¿Altanez?…(I)
Ramón Serrano G.
“Cuando vuelvas de la calle/hastiado, amargo, sediento/ como agua clara del río/ será para ti mi cuerpo” .- Juana de Ibarbourou.
París es mucho París. Para Andrea, como para otras muchísimas personas, la ciudad más encantadora del mundo. Y ella estaba residiendo temporalmente allí, disfrutándola plenamente, paladeándola, a la espera de ser abuela por primera vez, aunque para eso faltasen aún dos o tres semanas. Y aunque pasaba muchos ratos con su hija, le agradaba enormemente pasear durante horas por el jardín de las Tullerías –el capricho de Catalina de Médicis-, y, entre sus estanques y fuentes, hacer planes y rememorar lo que recién le había sucedido allende el Pincipado.
Y en esos paseos, una y mil veces, como en una ucronía, había repasado minuciosamente su actuación y la de Alberto en aquella noche asturiana procurando juzgarlas sin prejuicios ni apasionamientos de ningún tipo. Pero en cada rememoración aparecían por su mente mil y una causas y desenlaces. Le y se insultó. Se y le eximió de culpas. Acriminó de ello no sólo a ambos, sino a la noche, a la cercanía del mar, a mayo, al lugar, a las copas, a las circunstancias, a.., a…, para luego, en cada enjuiciamiento, emitir las más diversas sentencias, hasta el punto de que siempre acababa con la cabeza hecha ascuas. Pero eso no le dolía. Lo que la azaraba es que, había tenido una primera postura de altanez que luego desestimó y no acababa de decidirse por cuál sería el camino a tomar a su regreso, porque ella sería su amiga. Sí, su mejor amiga, pero ¿tendría que conformarse sólo con eso? Al final decidió posponer la decisión definitiva sobre el modo de obrar más adecuado. O el menos doloroso. O el más conveniente.
Habiéndose adelantado el parto, volvió a Madrid a mediados de agosto con una obstinada idea que parecía habérsele incrustado en la mente: Alberto y la futura e impredecible relación con él. No podía, ni quería, pensar en otra cosa, tratando de hallar el mejor plan que se podía seguir. En primer lugar, el maldito ego siempre le impelía a mandarlo todo a hacer gárgaras, dolida por el “desprecio” sufrido. Pero ni ella era altanera, ni él había querido menospreciarla. Por ello, y al poco, siempre afloraban con fuerza otros sentimientos y apercibía que aquel “idiota” había dejado una gran huella en su alma. Venía entonces la disyuntiva de si volver al ataque con el fin de conquistarlo definitivamente, o conformarse con la sincera amistad que él le había ofertado (hermosa y atractiva por otra parte), dada la gran personalidad y enjundia que parecía tener el hombre.
De su perturbada cabeza se escapaban constantemente proyectos e intenciones, lo que le llevó a recordar a la uruguaya Juana de Ibarbourou, cuando, en su obra El cántaro fresco, dice: “…Por la persiana entornada entra un rayo de sol matinal, y por la misma rendija sale a la calle, oblicua, hacia arriba, una banda ancha y dorada de moléculas. Parece una legión de bailarines pues veo que cada uno de los puntitos rubios gira de una manera vertiginosa sobre sí mismo. Y miro con envidia a esa banda de átomos que se va a recorrer el mundo, llevándose quizás el secreto de mis intimidades…”.
Y a ella le estaba ocurriendo lo mismo, con el agravante de que quería retener y hacer efectivos sus múltiples deseos, tan dispares, tan factibles y tan irrealizables a la vez. Pero, por su forma de ser, y dada la importancia del asunto, tenía que tomar una decisión y llevarla a la práctica. Y hacerlo pronto. Así pues, al poco, habiendo dictaminado la que sería su forma de proceder, e imponiéndose la condición de que sus actos no delatasen nunca su verdadero objetivo, se puso manos a la obra. Lo primero que hizo al día siguiente fue llamarlo por teléfono.
-¿Alberto? Hola, soy Andrea. ¿Te acuerdas de mí, verdad? Pues nada, decirte que ya soy abuela.
-…
- Gracias, muchas gracias, y me he dicho: voy a llamarlo y, si le apetece, tomamos un café para celebrarlo y charlamos un poco.
-…
- De acuerdo. En eso quedamos.
Aquella tarde, como siempre, en El Espejo había un ambiente selecto y confortable. Cuando llegó, él ya estaba allí y, al verla, se levantó raudo y la saludo con efusión. Mantuvieron durante un rato los rutinarios y consabidos comentarios: -¿Qué tal te van las cosas? .- ¿Y por París, todo bien? Tu nieto será precioso. - No, ha sido una niña, y sí, es muy rica. Hasta que surgió el tema que tenía que surgir. Aquél que los había distanciado en Llanes y que los volvía a reunir en Madrid. Él quiso adelantarse tratando de aclarar, de justificar en cierta medida su comportamiento, pero ella le atajó de inmediato, utilizando un lenguaje primoroso y unos modos firmes, pero exquisitos, muy fuera de lo común:
-No, por favor. No trates de definir una actuación que sólo puede catalogarse como dignísima. Si acaso hay alguien que tenga que explicar su conducta soy yo, pero, si me lo permites, te diré que pienso que los dos hemos sabido valorar lo de aquella velada en su justa medida y vale más que la dejemos atrás, tomando de ella lo que tuvo realmente de valioso, y que es, qué duda cabe, tu ofrecimiento de una preciada amistad. Por supuesto, que acepto muy complacida tu munífica oferta, y añadiré que mi único, pero mejor te diré, que mi mayor deseo es tu amistad y darte la mía por igual, aunque no sé si sabré llegar a tanto. Pero intentarlo, a fe que he de hacerlo. Si me das ocasiones para hacerlo, claro está.
La tarde resultó perfecta, lo que dio pie a que se repitiera en varias ocasiones hasta hacerse algo habitual. Tres o cuatro veces se reunían semanalmente, y en uno de esos contactos Andrea propuso:
-Ahora que vamos intimando, ¿por qué no hacemos otro viaje como aquel? Dejo a tu elección lugar, fecha y duración. Pero no lo demores.
Alberto aceptó encantado.
Abril de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 13 de abril de 2012
jueves, 12 de abril de 2012
viernes, 16 de marzo de 2012
Gracias a ...
Gracias a…
Ramón Serrano G.
“La soledad es muy hermosa…cuando se tiene a alguien a quien decírselo”.- G.A. Bécquer.
Es invierno. Para mí sigue siendo invierno, aunque el sol vaya tardando cada vez más en ocultarse y el frío, cada día, y pese a su obstinada renuencia a hacerlo, se vaya diluyendo paulatinamente abriéndole las puertas a la primavera. Lo sé, porque anímicamente percibo que me encuentro en una situación hiemal, en la que a mi alma le ocurre como al tiempo, que mejora, pero que tiene una gran incertinidad de sentimientos y apetencias, y que no acaba nunca de conseguir esa situación medianamente satisfactoria que me sería muy deseable.
Para tratar de sobreponer mi espíritu a ese fastidioso estado y tratar de alcanzar un bienestar inalcanzable, acudo siempre a una de estas dos panaceas: o me pongo a escribir, o trato de conversar con aquellos pocos que aún están a mis alcances. En esos instantes, y merced a las hendijas que aún conserva mi mente, esas que le proporcionan una ligera pero esperanzadora clareza, me veo capaz de conseguir cierta dicha, amén de un determinado bienestar que tanto ansío y por el que posiblemente no esté luchando lo necesario. Suelen entonces acudir a mi afligido magín ideas con cierta posibilidad de ser desarrolladas, siempre a mi corto juicio, o nombres a los que apelar en solicitud de escucha y de diálogo. Por más que lo intento, no encuentro otro remedio para calmar mi ya habitual pesadumbre por un lado y, por otro, obtener una escasísima alacridad. Sé muy bien que si quiero salir de mi latebra, he de echar mano a la pluma o al teléfono, indispensables para la obtención de mis quimeras.
Con aquella, trato, o lo intento al menos y anhelante estoy de ello, de decir mis expresiones y deseos. De sacar a la luz lo que pienso, lo que siento, lo que ansío, y me afano en transmitirlo a los demás. Mi mayor anhelo es sacar fuera de mí mis sentimientos, en las creencia -puede que vana creencia- que con esa exteriorización he de fortalecerlos, y les voy a dar una verosimilitud y una realidad que quizás ahora no posean ya que se encuentran, únicamente, en mi interior. Pero ¡es tan difícil conseguirlo! Primero, porque son muy pocas las facultades que tengo de plasmar en un escrito lo que el alma está sintiendo. Pero me afano en ello y a duras penas lo consigo, convencido de que si alguien llegase a leerlo, su probidad y benevolencia atenderán más al fondo de mi testimonio que a su forma.
El segundo impedimento estriba en que, al no tener mi manifiesto un destinatario predeterminado, no puedo hacerlo llegar a uno, o diez, o a ciento; a este, a aquél, o a los de más allá, de un modo directo, como en una epístola que, metida en su correspondiente sobre, remita luego a la dirección personal de cada uno. ¿Y qué he de hacer entonces? Pues beneficiarme primero de la caridad de alguien que quiera dar publicidad a mis delirios. Y luego, y creyendo de nuevo en la generosidad de algún desconocido, esperar a que este esté dispuesto a perder un rato de su tiempo para enterarse de cuáles son las aflicciones que motivan mi desazón.
El otro medio lo utilizo ante la imperiosa necesidad que tengo de escuchar algo diferente a mis propios pensamientos, y lo cojo, y con él llamo a este o a aquel amigo. Y cuando se establece la comunicación, al no querer amargar sus horas con mis ayes, en lugar de empezar con un ¡aymé! para, a continuación, transmitirle mis cuitas, lo “acoso” con curiosidades como estas: ¿qué tal estás?, ¿qué has comido hoy?, ¿qué estás leyendo?, cosas al parecer fútiles, pero trascendentes para un ser como yo que sólo aspira a conseguir algo tan dificultoso, tan aparentemente sencillo pero tan enormemente arduo, como es vivir llana y pacíficamente.
Más tarde, tras ambas tesituras, y luego de haber apaciguado momentáneamente la sed de decir o de oír alguna cosa, me veo postrado de nuevo en la soledad. ¡La soledad! Ese estado, ese sentimiento, que nunca me deja estar solo pues siempre está conmigo, y lo que todavía es peor, aunque ello parezca imposible: la nueva y perenne necesidad que me acucia de que alguien, de que algún destinatario de mis escribimientos y decires, vuelva ejercer su dadivosidad y de ese modo se complete de nuevo el círculo de mis muchas necesidades anímicas y sus remedios.
Por eso, por todo esto que acabo de dejar expuesto, y reiterando que aquél que lo padece sabe muy bien de la magnitud del trance, digo con la mayor sinceridad, aunque en realidad no tenga a nadie en concreto a quien decírselo, que la persona que está sola, que el hombre a quien le ocurra lo explicado anteriormente, debe estar muy agradecido si encuentra a alguien que quiera perder un poco de su tiempo y, dedicándole unos momentos, aunque únicamente sea en un muy corto rato, lo lea o lo escuche. Y como todo esto a mí me viene ocurriendo mucho últimamente, quiero dar las gracias a …
Marzo 2012
Publicado en “El periódico” de Tomelloso el 23 de marzo de 2012
Ramón Serrano G.
“La soledad es muy hermosa…cuando se tiene a alguien a quien decírselo”.- G.A. Bécquer.
Es invierno. Para mí sigue siendo invierno, aunque el sol vaya tardando cada vez más en ocultarse y el frío, cada día, y pese a su obstinada renuencia a hacerlo, se vaya diluyendo paulatinamente abriéndole las puertas a la primavera. Lo sé, porque anímicamente percibo que me encuentro en una situación hiemal, en la que a mi alma le ocurre como al tiempo, que mejora, pero que tiene una gran incertinidad de sentimientos y apetencias, y que no acaba nunca de conseguir esa situación medianamente satisfactoria que me sería muy deseable.
Para tratar de sobreponer mi espíritu a ese fastidioso estado y tratar de alcanzar un bienestar inalcanzable, acudo siempre a una de estas dos panaceas: o me pongo a escribir, o trato de conversar con aquellos pocos que aún están a mis alcances. En esos instantes, y merced a las hendijas que aún conserva mi mente, esas que le proporcionan una ligera pero esperanzadora clareza, me veo capaz de conseguir cierta dicha, amén de un determinado bienestar que tanto ansío y por el que posiblemente no esté luchando lo necesario. Suelen entonces acudir a mi afligido magín ideas con cierta posibilidad de ser desarrolladas, siempre a mi corto juicio, o nombres a los que apelar en solicitud de escucha y de diálogo. Por más que lo intento, no encuentro otro remedio para calmar mi ya habitual pesadumbre por un lado y, por otro, obtener una escasísima alacridad. Sé muy bien que si quiero salir de mi latebra, he de echar mano a la pluma o al teléfono, indispensables para la obtención de mis quimeras.
Con aquella, trato, o lo intento al menos y anhelante estoy de ello, de decir mis expresiones y deseos. De sacar a la luz lo que pienso, lo que siento, lo que ansío, y me afano en transmitirlo a los demás. Mi mayor anhelo es sacar fuera de mí mis sentimientos, en las creencia -puede que vana creencia- que con esa exteriorización he de fortalecerlos, y les voy a dar una verosimilitud y una realidad que quizás ahora no posean ya que se encuentran, únicamente, en mi interior. Pero ¡es tan difícil conseguirlo! Primero, porque son muy pocas las facultades que tengo de plasmar en un escrito lo que el alma está sintiendo. Pero me afano en ello y a duras penas lo consigo, convencido de que si alguien llegase a leerlo, su probidad y benevolencia atenderán más al fondo de mi testimonio que a su forma.
El segundo impedimento estriba en que, al no tener mi manifiesto un destinatario predeterminado, no puedo hacerlo llegar a uno, o diez, o a ciento; a este, a aquél, o a los de más allá, de un modo directo, como en una epístola que, metida en su correspondiente sobre, remita luego a la dirección personal de cada uno. ¿Y qué he de hacer entonces? Pues beneficiarme primero de la caridad de alguien que quiera dar publicidad a mis delirios. Y luego, y creyendo de nuevo en la generosidad de algún desconocido, esperar a que este esté dispuesto a perder un rato de su tiempo para enterarse de cuáles son las aflicciones que motivan mi desazón.
El otro medio lo utilizo ante la imperiosa necesidad que tengo de escuchar algo diferente a mis propios pensamientos, y lo cojo, y con él llamo a este o a aquel amigo. Y cuando se establece la comunicación, al no querer amargar sus horas con mis ayes, en lugar de empezar con un ¡aymé! para, a continuación, transmitirle mis cuitas, lo “acoso” con curiosidades como estas: ¿qué tal estás?, ¿qué has comido hoy?, ¿qué estás leyendo?, cosas al parecer fútiles, pero trascendentes para un ser como yo que sólo aspira a conseguir algo tan dificultoso, tan aparentemente sencillo pero tan enormemente arduo, como es vivir llana y pacíficamente.
Más tarde, tras ambas tesituras, y luego de haber apaciguado momentáneamente la sed de decir o de oír alguna cosa, me veo postrado de nuevo en la soledad. ¡La soledad! Ese estado, ese sentimiento, que nunca me deja estar solo pues siempre está conmigo, y lo que todavía es peor, aunque ello parezca imposible: la nueva y perenne necesidad que me acucia de que alguien, de que algún destinatario de mis escribimientos y decires, vuelva ejercer su dadivosidad y de ese modo se complete de nuevo el círculo de mis muchas necesidades anímicas y sus remedios.
Por eso, por todo esto que acabo de dejar expuesto, y reiterando que aquél que lo padece sabe muy bien de la magnitud del trance, digo con la mayor sinceridad, aunque en realidad no tenga a nadie en concreto a quien decírselo, que la persona que está sola, que el hombre a quien le ocurra lo explicado anteriormente, debe estar muy agradecido si encuentra a alguien que quiera perder un poco de su tiempo y, dedicándole unos momentos, aunque únicamente sea en un muy corto rato, lo lea o lo escuche. Y como todo esto a mí me viene ocurriendo mucho últimamente, quiero dar las gracias a …
Marzo 2012
Publicado en “El periódico” de Tomelloso el 23 de marzo de 2012
viernes, 9 de marzo de 2012
La vida y sus remedios
La vida y sus remedios
Ramón Serrano G.
Una de las costumbres más arraigadas en el hombre es, quizás, la de quejarse. A poco que las cosas se tuerzan un algo, no ya en su forma normal de producirse, sino simplemente en el modo que nosotros esperábamos, o deseábamos, que ocurriesen, ya tenemos casi todos la guaya en la boca, pues somos tan cojijosos, que parece como si disfrutásemos emitiendo lamentos, o sea, dando, por el entorno en el que vivimos, cuatro cuartos plañideros de nuestro mal.
Y este lloriqueo por el daño que sufrimos, ya sea corporal o psíquico, exiguo o considerable, es, a todas luces, tanto inútil como incorrecto, aunque eso sí, rogatorio, y muy cómodo para aquél que lo ejerce. Que me pasa esto o me acontece lo otro, pues que se enteren tirios primero y vengan luego troyanos a socorrerme. Y mientras tanto, yo aquí, en plan victimista, pero sin mover un dedo para tratar de remediarlo. Eso es lo común. Pero no, no es por ahí “anca” la abuela.
En primer lugar, porque, junto a la llantina, mostramos extrañeza de que eso haya podido sucedernos a nosotros. Lo que no es sino una mayúscula estupidez, pues estamos hartos de ver cómo las desventuras se vienen repartiendo aleatoriamente por todas partes, sin que nadie se vea libre de ellas. Ni se vea, ni se haya visto, que a pocos conocemos que no haya recibido nunca algún quebranto de envergadura relevante. Extraña así el asombro que mostramos al vernos afectos de ese u otro padecer, pues deberíamos saber, casi con certeza, que no nos libraremos de ellos, ni aun cuando ya hubiésemos penados otros con anterioridad. Y sabiendo que es ley de vida, nos parece que ese precepto sólo han de sufrirlo los demás.
Lo correcto y conveniente sería callar y actuar, y si se habla, que sea escasamente, y cuando ya se haya obrado mucho en pro del alivio y el consuelo. ¿Por qué? Pues porque las quejas traen descrédito -que ya lo decía Baltasar Gracián en el XVII- y muchas veces hemos comprobado que incluso acarrea la mofa de quien las oye hacia el que las exclama. ¿O no hemos visto en demasiadas ocasiones que si alguien gime encuentra a algunos pocos que compartan sus penas, mientras que otros muchos fingen comprenderlo, pero al momento de dejarlo, alegrarse de que esté abatido?
Pero antes de seguir, anotemos que es notable observar cómo si el deterioro nos afecta a lo físico, sí que dejamos atrás los vientos para encontrarle reparo. Al dolor del cuerpo le buscamos remedio de inmediato, ya sea porque no tenemos abulia para ello, o porque somos pocos resistentes a él. Lo cierto es que tenemos abarrotados los centros sanitarios. A veces con gran motivo, otras con no tanto, y a veces por hipocondria.
Cosa bien distinta es la actitud que tomamos cuando nos ha sacudido una desgracia familiar, económica, laboral, social o de otros géneros. Entonces entonamos la consabida cantinela: -¡Ay!¡Ay!¡Ay!, con lo que demostramos ser unos pobres tontos. Lo primero, y como queda dicho, por no pensar en que son los malos jugadores los que suelen protestar por el bote de la pelota, y después por no querer ver que un mal, sea chico o grande, nunca se cura con tan sólo pregonar su existencia. Así pues, habrá que intentar darle por otra parte solución alguna, remedio de algún tipo, acorde con el tamaño del daño y recordando en que a grandes males hay que aplicar grandes remedios.
Deberíamos saber que el sufrimiento nos lleva a la creatividad, mientras que la vida muelle nos conduce a la oscitancia y la hobachonería. Por ello, a la medida de nuestra desgracia ha de estar nuestro esfuerzo, teniendo por seguro que si este la supera en magnitud, o al menos la iguala, acabará venciéndola. Si las enfermedades se sanan con medicamentos y modos de vida, así las desgracias, o mejor dicho, sus secuelas desoladoras para nuestro ánimo, no acabarán aherrojándonos si sabemos hacerles frente. Nos amurriamos, no porque ignoremos el remedio, sino porque, habitualmente, lo procrastinamos por una u otra causa. Más que nada, por abulia e incuria, lo que nos acarrea unas infaustas consecuencias.
A poco que observemos nos daremos cuenta que en este mundo no hay escasez de grandes sabios capaces de escribir gruesos libros; ni falta gente intrépida y valiente, apta para llevar a un ejército a la victoria; ni carencia de genios políticos que puedan gobernar un país con brillantez. Pero hay muy pocas, escasísimas, personas que sepan (que sepamos) desarrollar nuestra vida adecuadamente.
Entonces, tengamos esto siempre muy presente y no nos alarmemos nunca por los reveses que la vida nos depare, aunque estos sean, o nos lo parezcan, abstrusos, ingentes o insalvables. Para todos ellos, fuera cual fuese su dimensión y su grandor, hay remedios eficaces. Únicamente se necesita voluntad para ponérselos. Si así lo hacemos, con absoluta seguridad, saldremos victoriosos del trance, estaremos sanados y habremos fortalecido el alma, y aún el cuerpo.
Marzo de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de marzo de 2012
Ramón Serrano G.
Una de las costumbres más arraigadas en el hombre es, quizás, la de quejarse. A poco que las cosas se tuerzan un algo, no ya en su forma normal de producirse, sino simplemente en el modo que nosotros esperábamos, o deseábamos, que ocurriesen, ya tenemos casi todos la guaya en la boca, pues somos tan cojijosos, que parece como si disfrutásemos emitiendo lamentos, o sea, dando, por el entorno en el que vivimos, cuatro cuartos plañideros de nuestro mal.
Y este lloriqueo por el daño que sufrimos, ya sea corporal o psíquico, exiguo o considerable, es, a todas luces, tanto inútil como incorrecto, aunque eso sí, rogatorio, y muy cómodo para aquél que lo ejerce. Que me pasa esto o me acontece lo otro, pues que se enteren tirios primero y vengan luego troyanos a socorrerme. Y mientras tanto, yo aquí, en plan victimista, pero sin mover un dedo para tratar de remediarlo. Eso es lo común. Pero no, no es por ahí “anca” la abuela.
En primer lugar, porque, junto a la llantina, mostramos extrañeza de que eso haya podido sucedernos a nosotros. Lo que no es sino una mayúscula estupidez, pues estamos hartos de ver cómo las desventuras se vienen repartiendo aleatoriamente por todas partes, sin que nadie se vea libre de ellas. Ni se vea, ni se haya visto, que a pocos conocemos que no haya recibido nunca algún quebranto de envergadura relevante. Extraña así el asombro que mostramos al vernos afectos de ese u otro padecer, pues deberíamos saber, casi con certeza, que no nos libraremos de ellos, ni aun cuando ya hubiésemos penados otros con anterioridad. Y sabiendo que es ley de vida, nos parece que ese precepto sólo han de sufrirlo los demás.
Lo correcto y conveniente sería callar y actuar, y si se habla, que sea escasamente, y cuando ya se haya obrado mucho en pro del alivio y el consuelo. ¿Por qué? Pues porque las quejas traen descrédito -que ya lo decía Baltasar Gracián en el XVII- y muchas veces hemos comprobado que incluso acarrea la mofa de quien las oye hacia el que las exclama. ¿O no hemos visto en demasiadas ocasiones que si alguien gime encuentra a algunos pocos que compartan sus penas, mientras que otros muchos fingen comprenderlo, pero al momento de dejarlo, alegrarse de que esté abatido?
Pero antes de seguir, anotemos que es notable observar cómo si el deterioro nos afecta a lo físico, sí que dejamos atrás los vientos para encontrarle reparo. Al dolor del cuerpo le buscamos remedio de inmediato, ya sea porque no tenemos abulia para ello, o porque somos pocos resistentes a él. Lo cierto es que tenemos abarrotados los centros sanitarios. A veces con gran motivo, otras con no tanto, y a veces por hipocondria.
Cosa bien distinta es la actitud que tomamos cuando nos ha sacudido una desgracia familiar, económica, laboral, social o de otros géneros. Entonces entonamos la consabida cantinela: -¡Ay!¡Ay!¡Ay!, con lo que demostramos ser unos pobres tontos. Lo primero, y como queda dicho, por no pensar en que son los malos jugadores los que suelen protestar por el bote de la pelota, y después por no querer ver que un mal, sea chico o grande, nunca se cura con tan sólo pregonar su existencia. Así pues, habrá que intentar darle por otra parte solución alguna, remedio de algún tipo, acorde con el tamaño del daño y recordando en que a grandes males hay que aplicar grandes remedios.
Deberíamos saber que el sufrimiento nos lleva a la creatividad, mientras que la vida muelle nos conduce a la oscitancia y la hobachonería. Por ello, a la medida de nuestra desgracia ha de estar nuestro esfuerzo, teniendo por seguro que si este la supera en magnitud, o al menos la iguala, acabará venciéndola. Si las enfermedades se sanan con medicamentos y modos de vida, así las desgracias, o mejor dicho, sus secuelas desoladoras para nuestro ánimo, no acabarán aherrojándonos si sabemos hacerles frente. Nos amurriamos, no porque ignoremos el remedio, sino porque, habitualmente, lo procrastinamos por una u otra causa. Más que nada, por abulia e incuria, lo que nos acarrea unas infaustas consecuencias.
A poco que observemos nos daremos cuenta que en este mundo no hay escasez de grandes sabios capaces de escribir gruesos libros; ni falta gente intrépida y valiente, apta para llevar a un ejército a la victoria; ni carencia de genios políticos que puedan gobernar un país con brillantez. Pero hay muy pocas, escasísimas, personas que sepan (que sepamos) desarrollar nuestra vida adecuadamente.
Entonces, tengamos esto siempre muy presente y no nos alarmemos nunca por los reveses que la vida nos depare, aunque estos sean, o nos lo parezcan, abstrusos, ingentes o insalvables. Para todos ellos, fuera cual fuese su dimensión y su grandor, hay remedios eficaces. Únicamente se necesita voluntad para ponérselos. Si así lo hacemos, con absoluta seguridad, saldremos victoriosos del trance, estaremos sanados y habremos fortalecido el alma, y aún el cuerpo.
Marzo de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de marzo de 2012
miércoles, 22 de febrero de 2012
El árbol
El árbol
Ramón Serrano G.
Aquél día, Luca encontró semienterrados unos papeles. Escarbó y, tras cogerlos, se los dio a Luis. Vio este que estaban fechados hacía algo más de un año, y que constituían el testimonio que un hombre daba a su vecino sobre su estado anímico. Y leyó el escrito, que decía lo siguiente:
-Fíjate, José, exponía el hombre. Quién me iba a decir a mí, que a la vejez me ocurriría lo mismo que a los árboles.
Y le señalaba cosas de ellos, cosas que el otro también sabía, pero de las que le agradaba hablarle, sabiéndose escuchado con satisfacción, dado el cariño que ambos siempre les habían tenido, y les seguían profesando, a los árboles. Al hacerlo, caía en una usual tendencia que suelen tener los humanos, y que no es otra que ver al ente que admiramos sólo desde su lado positivo, y valorarlo, no ya en demasía, pero sí casi en exclusividad, sin pararse a pensar en que sus muchas virtudes son compartidas por otra gran cantidad de seres vivos. Y José, le escuchaba en silencio, y asentía.
Se extendía luego diciéndole que ellos, los árboles, aman la tierra en la que moran, la mantienen firme, prieta, para que el viento no la erosione y la disperse, y al igual que nosotros son prolíficos, ya que tienen hijos que crecen cerca de ellos y a ellos se parecen. Que dan frutos, y proporcionan sombra a quien la necesita. Que acogen entre sus ramas a otros seres que vienen a buscar su refugio en ellos, y allí desarrollan sus vidas. Que sus troncos sirven de página para que algún “romeo” deje testimonio fechado de su pasión. Y convendrás conmigo, proseguía, en que la mayoría de los árboles conocen a sus observadores habituales y se hacen amigos suyos, saludándolos cuando pasan junto a ellos. Pero con todo, y después de haberlos estudiado mucho, lo que más les gustaba a ambos de los árboles, es su forma de acoger a los gorriones. Ver con cuanto cariño los albergan, hasta el punto de que los pajarillos disfrutan lo indecible ocultándose entre sus hojas y visitando cada una de sus ramas. Y José, le escuchaba en silencio, y asentía
Continuaba diciéndole, que actúan del mismo modo que hacen los hombres que son hombres de bien, pues dan trabajo a otros; y les educan con su buen comportamiento; y les enseñan; y les curan sus heridas o, al menos, alivian sus males, los del cuerpo y los del alma, para que así puedan vivir felices, si es que en este mundo se puede ser feliz. Luego, si aquellos de su derredor no llegan a triunfar, o ni tan siquiera a subsistir, la culpa no será nunca del maestro; ni del sanador; ni de aquél que empleó al parado; ni del obrero que supo ganarse el pan haciendo bien y con enjundia su trabajo. Ni tampoco del árbol, pues cada uno de ellos supo cumplir con su sagrada, y no siempre reconocida, misión de ayudar al prójimo. Y también, cuando algo se tuerce, los árboles, al igual que los hombres, reciben ataques insospechados que no pueden evitar, y ni tan siquiera defenderse de ellos, y se tienen que quedar, allí donde se encuentren, hasta el final, sin poder irse, sin querer marcharse para alejarse del mal que se les avecina y que acabará con su vida. Con una vida que, hasta la llegada del infortunio, había sido, si no feliz, al menos, placentera. Y José, le escuchaba en silencio, y asentía.
Pero lamento –seguía el escrito-, y no sabes cuánto, tener que comunicarte hoy algo que llevaba ocultándote hace tiempo por no causarte una aflicción que no mereces, y que sé, a ciencia cierta, que ha de dolerte, y mucho. Sabrás que hace bastante que llegó hasta mí el mal, o la desgracia, como quieras llamarle. Pero no creas que el ataque que he recibido ha sido uno de esos achaques o padecimientos de los que uno se puede curar con los consejos de un buen profesional. No. El sufrimiento que me aqueja, y que temo que acabará por derrotarme, es de peores características. De muy aviesas intenciones. De tal malevolencia y calibre, que pese a que llevo sufriéndole largo tiempo, luchando contra él de mil y una maneras, no puedo, o no sé, eliminarlo. Lo que sí sé es que acabará conmigo de una forma u otra, porque ignoro en qué modo dañará mi cuerpo, pero sí sé que me ha destrozado el alma. Y José, le escuchaba en silencio.
Sin embargo, y a sabiendas de que el final de esta pendencia que ya me tiene loco ha de ser flébil, he de sacar fuerzas de donde pueda haberlas, y presentar un buen plante ante todos aquellos con los que tenga que tratar y seguir viendo. Haré lo que sea menester para mantenerme erguido, aunque tan sólo lo esté en apariencia. Y entonces, llegado ese final, cuando el carpintero me convierta en melena de campana (¡qué oficio tan hermoso!, ese de ser sustentador de una campana), o me derribe con su hacha el leñador, y luego arda en una mísera caseta, al borde de un camino, yo ya no esperaré, pues no habrá de llegarme (seguro estoy de ello) otro milagro de la primavera.
Pero no han de verme caído. No. Pues sé muy bien que he de hacer lo mismo que la abuela Eugenia, aquella de Alejandro Casona, ya que para eso, sí qué tendré fuerzas y arrestos. Y como ella, sabré mantenerme de pie, aún a sabiendas, con absoluta certeza, de que voy a morir. De que me estoy muriendo. De que ya he muerto.
Y José, le escuchaba en silencio, y lloraba.
Febrero 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 24 de febrero de 2012
Ramón Serrano G.
Aquél día, Luca encontró semienterrados unos papeles. Escarbó y, tras cogerlos, se los dio a Luis. Vio este que estaban fechados hacía algo más de un año, y que constituían el testimonio que un hombre daba a su vecino sobre su estado anímico. Y leyó el escrito, que decía lo siguiente:
-Fíjate, José, exponía el hombre. Quién me iba a decir a mí, que a la vejez me ocurriría lo mismo que a los árboles.
Y le señalaba cosas de ellos, cosas que el otro también sabía, pero de las que le agradaba hablarle, sabiéndose escuchado con satisfacción, dado el cariño que ambos siempre les habían tenido, y les seguían profesando, a los árboles. Al hacerlo, caía en una usual tendencia que suelen tener los humanos, y que no es otra que ver al ente que admiramos sólo desde su lado positivo, y valorarlo, no ya en demasía, pero sí casi en exclusividad, sin pararse a pensar en que sus muchas virtudes son compartidas por otra gran cantidad de seres vivos. Y José, le escuchaba en silencio, y asentía.
Se extendía luego diciéndole que ellos, los árboles, aman la tierra en la que moran, la mantienen firme, prieta, para que el viento no la erosione y la disperse, y al igual que nosotros son prolíficos, ya que tienen hijos que crecen cerca de ellos y a ellos se parecen. Que dan frutos, y proporcionan sombra a quien la necesita. Que acogen entre sus ramas a otros seres que vienen a buscar su refugio en ellos, y allí desarrollan sus vidas. Que sus troncos sirven de página para que algún “romeo” deje testimonio fechado de su pasión. Y convendrás conmigo, proseguía, en que la mayoría de los árboles conocen a sus observadores habituales y se hacen amigos suyos, saludándolos cuando pasan junto a ellos. Pero con todo, y después de haberlos estudiado mucho, lo que más les gustaba a ambos de los árboles, es su forma de acoger a los gorriones. Ver con cuanto cariño los albergan, hasta el punto de que los pajarillos disfrutan lo indecible ocultándose entre sus hojas y visitando cada una de sus ramas. Y José, le escuchaba en silencio, y asentía
Continuaba diciéndole, que actúan del mismo modo que hacen los hombres que son hombres de bien, pues dan trabajo a otros; y les educan con su buen comportamiento; y les enseñan; y les curan sus heridas o, al menos, alivian sus males, los del cuerpo y los del alma, para que así puedan vivir felices, si es que en este mundo se puede ser feliz. Luego, si aquellos de su derredor no llegan a triunfar, o ni tan siquiera a subsistir, la culpa no será nunca del maestro; ni del sanador; ni de aquél que empleó al parado; ni del obrero que supo ganarse el pan haciendo bien y con enjundia su trabajo. Ni tampoco del árbol, pues cada uno de ellos supo cumplir con su sagrada, y no siempre reconocida, misión de ayudar al prójimo. Y también, cuando algo se tuerce, los árboles, al igual que los hombres, reciben ataques insospechados que no pueden evitar, y ni tan siquiera defenderse de ellos, y se tienen que quedar, allí donde se encuentren, hasta el final, sin poder irse, sin querer marcharse para alejarse del mal que se les avecina y que acabará con su vida. Con una vida que, hasta la llegada del infortunio, había sido, si no feliz, al menos, placentera. Y José, le escuchaba en silencio, y asentía.
Pero lamento –seguía el escrito-, y no sabes cuánto, tener que comunicarte hoy algo que llevaba ocultándote hace tiempo por no causarte una aflicción que no mereces, y que sé, a ciencia cierta, que ha de dolerte, y mucho. Sabrás que hace bastante que llegó hasta mí el mal, o la desgracia, como quieras llamarle. Pero no creas que el ataque que he recibido ha sido uno de esos achaques o padecimientos de los que uno se puede curar con los consejos de un buen profesional. No. El sufrimiento que me aqueja, y que temo que acabará por derrotarme, es de peores características. De muy aviesas intenciones. De tal malevolencia y calibre, que pese a que llevo sufriéndole largo tiempo, luchando contra él de mil y una maneras, no puedo, o no sé, eliminarlo. Lo que sí sé es que acabará conmigo de una forma u otra, porque ignoro en qué modo dañará mi cuerpo, pero sí sé que me ha destrozado el alma. Y José, le escuchaba en silencio.
Sin embargo, y a sabiendas de que el final de esta pendencia que ya me tiene loco ha de ser flébil, he de sacar fuerzas de donde pueda haberlas, y presentar un buen plante ante todos aquellos con los que tenga que tratar y seguir viendo. Haré lo que sea menester para mantenerme erguido, aunque tan sólo lo esté en apariencia. Y entonces, llegado ese final, cuando el carpintero me convierta en melena de campana (¡qué oficio tan hermoso!, ese de ser sustentador de una campana), o me derribe con su hacha el leñador, y luego arda en una mísera caseta, al borde de un camino, yo ya no esperaré, pues no habrá de llegarme (seguro estoy de ello) otro milagro de la primavera.
Pero no han de verme caído. No. Pues sé muy bien que he de hacer lo mismo que la abuela Eugenia, aquella de Alejandro Casona, ya que para eso, sí qué tendré fuerzas y arrestos. Y como ella, sabré mantenerme de pie, aún a sabiendas, con absoluta certeza, de que voy a morir. De que me estoy muriendo. De que ya he muerto.
Y José, le escuchaba en silencio, y lloraba.
Febrero 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 24 de febrero de 2012
jueves, 9 de febrero de 2012
Tell me, my Heart...
Tell me, my Heart,…
Ramón Serrano G.
Para Carmen L.T.
Un poeta inglés, de cuyo nombre no consigo acordarme, escribió esto: Tell me, my Heart, is this be Love?...(Dime corazón, es esto amor?) Y pienso yo que aquél poeta, como todos los buenos poetas que en el mundo han sido, supo expresar, desde el fondo de su alma, las grandes dudas que en nuestra alma nos asaltan tantas veces, y que son uno de los grandes problemas que, en el discurrir de nuestras vidas, tenemos los humanos.
Porque todos sabemos que la humanidad ha ido (y va), aprendiendo a pasos agigantados cantidad de conocimientos, cifras, datos, definiciones y comportamientos, que le son muy útiles para el buen desarrollo de su hacer cotidiano. Que para una mejor, y más productiva, realización de su trabajo, como para sus desplazamientos y medios de comunicación, ha inventado máquinas y artilugios que hace tan sólo unas décadas eran impensables. Y que ocurre lo mismo con algunos oficios y profesiones, sobre los que el hombre de la calle ignora tanto su nombre como su actividad. Porque no sé usted, pero confieso que yo ignoro lo que hace un arquitecto de soluciones, y juro que conozco a alguien que vive y mantiene a los suyos siendo eso.
Resumiendo: hoy se tienen muchos más conocimientos que antaño, lo cual siempre es loable, aun cuando demasiadas veces lo aprendido nos sea de escasa o nula utilidad. De cualquier forma, repito, siempre es bueno saber que la sístole y la diástole pueden ser auriculares o ventriculares; cuál es el teorema de Pitágoras; la diferencia entre una redondilla y un soneto o que los ríos Tunguska son afluentes del Yenisei. Aunque uno sea carpintero, abogado, o taxista. Lo malo es cuando empleamos nuestro caletre para saber, “con precisión enciclopédica”, si el gol con el que el Atlético Escalerillas ganó la copa, lo metió “Pitu” o fue “Balbo”. O que el cantante del grupo rockero “Rest and Thres”, se llama Pak O’Diaz.
Pero es peor aún cuando no sabemos dar acertadamente con la definición de la condición o el estado anímico en el que nos encontramos nosotros mismos, o en el que se halla, o posee, alguien en concreto. Porque los conocimientos del mundo exterior, se aprecian fácilmente y siempre que acudamos a ellos, encontraremos los mismos síntomas y obtendremos los mismos resultados. El pintor logrará el color turquesa cada vez que mezcle cuatro partes de azul, con una de amarillo y una de blanco. Y el científico sabe que para conseguir el ácido sulfúrico -el compuesto químico que más se produce en el mundo-, ha de utilizar siempre la fórmula H2SO4.
Sin embargo no nos ocurre igual cuando queremos reconocer algunos sentimientos, ya se estén dando estos en nosotros mismos, o hacia un extraño. Para hacerme comprender mejor me voy a fijar en tres de estos sentires, mostrándolos desde las distintas perspectivas con las que solemos observarlos, pues en demasiadas ocasiones no acabamos de reconocer las sensaciones y las confundimos tratándolas de distinta manera a como debiéramos hacerlo.
Hablemos primeramente de la amistad, para decir que todos tenemos infinidad de amigos (al menos de eso presumimos) pero la mayoría poseemos muy pocos y, acaso, ninguno. Porque no se puede llamar verdaderamente AMIGO, así, en toda la extensión y eseidad del término, a aquél a quien conocemos desde niños, o al compañero de trabajo, o al vecino, tan sólo por esos motivos. Lo es, ese sí, la persona por quien todo lo daríamos, todo lo haríamos y a todo nos expondríamos, con tal de ayudarle y darle satisfacción. A quien consideramos tanto, o más, que si fuera un familiar, porque la auténtica hermandad no requiere lazos de sangre. Difícil es de hallar, pero dice el Eclesiástico (6-14), que quien lo encuentra, ha hallado un tesoro.
Seguiremos brevísimamente con la envidia, uno de los mayores males que pueden afligir al hombre, ya que, la mayoría de ellos, no sabemos alegrarnos con el merecido triunfo de otro, y al no poder alcanzarlo nosotros, pasamos de inmediato a menospreciar su éxito, a restarle importancia, y a malvivir amargados por el livor de no poder emular su victoria.
Pero, sin duda alguna, donde más se da esto de la confusión, o el difícil reconocimiento de una emoción, es en el AMOR. Profusión hay de casos en los que el cariño se confunde, o se disimula, por las más diversas máscaras, abalorios y valores que no le son intrínsecos. Así, aquél casó con aquella por su dinero. Este, dijo estar enamorado, mas únicamente buscaba la posición social, o la alcurnia, de su cónyuge. A esotro, no le atrajo de esotra más que la lujuria dada su exuberancia carnal, o, simplemente, su buen parecido físico. Ese de más allá, eligió a esa sin buscar otra cosa en su pareja que a alguien que le hiciese la comida y le limpiara la casa. Y los ha habido que… Pero a qué seguir poniendo ejemplos, si la mayoría son de todos conocidos, y todos sabemos que en ninguno de los ejemplos apuntados se halla reflejado lo que es verdaderamente el AMOR. Lo que en realidad es el AMOR.
Algo que sí debió querer decir aquél poeta inglés, de cuyo nombre no consigo acordarme, pero del que sí sé que debía estar muy cuerdo, ya que nunca los orates y sólo los juiciosos pueden amar con locura. Dábase cuenta el bardo británico que el auténtico cariño no podía estar basado en esas pobres menudencias citadas, sino que había de estar fundamentado en sentires y anhelos de mucha mayor enjundia. Por eso, y estoy plenamente seguro que fue por eso, escribió preguntándose a sí mismo: “Tell me, my Heart, is this be Love?... ¿Dime corazón, es esto Amor?.
Febrero 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 10 de febrero de 2012
Ramón Serrano G.
Para Carmen L.T.
Un poeta inglés, de cuyo nombre no consigo acordarme, escribió esto: Tell me, my Heart, is this be Love?...(Dime corazón, es esto amor?) Y pienso yo que aquél poeta, como todos los buenos poetas que en el mundo han sido, supo expresar, desde el fondo de su alma, las grandes dudas que en nuestra alma nos asaltan tantas veces, y que son uno de los grandes problemas que, en el discurrir de nuestras vidas, tenemos los humanos.
Porque todos sabemos que la humanidad ha ido (y va), aprendiendo a pasos agigantados cantidad de conocimientos, cifras, datos, definiciones y comportamientos, que le son muy útiles para el buen desarrollo de su hacer cotidiano. Que para una mejor, y más productiva, realización de su trabajo, como para sus desplazamientos y medios de comunicación, ha inventado máquinas y artilugios que hace tan sólo unas décadas eran impensables. Y que ocurre lo mismo con algunos oficios y profesiones, sobre los que el hombre de la calle ignora tanto su nombre como su actividad. Porque no sé usted, pero confieso que yo ignoro lo que hace un arquitecto de soluciones, y juro que conozco a alguien que vive y mantiene a los suyos siendo eso.
Resumiendo: hoy se tienen muchos más conocimientos que antaño, lo cual siempre es loable, aun cuando demasiadas veces lo aprendido nos sea de escasa o nula utilidad. De cualquier forma, repito, siempre es bueno saber que la sístole y la diástole pueden ser auriculares o ventriculares; cuál es el teorema de Pitágoras; la diferencia entre una redondilla y un soneto o que los ríos Tunguska son afluentes del Yenisei. Aunque uno sea carpintero, abogado, o taxista. Lo malo es cuando empleamos nuestro caletre para saber, “con precisión enciclopédica”, si el gol con el que el Atlético Escalerillas ganó la copa, lo metió “Pitu” o fue “Balbo”. O que el cantante del grupo rockero “Rest and Thres”, se llama Pak O’Diaz.
Pero es peor aún cuando no sabemos dar acertadamente con la definición de la condición o el estado anímico en el que nos encontramos nosotros mismos, o en el que se halla, o posee, alguien en concreto. Porque los conocimientos del mundo exterior, se aprecian fácilmente y siempre que acudamos a ellos, encontraremos los mismos síntomas y obtendremos los mismos resultados. El pintor logrará el color turquesa cada vez que mezcle cuatro partes de azul, con una de amarillo y una de blanco. Y el científico sabe que para conseguir el ácido sulfúrico -el compuesto químico que más se produce en el mundo-, ha de utilizar siempre la fórmula H2SO4.
Sin embargo no nos ocurre igual cuando queremos reconocer algunos sentimientos, ya se estén dando estos en nosotros mismos, o hacia un extraño. Para hacerme comprender mejor me voy a fijar en tres de estos sentires, mostrándolos desde las distintas perspectivas con las que solemos observarlos, pues en demasiadas ocasiones no acabamos de reconocer las sensaciones y las confundimos tratándolas de distinta manera a como debiéramos hacerlo.
Hablemos primeramente de la amistad, para decir que todos tenemos infinidad de amigos (al menos de eso presumimos) pero la mayoría poseemos muy pocos y, acaso, ninguno. Porque no se puede llamar verdaderamente AMIGO, así, en toda la extensión y eseidad del término, a aquél a quien conocemos desde niños, o al compañero de trabajo, o al vecino, tan sólo por esos motivos. Lo es, ese sí, la persona por quien todo lo daríamos, todo lo haríamos y a todo nos expondríamos, con tal de ayudarle y darle satisfacción. A quien consideramos tanto, o más, que si fuera un familiar, porque la auténtica hermandad no requiere lazos de sangre. Difícil es de hallar, pero dice el Eclesiástico (6-14), que quien lo encuentra, ha hallado un tesoro.
Seguiremos brevísimamente con la envidia, uno de los mayores males que pueden afligir al hombre, ya que, la mayoría de ellos, no sabemos alegrarnos con el merecido triunfo de otro, y al no poder alcanzarlo nosotros, pasamos de inmediato a menospreciar su éxito, a restarle importancia, y a malvivir amargados por el livor de no poder emular su victoria.
Pero, sin duda alguna, donde más se da esto de la confusión, o el difícil reconocimiento de una emoción, es en el AMOR. Profusión hay de casos en los que el cariño se confunde, o se disimula, por las más diversas máscaras, abalorios y valores que no le son intrínsecos. Así, aquél casó con aquella por su dinero. Este, dijo estar enamorado, mas únicamente buscaba la posición social, o la alcurnia, de su cónyuge. A esotro, no le atrajo de esotra más que la lujuria dada su exuberancia carnal, o, simplemente, su buen parecido físico. Ese de más allá, eligió a esa sin buscar otra cosa en su pareja que a alguien que le hiciese la comida y le limpiara la casa. Y los ha habido que… Pero a qué seguir poniendo ejemplos, si la mayoría son de todos conocidos, y todos sabemos que en ninguno de los ejemplos apuntados se halla reflejado lo que es verdaderamente el AMOR. Lo que en realidad es el AMOR.
Algo que sí debió querer decir aquél poeta inglés, de cuyo nombre no consigo acordarme, pero del que sí sé que debía estar muy cuerdo, ya que nunca los orates y sólo los juiciosos pueden amar con locura. Dábase cuenta el bardo británico que el auténtico cariño no podía estar basado en esas pobres menudencias citadas, sino que había de estar fundamentado en sentires y anhelos de mucha mayor enjundia. Por eso, y estoy plenamente seguro que fue por eso, escribió preguntándose a sí mismo: “Tell me, my Heart, is this be Love?... ¿Dime corazón, es esto Amor?.
Febrero 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 10 de febrero de 2012
miércoles, 25 de enero de 2012
El orbayu (y II)
El orbayu (y II)
Ramón Serrano G.
El jueves, y por expreso deseo de la “directora”, se trasladaron a Cangas de Onís, a Arriondas y al mirador del Fitu, y tras ver sitios tan güapinos, y maravillados por ello, pensaron en comer en “El Molín de Mingo”, pero luego se llegaron hasta “Casa Marcial”, donde, tras probar unos tortos de maíz, tomaron arroz con pitu de caleya -de tan merecida fama-, pan de escanda y un tocinillo de Grado, auténtico “bocato di cardinale”. Pero, tras la comida, el tiempo empezó a cambiar, nublóse, y a la oscurecida llegó el “orbayu”. Por ello, y casi agradeciéndolo, se estuvieron toda la tarde tomando un té en un cómodo y discreto salón del hotel, no ya hablando, sino diciéndose cosas, alguna de ellas, de manifiesta profundidad. ¿Qué estuvo pasando en esos días?
Más que demostrado está, que las personas se ven afectadas de distinta manera por el encuentro con algo o con alguien. Y eso vino a ocurrir con nuestra pareja, los cuales, desde el primer momento, se sintieron a gusto y atraídos mutuamente, aunque de diferentes formas y por distintos motivos. Ambos tenían cualidades en abundancia para que su trato no fuese sólo grato, sino muy deseable. Los dos universitarios, los dos en una buena edad, y los dos de aspecto y convivencia envidiable. Él, parco en palabras y metódico, quizás en demasía, enjuiciaba cualquier tema con profundidad y enjundia y tenía tres arraigadas aficiones: la música clásica, la pintura y el ajedrez. Ella, en plenitud de una sensual belleza, era activa, decidida, eficiente y pragmática. La dominaban dos vicios: leer y viajar. Y añadiremos que a ambos les privaba la buena cocina.
Como antes dije, tan pronto se trataron, los dos empezaron a sentirse a gusto el uno junto al otro, aunque sus deseos más íntimos no fueran los mismos. Alberto encontró en ella todas las condiciones exigibles en un amigo íntimo y pensó que podría serle de mucha ayuda en su nueva vida. Andrea fue adivinando en él todos los requisitos que le hacían poder llegar a ser un nuevo esposo o compañero, tan bueno, que pudiese llenar el vacío que había dejado el que tuvo anteriormente. Por ello, despaciosa y casi inconscientemente, que no era en absoluto ni licenciosa ni procaz, fue dejando a su subconsciente que actuase. Un día le cogió la mano; otro bebió de su copa; al paseo por la Garganta del Cares acudió con un mini short que dejaba al descubierto unas piernas perfectas y voluptuosas, y la última anoche había aparecido con un escote de vértigo en su blusa.
-Alberto, no me has dicho nada de mi look de hoy.
-Que puede hacer perder la cabeza al hombre más sensato.
Y no continuó hablando sobre el tema, pero pensando en él, luego, a solas en su habitación, mantuvo consigo mismo una lucha entre el corazón y el cerebro por ver quién decidía el modo de obrar ante aquella mujer.
A la mañana siguiente seguía orbayando. No llovía, sino que el cielo lloraba mansamente a través de un finísimo tamiz, por lo que leyeron la prensa tranquilamente en el hotel y a media maña decidieron ir paseando hasta la playa de Poo. Al regreso dijo Andrea:
-Presiento que hoy va a ser un día muy importante y feliz para mí, así que, si me lo permites, esta tarde me iré a la peluquería, a comprarme un capricho, y luego te llevaré a cenar al “Mirador de Toró”, que creo que es muy bueno. Pero nada de si me lo permites. Te lo ordeno.
A la noche apareció elegantísima, esplendente, y tras los sinceros elogios de Alberto, marcharon al restaurante. Probaron los oricios, unos deliciosos longueirones, pastel de cabracho y atún en rollo. Todo buenísimo. Tomaron café, pero no licor, ya que él prefirió invitarla a champán en el hotel. Tras brindar con la primera copa por un futuro feliz para ambos, ella propuso terminar la botella en su habitación y así le mostraría la adquisición que había hecho esa tarde. Ya arriba, tomaron una segunda y una tercera copa. Entonces ella le pidió:
-Espera un momento que voy a enseñarte lo que me he comprado.
Pasó al baño y, al poco, salió de él con un sujetador azul en la mano y desnuda de cintura hacia arriba. Con la mayor naturalidad le dijo:
-¿Verdad que es bonito? Luego me lo pones y verás cómo me sienta.
Él, atónito, se levantó de inmediato y le contestó:
-Perdón, Andrea. La cena, o el champán, no me han sentado bien. Tengo una jaqueca espantosa y voy a marcharme. Que descanses.
Ella se levantó temprano aunque no había podido dormir en toda la noche, y al hacerlo, vio en el suelo un folio con el membrete del hotel, que alguien había metido por debajo de la puerta. Lo leyó:
“Cuando veas esta nota ya estaré lejos de aquí, pues voy a coger el primer autobús que me lleve a Oviedo, y luego seguiré viaje a Madrid.
Quiero que sepas que me has parecido una mujer extraordinaria en muchísimos aspectos, y que me hubiese gustado enormemente conseguir tu amistad. No juzgo negativamente, para nada, tu actitud de anoche. Eres una persona decidida y obras como crees oportuno, y en la actualidad, hasta para hacer determinados actos, pocas cosas están ya mal vistas y da igual quién tome la iniciativa. Me costó lo indecible tener que rechazar un placer como el que me ofrecías, pero entendí, y espero que tú lo hagas, que no podía complacerte, ya que creo que sólo se debe hacer el amor si se lleva a cabo decentemente con aquella persona a la que estás sentimentalmente unido. Se puede hacer también por puro placer corporal, pero si es de esta manera, nunca con alguien a quien consideras, que eso sería aprovecharse, y un amigo no se tiene para sacar provecho de él. De todas formas, te repito, me costó lo indecible renunciar a ti.
Tienes mi dirección y mi teléfono. Si quieres, cuando regreses de París, búscame, que deseo, como no te puedes imaginar, que volvamos a vernos y que llegues a ser una buena amiga. Seguro que mi mejor amiga.
Con mi mayor afecto: A.
Con paso vacilante salió a la terraza de su habitación, y allí, con la claridad de la mañana, observó que ahora el papel estaba mojado. Sería por las lágrimas que se le habían derramado al leerlo. O, quizás, por el orbayu.
Enero de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 27 de enero de 2012
Ramón Serrano G.
El jueves, y por expreso deseo de la “directora”, se trasladaron a Cangas de Onís, a Arriondas y al mirador del Fitu, y tras ver sitios tan güapinos, y maravillados por ello, pensaron en comer en “El Molín de Mingo”, pero luego se llegaron hasta “Casa Marcial”, donde, tras probar unos tortos de maíz, tomaron arroz con pitu de caleya -de tan merecida fama-, pan de escanda y un tocinillo de Grado, auténtico “bocato di cardinale”. Pero, tras la comida, el tiempo empezó a cambiar, nublóse, y a la oscurecida llegó el “orbayu”. Por ello, y casi agradeciéndolo, se estuvieron toda la tarde tomando un té en un cómodo y discreto salón del hotel, no ya hablando, sino diciéndose cosas, alguna de ellas, de manifiesta profundidad. ¿Qué estuvo pasando en esos días?
Más que demostrado está, que las personas se ven afectadas de distinta manera por el encuentro con algo o con alguien. Y eso vino a ocurrir con nuestra pareja, los cuales, desde el primer momento, se sintieron a gusto y atraídos mutuamente, aunque de diferentes formas y por distintos motivos. Ambos tenían cualidades en abundancia para que su trato no fuese sólo grato, sino muy deseable. Los dos universitarios, los dos en una buena edad, y los dos de aspecto y convivencia envidiable. Él, parco en palabras y metódico, quizás en demasía, enjuiciaba cualquier tema con profundidad y enjundia y tenía tres arraigadas aficiones: la música clásica, la pintura y el ajedrez. Ella, en plenitud de una sensual belleza, era activa, decidida, eficiente y pragmática. La dominaban dos vicios: leer y viajar. Y añadiremos que a ambos les privaba la buena cocina.
Como antes dije, tan pronto se trataron, los dos empezaron a sentirse a gusto el uno junto al otro, aunque sus deseos más íntimos no fueran los mismos. Alberto encontró en ella todas las condiciones exigibles en un amigo íntimo y pensó que podría serle de mucha ayuda en su nueva vida. Andrea fue adivinando en él todos los requisitos que le hacían poder llegar a ser un nuevo esposo o compañero, tan bueno, que pudiese llenar el vacío que había dejado el que tuvo anteriormente. Por ello, despaciosa y casi inconscientemente, que no era en absoluto ni licenciosa ni procaz, fue dejando a su subconsciente que actuase. Un día le cogió la mano; otro bebió de su copa; al paseo por la Garganta del Cares acudió con un mini short que dejaba al descubierto unas piernas perfectas y voluptuosas, y la última anoche había aparecido con un escote de vértigo en su blusa.
-Alberto, no me has dicho nada de mi look de hoy.
-Que puede hacer perder la cabeza al hombre más sensato.
Y no continuó hablando sobre el tema, pero pensando en él, luego, a solas en su habitación, mantuvo consigo mismo una lucha entre el corazón y el cerebro por ver quién decidía el modo de obrar ante aquella mujer.
A la mañana siguiente seguía orbayando. No llovía, sino que el cielo lloraba mansamente a través de un finísimo tamiz, por lo que leyeron la prensa tranquilamente en el hotel y a media maña decidieron ir paseando hasta la playa de Poo. Al regreso dijo Andrea:
-Presiento que hoy va a ser un día muy importante y feliz para mí, así que, si me lo permites, esta tarde me iré a la peluquería, a comprarme un capricho, y luego te llevaré a cenar al “Mirador de Toró”, que creo que es muy bueno. Pero nada de si me lo permites. Te lo ordeno.
A la noche apareció elegantísima, esplendente, y tras los sinceros elogios de Alberto, marcharon al restaurante. Probaron los oricios, unos deliciosos longueirones, pastel de cabracho y atún en rollo. Todo buenísimo. Tomaron café, pero no licor, ya que él prefirió invitarla a champán en el hotel. Tras brindar con la primera copa por un futuro feliz para ambos, ella propuso terminar la botella en su habitación y así le mostraría la adquisición que había hecho esa tarde. Ya arriba, tomaron una segunda y una tercera copa. Entonces ella le pidió:
-Espera un momento que voy a enseñarte lo que me he comprado.
Pasó al baño y, al poco, salió de él con un sujetador azul en la mano y desnuda de cintura hacia arriba. Con la mayor naturalidad le dijo:
-¿Verdad que es bonito? Luego me lo pones y verás cómo me sienta.
Él, atónito, se levantó de inmediato y le contestó:
-Perdón, Andrea. La cena, o el champán, no me han sentado bien. Tengo una jaqueca espantosa y voy a marcharme. Que descanses.
Ella se levantó temprano aunque no había podido dormir en toda la noche, y al hacerlo, vio en el suelo un folio con el membrete del hotel, que alguien había metido por debajo de la puerta. Lo leyó:
“Cuando veas esta nota ya estaré lejos de aquí, pues voy a coger el primer autobús que me lleve a Oviedo, y luego seguiré viaje a Madrid.
Quiero que sepas que me has parecido una mujer extraordinaria en muchísimos aspectos, y que me hubiese gustado enormemente conseguir tu amistad. No juzgo negativamente, para nada, tu actitud de anoche. Eres una persona decidida y obras como crees oportuno, y en la actualidad, hasta para hacer determinados actos, pocas cosas están ya mal vistas y da igual quién tome la iniciativa. Me costó lo indecible tener que rechazar un placer como el que me ofrecías, pero entendí, y espero que tú lo hagas, que no podía complacerte, ya que creo que sólo se debe hacer el amor si se lleva a cabo decentemente con aquella persona a la que estás sentimentalmente unido. Se puede hacer también por puro placer corporal, pero si es de esta manera, nunca con alguien a quien consideras, que eso sería aprovecharse, y un amigo no se tiene para sacar provecho de él. De todas formas, te repito, me costó lo indecible renunciar a ti.
Tienes mi dirección y mi teléfono. Si quieres, cuando regreses de París, búscame, que deseo, como no te puedes imaginar, que volvamos a vernos y que llegues a ser una buena amiga. Seguro que mi mejor amiga.
Con mi mayor afecto: A.
Con paso vacilante salió a la terraza de su habitación, y allí, con la claridad de la mañana, observó que ahora el papel estaba mojado. Sería por las lágrimas que se le habían derramado al leerlo. O, quizás, por el orbayu.
Enero de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 27 de enero de 2012
viernes, 13 de enero de 2012
El orbayu (1)
El orbayu (I)
Ramón Serrano G.
De hecho, sólo con verla, por su belleza física, su porte y sus modos, intuyó que debía ser una mujer extraordinaria. Le superaría algo en edad (que ya habría saltado los cuarenta), pero se dijo que ese no es un dato a tener siempre en cuenta en las mujeres, y que tratar de adivinarlo es tan difícil como encontrarse con un amigo en Tokio sin haber concertado antes una cita. Había venido al hotel un día después que él, la conoció de inmediato al coincidir ambos en recepción a su llegada y tratar de ayudarla con el equipaje de mano. Ella le agradeció el detalle con una sonrisa y ya no se volvieron a ver hasta la cena, en el comedor, donde ocuparon mesas vecinas. Entre ambos sólo hubo un escueto y correcto “Buenas noches” al llegar, y algo similar al despedirse. A la mañana siguiente coincidieron de nuevo en el desayuno, y no habiendo en ese momento más clientes, tras preguntarle si estaba solo, le invitó a compartir su mesa. Aceptó él de muy buen grado y comenzaron una desenfadada y distendida charla tras las obligadas auto presentaciones:
-Hola, soy Andrea.
-Yo, Alberto.
Y cada uno hizo un breve currículum de sí mismo. La mujer, dijo haber enviudado a los treinta, ser oriunda de Ávila, vivir sola en Madrid y tener una hija casada, hacía un año, con un catedrático de La Sorbona. Había venido a distraerse un poco, puesto que, en unas semanas, marcharía a París donde estaría un par de meses, hasta finalizar agosto, ayudando a su hija que le iba a dar su primer nieto. Vivía bien, sin problemas, pero, sin saber por qué, no era feliz.
Él manifestó que era soltero y, entre vergonzosa y orgullosamente, que acababa de ser cuarentón. Que después de terminar su carrera de economista, había llegado a desempeñar el cargo de sub-director de una muy conocida multinacional de informática. Pero que, a principios de este mismo año, sufrió una cardiopatía isquémica por lo que le dieron la invalidez permanente. También residía en Madrid y se había venido a Llanes para mentalizarse un poco de cómo sería su nueva vida de inactividad laboral. Y que había escogido el hotel por los consejos de un compañero de trabajo, mejor dicho un ex compañero, que era llanisco.
El día apuntaba bueno, a pesar de ser junio y estar en el Principado. Ni una nube cubría la Sierra de Cuera y el sol empezaba a calentar un poquito. Decidieron salir a dar un paseo por la villa, y hablando de mil cosas, Andrea, muy lanzada, le preguntó:
-¿Tienes algún plan especial para los días que estés aquí?
-No, respondió Alberto. Así que, si me lo permites y eres capaz de aguantarme como compañero, te seguiré encantado a donde vayas.
- Pues soldado. Desde este instante queda a mis órdenes.
- ¡Señor, sí señor! bromeo él.
Y en esas se les fue la mañana. Se pasaron por la oficina de turismo, instalada en un magnífico torreón del siglo XIII, junto a la extensa y bien conservada muralla, para que les informasen de lugares y sitios dignos de visitar. Luego, y antes de regresar al hotel, se fueron a un chigre para tomar un culín de sidra de buen “palu” y unas “andaricas”.
-Si te parece, propuso ella, nos vamos a marcar un plan a seguir, dependiendo por supuesto de que nos apetezca cumplirlo, y del tiempo. Tras el desayuno, cogeremos mi coche y nos iremos a conocer lugares y paisajes de la comarca, que deben ser una preciosidad. Si se tercia, comemos por ahí y luego regresamos al hotel. Entonces, tiempo libre, y a eso de las ocho salimos a dar un paseo y tomar algo en alguna terraza.
Así lo hicieron, y esa misma tarde volvieron a patear el pueblo. Tomaron un café en el casino, un precioso edificio modernista que a principios del siglo XX construyeron los indianos en el en el centro de la villa. Luego visitaron la basílica de Santa María de Conceyu, gótica, de la segunda mitad del XV, aunque su fachada occidental posee características románicas. Frente a ella, la Casa de Cultura, sita en el Palacio de Posada Herrera, y el palacio de Gastañaga, del siglo XV. Por todo eso y por otras muchas cosas comprobaron que Llanes era un lugar fantástico, idea que corroboraron después cuando anduvieron por el paseo de San Pedro, construido en 1847, y desde el que se aprecian unas maravillosas vistas de la villa hacia un lado, y de la playa y el mar al otro.
Cenaron pronto y luego hicieron una larga, muy larga, tertulia en la terraza del hotel donde se alojaban, el Sablón, un sitio coqueto, entrañable y volcado sobre el Cantábrico. Y en esa prolongada charla hablaron de muchas, muchas cosas, pero por sus cabezas empezaron a pasar muchas, muchas, y muy diferentes ideas y sensaciones, como si el aire comenzase a soplar para cada uno, desde distinto origen y hacia diferente lado.
En las siguientes jornadas cumplieron fielmente el plan trazado. Sin prisas, y a su aire, tras el desayuno, cogían el coche de Andrea, un Audi 4 recién estrenado, y se iban a recorrer los contornos. El martes fueron hacia el oeste, hasta Villaviciosa, para regresar por Lastres, Colunga y llegar a Ribadesella, donde comieron en “El Repollu” una crema de “pedreru”, “arbeyos” con jamón y un excelente pescado comprado en la Rula. Regresaron al hotel y se despidieron hasta la hora de la cena.
El miércoles decidieron, con gran acierto, hacer la ruta del Cares, y comprobaron que, si se la conoce como “la Garganta divina”, no es por capricho, ni casualidad, que pocos lugares hay en España con mayor belleza que este, en el que, por una senda de poco más de un metro de ancha, prácticamente llana, cuidada, y cómoda, se recorre el desfiladero por el que discurre ese río. Haciéndose lenguas del espléndido paisaje que acababan de ver, y antes de regresar a la antigua Puebla de Aguilar, visitaron algunas de sus casi treinta playas, como las de Barru, Gulpiyuri, San Antolín o Torimbia, y en ellas estuvieron conversando bastante rato bajo un sol casi veraniego, que era una delicia.
Enero de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 13 de enero de 2012
Ramón Serrano G.
De hecho, sólo con verla, por su belleza física, su porte y sus modos, intuyó que debía ser una mujer extraordinaria. Le superaría algo en edad (que ya habría saltado los cuarenta), pero se dijo que ese no es un dato a tener siempre en cuenta en las mujeres, y que tratar de adivinarlo es tan difícil como encontrarse con un amigo en Tokio sin haber concertado antes una cita. Había venido al hotel un día después que él, la conoció de inmediato al coincidir ambos en recepción a su llegada y tratar de ayudarla con el equipaje de mano. Ella le agradeció el detalle con una sonrisa y ya no se volvieron a ver hasta la cena, en el comedor, donde ocuparon mesas vecinas. Entre ambos sólo hubo un escueto y correcto “Buenas noches” al llegar, y algo similar al despedirse. A la mañana siguiente coincidieron de nuevo en el desayuno, y no habiendo en ese momento más clientes, tras preguntarle si estaba solo, le invitó a compartir su mesa. Aceptó él de muy buen grado y comenzaron una desenfadada y distendida charla tras las obligadas auto presentaciones:
-Hola, soy Andrea.
-Yo, Alberto.
Y cada uno hizo un breve currículum de sí mismo. La mujer, dijo haber enviudado a los treinta, ser oriunda de Ávila, vivir sola en Madrid y tener una hija casada, hacía un año, con un catedrático de La Sorbona. Había venido a distraerse un poco, puesto que, en unas semanas, marcharía a París donde estaría un par de meses, hasta finalizar agosto, ayudando a su hija que le iba a dar su primer nieto. Vivía bien, sin problemas, pero, sin saber por qué, no era feliz.
Él manifestó que era soltero y, entre vergonzosa y orgullosamente, que acababa de ser cuarentón. Que después de terminar su carrera de economista, había llegado a desempeñar el cargo de sub-director de una muy conocida multinacional de informática. Pero que, a principios de este mismo año, sufrió una cardiopatía isquémica por lo que le dieron la invalidez permanente. También residía en Madrid y se había venido a Llanes para mentalizarse un poco de cómo sería su nueva vida de inactividad laboral. Y que había escogido el hotel por los consejos de un compañero de trabajo, mejor dicho un ex compañero, que era llanisco.
El día apuntaba bueno, a pesar de ser junio y estar en el Principado. Ni una nube cubría la Sierra de Cuera y el sol empezaba a calentar un poquito. Decidieron salir a dar un paseo por la villa, y hablando de mil cosas, Andrea, muy lanzada, le preguntó:
-¿Tienes algún plan especial para los días que estés aquí?
-No, respondió Alberto. Así que, si me lo permites y eres capaz de aguantarme como compañero, te seguiré encantado a donde vayas.
- Pues soldado. Desde este instante queda a mis órdenes.
- ¡Señor, sí señor! bromeo él.
Y en esas se les fue la mañana. Se pasaron por la oficina de turismo, instalada en un magnífico torreón del siglo XIII, junto a la extensa y bien conservada muralla, para que les informasen de lugares y sitios dignos de visitar. Luego, y antes de regresar al hotel, se fueron a un chigre para tomar un culín de sidra de buen “palu” y unas “andaricas”.
-Si te parece, propuso ella, nos vamos a marcar un plan a seguir, dependiendo por supuesto de que nos apetezca cumplirlo, y del tiempo. Tras el desayuno, cogeremos mi coche y nos iremos a conocer lugares y paisajes de la comarca, que deben ser una preciosidad. Si se tercia, comemos por ahí y luego regresamos al hotel. Entonces, tiempo libre, y a eso de las ocho salimos a dar un paseo y tomar algo en alguna terraza.
Así lo hicieron, y esa misma tarde volvieron a patear el pueblo. Tomaron un café en el casino, un precioso edificio modernista que a principios del siglo XX construyeron los indianos en el en el centro de la villa. Luego visitaron la basílica de Santa María de Conceyu, gótica, de la segunda mitad del XV, aunque su fachada occidental posee características románicas. Frente a ella, la Casa de Cultura, sita en el Palacio de Posada Herrera, y el palacio de Gastañaga, del siglo XV. Por todo eso y por otras muchas cosas comprobaron que Llanes era un lugar fantástico, idea que corroboraron después cuando anduvieron por el paseo de San Pedro, construido en 1847, y desde el que se aprecian unas maravillosas vistas de la villa hacia un lado, y de la playa y el mar al otro.
Cenaron pronto y luego hicieron una larga, muy larga, tertulia en la terraza del hotel donde se alojaban, el Sablón, un sitio coqueto, entrañable y volcado sobre el Cantábrico. Y en esa prolongada charla hablaron de muchas, muchas cosas, pero por sus cabezas empezaron a pasar muchas, muchas, y muy diferentes ideas y sensaciones, como si el aire comenzase a soplar para cada uno, desde distinto origen y hacia diferente lado.
En las siguientes jornadas cumplieron fielmente el plan trazado. Sin prisas, y a su aire, tras el desayuno, cogían el coche de Andrea, un Audi 4 recién estrenado, y se iban a recorrer los contornos. El martes fueron hacia el oeste, hasta Villaviciosa, para regresar por Lastres, Colunga y llegar a Ribadesella, donde comieron en “El Repollu” una crema de “pedreru”, “arbeyos” con jamón y un excelente pescado comprado en la Rula. Regresaron al hotel y se despidieron hasta la hora de la cena.
El miércoles decidieron, con gran acierto, hacer la ruta del Cares, y comprobaron que, si se la conoce como “la Garganta divina”, no es por capricho, ni casualidad, que pocos lugares hay en España con mayor belleza que este, en el que, por una senda de poco más de un metro de ancha, prácticamente llana, cuidada, y cómoda, se recorre el desfiladero por el que discurre ese río. Haciéndose lenguas del espléndido paisaje que acababan de ver, y antes de regresar a la antigua Puebla de Aguilar, visitaron algunas de sus casi treinta playas, como las de Barru, Gulpiyuri, San Antolín o Torimbia, y en ellas estuvieron conversando bastante rato bajo un sol casi veraniego, que era una delicia.
Enero de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 13 de enero de 2012
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
