In memoriam
Ramón Serrano G.
Sabemos muy bien que la vida cambia afortunadamente, aunque, a veces y en algunos aspectos, sea para mal, pero muchas también lo hace para bien, y otras sin mejora ni estropicio, sino obligada por la evolución natural del hombre con sus cada vez mayores posibilidades de todo tipo.
Pese a ello, la principal ocupación de los viejos es, ya se sabe, el recordar momentos, sucesos, oficios o costumbres pasados. Tiempos pretéritos que para nosotros suelen ser “pluscuamperfectos”, porque lo fueron así, o porque así preferimos mantenerlos en la memoria. Y uno de estos días, evocando antiguallas, di en pensar, con el mayor agrado, en las plazas. En esos lugares más o menos grandes, o más o menos bellos, que hay en todos los lugares habitados del mundo. Y quiero hacer una sentida añoranza y una breve glosa geográfica e histórica sobre ellas, pidiendo disculpa de antemano porque, citaré algunas, pero he de dejarme muchas, bastantes, por razón de espacio y de conocimientos.
Desde siempre, en todos los lugares, y en todas las civilizaciones, la plaza de un lugar era el sitio de mayor importancia en el desarrollo de todas las actividades. En ellas se comerciaba, se hacían contratos de todas clases, se dialogaba o se paseaba para estar al tanto de lo ocurrido en la política o la sociedad. Incluso se desarrollaban actos tan dispares como la administración de justicia, prácticas religiosas o la prostitución. Eran, indudablemente, el centro neurálgico de las urbes. El sitio donde se dictaban y se difundían las normas por las que se regían los moradores del lugar. Como mejor ejemplo de todo ello, y por resumir, citaré el Ágora ateniense y el Foro romano.
Pero con el paso de los años la mayoría de esas actividades empezaron a ejercerse en locales adecuados y la función placera se vio enormemente reducida. De cualquier modo la plaza continuó siendo el centro neurálgico del pueblo y en ella, o junto a ella, se instalaban cuantos podían, desde el Ayuntamiento, a bancos, comercios o bares, sabedores de que la mayoría de los vecinos tenían que pasar por allí, y que además gustaban de hacerlo, porque ese céntrico lugar era el corazón que movía la sangre necesaria para un buen desarrollo de la vida urbana. Y se las dotaba de cuantos medios fuesen necesarios para hacerlas más cómodas y acogedoras. Por eso, en el norte las había con soportales para guarecerse de la lluvia, y en el sur se llenaban de árboles para protegerse del sol.
Hoy las plazas ya no tienen ese sentido ni esa misión, porque la gente no concurre en ellas, o no la hace con la asiduidad y por las razones anteriormente expuestas. No acuden porque tienen otras ocupaciones para sus ratos de ocio, mucho más interesantes, según su creencia, que el dialogar tranquilamente con sus vecinos y paisanos, y si quieren hacerlo se reúnen. Unos leen, otros se van a jugar al golf, o al tenis, o a hacer pilates, o yoga, y los más, ven esos maravillosos programas televisivos donde se habla a gritos, y se asegura, minuciosamente, de que el novio de cierta cantante se está acostando con una actriz de cine de tres al cuarto. ¡Qué se le va a hacer!
Yo quiero ampliar esta recordación sobre esos tan entrañables lugares, nombrando algunas plazas del mundo que son muy famosas por varias razones, y consciente de que cualquiera de ustedes podría citar muchas más. Unas porque han sido escenario de sucesos políticos de gran trascendencia. Así, la de Tian’anmen, en Pekín; la de Mayo, en Buenos Aires; la de la Bastilla en París, y, más recientemente, la de Tahrir, en El Cairo.
Otras a destacar por su inmensa belleza, como la Roja, en Moscú; la del Vaticano, en Roma; la Grand Place, en Bruselas; o la Djemaa el Fna, en Marrakech. Todas estas en el extranjero, pero también en nuestro país las hay de una categoría inmensa. Recordemos la Mayor, en Salamanca; la de España, en Sevilla; la del Obradoiro, en Santiago; la de Pedraza; la de Trujillo; o la de Almagro. Cualquiera de ellas es bonita, hasta dejárselo de sobra.
Y finalmente, ruego se me permita sacar de los adentros unas palabras in memoriam de dos costumbres que había, años ha, en la plaza de Tomillares. Es esta hermosa, como hermosa es la tierra donde se ubica, y en ella hay un edificio simbólico y digno de observación: la Posada de los Portales, del siglo XVIII, similar en su estilo a otros existentes en las cercanas poblaciones de Puerto Lápice o Tembleque. Y ocurrían en aquel espacio y por aquellos tiempos cuando yo era niño, dos cosas que recuerdo con mucho agrado. Era una que si llovía con intensidad, se formaban unas corrientes de agua, relativamente importantes, que corrían paralelas desde la calle de D. Víctor hacia la de Socuéllamos. Entonces los empleados municipales, para que la gente pudiese cruzar de un lado a otro, colocaban cuatro “puentecillos” de madera, (tablones, les llamábamos), dos desde la tienda de César hasta la entrada de los carros de la citada Posada de los Portales, y otros dos desde el comercio de aceitunas de Huertas hasta la Posada del Rincón.
La otra imagen que conservo es que, una vez que la venta de comestibles se desplazó hasta el mercado de abastos, toda la plaza estaba invadida a diario, y los domingos abarrotada, por corrillos de hombres, el noventa por ciento de ellos vestidos de uniforme, o sea, con sus boinas bien encasquetadas, sus blusas, más de las de rayas que de las negras, y sus pantalones de pana. Y algunos, bastantes, con su garrota. Allí ellos, amos y señores del recinto, conversaban, trataban, compraban y vendían, o le daban un “repaso” a lo que, o a quien hubiese menester. No se movían de allí, pasara lo que pasase, creándoles verdaderos problemas a los que tenían que cruzar el lugar llevando un carro o un carretón. Y allí se estuvieron, año tras año, hegemónicamente asentados, hasta que la circulación de vehículos a motor se intensificó y acabó con su pacífica estadía placera.
¡Qué buen recuerdo conservo de aquella estampa con la plaza de Tomillares tapizada de blusas y la Posada al fondo!
Octubre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de octubre de 2011
jueves, 6 de octubre de 2011
martes, 27 de septiembre de 2011
Lancinante
Lancinante
Ramón Serrano G.
-Oye Luis, si la mayor parte de los seres humanos suelen vivir en pareja, ¿por qué algunos permanecéis solos?
-¡Bueno! Te podría dar más de cien motivos; lógicos, anormales, egoístas, circunstanciales, y de muchas otras clases. Pero mejor te cuento la historia de alguien a quien conocí un día y que acabó siendo una de esas personas solitarias a las que te acabas de referir. Pon atención:
-En un determinado lugar dos chiquillos, llamados Lucio y Andrés, crecieron como amigos, como amigos se hicieron hombres y como amigos montaron una empresa. En ella todo lo hacían consultándose y participando al cincuenta por ciento en cuanto realizaban. Fuera de ella igual: salían juntos, juntos alternaban, y era tal su compenetración que esta, de haber sido hermanos, quizás no hubiese llegado a tanto. Un buen día ocurrió algo tan natural como que uno de ellos, Lucio, se enamoró de una muchacha, Laura, guapa, bien formada, educada, afable, en suma, una gran moza y al poco se casó con ella. El nuevo estado de uno de ellos no hizo decrecer ni su trato ni su amistad con el otro, que ambos siguieron teniéndolos en el muy alto grado de siempre.
-Andrés, aunque respetando siempre la necesaria intimidad conyugal, pasaba muchas horas del día junto al matrimonio, no sólo en el trabajo (al que la flamante esposa se incorporó de inmediato), sino en los ratos de ocio. Comía los más de los días en casa de ellos y los fines de semana solían los tres hacer excursiones y visitas a los derredores. Todo transcurría normalmente hasta que, en una soleada mañana, sucedió algo novedoso. Algo que duró tan sólo un momento, un maldito momento (o quizás pudiera decir un bendito momento) En ese determinado instante se cruzaron las miradas de Laura y Andrés de un modo que no lo habían hecho nunca. Ambos supieron en el acto que aquello era distinto y que podría ser importante, pero los dos trataron de olvidarlo de inmediato. Ella lo consiguió, o, al menos, no dio muestra alguna de saberlo, aunque estoy seguro de que tenía muy buena conciencia de ello, que las mujeres, para esas cosas, y para muchas otras, tienen una perspicacia increíble.
-Pero lo de Andrés fue otro cantar. Enseguida se temió lo peor y, aunque hizo lo imposible por autoconvencerse de que lo que lo ocurrido sería una cosa sin importancia, algo intrascendente, pronto tuvo que rendirse a la evidencia. Buscaba a la mujer de su amigo a cualquier hora, y, cuando estaba con ella, le embriagaba su sencillo olor a azándar, a olíbano o a terebinto; su sonrisa le sonaba a música célica; percibía que su mirada era serena, tibia y esperanzadora como un amanecer de mayo. Por otra parte cambió su proceder, y cuando comenzó a…desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo,… todo ello le hizo recordar de inmediato a Lope y, por tanto, saber que …eso es amor, quien lo probó, lo sabe.
-Mas también supo que ese sentimiento, a más de muy hermoso, era imposible a todas luces. Que Laura, aún siendo conocedora de esa amación, nunca había hecho nada ni por iniciarla, ni por fomentarla, ni por mantenerla. Y que Lucio no merecía de nadie, y menos de su mejor amigo, no ya el logro, sino tan siquiera el intento de destrozar su vida. Comenzó a disputarse en su subconsciente una lucha entre lo apetecible y lo correcto; un esfuerzo inmenso para no dejarse llevar por la tentación y sí por la honestidad; un lancinante hesitar por acariciar un sueño o por mantener la dignidad. Y así fueron pasando los días y, en su decurso, su interés por vivir de ese modo iba descaeciendo. Sufrió lo indecible para tomar una decisión, pero, finalmente, su conciencia le dehortó que siguiera en aquél lugar y actuó, como era de prever, con la caballerosidad que era de esperar. “Chacun ses convictions”.
-Buscó a Lucio para, mintiéndole por primera vez en su vida, decirle que imperiosas razones le obligaban a marcharse de allí. Dejó en sus manos que le liquidase a su comodidad su parte en el negocio, y esa misma tarde, se despidió de la pareja y se marchó para siempre. Y, al alejarse, se acordó de lo que cantó otro poeta, pues también para él la noche estaba estrellada y tiritaban los astros a lo lejos; y que era imposible no haber amado sus grandes ojos fijos; pensar que no la tenía, sentir que la había perdido y que por ello su alma no estaba contenta; y que por ello, podía escribir los versos más tristes esa noche…
-Luis, le dije, no sé por qué, pero me da en la nariz que yo conozco a ese tal Andrés.
-Como puedes comprender Luca, me contestó, yo no tengo una relación de todos aquellos a quienes conoces. Pero sé lo que te imaginas y me parece que esta vez te han fallado los vientos. No fui yo el Andrés protagonista de este suceso.
Setiembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de setiembre de 2011
Ramón Serrano G.
-Oye Luis, si la mayor parte de los seres humanos suelen vivir en pareja, ¿por qué algunos permanecéis solos?
-¡Bueno! Te podría dar más de cien motivos; lógicos, anormales, egoístas, circunstanciales, y de muchas otras clases. Pero mejor te cuento la historia de alguien a quien conocí un día y que acabó siendo una de esas personas solitarias a las que te acabas de referir. Pon atención:
-En un determinado lugar dos chiquillos, llamados Lucio y Andrés, crecieron como amigos, como amigos se hicieron hombres y como amigos montaron una empresa. En ella todo lo hacían consultándose y participando al cincuenta por ciento en cuanto realizaban. Fuera de ella igual: salían juntos, juntos alternaban, y era tal su compenetración que esta, de haber sido hermanos, quizás no hubiese llegado a tanto. Un buen día ocurrió algo tan natural como que uno de ellos, Lucio, se enamoró de una muchacha, Laura, guapa, bien formada, educada, afable, en suma, una gran moza y al poco se casó con ella. El nuevo estado de uno de ellos no hizo decrecer ni su trato ni su amistad con el otro, que ambos siguieron teniéndolos en el muy alto grado de siempre.
-Andrés, aunque respetando siempre la necesaria intimidad conyugal, pasaba muchas horas del día junto al matrimonio, no sólo en el trabajo (al que la flamante esposa se incorporó de inmediato), sino en los ratos de ocio. Comía los más de los días en casa de ellos y los fines de semana solían los tres hacer excursiones y visitas a los derredores. Todo transcurría normalmente hasta que, en una soleada mañana, sucedió algo novedoso. Algo que duró tan sólo un momento, un maldito momento (o quizás pudiera decir un bendito momento) En ese determinado instante se cruzaron las miradas de Laura y Andrés de un modo que no lo habían hecho nunca. Ambos supieron en el acto que aquello era distinto y que podría ser importante, pero los dos trataron de olvidarlo de inmediato. Ella lo consiguió, o, al menos, no dio muestra alguna de saberlo, aunque estoy seguro de que tenía muy buena conciencia de ello, que las mujeres, para esas cosas, y para muchas otras, tienen una perspicacia increíble.
-Pero lo de Andrés fue otro cantar. Enseguida se temió lo peor y, aunque hizo lo imposible por autoconvencerse de que lo que lo ocurrido sería una cosa sin importancia, algo intrascendente, pronto tuvo que rendirse a la evidencia. Buscaba a la mujer de su amigo a cualquier hora, y, cuando estaba con ella, le embriagaba su sencillo olor a azándar, a olíbano o a terebinto; su sonrisa le sonaba a música célica; percibía que su mirada era serena, tibia y esperanzadora como un amanecer de mayo. Por otra parte cambió su proceder, y cuando comenzó a…desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo,… todo ello le hizo recordar de inmediato a Lope y, por tanto, saber que …eso es amor, quien lo probó, lo sabe.
-Mas también supo que ese sentimiento, a más de muy hermoso, era imposible a todas luces. Que Laura, aún siendo conocedora de esa amación, nunca había hecho nada ni por iniciarla, ni por fomentarla, ni por mantenerla. Y que Lucio no merecía de nadie, y menos de su mejor amigo, no ya el logro, sino tan siquiera el intento de destrozar su vida. Comenzó a disputarse en su subconsciente una lucha entre lo apetecible y lo correcto; un esfuerzo inmenso para no dejarse llevar por la tentación y sí por la honestidad; un lancinante hesitar por acariciar un sueño o por mantener la dignidad. Y así fueron pasando los días y, en su decurso, su interés por vivir de ese modo iba descaeciendo. Sufrió lo indecible para tomar una decisión, pero, finalmente, su conciencia le dehortó que siguiera en aquél lugar y actuó, como era de prever, con la caballerosidad que era de esperar. “Chacun ses convictions”.
-Buscó a Lucio para, mintiéndole por primera vez en su vida, decirle que imperiosas razones le obligaban a marcharse de allí. Dejó en sus manos que le liquidase a su comodidad su parte en el negocio, y esa misma tarde, se despidió de la pareja y se marchó para siempre. Y, al alejarse, se acordó de lo que cantó otro poeta, pues también para él la noche estaba estrellada y tiritaban los astros a lo lejos; y que era imposible no haber amado sus grandes ojos fijos; pensar que no la tenía, sentir que la había perdido y que por ello su alma no estaba contenta; y que por ello, podía escribir los versos más tristes esa noche…
-Luis, le dije, no sé por qué, pero me da en la nariz que yo conozco a ese tal Andrés.
-Como puedes comprender Luca, me contestó, yo no tengo una relación de todos aquellos a quienes conoces. Pero sé lo que te imaginas y me parece que esta vez te han fallado los vientos. No fui yo el Andrés protagonista de este suceso.
Setiembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de setiembre de 2011
viernes, 9 de septiembre de 2011
Prender
Aprender
Ramón Serrano G.
Hace poco les hablaba de de cómo el hombre acude con frecuencia en sus expresiones al reino animal. Entonces me refería a la corriente utilización para eso de adjetivos, admirativos unos y denostadores otros, que los hay para todos gustos. Hoy quiero hacerlo para resaltar cómo utilizamos nuestro lenguaje para acoplar a nuestro modo de obrar aludiendo a los usos y actuaciones de los irracionales. Debo aclarar que empleo este calificativo porque sé que ninguno de ellos se va a enterar de lo que digo, que si alguno lo hiciera, me contestaría indicándome que muchos de ellos se suelen comportar más sensatamente que nosotros los racionales. Pero vayamos a lo que nos ocupa.
La causa es, a mi juicio, que como nos gusta apoyar nuestros dichos con algún ejemplo (aquello de las parábolas citado anteriormente) se ha pensado que la mejor manera de convencer a nuestros interlocutores de la bondad o veracidad de nuestros asertos, es haciéndoles ver que hasta los pobres animales, aquellos que no poseen un brillante cerebro como nosotros, obran de tal o cual modo, lo cual es lo más apropiado para alcanzar lo que nos proponemos. Es igualmente cierto que existen dichos que exponen la actuación ejemplar de personajes ilustres en determinados momentos históricos. Pero como aquellas elocuciones a las que me refiero suelen datar de los tiempos en los que la muy célebre y nombrada Mari Castaña habitaba entre nosotros, y por aquellos entonces la cultura no estaba muy extendida entre las gentes, estas se acogían a sencillas exposiciones de costumbres y actitudes que todos normalmente conocían para marcar el camino a seguir y el buen resultado que nos proporcionaría el tomarlo.
He de aclarar además que, siguiendo los métodos didascálicos de la época, se recurría bastante al empleo de aforismos, máximas y adagios, o sea frases hechas, provenientes usualmente de la sabiduría popular, que marcaban normas a seguir para un buen comportamiento. Resumiendo, consejos útiles para conducirnos en la vida. Por igual se utilizaba en ellos las rimas, ya fueran estas a o consonantes, para facilitar de esta manera al oyente unas mejores comprensión y memorización de lo expuesto. Diré, por último, que los hay de todo tipo, condición y finalidad, pero creo que en vez de detallarlos iremos viendo algunos y tras cada exposición haremos una aclaración de su propósito. Vamos a ello.
“Si la garza viaja al mar, coger los bueyes y arar; si va la garza a la tierra, coge el hacha y hacer leña”, que dicen los asturianos de Tapia. Parece ser que dada la climatología de aquella maravillosa tierra, cuando hace bueno a la garza no le importa irse a pescar a la mar. Pero si se queda tierra adentro, es porque el agua está encrespada, o hace frío y hay que resguardarse.
Parecidamente, como otra previsión meteorológica, está este, más conocido por nuestras latitudes, de: “Por San Blas, la cigüeña verás”, que indica que a principios de febrero (el 3 en concreto) el invierno ya va en buenas y las aves migran de nuevo hasta nosotros. Hay que observar que esto se daba mucho más antes, cuando hacía frío de verdad y no había tanto esterquilinio en los campos. Pero hoy en día, con el mentadísimo cambio de clima y tanto vertedero incontrolado que las tiene colmadas de alimentos, las cigüeñas se suelen quedar aquí todo el año. Y bien bonitas que son.
Y aunque también se emplea en este que sigue, un ave y una estación, con “Una golondrina no hace verano”, lo que quiere decirse es que las cosas deben estar bien consolidadas para poder decir con verdad que están hechas. Covarrubias ya nos lo explicaba en 1611, y nos decía que porque una de estas aves se haya adelantado eso no quería decir ya estuviese aquí la primavera. O dicho de otro modo: “El pescao no es pescao, hasta que está en la banasta”.
Dícese, y con razón, que “las abejas hacen la miel, y las moscas se la comen”, aludiendo a cómo hay siempre quien, sin merecerlo, se aprovecha del trabajo y el esfuerzo de otros muchos que no cesan de laborar y producir.
Con aquello de que “quien nace lechón, muere cochino”, se está haciendo referencia a que pese a que el humano tiene la posibilidad de cambiar muchas cosas en su vida (cultura, modales, bienes, etc.), normalmente cada uno tiende a mantener su eseidad, que, además, suele sacar a relucir en puntuales momentos. Dicho sin ambages, que el que es tonto, es tonto, aunque vaya a Salamanca y por mucho que se esfuerce en disimularlo. Vamos que “aunque la mona se vista de seda…”, o eso otro de que “la cabra siempre tira al monte”.
Y para finalizar voy citar dos más, advirtiendo que el primero de ellos, tiene cierto intríngulis, por lo que rogaría que nadie viera en él su lado vejatorio, sino que antes bien lo tome en sentido elogioso, que es en el que deseo mostrarlo. Desde siempre se afirmó que “cuando la mula dice: no paso, y la mujer dice: me caso, la mula no pasa, y la mujer se casa”. Pero, por favor, insisto en que ninguno piense que hay aquí disfemismo alguno, ni para la candonga ni para la fémina, porque no es a la posible tozudez a la que se refiere el dicho, o al menos yo no lo hago en ese sentido, sino como ponderación a la tenacidad de ambas, las cuales, como es bien sabido, no cejan en su empeño de conseguir lo que se hayan propuesto, ya encuentren pocas o muchas dificultades en su intento. Vamos, que no se caracterizan por ser pusilánimes precisamente.
Aún más, y para que nadie dude de lo que acabo de decir, terminaré con este otro proverbio muy conocido. Porque sabido es por bastantes gentes que, “a la hora de cacarear, no faltan gallos, pero cuando hay que poner los huevos es la gallina la que hace el trabajo”. Expresado en distintas palabras o llamando a las cosas de otra forma: que por desgracia hay mucho pavo real, pero, por fortuna, también existen muchas hormigas.
Y dicho esto, vuelvo a meter mis cabras en su corral, pero recordándoles que los modos de obrar, los hábitos y las cualidades de los irracionales son muy válidos y nada obsoletos. Así pues, el que quiera aprender de ellos, que aprenda.
Setiembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de setiembre de 2011
Ramón Serrano G.
Hace poco les hablaba de de cómo el hombre acude con frecuencia en sus expresiones al reino animal. Entonces me refería a la corriente utilización para eso de adjetivos, admirativos unos y denostadores otros, que los hay para todos gustos. Hoy quiero hacerlo para resaltar cómo utilizamos nuestro lenguaje para acoplar a nuestro modo de obrar aludiendo a los usos y actuaciones de los irracionales. Debo aclarar que empleo este calificativo porque sé que ninguno de ellos se va a enterar de lo que digo, que si alguno lo hiciera, me contestaría indicándome que muchos de ellos se suelen comportar más sensatamente que nosotros los racionales. Pero vayamos a lo que nos ocupa.
La causa es, a mi juicio, que como nos gusta apoyar nuestros dichos con algún ejemplo (aquello de las parábolas citado anteriormente) se ha pensado que la mejor manera de convencer a nuestros interlocutores de la bondad o veracidad de nuestros asertos, es haciéndoles ver que hasta los pobres animales, aquellos que no poseen un brillante cerebro como nosotros, obran de tal o cual modo, lo cual es lo más apropiado para alcanzar lo que nos proponemos. Es igualmente cierto que existen dichos que exponen la actuación ejemplar de personajes ilustres en determinados momentos históricos. Pero como aquellas elocuciones a las que me refiero suelen datar de los tiempos en los que la muy célebre y nombrada Mari Castaña habitaba entre nosotros, y por aquellos entonces la cultura no estaba muy extendida entre las gentes, estas se acogían a sencillas exposiciones de costumbres y actitudes que todos normalmente conocían para marcar el camino a seguir y el buen resultado que nos proporcionaría el tomarlo.
He de aclarar además que, siguiendo los métodos didascálicos de la época, se recurría bastante al empleo de aforismos, máximas y adagios, o sea frases hechas, provenientes usualmente de la sabiduría popular, que marcaban normas a seguir para un buen comportamiento. Resumiendo, consejos útiles para conducirnos en la vida. Por igual se utilizaba en ellos las rimas, ya fueran estas a o consonantes, para facilitar de esta manera al oyente unas mejores comprensión y memorización de lo expuesto. Diré, por último, que los hay de todo tipo, condición y finalidad, pero creo que en vez de detallarlos iremos viendo algunos y tras cada exposición haremos una aclaración de su propósito. Vamos a ello.
“Si la garza viaja al mar, coger los bueyes y arar; si va la garza a la tierra, coge el hacha y hacer leña”, que dicen los asturianos de Tapia. Parece ser que dada la climatología de aquella maravillosa tierra, cuando hace bueno a la garza no le importa irse a pescar a la mar. Pero si se queda tierra adentro, es porque el agua está encrespada, o hace frío y hay que resguardarse.
Parecidamente, como otra previsión meteorológica, está este, más conocido por nuestras latitudes, de: “Por San Blas, la cigüeña verás”, que indica que a principios de febrero (el 3 en concreto) el invierno ya va en buenas y las aves migran de nuevo hasta nosotros. Hay que observar que esto se daba mucho más antes, cuando hacía frío de verdad y no había tanto esterquilinio en los campos. Pero hoy en día, con el mentadísimo cambio de clima y tanto vertedero incontrolado que las tiene colmadas de alimentos, las cigüeñas se suelen quedar aquí todo el año. Y bien bonitas que son.
Y aunque también se emplea en este que sigue, un ave y una estación, con “Una golondrina no hace verano”, lo que quiere decirse es que las cosas deben estar bien consolidadas para poder decir con verdad que están hechas. Covarrubias ya nos lo explicaba en 1611, y nos decía que porque una de estas aves se haya adelantado eso no quería decir ya estuviese aquí la primavera. O dicho de otro modo: “El pescao no es pescao, hasta que está en la banasta”.
Dícese, y con razón, que “las abejas hacen la miel, y las moscas se la comen”, aludiendo a cómo hay siempre quien, sin merecerlo, se aprovecha del trabajo y el esfuerzo de otros muchos que no cesan de laborar y producir.
Con aquello de que “quien nace lechón, muere cochino”, se está haciendo referencia a que pese a que el humano tiene la posibilidad de cambiar muchas cosas en su vida (cultura, modales, bienes, etc.), normalmente cada uno tiende a mantener su eseidad, que, además, suele sacar a relucir en puntuales momentos. Dicho sin ambages, que el que es tonto, es tonto, aunque vaya a Salamanca y por mucho que se esfuerce en disimularlo. Vamos que “aunque la mona se vista de seda…”, o eso otro de que “la cabra siempre tira al monte”.
Y para finalizar voy citar dos más, advirtiendo que el primero de ellos, tiene cierto intríngulis, por lo que rogaría que nadie viera en él su lado vejatorio, sino que antes bien lo tome en sentido elogioso, que es en el que deseo mostrarlo. Desde siempre se afirmó que “cuando la mula dice: no paso, y la mujer dice: me caso, la mula no pasa, y la mujer se casa”. Pero, por favor, insisto en que ninguno piense que hay aquí disfemismo alguno, ni para la candonga ni para la fémina, porque no es a la posible tozudez a la que se refiere el dicho, o al menos yo no lo hago en ese sentido, sino como ponderación a la tenacidad de ambas, las cuales, como es bien sabido, no cejan en su empeño de conseguir lo que se hayan propuesto, ya encuentren pocas o muchas dificultades en su intento. Vamos, que no se caracterizan por ser pusilánimes precisamente.
Aún más, y para que nadie dude de lo que acabo de decir, terminaré con este otro proverbio muy conocido. Porque sabido es por bastantes gentes que, “a la hora de cacarear, no faltan gallos, pero cuando hay que poner los huevos es la gallina la que hace el trabajo”. Expresado en distintas palabras o llamando a las cosas de otra forma: que por desgracia hay mucho pavo real, pero, por fortuna, también existen muchas hormigas.
Y dicho esto, vuelvo a meter mis cabras en su corral, pero recordándoles que los modos de obrar, los hábitos y las cualidades de los irracionales son muy válidos y nada obsoletos. Así pues, el que quiera aprender de ellos, que aprenda.
Setiembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de setiembre de 2011
jueves, 11 de agosto de 2011
Vendrá. Estoy seguro
Vendrán. Estoy seguro
Ramón Serrano G.
Es fácil observar cómo desde siempre el hombre ha tratado de dominar el universo, o parte de él, muchas veces lo ha conseguido y lo sigue consiguiendo, y hasta tal punto, que hoy a nadie extraña el ver cómo puede predecirse matemáticamente la distancia que dos cohetes espaciales van a recorrer hasta encontrarse, el punto exacto en la que se halla el epicentro de un terremoto, o tantas y tantas maravillas a las que hoy, por mor de la costumbre, ya no damos apenas importancia.
Pese a ello, podemos comprobar, por otra parte, cómo las cosas más sutiles, las más intrascendentes, y, al parecer, las más sencillas, escapan al poderío casi ilimitado de la mano humana, sin que esta pueda hacer nada por acelerar su ritmo o detener su impulso. Así, ¿puede alguien saber qué día harán su entrada en nuestras tierras aquellas golondrinas que alegrarán otra vez la primavera? ¿O en qué soplo de viento viajará el polen que hará nacer las cardenchas, erguidas y arrogantes, que son las constantes centinelas de todos los caminos? Todos lo ignoramos, aunque todos estamos seguros de que han de retornar y que allí estarán, unas y otras, de nuevo, un año y otro año.
Y, en humilde parábola, he dado yo en pensar que hay cantidad de cosas hermosas, grandiosas unas y sencillas otras, que el hombre disfruta anualmente, a veces conociéndolas, y otras sin saber a ciencia cierta cuál es su causa o la fecha exacta de su advenimiento, pero sí que tiene merecimientos sobrados para ello. Cosas que el ser humano no siempre dirige y sin embargo espera y, permítaseme la hendíadis, disfruta de ellas en cuerpo y alma. Tenemos un claro ejemplo de ello en Tomillares, cuando agosto, casi agotando sus días, nos trae su Fiesta de las Letras, cosa que lleva haciendo ya milenta años, y en la que se dan cita un grupo de mujeres derrochando hermosura, con poetas y juglares de habla fluida y cantarina, y un pueblo deseoso de gozar de la belleza. Y nadie sabe por qué el evento nació aquí, ni hay nadie que impida o acelere su llegada. Lo cierto es que ocurrió. Afortunadamente. Y que por fortuna sigue acaeciendo.
Surgió porque tenía que surgir y porque se escribió que sucediera de ese modo en el arcaico libro de los tiempos. Así, año tras año y por fortuna, saboreamos el encanto de este acto, y acomodamos para su deleite la vista y el oído, con el fin de apreciar la plenitud de este acontecimiento lírico y venusto que acude puntual a llenar nuestras almas de gozo y esperanza.
Pero ¡ojo! que hay que tener siempre presente que lo que es bueno de verdad cuesta, y no poco, conseguirlo. Y yo quiero alertaros de un peligro que acecha siempre, no a esa sola, sino a todas esas acciones que se emprenden, no para buscar compensas pecuniarias, sino por conseguir el solaz de nuestro espíritu. Y el riesgo está, en que cansados de tanta lucha, tanto esfuerzo y tanto compromiso, muchos caen en el abandono, hastiados de una prisa fulgurante a todas horas por la velocidad a la que hemos de movernos para poder llegar a tiempo a la diversidad de obligaciones que nos hemos impuesto. O para lograr un ritmo de trabajo con el que alcanzaremos no ya un mayor salario, sino que no nos echen del trabajo.
Y entonces, por ese agotamiento físico y síquico, caen en la trampa de asentarse en el primer oasis que se encuentran, y suelen montar su jaima en la triste parcela de la filosofía existencialista, que ve más productivo el pájaro en la mano que muchos en el cielo. Creen, como el poema persa del Rubaiyat, que hay que gozar del hoy, pues el incierto mañana no nos pertenece. Es, simplemente, el “carpe diem” de Horacio a Leuconia: “Aprovecha el presente, no prepares el futuro, ni pienses en él ”.
Triste postura esta que, ni es, ni debe ser la nuestra. Ellos, en su miopía, miran el almanaque y ven sólo una hoja. Nosotros, si nos acostumbramos a lanzar lejos la mirada y pisamos con fuerza en nuestro andar, lograremos muchas recompensas satisfactorias en extremo, y entre ellas, una como esta antes citada de la celebración de la Fiesta de las Letras. Y si además ejerciendo la docencia, inculcamos esas querencias naturales a nuestros descendientes, ellos conseguirán, estoy seguro, que cuando vaya a terminar este milenio apenas comenzado, seguirán apareciendo cada año en nuestro Tomillares otras damas, hermosas golondrinas anunciadoras de vida, y otros escritores, cardenchas centinelas de todos los caminos, que mantendrán por siempre en nuestra parda tierra un reino de hermosura y de lirismo.
Continuarán llegando hasta nosotros. Vendrán. Pues claro que vendrán. Estoy seguro.
Agosto de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 12 de agosto de 2011
Ramón Serrano G.
Es fácil observar cómo desde siempre el hombre ha tratado de dominar el universo, o parte de él, muchas veces lo ha conseguido y lo sigue consiguiendo, y hasta tal punto, que hoy a nadie extraña el ver cómo puede predecirse matemáticamente la distancia que dos cohetes espaciales van a recorrer hasta encontrarse, el punto exacto en la que se halla el epicentro de un terremoto, o tantas y tantas maravillas a las que hoy, por mor de la costumbre, ya no damos apenas importancia.
Pese a ello, podemos comprobar, por otra parte, cómo las cosas más sutiles, las más intrascendentes, y, al parecer, las más sencillas, escapan al poderío casi ilimitado de la mano humana, sin que esta pueda hacer nada por acelerar su ritmo o detener su impulso. Así, ¿puede alguien saber qué día harán su entrada en nuestras tierras aquellas golondrinas que alegrarán otra vez la primavera? ¿O en qué soplo de viento viajará el polen que hará nacer las cardenchas, erguidas y arrogantes, que son las constantes centinelas de todos los caminos? Todos lo ignoramos, aunque todos estamos seguros de que han de retornar y que allí estarán, unas y otras, de nuevo, un año y otro año.
Y, en humilde parábola, he dado yo en pensar que hay cantidad de cosas hermosas, grandiosas unas y sencillas otras, que el hombre disfruta anualmente, a veces conociéndolas, y otras sin saber a ciencia cierta cuál es su causa o la fecha exacta de su advenimiento, pero sí que tiene merecimientos sobrados para ello. Cosas que el ser humano no siempre dirige y sin embargo espera y, permítaseme la hendíadis, disfruta de ellas en cuerpo y alma. Tenemos un claro ejemplo de ello en Tomillares, cuando agosto, casi agotando sus días, nos trae su Fiesta de las Letras, cosa que lleva haciendo ya milenta años, y en la que se dan cita un grupo de mujeres derrochando hermosura, con poetas y juglares de habla fluida y cantarina, y un pueblo deseoso de gozar de la belleza. Y nadie sabe por qué el evento nació aquí, ni hay nadie que impida o acelere su llegada. Lo cierto es que ocurrió. Afortunadamente. Y que por fortuna sigue acaeciendo.
Surgió porque tenía que surgir y porque se escribió que sucediera de ese modo en el arcaico libro de los tiempos. Así, año tras año y por fortuna, saboreamos el encanto de este acto, y acomodamos para su deleite la vista y el oído, con el fin de apreciar la plenitud de este acontecimiento lírico y venusto que acude puntual a llenar nuestras almas de gozo y esperanza.
Pero ¡ojo! que hay que tener siempre presente que lo que es bueno de verdad cuesta, y no poco, conseguirlo. Y yo quiero alertaros de un peligro que acecha siempre, no a esa sola, sino a todas esas acciones que se emprenden, no para buscar compensas pecuniarias, sino por conseguir el solaz de nuestro espíritu. Y el riesgo está, en que cansados de tanta lucha, tanto esfuerzo y tanto compromiso, muchos caen en el abandono, hastiados de una prisa fulgurante a todas horas por la velocidad a la que hemos de movernos para poder llegar a tiempo a la diversidad de obligaciones que nos hemos impuesto. O para lograr un ritmo de trabajo con el que alcanzaremos no ya un mayor salario, sino que no nos echen del trabajo.
Y entonces, por ese agotamiento físico y síquico, caen en la trampa de asentarse en el primer oasis que se encuentran, y suelen montar su jaima en la triste parcela de la filosofía existencialista, que ve más productivo el pájaro en la mano que muchos en el cielo. Creen, como el poema persa del Rubaiyat, que hay que gozar del hoy, pues el incierto mañana no nos pertenece. Es, simplemente, el “carpe diem” de Horacio a Leuconia: “Aprovecha el presente, no prepares el futuro, ni pienses en él ”.
Triste postura esta que, ni es, ni debe ser la nuestra. Ellos, en su miopía, miran el almanaque y ven sólo una hoja. Nosotros, si nos acostumbramos a lanzar lejos la mirada y pisamos con fuerza en nuestro andar, lograremos muchas recompensas satisfactorias en extremo, y entre ellas, una como esta antes citada de la celebración de la Fiesta de las Letras. Y si además ejerciendo la docencia, inculcamos esas querencias naturales a nuestros descendientes, ellos conseguirán, estoy seguro, que cuando vaya a terminar este milenio apenas comenzado, seguirán apareciendo cada año en nuestro Tomillares otras damas, hermosas golondrinas anunciadoras de vida, y otros escritores, cardenchas centinelas de todos los caminos, que mantendrán por siempre en nuestra parda tierra un reino de hermosura y de lirismo.
Continuarán llegando hasta nosotros. Vendrán. Pues claro que vendrán. Estoy seguro.
Agosto de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 12 de agosto de 2011
jueves, 4 de agosto de 2011
La hucha
La hucha
Ramón Serrano G.
Para María, mi españholandesita.
Mi querida María: Como no sé si llegaré a verte grande, cuando ya te hayas hecho una mujer, pues mis años van siendo muchos y quizás no tarde demasiado en irme con mi amiga “La Flaca”, hoy que acabas de nacer te escribo estas líneas por si deseas conservarlas y leerlas cuando seas mayor. Ya quisiera saber escribir como Velthuijs, o como Juan Ramón, pero habrás de conformarte con las pobres líneas de este aficionado.
Verás. Hace muchos años, en la época en la que yo era un niño, estaba muy extendida la costumbre de ahorrar, cosa que, lamentablemente, ahora ya no sucede. O casi. Hoy en día la gente gasta y gasta, a veces más de lo que tiene, sin pensar que luego han de venir los años de las vacas flacas. ¡Ah! ¿Que no sabes qué es eso de las vacas flacas? Bueno, pues es una historia muy interesante que está escrita en el “Génesis”. Ya la leerás a su debido tiempo. Continúo. La mayoría de las gentes solía guardar un tanto de lo que tuvieran, ya fuese mucho o poco, para que si algún día hubiese escasez, poder disponer de algo y no tener una indigencia absoluta.
Así hice yo con el cariño. Fui atesorando todo el que pude en una hucha grande, grande, een grote spaarvarken, y aunque les di casi todo el que tenía a tu padre y a sus hermanos, una noche de diciembre, bien me acuerdo, arrebujado en las mantas para evitar el frío, me dije: -No des a tus hijos todo el amor del que dispones, porque, con gran probabilidad, estos tendrán a su vez descendientes y a ellos has de entregarles también una buena cantidad de inhesión. A eso me atuve, y, por eso, seguí ahorrando y ahorrando, condesando cuanto cariño pude en la alcancía de la que antes te hablé. Y cuando empezaron a llegar, primero tus primas, luego tus primos, y después tu hermano, ya había hecho yo acopio de otra enorme cantidad de querer, que pude ir distribuyendo entre ellos seis a partes iguales. Y me sentí muy feliz, porque has de saber que no hay afecto comparable al de un abuelo para con sus nietos. ¡Ojalá llegues a comprobarlo algún día!
Entonces pensando que no tendría más, me vi libre de la obligación del ahorro cariñoso, pero recordando que donde hay yeguas potros nacen, volví a ahuchar de nuevo. Y mira por dónde, ahora has venido tú, mi pequeña medio españolita, medio holandesita, emergiendo como una Venus Anadiomene, a saturarnos de alegría y a ilusionarnos de nuevo con tu recién estrenada vida. Y hablo en plural porque me estoy refiriendo, en eso de la satisfacción, no sólo a mí, sino también a tus padres, demás abuelos, tíos y tus cinco primos. Y a Maxi, al que ahora también le gustas porque te ve pequeñita y tierna, pero cuando crezcas, quieras coger sus juguetes y vea que a veces te van a hacer a ti más caso que a él, estoy seguro que se va a mosquear un tanto y alguna vez que otra os pelearéis. Cosa de poco, por supuesto. De cualquier modo, y antes de continuar, he de contarte un secreto que debemos guardar entre tú y yo. Escucha, de todos los que antes he citado, absolutamente de todos, no hay nadie que te quiera más que el abuelo Ramón. Igual, varios, o todos, pero más, seguro que ninguno.
¿Y por qué es esto?, me preguntarás. Y te contestaré diciendo que, aunque no debes hacerme mucho caso, porque mi saber es corto y grande mi ignorancia, sí sé que hay por ahí un aforismo que dice que el cariño entre dos personas es inversamente proporcional al tiempo que ellas pueden pasar juntas. Entonces, como por ley de vida no puede ser mucho el tiempo que vivamos tú y yo a la vez, he de sacar con la mayor presura el amor que tengo atesorado en mi hucha, y he de aprovechar ese escaso espacio temporal, para, en él, dártelo, e igualarte en amor a tus Serranitos predecesores. Esa es, al menos, mi intención. Aunque he de decirte que, a lo largo de tu vida contarás con mi admiración. Con la mía y la de todos, pues sé que en verdad tú serás, y encontraremos en ti, a la mujer completa. A la Eshet Jayil, de la que habla el libro de los “Proverbios”.
Por último, y a sabiendas de que aún siendo tan pequeñita ya me estarás oyendo, quiero decirte unas cosas que no sé bien cómo llamarlas, ya que tienen la mitad de deseo y la otra mitad de ruego. Son tres. Y, para conseguirlos, has de recordar que: Ut dessint vires tamen es laudanda voluntas.(Aunque falten las fuerzas, se ha de valorar siempre la voluntad).
Me gustaría, primeramente, que atiendas y sigas el consejo de tus padres. De ambos. Por raras y fastidiosas que sus sugerencias puedan parecerte a veces. Piensa que a nadie encontrarás en esta vida tan dispuesto como ellos a darte cuanto tengan, a librarte de todos los males que puedan o pudieran angustiarte, y a conducirte por los mejores caminos que haya (y fíjate que no digo los más cómodos) para que logres lo mejor.
Es la siguiente, que vayas a la Universidad y que de ella salgas triunfante. Que seas una buena estudiante, como lo fue tu padre. Pero no olvides lo que tantas veces se ha dicho: más importante es que la Universidad pase por ti, que tú pases por ella. Imbúyete de su espíritu y vívelo. Yo, que soy consciente de las escasísimas probabilidades que tengo de llegar a verlo, si sé, a ciencia cierta, que no me defraudarás en esto.
La final, y tan importante como las anteriores, es que sea tu propósito, y alcances a lo largo de tu existencia, el aurea mediocritas, aquella que propugnaba el insigne Horacio, ya que con ella, sé que conseguirás el inmenso bienestar que te deseo.
Con estos tres logros llegarás a ser una gran mujer y accederás a la felicidad. Estoy seguro. Pero, para ayudarte, quiero citar al gran Oscar Wilde, tu entonces tercer compatriota, cuando dijo: “Con la libertad, las flores, los libros y la luna, ¿quién no será perfectamente feliz?” En la confianza de que esto será así, deseo hacerte saber por último, mi queridísima españholandesita, que tu abuelo español te ha recibido con todo el júbilo que es capaz de albergar su ya viejo corazón.
Agosto de 2011
1 de agosto de 2011.
Ramón Serrano G.
Para María, mi españholandesita.
Mi querida María: Como no sé si llegaré a verte grande, cuando ya te hayas hecho una mujer, pues mis años van siendo muchos y quizás no tarde demasiado en irme con mi amiga “La Flaca”, hoy que acabas de nacer te escribo estas líneas por si deseas conservarlas y leerlas cuando seas mayor. Ya quisiera saber escribir como Velthuijs, o como Juan Ramón, pero habrás de conformarte con las pobres líneas de este aficionado.
Verás. Hace muchos años, en la época en la que yo era un niño, estaba muy extendida la costumbre de ahorrar, cosa que, lamentablemente, ahora ya no sucede. O casi. Hoy en día la gente gasta y gasta, a veces más de lo que tiene, sin pensar que luego han de venir los años de las vacas flacas. ¡Ah! ¿Que no sabes qué es eso de las vacas flacas? Bueno, pues es una historia muy interesante que está escrita en el “Génesis”. Ya la leerás a su debido tiempo. Continúo. La mayoría de las gentes solía guardar un tanto de lo que tuvieran, ya fuese mucho o poco, para que si algún día hubiese escasez, poder disponer de algo y no tener una indigencia absoluta.
Así hice yo con el cariño. Fui atesorando todo el que pude en una hucha grande, grande, een grote spaarvarken, y aunque les di casi todo el que tenía a tu padre y a sus hermanos, una noche de diciembre, bien me acuerdo, arrebujado en las mantas para evitar el frío, me dije: -No des a tus hijos todo el amor del que dispones, porque, con gran probabilidad, estos tendrán a su vez descendientes y a ellos has de entregarles también una buena cantidad de inhesión. A eso me atuve, y, por eso, seguí ahorrando y ahorrando, condesando cuanto cariño pude en la alcancía de la que antes te hablé. Y cuando empezaron a llegar, primero tus primas, luego tus primos, y después tu hermano, ya había hecho yo acopio de otra enorme cantidad de querer, que pude ir distribuyendo entre ellos seis a partes iguales. Y me sentí muy feliz, porque has de saber que no hay afecto comparable al de un abuelo para con sus nietos. ¡Ojalá llegues a comprobarlo algún día!
Entonces pensando que no tendría más, me vi libre de la obligación del ahorro cariñoso, pero recordando que donde hay yeguas potros nacen, volví a ahuchar de nuevo. Y mira por dónde, ahora has venido tú, mi pequeña medio españolita, medio holandesita, emergiendo como una Venus Anadiomene, a saturarnos de alegría y a ilusionarnos de nuevo con tu recién estrenada vida. Y hablo en plural porque me estoy refiriendo, en eso de la satisfacción, no sólo a mí, sino también a tus padres, demás abuelos, tíos y tus cinco primos. Y a Maxi, al que ahora también le gustas porque te ve pequeñita y tierna, pero cuando crezcas, quieras coger sus juguetes y vea que a veces te van a hacer a ti más caso que a él, estoy seguro que se va a mosquear un tanto y alguna vez que otra os pelearéis. Cosa de poco, por supuesto. De cualquier modo, y antes de continuar, he de contarte un secreto que debemos guardar entre tú y yo. Escucha, de todos los que antes he citado, absolutamente de todos, no hay nadie que te quiera más que el abuelo Ramón. Igual, varios, o todos, pero más, seguro que ninguno.
¿Y por qué es esto?, me preguntarás. Y te contestaré diciendo que, aunque no debes hacerme mucho caso, porque mi saber es corto y grande mi ignorancia, sí sé que hay por ahí un aforismo que dice que el cariño entre dos personas es inversamente proporcional al tiempo que ellas pueden pasar juntas. Entonces, como por ley de vida no puede ser mucho el tiempo que vivamos tú y yo a la vez, he de sacar con la mayor presura el amor que tengo atesorado en mi hucha, y he de aprovechar ese escaso espacio temporal, para, en él, dártelo, e igualarte en amor a tus Serranitos predecesores. Esa es, al menos, mi intención. Aunque he de decirte que, a lo largo de tu vida contarás con mi admiración. Con la mía y la de todos, pues sé que en verdad tú serás, y encontraremos en ti, a la mujer completa. A la Eshet Jayil, de la que habla el libro de los “Proverbios”.
Por último, y a sabiendas de que aún siendo tan pequeñita ya me estarás oyendo, quiero decirte unas cosas que no sé bien cómo llamarlas, ya que tienen la mitad de deseo y la otra mitad de ruego. Son tres. Y, para conseguirlos, has de recordar que: Ut dessint vires tamen es laudanda voluntas.(Aunque falten las fuerzas, se ha de valorar siempre la voluntad).
Me gustaría, primeramente, que atiendas y sigas el consejo de tus padres. De ambos. Por raras y fastidiosas que sus sugerencias puedan parecerte a veces. Piensa que a nadie encontrarás en esta vida tan dispuesto como ellos a darte cuanto tengan, a librarte de todos los males que puedan o pudieran angustiarte, y a conducirte por los mejores caminos que haya (y fíjate que no digo los más cómodos) para que logres lo mejor.
Es la siguiente, que vayas a la Universidad y que de ella salgas triunfante. Que seas una buena estudiante, como lo fue tu padre. Pero no olvides lo que tantas veces se ha dicho: más importante es que la Universidad pase por ti, que tú pases por ella. Imbúyete de su espíritu y vívelo. Yo, que soy consciente de las escasísimas probabilidades que tengo de llegar a verlo, si sé, a ciencia cierta, que no me defraudarás en esto.
La final, y tan importante como las anteriores, es que sea tu propósito, y alcances a lo largo de tu existencia, el aurea mediocritas, aquella que propugnaba el insigne Horacio, ya que con ella, sé que conseguirás el inmenso bienestar que te deseo.
Con estos tres logros llegarás a ser una gran mujer y accederás a la felicidad. Estoy seguro. Pero, para ayudarte, quiero citar al gran Oscar Wilde, tu entonces tercer compatriota, cuando dijo: “Con la libertad, las flores, los libros y la luna, ¿quién no será perfectamente feliz?” En la confianza de que esto será así, deseo hacerte saber por último, mi queridísima españholandesita, que tu abuelo español te ha recibido con todo el júbilo que es capaz de albergar su ya viejo corazón.
Agosto de 2011
1 de agosto de 2011.
jueves, 28 de julio de 2011
Y no saberlo decir
Y no saberlo decir
Ramón Serrano G.
“…más doloroso es amar, y no poderlo decir”.- Joaquín Dicenta.
Muchas personas tienen a lo largo de su vida, demasiado larga para unas, excesivamente corta para otras, la desdicha de que, habiéndoles sucedido algo de gran importancia para ellas, no encuentran el modo adecuado de expresar al resto lo que les ha sucedido. Y por ello reconozco y proclamo, que es grande el tósigo de quien albergando fantasías y sueños, percibe que carece de alas que le remonten hasta el cielo al que le llevaría el saber hablar. Que vive con gran pesar aquél que, forjándose planes y proyectos para otros asequibles, tiene la exacta conciencia de que él llegará a morir, no ya sin conseguirlos, sino tan comunicarlos siquiera. Que no es vida la de esa o ese que, sintiendo un amor verdadero por alguien, o por algo, ha de guardarlo en sus adentros, pues no lo sabe decir.
Porque ocurre a menudo que cuando alguien tiene una afición, y para su desgracia no posee las necesarias condiciones para desarrollarla, al menos dignamente, ese alguien pasa muchos ratos, demasiados, con la tristura de no poder exteriorizar convenientemente, o al menos como a él le gustaría, esas filias o folías que siente su corazón. De ese modo, al no encontrar la solfatara por donde dar vía libre a los malos humores de su incompetencia, se halla molesto, y esta incomodidad la padece tanto si el hecho que produce el sentir del personaje en cuestión es de naturaleza alacre o es, por el contrario, amarrido. Y da igual si la manera de ser del individuo que la siente es expansiva o íntima. Pese a todo, la persona no resiste la tentación de pregonar lo que hay en su interior, y se le presentan entonces los tres problemas clásicos con los que un ser ha de enfrentarse en esas ocasiones de la vida: a quién decirlo, qué contar -si todo o sólo una parte de la cuestión -, y cómo hacerlo.
Hablemos de ello, mas si me lo permiten, lo haré únicamente de las ocasiones en que tenemos el alma amurriada por causa o razón que lo justifique debida o indebidamente, pero que de todos modos la sentimos fuertemente lacerada. Y, como notarán de inmediato, este escrito no quiere, ni puede, ni viene a ser un rol de los motivos que existen para ello. En primer lugar porque sería absurdo, y casi imposible dada su extensión, relacionar las causas que pueden o podrían angustiarnos. Y luego porque, en demasiadas ocasiones, nos lanzamos torpemente a realizar algo sin haber aprendido a hacerlo con arreglo a las normas establecidas, o no siguiendo el ejemplo de los sabios que sí supieron conducirse.
Y no queriendo yo que me ocurra algo similar, en vez de exponer mi propia retahíla de padeceres y abatimientos, que estaría compuesta, como no podría ser de otra forma, por los muy recurridos ayes ante el dolor físico, o por lamentaciones debidas a la escasez de medios económicos, o por la falta del reconocimiento ajeno ante los valores personales, o por cualquier otra nimiedad al uso, me acojo a lo que está sabiamente escrito en Leonor de Aquitania, y tomándolo como ejemplo, hago público reconocimiento de lo que sigue, y ¡ojalá! lograse hacerme entender. Y digo:
-Que siempre son menos llevaderos para las personas los desgarros anímicos que los físicos, y en aquellos, son los que afectan al terreno amatorio los que más dañan el alma, ya que aunque se tengan ideales de cualquier tipo o condición, políticos, religiosos, sociales, o de la clase que sean, ninguno afecta tanto al individuo, para bien o para mal, que aquellos en los que se conjuga en propia carne el verbo amar.
-Y así, repito, apoyándome en Joaquín Dicenta, confirmo y transcribo que doliendo, y mucho, comprobar cómo se va yendo la vida, y pese a ignorar en qué sitio, cómo, y cuando hemos de morir...más doloroso es amar...y no poderlo decir.
-Que debe ser tristísimo que la ceguedad mantenga a alguien en una noche permanente. Pero, pese a ello, aun cuando algo te impida ver el claror del sol, y con la conciencia de lo penoso que debe ser mirar la luz y no llegarla a percibir…más doloroso es amar…y no poderlo decir.
-Saber que somos unos tristes peregrinos de la vida que no podemos detenernos jamás en nuestro sendero. Y que aunque no podamos tomarnos descanso alguno en nuestro caminar, sino tan sólo a la hora de morir…más doloroso es amar…y no poderlo decir.
-Y que aun cuando, con toda libertad, nos está permitido soñar con cosas que nunca vimos, teniendo la necesaria conciencia de que nos faltan las alas, antes citadas, para, al hacerlas realidad, llegar con nuestras quimeras hasta el cielo, nos produce gran dolor no llegar nunca a gozarlas. Pero que, además, si esta pena se debe a un quillotro inasequible, bien sabemos que no existe amargura alguna en este mundo, ni hay un mayor dolor que…ver el alma morir, prisionera de un amor…y no poderlo decir.
Julio 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 29 de julio de 2011
Ramón Serrano G.
“…más doloroso es amar, y no poderlo decir”.- Joaquín Dicenta.
Muchas personas tienen a lo largo de su vida, demasiado larga para unas, excesivamente corta para otras, la desdicha de que, habiéndoles sucedido algo de gran importancia para ellas, no encuentran el modo adecuado de expresar al resto lo que les ha sucedido. Y por ello reconozco y proclamo, que es grande el tósigo de quien albergando fantasías y sueños, percibe que carece de alas que le remonten hasta el cielo al que le llevaría el saber hablar. Que vive con gran pesar aquél que, forjándose planes y proyectos para otros asequibles, tiene la exacta conciencia de que él llegará a morir, no ya sin conseguirlos, sino tan comunicarlos siquiera. Que no es vida la de esa o ese que, sintiendo un amor verdadero por alguien, o por algo, ha de guardarlo en sus adentros, pues no lo sabe decir.
Porque ocurre a menudo que cuando alguien tiene una afición, y para su desgracia no posee las necesarias condiciones para desarrollarla, al menos dignamente, ese alguien pasa muchos ratos, demasiados, con la tristura de no poder exteriorizar convenientemente, o al menos como a él le gustaría, esas filias o folías que siente su corazón. De ese modo, al no encontrar la solfatara por donde dar vía libre a los malos humores de su incompetencia, se halla molesto, y esta incomodidad la padece tanto si el hecho que produce el sentir del personaje en cuestión es de naturaleza alacre o es, por el contrario, amarrido. Y da igual si la manera de ser del individuo que la siente es expansiva o íntima. Pese a todo, la persona no resiste la tentación de pregonar lo que hay en su interior, y se le presentan entonces los tres problemas clásicos con los que un ser ha de enfrentarse en esas ocasiones de la vida: a quién decirlo, qué contar -si todo o sólo una parte de la cuestión -, y cómo hacerlo.
Hablemos de ello, mas si me lo permiten, lo haré únicamente de las ocasiones en que tenemos el alma amurriada por causa o razón que lo justifique debida o indebidamente, pero que de todos modos la sentimos fuertemente lacerada. Y, como notarán de inmediato, este escrito no quiere, ni puede, ni viene a ser un rol de los motivos que existen para ello. En primer lugar porque sería absurdo, y casi imposible dada su extensión, relacionar las causas que pueden o podrían angustiarnos. Y luego porque, en demasiadas ocasiones, nos lanzamos torpemente a realizar algo sin haber aprendido a hacerlo con arreglo a las normas establecidas, o no siguiendo el ejemplo de los sabios que sí supieron conducirse.
Y no queriendo yo que me ocurra algo similar, en vez de exponer mi propia retahíla de padeceres y abatimientos, que estaría compuesta, como no podría ser de otra forma, por los muy recurridos ayes ante el dolor físico, o por lamentaciones debidas a la escasez de medios económicos, o por la falta del reconocimiento ajeno ante los valores personales, o por cualquier otra nimiedad al uso, me acojo a lo que está sabiamente escrito en Leonor de Aquitania, y tomándolo como ejemplo, hago público reconocimiento de lo que sigue, y ¡ojalá! lograse hacerme entender. Y digo:
-Que siempre son menos llevaderos para las personas los desgarros anímicos que los físicos, y en aquellos, son los que afectan al terreno amatorio los que más dañan el alma, ya que aunque se tengan ideales de cualquier tipo o condición, políticos, religiosos, sociales, o de la clase que sean, ninguno afecta tanto al individuo, para bien o para mal, que aquellos en los que se conjuga en propia carne el verbo amar.
-Y así, repito, apoyándome en Joaquín Dicenta, confirmo y transcribo que doliendo, y mucho, comprobar cómo se va yendo la vida, y pese a ignorar en qué sitio, cómo, y cuando hemos de morir...más doloroso es amar...y no poderlo decir.
-Que debe ser tristísimo que la ceguedad mantenga a alguien en una noche permanente. Pero, pese a ello, aun cuando algo te impida ver el claror del sol, y con la conciencia de lo penoso que debe ser mirar la luz y no llegarla a percibir…más doloroso es amar…y no poderlo decir.
-Saber que somos unos tristes peregrinos de la vida que no podemos detenernos jamás en nuestro sendero. Y que aunque no podamos tomarnos descanso alguno en nuestro caminar, sino tan sólo a la hora de morir…más doloroso es amar…y no poderlo decir.
-Y que aun cuando, con toda libertad, nos está permitido soñar con cosas que nunca vimos, teniendo la necesaria conciencia de que nos faltan las alas, antes citadas, para, al hacerlas realidad, llegar con nuestras quimeras hasta el cielo, nos produce gran dolor no llegar nunca a gozarlas. Pero que, además, si esta pena se debe a un quillotro inasequible, bien sabemos que no existe amargura alguna en este mundo, ni hay un mayor dolor que…ver el alma morir, prisionera de un amor…y no poderlo decir.
Julio 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 29 de julio de 2011
viernes, 15 de julio de 2011
Las Peras (y II)
Las peras (y II)
Ramón Serrano G.
-Continuando mi historia de ayer, has de saber Luca, que cuando Adolfo terminó brillantemente su carrera, encontró de inmediato una muy buena colocación en un cualificado despacho de la capital. Parecía como si un misterioso effrit se hubiese convertido en su valedor desde aquella lejana y aciaga tarde de las peras, allá en su pueblo. Por ello, en ese lugar hizo diversas averiguaciones durante muchos años hasta que llegó a saber lo que le interesaba. Por otra parte, en el bufete fue ganando conocimientos, experiencia y prestigio, hasta el punto que en algo más de un par de lustros llegó a ser el director de la empresa. Todos los asuntos más importantes, los más intrincados, los de más difícil resolución, pasaban por sus manos ya que él, si no el único, si era quien mejor los solventaba. También sabrás que cuando se estableció definitivamente, rescató a su padre de las faenas agrícolas y se lo llevó a vivir con él a la ciudad, aunque el pobre hombre no se adaptó a la vida urbana y falleció al poco.
Y sabrás que en Luraga, adonde llegaban de tarde en tarde algunos ecos de los éxitos profesionales del economista, también pasaron durante esos años cosas dignas de ser contadas. Así, en los años en los que Adolfo se hacía universitario, Aníbal Luque se vio gratificado con la llegada de su primer, y luego único, hijo, al que puso por nombre Gregorio. Este, cumplidos los veinte, y tras una pubertad anodina y poco fructífera, se puso a trabajar junto a su padre y en esa actividad agropecuaria sí demostró maneras y oficio. Tantos, que cuando Goyo cumplió los cuarenta, Aníbal, que casi le doblaba la edad, se retiró de la vida laboral dejándole todo el negocio en sus manos. Y él lo fue engrandeciendo hasta alcanzar un considerable volumen, llegando a ser uno de los mayores y más productivos de la comarca.
Pero con el paso de unos años las cosas se fueron torciendo. Las importaciones, la subida de costos y la bajada de precios, la apertura de nuevos mercados, los medios de transporte, esas y otras muchas causas externas, que no la mala administración, hicieron que Goyo se viese acuciado por bancos y acreedores. Cuando el agua le llegaba algo más arriba del cuello, un paisano le sugirió que fuese a ver a Adolfo, ya que este era un verdadero genio en eso de sacar las empresas adelante. Y eso hizo.
Llegó a las oficinas, solicitó verle, pero le dijeron que si no tenía concertada cita no le recibiría. Ante su insistencia, le anunciaron y ¡oh milagro! le hicieron pasar de inmediato al despacho del gran jefe. Este se acercó hasta la puerta en su silla de ruedas, y tras saludarle efusivamente, y preguntarle por su padre y otras cosas del pueblo, se interesó por el motivo de su visita, tema este que con gran preocupación Goyo le explicó de inmediato de modo conciso y fidedigno. Adolfo captó pronto la gravedad del asunto, así que llamó a quien era su mano derecha y le pidió que acompañase a Goyo hasta su pueblo, y a este, que le entregase cuanta documentación e informes precisara. Y añadió: -La cosa no tiene buen aspecto pero se puede arreglar. Ya lo verás.
Partieron hasta Luraga, y el economista, una vez recogidos los datos que creyó precisos, volvió con ellos y los entregó a su jefe. Este, luego de estudiarlos con detenimiento, creó un equipo en el que unos viajaron al pueblo las veces que fuesen necesarias con el fin de ir gestionando las soluciones esenciales para el problema de Gregorio Luque. Y mientras que estos visitaron a los acreedores con el fin de que aplazasen el cobro, a los bancos para conseguir que refinanciaran los créditos con una bajada de intereses, y a los obreros para que siguieran en la empresa percibiendo un sueldo algo menor hasta que se zanjara el conflicto, otros se dedicaron al estudio de conseguir nuevos productos y mejoras sustanciales en los anteriores, a la busca de nuevos mercados y en la implantación de unas más innovadoras técnicas de venta. Resumiendo, te diré que al cabo de unos meses volvieron a soplar buenos vientos para la empresa, que de nuevo comenzó a tener la boyantía de antaño.
Goyo, tan pronto se percató de la eficiencia del trabajo que le estaban realizando, viajó a la capital para mostrar su agradecimiento y abonar el importe, que no sería pequeño, de tan magnífica actuación profesional. Al llegar dijo a la secretaria que, sabedor de lo ocupado que estaba siempre don Adolfo, no quería molestarle, por lo que le rogaba que le expresase su enorme gratitud y le facilitase la minuta con el fin de abonarla. La empleada le rogó que esperase un instante, se metió en el despacho, y al momento salió, rogándole que pasara, pues el señor director le estaba esperando. Así lo hizo y tras un efusivo saludo, reiteró a su paisano su reconocimiento y su deseo de saldar la cuenta que tenía contraída. Pero le contestó el otro:
-Mira si te pasamos una factura tendría que ser oficialmente y los detalles e impuestos la encarecerían demasiado. Mejor haremos una cosa. Tu deuda la vamos a compensar con otra que yo tengo adquirida contigo, o mejor dicho, con tu padre, don Aníbal, desde hace muchos, muchos años. No sé si tú conoces la historia, pero resulta que una tarde yo, descaradamente, me metí en vuestra almunia a coger unas peras …
Julio 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 15 de julio de 2011
Ramón Serrano G.
-Continuando mi historia de ayer, has de saber Luca, que cuando Adolfo terminó brillantemente su carrera, encontró de inmediato una muy buena colocación en un cualificado despacho de la capital. Parecía como si un misterioso effrit se hubiese convertido en su valedor desde aquella lejana y aciaga tarde de las peras, allá en su pueblo. Por ello, en ese lugar hizo diversas averiguaciones durante muchos años hasta que llegó a saber lo que le interesaba. Por otra parte, en el bufete fue ganando conocimientos, experiencia y prestigio, hasta el punto que en algo más de un par de lustros llegó a ser el director de la empresa. Todos los asuntos más importantes, los más intrincados, los de más difícil resolución, pasaban por sus manos ya que él, si no el único, si era quien mejor los solventaba. También sabrás que cuando se estableció definitivamente, rescató a su padre de las faenas agrícolas y se lo llevó a vivir con él a la ciudad, aunque el pobre hombre no se adaptó a la vida urbana y falleció al poco.
Y sabrás que en Luraga, adonde llegaban de tarde en tarde algunos ecos de los éxitos profesionales del economista, también pasaron durante esos años cosas dignas de ser contadas. Así, en los años en los que Adolfo se hacía universitario, Aníbal Luque se vio gratificado con la llegada de su primer, y luego único, hijo, al que puso por nombre Gregorio. Este, cumplidos los veinte, y tras una pubertad anodina y poco fructífera, se puso a trabajar junto a su padre y en esa actividad agropecuaria sí demostró maneras y oficio. Tantos, que cuando Goyo cumplió los cuarenta, Aníbal, que casi le doblaba la edad, se retiró de la vida laboral dejándole todo el negocio en sus manos. Y él lo fue engrandeciendo hasta alcanzar un considerable volumen, llegando a ser uno de los mayores y más productivos de la comarca.
Pero con el paso de unos años las cosas se fueron torciendo. Las importaciones, la subida de costos y la bajada de precios, la apertura de nuevos mercados, los medios de transporte, esas y otras muchas causas externas, que no la mala administración, hicieron que Goyo se viese acuciado por bancos y acreedores. Cuando el agua le llegaba algo más arriba del cuello, un paisano le sugirió que fuese a ver a Adolfo, ya que este era un verdadero genio en eso de sacar las empresas adelante. Y eso hizo.
Llegó a las oficinas, solicitó verle, pero le dijeron que si no tenía concertada cita no le recibiría. Ante su insistencia, le anunciaron y ¡oh milagro! le hicieron pasar de inmediato al despacho del gran jefe. Este se acercó hasta la puerta en su silla de ruedas, y tras saludarle efusivamente, y preguntarle por su padre y otras cosas del pueblo, se interesó por el motivo de su visita, tema este que con gran preocupación Goyo le explicó de inmediato de modo conciso y fidedigno. Adolfo captó pronto la gravedad del asunto, así que llamó a quien era su mano derecha y le pidió que acompañase a Goyo hasta su pueblo, y a este, que le entregase cuanta documentación e informes precisara. Y añadió: -La cosa no tiene buen aspecto pero se puede arreglar. Ya lo verás.
Partieron hasta Luraga, y el economista, una vez recogidos los datos que creyó precisos, volvió con ellos y los entregó a su jefe. Este, luego de estudiarlos con detenimiento, creó un equipo en el que unos viajaron al pueblo las veces que fuesen necesarias con el fin de ir gestionando las soluciones esenciales para el problema de Gregorio Luque. Y mientras que estos visitaron a los acreedores con el fin de que aplazasen el cobro, a los bancos para conseguir que refinanciaran los créditos con una bajada de intereses, y a los obreros para que siguieran en la empresa percibiendo un sueldo algo menor hasta que se zanjara el conflicto, otros se dedicaron al estudio de conseguir nuevos productos y mejoras sustanciales en los anteriores, a la busca de nuevos mercados y en la implantación de unas más innovadoras técnicas de venta. Resumiendo, te diré que al cabo de unos meses volvieron a soplar buenos vientos para la empresa, que de nuevo comenzó a tener la boyantía de antaño.
Goyo, tan pronto se percató de la eficiencia del trabajo que le estaban realizando, viajó a la capital para mostrar su agradecimiento y abonar el importe, que no sería pequeño, de tan magnífica actuación profesional. Al llegar dijo a la secretaria que, sabedor de lo ocupado que estaba siempre don Adolfo, no quería molestarle, por lo que le rogaba que le expresase su enorme gratitud y le facilitase la minuta con el fin de abonarla. La empleada le rogó que esperase un instante, se metió en el despacho, y al momento salió, rogándole que pasara, pues el señor director le estaba esperando. Así lo hizo y tras un efusivo saludo, reiteró a su paisano su reconocimiento y su deseo de saldar la cuenta que tenía contraída. Pero le contestó el otro:
-Mira si te pasamos una factura tendría que ser oficialmente y los detalles e impuestos la encarecerían demasiado. Mejor haremos una cosa. Tu deuda la vamos a compensar con otra que yo tengo adquirida contigo, o mejor dicho, con tu padre, don Aníbal, desde hace muchos, muchos años. No sé si tú conoces la historia, pero resulta que una tarde yo, descaradamente, me metí en vuestra almunia a coger unas peras …
Julio 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 15 de julio de 2011
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