miércoles, 17 de noviembre de 2010

Darse la vuelta

Darse la vuelta
Ramón Serrano G.

Quiero hoy, a sabiendas de que no es un tema demasiado agradable, hablarles de las cucarachas, esos, al menos para mí, bichos repelentes que muchas noches, demasiadas, suelen abandonar las grietas o rendijas que les sirven de habitáculo y salen a pasear a su antojo por nuestras viviendas, infestándolas en mayor medida de lo que suponemos y creándonos demasiados problemas higiénicos.
Pero no es de tipo sanitario el motivo de traer a colación a las curianas, sino razonar sobre una determinada imposibilidad de estos insectos. Unos bichejos que han sabido adaptarse admirablemente a su siempre mezquina calidad de vida y que han llegado a conseguir logros importantes para que esa vida les sea propicia a su modo.
Así, han conseguido aprender cómo absorber la humedad ambiental de tal forma que pueden resistir sin agua un mes, y en cuanto a su alimentación, al ser omnívoras, se abastecen de plantas, pegamento, cuero o madera. Suelen salir de noche aunque son prácticamente ciegas, pero se saben mover por los más diversos conductos gracias a sus antenas que, al contactar con cualquier superficie, les indican el camino a seguir. Igualmente, en sus excrementos, dejan rastros de los que se sirven para localizarse o poder encontrar fuentes de comida o de agua. Diré, por último, que prefieren las estancias cálidas, aunque se saben adaptar a una gran variedad de ambientes.
Todo eso, y muchas cosas más que sería prolijo detallar, han aprendido los blatodeos en sus más de 300 millones de años de existencia para poder sobrevivir y evitar cualquier peligro de exterminio de su especie. Sin embargo, hay una cosa que todavía no saben hacer, y eso que esto les acarrea la muerte. Así, cuando ellas, a causa de un resbalón, o por el espasmo causado por los insecticidas, caen boca arriba no aciertan con el modo de darse la vuelta y empiezan a agitar desordenadamente sus patas para tratar de voltearse, pero ese es un movimiento totalmente infructuoso. Lo intentan de nuevo, se cansan, paran, y una y otra vez, baten al aire sus extremidades hasta que al poco mueren sin remedio.
Dicho esto, quiero hablar ahora de que igualmente hay una especie de “cucarachas” de dos patas, coetánea con la aparición del hombre sobre la Tierra (y creo que esto fue en la época del Mioceno, o sea, hace unos 20 millones de años) y que esos especímenes tienen casi las mismas propiedades que sus homólogos los blatodeos.
Como ellos son omnívoros y fagocitan todo cuanto les pueda interesar de su derredor. El agua pueden sustituirla fácilmente por cualquier otra bebida, sobre todo si tiene graduación alcohólica. Se arrastran, serpean, vuelan, e incluso nadan entre dos aguas, en aras de conseguir sus propósitos. No les importa actuar de día o de noche y también tienen antenas, aunque bien distintas de las de sus congéneres, para obtener cuanta información les sea necesaria. Y por supuesto, acuden a los “basureros” para estar bien nutridos. Como diferencia principal, diré que no suelen vivir precisamente en covachas ni agujeros, pues gustan de tener pomposas residencias, siempre ganadas con malas artes.
Pero sí que les ocurre igual que a las curianas, ya que cuando patinan y caen, no saben dar la vuelta de manera alguna. No han aprendido, a lo largo y ancho de su ya vieja existencia, que se puede errar y, reconociendo el error, enmendarlo y seguir por la adecuada vía. Mas no, eso no. Si han obrado mal, que suele ser su habitual modo de hacerlo, tratan de justificarlo de cualquier forma. Inventan patrañas, buscan testaferros, u hombres de paja sobre quienes cargar sus faltas. Lo que sea menos darse la vuelta.
Todos ustedes, queridos lectores, ya han adivinado que me estoy refiriendo no a todos, pero sí a tantos y tantos “prohombres” que a lo largo de la Historia han desarrollado sus actividades públicas en beneficio propio, única y exclusivamente de esa forma, aunque propagando que lo hacían por favorecer al pueblo. También a esa cantidad ingente de fundamentalistas de todo tipo que han obrado radicalmente, hasta matar si preciso fuera, para imponer sus creencias y opiniones. Por igual a los designados por los “dioses” para, dictatorialmente, liberar y engrandecer a sus gentes y a sus tierras, aunque cada día que transcurre estas se vean extremecedoramente aherrojadas y sometidas, desvencijando sus mentes y sus cuerpos y aniquilando, sin concederles voz ni escuchar sus razones, a cuantos discrepaban, o discrepan, de sus órdenes, sus deseos y sus maneras de obrar. Y los hubo, los hay y los habrá, en todos los lugares y operando a todas las escalas y viviendo unas vidas en la oscuridad y entre basuras.
Sí, siempre ha sido así, y así sigue, y así seguirá siéndolo. No saben dar la vuelta, no pueden, no quieren reconocer sus errores. Recordemos como ya Guillén de Castro, en sus “Mocedades del Cid”, nos dice en la primera quincena del siglo XVII: “…Procure siempre acertalla/ el honrado y principal/pero si la acierta mal/sostenella, y no enmendalla…”

Noviembre de 2010

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de noviembre de 2010

jueves, 4 de noviembre de 2010

La llamada

La llamada
Ramón Serrano G.

Esta mañana te he vuelto a ver cuando ibas al trabajo. Llevabas, como siempre, ese aire cansino y distraído que te caracteriza y que a mí no me gusta nada. Es más, que te arrancaría de cuajo y te lo sustituiría por otro más vivaracho y animado. ¿Pero qué tonterías digo? Sabes muy bien que de ti no cambiará nada, absolutamente nada, pues me gusta tu forma de ser más que nada en este mundo. Bueno, me gusta tu forma de ser, y tu aspecto, y tu carácter, y tu manera de vestir, y de hablar, y…, y…, y…Pero ya he dicho una nueva melonada porque tú todo esto no lo sabes. Ni tú, ni nadie, ya que a nadie se lo he dicho, y procuro muy mucho que nadie me lo note.
Aunque te conozco, sólo te veo pasar por delante de mi casa, un día, y otro día, pero sé de ti tantas cosas como si ya hubiese cumplido mi sueño de casarme contigo. Tienes que ser, mejor dicho eres, estoy segura, bondadoso, sencillo, elegante (puede que extremada y obsesivamente elegante), solícito y hogareño, aunque debes saber hacer muy pocas tareas domésticas pues tu madre y tu hermana, es natural, te llevan en palmillas. Sí, también sé que vives con ellas y que Flor, tu hermana, es muy guapa.
Todo eso, y muchas cosas más, he averiguado de ti y, sin embargo, tú de mí no conoces nada. Vivimos cerca, sabemos quienes somos desde siempre, y sin embargo no te has preocupado jamás ni de si existo. Tanto no, porque en las raras ocasiones en que nos cruzamos me saludas atentamente, como es tu estilo. Sin embargo no percibes nunca mi interés por ti cuando me hago la encontradiza tomando un café, comprando el periódico, dando algún paseo por las tardes, o cuando, sin esperarlo, tengo la fortuna de coincidir contigo en algún sitio. Pero no, no te enteras.
Pese a ello, sabes que me has enamorado como a una idiota. ¡Qué boba soy. Ya he vuelto a decir sabes! Lo diré bien. No sabes, no puedes estar enterado, hasta qué punto me he prendado de ti. Tanto, que arrumbaría mi vida, mis proyectos y mis gustos, por vivir a tu lado el resto de mis días. ¡Mi vida y mis proyectos! Mi familia, sin ser pobre, es humilde. Por eso, y para que no sufriera la misma situación, mis padres me facilitaron estudios universitarios, lo que significaba para mí el súmmum de mis aspiraciones. Aproveché bien mi oportunidad y conseguí alcanzar una situación privilegiada, o al menos así la considero. Tenía, después de muchos esfuerzos, algo tan preciado que siempre pensé que no lo cambiaría por nada. Pero estaba equivocada. Sin saber cómo, te cruzaste en mi camino y, desde entonces sí que lo cambiaría por algo. Hoy sólo pienso en casarme contigo, vivir junto a ti, y daría al traste con todo por lograrlo.
Pero quiero y debo aclararte varias cosas. Primero, que no me asusta la idea de quedarme para vestir santos. De hecho, hace pocos años, con mi edad, ya casi te tildaban de solterona. Hasta hoy he vivido muy bien así y podría seguir haciéndolo. Segundo, he de informarte que no es el matrimonio lo que me ilusiona, que también, sino el formar una familia contigo. Las mujeres, ya se sabe, somos más soñadoras, más ¿románticas? Me gustaría decirte las ensoñaciones que pasan por la cabeza cuando me subo al zamizaquí, a estar allí a solas, oír música, leer o, simplemente, pensar en mis cosas. Los hombres soléis ser distintos en esto del amor. A veces, muchas veces, buscáis más satisfacer vuestras pasiones que vivir una vida realmente afectiva. Otras, os creéis superiores y casi hacéis un acto de condescendencia al uniros a nosotras. Pero dejemos eso y volvamos a esto otro que quiero decirte.
Lo que me ha hecho cambiar de opinión, lo que me entusiasma no es hacer lo mismo que muchos hacen. Se casan, trabajan ambos, tienen uno o, a lo sumo, dos hijos, a los que por cuestiones laborales o sociológicas apenas ven y casi ni los crían, que esa tarea la encomiendan a guarderías o sitios análogos. Podría exponerte cien casos más, pero ¿para qué?, si ya has comprendido a lo que me refiero. Ellos “conviven” en su hogar unas escasas horas nocturnas, que además dedican en su mayor parte al teléfono, la “tele”, o el ordenador, y muy poco a conversar, a VIVIR con los suyos.
Pero no es eso lo que yo deseo. Por eso no movería ni un dedo. Si he de dejarlo todo, ha de ser para construir una alcavera entre los dos y más adelante con nuestros hijos si nos llegan, que aunque ya no somos demasiado jóvenes, aún estamos en buena edad para tenerlos. Para estar unidos, ayudarnos y compartir risas y penas según vayan llegando. Por eso sí que lo haría; de ese modo tendría que ser y no toleraría que fuera de otra manera. Es más, segura estoy que tú tampoco.
Te hubiese escrito contándote todo esto, pero pensé que sería mejor decírtelo de viva voz. En varias ocasiones descolgué el teléfono para concertar una cita contigo, pero luego, sin acabar de decidirme y sin saber por qué, pospuse la llamada. Una llamada que sabía, deseaba y esperaba que cambiase mi vida. Y esta mañana, un rato después de verte, cuando he supuesto que ya estarías en tus tareas, he marcado tu número dos veces, pero comunicabas. Al tercer intento me ha contestado una voz femenina, muy meliflua, que te ha dicho después con un tono íntimo y comto que no me ha gustado nada, ya que me ha llevado a comprender algunas cosas:
-Es para ti G…
No sé que se me ha pasado entonces por la cabeza, pero he colgado sin decirte nada y creo que ya no volveré a llamarte.

Noviembre 2010
“Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de noviembre de 2010

jueves, 21 de octubre de 2010

La tablilla

La tablilla
Ramón Serrano G.

Como hacían tantos otros, y por costumbre, una mañana más nos acercamos a ver “la tablilla” donde se exponían las esquelas de quienes habían fallecido, y así enterarnos de las noticias necrológicas locales, más que nada, por si había que cumplir. Frente a ella siempre se oían los mismos comentarios: -Vamos a ver quien se ha quitado hoy de fumar, decía aquél. Y este: -¡Anda! Si se ha muerto la Eufrasia, la mujer de Estanislao. Pues la vi hace tres días en la carnicería. –Y no era vieja, 78 años, le contestaba alguno. Mirando la esquela de al lado, decía otro: -¡Coño! si se nos ha ido también Feliciano. Llevaba ya el pobre malo un poco tiempo. -¿Quién era? que no me acuerdo de su cara, preguntaba otro. – Sí hombre, claro que te acuerdas. Estaba casao con una hija de Quirocha y han vivío toa la vida en la calle Ancha. Que hacía escobas, y ella las iba vendiendo por las casas.
Y así, un día, y otro, y otro, las mismas extrañezas y las mismas admiraciones ante la muerte, rutinarias y un tanto absurdas.
Cuando echamos a andar, le dije: -Oye Luis. He oído decir que ese pobre hombre hacía escobas. ¿Es que se podía vivir de eso?
-¿Sabes Luca? Hubo épocas en los que se tenía que vivir de lo que se pudiese. De eso y de muchas cosas menos. Cuando paso por estos pueblos recuerdo nítidamente oficios de mi niñez a los que echo en falta. Antes, había trabajos, sitios, costumbres, sin las cuales la vida sería impensable y que hoy las modernidades, muchas veces para bien y algunas para mal, o al menos para regular, han hecho desaparecer sustituyéndolos por trabajos y productos alternativos. Pero les sigo teniendo mucho cariño.
-¿Y cuáles eran?, porque posiblemente algunos los haya conocido yo.
-No creo, porque hace ya mucho que desaparecieron. Verás, te voy a ir nombrando varios con los que yo he convivido y sin embargo, al evocarlos, me parece que existieron hace siglos. Estaban las recoveras, que iban por las casas vendiendo huevos y gallinas, y al paso, esparcían por todos sitios la rumorología local. El paragüero y “lañaor”, como se anunciaban a sí mismos, y que mal arreglaban algún paraguas que otro, pero dejaban como nuevos los lebrillos y las orzas que se habían rajado poniéndoles unas enormes grapas. No sé si eran además hojalateros. Desde luego estos, con su estaño, su anafe, su soldador, etc. se dedicaban más bien a hacer o a reparar objetos de lata: candiles, embudos, pringueras, moldes, lo que fuese, ya que por aquellos entonces no había plástico y el cristal era caro. Había matarifes, que acudían a las casas a capar las cerdas y cerdos que se habían criado en ellas, y de San Andrés en adelante a sacrificarlos. ¡Menudo día era el día de la matanza!
-El “afilaor”, con su flauta de música inconfundible, que portaba una extraña carretilla, la cuál, colocada de determinada forma, permitía que se moviera la rueda y con ella la piedra de amolar. Las peinadoras, que iban siempre a buen paso con sus cabás, en los que portaban los utensilios, botes y mejunjes de su oficio. Cabe decir que solían ser el “complemento informativo local ” de las que cité antes y que también algunas de ellas, sabían además de peinar, curar tanto el mal de asiento como el aojamiento con diversos remedios, por lo que no era raro que algunas llevasen, debidamente ocultos, alguna higa y otros remedios para ese mal.
-Pues no, ni conocí nunca a nadie que ejerciera esas labores, ni tan siquiera había oído hablar de ellas. ¿Y había más?
-Claro. Y muchas. Pero sólo te nombraré otras dos ya que si no la relación sería extensa en demasía. Estaban los herradores, que trabajaban siempre a las órdenes de un veterinario, pero que se dedicaban principalmente a esquilar a las caballerías y a herrarlas. Sabes que a estos animales, los cascos de las patas les crecen igual que a nosotros las uñas, y se los tenían que recortar primero para poder herrarlas después. Y por último me voy a referir a aquellos por los que me has preguntado, los escoberos. Los hombres salían al campo para coger cerrillo o cabezuela, y luego, con ello, hacían escobas que las mujeres salían a vender por las calles. En realidad, de eso sólo no podían vivir y lo hacían como complemento a otros trabajos que realizaban con la misma eventualidad que este, y con exiguas ganancias, pero con ellas vivían.
-Esto debía ser por estas zonas, le dije, y me imagino que por el norte o el levante habría otros muchos oficios ya extinguidos.
-No lo dudes. Oficios, usos y prácticas que se han ido para siempre como nos iremos nosotros y de los que ya apenas si se acuerda alguien. Pero lo que a mí me llamaba mucho la atención era la costumbre que había en Tomillares de reunirse todos los días los hombres en el centro de la plaza, vistiendo siempre la blusa de origen levantino, azules los unos y negra los menos, haciendo corrillos y entorpeciendo el paso de carros, carretones y de los pocos coches que por entonces había. Todos se conocían y todos se relacionaban. Más que ahora. Charlaban con sus convecinos sobre lo divino y lo humano, hacían tratos, comerciaban con los “corredores” de la “cebá”, el vino o los melones, y allí pasaban horas y más horas dándole sin parar a la sin hueso, transmitiendo y recibiendo noticias, cambiando opiniones y haciendo negocios. Era, en su modestia, el ágora griega instalada en el corazón de La Mancha. El tiempo, que todo lo muda y con todo termina, acabó igualmente con esa tradición de nuestro Tomillares, de la que, ya te digo, sigo conservando muy buen recuerdo.

Octubre 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 22 de octubre de 2010

jueves, 7 de octubre de 2010

La dependencia

La dependencia
Ramón Serrano G.

Para Isabel Lozano, que desempeña muy bien su profesión de periodista.

Sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Tal vez unos meses, unos cuantos días, o quizás tan sólo uno, pero aquella noche se sentía feliz. Completamente feliz. Su enfermedad, que le había apartado definitivamente y demasiado pronto de la vida laboral, y que en los últimos tiempos le tenía postrado en aquella cama que ya apenas abandonaba, le había, si no agriado, sí ensombrecido el carácter que en su juventud, no tan lejana, había sido alegre, extrovertido, bullicioso. Por eso, a veces, pocas veces, echaba de menos su antigua vida social. Sí, siempre había gustado de relacionarse con la gente. De compartir problemas y alegrías. De reírse de todo y por todo en el momento oportuno. Pero las cosas se torcieron y en esta vida, se dijo para los adentros, cuando rola el viento y la mar se cubre de enormes borbollones, cada palo debe saber cómo aguantar su vela. Ni le importaba ni le temía a la muerte. Nunca se lo tuvo, y al dolor se había ido acostumbrando ayudado por los calmantes y la paciencia. Pero en esos momentos no se acordaba de su mal ni de la posible inmediatez de la visita inevitable de la calaca. Estaba feliz de tenerla junto a él.
Aquella noche, el tumor que desde hacía tiempo le iba robando horas a sus días le dio por hacerse notar con un dolor mayor que de costumbre, lo cual le impidió conciliarse con el sueño. En esa vigilia oyó unas voces que le eran muy conocidas, pero que sonaban más alzadas que otras veces, aunque a menudo trataban de apagarse. Como pudo, se tiró de la cama y a rastras, como pudo, se acercó a la baranda. Desde allí oiría mejor sin hacerse notar. Y entonces escuchó nítidamente cómo su mujer trataba de negar inútilmente a su hijo los dineros que este le estaba exigiendo otra vez, casi con amenazas, para seguir comprando aquellos polvos asesinos a los que se había habituado en exceso. Estas reuniones y peleas entre ambos, siempre a escondidas y a deshoras, ya las había supuesto desde hacía tiempo. Pero ante la impotencia y la inoperancia a las que le tenía sometido su enfermedad, siempre había callado. También en esa ocasión mantuvo silencio, creyendo que ese obrar sería el mejor.
Cuando acabó la chirinola no volvió al lecho. Quedóse allí en el suelo, rumiando ideas y echándose sus cuentas, hasta que la mujer, llorando su desgracia, subió para acostarse sin sospechar que podría encontrarlo allí tirado. Se extrañó al verlo y empezó a hacer preguntas sin sentido. Él, la calló con comedidas formas, y le rogó que se sentara a su lado para hablar de unos temas sabidos por los dos y nunca comentados, pero que ya no debían seguir quedándose más tiempo adentro de sus almas. Lo hizo y el esposo le dijo lo que sigue:
-Calla, por favor, seré yo quien hable. Como ves, acabo de corroborar lo que sospechaba desde hace algún tiempo, pero sobre nuestro hijo y su enorme problema no voy a pronunciarme. Es mayor de edad, lo que le ocurre se lo ha buscado él solo, no podemos darle solución, y casi tan siquiera prestarle auxilio. Lamentablemente el difícil remedio de esa desgracia, si acaso lo hay, que lo dudo, se nos ha ido de las manos. Esa desventura no hemos podido, o no hemos sabido, atajarla. Permíteme que hable de ti entonces. De la belleza de tu vida. Aunque, quizás no debería hacerlo, pues sólo una palabra, tan sólo una palabra, podría destruirla. Que para admirar la auténtica belleza se precisa silencio.
-Pero diré algo de tu comportamiento. Y podría hacerlo para recriminarte, puesto que creo que llevas mucho tiempo obrando mal, en cierto modo. Desde que en un recodo del vivir tuviste, tuvimos, aquel mal encuentro, has estado trabajando siempre con buena voluntad, aunque no podría haber sido de otro modo, que la maldad eres incapaz de llevarla a cabo. Has creído, torpemente, que tú sola lograrías, poquito a poco, vencer al dragón de siete cabezas que ha devorado a nuestro hijo, lo mismo que a tantos otros como él. Tú querías, pero ni sabías, ni podías hacerlo. Lo logran, y no siempre, quienes se dedican a ello profesionalmente. Y tus buenas intenciones no han conseguido mejorar las consecuencias, como era lógico. Debería haberlo intentado yo, o haberte ayudado al menos, pero mira en que estado me encuentro. De cualquier forma, ese continuo batallar se ha convertido para ti en otra dependencia más.
-Dependencia. No imaginas en cuántas ocasiones pronuncio, sin hablar, esa palabra. Como la estudio una y otra vez, atribuyéndole alternativamente malas y buenas cualidades. Está tan universalizada que nadie puede vivir ya sin el apoyo de alguien, ya sea esta ayuda nimia o enorme. La que tenemos el muchacho y yo de ti, es evidente. Pero la que quiero resaltar, por su importancia, es la que tú tienes de nosotros. Porque has de saber que tú también te hallas en un estado de necesidad física y psíquica que te supedita, que te hace estar bajo nuestra férula. Que hace que tu vida nos la dediques por completo.
-Y así, todas las mañanas, antes de que las claras del día metiéndose por los resquicios de las ventanas inflexiblemente echen del hogar las sombras de la noche, ya se ha despertado ese deseo tuyo de ayudarnos y, con esa propensión tan noble, se extiende por toda la casa un aroma de esperanza. Después, a lo largo de toda la jornada, con el alma colmada de congoja y la cara radiante de alegría en la espera de una felicidad que no llegará nunca, te deleitas cumpliendo a ultranza tus deberes de esposa y enfermera, de ama de casa limpia y ahorrativa, y, sobre todo los de madre, papel este en cuyo desarrollo brillas desde y hasta siempre, aunque en los otros tampoco desmerezcas.
-Luego, por las noches, cuando las estrellas ya se han ido acurrucando cada una en el lugar que le tienen asignado allá en el cielo, tras comprobar que poco o nada te resta por hacer, que todo se halla en estado de revista, te sientas a esperar inútilmente el regreso del hijo que andará por ahí atiborrándose de mierda. Al mucho, resignada de ver que no regresa, te acuestas, y yo, haciéndome el dormido, al poco oigo con cierta satisfacción el chapoteo de tus lágrimas, pues sé que nada consuela tanto como el llorar cuando se quiere vencer a la tristeza.
-Esta noche quiero decirte que soy harto dichoso al ver como es tu comportamiento ante estas adversidades que te tienen aherrojada, pero no triste. Sí, mujer, tú también tienes una muy grande dependencia, que no es otra sino el saber que del amor que nos tienes a tu marido y a tu hijo, tu vida se alimenta y logra pervivir. Bendita seas por ello.

Octubre 2010

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de octubre de 2010

jueves, 23 de septiembre de 2010

La empatía

La empatía
Ramón Serrano G.

-Luis, ayer, cuando estuvimos hablando con ese amigo tuyo en la puerta de la Biblioteca Municipal, le oí decir que sentía hacia ti una gran empatía. ¿Qué quiso decir con eso?
-Creo, Luca, que algo distinto a lo que tú hayas pensado. Pero déjame contarte algo primero. Afortunadamente, en estos tiempos, y gracias a los medios educativos y de comunicación que existen, la gente va aprendiendo a llamar a las cosas por su nombre. Mira, antes, para el hombre de la calle no había esquizofrénicos, o paranoicos, o neuróticos. Solamente existían los locos. Y lo mismo que te he puesto este ejemplo te podría hablar de otros muchos. La profundidad del conocimiento de un determinado tema, así como el uso de los sintagmas específicos y apropiados de cada tema quedaba reservada a los estudiosos del mismo.
-Y te diré otra cosa. Solía aparecer una enfermedad por estos lugares cuando, muy de tarde en tarde y para alguna celebración, se daba una comilona en la familia. Entonces siempre había algún muchacho que más habituado al ayuno que al banquete se excedía en la ingesta y lo tragado se le quedaba asentado en el buche sin que pudiera darle una salida normal. A aquello, que se trataba de un empacho, de una indigestión, la gente lo llamaba “ mal de asiento”, y para curarlo no se acudía a un médico, que hubiera sido lo correcto, sino a alguien “habilidoso”, que tras untar con aceite la barriga del doliente, se la masajeaba durante un buen rato (lo “masnaban” decían ellos) con el fin de conseguir que lo atascado encontrase su salida natural. Desgraciadamente hubo veces que, dada su ignorancia, no percibían que las molestias no se debían a un hartazgo sino a una perforación en el estómago o en el intestino, la cual, con los masajes, se agrandaba y producía la muerte.
-Entonces pensarás: ¿qué ocurría, que la gente desconocía un asunto en concreto o la existencia de un problema? No, lo que pasaba es que se referían a él sin darle el nombre apropiado, llamándolo erróneamente por otro que no le correspondía. Son muchas las cosas que no se han sabido durante años, aunque tampoco hemos sabido aplicarles su nombre exacto. Pero hablemos de la empatía, como me has pedido. ¿Tú qué crees que quiso decir mi amigo con eso de la empatía?
-Pues que le caías muy bien, o que eras muy simpático, no sé.
-Me lo imaginaba. Pero he de decirte que estás en un error. Mejor dicho, en dos. Todos nos hemos percatado desde siempre, y esto es muy normal, que, cuando empiezas a tratar a alguna persona esta te cae bien, o mal, sin que haya un motivo específico para ello o una causa aparente que lo justifique. No. Es algo que te surge de dentro y que te condiciona. Oyes decir: “Qué bien nos ha tratado fulano. Se nota que sabe y además te transmite confianza”. Y no consiste en que sea más o menos cortés o buen conocedor de su oficio. Es, simplemente, que corresponden su aspecto o su proceder, o ambas cosas, al modelo que nosotros mismos teníamos prefijado. ¿Es a eso a lo que tú llamarías empatía?
-Pues sí. Posiblemente, le contesté.
-Aunque también puede que pienses que lo que te indujo a pensar bien de él es que tenía simpatía. Sabes que casi siempre le parece buena mi actitud, desea que me vayan bien las cosas, le es grata mi compañía, y opina que soy llano y afable. ¿Puede que sea esto lo que pensaste?
-Ya me pones en un aprieto y quizás sea esto último. Aunque yo creo que ambas cosas son lo mismo.
-Pues ni lo son, ni tienen nada que ver con la empatía. Esos son los errores que tú y mucha gente mantienen sobre esa palabra. Yo mismo estuve equivocado con ella durante mucho tiempo. Pero mira: la empatía es la capacidad de una persona de participar afectivamente en la realidad de otra. Te lo aclaro. Es el poder comprender las ideas y los sentimientos de los otros y compartirlos con ellos, sin que sea obligatorio para esto pasar por los mismos trances y circunstancias, con lo que, si lo sabemos hacer bien, conseguiremos que se sientan realmente comprendidos.
-Debes saber, Luca, que la empatía se desarrolla en las personas desde niños. Por eso es fundamental que haya una buena comunicación emocional dentro de la familia, cosa esta que desgraciadamente hoy en día no se da en exceso, ya que por sabidos motivos, que ahora voy a silenciar, esa conexión, ese diálogo interfamiliar, no está muy extendido. Y sabrás, que la mayor dificultad que existe para el desarrollo de la empatía es que solemos estar demasiado pendientes de nosotros mismos. Nos hallamos inmersos en nuestro propio mundo y no procuramos entrar en el del prójimo, con lo que infravaloramos sus problemas y magnificamos los nuestros. Pocas veces somos sinceramente respetuosos con sus ideas y no aceptamos abiertamente lo que ellos piensan.
-Ten por seguro que si practicásemos la empatía en mayor grado, estaríamos realizando una erogación de cariño y generosidad hacia nuestros convecinos. Y te diré, por último, que has hecho muy bien en preguntar, porque hay un proverbio, creo que chino, que dice que quien hace una pregunta es ignorante durante cinco minutos, pero quien no la hace será ignorante para siempre.

Setiembre 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 24 de setiembre de 2010

jueves, 9 de septiembre de 2010

"La tarde cayendo está..."

“La tarde cayendo está…”
Ramón Serrano G.
Para Janna y Evert, que tienen un nieto precioso.

Hola amigo sol, ¿ya estás aquí de nuevo? Pocas horas descansas en estos meses de bochorno, pues tarde te ocultas y asomar, asomas cuando muchos aún duermen. Yo, afortunadamente, no soy de esos, ya que gracias a la enseñanza paterna, son bastantes los días que ya estoy alzado cuando empiezas a anunciarte. Y es que estoy plenamente convencido de que levantarse al tiempo que tú, e incluso antes, tiene bastante de provechoso, y aunque haya habido no pocas ocasiones, casi siempre siendo joven, en las que he despreciado la vista de tu aparición y me he quedado arrebujado entre las sábanas incluso hasta esas horas en las que te hayas en lo alto, son más, han sido, y deseo que sigan siéndolo, las veces que espero en vigilia tu hermosa y prometedora salida.
Sabes bien que hoy, como siempre, te recibo con el mayor agrado, pues eres el heraldo anunciador de que la vida sigue existiendo pese a los ingentes esfuerzos que los hombres hacemos constantemente por destrozarla. Eres, sin duda, quien destierra a las tinieblas y con ellas a los ladrones y rufianes, que afanan más y mejor, y con mayor villanía, al cobijo de aquellas que con tu luz esclarecedora. Y eres el más fiel medidor del tiempo, pues por tu posición se sabe con certeza la hora del comer, del ociar o del trabajo. ¿Recuerdas cuando algunos jornaleros lo hacían desde tu alborear hasta tu ocaso?
Los griegos te deificaron como Helios, sabedores de que eras, junto al agua, el gran bienhechor del mundo. Ellos, como aquellos que les precedieron y los que les sobrevivimos, somos reconocedores de todas tus virtudes, y, como los enamorados, que sólo ven dones en la persona amada, te admiramos cualquiera que sea tu apariencia. Si naciente, por lo esperanzador de tu venida. Si tibio, porque caldeas y pones algo de color a las frías mañanas del invierno. Si te asomas en las bardas, porque animas a no ociar, diciéndonos que aún tenemos tiempo de hacer nuestro trabajo. E incluso si eres de castigo, porque gracias a ti granan los trigos y comemos.
Aunque, como te digo, me agrada tu compaña a cualquier hora. Por mis años, que ya van siendo muchos, te tengo ahora más apego casi al caer de la tarde, justo unos instantes antes de que te ocultes. En esa hora machadiana en la que “… todo el campo, un momento, se queda mudo y sombrío, meditando…”. En ese momento en que las farolas empiezan a chispear su luz feble y pajiza, intentando, sin conseguirlo nunca, que la noche no nos cubra a todos con su fosco manto.
Y es justo en ese rato, un poco posterior a que los chiquillos salgan jubilosos del colegio, o los ingleses se junten para tomar el té que traen de sus colonias, cuando te observo y veo que mi cariño por ti, aunque distinto, es grande, muy grande, igual que lo fue siempre. Comienza entonces entre tú y yo una conversación, un bisbiseo, como esos que mantienen a menudo dos amigos que se cuentan en voz queda sus secretos, sus ideas, sus esperanzas o sus cuitas.
Bien sabes que en esas chirinolas en las que tú me escuchas mientras cabalgas lentamente hacia otras tierras, me sincero contigo y te relato que no echo de menos los días aquellos en que esperaba ansioso tu llegada, esa que alegra tanto a los pájaros que te saludan jubilosos con sus trinos, ya que el recibirte me animaba a empezar alguna obra, o a seguir con la que tuviese entre las manos, o a concluir la que hubiera ya casi acabado, para empezar de nuevo otra faena. No, los hombres debemos saber siempre en qué hora vivimos, cuáles son nuestras posibilidades y el suelo que pisamos.
En estos tiempos, y a esa hora nona que te indico, mi pensamiento da en rebinar cómo serán los días que me restan, cuántas jornadas es posible que le queden a mi vida, aunque es muy cierto, y tú lo sabes bien, que no me inquieta si son pocas o muchas. Impórtame más, y casi solamente, el cómo vivirlas y si sabré acertar con el modo de hacerlo. Que lo que me quede de realizar en este mundo sea el bien y, si no puedo, al menos que no cometa algún desmán o haga nada malo. Que siga mi vida el mismo buen discurrir que siempre tuvo y que fue superior a mis merecimientos.
Supongo que así será, o al menos lo deseo, y para ello me baso en que si mi existencia no se ha visto alterada nunca por grandes oscilaciones, no veo por qué motivo ahora, que ya voy siendo viejo, he de sufrir alguna alteración que me trastoque. Te confieso, viejo amigo, que soy feliz. Tengo, como tantos otros, muchos achaques y alguna enfermedad de poca monta, pero creo que sé, y ¡cuánto lo agradezco!, ocupar bien mi tiempo dando a mi alma distracción y ocupaciones más que aplacientes. Con ello me compenso de algún sufrir, que también haylo, pero del que no quiero dar cuentas a nadie, que los gozos se han de compartir, pero la pena debe guardarla cada uno en sus adentros.
Y ahora, amigo sol, te dejo que tú, tal vez cansado ya de tan larga jornada, has de acostarte y yo lo haré también en un escaso rato. Mañana te veré ¡ojalá! Me quedo aquí, rociado de penumbra, y diciendo aquello que me enseñó Machado: “…¿A dónde el camino irá? Yo voy cantando, viajero a lo largo del sendero…”

Setiembre 2010

jueves, 12 de agosto de 2010

El pianista

El pianista
Ramón Serrano G.

No sé cual es la causa, ni me importa conocerla. Lo que sí sé, todos lo sabemos, es que existe un tópico según el cual las personas de determinados sitios tienen, en su mayoría, unas características bien definidas que los distinguen claramente. Por su modo de hablar, de comportarse, de pensar, de un montón de cosas, pero siempre tienen algo que es peculiar y casi exclusivo en ellas. Ejemplos, los que quieran, y archisabidos. Así, los andaluces son graciosos, los catalanes ahorradores, los gallegos indecisos, los madrileños chulapos, etc., etc., etc.
¿Es esto verdad? Pues no lo creo, aunque de serlo, ha ido perdiéndose con las modernidades. Esto último está claro porque hoy hay una gran interrelación entre unas tierras y otras, lo que lleva a una mezcolanza de estilos y costumbres entre los habitantes nativos y los metecos. En cuanto a lo primero, he de admitir que sí, que puede que una mayoría tenga unas cualidades determinadas, pero que estas no se dan en todos sus individuos, ni únicamente en esos lugares. Lo que sí está claro, es que los propios de esos sitios suelen estar orgullosos de poseer esas peculiaridades que le son atribuidas. Tanto, que hasta presumen de ellas. Vean si es así.
Voy a citar dos lugares, por cierto hoy hermanados, que han sido siempre, al decir de las gentes, el lugar donde se desarrollaban infinidad de cuentos y sucedidos. Son estos Lepe y Tomillares. Así se ganaron fama el primero por sus chistes y el segundo por su noble “brutalidad”.
Deteniéndonos en este último sitio, recordaremos el célebre dicho de: “Los hay brutos, muy brutos y de Tomillares” Y muchos de sus habitantes se hallan muy felices de ser así, borricotes, garrulos, toscos en sus maneras, aunque eso sí, nobles, sencillos y transparentes como los que más. Allí no se dice; “Por favor, déjame un sitio” sino “Hazte p’allá” Y se pondera la belleza de una obra, o de una moza, exclamando: “Tié babas” Y otros mil modismo exclusivos. Y en cuanto al tamaño, todo debe ser de lo que ahora se denomina talla XXL. Presumían de que sus tinajas, sus mulas, sus reatas, sus bombos, todo fuera grande, “hermoso”, como les decían ellos. Vayan ahora tres anécdotas para demostrar la forma de ser de los tomillareños.
En los tiempos en los que cuando un chaval hacía una trastada se le arreaba una tunda sin que nadie se traumatizara, ni el mundo se viniese abajo. En todas partes, descubierta la fechoría, el padre se quitaba el cinturón y le atizaba al chiquillo unos cuantos azotes con él. Pero en Tomillares no. Allí el padre se quitaba la correa y la dejaba estirada en el suelo. Después agarraba al mozalbete por los tobillos y lo golpeaba contra el cinto las veces que fuera menester, según su falta.
También por aquellas épocas se iban los hombres al campo de semana o de quincena. Se llevaban la mula, el hato y, si lo tenían, a algún hijo que ya estuviese espigado. Y sucedió que una noche, apagado ya el candil, acostado el padre en un poyo, el hijo en otro y la mula en la cuadra contigua, se oyó una ventosidad muy ruidosa. Preguntó el muchacho: “Padre, ¿ha sío usté o la mula?” El hombre, casi en un gruñido, contestó: “He sío yo” Y el hijo diose media vuelta y exclamó: “Ya me parecía a mí mucho pedo pa la mula”
Diré para finalizar que una cierta ciudad europea se dio un concierto de piano en el que tanto por la fama del pianista, como por el programa (el concierto nº 1 de Chopín y el nº 5, el Emperador, de Beethoven) el teatro se vio completamente abarrotado. La interpretación, como era de esperar, fue excepcional, maravillosa, y a su término el público, en pie, estuvo durante muchos minutos aplaudiendo y dando muestras de admiración. Ocurrió que entre los vítores y los “bravos” se oyó una potente voz que dijo: “Viva Tomillares”. Cuando por fin se hizo el silencio en la sala, el músico, tras agradecer profunda y humildemente la generosidad del respetable, preguntó que quién había dicho lo de “Viva Tomillares” puesto que muy poca gente en el mundo sabía que él había nacido allí, que allí vivió parte de su infancia y que de allí había salido siendo aun muy niño.
Entonces, desde una platea, un caballero de buen porte y entrado en años le contestó: “Mire maestro. Yo he sido el autor de esa expresión y no porque supiese que aquél era su lugar de nacimiento. No. Lo he deducido porque he tenido la suerte de asistir a muchos conciertos y siempre he visto que, al empezar, el pianista se sienta y acerca la banqueta al piano, mientras que usted se ha sentado y ha tirado del piano de cola para atraerlo hasta la banqueta. Y me he dicho: Este hombre tiene que ser de Tomillares”.

Agosto 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 13 de agosto de 2010