jueves, 13 de enero de 2011

Coplas

Coplas
Ramón Serrano G.

-¡Hola! Me imagino que te extrañarás al recibir esta carta, pero ahí la tienes. Creo que no la esperabas y puede que ni tuvieras deseo alguno de recibirla. En realidad, aún no sé por qué la he escrito. Quizás lo haya hecho para dejar plasmadas las miles de conversaciones que sobre nosotros y nuestra vieja y extinta relación, tengo mantenidas y mantenemos mi locura y yo, y nadie más, desde que nos separamos, ¿hace ya…?, no sé qué tiempo. Desde entonces, todos los días, absolutamente todos los días, dedico un rato a ese mudo diálogo interno, dudando si al hacerlo me ocurrirá como al que cada tarde acude al bar a tomar unas copas que acabarán por destrozarle el hígado, o, por el contrario, me beneficiará como a quien cada mañana hace unos ejercicios físicos programados y metódicos.
Pero no es por el mal o buen resultado que pueda ocasionarme el hacerlo, por lo que tengo esa constante “obligación” de hablar contigo a solas, imperativo que, por supuesto, cumplo a rajatabla. Así satisfago ese menester de que tu alma y mi pensamiento, tu mente y mi corazón, se digan y escuchen todas esas cosas que ellos necesitan o, mejor dicho, que un día necesitaban. Además quiero que sepas que, en esos delirios, jamás me ocupo en buscar culpables de lo sucedido, ni las causas que lo produjeron, y ni tan siquiera me planteo soluciones o componendas que, es obvio, ya no pueden darse bajo ningún concepto. Además, todo eso sólo serviría para atormentarme. No. Lo dejo así, tal como está, y aunque me pese.
Como digo, lo que sí hago casi constantemente es lo que hacen, o deberían hacer, todas las parejas que en el mundo son. Converso contigo, dialogo sobre nosotros, sobre los amigos, el trabajo, los libros, la música, la historia, el porvenir, el hombre y sus circunstancias. ¡Sobre tantos temas! Y en esos deliquios y con esos coloquios en los que nos expresamos nuestros pareceres, en los cuales a veces disentimos y a veces concordamos, pero que siempre nos ayudan a entendernos, vivo de nuevo junto a ti, bajo tu protección y dándote mi ayuda, con tus enseñanzas y mis consejos, con tu sacrificio y mi esfuerzo. Y me hago la idea de que aún somos la pareja que fuimos, y, en el colmo de la guilladura, llego a creer que todavía nos queremos. Ignoro si a ti te ocurre alguna vez lo mismo. Pero da igual.
Lo peor es que también todos los días se me vienen de nuevo a las mientes, cómo sin esperarlo, los roces y escollos que fueron apareciendo en nuestra relación por motivos que entonces parecieron baladíes y luego resultaron trascendentes, que ignorábamos su procedencia, pero que daba la impresión de que querían separarnos. Parecía como si alguien se empeñase en poner una valla a nuestras vidas para que no siguiesen comunicadas la una con la otra. –Eso es querer ponerle puertas al campo, me dije yo. Y hablando de puertas y de nuestros amores, déjame que te recuerde las letras de algunas soleares que, como aficionados al flamenco, escuchamos por entonces. Me dijiste en una ocasión, bien que me acuerdo: Como la puerta crujía, aceite le echaba yo, la noche que tú venías.
Pero las cosas fueron de mal en peor, creo que porque alguien con malignos poderes se empeñó en destruir nuestra unión y nuestro cariño, con tanto empeño y eficacia, que acabó por conseguirlo. Un, o unos, cuyos nombres ni tú ni yo olvidaremos nunca, y que, con felonías y dizques, consiguieron su propósito, que no era otro que el acabar con algo tan hermoso que aquello que había surgido entre nosotros. Alguien que logró que tuviésemos más fe en los extraños que en nosotros mismos, cosa que no debimos hacer nunca. Pero así sucedió, bien que me pese. Al final, cuando todo estaba a punto de romperse, o mejor dicho, cuando ya estaban los añicos tirados por los suelos, te informé en un postrer suspiro: Dejo la puerta entorná, por si te diera algún día, la tentación de empujar.
Pero no fue así. Las cosas fueron ocurriendo como tenían que ocurrir. Como entonces quisimos que sucedieran, aunque quizás hoy deseásemos que se hubiesen desarrollado de otro modo. O tal vez no, pero eso, como tantas otras cosas, jamás lo sabremos. Lo cierto, es que llevamos ya muchos años peregrinando por distintos derroteros, y aunque te acabo de contar lo de mi onírica y gratificante charla cotidiana, también es gran verdad que hoy en día recito con verdad, y demasiadas veces, aquella otra copla que aclaraba: Tu calle ya no es tu calle; que es un camino cualquiera, camino de cualquier parte. Lo hago con dolor, pero lo hago.
Y estos son todos los motivos que me han llevado a escribirte hoy. Bueno, todos no, que aún me falta uno. Aunque es posible que ya no te interese saberlo, he de decirte por último, que mi vida tiene muy mucho de monótona y nada, prácticamente nada, de dichosa. Que añoro, y no me avergüenza confesarlo, tantas y tantas cosas buenas que me diste y que me hicieron muy feliz. Y que la mayoría de las noches, antes de desvelarme, pues dormir apenas duermo, canto muy quedo, en un susurro, aquella copla que ruega: Todos le piden a Dios, la salud y la libertad; y yo le pido la muerte, y no me la quiere dar.

Enero 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de enero de 2011

viernes, 24 de diciembre de 2010

Todavia

Todavía
Ramón Serrano G.

Llevo un tiempo, ¿mucho o poco?, no lo sé, ni me preocupa averiguarlo, pero sí es cierto que en él me está costando un mundo llevar a cabo cualquier tarea. ¿Qué ocurre en este lapso, que me he vuelto más haragán o más poltrón que lo que he sido en toda mi vida? Creo que no. Es más, estoy seguro que no es eso lo que me ocurre, que las ganas de estar ocupado en algo útil son de las pocas cosas buenas que no me han abandonado. Debe ser, entonces, que a mi cabeza no llegan las corrientes necesarias para un normal desarrollo pensante. O que no sabe discernir correctamente entre las que recibe, y elige cómodamente y con poltronería las menos sacrificadas.
Lo que sé muy bien es que, como dije al inicio, llevo algunos días, bastantes días, que tengo gana de…nada. Apenas ha salido el sol y ya estoy deseando que vuelva a ocultarse para, en la oscuridad, seguir pensando en… nada. Y si mis cavilaciones acuden hacia algo, sé que será a un algo que no tendrá provecho. Si acaso a ciertas ideas que, en vez de sosegarme, me endilgarán una continua sensación de desvalimiento y abandono. De tal modo, que sea cual fuere la tarea que emprenda, considerable o menuda, relevante o baladí, tenga sus más y sus menos o sea pan comido, me faltan las fuerzas y quizás también los arrestos necesarios para su ejecución, Así pues, la abandono y me sumerjo en un abatimiento a veces, y en ocasiones en una disforia, que hacen que mi vivir sea de todo menos grato.
Para una mejor comprensión diré que dicho estado de ánimo es como el de aquella madre que espera, jornada tras jornada, que le llegue la carta que prometió mandarle su hijo desde el frente. Cada mañana sale a su puerta y ve que el cartero, inmisericorde sin saberlo, cruza ante ella sin dejar misiva alguna que le calme la ansiedad de saber si sigue vivo. Y la que no vive es ella, con la comezón que le produce la incertidumbre de cuál será el final de una situación tan desdichada.
Y todo eso duele. No sólo el encontrarme así, sino el saber que estoy dejando que se lleve el río de mis pesares los días que le quedan a mi vida y que podría aprovechar en tantas y tantas tareas beneficiosas para mi magín. Y me apena tener la mente como un calvero, vacía, sin árboles, ni montañas, ni vides, al menos algunas hierbas o, tan siquiera, un lagarto. Está rala, huera, lisa, pero no como una autopista, que los caminos llevan a muchos sitios, sino desertizada como un páramo, puesto que algo, o alguien, ha conseguido ermar mis pensamientos.
Por eso, en esa estadía, nos pasamos mi silencio y yo, mano a mano, en callado diálogo, horas y horas en una lucha inclemente por ver quien vence a quien, tratando yo de salir del pozo en el que el adversario me tiene hundido, mientras que él se afana, y lo consigue a menudo, tenerme sumido en lo profundo. Él, pugnando por mantener agarrotado mi pensamiento, sin permitirle el movimiento más mínimo, y procurando que se mantenga en absoluta calígine. Yo, sabedor del menoscabo que ello me causa, esforzándome una y otra vez, hasta tener agujetas en el alma, por vencer esa quietud y ese negror. Triste lucha es esta, a fe mía.
Ganas me dan en ocasiones de ser acomodaticio, darme por vencido, y amoldarme a este estado dañador. Pero no soy, no puedo ni quiero ser ecléctico, porque lo que me estoy jugando es la calidad de mi vida, o de lo que queda de ella. Y tengo buena conciencia de que eso no es una fruslería, una futesa. No es algo que no se consiga gastando unas simples monedas en la compra de un boleto para la rifa de una tómbola de feria. O un simple resfriado que te mantiene incómodo unas fechas, pero que pasa pronto. No. Sé muy bien que es lo más sustancial que he de hacer antes de que llegue a visitarme mi amiga “la descarnada”.
Podría, por otra parte, ser conformista y resignarme pensando en esos otros que han sufrido o tienen desventuras peores y más graves que la mía. Aquello de:…que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó. Pero me parece esta postura, a más de sonrojante, poco digna y lo que es peor aún, nada sanadora de mi padecimiento. Así pues intención, y mucha, tengo de sobreponerme a este desasosiego que me aturde, aunque no sepa en este instante la forma y la manera de llevarlo a cabo. Sí que sé, que los días transcurren en mi contra, ya que las jornadas se van apilando sobre mí, una, y otra, y otra, hasta constituir una losa densa y plúmbea, la cuál se va haciendo cada vez más difícil de eliminar. Tanto, que más pronto que tarde, puede que me falten las fuerzas para conseguirlo.
Pero yo sé, a fuerza de tanto desearlo, que no voy a continuar de esta manera. Fuerzas he de sacar, aunque me cueste, para lograr recomponer mi alma, obnubilada y mustia. Y empezaré hoy mismo, lo prometo, a mover y a utilizar de nuevo la mollera; a ahuyentar las cenizas que la quieren adentrar en la calígine; a ir, gradualmente y sin rempujos, rompiendo el anquilosamiento en que se encuentra; a que las nubes que oscurecen su cielo se dispersen. Y cuando lo consiga, y ¡ojalá! sea mas pronto que tarde, me encontraré a mí mismo, el silencio volverá a ser mi amigo y contertulio, y junto a él, retomando mi esencia, tendré otra vez una vida, si no feliz, al menos provechosa.
Y entonces, volviendo a ser quien fui, y si no igual, al menos con cierto parecido, podré reconocerme y decir: “C’est moi…encore”.

Diciembre de 2010

viernes, 3 de diciembre de 2010

Será feliz

Será feliz
Ramón Serrano G.

Para Javier Camarasa, un magnífico profesional y una gran persona.

Si alguien tuviese que leer todo lo que se lleva escrito acerca de la felicidad puede que gastase en ello toda su existencia y, aunque esta fuese prolongada, no lo lograría. Pese a ello quiero, ¡qué osadía!, añadir unas líneas más, aún a sabiendas de que esto no será sino una versión diferente, y peor, de algo que ya esté expuesto con anterioridad.
Vayamos entonces a razonar sobre la felicidad, empezando para esto por analizar algunos de los muchos tópicos que sobre ella existen. Me viene a la memoria una canción, Salud, dinero y amor, ¿la recuerdan?, que nos indica las tres cosas que la mayoría de la gente piensa que otorgan la dicha o que son su base fundamental. ¿Pero es así? Tratemos de verlo.
El dinero. Indudablemente con él no se consigue, porque está demostradísimo que hay infinidad de condicionamientos o necesidades que no pueden ser compradas a ningún precio. Tener dinero puede ayudar bastante a ser feliz, pero no siempre y no a todo el mundo. Hay quien ha vivido más que aceptablemente cuando poseía un poco por encima de lo suficiente y luego, cuando por cualquier circunstancia ha conseguido poseerlo en abundancia, se ha visto en serios trances para conservarlo o seguir incrementando su tenencia. Sin él no se puede vivir, eso está muy claro. Pero si se tiene en demasía, se corren diversos e importantes riesgos: volverse avaro, saberlo mantener, perderlo ante el difícil manejo de cantidades ingentes (rentabilidad, inflación, inversiones seguras, etc.) o sufrir un atraco o incluso ser asesinado. Todo ello hace que el poseedor, pese a tener un capital abundante, se vea obligado a llevar una vida poco placentera. No. El dinero no da la felicidad. Eso es seguro.
La salud. Quizás sí, pero nunca si está sola y las más de las veces si no se goza de ella de una manera total. Pensemos en los hipocondríacos que, concomidos, condicionan toda su vida, o su bienestar, investigándose a sí mismos y a sus propios males, imaginados o reales, magnificándolos en la mayoría de los casos, y dependiendo de ellos, de su medicación y de su tratamiento, de una manera inconcebible. Por supuesto, que se sufren carencias de salud importantísimas, pero incluso ante estas, hay quien muestra un espíritu integérrimo, minimizando su mal, o al menos, comportándose ante el mundo como si no lo padeciese. Supongamos, y es mucho suponer, que pudiera llegar a ser dichoso aquél que tuviere salud. ¿Pero quién tiene una salud buena y prolongada? Casi nadie, y mucho menos cuando se va llegando a cierta edad. Al acceder a esos años en los que nos vamos llenando de alifafes y dolamas, unas veces nimios y otras trascendentes, y ante los que cada quien reacciona de diferente manera. Porque los padecimientos físicos nos afectarán en el modo y forma que sepamos reaccionar al sufrirlos. Procuraré demostrarlo con un ejemplo. Es posible que una de las peores carencias que puede tener una persona es la de ser invidente. Hasta el punto que en la Alcazaba de la Alhambra, no sé bien si en la Puerta del Vino, está escrito el más bello eslogan turístico que yo conozco. Dice: Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser, ciego en Granada. ¡Tanto se ha valorado siempre el don de la vista! Pero también se cuenta que alguien, compadeciéndose un día de un ciego de nacimiento, le decía la pena que sentía por él ante su incapacidad para contemplar los astros y el firmamento. Entonces oyó cómo este le contestaba que no era así, que él gozaba lo indecible “viendo” las estrellas y los soles que se movían dentro de su cabeza.
El amor. Puede que sí, que el amor llegue a conceder la alacridad, pero siempre con ciertos condicionamientos. Será bueno, si consiste en el sentimiento que una persona experimenta hacia otra, deseando su compañía, deleitándose con las mismas cosas o sufriendo a su compás. Lo será, igualmente, si ese afecto es hacia algo bueno o beneficioso, como la caridad, el prójimo, la cultura, etc. Cuando es de ese modo, cuando amar es olvidarse de uno mismo, es renunciar al sosiego por encontrar la dicha, entonces sí que produce verdadero placer, aun cuando se caiga en el pleonasmo de decir que alguien está loco de amor sabiendo que, como no puede ser de otra manera, el amor es una insania. Una maravillosa locura. Pero ojo, que hay una forma de amar que no nos proporcionará el verdadero, el buen placer. Tan sólo una alegría tosca, ruin, superficial y poco duradera. Me estoy refiriendo al que hace de la egolatría su bandera, procurando siempre barrer para adentro o acercar el ascua a su sardina.
¿Hay algo, entonces, que por sí solo pueda proporcionar la felicidad?
Pues claro que lo hay, aunque como todo lo realmente bueno, como todo lo que es intrínsecamente valioso, es escaso y de muy difícil consecución. Pero ha quedado manifiestamente demostrado que aquél que consigue ese bien es feliz, y no por un día, unas semanas o incluso algún año. No, quien lo encuentre, será venturoso durante toda su vida.
Y la panacea que nos concederá siempre el contento, el maná que calmará todas nuestras hambres de ser felices, no es otro que la AMISTAD. Nadie que tenga un verdadero AMIGO podrá estar nunca amargado, ni nunca conllevará a solas sus males ya que estará siempre en concomitancia con él. Porque con el AMIGO, en lo bueno y en lo malo, siempre tendrá compañía, consejo, apoyo, distracción, ayuda, defensa, comprensión, ánimo, enseñanza, escucha, entrega generosa sin pedir nada a cambio…
Estoy completamente seguro de que no hay nada que tenga un dar tan extenso, un pedir tan exiguo y una tan nula exigencia. Por ello afirmo con rotundidad, que aquel que tenga un verdadero AMIGO – del latín amicus, y este posiblemente de amare – será feliz.
Diciembre 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de diciembre de 2010

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Darse la vuelta

Darse la vuelta
Ramón Serrano G.

Quiero hoy, a sabiendas de que no es un tema demasiado agradable, hablarles de las cucarachas, esos, al menos para mí, bichos repelentes que muchas noches, demasiadas, suelen abandonar las grietas o rendijas que les sirven de habitáculo y salen a pasear a su antojo por nuestras viviendas, infestándolas en mayor medida de lo que suponemos y creándonos demasiados problemas higiénicos.
Pero no es de tipo sanitario el motivo de traer a colación a las curianas, sino razonar sobre una determinada imposibilidad de estos insectos. Unos bichejos que han sabido adaptarse admirablemente a su siempre mezquina calidad de vida y que han llegado a conseguir logros importantes para que esa vida les sea propicia a su modo.
Así, han conseguido aprender cómo absorber la humedad ambiental de tal forma que pueden resistir sin agua un mes, y en cuanto a su alimentación, al ser omnívoras, se abastecen de plantas, pegamento, cuero o madera. Suelen salir de noche aunque son prácticamente ciegas, pero se saben mover por los más diversos conductos gracias a sus antenas que, al contactar con cualquier superficie, les indican el camino a seguir. Igualmente, en sus excrementos, dejan rastros de los que se sirven para localizarse o poder encontrar fuentes de comida o de agua. Diré, por último, que prefieren las estancias cálidas, aunque se saben adaptar a una gran variedad de ambientes.
Todo eso, y muchas cosas más que sería prolijo detallar, han aprendido los blatodeos en sus más de 300 millones de años de existencia para poder sobrevivir y evitar cualquier peligro de exterminio de su especie. Sin embargo, hay una cosa que todavía no saben hacer, y eso que esto les acarrea la muerte. Así, cuando ellas, a causa de un resbalón, o por el espasmo causado por los insecticidas, caen boca arriba no aciertan con el modo de darse la vuelta y empiezan a agitar desordenadamente sus patas para tratar de voltearse, pero ese es un movimiento totalmente infructuoso. Lo intentan de nuevo, se cansan, paran, y una y otra vez, baten al aire sus extremidades hasta que al poco mueren sin remedio.
Dicho esto, quiero hablar ahora de que igualmente hay una especie de “cucarachas” de dos patas, coetánea con la aparición del hombre sobre la Tierra (y creo que esto fue en la época del Mioceno, o sea, hace unos 20 millones de años) y que esos especímenes tienen casi las mismas propiedades que sus homólogos los blatodeos.
Como ellos son omnívoros y fagocitan todo cuanto les pueda interesar de su derredor. El agua pueden sustituirla fácilmente por cualquier otra bebida, sobre todo si tiene graduación alcohólica. Se arrastran, serpean, vuelan, e incluso nadan entre dos aguas, en aras de conseguir sus propósitos. No les importa actuar de día o de noche y también tienen antenas, aunque bien distintas de las de sus congéneres, para obtener cuanta información les sea necesaria. Y por supuesto, acuden a los “basureros” para estar bien nutridos. Como diferencia principal, diré que no suelen vivir precisamente en covachas ni agujeros, pues gustan de tener pomposas residencias, siempre ganadas con malas artes.
Pero sí que les ocurre igual que a las curianas, ya que cuando patinan y caen, no saben dar la vuelta de manera alguna. No han aprendido, a lo largo y ancho de su ya vieja existencia, que se puede errar y, reconociendo el error, enmendarlo y seguir por la adecuada vía. Mas no, eso no. Si han obrado mal, que suele ser su habitual modo de hacerlo, tratan de justificarlo de cualquier forma. Inventan patrañas, buscan testaferros, u hombres de paja sobre quienes cargar sus faltas. Lo que sea menos darse la vuelta.
Todos ustedes, queridos lectores, ya han adivinado que me estoy refiriendo no a todos, pero sí a tantos y tantos “prohombres” que a lo largo de la Historia han desarrollado sus actividades públicas en beneficio propio, única y exclusivamente de esa forma, aunque propagando que lo hacían por favorecer al pueblo. También a esa cantidad ingente de fundamentalistas de todo tipo que han obrado radicalmente, hasta matar si preciso fuera, para imponer sus creencias y opiniones. Por igual a los designados por los “dioses” para, dictatorialmente, liberar y engrandecer a sus gentes y a sus tierras, aunque cada día que transcurre estas se vean extremecedoramente aherrojadas y sometidas, desvencijando sus mentes y sus cuerpos y aniquilando, sin concederles voz ni escuchar sus razones, a cuantos discrepaban, o discrepan, de sus órdenes, sus deseos y sus maneras de obrar. Y los hubo, los hay y los habrá, en todos los lugares y operando a todas las escalas y viviendo unas vidas en la oscuridad y entre basuras.
Sí, siempre ha sido así, y así sigue, y así seguirá siéndolo. No saben dar la vuelta, no pueden, no quieren reconocer sus errores. Recordemos como ya Guillén de Castro, en sus “Mocedades del Cid”, nos dice en la primera quincena del siglo XVII: “…Procure siempre acertalla/ el honrado y principal/pero si la acierta mal/sostenella, y no enmendalla…”

Noviembre de 2010

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de noviembre de 2010

jueves, 4 de noviembre de 2010

La llamada

La llamada
Ramón Serrano G.

Esta mañana te he vuelto a ver cuando ibas al trabajo. Llevabas, como siempre, ese aire cansino y distraído que te caracteriza y que a mí no me gusta nada. Es más, que te arrancaría de cuajo y te lo sustituiría por otro más vivaracho y animado. ¿Pero qué tonterías digo? Sabes muy bien que de ti no cambiará nada, absolutamente nada, pues me gusta tu forma de ser más que nada en este mundo. Bueno, me gusta tu forma de ser, y tu aspecto, y tu carácter, y tu manera de vestir, y de hablar, y…, y…, y…Pero ya he dicho una nueva melonada porque tú todo esto no lo sabes. Ni tú, ni nadie, ya que a nadie se lo he dicho, y procuro muy mucho que nadie me lo note.
Aunque te conozco, sólo te veo pasar por delante de mi casa, un día, y otro día, pero sé de ti tantas cosas como si ya hubiese cumplido mi sueño de casarme contigo. Tienes que ser, mejor dicho eres, estoy segura, bondadoso, sencillo, elegante (puede que extremada y obsesivamente elegante), solícito y hogareño, aunque debes saber hacer muy pocas tareas domésticas pues tu madre y tu hermana, es natural, te llevan en palmillas. Sí, también sé que vives con ellas y que Flor, tu hermana, es muy guapa.
Todo eso, y muchas cosas más, he averiguado de ti y, sin embargo, tú de mí no conoces nada. Vivimos cerca, sabemos quienes somos desde siempre, y sin embargo no te has preocupado jamás ni de si existo. Tanto no, porque en las raras ocasiones en que nos cruzamos me saludas atentamente, como es tu estilo. Sin embargo no percibes nunca mi interés por ti cuando me hago la encontradiza tomando un café, comprando el periódico, dando algún paseo por las tardes, o cuando, sin esperarlo, tengo la fortuna de coincidir contigo en algún sitio. Pero no, no te enteras.
Pese a ello, sabes que me has enamorado como a una idiota. ¡Qué boba soy. Ya he vuelto a decir sabes! Lo diré bien. No sabes, no puedes estar enterado, hasta qué punto me he prendado de ti. Tanto, que arrumbaría mi vida, mis proyectos y mis gustos, por vivir a tu lado el resto de mis días. ¡Mi vida y mis proyectos! Mi familia, sin ser pobre, es humilde. Por eso, y para que no sufriera la misma situación, mis padres me facilitaron estudios universitarios, lo que significaba para mí el súmmum de mis aspiraciones. Aproveché bien mi oportunidad y conseguí alcanzar una situación privilegiada, o al menos así la considero. Tenía, después de muchos esfuerzos, algo tan preciado que siempre pensé que no lo cambiaría por nada. Pero estaba equivocada. Sin saber cómo, te cruzaste en mi camino y, desde entonces sí que lo cambiaría por algo. Hoy sólo pienso en casarme contigo, vivir junto a ti, y daría al traste con todo por lograrlo.
Pero quiero y debo aclararte varias cosas. Primero, que no me asusta la idea de quedarme para vestir santos. De hecho, hace pocos años, con mi edad, ya casi te tildaban de solterona. Hasta hoy he vivido muy bien así y podría seguir haciéndolo. Segundo, he de informarte que no es el matrimonio lo que me ilusiona, que también, sino el formar una familia contigo. Las mujeres, ya se sabe, somos más soñadoras, más ¿románticas? Me gustaría decirte las ensoñaciones que pasan por la cabeza cuando me subo al zamizaquí, a estar allí a solas, oír música, leer o, simplemente, pensar en mis cosas. Los hombres soléis ser distintos en esto del amor. A veces, muchas veces, buscáis más satisfacer vuestras pasiones que vivir una vida realmente afectiva. Otras, os creéis superiores y casi hacéis un acto de condescendencia al uniros a nosotras. Pero dejemos eso y volvamos a esto otro que quiero decirte.
Lo que me ha hecho cambiar de opinión, lo que me entusiasma no es hacer lo mismo que muchos hacen. Se casan, trabajan ambos, tienen uno o, a lo sumo, dos hijos, a los que por cuestiones laborales o sociológicas apenas ven y casi ni los crían, que esa tarea la encomiendan a guarderías o sitios análogos. Podría exponerte cien casos más, pero ¿para qué?, si ya has comprendido a lo que me refiero. Ellos “conviven” en su hogar unas escasas horas nocturnas, que además dedican en su mayor parte al teléfono, la “tele”, o el ordenador, y muy poco a conversar, a VIVIR con los suyos.
Pero no es eso lo que yo deseo. Por eso no movería ni un dedo. Si he de dejarlo todo, ha de ser para construir una alcavera entre los dos y más adelante con nuestros hijos si nos llegan, que aunque ya no somos demasiado jóvenes, aún estamos en buena edad para tenerlos. Para estar unidos, ayudarnos y compartir risas y penas según vayan llegando. Por eso sí que lo haría; de ese modo tendría que ser y no toleraría que fuera de otra manera. Es más, segura estoy que tú tampoco.
Te hubiese escrito contándote todo esto, pero pensé que sería mejor decírtelo de viva voz. En varias ocasiones descolgué el teléfono para concertar una cita contigo, pero luego, sin acabar de decidirme y sin saber por qué, pospuse la llamada. Una llamada que sabía, deseaba y esperaba que cambiase mi vida. Y esta mañana, un rato después de verte, cuando he supuesto que ya estarías en tus tareas, he marcado tu número dos veces, pero comunicabas. Al tercer intento me ha contestado una voz femenina, muy meliflua, que te ha dicho después con un tono íntimo y comto que no me ha gustado nada, ya que me ha llevado a comprender algunas cosas:
-Es para ti G…
No sé que se me ha pasado entonces por la cabeza, pero he colgado sin decirte nada y creo que ya no volveré a llamarte.

Noviembre 2010
“Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de noviembre de 2010

jueves, 21 de octubre de 2010

La tablilla

La tablilla
Ramón Serrano G.

Como hacían tantos otros, y por costumbre, una mañana más nos acercamos a ver “la tablilla” donde se exponían las esquelas de quienes habían fallecido, y así enterarnos de las noticias necrológicas locales, más que nada, por si había que cumplir. Frente a ella siempre se oían los mismos comentarios: -Vamos a ver quien se ha quitado hoy de fumar, decía aquél. Y este: -¡Anda! Si se ha muerto la Eufrasia, la mujer de Estanislao. Pues la vi hace tres días en la carnicería. –Y no era vieja, 78 años, le contestaba alguno. Mirando la esquela de al lado, decía otro: -¡Coño! si se nos ha ido también Feliciano. Llevaba ya el pobre malo un poco tiempo. -¿Quién era? que no me acuerdo de su cara, preguntaba otro. – Sí hombre, claro que te acuerdas. Estaba casao con una hija de Quirocha y han vivío toa la vida en la calle Ancha. Que hacía escobas, y ella las iba vendiendo por las casas.
Y así, un día, y otro, y otro, las mismas extrañezas y las mismas admiraciones ante la muerte, rutinarias y un tanto absurdas.
Cuando echamos a andar, le dije: -Oye Luis. He oído decir que ese pobre hombre hacía escobas. ¿Es que se podía vivir de eso?
-¿Sabes Luca? Hubo épocas en los que se tenía que vivir de lo que se pudiese. De eso y de muchas cosas menos. Cuando paso por estos pueblos recuerdo nítidamente oficios de mi niñez a los que echo en falta. Antes, había trabajos, sitios, costumbres, sin las cuales la vida sería impensable y que hoy las modernidades, muchas veces para bien y algunas para mal, o al menos para regular, han hecho desaparecer sustituyéndolos por trabajos y productos alternativos. Pero les sigo teniendo mucho cariño.
-¿Y cuáles eran?, porque posiblemente algunos los haya conocido yo.
-No creo, porque hace ya mucho que desaparecieron. Verás, te voy a ir nombrando varios con los que yo he convivido y sin embargo, al evocarlos, me parece que existieron hace siglos. Estaban las recoveras, que iban por las casas vendiendo huevos y gallinas, y al paso, esparcían por todos sitios la rumorología local. El paragüero y “lañaor”, como se anunciaban a sí mismos, y que mal arreglaban algún paraguas que otro, pero dejaban como nuevos los lebrillos y las orzas que se habían rajado poniéndoles unas enormes grapas. No sé si eran además hojalateros. Desde luego estos, con su estaño, su anafe, su soldador, etc. se dedicaban más bien a hacer o a reparar objetos de lata: candiles, embudos, pringueras, moldes, lo que fuese, ya que por aquellos entonces no había plástico y el cristal era caro. Había matarifes, que acudían a las casas a capar las cerdas y cerdos que se habían criado en ellas, y de San Andrés en adelante a sacrificarlos. ¡Menudo día era el día de la matanza!
-El “afilaor”, con su flauta de música inconfundible, que portaba una extraña carretilla, la cuál, colocada de determinada forma, permitía que se moviera la rueda y con ella la piedra de amolar. Las peinadoras, que iban siempre a buen paso con sus cabás, en los que portaban los utensilios, botes y mejunjes de su oficio. Cabe decir que solían ser el “complemento informativo local ” de las que cité antes y que también algunas de ellas, sabían además de peinar, curar tanto el mal de asiento como el aojamiento con diversos remedios, por lo que no era raro que algunas llevasen, debidamente ocultos, alguna higa y otros remedios para ese mal.
-Pues no, ni conocí nunca a nadie que ejerciera esas labores, ni tan siquiera había oído hablar de ellas. ¿Y había más?
-Claro. Y muchas. Pero sólo te nombraré otras dos ya que si no la relación sería extensa en demasía. Estaban los herradores, que trabajaban siempre a las órdenes de un veterinario, pero que se dedicaban principalmente a esquilar a las caballerías y a herrarlas. Sabes que a estos animales, los cascos de las patas les crecen igual que a nosotros las uñas, y se los tenían que recortar primero para poder herrarlas después. Y por último me voy a referir a aquellos por los que me has preguntado, los escoberos. Los hombres salían al campo para coger cerrillo o cabezuela, y luego, con ello, hacían escobas que las mujeres salían a vender por las calles. En realidad, de eso sólo no podían vivir y lo hacían como complemento a otros trabajos que realizaban con la misma eventualidad que este, y con exiguas ganancias, pero con ellas vivían.
-Esto debía ser por estas zonas, le dije, y me imagino que por el norte o el levante habría otros muchos oficios ya extinguidos.
-No lo dudes. Oficios, usos y prácticas que se han ido para siempre como nos iremos nosotros y de los que ya apenas si se acuerda alguien. Pero lo que a mí me llamaba mucho la atención era la costumbre que había en Tomillares de reunirse todos los días los hombres en el centro de la plaza, vistiendo siempre la blusa de origen levantino, azules los unos y negra los menos, haciendo corrillos y entorpeciendo el paso de carros, carretones y de los pocos coches que por entonces había. Todos se conocían y todos se relacionaban. Más que ahora. Charlaban con sus convecinos sobre lo divino y lo humano, hacían tratos, comerciaban con los “corredores” de la “cebá”, el vino o los melones, y allí pasaban horas y más horas dándole sin parar a la sin hueso, transmitiendo y recibiendo noticias, cambiando opiniones y haciendo negocios. Era, en su modestia, el ágora griega instalada en el corazón de La Mancha. El tiempo, que todo lo muda y con todo termina, acabó igualmente con esa tradición de nuestro Tomillares, de la que, ya te digo, sigo conservando muy buen recuerdo.

Octubre 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 22 de octubre de 2010

jueves, 7 de octubre de 2010

La dependencia

La dependencia
Ramón Serrano G.

Para Isabel Lozano, que desempeña muy bien su profesión de periodista.

Sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Tal vez unos meses, unos cuantos días, o quizás tan sólo uno, pero aquella noche se sentía feliz. Completamente feliz. Su enfermedad, que le había apartado definitivamente y demasiado pronto de la vida laboral, y que en los últimos tiempos le tenía postrado en aquella cama que ya apenas abandonaba, le había, si no agriado, sí ensombrecido el carácter que en su juventud, no tan lejana, había sido alegre, extrovertido, bullicioso. Por eso, a veces, pocas veces, echaba de menos su antigua vida social. Sí, siempre había gustado de relacionarse con la gente. De compartir problemas y alegrías. De reírse de todo y por todo en el momento oportuno. Pero las cosas se torcieron y en esta vida, se dijo para los adentros, cuando rola el viento y la mar se cubre de enormes borbollones, cada palo debe saber cómo aguantar su vela. Ni le importaba ni le temía a la muerte. Nunca se lo tuvo, y al dolor se había ido acostumbrando ayudado por los calmantes y la paciencia. Pero en esos momentos no se acordaba de su mal ni de la posible inmediatez de la visita inevitable de la calaca. Estaba feliz de tenerla junto a él.
Aquella noche, el tumor que desde hacía tiempo le iba robando horas a sus días le dio por hacerse notar con un dolor mayor que de costumbre, lo cual le impidió conciliarse con el sueño. En esa vigilia oyó unas voces que le eran muy conocidas, pero que sonaban más alzadas que otras veces, aunque a menudo trataban de apagarse. Como pudo, se tiró de la cama y a rastras, como pudo, se acercó a la baranda. Desde allí oiría mejor sin hacerse notar. Y entonces escuchó nítidamente cómo su mujer trataba de negar inútilmente a su hijo los dineros que este le estaba exigiendo otra vez, casi con amenazas, para seguir comprando aquellos polvos asesinos a los que se había habituado en exceso. Estas reuniones y peleas entre ambos, siempre a escondidas y a deshoras, ya las había supuesto desde hacía tiempo. Pero ante la impotencia y la inoperancia a las que le tenía sometido su enfermedad, siempre había callado. También en esa ocasión mantuvo silencio, creyendo que ese obrar sería el mejor.
Cuando acabó la chirinola no volvió al lecho. Quedóse allí en el suelo, rumiando ideas y echándose sus cuentas, hasta que la mujer, llorando su desgracia, subió para acostarse sin sospechar que podría encontrarlo allí tirado. Se extrañó al verlo y empezó a hacer preguntas sin sentido. Él, la calló con comedidas formas, y le rogó que se sentara a su lado para hablar de unos temas sabidos por los dos y nunca comentados, pero que ya no debían seguir quedándose más tiempo adentro de sus almas. Lo hizo y el esposo le dijo lo que sigue:
-Calla, por favor, seré yo quien hable. Como ves, acabo de corroborar lo que sospechaba desde hace algún tiempo, pero sobre nuestro hijo y su enorme problema no voy a pronunciarme. Es mayor de edad, lo que le ocurre se lo ha buscado él solo, no podemos darle solución, y casi tan siquiera prestarle auxilio. Lamentablemente el difícil remedio de esa desgracia, si acaso lo hay, que lo dudo, se nos ha ido de las manos. Esa desventura no hemos podido, o no hemos sabido, atajarla. Permíteme que hable de ti entonces. De la belleza de tu vida. Aunque, quizás no debería hacerlo, pues sólo una palabra, tan sólo una palabra, podría destruirla. Que para admirar la auténtica belleza se precisa silencio.
-Pero diré algo de tu comportamiento. Y podría hacerlo para recriminarte, puesto que creo que llevas mucho tiempo obrando mal, en cierto modo. Desde que en un recodo del vivir tuviste, tuvimos, aquel mal encuentro, has estado trabajando siempre con buena voluntad, aunque no podría haber sido de otro modo, que la maldad eres incapaz de llevarla a cabo. Has creído, torpemente, que tú sola lograrías, poquito a poco, vencer al dragón de siete cabezas que ha devorado a nuestro hijo, lo mismo que a tantos otros como él. Tú querías, pero ni sabías, ni podías hacerlo. Lo logran, y no siempre, quienes se dedican a ello profesionalmente. Y tus buenas intenciones no han conseguido mejorar las consecuencias, como era lógico. Debería haberlo intentado yo, o haberte ayudado al menos, pero mira en que estado me encuentro. De cualquier forma, ese continuo batallar se ha convertido para ti en otra dependencia más.
-Dependencia. No imaginas en cuántas ocasiones pronuncio, sin hablar, esa palabra. Como la estudio una y otra vez, atribuyéndole alternativamente malas y buenas cualidades. Está tan universalizada que nadie puede vivir ya sin el apoyo de alguien, ya sea esta ayuda nimia o enorme. La que tenemos el muchacho y yo de ti, es evidente. Pero la que quiero resaltar, por su importancia, es la que tú tienes de nosotros. Porque has de saber que tú también te hallas en un estado de necesidad física y psíquica que te supedita, que te hace estar bajo nuestra férula. Que hace que tu vida nos la dediques por completo.
-Y así, todas las mañanas, antes de que las claras del día metiéndose por los resquicios de las ventanas inflexiblemente echen del hogar las sombras de la noche, ya se ha despertado ese deseo tuyo de ayudarnos y, con esa propensión tan noble, se extiende por toda la casa un aroma de esperanza. Después, a lo largo de toda la jornada, con el alma colmada de congoja y la cara radiante de alegría en la espera de una felicidad que no llegará nunca, te deleitas cumpliendo a ultranza tus deberes de esposa y enfermera, de ama de casa limpia y ahorrativa, y, sobre todo los de madre, papel este en cuyo desarrollo brillas desde y hasta siempre, aunque en los otros tampoco desmerezcas.
-Luego, por las noches, cuando las estrellas ya se han ido acurrucando cada una en el lugar que le tienen asignado allá en el cielo, tras comprobar que poco o nada te resta por hacer, que todo se halla en estado de revista, te sientas a esperar inútilmente el regreso del hijo que andará por ahí atiborrándose de mierda. Al mucho, resignada de ver que no regresa, te acuestas, y yo, haciéndome el dormido, al poco oigo con cierta satisfacción el chapoteo de tus lágrimas, pues sé que nada consuela tanto como el llorar cuando se quiere vencer a la tristeza.
-Esta noche quiero decirte que soy harto dichoso al ver como es tu comportamiento ante estas adversidades que te tienen aherrojada, pero no triste. Sí, mujer, tú también tienes una muy grande dependencia, que no es otra sino el saber que del amor que nos tienes a tu marido y a tu hijo, tu vida se alimenta y logra pervivir. Bendita seas por ello.

Octubre 2010

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de octubre de 2010