Ir a pescar (I)
Ramón Serrano G.
Para N.L., por su gran afición a la lectura.
-Luis, le dije, muchas veces, cuando me relatas esas historias, me parece que eres tú quien las ha vivido, aunque siempre pongas la acción en otros personajes. Y entonces, sé muchas cosas, pero apenas nada de ti.
-No Luca. Ten por seguro que jamás soy yo el protagonista de mis relatos. Y si lo fuese de alguno, te lo diría. Así que, lo que te cuento lo conozco por haberlo vivido o por haberlo escuchado en boca de otros.
-Bueno, pues aunque no te haya ocurrido a ti personalmente, me gustaría oírte algún suceso de esos que tan bien te sabes. Algún viaje, un devaneo, lo que quieras, pero algo para pasar el rato.
-Pues te contaré los amores, que no hace muchos años, mantuvieron una pareja en un pueblo castellano. Jorge y Elisa se llamaban y vivían en la misma calle. Casi enfrente el uno de la otra. Él, de familia muy acomodada, tendría ya los veinticinco cumplidos. Bien parecido, no pudo, o no quiso, acabar los estudios de leyes, y su trabajo consistía en relevar a su padre en el comercio de ropas y tejidos que tenían, para que este se dedicara por entero a la agricultura, que no era escasa ocupación, por cierto. Tenía una hermana, Ester, dos años más joven, ya casada, y un hermano, Gregorio, que estaba en la universidad, pues ese sí era un buen estudiante.
-Ella, que frisaría los veinte, trabajaba como vendedora en una panadería, y su hermana Gloria, algo mayor que ella, ya casada, y funcionaria en la oficina de Correos, eran hijas de Tomás, carpintero de oficio y hombre de bien. Y has de saber que la tal Elisa era guapa de verdad, una garrida moza, y, las dos, de muy buen carácter y mejor educación, por lo que era de mucho agrado el trato con ellas.
- Nuestro protagonista, pese a no ser un mal muchacho, se las daba de galán, y siempre estaba haciendo la rosca a cuantas jóvenes, y no tan jóvenes, podía, y nunca con la intención de conseguir esposa, sino más bien de poder lograr de ellas algún favor sexual, llegando a tener cierta fama de donjuanesco. Pues aunque las costumbres novieras antiguas no eran tan permisivas como las de ahora, siempre se dijo que el roce hace el cariño, pero es que había quienes, tal vez por llegar a ser más queridos, ludían tanto que no dejaban sitio de la amada sin palpar. Pero por decirlo más finamente, era algo así como aquello que Quevedo explica en su “Cuento de cuentos”. O sea, que se andaba a la flor del berro, por lo que, acabado su trabajo, dábase a diversiones y placeres, tratando de descabezar las mejores yerbas. Y aunque no era pretencioso, no le desagradaba que los amigotes le bailasen el agua sobre sus andanzas amatorias.- ¿Sigues con la Blasa, o ya estás buscando a otra?, le decían en el bar los más íntimos. O aquello otro de: -¿No sé qué les das, pero es que te cantan en la mano? ¡Qué tío! Y él, aunque sin presumir, como te digo, no le hacía ascos a esos comentarios y a esa fama, que por otra parte le llevaban a no cejar en sus galanteos y amoríos.
Y precisamente por ese hábito, y puesto que por su vecindad con Elisa, ambos se cruzaban con harta frecuencia, un día pensó que, si lo hacía con otras muchas, por qué no iba a ver si pescaba algo en las “aguas de la vecinita”, la cual, como antes te dije, era un “pescado” muy apetecible. Por ello, siempre que se cruzaba con ella no perdía la ocasión de decirle chicoleos y lisonjas, amén de lanzarle indirectas sobre una posible relación entre ambos, aunque lo único que pretendía de ella, como de tantas otras, era poder llevársela al huerto.
Pero en los pueblos todo se sabe, y esas “aventuras” también las conocía Elisa que, además de guapa, era lista. Como listas son la gran mayoría de las mujeres en muchas cosas, pero, sobre todo, en eso de adivinar cuáles son los verdaderos deseos de aquellos que se acercan a ellas y empiezan a “arrastrar el ala”. Y tan es así, que puedo asegurarte, que tan sólo son engañadas aquellas que quieren serlo, que la que no, bien sabe defenderse, pues de inmediato “huelen” si el que llega, los que trae son nobles o aviesos propósitos.
En esas, el uno, erre que erre con sus argucias, y la otra, una y otra vez, dándole de lado, porque estaba muy dichosa de que se hubiese fijado en ella, lo que en el fondo le gustaba, y bastante, pero para nada le concedería ni la más mínima de sus pretensiones. Al principio, con más educación que agrado, se sonreía ante los requiebros, pero al poco, la insistencia en los mismos y la subida de tono de alguno de ellos, hicieron que se agotara su paciencia cansada, hasta la saciedad, de oír lo mismo y con el mimo fin.
Y un buen día, hablando con su hermana, le comentó su hartazgo y la indecisión de encontrar una fórmula para acabar con la situación de una forma digna y sin que surgiese desavenencia alguna entre las familias. Y Gloria, sin pensárselo dos veces, le dijo:
-Pero, vamos a ver, a ti Jorge, ¿te gusta o no te gusta?
-Pues claro que me gusta. Y mucho. Tanto, que me casaría con él de buena gana. Lo que no le voy a consentir es que esté tonteando conmigo, como ya lo ha hecho con otras, para pasar un rato y, si le dejo, manosearme, o lo que sea menester.
-Bueno, si es así, déjame un par de días, que vamos a poner en marcha un plan que nos va a dar muy buen resultado. Ya verás.
Noviembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de noviembre de 2011
miércoles, 30 de noviembre de 2011
domingo, 6 de noviembre de 2011
Impertinente
¿Impertinente?
¿Fue porque sí, o supiste lo que hacías?
¿Salióte al pronto, o estuvo meditado?
Yo creo que, al fin, como un hombre educado,
dijiste aquello que decir querías.
No cabe en ti ilógica sentencia,
ni verbo, no sujeto a tu albedrío,
que tienes la virtud, el poderío,
de dejar atónita a tu audiencia,
con tus epítetos cabales y certeros;
dictámenes, en todo, verdaderos,
que dejan hacia ti, cordial y adicto,
a quien acaba de oír tu veredicto.
Por eso -dije yo- no hubo viviente,
que más bien, o mejor me definiera,
que hicieras tú, así, de gran manera,
llamándome en gran tono: “Impertinente”
Contestarte pensé, pero me aduje: Tente quieto,
que hay ocasiones en las que procede
el dejar que la cosa así se quede,
ya que a oír la verdad se debe estar asueto.
Nada de discutir, o alzar el gallo,
y nada de meterse en discusiones.
Quien obró así, tendría sus razones.
¡Déjalo estar! Mejor no meneallo.
Pero sí he de decir que, a mí, extrañóme,
que viniendo de ser tan generoso,
se me aplicase sólo un cualitativo.
Y por pensar en esa cosa diome,
y rebiné: Si el insultar es gratis, no oneroso,
¿por qué tan sólo un calificativo?
Si hubiese sido ese, o aquél, u otro sujeto,
quien me hubiese endilgado el adjetivo,
quien de forma tan ruin me retratara,
es que no sabe más, yo me pensara,
o es que no quiere ser reiterativo,
o ya está demodé, o aun obsoleto.
El dardo vino bien y diome en la diana,
pero al ser, como fue, tan sólo uno,
quedó en mi alma un ronroneo perruno,
y callé, pero fue de mala gana.
Y no debí callar. Debí decille:
-Nadando como estás en la opulencia,
de palabras, ideas y saberes,
siendo tan generoso como eres,
no has tenido conmigo la clemencia,
de regalarme otros muchos pareceres,
conformándome con una “impertinencia”.
-Me pudiste llamar: chinche, engreído,
fatuo, molesto, acaso intemperante,
descarado, grosero, muy cargante,
inoportuno, tieso o poseído.
¿Y por qué no tacharme de imprudente?,
¿de chulito quizás?, ¿de inoportuno?,
de atrevido, pesado o insolente.
Pero tu dito fue tan sólo uno.
Asombrado dejóme tu mesura
una vez más, que mil veces lo hicieras;
sujetando prudente la tu mano.
Que siempre que algo así te sucediera,
supiste realizar bien tus hechuras,
y no hacer obras propias de un tirano.
Proclamo entonces, admirado de ello,
con la más viva voz, a voz en cuello:
- Muy grande fue, ¡inmensa!, tu clemencia
al tolerar así mi IMPERTINENCIA.
¿Fue porque sí, o supiste lo que hacías?
¿Salióte al pronto, o estuvo meditado?
Yo creo que, al fin, como un hombre educado,
dijiste aquello que decir querías.
No cabe en ti ilógica sentencia,
ni verbo, no sujeto a tu albedrío,
que tienes la virtud, el poderío,
de dejar atónita a tu audiencia,
con tus epítetos cabales y certeros;
dictámenes, en todo, verdaderos,
que dejan hacia ti, cordial y adicto,
a quien acaba de oír tu veredicto.
Por eso -dije yo- no hubo viviente,
que más bien, o mejor me definiera,
que hicieras tú, así, de gran manera,
llamándome en gran tono: “Impertinente”
Contestarte pensé, pero me aduje: Tente quieto,
que hay ocasiones en las que procede
el dejar que la cosa así se quede,
ya que a oír la verdad se debe estar asueto.
Nada de discutir, o alzar el gallo,
y nada de meterse en discusiones.
Quien obró así, tendría sus razones.
¡Déjalo estar! Mejor no meneallo.
Pero sí he de decir que, a mí, extrañóme,
que viniendo de ser tan generoso,
se me aplicase sólo un cualitativo.
Y por pensar en esa cosa diome,
y rebiné: Si el insultar es gratis, no oneroso,
¿por qué tan sólo un calificativo?
Si hubiese sido ese, o aquél, u otro sujeto,
quien me hubiese endilgado el adjetivo,
quien de forma tan ruin me retratara,
es que no sabe más, yo me pensara,
o es que no quiere ser reiterativo,
o ya está demodé, o aun obsoleto.
El dardo vino bien y diome en la diana,
pero al ser, como fue, tan sólo uno,
quedó en mi alma un ronroneo perruno,
y callé, pero fue de mala gana.
Y no debí callar. Debí decille:
-Nadando como estás en la opulencia,
de palabras, ideas y saberes,
siendo tan generoso como eres,
no has tenido conmigo la clemencia,
de regalarme otros muchos pareceres,
conformándome con una “impertinencia”.
-Me pudiste llamar: chinche, engreído,
fatuo, molesto, acaso intemperante,
descarado, grosero, muy cargante,
inoportuno, tieso o poseído.
¿Y por qué no tacharme de imprudente?,
¿de chulito quizás?, ¿de inoportuno?,
de atrevido, pesado o insolente.
Pero tu dito fue tan sólo uno.
Asombrado dejóme tu mesura
una vez más, que mil veces lo hicieras;
sujetando prudente la tu mano.
Que siempre que algo así te sucediera,
supiste realizar bien tus hechuras,
y no hacer obras propias de un tirano.
Proclamo entonces, admirado de ello,
con la más viva voz, a voz en cuello:
- Muy grande fue, ¡inmensa!, tu clemencia
al tolerar así mi IMPERTINENCIA.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Cantiga
Cantiga
Ramón Serrano G.
¡Mala la hubisteis hispanos, en esa de Monipodio!
Vos, que supisteis salvar/ con gran sensatez y aplomo,/ un cambio de tomo y lomo/¡sin decir una bobada!,/ ¡sin tener nunca un mal modo!,/y habiendo estado en la nada,/conseguir tenerlo todo./ Cuando parecía ser/ que estabais dando lección/ de un proceder ortodoxo/ en hacer la transición,/no supisteis mantener/ actitud, formas y logros/ y caísteis en un foso/ que fue vuestro perecer:/de la política hacer/ vuestro gran modo de vida/sin pensar nunca jamás,/ que siendo de esa partida/ jodíais a los demás./
Y es que, parece mentira,/ que habiendo nobleza en todos,/(y si no en todos, en muchos);/ un “savoire faire” muy pulido;/ en el comportarse duchos;/ y un humanismo de oro./ Ese por el que suspiran/ francés, castellano o moro/ y quien sea bien nacido./ Que estando prestos a dar,/ pacífica solución! a un muy singular problema,/ clero, milicias y gente,/ nadie, en tan gran ocasión/ pintada sin un cabello/ alguien tuviese la flema/ de manera conveniente/ y con raciocinio obrar,/ llevando a buen puerto aquello/ para haber alzado bien,/ y bien dejado a su vez,/ en el campo y en el foro,/ en el lugar que merece/ esta nuestra “piel de toro”/ que por raza y tradición/ merecía y aún merece./
Se acababa de vivir/ en nuestra querida Iberia/ dictadura cuarentena/ y tenemos que decir/ que al esto finiquitar/ crearonse opiniones:/ para aquél, fue cosa seria,/ y para el otro, una pena./A muchos les daba igual./O sea, que hablando muy mal/ les tocaban los…riñones/ En diciembrera mañana/ se produjo en tierra hispana/ extraordinaria eclosión:/ nació la Constitución,/ votada por mayoría./ Y junto a aquesta alegría,/ que había llegado hasta nos,/debo contaros a vos,/ lo que quiso ser festín,/ pues viviríamos, al fin,/ sin un roce, ni un rasguño;/ la mano abierta, no el puño,/ sin altercado o porfía,/ pensando,… hasta en ser felices./Y es más: en comer perdices./ Al menos, eso creía./ Y ante este buen hacer,/ de Quijanos y de Panzas,/ ante tamaña esperanza/ de pensares e intenciones/ boquiabiertas las naciones/ y algunas aún no creyendo,/ quedaronse admiradas,/ fascinadas, y aplaudiendo./
Iban a ser los autores/ de fantasía tamaña,/ alguien que tuviese maña/ para ejercer de doctores/ que nos supiesen sanar/ de los males padecidos/ anulando los temidos/ que nos pudieran dañar./ Se nos dijo y prometió,/ es más, hasta se juró:/ Vivirán para nosotros./ Por nosotros penarán./ Para ellos nunca obtendrán/ más que alguna sinecura./ Algo de poca montura/ con lo que beneficiar/ sus escuálidos bolsillos/ Unos cuantos “dinerillos”,/ dijeron por no asustarnos./ Su ganancia, será poca/ y su sacrificio, extenso/ Mas ya sabes caro amigo/ a lo que el hombre es propenso./Ya sabes lo que te digo./
Y de los buenos deseos,/ mudaron presto a los hechos./ Buscaron para ejercer/ su acción beneficiadora/ local semicircular,/ y en aquél, hora tras hora,/ laborar y laborar/ que el verlos daba placer,/ dejándose las pestañas/ lograron, con ciertas mañas/ y artes que nombrar da espanto,/el suministrarse tantos/ prebendas y beneficios,/con tan corto sacrificio/¡ tan grande recaudación/ para el resto de su vida,/ que la suya no era vida./ La suya era un bidón./
Y para darles lección,/ llegó allí Pedro Rincón/ viniendo de Cercedilla/ con baraja y con culero./Sentose, y dijo a un vecino:/ Esta es para timar./ El otro, por precaución/ pues quizás me hayan de dar/ por donde amarga el pepino./ Y acudió Diego Cortado/ nacido de un alfayate/ de ascendencia salmantina/ que como buen racional,/ aquello vio, y dijo: ¡Tate!,/ de la aguja y el dedal/ se vive bastante mal./ No tengo otra solución,/ así que me haré ladrón./ Pero ladrón, cosa fina./
Pronto ambos se conocieron,/ y ambos muy pronto intimaron/ y muy pronto se enseñaron/ los dos sus “sabidurías”./ Así que a los pocos días/ eran los dos hacedores/ con los naipes maravillas/ y dos grandes timadores/ desde Gijón a Sevilla./ Y no contentos con eso/-he de decirles también,/y sé muy bien lo que hablo-/ que le robaban a quien/ en ciudad, villa o establo/ abonaban sus impuestos./Presto hicieron compañeros,/ y amigos se hicieron presto/ de muchos otros colegas/, que llenaban sus talegas/ de modo poco correcto./
Y a qué seguir con la historia/ de aquestos, que conocéis por igual/ tú, aquél, u otro mortal/ que haya algo de memoria./ Uno hubo bueno./ Cien malos./ Y como eran mayoría,/ pronto se hicieron jauría,/ con hambre de lobo y zorra,/ y además viviendo bien./ No ya bien, a todo tren,/¡y otros pasando la gorra!./ Todos no son, ya lo sé/ viles, ni tienen por qué./ Pero en política vida/ igual que en otra movida/ los hay buenos, y haylos malos./ Y ante esta cantinela/ cada quien tenga su palo/ y el palo aguante su vela./
Paro ya, pues es sabido/ lo que tiene acontecido/ en este país tan raro./ Millones hay en el paro/ mientras otros en su ”nido”/ no se cansan de “piar”/ por conseguir su yantar./ ¡Pájaros de mal agüero!,/ Hartos estáis de dineros/ ganados con malas mañas,/ y siendo unos torticeros./ Supisteis trepar al podio,/ pero habéis hecho de España/ un patio de Monipodio/
Y este ha sido mi cantar/ con el que os quise alegrar/ aunque metiese algún ripio./ Quedo yo con mi pesar/ sin querer participar/ del dolor que participio/.
Noviembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de noviembre de 2011
Ramón Serrano G.
¡Mala la hubisteis hispanos, en esa de Monipodio!
Vos, que supisteis salvar/ con gran sensatez y aplomo,/ un cambio de tomo y lomo/¡sin decir una bobada!,/ ¡sin tener nunca un mal modo!,/y habiendo estado en la nada,/conseguir tenerlo todo./ Cuando parecía ser/ que estabais dando lección/ de un proceder ortodoxo/ en hacer la transición,/no supisteis mantener/ actitud, formas y logros/ y caísteis en un foso/ que fue vuestro perecer:/de la política hacer/ vuestro gran modo de vida/sin pensar nunca jamás,/ que siendo de esa partida/ jodíais a los demás./
Y es que, parece mentira,/ que habiendo nobleza en todos,/(y si no en todos, en muchos);/ un “savoire faire” muy pulido;/ en el comportarse duchos;/ y un humanismo de oro./ Ese por el que suspiran/ francés, castellano o moro/ y quien sea bien nacido./ Que estando prestos a dar,/ pacífica solución! a un muy singular problema,/ clero, milicias y gente,/ nadie, en tan gran ocasión/ pintada sin un cabello/ alguien tuviese la flema/ de manera conveniente/ y con raciocinio obrar,/ llevando a buen puerto aquello/ para haber alzado bien,/ y bien dejado a su vez,/ en el campo y en el foro,/ en el lugar que merece/ esta nuestra “piel de toro”/ que por raza y tradición/ merecía y aún merece./
Se acababa de vivir/ en nuestra querida Iberia/ dictadura cuarentena/ y tenemos que decir/ que al esto finiquitar/ crearonse opiniones:/ para aquél, fue cosa seria,/ y para el otro, una pena./A muchos les daba igual./O sea, que hablando muy mal/ les tocaban los…riñones/ En diciembrera mañana/ se produjo en tierra hispana/ extraordinaria eclosión:/ nació la Constitución,/ votada por mayoría./ Y junto a aquesta alegría,/ que había llegado hasta nos,/debo contaros a vos,/ lo que quiso ser festín,/ pues viviríamos, al fin,/ sin un roce, ni un rasguño;/ la mano abierta, no el puño,/ sin altercado o porfía,/ pensando,… hasta en ser felices./Y es más: en comer perdices./ Al menos, eso creía./ Y ante este buen hacer,/ de Quijanos y de Panzas,/ ante tamaña esperanza/ de pensares e intenciones/ boquiabiertas las naciones/ y algunas aún no creyendo,/ quedaronse admiradas,/ fascinadas, y aplaudiendo./
Iban a ser los autores/ de fantasía tamaña,/ alguien que tuviese maña/ para ejercer de doctores/ que nos supiesen sanar/ de los males padecidos/ anulando los temidos/ que nos pudieran dañar./ Se nos dijo y prometió,/ es más, hasta se juró:/ Vivirán para nosotros./ Por nosotros penarán./ Para ellos nunca obtendrán/ más que alguna sinecura./ Algo de poca montura/ con lo que beneficiar/ sus escuálidos bolsillos/ Unos cuantos “dinerillos”,/ dijeron por no asustarnos./ Su ganancia, será poca/ y su sacrificio, extenso/ Mas ya sabes caro amigo/ a lo que el hombre es propenso./Ya sabes lo que te digo./
Y de los buenos deseos,/ mudaron presto a los hechos./ Buscaron para ejercer/ su acción beneficiadora/ local semicircular,/ y en aquél, hora tras hora,/ laborar y laborar/ que el verlos daba placer,/ dejándose las pestañas/ lograron, con ciertas mañas/ y artes que nombrar da espanto,/el suministrarse tantos/ prebendas y beneficios,/con tan corto sacrificio/¡ tan grande recaudación/ para el resto de su vida,/ que la suya no era vida./ La suya era un bidón./
Y para darles lección,/ llegó allí Pedro Rincón/ viniendo de Cercedilla/ con baraja y con culero./Sentose, y dijo a un vecino:/ Esta es para timar./ El otro, por precaución/ pues quizás me hayan de dar/ por donde amarga el pepino./ Y acudió Diego Cortado/ nacido de un alfayate/ de ascendencia salmantina/ que como buen racional,/ aquello vio, y dijo: ¡Tate!,/ de la aguja y el dedal/ se vive bastante mal./ No tengo otra solución,/ así que me haré ladrón./ Pero ladrón, cosa fina./
Pronto ambos se conocieron,/ y ambos muy pronto intimaron/ y muy pronto se enseñaron/ los dos sus “sabidurías”./ Así que a los pocos días/ eran los dos hacedores/ con los naipes maravillas/ y dos grandes timadores/ desde Gijón a Sevilla./ Y no contentos con eso/-he de decirles también,/y sé muy bien lo que hablo-/ que le robaban a quien/ en ciudad, villa o establo/ abonaban sus impuestos./Presto hicieron compañeros,/ y amigos se hicieron presto/ de muchos otros colegas/, que llenaban sus talegas/ de modo poco correcto./
Y a qué seguir con la historia/ de aquestos, que conocéis por igual/ tú, aquél, u otro mortal/ que haya algo de memoria./ Uno hubo bueno./ Cien malos./ Y como eran mayoría,/ pronto se hicieron jauría,/ con hambre de lobo y zorra,/ y además viviendo bien./ No ya bien, a todo tren,/¡y otros pasando la gorra!./ Todos no son, ya lo sé/ viles, ni tienen por qué./ Pero en política vida/ igual que en otra movida/ los hay buenos, y haylos malos./ Y ante esta cantinela/ cada quien tenga su palo/ y el palo aguante su vela./
Paro ya, pues es sabido/ lo que tiene acontecido/ en este país tan raro./ Millones hay en el paro/ mientras otros en su ”nido”/ no se cansan de “piar”/ por conseguir su yantar./ ¡Pájaros de mal agüero!,/ Hartos estáis de dineros/ ganados con malas mañas,/ y siendo unos torticeros./ Supisteis trepar al podio,/ pero habéis hecho de España/ un patio de Monipodio/
Y este ha sido mi cantar/ con el que os quise alegrar/ aunque metiese algún ripio./ Quedo yo con mi pesar/ sin querer participar/ del dolor que participio/.
Noviembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de noviembre de 2011
jueves, 20 de octubre de 2011
El cristal
El cristal
Ramón Serrano G.
“…Cuando yo me muera, no quiero las pálidas luces, ni los lutos…” . Juan Torres Grueso.
Aún no hace ni veinticuatro horas que estaba vivo. Vivo sí, eso digo y digo bien, pues aunque en esos momentos únicamente me funcionara el cerebro, es más que probado que un hombre continúa “existiendo” mientras su cabeza siga siendo capaz de discerner y razonar. Y ella sí que actuaba, repito, mientras que los restantes miembros de mi cuerpo estaban, o muy deteriorados, o inertes hacía cantidad de tiempo. Tanto, que al muy poco fallaron todos a la vez y dejé de tener eso que siempre se ha llamado vida.
Y aquí me encuentro hoy, solo y a oscuras, en la sencilla habitación de un tanatorio, alojado en un ataúd forrado, excesiva e inútilmente, en su interior, ya que la única finalidad de ese acolchado consiste en que el costo del féretro sea mayor, pues poca es la comodidad que el cliente puede notar en su estadía, o al menos nadie dio nunca cuenta de ella, si es que la tuvo. No hay ramos ni coronas en mi derredor, pues se han cumplido fielmente mis deseos de no traerlas. Y no es que no me agraden las flores, que siempre me gustaron y mucho, y cuyo regalo me ha parecido un obsequio exquisito, pero si es para una mujer o para un hogar. Pienso que el dinero empleado en llevarlas a un difunto estaría mejor gastado remediando un algo las necesidades de algún menesteroso.
Tres de las paredes del antedicho cuarto son de mampostería, mientras que en la que está frente a mí, han instalado un gran cristal rectangular, que, a simple vista, parece un vidrio normal, pero que no lo es, en absoluto, por lo que a continuación he de explicar. Tras él, hay una sala en la que dialogan deudos, amigos, vecinos y conocidos, que han acudido a dar cumplimiento y testimonio de un pesar, sincero en unos y fingido en otros, pero siempre socialmente correcto. A su llegada, todos han empezado hablando sobre mí, de sus recuerdos y sus vivencias conmigo, o de mi forma de ser y de pensar. Pero la mayoría han abandonado pronto esos temas, y sus charlas se ocupan de asuntos más o menos triviales, y, por supuesto, muy distintos a los que les han llevado hasta allí.
Algunos miran a través de ese cristal, e incluso piden que se encienda la luz para una mejor observación de mis restos, y entonces, creen erróneamente que me ven. Porque no, no me están viendo realmente como soy. Quizás, como era. En eso precisamente reside la raridad del cristal. En que ellos, desde fuera, perciben tan solo la visión de un espectro. De algo que antes fue y ahora no es. De alguien que ya se ha ido a un mundo del que nada se sabe con absoluta certeza, pese a lo mucho que sobre él se ha elucubrado y se ha escrito. Si acaso se presume, y no es poco suponer, que quien allí está, no sufre, ni padece, ni tiene necesidad de ningún tipo, y se mantendrá para in sécula seculorum en una actitud de total pasividad y, tal vez, contemplativa. Quizás sea por esa incertidumbre del lugar, las condiciones y el tiempo de permanencia en ese sitio de los que allí nos encontramos, que los que aquí se quedan suelen tardar poco, muy poco, excesivamente poco, en relegarnos al olvido, o, como mucho, acordarse muy circunstancialmente de nosotros.
Reitero que los conversadores y mirones de aquel lado sólo saben, y puede que no mucho, del mundo en que se hallan, y al que yo pertenecí hasta ayer mismo. Pero desconocen por completo este al que apenas he llegado; en el que estoy ahora y en el que estaré ad aeternum. Por tanto no tienen capacidad para comprender lo poco que están, o creen estar viendo. Mientras que yo, que ya he salido de las fronteras del suyo, y aunque tengo escaso tiempo, ya que en unas horas me inhumarán o me llevarán al crematorio (pido exclusiva e imperiosamente la segunda opción), desde este lado, sí que distingo y valoro sus obras y las mías, antiguas y recientes. Y contemplo sus y mis sentimientos, ya nobles, ya taimados. Su, y mi personalidad, generosa o egoísta. En una palabra, la auténtica realidad de cada uno. De cómo fueron, cómo son y cómo fui. Del comportamiento y las formas. Y al hacerlo he conocido de verdad mi forma de ser y la ajena. Juan Torres lo apuntaba: “…Y que allá, en mi calavera / vean mis ojos abiertos / el misterio de la vida / en la muerte que ahora llevo..”. Si hay que ser juzgados, no me corresponde a mí ser mi propio inquisidor, y sobre ellos, ya me cuidaré muy mucho de emitir juicio alguno, ya fuere bueno o malo. Si acaso lo que haré, al igual que la mayoría de los que me precedieron en el viaje definitivo a este barrio, será intentar que mi espíritu recuerde agradecido a quienes me trataron de benigno modo y no guarde rencor a quien pudiera haberme lastimado.
He deseado con estas palabras demostrar la importancia de ese cristal que nos separa a vivos y finados, y las distintas visuras que se aprecian si es este o aquel el lado en que nos encontramos. Desde el mío se divisan demasiadas luchas, bastantes afanes y algunas esperanzas. Desde el otro lado, quietud, sosiego y paz, o, al menos, eso esperé siempre.
Aquí, como ya digo, a una zona del cristal se hallan los que todavía andan peregrinando su vivir, y al otro los que hemos dejado de hacerlo. Por eso no coincido ya con Campoamor en aquello de que todo es según el color del cristal con que se mira. Creo, más bien, que será de una forma u otra, según sea el lado del cristal desde el que miramos un mundo u otro.
Octubre 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de octubre de 2011
Ramón Serrano G.
“…Cuando yo me muera, no quiero las pálidas luces, ni los lutos…” . Juan Torres Grueso.
Aún no hace ni veinticuatro horas que estaba vivo. Vivo sí, eso digo y digo bien, pues aunque en esos momentos únicamente me funcionara el cerebro, es más que probado que un hombre continúa “existiendo” mientras su cabeza siga siendo capaz de discerner y razonar. Y ella sí que actuaba, repito, mientras que los restantes miembros de mi cuerpo estaban, o muy deteriorados, o inertes hacía cantidad de tiempo. Tanto, que al muy poco fallaron todos a la vez y dejé de tener eso que siempre se ha llamado vida.
Y aquí me encuentro hoy, solo y a oscuras, en la sencilla habitación de un tanatorio, alojado en un ataúd forrado, excesiva e inútilmente, en su interior, ya que la única finalidad de ese acolchado consiste en que el costo del féretro sea mayor, pues poca es la comodidad que el cliente puede notar en su estadía, o al menos nadie dio nunca cuenta de ella, si es que la tuvo. No hay ramos ni coronas en mi derredor, pues se han cumplido fielmente mis deseos de no traerlas. Y no es que no me agraden las flores, que siempre me gustaron y mucho, y cuyo regalo me ha parecido un obsequio exquisito, pero si es para una mujer o para un hogar. Pienso que el dinero empleado en llevarlas a un difunto estaría mejor gastado remediando un algo las necesidades de algún menesteroso.
Tres de las paredes del antedicho cuarto son de mampostería, mientras que en la que está frente a mí, han instalado un gran cristal rectangular, que, a simple vista, parece un vidrio normal, pero que no lo es, en absoluto, por lo que a continuación he de explicar. Tras él, hay una sala en la que dialogan deudos, amigos, vecinos y conocidos, que han acudido a dar cumplimiento y testimonio de un pesar, sincero en unos y fingido en otros, pero siempre socialmente correcto. A su llegada, todos han empezado hablando sobre mí, de sus recuerdos y sus vivencias conmigo, o de mi forma de ser y de pensar. Pero la mayoría han abandonado pronto esos temas, y sus charlas se ocupan de asuntos más o menos triviales, y, por supuesto, muy distintos a los que les han llevado hasta allí.
Algunos miran a través de ese cristal, e incluso piden que se encienda la luz para una mejor observación de mis restos, y entonces, creen erróneamente que me ven. Porque no, no me están viendo realmente como soy. Quizás, como era. En eso precisamente reside la raridad del cristal. En que ellos, desde fuera, perciben tan solo la visión de un espectro. De algo que antes fue y ahora no es. De alguien que ya se ha ido a un mundo del que nada se sabe con absoluta certeza, pese a lo mucho que sobre él se ha elucubrado y se ha escrito. Si acaso se presume, y no es poco suponer, que quien allí está, no sufre, ni padece, ni tiene necesidad de ningún tipo, y se mantendrá para in sécula seculorum en una actitud de total pasividad y, tal vez, contemplativa. Quizás sea por esa incertidumbre del lugar, las condiciones y el tiempo de permanencia en ese sitio de los que allí nos encontramos, que los que aquí se quedan suelen tardar poco, muy poco, excesivamente poco, en relegarnos al olvido, o, como mucho, acordarse muy circunstancialmente de nosotros.
Reitero que los conversadores y mirones de aquel lado sólo saben, y puede que no mucho, del mundo en que se hallan, y al que yo pertenecí hasta ayer mismo. Pero desconocen por completo este al que apenas he llegado; en el que estoy ahora y en el que estaré ad aeternum. Por tanto no tienen capacidad para comprender lo poco que están, o creen estar viendo. Mientras que yo, que ya he salido de las fronteras del suyo, y aunque tengo escaso tiempo, ya que en unas horas me inhumarán o me llevarán al crematorio (pido exclusiva e imperiosamente la segunda opción), desde este lado, sí que distingo y valoro sus obras y las mías, antiguas y recientes. Y contemplo sus y mis sentimientos, ya nobles, ya taimados. Su, y mi personalidad, generosa o egoísta. En una palabra, la auténtica realidad de cada uno. De cómo fueron, cómo son y cómo fui. Del comportamiento y las formas. Y al hacerlo he conocido de verdad mi forma de ser y la ajena. Juan Torres lo apuntaba: “…Y que allá, en mi calavera / vean mis ojos abiertos / el misterio de la vida / en la muerte que ahora llevo..”. Si hay que ser juzgados, no me corresponde a mí ser mi propio inquisidor, y sobre ellos, ya me cuidaré muy mucho de emitir juicio alguno, ya fuere bueno o malo. Si acaso lo que haré, al igual que la mayoría de los que me precedieron en el viaje definitivo a este barrio, será intentar que mi espíritu recuerde agradecido a quienes me trataron de benigno modo y no guarde rencor a quien pudiera haberme lastimado.
He deseado con estas palabras demostrar la importancia de ese cristal que nos separa a vivos y finados, y las distintas visuras que se aprecian si es este o aquel el lado en que nos encontramos. Desde el mío se divisan demasiadas luchas, bastantes afanes y algunas esperanzas. Desde el otro lado, quietud, sosiego y paz, o, al menos, eso esperé siempre.
Aquí, como ya digo, a una zona del cristal se hallan los que todavía andan peregrinando su vivir, y al otro los que hemos dejado de hacerlo. Por eso no coincido ya con Campoamor en aquello de que todo es según el color del cristal con que se mira. Creo, más bien, que será de una forma u otra, según sea el lado del cristal desde el que miramos un mundo u otro.
Octubre 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de octubre de 2011
jueves, 6 de octubre de 2011
In memoriam
In memoriam
Ramón Serrano G.
Sabemos muy bien que la vida cambia afortunadamente, aunque, a veces y en algunos aspectos, sea para mal, pero muchas también lo hace para bien, y otras sin mejora ni estropicio, sino obligada por la evolución natural del hombre con sus cada vez mayores posibilidades de todo tipo.
Pese a ello, la principal ocupación de los viejos es, ya se sabe, el recordar momentos, sucesos, oficios o costumbres pasados. Tiempos pretéritos que para nosotros suelen ser “pluscuamperfectos”, porque lo fueron así, o porque así preferimos mantenerlos en la memoria. Y uno de estos días, evocando antiguallas, di en pensar, con el mayor agrado, en las plazas. En esos lugares más o menos grandes, o más o menos bellos, que hay en todos los lugares habitados del mundo. Y quiero hacer una sentida añoranza y una breve glosa geográfica e histórica sobre ellas, pidiendo disculpa de antemano porque, citaré algunas, pero he de dejarme muchas, bastantes, por razón de espacio y de conocimientos.
Desde siempre, en todos los lugares, y en todas las civilizaciones, la plaza de un lugar era el sitio de mayor importancia en el desarrollo de todas las actividades. En ellas se comerciaba, se hacían contratos de todas clases, se dialogaba o se paseaba para estar al tanto de lo ocurrido en la política o la sociedad. Incluso se desarrollaban actos tan dispares como la administración de justicia, prácticas religiosas o la prostitución. Eran, indudablemente, el centro neurálgico de las urbes. El sitio donde se dictaban y se difundían las normas por las que se regían los moradores del lugar. Como mejor ejemplo de todo ello, y por resumir, citaré el Ágora ateniense y el Foro romano.
Pero con el paso de los años la mayoría de esas actividades empezaron a ejercerse en locales adecuados y la función placera se vio enormemente reducida. De cualquier modo la plaza continuó siendo el centro neurálgico del pueblo y en ella, o junto a ella, se instalaban cuantos podían, desde el Ayuntamiento, a bancos, comercios o bares, sabedores de que la mayoría de los vecinos tenían que pasar por allí, y que además gustaban de hacerlo, porque ese céntrico lugar era el corazón que movía la sangre necesaria para un buen desarrollo de la vida urbana. Y se las dotaba de cuantos medios fuesen necesarios para hacerlas más cómodas y acogedoras. Por eso, en el norte las había con soportales para guarecerse de la lluvia, y en el sur se llenaban de árboles para protegerse del sol.
Hoy las plazas ya no tienen ese sentido ni esa misión, porque la gente no concurre en ellas, o no la hace con la asiduidad y por las razones anteriormente expuestas. No acuden porque tienen otras ocupaciones para sus ratos de ocio, mucho más interesantes, según su creencia, que el dialogar tranquilamente con sus vecinos y paisanos, y si quieren hacerlo se reúnen. Unos leen, otros se van a jugar al golf, o al tenis, o a hacer pilates, o yoga, y los más, ven esos maravillosos programas televisivos donde se habla a gritos, y se asegura, minuciosamente, de que el novio de cierta cantante se está acostando con una actriz de cine de tres al cuarto. ¡Qué se le va a hacer!
Yo quiero ampliar esta recordación sobre esos tan entrañables lugares, nombrando algunas plazas del mundo que son muy famosas por varias razones, y consciente de que cualquiera de ustedes podría citar muchas más. Unas porque han sido escenario de sucesos políticos de gran trascendencia. Así, la de Tian’anmen, en Pekín; la de Mayo, en Buenos Aires; la de la Bastilla en París, y, más recientemente, la de Tahrir, en El Cairo.
Otras a destacar por su inmensa belleza, como la Roja, en Moscú; la del Vaticano, en Roma; la Grand Place, en Bruselas; o la Djemaa el Fna, en Marrakech. Todas estas en el extranjero, pero también en nuestro país las hay de una categoría inmensa. Recordemos la Mayor, en Salamanca; la de España, en Sevilla; la del Obradoiro, en Santiago; la de Pedraza; la de Trujillo; o la de Almagro. Cualquiera de ellas es bonita, hasta dejárselo de sobra.
Y finalmente, ruego se me permita sacar de los adentros unas palabras in memoriam de dos costumbres que había, años ha, en la plaza de Tomillares. Es esta hermosa, como hermosa es la tierra donde se ubica, y en ella hay un edificio simbólico y digno de observación: la Posada de los Portales, del siglo XVIII, similar en su estilo a otros existentes en las cercanas poblaciones de Puerto Lápice o Tembleque. Y ocurrían en aquel espacio y por aquellos tiempos cuando yo era niño, dos cosas que recuerdo con mucho agrado. Era una que si llovía con intensidad, se formaban unas corrientes de agua, relativamente importantes, que corrían paralelas desde la calle de D. Víctor hacia la de Socuéllamos. Entonces los empleados municipales, para que la gente pudiese cruzar de un lado a otro, colocaban cuatro “puentecillos” de madera, (tablones, les llamábamos), dos desde la tienda de César hasta la entrada de los carros de la citada Posada de los Portales, y otros dos desde el comercio de aceitunas de Huertas hasta la Posada del Rincón.
La otra imagen que conservo es que, una vez que la venta de comestibles se desplazó hasta el mercado de abastos, toda la plaza estaba invadida a diario, y los domingos abarrotada, por corrillos de hombres, el noventa por ciento de ellos vestidos de uniforme, o sea, con sus boinas bien encasquetadas, sus blusas, más de las de rayas que de las negras, y sus pantalones de pana. Y algunos, bastantes, con su garrota. Allí ellos, amos y señores del recinto, conversaban, trataban, compraban y vendían, o le daban un “repaso” a lo que, o a quien hubiese menester. No se movían de allí, pasara lo que pasase, creándoles verdaderos problemas a los que tenían que cruzar el lugar llevando un carro o un carretón. Y allí se estuvieron, año tras año, hegemónicamente asentados, hasta que la circulación de vehículos a motor se intensificó y acabó con su pacífica estadía placera.
¡Qué buen recuerdo conservo de aquella estampa con la plaza de Tomillares tapizada de blusas y la Posada al fondo!
Octubre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de octubre de 2011
Ramón Serrano G.
Sabemos muy bien que la vida cambia afortunadamente, aunque, a veces y en algunos aspectos, sea para mal, pero muchas también lo hace para bien, y otras sin mejora ni estropicio, sino obligada por la evolución natural del hombre con sus cada vez mayores posibilidades de todo tipo.
Pese a ello, la principal ocupación de los viejos es, ya se sabe, el recordar momentos, sucesos, oficios o costumbres pasados. Tiempos pretéritos que para nosotros suelen ser “pluscuamperfectos”, porque lo fueron así, o porque así preferimos mantenerlos en la memoria. Y uno de estos días, evocando antiguallas, di en pensar, con el mayor agrado, en las plazas. En esos lugares más o menos grandes, o más o menos bellos, que hay en todos los lugares habitados del mundo. Y quiero hacer una sentida añoranza y una breve glosa geográfica e histórica sobre ellas, pidiendo disculpa de antemano porque, citaré algunas, pero he de dejarme muchas, bastantes, por razón de espacio y de conocimientos.
Desde siempre, en todos los lugares, y en todas las civilizaciones, la plaza de un lugar era el sitio de mayor importancia en el desarrollo de todas las actividades. En ellas se comerciaba, se hacían contratos de todas clases, se dialogaba o se paseaba para estar al tanto de lo ocurrido en la política o la sociedad. Incluso se desarrollaban actos tan dispares como la administración de justicia, prácticas religiosas o la prostitución. Eran, indudablemente, el centro neurálgico de las urbes. El sitio donde se dictaban y se difundían las normas por las que se regían los moradores del lugar. Como mejor ejemplo de todo ello, y por resumir, citaré el Ágora ateniense y el Foro romano.
Pero con el paso de los años la mayoría de esas actividades empezaron a ejercerse en locales adecuados y la función placera se vio enormemente reducida. De cualquier modo la plaza continuó siendo el centro neurálgico del pueblo y en ella, o junto a ella, se instalaban cuantos podían, desde el Ayuntamiento, a bancos, comercios o bares, sabedores de que la mayoría de los vecinos tenían que pasar por allí, y que además gustaban de hacerlo, porque ese céntrico lugar era el corazón que movía la sangre necesaria para un buen desarrollo de la vida urbana. Y se las dotaba de cuantos medios fuesen necesarios para hacerlas más cómodas y acogedoras. Por eso, en el norte las había con soportales para guarecerse de la lluvia, y en el sur se llenaban de árboles para protegerse del sol.
Hoy las plazas ya no tienen ese sentido ni esa misión, porque la gente no concurre en ellas, o no la hace con la asiduidad y por las razones anteriormente expuestas. No acuden porque tienen otras ocupaciones para sus ratos de ocio, mucho más interesantes, según su creencia, que el dialogar tranquilamente con sus vecinos y paisanos, y si quieren hacerlo se reúnen. Unos leen, otros se van a jugar al golf, o al tenis, o a hacer pilates, o yoga, y los más, ven esos maravillosos programas televisivos donde se habla a gritos, y se asegura, minuciosamente, de que el novio de cierta cantante se está acostando con una actriz de cine de tres al cuarto. ¡Qué se le va a hacer!
Yo quiero ampliar esta recordación sobre esos tan entrañables lugares, nombrando algunas plazas del mundo que son muy famosas por varias razones, y consciente de que cualquiera de ustedes podría citar muchas más. Unas porque han sido escenario de sucesos políticos de gran trascendencia. Así, la de Tian’anmen, en Pekín; la de Mayo, en Buenos Aires; la de la Bastilla en París, y, más recientemente, la de Tahrir, en El Cairo.
Otras a destacar por su inmensa belleza, como la Roja, en Moscú; la del Vaticano, en Roma; la Grand Place, en Bruselas; o la Djemaa el Fna, en Marrakech. Todas estas en el extranjero, pero también en nuestro país las hay de una categoría inmensa. Recordemos la Mayor, en Salamanca; la de España, en Sevilla; la del Obradoiro, en Santiago; la de Pedraza; la de Trujillo; o la de Almagro. Cualquiera de ellas es bonita, hasta dejárselo de sobra.
Y finalmente, ruego se me permita sacar de los adentros unas palabras in memoriam de dos costumbres que había, años ha, en la plaza de Tomillares. Es esta hermosa, como hermosa es la tierra donde se ubica, y en ella hay un edificio simbólico y digno de observación: la Posada de los Portales, del siglo XVIII, similar en su estilo a otros existentes en las cercanas poblaciones de Puerto Lápice o Tembleque. Y ocurrían en aquel espacio y por aquellos tiempos cuando yo era niño, dos cosas que recuerdo con mucho agrado. Era una que si llovía con intensidad, se formaban unas corrientes de agua, relativamente importantes, que corrían paralelas desde la calle de D. Víctor hacia la de Socuéllamos. Entonces los empleados municipales, para que la gente pudiese cruzar de un lado a otro, colocaban cuatro “puentecillos” de madera, (tablones, les llamábamos), dos desde la tienda de César hasta la entrada de los carros de la citada Posada de los Portales, y otros dos desde el comercio de aceitunas de Huertas hasta la Posada del Rincón.
La otra imagen que conservo es que, una vez que la venta de comestibles se desplazó hasta el mercado de abastos, toda la plaza estaba invadida a diario, y los domingos abarrotada, por corrillos de hombres, el noventa por ciento de ellos vestidos de uniforme, o sea, con sus boinas bien encasquetadas, sus blusas, más de las de rayas que de las negras, y sus pantalones de pana. Y algunos, bastantes, con su garrota. Allí ellos, amos y señores del recinto, conversaban, trataban, compraban y vendían, o le daban un “repaso” a lo que, o a quien hubiese menester. No se movían de allí, pasara lo que pasase, creándoles verdaderos problemas a los que tenían que cruzar el lugar llevando un carro o un carretón. Y allí se estuvieron, año tras año, hegemónicamente asentados, hasta que la circulación de vehículos a motor se intensificó y acabó con su pacífica estadía placera.
¡Qué buen recuerdo conservo de aquella estampa con la plaza de Tomillares tapizada de blusas y la Posada al fondo!
Octubre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de octubre de 2011
martes, 27 de septiembre de 2011
Lancinante
Lancinante
Ramón Serrano G.
-Oye Luis, si la mayor parte de los seres humanos suelen vivir en pareja, ¿por qué algunos permanecéis solos?
-¡Bueno! Te podría dar más de cien motivos; lógicos, anormales, egoístas, circunstanciales, y de muchas otras clases. Pero mejor te cuento la historia de alguien a quien conocí un día y que acabó siendo una de esas personas solitarias a las que te acabas de referir. Pon atención:
-En un determinado lugar dos chiquillos, llamados Lucio y Andrés, crecieron como amigos, como amigos se hicieron hombres y como amigos montaron una empresa. En ella todo lo hacían consultándose y participando al cincuenta por ciento en cuanto realizaban. Fuera de ella igual: salían juntos, juntos alternaban, y era tal su compenetración que esta, de haber sido hermanos, quizás no hubiese llegado a tanto. Un buen día ocurrió algo tan natural como que uno de ellos, Lucio, se enamoró de una muchacha, Laura, guapa, bien formada, educada, afable, en suma, una gran moza y al poco se casó con ella. El nuevo estado de uno de ellos no hizo decrecer ni su trato ni su amistad con el otro, que ambos siguieron teniéndolos en el muy alto grado de siempre.
-Andrés, aunque respetando siempre la necesaria intimidad conyugal, pasaba muchas horas del día junto al matrimonio, no sólo en el trabajo (al que la flamante esposa se incorporó de inmediato), sino en los ratos de ocio. Comía los más de los días en casa de ellos y los fines de semana solían los tres hacer excursiones y visitas a los derredores. Todo transcurría normalmente hasta que, en una soleada mañana, sucedió algo novedoso. Algo que duró tan sólo un momento, un maldito momento (o quizás pudiera decir un bendito momento) En ese determinado instante se cruzaron las miradas de Laura y Andrés de un modo que no lo habían hecho nunca. Ambos supieron en el acto que aquello era distinto y que podría ser importante, pero los dos trataron de olvidarlo de inmediato. Ella lo consiguió, o, al menos, no dio muestra alguna de saberlo, aunque estoy seguro de que tenía muy buena conciencia de ello, que las mujeres, para esas cosas, y para muchas otras, tienen una perspicacia increíble.
-Pero lo de Andrés fue otro cantar. Enseguida se temió lo peor y, aunque hizo lo imposible por autoconvencerse de que lo que lo ocurrido sería una cosa sin importancia, algo intrascendente, pronto tuvo que rendirse a la evidencia. Buscaba a la mujer de su amigo a cualquier hora, y, cuando estaba con ella, le embriagaba su sencillo olor a azándar, a olíbano o a terebinto; su sonrisa le sonaba a música célica; percibía que su mirada era serena, tibia y esperanzadora como un amanecer de mayo. Por otra parte cambió su proceder, y cuando comenzó a…desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo,… todo ello le hizo recordar de inmediato a Lope y, por tanto, saber que …eso es amor, quien lo probó, lo sabe.
-Mas también supo que ese sentimiento, a más de muy hermoso, era imposible a todas luces. Que Laura, aún siendo conocedora de esa amación, nunca había hecho nada ni por iniciarla, ni por fomentarla, ni por mantenerla. Y que Lucio no merecía de nadie, y menos de su mejor amigo, no ya el logro, sino tan siquiera el intento de destrozar su vida. Comenzó a disputarse en su subconsciente una lucha entre lo apetecible y lo correcto; un esfuerzo inmenso para no dejarse llevar por la tentación y sí por la honestidad; un lancinante hesitar por acariciar un sueño o por mantener la dignidad. Y así fueron pasando los días y, en su decurso, su interés por vivir de ese modo iba descaeciendo. Sufrió lo indecible para tomar una decisión, pero, finalmente, su conciencia le dehortó que siguiera en aquél lugar y actuó, como era de prever, con la caballerosidad que era de esperar. “Chacun ses convictions”.
-Buscó a Lucio para, mintiéndole por primera vez en su vida, decirle que imperiosas razones le obligaban a marcharse de allí. Dejó en sus manos que le liquidase a su comodidad su parte en el negocio, y esa misma tarde, se despidió de la pareja y se marchó para siempre. Y, al alejarse, se acordó de lo que cantó otro poeta, pues también para él la noche estaba estrellada y tiritaban los astros a lo lejos; y que era imposible no haber amado sus grandes ojos fijos; pensar que no la tenía, sentir que la había perdido y que por ello su alma no estaba contenta; y que por ello, podía escribir los versos más tristes esa noche…
-Luis, le dije, no sé por qué, pero me da en la nariz que yo conozco a ese tal Andrés.
-Como puedes comprender Luca, me contestó, yo no tengo una relación de todos aquellos a quienes conoces. Pero sé lo que te imaginas y me parece que esta vez te han fallado los vientos. No fui yo el Andrés protagonista de este suceso.
Setiembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de setiembre de 2011
Ramón Serrano G.
-Oye Luis, si la mayor parte de los seres humanos suelen vivir en pareja, ¿por qué algunos permanecéis solos?
-¡Bueno! Te podría dar más de cien motivos; lógicos, anormales, egoístas, circunstanciales, y de muchas otras clases. Pero mejor te cuento la historia de alguien a quien conocí un día y que acabó siendo una de esas personas solitarias a las que te acabas de referir. Pon atención:
-En un determinado lugar dos chiquillos, llamados Lucio y Andrés, crecieron como amigos, como amigos se hicieron hombres y como amigos montaron una empresa. En ella todo lo hacían consultándose y participando al cincuenta por ciento en cuanto realizaban. Fuera de ella igual: salían juntos, juntos alternaban, y era tal su compenetración que esta, de haber sido hermanos, quizás no hubiese llegado a tanto. Un buen día ocurrió algo tan natural como que uno de ellos, Lucio, se enamoró de una muchacha, Laura, guapa, bien formada, educada, afable, en suma, una gran moza y al poco se casó con ella. El nuevo estado de uno de ellos no hizo decrecer ni su trato ni su amistad con el otro, que ambos siguieron teniéndolos en el muy alto grado de siempre.
-Andrés, aunque respetando siempre la necesaria intimidad conyugal, pasaba muchas horas del día junto al matrimonio, no sólo en el trabajo (al que la flamante esposa se incorporó de inmediato), sino en los ratos de ocio. Comía los más de los días en casa de ellos y los fines de semana solían los tres hacer excursiones y visitas a los derredores. Todo transcurría normalmente hasta que, en una soleada mañana, sucedió algo novedoso. Algo que duró tan sólo un momento, un maldito momento (o quizás pudiera decir un bendito momento) En ese determinado instante se cruzaron las miradas de Laura y Andrés de un modo que no lo habían hecho nunca. Ambos supieron en el acto que aquello era distinto y que podría ser importante, pero los dos trataron de olvidarlo de inmediato. Ella lo consiguió, o, al menos, no dio muestra alguna de saberlo, aunque estoy seguro de que tenía muy buena conciencia de ello, que las mujeres, para esas cosas, y para muchas otras, tienen una perspicacia increíble.
-Pero lo de Andrés fue otro cantar. Enseguida se temió lo peor y, aunque hizo lo imposible por autoconvencerse de que lo que lo ocurrido sería una cosa sin importancia, algo intrascendente, pronto tuvo que rendirse a la evidencia. Buscaba a la mujer de su amigo a cualquier hora, y, cuando estaba con ella, le embriagaba su sencillo olor a azándar, a olíbano o a terebinto; su sonrisa le sonaba a música célica; percibía que su mirada era serena, tibia y esperanzadora como un amanecer de mayo. Por otra parte cambió su proceder, y cuando comenzó a…desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo,… todo ello le hizo recordar de inmediato a Lope y, por tanto, saber que …eso es amor, quien lo probó, lo sabe.
-Mas también supo que ese sentimiento, a más de muy hermoso, era imposible a todas luces. Que Laura, aún siendo conocedora de esa amación, nunca había hecho nada ni por iniciarla, ni por fomentarla, ni por mantenerla. Y que Lucio no merecía de nadie, y menos de su mejor amigo, no ya el logro, sino tan siquiera el intento de destrozar su vida. Comenzó a disputarse en su subconsciente una lucha entre lo apetecible y lo correcto; un esfuerzo inmenso para no dejarse llevar por la tentación y sí por la honestidad; un lancinante hesitar por acariciar un sueño o por mantener la dignidad. Y así fueron pasando los días y, en su decurso, su interés por vivir de ese modo iba descaeciendo. Sufrió lo indecible para tomar una decisión, pero, finalmente, su conciencia le dehortó que siguiera en aquél lugar y actuó, como era de prever, con la caballerosidad que era de esperar. “Chacun ses convictions”.
-Buscó a Lucio para, mintiéndole por primera vez en su vida, decirle que imperiosas razones le obligaban a marcharse de allí. Dejó en sus manos que le liquidase a su comodidad su parte en el negocio, y esa misma tarde, se despidió de la pareja y se marchó para siempre. Y, al alejarse, se acordó de lo que cantó otro poeta, pues también para él la noche estaba estrellada y tiritaban los astros a lo lejos; y que era imposible no haber amado sus grandes ojos fijos; pensar que no la tenía, sentir que la había perdido y que por ello su alma no estaba contenta; y que por ello, podía escribir los versos más tristes esa noche…
-Luis, le dije, no sé por qué, pero me da en la nariz que yo conozco a ese tal Andrés.
-Como puedes comprender Luca, me contestó, yo no tengo una relación de todos aquellos a quienes conoces. Pero sé lo que te imaginas y me parece que esta vez te han fallado los vientos. No fui yo el Andrés protagonista de este suceso.
Setiembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de setiembre de 2011
viernes, 9 de septiembre de 2011
Prender
Aprender
Ramón Serrano G.
Hace poco les hablaba de de cómo el hombre acude con frecuencia en sus expresiones al reino animal. Entonces me refería a la corriente utilización para eso de adjetivos, admirativos unos y denostadores otros, que los hay para todos gustos. Hoy quiero hacerlo para resaltar cómo utilizamos nuestro lenguaje para acoplar a nuestro modo de obrar aludiendo a los usos y actuaciones de los irracionales. Debo aclarar que empleo este calificativo porque sé que ninguno de ellos se va a enterar de lo que digo, que si alguno lo hiciera, me contestaría indicándome que muchos de ellos se suelen comportar más sensatamente que nosotros los racionales. Pero vayamos a lo que nos ocupa.
La causa es, a mi juicio, que como nos gusta apoyar nuestros dichos con algún ejemplo (aquello de las parábolas citado anteriormente) se ha pensado que la mejor manera de convencer a nuestros interlocutores de la bondad o veracidad de nuestros asertos, es haciéndoles ver que hasta los pobres animales, aquellos que no poseen un brillante cerebro como nosotros, obran de tal o cual modo, lo cual es lo más apropiado para alcanzar lo que nos proponemos. Es igualmente cierto que existen dichos que exponen la actuación ejemplar de personajes ilustres en determinados momentos históricos. Pero como aquellas elocuciones a las que me refiero suelen datar de los tiempos en los que la muy célebre y nombrada Mari Castaña habitaba entre nosotros, y por aquellos entonces la cultura no estaba muy extendida entre las gentes, estas se acogían a sencillas exposiciones de costumbres y actitudes que todos normalmente conocían para marcar el camino a seguir y el buen resultado que nos proporcionaría el tomarlo.
He de aclarar además que, siguiendo los métodos didascálicos de la época, se recurría bastante al empleo de aforismos, máximas y adagios, o sea frases hechas, provenientes usualmente de la sabiduría popular, que marcaban normas a seguir para un buen comportamiento. Resumiendo, consejos útiles para conducirnos en la vida. Por igual se utilizaba en ellos las rimas, ya fueran estas a o consonantes, para facilitar de esta manera al oyente unas mejores comprensión y memorización de lo expuesto. Diré, por último, que los hay de todo tipo, condición y finalidad, pero creo que en vez de detallarlos iremos viendo algunos y tras cada exposición haremos una aclaración de su propósito. Vamos a ello.
“Si la garza viaja al mar, coger los bueyes y arar; si va la garza a la tierra, coge el hacha y hacer leña”, que dicen los asturianos de Tapia. Parece ser que dada la climatología de aquella maravillosa tierra, cuando hace bueno a la garza no le importa irse a pescar a la mar. Pero si se queda tierra adentro, es porque el agua está encrespada, o hace frío y hay que resguardarse.
Parecidamente, como otra previsión meteorológica, está este, más conocido por nuestras latitudes, de: “Por San Blas, la cigüeña verás”, que indica que a principios de febrero (el 3 en concreto) el invierno ya va en buenas y las aves migran de nuevo hasta nosotros. Hay que observar que esto se daba mucho más antes, cuando hacía frío de verdad y no había tanto esterquilinio en los campos. Pero hoy en día, con el mentadísimo cambio de clima y tanto vertedero incontrolado que las tiene colmadas de alimentos, las cigüeñas se suelen quedar aquí todo el año. Y bien bonitas que son.
Y aunque también se emplea en este que sigue, un ave y una estación, con “Una golondrina no hace verano”, lo que quiere decirse es que las cosas deben estar bien consolidadas para poder decir con verdad que están hechas. Covarrubias ya nos lo explicaba en 1611, y nos decía que porque una de estas aves se haya adelantado eso no quería decir ya estuviese aquí la primavera. O dicho de otro modo: “El pescao no es pescao, hasta que está en la banasta”.
Dícese, y con razón, que “las abejas hacen la miel, y las moscas se la comen”, aludiendo a cómo hay siempre quien, sin merecerlo, se aprovecha del trabajo y el esfuerzo de otros muchos que no cesan de laborar y producir.
Con aquello de que “quien nace lechón, muere cochino”, se está haciendo referencia a que pese a que el humano tiene la posibilidad de cambiar muchas cosas en su vida (cultura, modales, bienes, etc.), normalmente cada uno tiende a mantener su eseidad, que, además, suele sacar a relucir en puntuales momentos. Dicho sin ambages, que el que es tonto, es tonto, aunque vaya a Salamanca y por mucho que se esfuerce en disimularlo. Vamos que “aunque la mona se vista de seda…”, o eso otro de que “la cabra siempre tira al monte”.
Y para finalizar voy citar dos más, advirtiendo que el primero de ellos, tiene cierto intríngulis, por lo que rogaría que nadie viera en él su lado vejatorio, sino que antes bien lo tome en sentido elogioso, que es en el que deseo mostrarlo. Desde siempre se afirmó que “cuando la mula dice: no paso, y la mujer dice: me caso, la mula no pasa, y la mujer se casa”. Pero, por favor, insisto en que ninguno piense que hay aquí disfemismo alguno, ni para la candonga ni para la fémina, porque no es a la posible tozudez a la que se refiere el dicho, o al menos yo no lo hago en ese sentido, sino como ponderación a la tenacidad de ambas, las cuales, como es bien sabido, no cejan en su empeño de conseguir lo que se hayan propuesto, ya encuentren pocas o muchas dificultades en su intento. Vamos, que no se caracterizan por ser pusilánimes precisamente.
Aún más, y para que nadie dude de lo que acabo de decir, terminaré con este otro proverbio muy conocido. Porque sabido es por bastantes gentes que, “a la hora de cacarear, no faltan gallos, pero cuando hay que poner los huevos es la gallina la que hace el trabajo”. Expresado en distintas palabras o llamando a las cosas de otra forma: que por desgracia hay mucho pavo real, pero, por fortuna, también existen muchas hormigas.
Y dicho esto, vuelvo a meter mis cabras en su corral, pero recordándoles que los modos de obrar, los hábitos y las cualidades de los irracionales son muy válidos y nada obsoletos. Así pues, el que quiera aprender de ellos, que aprenda.
Setiembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de setiembre de 2011
Ramón Serrano G.
Hace poco les hablaba de de cómo el hombre acude con frecuencia en sus expresiones al reino animal. Entonces me refería a la corriente utilización para eso de adjetivos, admirativos unos y denostadores otros, que los hay para todos gustos. Hoy quiero hacerlo para resaltar cómo utilizamos nuestro lenguaje para acoplar a nuestro modo de obrar aludiendo a los usos y actuaciones de los irracionales. Debo aclarar que empleo este calificativo porque sé que ninguno de ellos se va a enterar de lo que digo, que si alguno lo hiciera, me contestaría indicándome que muchos de ellos se suelen comportar más sensatamente que nosotros los racionales. Pero vayamos a lo que nos ocupa.
La causa es, a mi juicio, que como nos gusta apoyar nuestros dichos con algún ejemplo (aquello de las parábolas citado anteriormente) se ha pensado que la mejor manera de convencer a nuestros interlocutores de la bondad o veracidad de nuestros asertos, es haciéndoles ver que hasta los pobres animales, aquellos que no poseen un brillante cerebro como nosotros, obran de tal o cual modo, lo cual es lo más apropiado para alcanzar lo que nos proponemos. Es igualmente cierto que existen dichos que exponen la actuación ejemplar de personajes ilustres en determinados momentos históricos. Pero como aquellas elocuciones a las que me refiero suelen datar de los tiempos en los que la muy célebre y nombrada Mari Castaña habitaba entre nosotros, y por aquellos entonces la cultura no estaba muy extendida entre las gentes, estas se acogían a sencillas exposiciones de costumbres y actitudes que todos normalmente conocían para marcar el camino a seguir y el buen resultado que nos proporcionaría el tomarlo.
He de aclarar además que, siguiendo los métodos didascálicos de la época, se recurría bastante al empleo de aforismos, máximas y adagios, o sea frases hechas, provenientes usualmente de la sabiduría popular, que marcaban normas a seguir para un buen comportamiento. Resumiendo, consejos útiles para conducirnos en la vida. Por igual se utilizaba en ellos las rimas, ya fueran estas a o consonantes, para facilitar de esta manera al oyente unas mejores comprensión y memorización de lo expuesto. Diré, por último, que los hay de todo tipo, condición y finalidad, pero creo que en vez de detallarlos iremos viendo algunos y tras cada exposición haremos una aclaración de su propósito. Vamos a ello.
“Si la garza viaja al mar, coger los bueyes y arar; si va la garza a la tierra, coge el hacha y hacer leña”, que dicen los asturianos de Tapia. Parece ser que dada la climatología de aquella maravillosa tierra, cuando hace bueno a la garza no le importa irse a pescar a la mar. Pero si se queda tierra adentro, es porque el agua está encrespada, o hace frío y hay que resguardarse.
Parecidamente, como otra previsión meteorológica, está este, más conocido por nuestras latitudes, de: “Por San Blas, la cigüeña verás”, que indica que a principios de febrero (el 3 en concreto) el invierno ya va en buenas y las aves migran de nuevo hasta nosotros. Hay que observar que esto se daba mucho más antes, cuando hacía frío de verdad y no había tanto esterquilinio en los campos. Pero hoy en día, con el mentadísimo cambio de clima y tanto vertedero incontrolado que las tiene colmadas de alimentos, las cigüeñas se suelen quedar aquí todo el año. Y bien bonitas que son.
Y aunque también se emplea en este que sigue, un ave y una estación, con “Una golondrina no hace verano”, lo que quiere decirse es que las cosas deben estar bien consolidadas para poder decir con verdad que están hechas. Covarrubias ya nos lo explicaba en 1611, y nos decía que porque una de estas aves se haya adelantado eso no quería decir ya estuviese aquí la primavera. O dicho de otro modo: “El pescao no es pescao, hasta que está en la banasta”.
Dícese, y con razón, que “las abejas hacen la miel, y las moscas se la comen”, aludiendo a cómo hay siempre quien, sin merecerlo, se aprovecha del trabajo y el esfuerzo de otros muchos que no cesan de laborar y producir.
Con aquello de que “quien nace lechón, muere cochino”, se está haciendo referencia a que pese a que el humano tiene la posibilidad de cambiar muchas cosas en su vida (cultura, modales, bienes, etc.), normalmente cada uno tiende a mantener su eseidad, que, además, suele sacar a relucir en puntuales momentos. Dicho sin ambages, que el que es tonto, es tonto, aunque vaya a Salamanca y por mucho que se esfuerce en disimularlo. Vamos que “aunque la mona se vista de seda…”, o eso otro de que “la cabra siempre tira al monte”.
Y para finalizar voy citar dos más, advirtiendo que el primero de ellos, tiene cierto intríngulis, por lo que rogaría que nadie viera en él su lado vejatorio, sino que antes bien lo tome en sentido elogioso, que es en el que deseo mostrarlo. Desde siempre se afirmó que “cuando la mula dice: no paso, y la mujer dice: me caso, la mula no pasa, y la mujer se casa”. Pero, por favor, insisto en que ninguno piense que hay aquí disfemismo alguno, ni para la candonga ni para la fémina, porque no es a la posible tozudez a la que se refiere el dicho, o al menos yo no lo hago en ese sentido, sino como ponderación a la tenacidad de ambas, las cuales, como es bien sabido, no cejan en su empeño de conseguir lo que se hayan propuesto, ya encuentren pocas o muchas dificultades en su intento. Vamos, que no se caracterizan por ser pusilánimes precisamente.
Aún más, y para que nadie dude de lo que acabo de decir, terminaré con este otro proverbio muy conocido. Porque sabido es por bastantes gentes que, “a la hora de cacarear, no faltan gallos, pero cuando hay que poner los huevos es la gallina la que hace el trabajo”. Expresado en distintas palabras o llamando a las cosas de otra forma: que por desgracia hay mucho pavo real, pero, por fortuna, también existen muchas hormigas.
Y dicho esto, vuelvo a meter mis cabras en su corral, pero recordándoles que los modos de obrar, los hábitos y las cualidades de los irracionales son muy válidos y nada obsoletos. Así pues, el que quiera aprender de ellos, que aprenda.
Setiembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de setiembre de 2011
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