Si acaso hay alguien que tenga que explicar su conducta soy yo, pero, si me lo permites, te diré que pienso que los dos hemos sabido valorar lo de aquella velada en su justa medida y vale más que la dejemos atrás, tomando de ella lo que tuvo realmente de valioso, y que es, qué duda cabe, tu ofrecimiento de una preciada amistad. Por supuesto, que acepto muy complacida tu munífica oferta, y añadiré que mi único, pero mejor te diré, que mi mayor deseo es tu amistad y darte la mía por igual, aunque no sé si sabré llegar a tanto. Pero intentarlo, a fe que he de hacerlo. Si me das ocasiones para hacerlo, claro está.
La tarde resultó perfecta, lo que dio pie a que se repitiera en varias ocasiones hasta hacerse algo habitual. Tres o cuatro veces se reunían semanalmente, y en uno de esos contactos Andrea propuso:
-Ahora que vamos intimando, ¿por qué no hacemos otro viaje como aquel? Dejo a tu elección lugar, fecha y duración. Pero no lo demores.
Alberto aceptó encantado.

Abril de 2012

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 13 de abril de 2012

viernes, 16 de marzo de 2012

Gracias a ...

Gracias a…
Ramón Serrano G.

“La soledad es muy hermosa…cuando se tiene a alguien a quien decírselo”.- G.A. Bécquer.

Es invierno. Para mí sigue siendo invierno, aunque el sol vaya tardando cada vez más en ocultarse y el frío, cada día, y pese a su obstinada renuencia a hacerlo, se vaya diluyendo paulatinamente abriéndole las puertas a la primavera. Lo sé, porque anímicamente percibo que me encuentro en una situación hiemal, en la que a mi alma le ocurre como al tiempo, que mejora, pero que tiene una gran incertinidad de sentimientos y apetencias, y que no acaba nunca de conseguir esa situación medianamente satisfactoria que me sería muy deseable.
Para tratar de sobreponer mi espíritu a ese fastidioso estado y tratar de alcanzar un bienestar inalcanzable, acudo siempre a una de estas dos panaceas: o me pongo a escribir, o trato de conversar con aquellos pocos que aún están a mis alcances. En esos instantes, y merced a las hendijas que aún conserva mi mente, esas que le proporcionan una ligera pero esperanzadora clareza, me veo capaz de conseguir cierta dicha, amén de un determinado bienestar que tanto ansío y por el que posiblemente no esté luchando lo necesario. Suelen entonces acudir a mi afligido magín ideas con cierta posibilidad de ser desarrolladas, siempre a mi corto juicio, o nombres a los que apelar en solicitud de escucha y de diálogo. Por más que lo intento, no encuentro otro remedio para calmar mi ya habitual pesadumbre por un lado y, por otro, obtener una escasísima alacridad. Sé muy bien que si quiero salir de mi latebra, he de echar mano a la pluma o al teléfono, indispensables para la obtención de mis quimeras.
Con aquella, trato, o lo intento al menos y anhelante estoy de ello, de decir mis expresiones y deseos. De sacar a la luz lo que pienso, lo que siento, lo que ansío, y me afano en transmitirlo a los demás. Mi mayor anhelo es sacar fuera de mí mis sentimientos, en las creencia -puede que vana creencia- que con esa exteriorización he de fortalecerlos, y les voy a dar una verosimilitud y una realidad que quizás ahora no posean ya que se encuentran, únicamente, en mi interior. Pero ¡es tan difícil conseguirlo! Primero, porque son muy pocas las facultades que tengo de plasmar en un escrito lo que el alma está sintiendo. Pero me afano en ello y a duras penas lo consigo, convencido de que si alguien llegase a leerlo, su probidad y benevolencia atenderán más al fondo de mi testimonio que a su forma.
El segundo impedimento estriba en que, al no tener mi manifiesto un destinatario predeterminado, no puedo hacerlo llegar a uno, o diez, o a ciento; a este, a aquél, o a los de más allá, de un modo directo, como en una epístola que, metida en su correspondiente sobre, remita luego a la dirección personal de cada uno. ¿Y qué he de hacer entonces? Pues beneficiarme primero de la caridad de alguien que quiera dar publicidad a mis delirios. Y luego, y creyendo de nuevo en la generosidad de algún desconocido, esperar a que este esté dispuesto a perder un rato de su tiempo para enterarse de cuáles son las aflicciones que motivan mi desazón.
El otro medio lo utilizo ante la imperiosa necesidad que tengo de escuchar algo diferente a mis propios pensamientos, y lo cojo, y con él llamo a este o a aquel amigo. Y cuando se establece la comunicación, al no querer amargar sus horas con mis ayes, en lugar de empezar con un ¡aymé! para, a continuación, transmitirle mis cuitas, lo “acoso” con curiosidades como estas: ¿qué tal estás?, ¿qué has comido hoy?, ¿qué estás leyendo?, cosas al parecer fútiles, pero trascendentes para un ser como yo que sólo aspira a conseguir algo tan dificultoso, tan aparentemente sencillo pero tan enormemente arduo, como es vivir llana y pacíficamente.
Más tarde, tras ambas tesituras, y luego de haber apaciguado momentáneamente la sed de decir o de oír alguna cosa, me veo postrado de nuevo en la soledad. ¡La soledad! Ese estado, ese sentimiento, que nunca me deja estar solo pues siempre está conmigo, y lo que todavía es peor, aunque ello parezca imposible: la nueva y perenne necesidad que me acucia de que alguien, de que algún destinatario de mis escribimientos y decires, vuelva ejercer su dadivosidad y de ese modo se complete de nuevo el círculo de mis muchas necesidades anímicas y sus remedios.
Por eso, por todo esto que acabo de dejar expuesto, y reiterando que aquél que lo padece sabe muy bien de la magnitud del trance, digo con la mayor sinceridad, aunque en realidad no tenga a nadie en concreto a quien decírselo, que la persona que está sola, que el hombre a quien le ocurra lo explicado anteriormente, debe estar muy agradecido si encuentra a alguien que quiera perder un poco de su tiempo y, dedicándole unos momentos, aunque únicamente sea en un muy corto rato, lo lea o lo escuche. Y como todo esto a mí me viene ocurriendo mucho últimamente, quiero dar las gracias a …

Marzo 2012

Publicado en “El periódico” de Tomelloso el 23 de marzo de 2012

viernes, 9 de marzo de 2012

La vida y sus remedios

La vida y sus remedios
Ramón Serrano G.

Una de las costumbres más arraigadas en el hombre es, quizás, la de quejarse. A poco que las cosas se tuerzan un algo, no ya en su forma normal de producirse, sino simplemente en el modo que nosotros esperábamos, o deseábamos, que ocurriesen, ya tenemos casi todos la guaya en la boca, pues somos tan cojijosos, que parece como si disfrutásemos emitiendo lamentos, o sea, dando, por el entorno en el que vivimos, cuatro cuartos plañideros de nuestro mal.
Y este lloriqueo por el daño que sufrimos, ya sea corporal o psíquico, exiguo o considerable, es, a todas luces, tanto inútil como incorrecto, aunque eso sí, rogatorio, y muy cómodo para aquél que lo ejerce. Que me pasa esto o me acontece lo otro, pues que se enteren tirios primero y vengan luego troyanos a socorrerme. Y mientras tanto, yo aquí, en plan victimista, pero sin mover un dedo para tratar de remediarlo. Eso es lo común. Pero no, no es por ahí “anca” la abuela.
En primer lugar, porque, junto a la llantina, mostramos extrañeza de que eso haya podido sucedernos a nosotros. Lo que no es sino una mayúscula estupidez, pues estamos hartos de ver cómo las desventuras se vienen repartiendo aleatoriamente por todas partes, sin que nadie se vea libre de ellas. Ni se vea, ni se haya visto, que a pocos conocemos que no haya recibido nunca algún quebranto de envergadura relevante. Extraña así el asombro que mostramos al vernos afectos de ese u otro padecer, pues deberíamos saber, casi con certeza, que no nos libraremos de ellos, ni aun cuando ya hubiésemos penados otros con anterioridad. Y sabiendo que es ley de vida, nos parece que ese precepto sólo han de sufrirlo los demás.
Lo correcto y conveniente sería callar y actuar, y si se habla, que sea escasamente, y cuando ya se haya obrado mucho en pro del alivio y el consuelo. ¿Por qué? Pues porque las quejas traen descrédito -que ya lo decía Baltasar Gracián en el XVII- y muchas veces hemos comprobado que incluso acarrea la mofa de quien las oye hacia el que las exclama. ¿O no hemos visto en demasiadas ocasiones que si alguien gime encuentra a algunos pocos que compartan sus penas, mientras que otros muchos fingen comprenderlo, pero al momento de dejarlo, alegrarse de que esté abatido?
Pero antes de seguir, anotemos que es notable observar cómo si el deterioro nos afecta a lo físico, sí que dejamos atrás los vientos para encontrarle reparo. Al dolor del cuerpo le buscamos remedio de inmediato, ya sea porque no tenemos abulia para ello, o porque somos pocos resistentes a él. Lo cierto es que tenemos abarrotados los centros sanitarios. A veces con gran motivo, otras con no tanto, y a veces por hipocondria.
Cosa bien distinta es la actitud que tomamos cuando nos ha sacudido una desgracia familiar, económica, laboral, social o de otros géneros. Entonces entonamos la consabida cantinela: -¡Ay!¡Ay!¡Ay!, con lo que demostramos ser unos pobres tontos. Lo primero, y como queda dicho, por no pensar en que son los malos jugadores los que suelen protestar por el bote de la pelota, y después por no querer ver que un mal, sea chico o grande, nunca se cura con tan sólo pregonar su existencia. Así pues, habrá que intentar darle por otra parte solución alguna, remedio de algún tipo, acorde con el tamaño del daño y recordando en que a grandes males hay que aplicar grandes remedios.
Deberíamos saber que el sufrimiento nos lleva a la creatividad, mientras que la vida muelle nos conduce a la oscitancia y la hobachonería. Por ello, a la medida de nuestra desgracia ha de estar nuestro esfuerzo, teniendo por seguro que si este la supera en magnitud, o al menos la iguala, acabará venciéndola. Si las enfermedades se sanan con medicamentos y modos de vida, así las desgracias, o mejor dicho, sus secuelas desoladoras para nuestro ánimo, no acabarán aherrojándonos si sabemos hacerles frente. Nos amurriamos, no porque ignoremos el remedio, sino porque, habitualmente, lo procrastinamos por una u otra causa. Más que nada, por abulia e incuria, lo que nos acarrea unas infaustas consecuencias.
A poco que observemos nos daremos cuenta que en este mundo no hay escasez de grandes sabios capaces de escribir gruesos libros; ni falta gente intrépida y valiente, apta para llevar a un ejército a la victoria; ni carencia de genios políticos que puedan gobernar un país con brillantez. Pero hay muy pocas, escasísimas, personas que sepan (que sepamos) desarrollar nuestra vida adecuadamente.
Entonces, tengamos esto siempre muy presente y no nos alarmemos nunca por los reveses que la vida nos depare, aunque estos sean, o nos lo parezcan, abstrusos, ingentes o insalvables. Para todos ellos, fuera cual fuese su dimensión y su grandor, hay remedios eficaces. Únicamente se necesita voluntad para ponérselos. Si así lo hacemos, con absoluta seguridad, saldremos victoriosos del trance, estaremos sanados y habremos fortalecido el alma, y aún el cuerpo.

Marzo de 2012

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de marzo de 2012

miércoles, 22 de febrero de 2012

El árbol

El árbol
Ramón Serrano G.

Aquél día, Luca encontró semienterrados unos papeles. Escarbó y, tras cogerlos, se los dio a Luis. Vio este que estaban fechados hacía algo más de un año, y que constituían el testimonio que un hombre daba a su vecino sobre su estado anímico. Y leyó el escrito, que decía lo siguiente:
-Fíjate, José, exponía el hombre. Quién me iba a decir a mí, que a la vejez me ocurriría lo mismo que a los árboles.
Y le señalaba cosas de ellos, cosas que el otro también sabía, pero de las que le agradaba hablarle, sabiéndose escuchado con satisfacción, dado el cariño que ambos siempre les habían tenido, y les seguían profesando, a los árboles. Al hacerlo, caía en una usual tendencia que suelen tener los humanos, y que no es otra que ver al ente que admiramos sólo desde su lado positivo, y valorarlo, no ya en demasía, pero sí casi en exclusividad, sin pararse a pensar en que sus muchas virtudes son compartidas por otra gran cantidad de seres vivos. Y José, le escuchaba en silencio, y asentía.
Se extendía luego diciéndole que ellos, los árboles, aman la tierra en la que moran, la mantienen firme, prieta, para que el viento no la erosione y la disperse, y al igual que nosotros son prolíficos, ya que tienen hijos que crecen cerca de ellos y a ellos se parecen. Que dan frutos, y proporcionan sombra a quien la necesita. Que acogen entre sus ramas a otros seres que vienen a buscar su refugio en ellos, y allí desarrollan sus vidas. Que sus troncos sirven de página para que algún “romeo” deje testimonio fechado de su pasión. Y convendrás conmigo, proseguía, en que la mayoría de los árboles conocen a sus observadores habituales y se hacen amigos suyos, saludándolos cuando pasan junto a ellos. Pero con todo, y después de haberlos estudiado mucho, lo que más les gustaba a ambos de los árboles, es su forma de acoger a los gorriones. Ver con cuanto cariño los albergan, hasta el punto de que los pajarillos disfrutan lo indecible ocultándose entre sus hojas y visitando cada una de sus ramas. Y José, le escuchaba en silencio, y asentía
Continuaba diciéndole, que actúan del mismo modo que hacen los hombres que son hombres de bien, pues dan trabajo a otros; y les educan con su buen comportamiento; y les enseñan; y les curan sus heridas o, al menos, alivian sus males, los del cuerpo y los del alma, para que así puedan vivir felices, si es que en este mundo se puede ser feliz. Luego, si aquellos de su derredor no llegan a triunfar, o ni tan siquiera a subsistir, la culpa no será nunca del maestro; ni del sanador; ni de aquél que empleó al parado; ni del obrero que supo ganarse el pan haciendo bien y con enjundia su trabajo. Ni tampoco del árbol, pues cada uno de ellos supo cumplir con su sagrada, y no siempre reconocida, misión de ayudar al prójimo. Y también, cuando algo se tuerce, los árboles, al igual que los hombres, reciben ataques insospechados que no pueden evitar, y ni tan siquiera defenderse de ellos, y se tienen que quedar, allí donde se encuentren, hasta el final, sin poder irse, sin querer marcharse para alejarse del mal que se les avecina y que acabará con su vida. Con una vida que, hasta la llegada del infortunio, había sido, si no feliz, al menos, placentera. Y José, le escuchaba en silencio, y asentía.
Pero lamento –seguía el escrito-, y no sabes cuánto, tener que comunicarte hoy algo que llevaba ocultándote hace tiempo por no causarte una aflicción que no mereces, y que sé, a ciencia cierta, que ha de dolerte, y mucho. Sabrás que hace bastante que llegó hasta mí el mal, o la desgracia, como quieras llamarle. Pero no creas que el ataque que he recibido ha sido uno de esos achaques o padecimientos de los que uno se puede curar con los consejos de un buen profesional. No. El sufrimiento que me aqueja, y que temo que acabará por derrotarme, es de peores características. De muy aviesas intenciones. De tal malevolencia y calibre, que pese a que llevo sufriéndole largo tiempo, luchando contra él de mil y una maneras, no puedo, o no sé, eliminarlo. Lo que sí sé es que acabará conmigo de una forma u otra, porque ignoro en qué modo dañará mi cuerpo, pero sí sé que me ha destrozado el alma. Y José, le escuchaba en silencio.
Sin embargo, y a sabiendas de que el final de esta pendencia que ya me tiene loco ha de ser flébil, he de sacar fuerzas de donde pueda haberlas, y presentar un buen plante ante todos aquellos con los que tenga que tratar y seguir viendo. Haré lo que sea menester para mantenerme erguido, aunque tan sólo lo esté en apariencia. Y entonces, llegado ese final, cuando el carpintero me convierta en melena de campana (¡qué oficio tan hermoso!, ese de ser sustentador de una campana), o me derribe con su hacha el leñador, y luego arda en una mísera caseta, al borde de un camino, yo ya no esperaré, pues no habrá de llegarme (seguro estoy de ello) otro milagro de la primavera.
Pero no han de verme caído. No. Pues sé muy bien que he de hacer lo mismo que la abuela Eugenia, aquella de Alejandro Casona, ya que para eso, sí qué tendré fuerzas y arrestos. Y como ella, sabré mantenerme de pie, aún a sabiendas, con absoluta certeza, de que voy a morir. De que me estoy muriendo. De que ya he muerto.
Y José, le escuchaba en silencio, y lloraba.
Febrero 2012

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 24 de febrero de 2012

jueves, 9 de febrero de 2012

Tell me, my Heart...

Tell me, my Heart,…
Ramón Serrano G.
Para Carmen L.T.

Un poeta inglés, de cuyo nombre no consigo acordarme, escribió esto: Tell me, my Heart, is this be Love?...(Dime corazón, es esto amor?) Y pienso yo que aquél poeta, como todos los buenos poetas que en el mundo han sido, supo expresar, desde el fondo de su alma, las grandes dudas que en nuestra alma nos asaltan tantas veces, y que son uno de los grandes problemas que, en el discurrir de nuestras vidas, tenemos los humanos.
Porque todos sabemos que la humanidad ha ido (y va), aprendiendo a pasos agigantados cantidad de conocimientos, cifras, datos, definiciones y comportamientos, que le son muy útiles para el buen desarrollo de su hacer cotidiano. Que para una mejor, y más productiva, realización de su trabajo, como para sus desplazamientos y medios de comunicación, ha inventado máquinas y artilugios que hace tan sólo unas décadas eran impensables. Y que ocurre lo mismo con algunos oficios y profesiones, sobre los que el hombre de la calle ignora tanto su nombre como su actividad. Porque no sé usted, pero confieso que yo ignoro lo que hace un arquitecto de soluciones, y juro que conozco a alguien que vive y mantiene a los suyos siendo eso.
Resumiendo: hoy se tienen muchos más conocimientos que antaño, lo cual siempre es loable, aun cuando demasiadas veces lo aprendido nos sea de escasa o nula utilidad. De cualquier forma, repito, siempre es bueno saber que la sístole y la diástole pueden ser auriculares o ventriculares; cuál es el teorema de Pitágoras; la diferencia entre una redondilla y un soneto o que los ríos Tunguska son afluentes del Yenisei. Aunque uno sea carpintero, abogado, o taxista. Lo malo es cuando empleamos nuestro caletre para saber, “con precisión enciclopédica”, si el gol con el que el Atlético Escalerillas ganó la copa, lo metió “Pitu” o fue “Balbo”. O que el cantante del grupo rockero “Rest and Thres”, se llama Pak O’Diaz.
Pero es peor aún cuando no sabemos dar acertadamente con la definición de la condición o el estado anímico en el que nos encontramos nosotros mismos, o en el que se halla, o posee, alguien en concreto. Porque los conocimientos del mundo exterior, se aprecian fácilmente y siempre que acudamos a ellos, encontraremos los mismos síntomas y obtendremos los mismos resultados. El pintor logrará el color turquesa cada vez que mezcle cuatro partes de azul, con una de amarillo y una de blanco. Y el científico sabe que para conseguir el ácido sulfúrico -el compuesto químico que más se produce en el mundo-, ha de utilizar siempre la fórmula H2SO4.
Sin embargo no nos ocurre igual cuando queremos reconocer algunos sentimientos, ya se estén dando estos en nosotros mismos, o hacia un extraño. Para hacerme comprender mejor me voy a fijar en tres de estos sentires, mostrándolos desde las distintas perspectivas con las que solemos observarlos, pues en demasiadas ocasiones no acabamos de reconocer las sensaciones y las confundimos tratándolas de distinta manera a como debiéramos hacerlo.
Hablemos primeramente de la amistad, para decir que todos tenemos infinidad de amigos (al menos de eso presumimos) pero la mayoría poseemos muy pocos y, acaso, ninguno. Porque no se puede llamar verdaderamente AMIGO, así, en toda la extensión y eseidad del término, a aquél a quien conocemos desde niños, o al compañero de trabajo, o al vecino, tan sólo por esos motivos. Lo es, ese sí, la persona por quien todo lo daríamos, todo lo haríamos y a todo nos expondríamos, con tal de ayudarle y darle satisfacción. A quien consideramos tanto, o más, que si fuera un familiar, porque la auténtica hermandad no requiere lazos de sangre. Difícil es de hallar, pero dice el Eclesiástico (6-14), que quien lo encuentra, ha hallado un tesoro.
Seguiremos brevísimamente con la envidia, uno de los mayores males que pueden afligir al hombre, ya que, la mayoría de ellos, no sabemos alegrarnos con el merecido triunfo de otro, y al no poder alcanzarlo nosotros, pasamos de inmediato a menospreciar su éxito, a restarle importancia, y a malvivir amargados por el livor de no poder emular su victoria.
Pero, sin duda alguna, donde más se da esto de la confusión, o el difícil reconocimiento de una emoción, es en el AMOR. Profusión hay de casos en los que el cariño se confunde, o se disimula, por las más diversas máscaras, abalorios y valores que no le son intrínsecos. Así, aquél casó con aquella por su dinero. Este, dijo estar enamorado, mas únicamente buscaba la posición social, o la alcurnia, de su cónyuge. A esotro, no le atrajo de esotra más que la lujuria dada su exuberancia carnal, o, simplemente, su buen parecido físico. Ese de más allá, eligió a esa sin buscar otra cosa en su pareja que a alguien que le hiciese la comida y le limpiara la casa. Y los ha habido que… Pero a qué seguir poniendo ejemplos, si la mayoría son de todos conocidos, y todos sabemos que en ninguno de los ejemplos apuntados se halla reflejado lo que es verdaderamente el AMOR. Lo que en realidad es el AMOR.
Algo que sí debió querer decir aquél poeta inglés, de cuyo nombre no consigo acordarme, pero del que sí sé que debía estar muy cuerdo, ya que nunca los orates y sólo los juiciosos pueden amar con locura. Dábase cuenta el bardo británico que el auténtico cariño no podía estar basado en esas pobres menudencias citadas, sino que había de estar fundamentado en sentires y anhelos de mucha mayor enjundia. Por eso, y estoy plenamente seguro que fue por eso, escribió preguntándose a sí mismo: “Tell me, my Heart, is this be Love?... ¿Dime corazón, es esto Amor?.

Febrero 2012

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 10 de febrero de 2012