viernes, 15 de julio de 2011

Las Peras (y II)

Las peras (y II)
Ramón Serrano G.

-Continuando mi historia de ayer, has de saber Luca, que cuando Adolfo terminó brillantemente su carrera, encontró de inmediato una muy buena colocación en un cualificado despacho de la capital. Parecía como si un misterioso effrit se hubiese convertido en su valedor desde aquella lejana y aciaga tarde de las peras, allá en su pueblo. Por ello, en ese lugar hizo diversas averiguaciones durante muchos años hasta que llegó a saber lo que le interesaba. Por otra parte, en el bufete fue ganando conocimientos, experiencia y prestigio, hasta el punto que en algo más de un par de lustros llegó a ser el director de la empresa. Todos los asuntos más importantes, los más intrincados, los de más difícil resolución, pasaban por sus manos ya que él, si no el único, si era quien mejor los solventaba. También sabrás que cuando se estableció definitivamente, rescató a su padre de las faenas agrícolas y se lo llevó a vivir con él a la ciudad, aunque el pobre hombre no se adaptó a la vida urbana y falleció al poco.
Y sabrás que en Luraga, adonde llegaban de tarde en tarde algunos ecos de los éxitos profesionales del economista, también pasaron durante esos años cosas dignas de ser contadas. Así, en los años en los que Adolfo se hacía universitario, Aníbal Luque se vio gratificado con la llegada de su primer, y luego único, hijo, al que puso por nombre Gregorio. Este, cumplidos los veinte, y tras una pubertad anodina y poco fructífera, se puso a trabajar junto a su padre y en esa actividad agropecuaria sí demostró maneras y oficio. Tantos, que cuando Goyo cumplió los cuarenta, Aníbal, que casi le doblaba la edad, se retiró de la vida laboral dejándole todo el negocio en sus manos. Y él lo fue engrandeciendo hasta alcanzar un considerable volumen, llegando a ser uno de los mayores y más productivos de la comarca.
Pero con el paso de unos años las cosas se fueron torciendo. Las importaciones, la subida de costos y la bajada de precios, la apertura de nuevos mercados, los medios de transporte, esas y otras muchas causas externas, que no la mala administración, hicieron que Goyo se viese acuciado por bancos y acreedores. Cuando el agua le llegaba algo más arriba del cuello, un paisano le sugirió que fuese a ver a Adolfo, ya que este era un verdadero genio en eso de sacar las empresas adelante. Y eso hizo.
Llegó a las oficinas, solicitó verle, pero le dijeron que si no tenía concertada cita no le recibiría. Ante su insistencia, le anunciaron y ¡oh milagro! le hicieron pasar de inmediato al despacho del gran jefe. Este se acercó hasta la puerta en su silla de ruedas, y tras saludarle efusivamente, y preguntarle por su padre y otras cosas del pueblo, se interesó por el motivo de su visita, tema este que con gran preocupación Goyo le explicó de inmediato de modo conciso y fidedigno. Adolfo captó pronto la gravedad del asunto, así que llamó a quien era su mano derecha y le pidió que acompañase a Goyo hasta su pueblo, y a este, que le entregase cuanta documentación e informes precisara. Y añadió: -La cosa no tiene buen aspecto pero se puede arreglar. Ya lo verás.
Partieron hasta Luraga, y el economista, una vez recogidos los datos que creyó precisos, volvió con ellos y los entregó a su jefe. Este, luego de estudiarlos con detenimiento, creó un equipo en el que unos viajaron al pueblo las veces que fuesen necesarias con el fin de ir gestionando las soluciones esenciales para el problema de Gregorio Luque. Y mientras que estos visitaron a los acreedores con el fin de que aplazasen el cobro, a los bancos para conseguir que refinanciaran los créditos con una bajada de intereses, y a los obreros para que siguieran en la empresa percibiendo un sueldo algo menor hasta que se zanjara el conflicto, otros se dedicaron al estudio de conseguir nuevos productos y mejoras sustanciales en los anteriores, a la busca de nuevos mercados y en la implantación de unas más innovadoras técnicas de venta. Resumiendo, te diré que al cabo de unos meses volvieron a soplar buenos vientos para la empresa, que de nuevo comenzó a tener la boyantía de antaño.
Goyo, tan pronto se percató de la eficiencia del trabajo que le estaban realizando, viajó a la capital para mostrar su agradecimiento y abonar el importe, que no sería pequeño, de tan magnífica actuación profesional. Al llegar dijo a la secretaria que, sabedor de lo ocupado que estaba siempre don Adolfo, no quería molestarle, por lo que le rogaba que le expresase su enorme gratitud y le facilitase la minuta con el fin de abonarla. La empleada le rogó que esperase un instante, se metió en el despacho, y al momento salió, rogándole que pasara, pues el señor director le estaba esperando. Así lo hizo y tras un efusivo saludo, reiteró a su paisano su reconocimiento y su deseo de saldar la cuenta que tenía contraída. Pero le contestó el otro:
-Mira si te pasamos una factura tendría que ser oficialmente y los detalles e impuestos la encarecerían demasiado. Mejor haremos una cosa. Tu deuda la vamos a compensar con otra que yo tengo adquirida contigo, o mejor dicho, con tu padre, don Aníbal, desde hace muchos, muchos años. No sé si tú conoces la historia, pero resulta que una tarde yo, descaradamente, me metí en vuestra almunia a coger unas peras …

Julio 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 15 de julio de 2011

jueves, 30 de junio de 2011

Las Peras (1)

Las peras (I)
Ramón Serrano G.

Aquella tarde agosteña, pasábamos junto a unos perales, y le dije:
-Mira que peras tan hermosas, Luis, ¿no te apetece una?
-Claro que sí, Luca, pero son de su dueño, y no debo cogerla. Mas a propósito de las peras te voy a contar la historia que sucedió hace tiempo en un pequeño pueblo llamado Luraga.
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-¿A dónde vais a estas horas con el calor que hace?
-Hola Adolfo, le contestaron. Vente con nosotros si quieres. Vamos a robar peras a la almunia del señor Aníbal. Como el guarda estará durmiendo la siesta no se ha de enterar y podemos comer hasta hartarnos, aunque sólo sea postre.
Le gustó el plan al chiquillo, se unió a los otros, y los cuatro marcharon al huerto que ese señor tenía en las afueras del pueblo. Debían tener cuidado ya que, debido a la mucha hambre que se padecía, las fincas estaban bien guardadas, los robos de frutos y cosechas eran muy vigilados, y los infractores severamente castigados si los cogían. Se metieron dentro de la finca por la irregular tapia de piedra que cerraba la parte trasera, y tras haberse comido cada uno las frutas que les apetecieron empezaron a guardarse otras entre la camisa. Pero una urgencia urinaria despertó al vigilante y, cuando este salió a hacer aguas, sorprendió en su tarea a los bribonzuelos, que, al verle, emprendieron la huída sin pensárselo dos veces. Con las prisas, Adolfo pisó mal y cayó desde lo alto de la pared. Quedóse maltrecho en el suelo quejándose amargamente, mientras que sus compañeros, olvidándose de él por temor al castigo, se dieron a la fuga.
El que sí que acudió fue el guarda para reprenderle y tal vez para emplumarle, mas, al oír sus quejas, lo examinó un tanto, y viendo que su lesión podría ser grave, lo acomodó como mejor supo junto a la tapia, volvió a su caseta y, cogiendo su bicicleta, se plantó en un santiamén en casa del amo para informarle. Al oírle Aníbal, interrumpió su lectura, sacó el coche y se fue hasta el muchacho. Cuando vio al herido, compartió el temor de su empleado, así que entre los dos subieron a Adolfo al vehículo y salieron rápidos hacia el hospital. Allí vieron de inmediato que la lesión podía ser gravísima y le pasaron con urgencia al quirófano.
Le dijeron que la exploración y la más que posible intervención quirúrgica duraría algunas horas, por lo que el hombre pidió a su acompañante que se quedara por si había alguna novedad, y, tomando el coche de nuevo, se fue hacia la propiedad donde sabía que trabajaba de bracero el padre del chaval. Lo encontró dedicado a sus faenas y, tras contarle lo sucedido, volvieron al hospital. En el camino, el padre, sin hacerse todavía la idea de la importancia que podría tener el percance, asustado, le rogó a Aníbal que no denunciase el hurto, que él, aunque estaba muy escaso de dinero, pagaría lo robado. Como contestación recibió de inmediato las palabras de aquél, diciéndole que nunca había pensado, ni por asomo, en malsinar a los muchachos; que también él había sido joven y los comprendía; que sabía de las necesidades que se estaban pasando en muchos hogares, y que su único deseo era que aquel intento de saciar el hambre, que en realidad no era otra cosa, no tuviese un final amargo.
Llegados al centro médico aún tuvieron que esperar largo rato hasta que tuvieron noticias del accidentado. Y estas no fueron nada buenas cuando las supieron. Era demasiado pronto para dar un veredicto exhaustivo; se tendrían que hacer otras exploraciones, tratamientos, etc., etc., pero había poquísimas posibilidades de evitar que sus piernas quedasen completamente inútiles.
El padre de Adolfo, que no esperaba una desgracia de esa magnitud, se mostró completamente abatido tras oír al médico. Trataron de darle esperanzas, de lograr que viese el problema desde otra perspectiva menos negra. Pero todo era en vano. Decía, entre lágrimas: -A ver cómo nos arreglamos él y yo ahora. Ya sabe usted que no tengo más hijos y que mi mujer murió hace dos años. Estamos solos los dos, yo me tengo que ir al campo todos los días, y él, en esas condiciones, no podrá apañarse. Y cuando pasen unos años, ¿en qué va a trabajar? Conmigo no puede venir a las fincas y yo no tengo posibles para darle estudios. No sé qué va a ser de mi hijo entonces.
En realidad el panorama era poco halagüeño, pero el tiempo, que todo lo cura y todo lo iguala, hizo que las cosas se fueran arreglando. En primer lugar nadie habló de las causas del siniestro, que se archivó como un accidente fortuito, por lo que le dieron una pequeña paga mensual a causa de su invalidez. Luego, los vecinos se volcaron en la ayuda a Adolfo, así que, mientras el padre se iba al campo a trabajar, ellos establecieron un turno en el que uno llevaba al chico al colegio, comía en casa de otro y el de más allá le hacía las faenas domésticas.
Y así pasaron los años y llegó el día en que el chaval acabó su período de educación escolar. Entonces, cuando padre e hijo pensaban en la forma de encontrar un medio para que este último pudiera ganarse su sustento en el futuro, el Ayuntamiento les comunicó escuetamente que se había conseguido una beca para que cursara estudios universitarios, si lo deseaba. Nada se dijo nunca de la verdadera procedencia de tan magnífica ayuda, aunque hubo rumores y habladurías para todos los gustos. Lo cierto y verdad, es que el mozo marchó cada año a la capital a cursar la carrera de ciencias económicas, que supo acabar en poco tiempo y con gran provecho.
-Y ahora Luca, vamos a tomar un bocado y a dormir, que mañana será otro día, y tiempo habrá para seguir con el relato, terminarlo, y llevar a cabo otros menesteres que pudiesen surgir.

Julio de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 1 de julio de 2011

jueves, 16 de junio de 2011

¿Obsoleto? No

¿Obsoleto? No.
Ramón Serrano G.

Quien se haya tomado la molestia de leer con cierta asiduidad mis escritos, habrá observado cómo en muchos de ellos suelo hacer un panegírico de hábitos, hechos y de tiempos pretéritos. De algunos días que pasaron hace mucho, aunque otros, no tanto. Pero debo reconocer que no realicé ninguno, o al menos no recuerdo que así sea, en defensa de algún tipo de modernidad. Rebinando, he visto que es así y me ha extrañado puesto que no hay en mí, y así lo declaro, una forma de pensar que me haga enemigo de lo actual. Para nada, ya que sé los muchos beneficios y ventajas que en la actualidad gozamos los humanos ahora y no antes. Otra cosa muy distinta es que tenga nostalgia del pasado. Que la tengo.
Puede, por lo anterior, que haya quien piense que estoy obsoleto, pero opino sinceramente que puede que lo esté, pero que no soy retrógrado, o, al menos, por tal no me tengo. Ortega nos enseña en “La rebelión de las masas” que “ser de izquierdas es, como ser de derechas, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral…” y dice muy bien. Pues lo mismo ocurre con ser vanguardista o carca, ya que afincarse en una de esas posturas es renunciar a muchas cosas buenas, muy buenas, que tiene la otra.
Lo que estimo que me ocurre, es que a mí, al igual que a tantos otros de mis años, nos agrada en extremo recordar con cariño lo que nos hubo acaecido en unas épocas en las que, siendo jóvenes, estábamos llenos de ilusiones y esperanzas. Entonces éramos, o nos sentíamos, protagonistas y ahora comprobamos que sólo somos espectadores, que incluso no vemos bien lo que hay a nuestro alrededor, puesto que suelen fallarnos nuestros ojos (y muchos más órganos de nuestros cuerpos) los cuales llevan ya algunos años incumpliendo debidamente sus cometidos.
Pese a ello, muy burro sería si no reconociese y proclamase los muchos adelantos y beneficios que tiene la vida actual sobre la que yo empecé a vivir. Hemos pasado de tener que merendar algarrobas, a casi estar ahítos de langostinos. De las sanguijuelas y las cataplasmas, al escáner y la laparoscopia. De un analfabetismo superior al 30% de la población (la media, que en las mujeres era superior) a la extrañeza de que un chiquillo abandone el aprendizaje antes de terminar los estudios primarios. De tener un pantalón y una camisa, que jersey tenían muy pocos, a tener el armario a reventar. A gozar de una mayor y continuada higiene, mejores condiciones laborales, hogareñas, económicas, etc., etc. Son muchísimos los avances, afortunadamente.
Otra cosa muy distinta es el uso que se está dando en demasiadas ocasiones a todas estas mejoras. Y es que el conjunto de todas ellas, a mi juicio, nos está quitando, de hecho nos la ha arrebatado ya, una muy agradable vida social, una distinta educación, unos más correctos modales, y muchas cosas más de la que antes se disfrutaban, de las que ahora carecemos. Los jóvenes no piensan en ellas, porque ni siquiera las han conocido, pero los viejos, ¡ah los viejos! Nosotros, al menos la mayoría, sí que las añoramos, aunque nos hemos mal acostumbrado a carecer de ellas.
Así, quizás novecientos noventa y nueve adolescentes han leído este año Crepúsculo, tal vez uno La regenta y me extrañaría muy mucho que alguien haya tenido entre sus manos La montaña mágica. No hablemos ya de La Iliada o de La Divina Comedia. Y es bueno que se lea, aunque sean sólo novedades de ultimísima hora. Eso es bueno sí, pero únicamente a medias, porque con ese hábito se renuncia a poder formar en nuestra mente los firmes cimientos que se consiguen con la lectura de las grandes obras maestras, pensando que son, digamos, antiguas.
Pensemos por igual, que nosotros estábamos muy satisfechos de haber podido estudiar el río Hudson, mientras que la siguiente generación ya lo ha visto varias veces. Y eso también es bueno. Lo que no lo es, es que los jóvenes se sepan únicamente los nombres de aquellos sitios que han conocido in situ, y no se hayan aprendido los de aquellos otros lugares, de cierta o mucha importancia geográfica o histórica, que hay diseminados por el globo. Dicho de otro modo: que haya tanto ignorante “a medias”.
Diré finalmente, y con pesar, algunas cosas que han venido a menos, que ya casi no existen. Hay mayor preparación escolar, pero la educación es otra cosa. No es sólo alfabetizar primero y adoctrinar después en algunas materias. Educar es, además, civilizar, preparar para la ciudadanía, para una convivencia respetuosa con el prójimo. En otros tiempos recuerdo ver a la hermana Juana barriendo su puerta y acercarme a ella para que me diera una bola de anís. Cómo saludaba la gente con un afable buenos días tanto a Tomás, el herrero, como a Don Jesús, el médico, y se paraban un rato a conversar. Saber que el tuteo estaba reservado para los muy íntimos. ¿Cuándo se oye hoy en día el “usted”? Es término casi en desuso, ya que lo hemos arredrado en el último rincón de nuestro vocabulario, como si fuese una mecedora vieja o un pantalón raído. Se cedía la acera y se les abría la puerta a las señoras y a los mayores. Hoy la mayoría de esas personas se asombran si alguien tenemos para con ellas esa cortesía.
A qué seguir. Menéndez Pelayo dijo que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a la muerte irrevocablemente”. Y tomando historia, no en el sentido de la descripción de sucesos que influyen o determinan el futuro de un país, sino en el otro más pobre, en el de recordar esas costumbres que un día tuvimos, al parecer nimias o inanes, no quiero compararlas con las actuales, pero sí presumir de haberlas podido vivir. Creo, muy sinceramente, que si arrumbamos todo el pasado construiremos un futuro muy poco halagüeño.
No, no tengo celos, ni envidia, ni creo estar demodé. Lo juro. Lo que pasa es que mis ojos, ya digo, ven cada vez peor. Y a mí me gustaban bastante más aquellas “postales” de entonces que estas “vistas” de ahora.

Junio 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 17 de junio de 2011

martes, 31 de mayo de 2011

Animles

Animales
Ramón Serrano G.

Alguien dijo un día, y hay quien lo sigue creyendo, que el hombre es el rey de la creación. También se afirmó que es el animal más inteligente de cuantos pueblan el planeta. Y todo esto suele llevar a los humanos a engolarse y menospreciar a los seres irracionales, además de atacarlos de manera disparatada, llegando incluso hasta su exterminio. Pero este tema de las degollinas no lo tocaremos hoy y quizás hablemos de él otro día.
Observaremos, entonces, cómo el “homo sapiens” en vez de haber estudiado con atención la actuación de los animales, y haber aprendido de ella el sinfín de comportamientos que aquellos han adoptado para resolver los muchos problemas de sus vidas, los ha despreciado, y su “preclaro” intelecto le ha llevado a cometer tropelías y desmanes en contra de ellos, de su propio entorno y, por tanto, de un desarrollo correcto de su existencia pasada, presente y, sobre todo, futura. Actuó, actúa y mucho me temo que seguirá haciéndolo con mayor torpeza y perjuicio para los de su especie que lo hubiese hecho el más inepto de los irracionales.
Cualquiera que estudie su proceder comprenderá que no ha sido ni es el indicado, el que adecuadamente hubiera tenido un ser inteligente para conseguir lo que sería correcto por naturaleza. Un animal que habitualmente degrada y destruye su hábitat, alterando su esencia, tala exageradamente, e, incluso quema los vegetales que le han de proporcionar una existencia más beneficiosa y confortante; y mata por codicia de dinero, de poder, o de ambas cosas, incluso a los de su especie, no sabe lo que se hace. Pero pese a ello, se autoproclama como animal racional aunque sus obras estén muchas veces, demasiadas veces, carentes del menor raciocinio. O sea que sigue siendo, en pleno siglo XXI, un australopithecus.
Sin embargo, sí que ha sabido usar de ese exclusivo entendimiento suyo para sacar provecho de las “bestias”. Desde los primeros tiempos las ha empleado para sus beneficios laborales, alimenticios y recreativos. En tareas cinegéticas, para el reclamo o el levantamiento de las piezas. En el trabajo, faenando de mil formas. Como medio de locomoción, para arrastrar carrozas, carros y carretas, o trineos, allá en las tierras árticas. Y, también desde siempre, y con deliquio, como grata y voluptuosa compañía. Constantemente fue así, y así sigue siéndolo. Desde la más remota antigüedad ha gustado de acompañarse de gatos, perros, loros, canarios iguanas e incluso fieras. Les dan mejor trato que a sus congéneres y buscan en ellos lo que no saben, o no quieren, encontrar en los de su especie. Cuando los acogen son conscientes de que les darán obligaciones, pero que no recibirán jamás de ellos regaños u objeciones, y que los tendrán continuamente dispuestos y obligados, ¡pobres de ellos si no lo hacen!, a obedecer los caprichos y epitimias que sus semejantes no les aguantarían.
Dado ese ninguneo citado, no es de extrañar que los humanos hayan usado, y sigan utilizando, el nombre de muchos animales para aplicárselos a sus congéneres, y a veces incluso a sí mismos, como adjetivos. Por otra parte, era el sistema más cómodo, gráfico y de fácil comprensión de expresar lo que quieren decir. Algo así como la utilización de parábolas. Lo extraño es que, aunque casi siempre se emplean en un sentido peyorativo, igualmente lo hacen comparando actitudes, y además, en algunas ocasiones, como una forma elocuente de admiración y loa. Permítanme algunos ejemplos recordatorios para una mejor comprensión de lo que digo.
Se suele adjudicar el apelativo de águila a quien es muy perspicaz. Es un lince si se es sagaz, o listo. O una anguila por la capacidad para escapar y escurrirse. Si es laboriosa y ahorradora, esa persona es una hormiga. Aquél que tiene una armoniosa voz es un ruiseñor. Se dice que es una ardilla a quien es inteligente y astuto. Y se habla de la elegancia y nula vulgaridad del cisne. Estos, y otros muchos, como admirativos.
Los hay ambivalentes. Un par de muestras sólo. Los hay que son fuertes como una mula, pero también serán como una mula si son tercos. Y cuando queremos anunciar la lealtad de alguien decimos que es fiel como un perro, mientras que para otros es perro el que es vago u holgazán.
Pero en lo que no hay discusión o diversidad de criterios es en el uso de los epítetos cuando se hace para espinar o como denostación. Entonces, de una manera que podríamos denominar de cualquier forma menos hipocorística, llamamos cerdo a alguien a quien consideramos que es sucio o despreciable. Papagayo a quien habla en demasía. A quien es tacaño o vil le apodamos rata, y a quien es ambicioso buitre. Aquel que mucho duerme es un lirón. Y urraca el que guarda cuanto está a su alcance. Es un burro quien es torpe o el que se comporta como un cafre. Para indicar el grado de mariconería de un individuo lo equiparamos a un palomo cojo. Y si la persona es bajita diremos de ella que es un renacuajo.
Como se puede ver, diré como estrambote, que hay expresiones para todos los gustos. Pero a mí, lo que más gracia me hace es cuando Hermógenes, molesto por algo que acaba de hacer Romualdo, y que a él no le ha parecido bien, le increpa diciéndole: “ANIMAL, que eres un ANIMAL”. Y se queda tan pancho.

Junio de 2011

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de junio de 2011

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cara y cruz

Cara y cruz
Ramón Serrano G.

- Esto de haber caído en el arca de un mezquino, que es peor que Euclión, hará que, al estar siempre enclaustradas, nos quedemos ciegas.
- Es cierto, le contestó la otra. Yo no sé el tiempo que llevamos ya aquí metidas sin ver la luz del sol. Desde luego este no tendrá problemas para abonar el costo del cruce del río Aqueronte.
Así hablaban dos monedas, casi enmohecidas, que habían tenido la desgracia de ser atrapadas por un avaro y que, como es lógico, las tenía presas dentro de una vieja quilma, y esta, bien escondida en un lúgubre alpendre. Por ello las pobres, al no poder ser entregadas diariamente como pago de una compra o dadas en devolución de otra, o sea, el que sería el desarrollo de su vida normal, se dedicaban a hacer algo que era inusual para las numismas: conversar, siendo seguido este parloteo forzosa, pero atentamente, por sus compañeras de encierro. Y puesto que no sabían nada de lo que en la actualidad estaba ocurriendo allá afuera, al no tener otros temas, recurrían a comentar los existentes cuando se hallaban en activo. Quiso la casualidad que uno de nuestros gueltes protagonistas estuviese de cara y el otro de cruz, y comentaba resignado el primero:
- La verdad es que casi somos afortunados por no estar por ahí de bolso en bolsillo, hoy aquí, mañana quién sabe dónde, pues el mundo lleva un tiempo que va de mal en peor. Porque supongo que estarás de acuerdo en que llevamos unos años en los que la civilización actual va hacia su acabamiento a un paso meteórico. Los hombres son cada día más ansiosos e insaciables, y esto les acarreara su final. O, al menos, eso cuentan.
- Creo que todo, absolutamente todo, continuó el sin rostro, está fatal. En lo moral se han deteriorado costumbres, convivencias e, incluso, la educación, que ahora es más extensa pero más superficial. Y podría seguir citando otros muchos campos sociales igualmente degradados, bien lo sabes. No hablemos ya de lo material. Se han talado bosques, se han agotado minas, se han desecado lagos y ríos, y se ha construido sobre sus cauces. Y todo ello, no única, pero sí principalmente, ¿por qué? Pues porque se están alcanzando cotas de población que el mundo es incapaz de acoger y soportar. Hay que producir más para poder alimentar a tanta gente, y para ello se lleva mucho tiempo recurriendo a la solución más fácil: dedicar a producir alimentos unas zonas que antes estaban cumpliendo unas distintas misiones, muy efectivas, por otra parte, para el buen desarrollo de la vida. Y pese a tanto destrozo, se calcula que un 7% de la población mundial, muchos de ellos niños, mueren cada año de hambre. ¡Qué pena! No sé hasta dónde llegarán.
Calló en esas, tomó la palabra su compañera, la efigie, y díjole:
- Has de saber que pasé un tiempo en la hucha de un muchacho, que iba ahorrando para comprar una novela, pese a que había oído hablar tanto de ella, que casi ya se la sabía de memoria. De noche, metida yo en su alcancía, le escuchaba una y otra vez decir que en ese escrito aparecían cuatro jinetes montando cada uno un caballo de distinto color. Y había uno negro, uno blanco, uno rojo y otro amarillo. Le habían contado que sus caballeros llevarían al mundo hasta el apocalipsis, y él quería saber si aquello era verdad, pues tenía miedo de morir tan joven. Precisamente, quien dominaba al caballo negro era ese personaje al que acabas de aludir: el Hambre. Un mal que debería estar extinto desde siempre, y que no desaparece para erubescencia y desdoro del hombre. ¡Horrible!
- Y por igual sabrás que los otros tres cabalgadores eran ¡asómbrate! la Enfermedad que iba sobre el blanco, la Guerra a lomos del rojo y la Muerte encima del amarillo. Pero veamos la evolución de estas últimas desde un lado real, pero positivo, porque a la primera no se la ha extinguido, pero a este trío sí que se le está dominando. Convendrás conmigo en que a la enfermedad no se le puede hacer desaparecer del todo, pero hoy se curan y se mejoran muchas que antes eran irremediables. Y además se logra hacerlo tanto con quienes poseen a nuestros familiares, los billetes, como con los que tan sólo nos tienen a nosotras, y ni siquiera eso.
- Con la guerra ocurre algo similar. No han desaparecido, pero las que desgraciadamente se siguen librando no tienen la magnitud de las de antaño y hoy son muchos los que llegan a su vejez sin haber estado en el frente. Afortunadamente, jamás en la historia hubo tan pocas contiendas entre los países del mundo. Siempre, hasta la mitad del pasado siglo, lo normal era el combate y lo insólito, la paz. Un ejemplo: Felipe II, en sus 55 años de reinado, sólo estuvo seis meses sin guerrear con alguien.
-Y pasando al último, claro está que al no haber guerra no hay muerte. No, no estoy loco. Cosas bien distintas son morir y matar. El fallecer es sabido y esperado, y su acaecer no causa desespero a la persona equilibrada. Es tan sólo uno de los motivos para que nuestros allegados nos recuerden, y el inicio de una andadura, partir c’est mourir un peu, hacia un ignorado destino en el que estaremos a la espera de aquellos a los que de verdad quisimos, para estar junto a ellos por toda una eternidad. Es dar cumplimiento a nuestra vital tarea y descansar plácidamente si nuestro discurrir y nuestro obrar fueron carentes de nequicia.
- La muerte es otra cosa. Es, que un obús, una mina o un tiro en la nuca, nos destroce a la mitad del camino, y ante su posible arribo no hay, no pude haberlas, memoria, andanza, paz o fe, ya que a quien han cercenado de un bombazo la cabeza, las piernas o las entrañas, no puede llevar a cabo esos menesteres. Mas, por fortuna, a excepción de las que intentan algunos desequilibrados fundamentalistas, las guerras y sus muertes, ya no existen. Gracias sean dadas. ¡Aleluya!
- Sí, creo que llevas razón. Lo difícil, minimizar la Enfermedad, la Guerra y la Muerte, se ha logrado. Sin embargo, erradicar el Hambre, que parecía más asequible, sigue ahí. Y me temo que seguirá por muchos años. O quizás, no. ¿Quién sabe? Seamos optimistas.

Mayo de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de mayo de 2011

jueves, 5 de mayo de 2011

Saber estar

Saber estar
Ramón Serrano G.

Para Gabriel Soriano, un hombre que sí sabe estar.

Porque así lo creo, que así me lo enseñaron, y así lo he podido corroborar, vengo en decir que el mayor tesoro que puede haber una persona es el saber, y me estoy refiriendo a la segunda acepción que de este término da María Moliner, o sea: Circunstancia de saber cosas. Sabiduría. Y aún podemos desgranar más esta definición, aunque sea solamente en dos mitades. La primera sería la de tener un gran conocimiento de una o de varias materias. La segunda, conocer el modo de actuar, adecuada y correctamente, en todo momento y a lo largo de toda una vida.
Alguien, que no sé quien, tiene dicho que el saber y la virtud son los dos valores que pueden elevar a un hombre por encima de los demás. Completamente de acuerdo. Porque el conocimiento, en mayor o menor profundidad de alguna materia, es algo realmente extraordinario. Y con la virtud ocurre igual, entendiendo esta como la capacidad que tiene algo para producir efectos beneficiosos. Entonces, permítaseme enfocarla desde el prisma del comportamiento humano. Sobre eso que llamamos saber estar, que no es sino el seguimiento de aquella frase de Cicerón que dice: “No basta con adquirir sabiduría; es preciso, además, saber utilizarla”. Así, podríamos referirnos al saber callar y saber hablar; saber mandar y saber obedecer; saber laborar y saber ociar. Pero quisiera detenerme en otras perspectivas de estos saberes: las de saber ganar y saber perder, que son, no sé si más que las otras, pero muy relevantes de nuestro modo de ser.
Debo resaltar que una de las más difíciles cualidades que puede tener una persona es la de saber perder. En el complicado juego de la vida (y hay que recordar que en la mesa y en el juego se conoce al caballero) una de las actitudes más arduas es la de, con elegancia y dignidad, felicitar al vencedor. Y pocas conductas son más desagradables que la de ver a un mal perdedor fuera de sí, sin saber ni poder contenerse, y achacando su derrota a cualquier motivo menos a su ignorancia o inexperiencia. Sin saber ni querer aceptar la superioridad del oponente y basar la victoria ajena en la suerte, en ayudas externas, e, incluso, en que el otro no ha jugado limpio.
Ignorar por completo, o rechazar, el admitir los propios errores, y lanzarse a propalar excusas, negándose a estudiar las causas del fracaso.
Pero si es intrincado esto, quizás lo sea mucho más el saber ganar.
Y si es insoportable contemplar los gestos de un mal perdedor, tanto, o más, es ver a un ganador presuntuoso. Está clarísimo que quien sabe ganar lo hará siempre con una expresión de alegría, pero ha de hacerlo sin engallarse y con el mayor respeto, estando convencido de que asumiendo la victoria con humildad, ayudará a su oponente a tolerar su frustración. Quiero recordar que, en una final del torneo de tenis de Australia, cuando el fantástico jugador Roger Féderer salió a recoger el segundo premio y pronunciar unas palabras, no pudo acabarlas porque el llanto se lo impidió. Y entonces, estando situado detrás de él nuestro Rafa Nadal, como grandísimo campeón que es dentro y fuera de la pista, y a pesar de que acababa de ganar ese gran slam por primera vez, testimonió al suizo su respeto y su admiración por él de una manera exquisita.
Pero, aunque muchos lo llevan dentro y son más proclives a ello, a ganar y a perder se aprende desde niños. O sea, que son los padres y profesores los que han de inculcar esas buenas maneras en los chavales, pero haciéndoselo aprender por pensamiento, palabra y obra. Hay un caso que se suele dar con demasiada frecuencia. Un niño pierde un partido y al llegar a casa el padre le dice que aquello no tiene importancia, que lo verdaderamente importante no es ganar sino participar. Y ese mismo padre, dos horas más tarde, sentado ante el televisor, si a su equipo le van zurrando, no cesa de lanzar improperios e insultos a troche y moche, “disparando contra todo lo que se menea”. Y el chiquillo no puede entender la discrepancia entre lo oído antes y lo visto después. Dicho de otro modo, que hay que imbuirles la enorme dificultad del triunfo, que se consigue con la ambición y el espíritu de lucha, y desaconsejarles el abandono y la abulia en la persecución de un fin noble. Y todo ello dentro de los límites y normas establecidos. Y luego, y tan importante o más que la contienda, al término de la lid, tener humildad en la victoria y reconocimiento al otro si ha sido el vencedor, siempre que haya sabido ganar limpia y sabiamente.
Repito que todo eso, el saber ganar y perder, hablar y callar, mandar y obedecer, y tantas y tantas otras acciones que todos sabemos, es lo que constituye la maravillosa cualidad de saber estar, de ese exquisito comportamiento, que pocos poseen pero que quien la tiene, hace gala de ella en su proceder, sencilla, espontánea, continua y calladamente, tanto en los actos rutinarios como en las ocasiones menos comunes o más trascendentes. Es su exclusiva y admirable manera de obrar.
Vaya entonces, y con estas pobres palabras, mi mayor admiración para aquellos que nos dan a diario un hermoso ejemplo, porque eso saben y eso hacen. De ahí la dedicatoria de este escrito.

Mayo de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de mayo de 2011

miércoles, 13 de abril de 2011

Tino

Tino
Ramón Serrano G.

Lo primero que nos encontramos al llegar al pueblo fue un humilladero y tras él, una recoleta y antigua ermita rodeada de un arbolado. Allí había varios bancos y, sentados en ellos, algunos hombres ya mayores que entretenían sus horas en calmosa charla. Estaba también un joven de unos treinta años, que, al vernos, se vino hacia nosotros con paso ligero. Casi un trotecillo, aunque su forma de caminar era rara; como con una extraña y leve cojera. Vestía limpio, pero informal, y al llegar nos dijo con una voz desfigurada y con mucho agrado:
- Hola, soy Tino. Vosotros sois forasteros, ¿verdad?
- Pues sí, vamos de paso, pero vamos a sojornar aquí unos días porque no queremos irnos sin ver el pueblo, le contestó mi amigo. Yo me llamo Luis, y este es que ves aquí a mi lado es Luca.
- Qué bonito es. Y parece listo. Si queréis os acompaño y os enseño todo lo que hay que ver aquí, se ofreció.
- No gracias. Preferimos descansar un poco en uno de esos alhamíes. Pero vamos a estar por aquí un par de días. Ya nos veremos.
- Bueno, pues luego os busco. Me voy que tengo que ayudar a la señora Engracia y se me está haciendo tarde. Adiós.
Y se fue con prisa, y con su raro correteo, a hacer su menester. Nosotros nos sentamos junto a varios hombres a los que nos presentamos y que nos acogieron afablemente. Tras conversar un rato de los toretes de rigor, preguntamos si había en la población algún monumento a sitio digno de conocerse, y nos aconsejaron que no dejásemos de visitar la parroquia, pues había un baptisterio románico del siglo XIII de una sola pieza. Se supone, dijeron, que pensarían construir una iglesia, pero les faltarían los dineros y se tuvieron que conformar con eso. Que el lavadero de detrás de la plaza era “mu apañao”. Y “mu” antiguo, que creo que es del mil seiscientos, o por ahí. Luego estaba la casa de la Judía. No es que tuviese mucho que ver, pero se sabe que aquí vivieron algunas familias hebreas y que luego se fueron marchando todas menos una. En esa casa estuvo muchos años instalado un negocio de empeño y usura al cargo de una tal Débora, la cual, habiéndose quedado viuda muy joven, siguió desempeñando con mucho provecho el negocio de su marido. De esto hará casi dos siglos, pero la casa está lo mismo que entonces y la gente le tiene apego. Ahora es de un particular y no se puede visitar por dentro.
En esas, quiso Luis saber algo más de Tino, puesto que pese a la brevedad de nuestro encuentro y a sus extraños modos, que supusimos se deberían a alguna incapacidad, nos había causado una muy grata impresión. Tomó la palabra Domiciano para decirle:
- Puede que sea la mejor persona que hay en este lugar. La suya es una historia dolorosa y entrañable. ¿Si quieres, te la cuento?
Luis, más que asentir, le apremió a que lo hiciese, y el otro prosiguió: - Su padre, ¡un buen hombre!, era bracero y con muchos esfuerzos hizo que el muchacho estudiara. Pero a él lo que le gustaba era ser policía, y a ser posible, aquí, en su pueblo. Por tanto, se preparó concienzudamente hasta que consiguió la plaza de jefe. Al poco murió el padre, y él vivía tranquilo junto a su madre, a la que mantenía. Pero una noche, una mala noche, al regresar a su casa después de hacer la ronda, sorprendió a varios individuos robando en un comercio. Quiso detenerlos, pero la desigualdad de fuerzas hizo que los otros se le enfrentasen y le dominaran. Lo sujetaron bien, le tundieron con ganas, con saña, dejándolo casi muerto. Ocho meses tuvo que pasar en el hospital, dos de ellos en estado crítico, y luego casi otros dos años con recuperaciones lentas y penosas. Físicamente está bien, aunque cojea algo y habla de un modo raro. Lo peor es lo de su cabeza. Al darle el alta no nos conocía a nadie, y ahora, no es que haya recordado, es que ha aprendido a saber quién es cada uno pero sin relacionarnos con aquellos años. Por lo menos, se desenvuelve aceptablemente aunque su mente no coordine del todo, y le ha quedado una paga aceptable con la que viven decentemente la madre y el hijo.
- Pero él no para en todo el día y es feliz, continuó. Se ve que lleva en la sangre eso de ayudar al prójimo. Por ejemplo: es los pies y las manos de la señora Engracia. Como la pobre es ya muy mayor y está sola, le hace la compra y los recados, le barre la puerta, va al banco. De todo. Se marcha otras mañanas con Elpidio “Pintas” a su huerto y le ayuda en sus faenas. A coger zanahorias, plantar ajos, a lo que sea. Cuando puede, acompaña a Gorgonio “el Trucha” a pescar, o a dar una vuelta por la finca para ver si los gorrinos necesitan algo. Y siempre está dispuesto a prestar ayuda a quien se la solicite. Es un buen bastaje, y sin cobrar una perra a nadie, nunca, por sus servicios. La madre, la pobre, le dice: - Atiendes a todo el mundo, menos a mí. Pero ella, y todos, sabemos que no es verdad.
Sabidas estas cosas, y antes de despedirnos, nos aconsejó que nos alojásemos en la Posada Antigua y nos indicó cómo llegar a ella. Y eso hicimos. Pero antes de que hubiésemos acabado de acomodarnos, se presentó Tino y, cerrando cuidadosamente la puerta, dijo con sigilo:
- No se te ocurra cenar aquí. La posada es muy buena y muy limpia, pero en la comida no se pasan, y no digamos en las cenas. Vas a ir al Bar Becho, que está en esta misma calle, un poco más abajo, y allí sí te van a dar bien y barato. Jacinto, el dueño, es amigo mío. ¡Ah!, si necesitáis algo, no tenéis más que avisarme, que todo el mundo sabe donde vivo o en donde estoy. Y mañana os llevo a ver el pueblo. Veréis qué hermoso es.
Al día siguiente, mucho antes de la hora tercia, ya estaba Tino esperándonos en la esquina enfrente de la posada, tomando el sol y hablando con sus paisanos. Anduvo con nosotros casi toda la mañana, y no pudimos comprobar si era la mejor persona del pueblo, pero sí que era bueno de verdad. Bueno, hasta dejárselo de sobra.

Abril 2011

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 15 de abril de 2011