Sonidos y ruidos
Ramón Serrano G.
Casi todos los días, casi todos nosotros, esperamos, aún sin darnos cuenta, poder escuchar algún determinado sonido que “venga a alegrarnos las pajarillas”. O sea, que pueda satisfacer nuestra alma al recordar, o percatarnos, de sones con los que antes (hoy en día, por desgracia, ya casi no se escuchan) nos veníamos arriba en nuestros quehaceres y actividades. Aunque hay que reconocer que también existen ruidos que nos irritan y nos ponen de un “yogur” que no veas. Pero de estos hablaremos sólo un poco.
Conviene aclarar que a esas “músicas” del pasado las evocamos no en la condición consustancial de lo que oímos, sino en el sentido subjetivo, es decir, en lo qué y cómo nos atañe, que no todo es siempre igual para todos. Pues es cierto que ciertas cosas siempre nos agradan, pero también lo es que, eso mismo, a otro les disgustan y encocoran. Qué curioso observar cómo nuestra mente cataloga y adjetiva los hechos que nos afectan, pero no siempre como son en realidad, sino de la manera que le atañen y/o le placen.
Ignoro la causa que íntimamente nos regocija, pero puedo asegurar que yo, y creo poder decir lo mismo de una gran mayoría, lo hemos sentido en muchas ocasiones. Quiero decir bien alto que me gusta evocar recuerdos de melodías, porque eran eso melodías, que escuchábamos en el acontecer diario, provocadas, simple y llanamente, por el hacer de la gente. Como tengo que expresar que hay igualmente muchas otras cosas que despiertan nuestro gozo: ciertos olores, vistas de tierras o rincones y lugares de nuestra infancia, o determinados objetos. Bastantes por fortuna. Pero hoy quiero aludir únicamente a los sonidos y a los ruidos, dejando al margen las sensaciones percibidas por otros sentidos.
Puede que alguien piense que esto sólo son evocaciones caducas. Lo sé y lo admito. Pero no me digan si no era mucho más agradable escuchar por la noche a un hombre, que vendría con seguridad de rondar a la novia o de echar de comer a sus animales, acercarse primero, pasar ante nuestra ventana y alejarse después, cantando una copla sencilla, del pueblo, con una voz profunda y seria, que, sentado en tu cuarto de estar o tumbado en tu alcoba, dar un respingo al paso de un cupé tuneado y sin silenciador, con las ventanillas bajadas y el equipo de música funcionando a todo volumen.
Por eso, y por muchas causas que no vienen al caso, con reiterada frecuencia traigo la remembranza a mi memoria de personajes y escenas, de otros tiempos, cuya entrañable y suave algarabía estaba repleta de cadencias. Por estos, y por otros motivos que puedan suponerse, rememoro a menudo escenas vividas hace mucho y que siempre alegraban mi espíritu al hacerlo. Por eso mismo, y por querer conseguir un bienestar que ya suele faltarme, me paso horas diciéndome a mí mismo que aún puedo oír de nuevo alguna de aquellas cantinelas. Por eso, y porque en ocasiones consigo convencerme de haberlo conseguido, y entonces soy feliz. Por eso, quizás sólo por eso, bastantes, aunque nunca demasiadas, veces pienso en:
El repicar de la campana que llegaba hasta la celda del monje convocándole a maitines, o la llamada del almuédano al muslim para la azalá del fajr; la salida del pastor de su duermevela con el tintineo de las esquilas; el griterío bullicioso que el paseante oye salir del patio de un colegio en la hora del recreo; el pasar ante la fragua y sentir el acompasado y sonoro golpeo del martillo sobre el yunque, cosa esta que fue origen, sin duda, de uno de los más sentidos palos del flamenco. En algunos lugares, el turullo o la trompa del porquero para que en las casas se diera suelta al cochino, y habiéndose formado la piara, llevársela a pastar a algún encinar cercano. El saber de la cercanía del afilador al percatarse de los sones de su chiflo, al que aquél sacaba con primor sus tonalidades alternativamente, de graves a agudas y viceversa. E incluso para el preso, tiempo ha por fortuna de esto, el runruneo de la rata que percibía cuando ella acudía diariamente hasta su banqueta para compartir con él, y por su caridad, un poco de su escaso condumio, sabiendo el roedor que mientras lo rustía, había de soportar unas consideraciones que el recluso tan sólo podía dirigirle a él, dada la soledad de su celda. Eso eran sonidos.
Ahora sólo se escuchan ruidos. Barullos, voces, jaleos y estridores, provenientes de la calle, de la radio, de la tele, o de tantos otros sitios, que te irritan profusa y hondamente desde que por la mañana te tiras del petate hasta que por la noche, cansado del trabajo y de tantas otras cosas, vuelves a tu cribete, intentando casi inútilmente conciliar el sueño y conseguir un merecido descanso.
Son demasiados ruidos. Te despierta la alarma que lleva incorporada el teléfono móvil; te aturde el estridente claxon de un automovilista que apremia al que tiene delante al observar que se ha abierto el semáforo; te pone la cabeza como un bombo el monótono zumbido del aparato de aire acondicionado que un vecino ha instalado sin permiso en el patio de la comunidad, o te exaspera el inmisericorde tableteo del martillo neumático con el que un obrero municipal abre una zanja, profunda y larga, en la acera de nuestra calle. Esos, y otros muchos bochinches y estridores que suelen producirse en muchas situaciones que me callo, se oyen ahora lamentablemente.
Y es que antes, por fortuna, había sonidos. Ahora, para nuestro pesar, hay ruidos. ¡Qué le vamos a hacer!
Diciembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 22 de diciembre de 2011
martes, 20 de diciembre de 2011
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Y morder el anzuelo (y II)
…Y morder el anzuelo (y II)
Ramón Serrano G
Al llegar el primer fin de semana las dos hermanas subieron a la alcoba de Elisa para poder hablar del tema sin que las molestasen sus padres. Tomó la palabra Gloria y dijo:
-Mira, si como parece, el muchacho no es que no te disguste, sino que además estarías muy dispuesta a casarte con él, lo que hay que hacer es irlo preparando para que acabe mordiendo el anzuelo. Tú sabes que muchas personas son buenas, pero un tanto engolletadas, y por eso si no obtienen fácilmente los resultados apetecidos, se encelan y dedican todo su empeño en no fracasar en algo que ellas esperaban conseguir con relativa sencillez. Esto suele ocurrir en muchas circunstancias de la vida, pero en el amor se da con absoluta seguridad. Y mucho más si la mujer le sabe dar achares al hombre. Achararlo una miajita. Sí, esos “tormentos” que dicen los calés. Sabrás que en Egipto hay un dicho que habla de que a veces se puede vivir con una mujer, pero nunca se puede vivir sin una mujer. Y a este le va a pasar eso. Vamos a hacer lo siguiente… Y le explicó el plan a seguir.
Las dos próximas veces que Elisa se cruzó con su vecino, este le reiteró sus “camelos”, a los que ella sólo le respondió con un escueto y correcto: -Buenos días. Pero al tercero, ya no se conformó con eso y le dijo seriamente: -Por favor Jorge, te agradecería que no me siguieses hablando de esas cosas porque he adquirido un compromiso que voy a respetar por encima de todo. Él se quedó con una cara de gran extrañeza y se fue al bar. Al llegar, y antes de pedir una copa, le dijo a los amigos:
-¿Alguno de vosotros sabéis si mi vecina Elisa se ha hecho novia?
-Claro, le contestaron. El mes pasado. Si lo sabe todo el mundo. De lo que no nos hemos podido enterar es con quien.
Como es fácil imaginar, ese conocimiento lo tenían porque Gloria se había encargado de que alguien soltase, distraídamente, frases sueltas por varios lugares del pueblo. También hizo que a su hermana le llegasen cartas, escritas como es natural por ella misma, y que el cartero entregaba en la casa familiar, sin recatarse en decir a quien pasase por la acera en ese momento:-Mucho le escriben a esta. Yo creo que tendremos boda pronto.
Por esos días llegó un joven a hacer la inspección rutinaria a la oficina de Correos, y le faltó tiempo para invitarlo a cenar a casa de sus padres. Luego, dos domingos seguidos, hizo que la hermana cogiese el tren y se fuese a pasar el día a la capital, habiendo hecho correr la voz que su destino era para conocer mejor a los futuros suegros. Y te diré, por último, que una noche, a la hora en que Jorge solía volver a cenar, se vistió con un traje de su padre, se caló un sombrero, y se puso a hablar con su hermana en la puerta, ella de espaldas y Elisa de frente, dejándose ver bien. Desde luego, no le faltaba imaginación a la hermana mayor en su papel de “celestina”.
Todos estos sucedidos corrieron por el lugar como reguero de pólvora, siendo el tema principal de muchas tertulias. En los pueblos, ya se sabe. Y como nunca falta alguien que quiera aprovecharse del fracaso ajeno para hurgar en la herida, un día, al llegar nuestro protagonista al bar, uno de la cuadrilla le espetó: -Parece ser que, pese a tu fama, no has podido con tu “vecinita”, que te ha dejado por otro. Quizás es que la chica de Tomás sea mucha mujer “pa” ti. Claro que porque con una no puedas, no pasa “ná”.
Aquello le sentó como un tiro. Y herido en su orgullo, porque las cosas difíciles se desean mucho más, y porque, en el fondo, la moza le gustaba, y no poco, les juró a los presentes:
-Por estas, que me caso con la Elisa, y si no, me voy del pueblo.
Y desde ese mismo instante comenzó a tirarle los tejos, con toda su experiencia y todas sus fuerzas. Morigeró sus costumbres, dejando de alternar con ciertos amigotes y recogiéndose a tempranas horas Se hacía el encontradizo con ella cuantas veces podía. Le hablaba con el mayor respeto y sus palabras estaban ahora llenas de buenas intenciones, en vez de deseos indecorosos. En esas se estuvo varios meses, y tanto se esforzó en conseguir su cariño, aunque ya lo tenía sin él saberlo, que llegó a poseer las cuatro eses, como se dice en el capítulo 34, del libro I de “El Quijote”: …no sólo las cuatro eses que dicen han de tener los buenos enamorados, sino un abecé entero…
-¿Y cuáles son esas cuatro eses, si las sabes?, preguntó Luca.
-Claro que las sé, respondió Luis. Barahona de Soto las explica en sus “Lágrimas de Angélica”, y son estas: Sabio en servir…;Solo en amar…;Solícito en buscar… y Secreto en sus favores….
Pero la muchacha, aconsejada siempre por la hermana, seguía contestando a las pretensiones del otro con unas negativas rotundas, aunque corteses y, digamos, dubitativas, lo cual hacía que el otro viese alguna posibilidad de triunfo para sus aspiraciones. Y así, un día y otro día, y un mes y otro mes pasó… él, pidiéndole continuamente que se casaran, y ella respondiendo que, ya era tarde, que otro se le había adelantado. Hasta que el mozo tiró por la calle de en medio. Así una noche, cuando supuso que la familia estaría empezando a cenar, se presentó en la casa de Elisa y les dijo:
-Buenas noches, señor Tomás y la compaña. Pido disculpas, porque sé que no está bien presentarse a estas horas, pero es que ya no puedo más. Mire usted, yo quiero a su hija con toda mi alma y estoy como loco por casarme con ella, y quería saber si a usted le parece bien.
-Hombre a mí parecerme, lo que es parecerme, no me parece mal, porque os conozco bien a ti y a tu familia, y sé que sois buenas gentes, de las de verdad. No me disgustarías como yerno, pero estarás conmigo en que quien tiene que decidir es la chica.
-Padre, intervino Elisa, prefiero darle la contestación a solas, así que, si a usted no le importa, nos salimos los dos al portal, y ahí hablamos.
Eso hicieron, y cuando estuvieron en la penumbra del zaguán, lo primero que hizo ella fue besarle, y luego le dijo:
-¡Tonto, más que tonto! ¿A quién voy a querer yo, si no es a ti?
Y luego llegó, lo que tenía que llegar. Eso de la felicidad, y lo de comer perdices, etc. etc.
Diciembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso, el 2 de diciembre de 2011
Ramón Serrano G
Al llegar el primer fin de semana las dos hermanas subieron a la alcoba de Elisa para poder hablar del tema sin que las molestasen sus padres. Tomó la palabra Gloria y dijo:
-Mira, si como parece, el muchacho no es que no te disguste, sino que además estarías muy dispuesta a casarte con él, lo que hay que hacer es irlo preparando para que acabe mordiendo el anzuelo. Tú sabes que muchas personas son buenas, pero un tanto engolletadas, y por eso si no obtienen fácilmente los resultados apetecidos, se encelan y dedican todo su empeño en no fracasar en algo que ellas esperaban conseguir con relativa sencillez. Esto suele ocurrir en muchas circunstancias de la vida, pero en el amor se da con absoluta seguridad. Y mucho más si la mujer le sabe dar achares al hombre. Achararlo una miajita. Sí, esos “tormentos” que dicen los calés. Sabrás que en Egipto hay un dicho que habla de que a veces se puede vivir con una mujer, pero nunca se puede vivir sin una mujer. Y a este le va a pasar eso. Vamos a hacer lo siguiente… Y le explicó el plan a seguir.
Las dos próximas veces que Elisa se cruzó con su vecino, este le reiteró sus “camelos”, a los que ella sólo le respondió con un escueto y correcto: -Buenos días. Pero al tercero, ya no se conformó con eso y le dijo seriamente: -Por favor Jorge, te agradecería que no me siguieses hablando de esas cosas porque he adquirido un compromiso que voy a respetar por encima de todo. Él se quedó con una cara de gran extrañeza y se fue al bar. Al llegar, y antes de pedir una copa, le dijo a los amigos:
-¿Alguno de vosotros sabéis si mi vecina Elisa se ha hecho novia?
-Claro, le contestaron. El mes pasado. Si lo sabe todo el mundo. De lo que no nos hemos podido enterar es con quien.
Como es fácil imaginar, ese conocimiento lo tenían porque Gloria se había encargado de que alguien soltase, distraídamente, frases sueltas por varios lugares del pueblo. También hizo que a su hermana le llegasen cartas, escritas como es natural por ella misma, y que el cartero entregaba en la casa familiar, sin recatarse en decir a quien pasase por la acera en ese momento:-Mucho le escriben a esta. Yo creo que tendremos boda pronto.
Por esos días llegó un joven a hacer la inspección rutinaria a la oficina de Correos, y le faltó tiempo para invitarlo a cenar a casa de sus padres. Luego, dos domingos seguidos, hizo que la hermana cogiese el tren y se fuese a pasar el día a la capital, habiendo hecho correr la voz que su destino era para conocer mejor a los futuros suegros. Y te diré, por último, que una noche, a la hora en que Jorge solía volver a cenar, se vistió con un traje de su padre, se caló un sombrero, y se puso a hablar con su hermana en la puerta, ella de espaldas y Elisa de frente, dejándose ver bien. Desde luego, no le faltaba imaginación a la hermana mayor en su papel de “celestina”.
Todos estos sucedidos corrieron por el lugar como reguero de pólvora, siendo el tema principal de muchas tertulias. En los pueblos, ya se sabe. Y como nunca falta alguien que quiera aprovecharse del fracaso ajeno para hurgar en la herida, un día, al llegar nuestro protagonista al bar, uno de la cuadrilla le espetó: -Parece ser que, pese a tu fama, no has podido con tu “vecinita”, que te ha dejado por otro. Quizás es que la chica de Tomás sea mucha mujer “pa” ti. Claro que porque con una no puedas, no pasa “ná”.
Aquello le sentó como un tiro. Y herido en su orgullo, porque las cosas difíciles se desean mucho más, y porque, en el fondo, la moza le gustaba, y no poco, les juró a los presentes:
-Por estas, que me caso con la Elisa, y si no, me voy del pueblo.
Y desde ese mismo instante comenzó a tirarle los tejos, con toda su experiencia y todas sus fuerzas. Morigeró sus costumbres, dejando de alternar con ciertos amigotes y recogiéndose a tempranas horas Se hacía el encontradizo con ella cuantas veces podía. Le hablaba con el mayor respeto y sus palabras estaban ahora llenas de buenas intenciones, en vez de deseos indecorosos. En esas se estuvo varios meses, y tanto se esforzó en conseguir su cariño, aunque ya lo tenía sin él saberlo, que llegó a poseer las cuatro eses, como se dice en el capítulo 34, del libro I de “El Quijote”: …no sólo las cuatro eses que dicen han de tener los buenos enamorados, sino un abecé entero…
-¿Y cuáles son esas cuatro eses, si las sabes?, preguntó Luca.
-Claro que las sé, respondió Luis. Barahona de Soto las explica en sus “Lágrimas de Angélica”, y son estas: Sabio en servir…;Solo en amar…;Solícito en buscar… y Secreto en sus favores….
Pero la muchacha, aconsejada siempre por la hermana, seguía contestando a las pretensiones del otro con unas negativas rotundas, aunque corteses y, digamos, dubitativas, lo cual hacía que el otro viese alguna posibilidad de triunfo para sus aspiraciones. Y así, un día y otro día, y un mes y otro mes pasó… él, pidiéndole continuamente que se casaran, y ella respondiendo que, ya era tarde, que otro se le había adelantado. Hasta que el mozo tiró por la calle de en medio. Así una noche, cuando supuso que la familia estaría empezando a cenar, se presentó en la casa de Elisa y les dijo:
-Buenas noches, señor Tomás y la compaña. Pido disculpas, porque sé que no está bien presentarse a estas horas, pero es que ya no puedo más. Mire usted, yo quiero a su hija con toda mi alma y estoy como loco por casarme con ella, y quería saber si a usted le parece bien.
-Hombre a mí parecerme, lo que es parecerme, no me parece mal, porque os conozco bien a ti y a tu familia, y sé que sois buenas gentes, de las de verdad. No me disgustarías como yerno, pero estarás conmigo en que quien tiene que decidir es la chica.
-Padre, intervino Elisa, prefiero darle la contestación a solas, así que, si a usted no le importa, nos salimos los dos al portal, y ahí hablamos.
Eso hicieron, y cuando estuvieron en la penumbra del zaguán, lo primero que hizo ella fue besarle, y luego le dijo:
-¡Tonto, más que tonto! ¿A quién voy a querer yo, si no es a ti?
Y luego llegó, lo que tenía que llegar. Eso de la felicidad, y lo de comer perdices, etc. etc.
Diciembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso, el 2 de diciembre de 2011
Ir a pescar (I)
Ir a pescar (I)
Ramón Serrano G.
Para N.L., por su gran afición a la lectura.
-Luis, le dije, muchas veces, cuando me relatas esas historias, me parece que eres tú quien las ha vivido, aunque siempre pongas la acción en otros personajes. Y entonces, sé muchas cosas, pero apenas nada de ti.
-No Luca. Ten por seguro que jamás soy yo el protagonista de mis relatos. Y si lo fuese de alguno, te lo diría. Así que, lo que te cuento lo conozco por haberlo vivido o por haberlo escuchado en boca de otros.
-Bueno, pues aunque no te haya ocurrido a ti personalmente, me gustaría oírte algún suceso de esos que tan bien te sabes. Algún viaje, un devaneo, lo que quieras, pero algo para pasar el rato.
-Pues te contaré los amores, que no hace muchos años, mantuvieron una pareja en un pueblo castellano. Jorge y Elisa se llamaban y vivían en la misma calle. Casi enfrente el uno de la otra. Él, de familia muy acomodada, tendría ya los veinticinco cumplidos. Bien parecido, no pudo, o no quiso, acabar los estudios de leyes, y su trabajo consistía en relevar a su padre en el comercio de ropas y tejidos que tenían, para que este se dedicara por entero a la agricultura, que no era escasa ocupación, por cierto. Tenía una hermana, Ester, dos años más joven, ya casada, y un hermano, Gregorio, que estaba en la universidad, pues ese sí era un buen estudiante.
-Ella, que frisaría los veinte, trabajaba como vendedora en una panadería, y su hermana Gloria, algo mayor que ella, ya casada, y funcionaria en la oficina de Correos, eran hijas de Tomás, carpintero de oficio y hombre de bien. Y has de saber que la tal Elisa era guapa de verdad, una garrida moza, y, las dos, de muy buen carácter y mejor educación, por lo que era de mucho agrado el trato con ellas.
- Nuestro protagonista, pese a no ser un mal muchacho, se las daba de galán, y siempre estaba haciendo la rosca a cuantas jóvenes, y no tan jóvenes, podía, y nunca con la intención de conseguir esposa, sino más bien de poder lograr de ellas algún favor sexual, llegando a tener cierta fama de donjuanesco. Pues aunque las costumbres novieras antiguas no eran tan permisivas como las de ahora, siempre se dijo que el roce hace el cariño, pero es que había quienes, tal vez por llegar a ser más queridos, ludían tanto que no dejaban sitio de la amada sin palpar. Pero por decirlo más finamente, era algo así como aquello que Quevedo explica en su “Cuento de cuentos”. O sea, que se andaba a la flor del berro, por lo que, acabado su trabajo, dábase a diversiones y placeres, tratando de descabezar las mejores yerbas. Y aunque no era pretencioso, no le desagradaba que los amigotes le bailasen el agua sobre sus andanzas amatorias.- ¿Sigues con la Blasa, o ya estás buscando a otra?, le decían en el bar los más íntimos. O aquello otro de: -¿No sé qué les das, pero es que te cantan en la mano? ¡Qué tío! Y él, aunque sin presumir, como te digo, no le hacía ascos a esos comentarios y a esa fama, que por otra parte le llevaban a no cejar en sus galanteos y amoríos.
Y precisamente por ese hábito, y puesto que por su vecindad con Elisa, ambos se cruzaban con harta frecuencia, un día pensó que, si lo hacía con otras muchas, por qué no iba a ver si pescaba algo en las “aguas de la vecinita”, la cual, como antes te dije, era un “pescado” muy apetecible. Por ello, siempre que se cruzaba con ella no perdía la ocasión de decirle chicoleos y lisonjas, amén de lanzarle indirectas sobre una posible relación entre ambos, aunque lo único que pretendía de ella, como de tantas otras, era poder llevársela al huerto.
Pero en los pueblos todo se sabe, y esas “aventuras” también las conocía Elisa que, además de guapa, era lista. Como listas son la gran mayoría de las mujeres en muchas cosas, pero, sobre todo, en eso de adivinar cuáles son los verdaderos deseos de aquellos que se acercan a ellas y empiezan a “arrastrar el ala”. Y tan es así, que puedo asegurarte, que tan sólo son engañadas aquellas que quieren serlo, que la que no, bien sabe defenderse, pues de inmediato “huelen” si el que llega, los que trae son nobles o aviesos propósitos.
En esas, el uno, erre que erre con sus argucias, y la otra, una y otra vez, dándole de lado, porque estaba muy dichosa de que se hubiese fijado en ella, lo que en el fondo le gustaba, y bastante, pero para nada le concedería ni la más mínima de sus pretensiones. Al principio, con más educación que agrado, se sonreía ante los requiebros, pero al poco, la insistencia en los mismos y la subida de tono de alguno de ellos, hicieron que se agotara su paciencia cansada, hasta la saciedad, de oír lo mismo y con el mimo fin.
Y un buen día, hablando con su hermana, le comentó su hartazgo y la indecisión de encontrar una fórmula para acabar con la situación de una forma digna y sin que surgiese desavenencia alguna entre las familias. Y Gloria, sin pensárselo dos veces, le dijo:
-Pero, vamos a ver, a ti Jorge, ¿te gusta o no te gusta?
-Pues claro que me gusta. Y mucho. Tanto, que me casaría con él de buena gana. Lo que no le voy a consentir es que esté tonteando conmigo, como ya lo ha hecho con otras, para pasar un rato y, si le dejo, manosearme, o lo que sea menester.
-Bueno, si es así, déjame un par de días, que vamos a poner en marcha un plan que nos va a dar muy buen resultado. Ya verás.
Noviembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de noviembre de 2011
Ramón Serrano G.
Para N.L., por su gran afición a la lectura.
-Luis, le dije, muchas veces, cuando me relatas esas historias, me parece que eres tú quien las ha vivido, aunque siempre pongas la acción en otros personajes. Y entonces, sé muchas cosas, pero apenas nada de ti.
-No Luca. Ten por seguro que jamás soy yo el protagonista de mis relatos. Y si lo fuese de alguno, te lo diría. Así que, lo que te cuento lo conozco por haberlo vivido o por haberlo escuchado en boca de otros.
-Bueno, pues aunque no te haya ocurrido a ti personalmente, me gustaría oírte algún suceso de esos que tan bien te sabes. Algún viaje, un devaneo, lo que quieras, pero algo para pasar el rato.
-Pues te contaré los amores, que no hace muchos años, mantuvieron una pareja en un pueblo castellano. Jorge y Elisa se llamaban y vivían en la misma calle. Casi enfrente el uno de la otra. Él, de familia muy acomodada, tendría ya los veinticinco cumplidos. Bien parecido, no pudo, o no quiso, acabar los estudios de leyes, y su trabajo consistía en relevar a su padre en el comercio de ropas y tejidos que tenían, para que este se dedicara por entero a la agricultura, que no era escasa ocupación, por cierto. Tenía una hermana, Ester, dos años más joven, ya casada, y un hermano, Gregorio, que estaba en la universidad, pues ese sí era un buen estudiante.
-Ella, que frisaría los veinte, trabajaba como vendedora en una panadería, y su hermana Gloria, algo mayor que ella, ya casada, y funcionaria en la oficina de Correos, eran hijas de Tomás, carpintero de oficio y hombre de bien. Y has de saber que la tal Elisa era guapa de verdad, una garrida moza, y, las dos, de muy buen carácter y mejor educación, por lo que era de mucho agrado el trato con ellas.
- Nuestro protagonista, pese a no ser un mal muchacho, se las daba de galán, y siempre estaba haciendo la rosca a cuantas jóvenes, y no tan jóvenes, podía, y nunca con la intención de conseguir esposa, sino más bien de poder lograr de ellas algún favor sexual, llegando a tener cierta fama de donjuanesco. Pues aunque las costumbres novieras antiguas no eran tan permisivas como las de ahora, siempre se dijo que el roce hace el cariño, pero es que había quienes, tal vez por llegar a ser más queridos, ludían tanto que no dejaban sitio de la amada sin palpar. Pero por decirlo más finamente, era algo así como aquello que Quevedo explica en su “Cuento de cuentos”. O sea, que se andaba a la flor del berro, por lo que, acabado su trabajo, dábase a diversiones y placeres, tratando de descabezar las mejores yerbas. Y aunque no era pretencioso, no le desagradaba que los amigotes le bailasen el agua sobre sus andanzas amatorias.- ¿Sigues con la Blasa, o ya estás buscando a otra?, le decían en el bar los más íntimos. O aquello otro de: -¿No sé qué les das, pero es que te cantan en la mano? ¡Qué tío! Y él, aunque sin presumir, como te digo, no le hacía ascos a esos comentarios y a esa fama, que por otra parte le llevaban a no cejar en sus galanteos y amoríos.
Y precisamente por ese hábito, y puesto que por su vecindad con Elisa, ambos se cruzaban con harta frecuencia, un día pensó que, si lo hacía con otras muchas, por qué no iba a ver si pescaba algo en las “aguas de la vecinita”, la cual, como antes te dije, era un “pescado” muy apetecible. Por ello, siempre que se cruzaba con ella no perdía la ocasión de decirle chicoleos y lisonjas, amén de lanzarle indirectas sobre una posible relación entre ambos, aunque lo único que pretendía de ella, como de tantas otras, era poder llevársela al huerto.
Pero en los pueblos todo se sabe, y esas “aventuras” también las conocía Elisa que, además de guapa, era lista. Como listas son la gran mayoría de las mujeres en muchas cosas, pero, sobre todo, en eso de adivinar cuáles son los verdaderos deseos de aquellos que se acercan a ellas y empiezan a “arrastrar el ala”. Y tan es así, que puedo asegurarte, que tan sólo son engañadas aquellas que quieren serlo, que la que no, bien sabe defenderse, pues de inmediato “huelen” si el que llega, los que trae son nobles o aviesos propósitos.
En esas, el uno, erre que erre con sus argucias, y la otra, una y otra vez, dándole de lado, porque estaba muy dichosa de que se hubiese fijado en ella, lo que en el fondo le gustaba, y bastante, pero para nada le concedería ni la más mínima de sus pretensiones. Al principio, con más educación que agrado, se sonreía ante los requiebros, pero al poco, la insistencia en los mismos y la subida de tono de alguno de ellos, hicieron que se agotara su paciencia cansada, hasta la saciedad, de oír lo mismo y con el mimo fin.
Y un buen día, hablando con su hermana, le comentó su hartazgo y la indecisión de encontrar una fórmula para acabar con la situación de una forma digna y sin que surgiese desavenencia alguna entre las familias. Y Gloria, sin pensárselo dos veces, le dijo:
-Pero, vamos a ver, a ti Jorge, ¿te gusta o no te gusta?
-Pues claro que me gusta. Y mucho. Tanto, que me casaría con él de buena gana. Lo que no le voy a consentir es que esté tonteando conmigo, como ya lo ha hecho con otras, para pasar un rato y, si le dejo, manosearme, o lo que sea menester.
-Bueno, si es así, déjame un par de días, que vamos a poner en marcha un plan que nos va a dar muy buen resultado. Ya verás.
Noviembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de noviembre de 2011
domingo, 6 de noviembre de 2011
Impertinente
¿Impertinente?
¿Fue porque sí, o supiste lo que hacías?
¿Salióte al pronto, o estuvo meditado?
Yo creo que, al fin, como un hombre educado,
dijiste aquello que decir querías.
No cabe en ti ilógica sentencia,
ni verbo, no sujeto a tu albedrío,
que tienes la virtud, el poderío,
de dejar atónita a tu audiencia,
con tus epítetos cabales y certeros;
dictámenes, en todo, verdaderos,
que dejan hacia ti, cordial y adicto,
a quien acaba de oír tu veredicto.
Por eso -dije yo- no hubo viviente,
que más bien, o mejor me definiera,
que hicieras tú, así, de gran manera,
llamándome en gran tono: “Impertinente”
Contestarte pensé, pero me aduje: Tente quieto,
que hay ocasiones en las que procede
el dejar que la cosa así se quede,
ya que a oír la verdad se debe estar asueto.
Nada de discutir, o alzar el gallo,
y nada de meterse en discusiones.
Quien obró así, tendría sus razones.
¡Déjalo estar! Mejor no meneallo.
Pero sí he de decir que, a mí, extrañóme,
que viniendo de ser tan generoso,
se me aplicase sólo un cualitativo.
Y por pensar en esa cosa diome,
y rebiné: Si el insultar es gratis, no oneroso,
¿por qué tan sólo un calificativo?
Si hubiese sido ese, o aquél, u otro sujeto,
quien me hubiese endilgado el adjetivo,
quien de forma tan ruin me retratara,
es que no sabe más, yo me pensara,
o es que no quiere ser reiterativo,
o ya está demodé, o aun obsoleto.
El dardo vino bien y diome en la diana,
pero al ser, como fue, tan sólo uno,
quedó en mi alma un ronroneo perruno,
y callé, pero fue de mala gana.
Y no debí callar. Debí decille:
-Nadando como estás en la opulencia,
de palabras, ideas y saberes,
siendo tan generoso como eres,
no has tenido conmigo la clemencia,
de regalarme otros muchos pareceres,
conformándome con una “impertinencia”.
-Me pudiste llamar: chinche, engreído,
fatuo, molesto, acaso intemperante,
descarado, grosero, muy cargante,
inoportuno, tieso o poseído.
¿Y por qué no tacharme de imprudente?,
¿de chulito quizás?, ¿de inoportuno?,
de atrevido, pesado o insolente.
Pero tu dito fue tan sólo uno.
Asombrado dejóme tu mesura
una vez más, que mil veces lo hicieras;
sujetando prudente la tu mano.
Que siempre que algo así te sucediera,
supiste realizar bien tus hechuras,
y no hacer obras propias de un tirano.
Proclamo entonces, admirado de ello,
con la más viva voz, a voz en cuello:
- Muy grande fue, ¡inmensa!, tu clemencia
al tolerar así mi IMPERTINENCIA.
¿Fue porque sí, o supiste lo que hacías?
¿Salióte al pronto, o estuvo meditado?
Yo creo que, al fin, como un hombre educado,
dijiste aquello que decir querías.
No cabe en ti ilógica sentencia,
ni verbo, no sujeto a tu albedrío,
que tienes la virtud, el poderío,
de dejar atónita a tu audiencia,
con tus epítetos cabales y certeros;
dictámenes, en todo, verdaderos,
que dejan hacia ti, cordial y adicto,
a quien acaba de oír tu veredicto.
Por eso -dije yo- no hubo viviente,
que más bien, o mejor me definiera,
que hicieras tú, así, de gran manera,
llamándome en gran tono: “Impertinente”
Contestarte pensé, pero me aduje: Tente quieto,
que hay ocasiones en las que procede
el dejar que la cosa así se quede,
ya que a oír la verdad se debe estar asueto.
Nada de discutir, o alzar el gallo,
y nada de meterse en discusiones.
Quien obró así, tendría sus razones.
¡Déjalo estar! Mejor no meneallo.
Pero sí he de decir que, a mí, extrañóme,
que viniendo de ser tan generoso,
se me aplicase sólo un cualitativo.
Y por pensar en esa cosa diome,
y rebiné: Si el insultar es gratis, no oneroso,
¿por qué tan sólo un calificativo?
Si hubiese sido ese, o aquél, u otro sujeto,
quien me hubiese endilgado el adjetivo,
quien de forma tan ruin me retratara,
es que no sabe más, yo me pensara,
o es que no quiere ser reiterativo,
o ya está demodé, o aun obsoleto.
El dardo vino bien y diome en la diana,
pero al ser, como fue, tan sólo uno,
quedó en mi alma un ronroneo perruno,
y callé, pero fue de mala gana.
Y no debí callar. Debí decille:
-Nadando como estás en la opulencia,
de palabras, ideas y saberes,
siendo tan generoso como eres,
no has tenido conmigo la clemencia,
de regalarme otros muchos pareceres,
conformándome con una “impertinencia”.
-Me pudiste llamar: chinche, engreído,
fatuo, molesto, acaso intemperante,
descarado, grosero, muy cargante,
inoportuno, tieso o poseído.
¿Y por qué no tacharme de imprudente?,
¿de chulito quizás?, ¿de inoportuno?,
de atrevido, pesado o insolente.
Pero tu dito fue tan sólo uno.
Asombrado dejóme tu mesura
una vez más, que mil veces lo hicieras;
sujetando prudente la tu mano.
Que siempre que algo así te sucediera,
supiste realizar bien tus hechuras,
y no hacer obras propias de un tirano.
Proclamo entonces, admirado de ello,
con la más viva voz, a voz en cuello:
- Muy grande fue, ¡inmensa!, tu clemencia
al tolerar así mi IMPERTINENCIA.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Cantiga
Cantiga
Ramón Serrano G.
¡Mala la hubisteis hispanos, en esa de Monipodio!
Vos, que supisteis salvar/ con gran sensatez y aplomo,/ un cambio de tomo y lomo/¡sin decir una bobada!,/ ¡sin tener nunca un mal modo!,/y habiendo estado en la nada,/conseguir tenerlo todo./ Cuando parecía ser/ que estabais dando lección/ de un proceder ortodoxo/ en hacer la transición,/no supisteis mantener/ actitud, formas y logros/ y caísteis en un foso/ que fue vuestro perecer:/de la política hacer/ vuestro gran modo de vida/sin pensar nunca jamás,/ que siendo de esa partida/ jodíais a los demás./
Y es que, parece mentira,/ que habiendo nobleza en todos,/(y si no en todos, en muchos);/ un “savoire faire” muy pulido;/ en el comportarse duchos;/ y un humanismo de oro./ Ese por el que suspiran/ francés, castellano o moro/ y quien sea bien nacido./ Que estando prestos a dar,/ pacífica solución! a un muy singular problema,/ clero, milicias y gente,/ nadie, en tan gran ocasión/ pintada sin un cabello/ alguien tuviese la flema/ de manera conveniente/ y con raciocinio obrar,/ llevando a buen puerto aquello/ para haber alzado bien,/ y bien dejado a su vez,/ en el campo y en el foro,/ en el lugar que merece/ esta nuestra “piel de toro”/ que por raza y tradición/ merecía y aún merece./
Se acababa de vivir/ en nuestra querida Iberia/ dictadura cuarentena/ y tenemos que decir/ que al esto finiquitar/ crearonse opiniones:/ para aquél, fue cosa seria,/ y para el otro, una pena./A muchos les daba igual./O sea, que hablando muy mal/ les tocaban los…riñones/ En diciembrera mañana/ se produjo en tierra hispana/ extraordinaria eclosión:/ nació la Constitución,/ votada por mayoría./ Y junto a aquesta alegría,/ que había llegado hasta nos,/debo contaros a vos,/ lo que quiso ser festín,/ pues viviríamos, al fin,/ sin un roce, ni un rasguño;/ la mano abierta, no el puño,/ sin altercado o porfía,/ pensando,… hasta en ser felices./Y es más: en comer perdices./ Al menos, eso creía./ Y ante este buen hacer,/ de Quijanos y de Panzas,/ ante tamaña esperanza/ de pensares e intenciones/ boquiabiertas las naciones/ y algunas aún no creyendo,/ quedaronse admiradas,/ fascinadas, y aplaudiendo./
Iban a ser los autores/ de fantasía tamaña,/ alguien que tuviese maña/ para ejercer de doctores/ que nos supiesen sanar/ de los males padecidos/ anulando los temidos/ que nos pudieran dañar./ Se nos dijo y prometió,/ es más, hasta se juró:/ Vivirán para nosotros./ Por nosotros penarán./ Para ellos nunca obtendrán/ más que alguna sinecura./ Algo de poca montura/ con lo que beneficiar/ sus escuálidos bolsillos/ Unos cuantos “dinerillos”,/ dijeron por no asustarnos./ Su ganancia, será poca/ y su sacrificio, extenso/ Mas ya sabes caro amigo/ a lo que el hombre es propenso./Ya sabes lo que te digo./
Y de los buenos deseos,/ mudaron presto a los hechos./ Buscaron para ejercer/ su acción beneficiadora/ local semicircular,/ y en aquél, hora tras hora,/ laborar y laborar/ que el verlos daba placer,/ dejándose las pestañas/ lograron, con ciertas mañas/ y artes que nombrar da espanto,/el suministrarse tantos/ prebendas y beneficios,/con tan corto sacrificio/¡ tan grande recaudación/ para el resto de su vida,/ que la suya no era vida./ La suya era un bidón./
Y para darles lección,/ llegó allí Pedro Rincón/ viniendo de Cercedilla/ con baraja y con culero./Sentose, y dijo a un vecino:/ Esta es para timar./ El otro, por precaución/ pues quizás me hayan de dar/ por donde amarga el pepino./ Y acudió Diego Cortado/ nacido de un alfayate/ de ascendencia salmantina/ que como buen racional,/ aquello vio, y dijo: ¡Tate!,/ de la aguja y el dedal/ se vive bastante mal./ No tengo otra solución,/ así que me haré ladrón./ Pero ladrón, cosa fina./
Pronto ambos se conocieron,/ y ambos muy pronto intimaron/ y muy pronto se enseñaron/ los dos sus “sabidurías”./ Así que a los pocos días/ eran los dos hacedores/ con los naipes maravillas/ y dos grandes timadores/ desde Gijón a Sevilla./ Y no contentos con eso/-he de decirles también,/y sé muy bien lo que hablo-/ que le robaban a quien/ en ciudad, villa o establo/ abonaban sus impuestos./Presto hicieron compañeros,/ y amigos se hicieron presto/ de muchos otros colegas/, que llenaban sus talegas/ de modo poco correcto./
Y a qué seguir con la historia/ de aquestos, que conocéis por igual/ tú, aquél, u otro mortal/ que haya algo de memoria./ Uno hubo bueno./ Cien malos./ Y como eran mayoría,/ pronto se hicieron jauría,/ con hambre de lobo y zorra,/ y además viviendo bien./ No ya bien, a todo tren,/¡y otros pasando la gorra!./ Todos no son, ya lo sé/ viles, ni tienen por qué./ Pero en política vida/ igual que en otra movida/ los hay buenos, y haylos malos./ Y ante esta cantinela/ cada quien tenga su palo/ y el palo aguante su vela./
Paro ya, pues es sabido/ lo que tiene acontecido/ en este país tan raro./ Millones hay en el paro/ mientras otros en su ”nido”/ no se cansan de “piar”/ por conseguir su yantar./ ¡Pájaros de mal agüero!,/ Hartos estáis de dineros/ ganados con malas mañas,/ y siendo unos torticeros./ Supisteis trepar al podio,/ pero habéis hecho de España/ un patio de Monipodio/
Y este ha sido mi cantar/ con el que os quise alegrar/ aunque metiese algún ripio./ Quedo yo con mi pesar/ sin querer participar/ del dolor que participio/.
Noviembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de noviembre de 2011
Ramón Serrano G.
¡Mala la hubisteis hispanos, en esa de Monipodio!
Vos, que supisteis salvar/ con gran sensatez y aplomo,/ un cambio de tomo y lomo/¡sin decir una bobada!,/ ¡sin tener nunca un mal modo!,/y habiendo estado en la nada,/conseguir tenerlo todo./ Cuando parecía ser/ que estabais dando lección/ de un proceder ortodoxo/ en hacer la transición,/no supisteis mantener/ actitud, formas y logros/ y caísteis en un foso/ que fue vuestro perecer:/de la política hacer/ vuestro gran modo de vida/sin pensar nunca jamás,/ que siendo de esa partida/ jodíais a los demás./
Y es que, parece mentira,/ que habiendo nobleza en todos,/(y si no en todos, en muchos);/ un “savoire faire” muy pulido;/ en el comportarse duchos;/ y un humanismo de oro./ Ese por el que suspiran/ francés, castellano o moro/ y quien sea bien nacido./ Que estando prestos a dar,/ pacífica solución! a un muy singular problema,/ clero, milicias y gente,/ nadie, en tan gran ocasión/ pintada sin un cabello/ alguien tuviese la flema/ de manera conveniente/ y con raciocinio obrar,/ llevando a buen puerto aquello/ para haber alzado bien,/ y bien dejado a su vez,/ en el campo y en el foro,/ en el lugar que merece/ esta nuestra “piel de toro”/ que por raza y tradición/ merecía y aún merece./
Se acababa de vivir/ en nuestra querida Iberia/ dictadura cuarentena/ y tenemos que decir/ que al esto finiquitar/ crearonse opiniones:/ para aquél, fue cosa seria,/ y para el otro, una pena./A muchos les daba igual./O sea, que hablando muy mal/ les tocaban los…riñones/ En diciembrera mañana/ se produjo en tierra hispana/ extraordinaria eclosión:/ nació la Constitución,/ votada por mayoría./ Y junto a aquesta alegría,/ que había llegado hasta nos,/debo contaros a vos,/ lo que quiso ser festín,/ pues viviríamos, al fin,/ sin un roce, ni un rasguño;/ la mano abierta, no el puño,/ sin altercado o porfía,/ pensando,… hasta en ser felices./Y es más: en comer perdices./ Al menos, eso creía./ Y ante este buen hacer,/ de Quijanos y de Panzas,/ ante tamaña esperanza/ de pensares e intenciones/ boquiabiertas las naciones/ y algunas aún no creyendo,/ quedaronse admiradas,/ fascinadas, y aplaudiendo./
Iban a ser los autores/ de fantasía tamaña,/ alguien que tuviese maña/ para ejercer de doctores/ que nos supiesen sanar/ de los males padecidos/ anulando los temidos/ que nos pudieran dañar./ Se nos dijo y prometió,/ es más, hasta se juró:/ Vivirán para nosotros./ Por nosotros penarán./ Para ellos nunca obtendrán/ más que alguna sinecura./ Algo de poca montura/ con lo que beneficiar/ sus escuálidos bolsillos/ Unos cuantos “dinerillos”,/ dijeron por no asustarnos./ Su ganancia, será poca/ y su sacrificio, extenso/ Mas ya sabes caro amigo/ a lo que el hombre es propenso./Ya sabes lo que te digo./
Y de los buenos deseos,/ mudaron presto a los hechos./ Buscaron para ejercer/ su acción beneficiadora/ local semicircular,/ y en aquél, hora tras hora,/ laborar y laborar/ que el verlos daba placer,/ dejándose las pestañas/ lograron, con ciertas mañas/ y artes que nombrar da espanto,/el suministrarse tantos/ prebendas y beneficios,/con tan corto sacrificio/¡ tan grande recaudación/ para el resto de su vida,/ que la suya no era vida./ La suya era un bidón./
Y para darles lección,/ llegó allí Pedro Rincón/ viniendo de Cercedilla/ con baraja y con culero./Sentose, y dijo a un vecino:/ Esta es para timar./ El otro, por precaución/ pues quizás me hayan de dar/ por donde amarga el pepino./ Y acudió Diego Cortado/ nacido de un alfayate/ de ascendencia salmantina/ que como buen racional,/ aquello vio, y dijo: ¡Tate!,/ de la aguja y el dedal/ se vive bastante mal./ No tengo otra solución,/ así que me haré ladrón./ Pero ladrón, cosa fina./
Pronto ambos se conocieron,/ y ambos muy pronto intimaron/ y muy pronto se enseñaron/ los dos sus “sabidurías”./ Así que a los pocos días/ eran los dos hacedores/ con los naipes maravillas/ y dos grandes timadores/ desde Gijón a Sevilla./ Y no contentos con eso/-he de decirles también,/y sé muy bien lo que hablo-/ que le robaban a quien/ en ciudad, villa o establo/ abonaban sus impuestos./Presto hicieron compañeros,/ y amigos se hicieron presto/ de muchos otros colegas/, que llenaban sus talegas/ de modo poco correcto./
Y a qué seguir con la historia/ de aquestos, que conocéis por igual/ tú, aquél, u otro mortal/ que haya algo de memoria./ Uno hubo bueno./ Cien malos./ Y como eran mayoría,/ pronto se hicieron jauría,/ con hambre de lobo y zorra,/ y además viviendo bien./ No ya bien, a todo tren,/¡y otros pasando la gorra!./ Todos no son, ya lo sé/ viles, ni tienen por qué./ Pero en política vida/ igual que en otra movida/ los hay buenos, y haylos malos./ Y ante esta cantinela/ cada quien tenga su palo/ y el palo aguante su vela./
Paro ya, pues es sabido/ lo que tiene acontecido/ en este país tan raro./ Millones hay en el paro/ mientras otros en su ”nido”/ no se cansan de “piar”/ por conseguir su yantar./ ¡Pájaros de mal agüero!,/ Hartos estáis de dineros/ ganados con malas mañas,/ y siendo unos torticeros./ Supisteis trepar al podio,/ pero habéis hecho de España/ un patio de Monipodio/
Y este ha sido mi cantar/ con el que os quise alegrar/ aunque metiese algún ripio./ Quedo yo con mi pesar/ sin querer participar/ del dolor que participio/.
Noviembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de noviembre de 2011
jueves, 20 de octubre de 2011
El cristal
El cristal
Ramón Serrano G.
“…Cuando yo me muera, no quiero las pálidas luces, ni los lutos…” . Juan Torres Grueso.
Aún no hace ni veinticuatro horas que estaba vivo. Vivo sí, eso digo y digo bien, pues aunque en esos momentos únicamente me funcionara el cerebro, es más que probado que un hombre continúa “existiendo” mientras su cabeza siga siendo capaz de discerner y razonar. Y ella sí que actuaba, repito, mientras que los restantes miembros de mi cuerpo estaban, o muy deteriorados, o inertes hacía cantidad de tiempo. Tanto, que al muy poco fallaron todos a la vez y dejé de tener eso que siempre se ha llamado vida.
Y aquí me encuentro hoy, solo y a oscuras, en la sencilla habitación de un tanatorio, alojado en un ataúd forrado, excesiva e inútilmente, en su interior, ya que la única finalidad de ese acolchado consiste en que el costo del féretro sea mayor, pues poca es la comodidad que el cliente puede notar en su estadía, o al menos nadie dio nunca cuenta de ella, si es que la tuvo. No hay ramos ni coronas en mi derredor, pues se han cumplido fielmente mis deseos de no traerlas. Y no es que no me agraden las flores, que siempre me gustaron y mucho, y cuyo regalo me ha parecido un obsequio exquisito, pero si es para una mujer o para un hogar. Pienso que el dinero empleado en llevarlas a un difunto estaría mejor gastado remediando un algo las necesidades de algún menesteroso.
Tres de las paredes del antedicho cuarto son de mampostería, mientras que en la que está frente a mí, han instalado un gran cristal rectangular, que, a simple vista, parece un vidrio normal, pero que no lo es, en absoluto, por lo que a continuación he de explicar. Tras él, hay una sala en la que dialogan deudos, amigos, vecinos y conocidos, que han acudido a dar cumplimiento y testimonio de un pesar, sincero en unos y fingido en otros, pero siempre socialmente correcto. A su llegada, todos han empezado hablando sobre mí, de sus recuerdos y sus vivencias conmigo, o de mi forma de ser y de pensar. Pero la mayoría han abandonado pronto esos temas, y sus charlas se ocupan de asuntos más o menos triviales, y, por supuesto, muy distintos a los que les han llevado hasta allí.
Algunos miran a través de ese cristal, e incluso piden que se encienda la luz para una mejor observación de mis restos, y entonces, creen erróneamente que me ven. Porque no, no me están viendo realmente como soy. Quizás, como era. En eso precisamente reside la raridad del cristal. En que ellos, desde fuera, perciben tan solo la visión de un espectro. De algo que antes fue y ahora no es. De alguien que ya se ha ido a un mundo del que nada se sabe con absoluta certeza, pese a lo mucho que sobre él se ha elucubrado y se ha escrito. Si acaso se presume, y no es poco suponer, que quien allí está, no sufre, ni padece, ni tiene necesidad de ningún tipo, y se mantendrá para in sécula seculorum en una actitud de total pasividad y, tal vez, contemplativa. Quizás sea por esa incertidumbre del lugar, las condiciones y el tiempo de permanencia en ese sitio de los que allí nos encontramos, que los que aquí se quedan suelen tardar poco, muy poco, excesivamente poco, en relegarnos al olvido, o, como mucho, acordarse muy circunstancialmente de nosotros.
Reitero que los conversadores y mirones de aquel lado sólo saben, y puede que no mucho, del mundo en que se hallan, y al que yo pertenecí hasta ayer mismo. Pero desconocen por completo este al que apenas he llegado; en el que estoy ahora y en el que estaré ad aeternum. Por tanto no tienen capacidad para comprender lo poco que están, o creen estar viendo. Mientras que yo, que ya he salido de las fronteras del suyo, y aunque tengo escaso tiempo, ya que en unas horas me inhumarán o me llevarán al crematorio (pido exclusiva e imperiosamente la segunda opción), desde este lado, sí que distingo y valoro sus obras y las mías, antiguas y recientes. Y contemplo sus y mis sentimientos, ya nobles, ya taimados. Su, y mi personalidad, generosa o egoísta. En una palabra, la auténtica realidad de cada uno. De cómo fueron, cómo son y cómo fui. Del comportamiento y las formas. Y al hacerlo he conocido de verdad mi forma de ser y la ajena. Juan Torres lo apuntaba: “…Y que allá, en mi calavera / vean mis ojos abiertos / el misterio de la vida / en la muerte que ahora llevo..”. Si hay que ser juzgados, no me corresponde a mí ser mi propio inquisidor, y sobre ellos, ya me cuidaré muy mucho de emitir juicio alguno, ya fuere bueno o malo. Si acaso lo que haré, al igual que la mayoría de los que me precedieron en el viaje definitivo a este barrio, será intentar que mi espíritu recuerde agradecido a quienes me trataron de benigno modo y no guarde rencor a quien pudiera haberme lastimado.
He deseado con estas palabras demostrar la importancia de ese cristal que nos separa a vivos y finados, y las distintas visuras que se aprecian si es este o aquel el lado en que nos encontramos. Desde el mío se divisan demasiadas luchas, bastantes afanes y algunas esperanzas. Desde el otro lado, quietud, sosiego y paz, o, al menos, eso esperé siempre.
Aquí, como ya digo, a una zona del cristal se hallan los que todavía andan peregrinando su vivir, y al otro los que hemos dejado de hacerlo. Por eso no coincido ya con Campoamor en aquello de que todo es según el color del cristal con que se mira. Creo, más bien, que será de una forma u otra, según sea el lado del cristal desde el que miramos un mundo u otro.
Octubre 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de octubre de 2011
Ramón Serrano G.
“…Cuando yo me muera, no quiero las pálidas luces, ni los lutos…” . Juan Torres Grueso.
Aún no hace ni veinticuatro horas que estaba vivo. Vivo sí, eso digo y digo bien, pues aunque en esos momentos únicamente me funcionara el cerebro, es más que probado que un hombre continúa “existiendo” mientras su cabeza siga siendo capaz de discerner y razonar. Y ella sí que actuaba, repito, mientras que los restantes miembros de mi cuerpo estaban, o muy deteriorados, o inertes hacía cantidad de tiempo. Tanto, que al muy poco fallaron todos a la vez y dejé de tener eso que siempre se ha llamado vida.
Y aquí me encuentro hoy, solo y a oscuras, en la sencilla habitación de un tanatorio, alojado en un ataúd forrado, excesiva e inútilmente, en su interior, ya que la única finalidad de ese acolchado consiste en que el costo del féretro sea mayor, pues poca es la comodidad que el cliente puede notar en su estadía, o al menos nadie dio nunca cuenta de ella, si es que la tuvo. No hay ramos ni coronas en mi derredor, pues se han cumplido fielmente mis deseos de no traerlas. Y no es que no me agraden las flores, que siempre me gustaron y mucho, y cuyo regalo me ha parecido un obsequio exquisito, pero si es para una mujer o para un hogar. Pienso que el dinero empleado en llevarlas a un difunto estaría mejor gastado remediando un algo las necesidades de algún menesteroso.
Tres de las paredes del antedicho cuarto son de mampostería, mientras que en la que está frente a mí, han instalado un gran cristal rectangular, que, a simple vista, parece un vidrio normal, pero que no lo es, en absoluto, por lo que a continuación he de explicar. Tras él, hay una sala en la que dialogan deudos, amigos, vecinos y conocidos, que han acudido a dar cumplimiento y testimonio de un pesar, sincero en unos y fingido en otros, pero siempre socialmente correcto. A su llegada, todos han empezado hablando sobre mí, de sus recuerdos y sus vivencias conmigo, o de mi forma de ser y de pensar. Pero la mayoría han abandonado pronto esos temas, y sus charlas se ocupan de asuntos más o menos triviales, y, por supuesto, muy distintos a los que les han llevado hasta allí.
Algunos miran a través de ese cristal, e incluso piden que se encienda la luz para una mejor observación de mis restos, y entonces, creen erróneamente que me ven. Porque no, no me están viendo realmente como soy. Quizás, como era. En eso precisamente reside la raridad del cristal. En que ellos, desde fuera, perciben tan solo la visión de un espectro. De algo que antes fue y ahora no es. De alguien que ya se ha ido a un mundo del que nada se sabe con absoluta certeza, pese a lo mucho que sobre él se ha elucubrado y se ha escrito. Si acaso se presume, y no es poco suponer, que quien allí está, no sufre, ni padece, ni tiene necesidad de ningún tipo, y se mantendrá para in sécula seculorum en una actitud de total pasividad y, tal vez, contemplativa. Quizás sea por esa incertidumbre del lugar, las condiciones y el tiempo de permanencia en ese sitio de los que allí nos encontramos, que los que aquí se quedan suelen tardar poco, muy poco, excesivamente poco, en relegarnos al olvido, o, como mucho, acordarse muy circunstancialmente de nosotros.
Reitero que los conversadores y mirones de aquel lado sólo saben, y puede que no mucho, del mundo en que se hallan, y al que yo pertenecí hasta ayer mismo. Pero desconocen por completo este al que apenas he llegado; en el que estoy ahora y en el que estaré ad aeternum. Por tanto no tienen capacidad para comprender lo poco que están, o creen estar viendo. Mientras que yo, que ya he salido de las fronteras del suyo, y aunque tengo escaso tiempo, ya que en unas horas me inhumarán o me llevarán al crematorio (pido exclusiva e imperiosamente la segunda opción), desde este lado, sí que distingo y valoro sus obras y las mías, antiguas y recientes. Y contemplo sus y mis sentimientos, ya nobles, ya taimados. Su, y mi personalidad, generosa o egoísta. En una palabra, la auténtica realidad de cada uno. De cómo fueron, cómo son y cómo fui. Del comportamiento y las formas. Y al hacerlo he conocido de verdad mi forma de ser y la ajena. Juan Torres lo apuntaba: “…Y que allá, en mi calavera / vean mis ojos abiertos / el misterio de la vida / en la muerte que ahora llevo..”. Si hay que ser juzgados, no me corresponde a mí ser mi propio inquisidor, y sobre ellos, ya me cuidaré muy mucho de emitir juicio alguno, ya fuere bueno o malo. Si acaso lo que haré, al igual que la mayoría de los que me precedieron en el viaje definitivo a este barrio, será intentar que mi espíritu recuerde agradecido a quienes me trataron de benigno modo y no guarde rencor a quien pudiera haberme lastimado.
He deseado con estas palabras demostrar la importancia de ese cristal que nos separa a vivos y finados, y las distintas visuras que se aprecian si es este o aquel el lado en que nos encontramos. Desde el mío se divisan demasiadas luchas, bastantes afanes y algunas esperanzas. Desde el otro lado, quietud, sosiego y paz, o, al menos, eso esperé siempre.
Aquí, como ya digo, a una zona del cristal se hallan los que todavía andan peregrinando su vivir, y al otro los que hemos dejado de hacerlo. Por eso no coincido ya con Campoamor en aquello de que todo es según el color del cristal con que se mira. Creo, más bien, que será de una forma u otra, según sea el lado del cristal desde el que miramos un mundo u otro.
Octubre 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de octubre de 2011
jueves, 6 de octubre de 2011
In memoriam
In memoriam
Ramón Serrano G.
Sabemos muy bien que la vida cambia afortunadamente, aunque, a veces y en algunos aspectos, sea para mal, pero muchas también lo hace para bien, y otras sin mejora ni estropicio, sino obligada por la evolución natural del hombre con sus cada vez mayores posibilidades de todo tipo.
Pese a ello, la principal ocupación de los viejos es, ya se sabe, el recordar momentos, sucesos, oficios o costumbres pasados. Tiempos pretéritos que para nosotros suelen ser “pluscuamperfectos”, porque lo fueron así, o porque así preferimos mantenerlos en la memoria. Y uno de estos días, evocando antiguallas, di en pensar, con el mayor agrado, en las plazas. En esos lugares más o menos grandes, o más o menos bellos, que hay en todos los lugares habitados del mundo. Y quiero hacer una sentida añoranza y una breve glosa geográfica e histórica sobre ellas, pidiendo disculpa de antemano porque, citaré algunas, pero he de dejarme muchas, bastantes, por razón de espacio y de conocimientos.
Desde siempre, en todos los lugares, y en todas las civilizaciones, la plaza de un lugar era el sitio de mayor importancia en el desarrollo de todas las actividades. En ellas se comerciaba, se hacían contratos de todas clases, se dialogaba o se paseaba para estar al tanto de lo ocurrido en la política o la sociedad. Incluso se desarrollaban actos tan dispares como la administración de justicia, prácticas religiosas o la prostitución. Eran, indudablemente, el centro neurálgico de las urbes. El sitio donde se dictaban y se difundían las normas por las que se regían los moradores del lugar. Como mejor ejemplo de todo ello, y por resumir, citaré el Ágora ateniense y el Foro romano.
Pero con el paso de los años la mayoría de esas actividades empezaron a ejercerse en locales adecuados y la función placera se vio enormemente reducida. De cualquier modo la plaza continuó siendo el centro neurálgico del pueblo y en ella, o junto a ella, se instalaban cuantos podían, desde el Ayuntamiento, a bancos, comercios o bares, sabedores de que la mayoría de los vecinos tenían que pasar por allí, y que además gustaban de hacerlo, porque ese céntrico lugar era el corazón que movía la sangre necesaria para un buen desarrollo de la vida urbana. Y se las dotaba de cuantos medios fuesen necesarios para hacerlas más cómodas y acogedoras. Por eso, en el norte las había con soportales para guarecerse de la lluvia, y en el sur se llenaban de árboles para protegerse del sol.
Hoy las plazas ya no tienen ese sentido ni esa misión, porque la gente no concurre en ellas, o no la hace con la asiduidad y por las razones anteriormente expuestas. No acuden porque tienen otras ocupaciones para sus ratos de ocio, mucho más interesantes, según su creencia, que el dialogar tranquilamente con sus vecinos y paisanos, y si quieren hacerlo se reúnen. Unos leen, otros se van a jugar al golf, o al tenis, o a hacer pilates, o yoga, y los más, ven esos maravillosos programas televisivos donde se habla a gritos, y se asegura, minuciosamente, de que el novio de cierta cantante se está acostando con una actriz de cine de tres al cuarto. ¡Qué se le va a hacer!
Yo quiero ampliar esta recordación sobre esos tan entrañables lugares, nombrando algunas plazas del mundo que son muy famosas por varias razones, y consciente de que cualquiera de ustedes podría citar muchas más. Unas porque han sido escenario de sucesos políticos de gran trascendencia. Así, la de Tian’anmen, en Pekín; la de Mayo, en Buenos Aires; la de la Bastilla en París, y, más recientemente, la de Tahrir, en El Cairo.
Otras a destacar por su inmensa belleza, como la Roja, en Moscú; la del Vaticano, en Roma; la Grand Place, en Bruselas; o la Djemaa el Fna, en Marrakech. Todas estas en el extranjero, pero también en nuestro país las hay de una categoría inmensa. Recordemos la Mayor, en Salamanca; la de España, en Sevilla; la del Obradoiro, en Santiago; la de Pedraza; la de Trujillo; o la de Almagro. Cualquiera de ellas es bonita, hasta dejárselo de sobra.
Y finalmente, ruego se me permita sacar de los adentros unas palabras in memoriam de dos costumbres que había, años ha, en la plaza de Tomillares. Es esta hermosa, como hermosa es la tierra donde se ubica, y en ella hay un edificio simbólico y digno de observación: la Posada de los Portales, del siglo XVIII, similar en su estilo a otros existentes en las cercanas poblaciones de Puerto Lápice o Tembleque. Y ocurrían en aquel espacio y por aquellos tiempos cuando yo era niño, dos cosas que recuerdo con mucho agrado. Era una que si llovía con intensidad, se formaban unas corrientes de agua, relativamente importantes, que corrían paralelas desde la calle de D. Víctor hacia la de Socuéllamos. Entonces los empleados municipales, para que la gente pudiese cruzar de un lado a otro, colocaban cuatro “puentecillos” de madera, (tablones, les llamábamos), dos desde la tienda de César hasta la entrada de los carros de la citada Posada de los Portales, y otros dos desde el comercio de aceitunas de Huertas hasta la Posada del Rincón.
La otra imagen que conservo es que, una vez que la venta de comestibles se desplazó hasta el mercado de abastos, toda la plaza estaba invadida a diario, y los domingos abarrotada, por corrillos de hombres, el noventa por ciento de ellos vestidos de uniforme, o sea, con sus boinas bien encasquetadas, sus blusas, más de las de rayas que de las negras, y sus pantalones de pana. Y algunos, bastantes, con su garrota. Allí ellos, amos y señores del recinto, conversaban, trataban, compraban y vendían, o le daban un “repaso” a lo que, o a quien hubiese menester. No se movían de allí, pasara lo que pasase, creándoles verdaderos problemas a los que tenían que cruzar el lugar llevando un carro o un carretón. Y allí se estuvieron, año tras año, hegemónicamente asentados, hasta que la circulación de vehículos a motor se intensificó y acabó con su pacífica estadía placera.
¡Qué buen recuerdo conservo de aquella estampa con la plaza de Tomillares tapizada de blusas y la Posada al fondo!
Octubre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de octubre de 2011
Ramón Serrano G.
Sabemos muy bien que la vida cambia afortunadamente, aunque, a veces y en algunos aspectos, sea para mal, pero muchas también lo hace para bien, y otras sin mejora ni estropicio, sino obligada por la evolución natural del hombre con sus cada vez mayores posibilidades de todo tipo.
Pese a ello, la principal ocupación de los viejos es, ya se sabe, el recordar momentos, sucesos, oficios o costumbres pasados. Tiempos pretéritos que para nosotros suelen ser “pluscuamperfectos”, porque lo fueron así, o porque así preferimos mantenerlos en la memoria. Y uno de estos días, evocando antiguallas, di en pensar, con el mayor agrado, en las plazas. En esos lugares más o menos grandes, o más o menos bellos, que hay en todos los lugares habitados del mundo. Y quiero hacer una sentida añoranza y una breve glosa geográfica e histórica sobre ellas, pidiendo disculpa de antemano porque, citaré algunas, pero he de dejarme muchas, bastantes, por razón de espacio y de conocimientos.
Desde siempre, en todos los lugares, y en todas las civilizaciones, la plaza de un lugar era el sitio de mayor importancia en el desarrollo de todas las actividades. En ellas se comerciaba, se hacían contratos de todas clases, se dialogaba o se paseaba para estar al tanto de lo ocurrido en la política o la sociedad. Incluso se desarrollaban actos tan dispares como la administración de justicia, prácticas religiosas o la prostitución. Eran, indudablemente, el centro neurálgico de las urbes. El sitio donde se dictaban y se difundían las normas por las que se regían los moradores del lugar. Como mejor ejemplo de todo ello, y por resumir, citaré el Ágora ateniense y el Foro romano.
Pero con el paso de los años la mayoría de esas actividades empezaron a ejercerse en locales adecuados y la función placera se vio enormemente reducida. De cualquier modo la plaza continuó siendo el centro neurálgico del pueblo y en ella, o junto a ella, se instalaban cuantos podían, desde el Ayuntamiento, a bancos, comercios o bares, sabedores de que la mayoría de los vecinos tenían que pasar por allí, y que además gustaban de hacerlo, porque ese céntrico lugar era el corazón que movía la sangre necesaria para un buen desarrollo de la vida urbana. Y se las dotaba de cuantos medios fuesen necesarios para hacerlas más cómodas y acogedoras. Por eso, en el norte las había con soportales para guarecerse de la lluvia, y en el sur se llenaban de árboles para protegerse del sol.
Hoy las plazas ya no tienen ese sentido ni esa misión, porque la gente no concurre en ellas, o no la hace con la asiduidad y por las razones anteriormente expuestas. No acuden porque tienen otras ocupaciones para sus ratos de ocio, mucho más interesantes, según su creencia, que el dialogar tranquilamente con sus vecinos y paisanos, y si quieren hacerlo se reúnen. Unos leen, otros se van a jugar al golf, o al tenis, o a hacer pilates, o yoga, y los más, ven esos maravillosos programas televisivos donde se habla a gritos, y se asegura, minuciosamente, de que el novio de cierta cantante se está acostando con una actriz de cine de tres al cuarto. ¡Qué se le va a hacer!
Yo quiero ampliar esta recordación sobre esos tan entrañables lugares, nombrando algunas plazas del mundo que son muy famosas por varias razones, y consciente de que cualquiera de ustedes podría citar muchas más. Unas porque han sido escenario de sucesos políticos de gran trascendencia. Así, la de Tian’anmen, en Pekín; la de Mayo, en Buenos Aires; la de la Bastilla en París, y, más recientemente, la de Tahrir, en El Cairo.
Otras a destacar por su inmensa belleza, como la Roja, en Moscú; la del Vaticano, en Roma; la Grand Place, en Bruselas; o la Djemaa el Fna, en Marrakech. Todas estas en el extranjero, pero también en nuestro país las hay de una categoría inmensa. Recordemos la Mayor, en Salamanca; la de España, en Sevilla; la del Obradoiro, en Santiago; la de Pedraza; la de Trujillo; o la de Almagro. Cualquiera de ellas es bonita, hasta dejárselo de sobra.
Y finalmente, ruego se me permita sacar de los adentros unas palabras in memoriam de dos costumbres que había, años ha, en la plaza de Tomillares. Es esta hermosa, como hermosa es la tierra donde se ubica, y en ella hay un edificio simbólico y digno de observación: la Posada de los Portales, del siglo XVIII, similar en su estilo a otros existentes en las cercanas poblaciones de Puerto Lápice o Tembleque. Y ocurrían en aquel espacio y por aquellos tiempos cuando yo era niño, dos cosas que recuerdo con mucho agrado. Era una que si llovía con intensidad, se formaban unas corrientes de agua, relativamente importantes, que corrían paralelas desde la calle de D. Víctor hacia la de Socuéllamos. Entonces los empleados municipales, para que la gente pudiese cruzar de un lado a otro, colocaban cuatro “puentecillos” de madera, (tablones, les llamábamos), dos desde la tienda de César hasta la entrada de los carros de la citada Posada de los Portales, y otros dos desde el comercio de aceitunas de Huertas hasta la Posada del Rincón.
La otra imagen que conservo es que, una vez que la venta de comestibles se desplazó hasta el mercado de abastos, toda la plaza estaba invadida a diario, y los domingos abarrotada, por corrillos de hombres, el noventa por ciento de ellos vestidos de uniforme, o sea, con sus boinas bien encasquetadas, sus blusas, más de las de rayas que de las negras, y sus pantalones de pana. Y algunos, bastantes, con su garrota. Allí ellos, amos y señores del recinto, conversaban, trataban, compraban y vendían, o le daban un “repaso” a lo que, o a quien hubiese menester. No se movían de allí, pasara lo que pasase, creándoles verdaderos problemas a los que tenían que cruzar el lugar llevando un carro o un carretón. Y allí se estuvieron, año tras año, hegemónicamente asentados, hasta que la circulación de vehículos a motor se intensificó y acabó con su pacífica estadía placera.
¡Qué buen recuerdo conservo de aquella estampa con la plaza de Tomillares tapizada de blusas y la Posada al fondo!
Octubre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de octubre de 2011
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