Quejarse
Ramón Serrano G.
Solemos decir: “Las cosas son como son”, así, sin más. Y yo, sin embargo, creo que eso es un craso error o, al menos, una afirmación seccionada en su mitad. Tanto, o de tal modo, que puede llegar a desvirtuar su esencia. Porque las cosas no son solamente como son por su naturaleza, por su eseidad o por su trascendencia, sino que son además como nosotros las vemos y como reaccionamos ante ellas.
Los problemas, las enfermedades, las desgracias, o los infortunios son malos en sí, y eso es incuestionable. Pero su malignidad y el detrimento que pudieran depararnos depende, y mucho, de nuestra postura ante ellos. Porque en la vida todo es mensurable, relativo, de forma que a todo evento, a toda vicisitud, el individuo puede reaccionar de modo muy distinto, según sean sus modales, su formación o su idiosincrasia. Pensemos en cualquier mal económico, corporal, familiar, social, o del tipo que queramos, y a poco que repasemos, veremos que todos hemos visto como cada quien lo admite y lo soporta de una forma ecuánime y paciente, mientras que otros, intolerantes, se exaltan y rebelan contra lo acaecido, diríamos que casi con intransigencia y modos malos o, al menos, incorrectos.
Hay que señalar también, que muchos somos propensos a magnificar nuestros quebrantos, lo que nos conlleva a considerarlos como únicos y requintadores de los que otros hayan padecido. Y no pensamos en cuántos y cuántos han sabido llevar con entereza sus tragedias y tribulaciones, siendo aquellas quizás de mayor enjundia que estas que a nosotros nos afligen. Son los que no se han atrincherado en la resignación y en las quejas y han sabido superar sus desventuras, guardándose su dolor, que lo tenían, y grande, tan grande como el de los demás, lanzándose a la brega diaria, dispuestos a demostrarle al mundo y a sí mismos que si el daño recibido era mayúsculo, su fuerza interna era mayor, y con ella superarían perfectamente dolores, carencias y pesares.
Porque seamos sensatos, nada se saca con una constante actitud plañidera. Al oírla o al contemplarla, unos se compadecerán un instante, pero pronto se desentenderán de nuestro penar para volver a sus propios problemas. Puede que alguien lo minimizará comparándolo con el que él mismo, o algún allegado, soportaron en un tiempo pasado. –Sí que lo siento, dirán, y enseguida: -Adiós, ahí te quedas. Y hasta puede que algunos se muestren sensibles en nuestra presencia, pero luego, en la calle se reirán de nuestra quejumbre y nos tildarán de gemebundos. No, créanme. Tiene un proceder absurdo quien se conforma con gimotear. Ya Esopo decía que “una vez llegada la desgracia, de nada vale quejarse”. Y existe un proverbio oriental que afirma: Si tu mal no tiene remedio ¿de qué te quejas? Y si tu mal tiene remedio ¿de qué te quejas?
Quede claro, sin embargo, que lo que quiero decir en lo expuesto hasta aquí no indica que las adversidades y los reveses no hayan de entristecernos y apenarnos. ¡Claro que sí! Y mucho a veces, según sea su tamaño y nuestra forma de ser. Lo que nunca deben conseguir es sumirnos en un estado taciturno o depresivo, y dejarnos sin ánimo para seguir luchando por todo lo bello que tiene la vida. Es como si alguien cae a una piscina. No es agradable, pero no tiene por qué ahogarse. Debe nadar con toda su energía para salvar su vida.
Por ello no debemos olvidar nunca que cuando nuestro corazón sufra por cualquier revés o percance, no hemos de caer en la inacción y en un gemiqueo constante. Lo importante es que nuestra cabeza actúe, serena y ordenadamente, como motor propulsor de nuestro comportamiento, para que este se realice a favor nuestro en el deseo de conseguir una vida, si no tan feliz como antes, sí, al menos, llevadera. Que nuestro entendimiento nos diga que no todo se ha perdido, aunque lo que ya no tenemos sea irrecuperable. Que nuestro magín nos enseñe a saber continuar con esa carencia. Que nuestra voluntad nos obligue a esforzarnos hasta conseguirlo.
Es sabido que el alma humana se fortifica con la lucha y que se saca más fuerza ante los grandes problemas. Que tenemos el deber de demostrar todo la valía que poseemos. Por lo cual, los males han de servir para estimularnos y no sólo para afligirnos. De ese modo nuestro duelo, que lo seguiremos teniendo por más o menos tiempo, deberemos guardarlo para nuestra intimidad sin dar de él cuatro cuartos al pregonero. Entonces, ya digo, conseguiremos que este no sea una rémora, un lastre que, además de no aliviar nuestro daño, nos tendrá abatidos y murrios.
En un hermoso libro, La inutilidad del sufrimiento, se afirma que lo sustancial de la vida de una persona no es tanto lo que le sucede, sino su proceder ante lo que le sucede. Y Churchill dijo que a los hombres y a los reyes se les juzga por los momentos críticos de su vida. Recordémoslo y actuemos en consecuencia.
Julio 2010
Publicadoem “El Periódico” de Tomelloso el 30 de julio de 2010
viernes, 30 de julio de 2010
jueves, 15 de julio de 2010
Por atún...
Por atún…
Ramón Serrano G.
Un día alguien se extrañaba de por qué los gallegos conseguían siempre sus pretensiones mientras que los de otras regiones difícilmente lo lograban. Su interlocutor le dio una razón más que convincente, que yo quiero exponer hoy, pero haciendo una salvedad que, aunque de tipo subjetivo, me parece completamente cierta. Esta es que no creo que el lugar de nacimiento influya de manera determinante en el comportamiento y la forma de ser de los individuos. Los hay graciosos y esaboríos en Andalucía y en Aragón, vagos y trabajadores en Cataluña y en Extremadura, tenaces o con poco aguante en Cantabria y en Murcia. De todo, en todas partes. Pero, dicho esto, vayamos a nuestro caso.
Un vecino de Barbuleira y otro de Villavieja del Cerro tenían un mismo problema administrativo y ambos se tuvieron que desplazar a Madrid para resolverlo. Una vez en la capital se dirigieron a la Dirección General de Asuntos Varios.
-Bos días. Yo viniera para hablar con el señor director. ¿Podría?
-Mire, le contestó el funcionario. Aún no son las nueve y este señor no ha llegado. Si quiere, puede sentarse en una de esas sillas y esperarle.
Así lo hizo el galleguiño. Pasadas las diez, llegó el otro paisano.
-Hola. Vengo a hablar con el director.
-Pues mire, dada la hora, es raro que no esté ya aquí. Pero no ha venido. ¿Si quiere, puede sentarse y esperarle?
-¿Y tardará mucho?
- Debe estar en alguna reunión o consejo, pero no ha dejado aviso.
- Entonces, me voy a tomar un café y luego vuelvo.
Sobre las 11,30 el administrativo se dirigió al que esperaba para decirle que el señor director estaba reunido y que no sabía cuándo terminaría, aunque suponía que fuese tarde.
-Si no le importa, me siento y le sigo esperando. Y así lo hizo.
Al rato volvió el del café al que dieron la misma información. No le agradó la noticia, y tras alguna indecisión, resolvió irse a dar una vuelta por la ciudad, para hacer tiempo.
Cerca de las tres de la tarde informaron al de Barbuleira que tenía que marcharse ya que iban a cerrar, pero que si quería podía volver por la tarde ya que el señor director había dejado dicho que regresaría sobre las cuatro. El hombre se fue hasta un bar cercano donde tomó un bocadillo y una botella de agua. A las tres y media ya estaba de nuevo en la puerta del edificio oficial esperando a que abrieran. Cuando lo hicieron, subió al antedespacho, y allí volvió a sentarse para seguir esperando su objetivo. Sobre la cinco y media apareció el otro ciudadano diciendo:
-Pasaba por aquí y me ha extrañado ver abierto, pero he subido por saber si estaba el señor director y podría recibirme.
-Pues ya debería estar aquí, porque dijo que llegaría a las cuatro. Pero lo cierto es que aún no ha llegado y no sabemos cuándo lo hará.
- Bueno, pues entonces me marcho y mañana volveré.
Bien pasadas las siete informaron a nuestro buen gallego que su anhelado interlocutor acababa de anunciar que ya no vendría hoy, por lo que nuestro hombre marchó a su alojamiento. A la mañana siguiente llegó al edificio de nuevo cuando estaban quitando el cierre. Sabiéndose el camino, llegó a la antesala, pidió de nuevo audiencia, y volvió a su consabida y tranquila espera. Cerca de las doce llegó su colega con prisas y encontró al galaico bajando la escalera.
-Me he entretenido haciendo unas compras y mire qué horas traigo ¿Ha venido ya a ese señor?
-Pues no, contestó el otro. Me acaban de informar que le han llamado del Ministerio y ya no volverá hasta la tarde.
- ¿Esta tarde? Ese ya no viene hoy. Mañana vendré para verle.
Y cuando llegó ese mañana, casi sin que amaneciera, ya estaba el de siempre en la puerta, mientras que el otro, apareció sobre las diez en las oficinas. Pero tampoco ese día, y por ignorados motivos, lograron entrevistarse con el anhelado director. Al siguiente, cuando habían dado las doce y aún no les habían recibido, dijo el de Villavieja:
-Mira, yo no espero más a este tío. Me voy a mi pueblo y si no arreglo mi problema, pues se queda como estaba, y en paz.
No pensó lo mismo el otro, que sabía que cuando algo tiene verdadera importancia para uno y le interesa de verdad, hay que dar cuantos pasos sean necesarios, insistir lo indecible, aguantar lo inaguantable y no renunciar nunca hasta haber conseguido el propósito perseguido. Así pues, esperó tres días más, hasta que por fin le recibieron, le dieron una correcta y satisfactoria solución a su petición, con lo que volvió a su Galicia satisfecho.
Cabe decir que al volver a sus respectivos lugares de residencia, uno no cesaba de poner verde al director y despotricar contra la burocracia. El otro dijo solamente: -Yo fui a Madrid a resolver mi problema y me vine con él solucionado.
Y esas actitudes y no otras, como el origen o la forma de ser, son las que permiten a unos conseguir sus propósitos y a otros abandonar sus empresas tan pronto como sopla un poco de aire en contra. Dicho de otro modo: que unos la siguen y la consiguen, mientras que los hay que cuando van a hacer algo les gusta ir “por atún y a ver al Duque”.
Julio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 16 de julio de 2010
Ramón Serrano G.
Un día alguien se extrañaba de por qué los gallegos conseguían siempre sus pretensiones mientras que los de otras regiones difícilmente lo lograban. Su interlocutor le dio una razón más que convincente, que yo quiero exponer hoy, pero haciendo una salvedad que, aunque de tipo subjetivo, me parece completamente cierta. Esta es que no creo que el lugar de nacimiento influya de manera determinante en el comportamiento y la forma de ser de los individuos. Los hay graciosos y esaboríos en Andalucía y en Aragón, vagos y trabajadores en Cataluña y en Extremadura, tenaces o con poco aguante en Cantabria y en Murcia. De todo, en todas partes. Pero, dicho esto, vayamos a nuestro caso.
Un vecino de Barbuleira y otro de Villavieja del Cerro tenían un mismo problema administrativo y ambos se tuvieron que desplazar a Madrid para resolverlo. Una vez en la capital se dirigieron a la Dirección General de Asuntos Varios.
-Bos días. Yo viniera para hablar con el señor director. ¿Podría?
-Mire, le contestó el funcionario. Aún no son las nueve y este señor no ha llegado. Si quiere, puede sentarse en una de esas sillas y esperarle.
Así lo hizo el galleguiño. Pasadas las diez, llegó el otro paisano.
-Hola. Vengo a hablar con el director.
-Pues mire, dada la hora, es raro que no esté ya aquí. Pero no ha venido. ¿Si quiere, puede sentarse y esperarle?
-¿Y tardará mucho?
- Debe estar en alguna reunión o consejo, pero no ha dejado aviso.
- Entonces, me voy a tomar un café y luego vuelvo.
Sobre las 11,30 el administrativo se dirigió al que esperaba para decirle que el señor director estaba reunido y que no sabía cuándo terminaría, aunque suponía que fuese tarde.
-Si no le importa, me siento y le sigo esperando. Y así lo hizo.
Al rato volvió el del café al que dieron la misma información. No le agradó la noticia, y tras alguna indecisión, resolvió irse a dar una vuelta por la ciudad, para hacer tiempo.
Cerca de las tres de la tarde informaron al de Barbuleira que tenía que marcharse ya que iban a cerrar, pero que si quería podía volver por la tarde ya que el señor director había dejado dicho que regresaría sobre las cuatro. El hombre se fue hasta un bar cercano donde tomó un bocadillo y una botella de agua. A las tres y media ya estaba de nuevo en la puerta del edificio oficial esperando a que abrieran. Cuando lo hicieron, subió al antedespacho, y allí volvió a sentarse para seguir esperando su objetivo. Sobre la cinco y media apareció el otro ciudadano diciendo:
-Pasaba por aquí y me ha extrañado ver abierto, pero he subido por saber si estaba el señor director y podría recibirme.
-Pues ya debería estar aquí, porque dijo que llegaría a las cuatro. Pero lo cierto es que aún no ha llegado y no sabemos cuándo lo hará.
- Bueno, pues entonces me marcho y mañana volveré.
Bien pasadas las siete informaron a nuestro buen gallego que su anhelado interlocutor acababa de anunciar que ya no vendría hoy, por lo que nuestro hombre marchó a su alojamiento. A la mañana siguiente llegó al edificio de nuevo cuando estaban quitando el cierre. Sabiéndose el camino, llegó a la antesala, pidió de nuevo audiencia, y volvió a su consabida y tranquila espera. Cerca de las doce llegó su colega con prisas y encontró al galaico bajando la escalera.
-Me he entretenido haciendo unas compras y mire qué horas traigo ¿Ha venido ya a ese señor?
-Pues no, contestó el otro. Me acaban de informar que le han llamado del Ministerio y ya no volverá hasta la tarde.
- ¿Esta tarde? Ese ya no viene hoy. Mañana vendré para verle.
Y cuando llegó ese mañana, casi sin que amaneciera, ya estaba el de siempre en la puerta, mientras que el otro, apareció sobre las diez en las oficinas. Pero tampoco ese día, y por ignorados motivos, lograron entrevistarse con el anhelado director. Al siguiente, cuando habían dado las doce y aún no les habían recibido, dijo el de Villavieja:
-Mira, yo no espero más a este tío. Me voy a mi pueblo y si no arreglo mi problema, pues se queda como estaba, y en paz.
No pensó lo mismo el otro, que sabía que cuando algo tiene verdadera importancia para uno y le interesa de verdad, hay que dar cuantos pasos sean necesarios, insistir lo indecible, aguantar lo inaguantable y no renunciar nunca hasta haber conseguido el propósito perseguido. Así pues, esperó tres días más, hasta que por fin le recibieron, le dieron una correcta y satisfactoria solución a su petición, con lo que volvió a su Galicia satisfecho.
Cabe decir que al volver a sus respectivos lugares de residencia, uno no cesaba de poner verde al director y despotricar contra la burocracia. El otro dijo solamente: -Yo fui a Madrid a resolver mi problema y me vine con él solucionado.
Y esas actitudes y no otras, como el origen o la forma de ser, son las que permiten a unos conseguir sus propósitos y a otros abandonar sus empresas tan pronto como sopla un poco de aire en contra. Dicho de otro modo: que unos la siguen y la consiguen, mientras que los hay que cuando van a hacer algo les gusta ir “por atún y a ver al Duque”.
Julio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 16 de julio de 2010
jueves, 1 de julio de 2010
Yo, defendila
Yo, defendila
Ramón Serrano G.
Cuando aquella tarde iniciamos nuestra marcha el cielo estaba casi limpio, pero al poco, la tarde mayera se ennegreció en un verbo y empezó a caer agua con tantas ganas que tuvimos que salir corriendo a refugiarnos en el limen de un bombo cercano. Llevábamos allí ya un buen rato y, ante ese diluvio, comentó Luís que pareciera que estuviésemos en Santiago de Compostela. Al oírle, me vino a la cabeza un libro, La casa de la Troya, que me había leído mi anterior amo y, por charlar de algo, dije:
-Luis, nunca me has hablado de tu vida estudiantil. Cuéntame algo.
-Qué cosas se te ocurren Luca. Bueno, te contaré cosas de mi paso por la Universidad. Pero quiero aclararte que no te hablaré de ella, de la institución, que ese es un tema demasiado trascendente y no tengo hoy la cabeza para cosas tan potísimas. Pero prometo hacerlo otro día, así que has de conformarte con saber algo de otras de sus facetas, contándote algunas anécdotas que creo te harán pasar un buen rato.
-Empezaré diciéndote, que aquellas eran otras épocas, por lo que todo era muy distinto a como es hoy. Sabrás que la mayoría de los jóvenes que accedían a los centros universitarios, provenían del medio rural, por lo que quedaban de inmediato asombrados por la enormidad de las ciudades, su ambiente y sus formas de vida. De todo ello apenas si sabían algo, y mucho menos sus elogiables padres que, fiados en la buena voluntad de sus hijos, les daban los medios que creían necesarios para que se desenvolvieran lo mejor que pudieran y alcanzaran unos anhelados títulos.
-Lo más lógico es que todo ese mundo nuevo, lleno de todo tipo de ofertas para una vida desenfadada y grata, anublara la sesera de muchos de aquellos jóvenes que venían a caer de inmediato en las redes de una forma de vivir muelle y deleitosa. A esta, dedicaban ocho meses de los nueve que constaba el curso, inmersos en mil y una situaciones de enredos, juergas y conflictos de todo tipo. Pero ello, además de poco educativo, era caro. Para gastar poco, todo el material lo adquirían en rastrillos y en puestos ambulantes y tiendas de segunda mano. Era famosa “La Felipa” en la calle Libreros de Madrid. Y ya que todo su peculio lo destinaban a líos, francachelas y parrandas, andaban siempre a la cuarta pregunta, se tenían que ingeniar los métodos más peregrinos e insospechados para tener posibles. Para que te hagas una ligera idea, te voy a contar tres casos dignos de mención y que espero te gusten.
-Hubo uno que no sabiendo ya qué hacer, después de empeñar sus libros, de pedir prestado a todos a quienes conocía y a los que no, escribió a su padre solicitándole una importante cantidad, puesto que cada año, los estudiantes de un curso elegido por riguroso sorteo, tenían la obligación de pintar el edificio de la Facultad, y este año le había tocado al suyo. Y le añadía que aún era poco lo solicitado, porque era sólo lo que costaban brochas y pintura, ya que el trabajo personal lo haría él en ratos libres. Su ingenuo padre le mandó el dinero solicitado que, como puedes suponer, no se gastó precisamente en sederas, barnices y aceites de linaza.
-Otro, convenció a su pobre madre viuda de que debía comprarse una gabardina para guarecerse del agua y del frío en sus idas y venidas a la facultad. La mujer, sacó de sus ahorros el dinero y se lo dio. Cuando regresó por las vacaciones navideñas, venía el joven a cuerpo gentil. Y al preguntarle su madre por la gabardina, le dijo que se la había manchado de tinta unos días antes y la había tenido que dejar en la lavandería. Pasados tres meses, por Semana Santa, tampoco llevaba la prenda, debido a que había tenido un examen a última hora y, con las prisas, se la había dejado olvidada en la pensión. Tampoco la trajo al finalizar el curso y, nada más llegar contó: -¡Qué disgusto traigo! En la estación, he dejado la gabardina encima de la maleta y, mientras sacaba el billete, me la han robado. ¡Con lo bien que me sentaba y lo bonita que era! La infeliz mujer nunca supo que la consabida sardina no había salido nunca de la tienda.
-Te hablaré, por último, de una pensión en la que estuve alojado durante un curso y en la que fui testigo y compañero de casos y personajes dignos de escribir un libro como el de Pérez Lugin. La patrona, aunque decíase llamar Doña Adelaida, era conocida por todos, tanto huéspedes como vecinos, por Doña Julepina, ya que de entre sus muchos vicios y escasas virtudes, destacaba su infinita afición por el juego del julepe que compartía durante horas y horas con quien quisiera acompañarla. La mayoría de esos adláteres éramos nosotros mismos, los estudiantes allí alojados, quienes, no siempre de forma legal, le ganábamos el dinero a la patrona, a la cual se la llevaban los demonios, despotricando de su mala suerte. Claro que se resarcía de sus pérdidas a nuestra costa. Tenía, para toda la fonda, sólo una criada y esta, aunque echaba casi veinte horas al día, no daba abasto. Cambiaba las sábanas cada quince días, no encendía apenas la estufa y en cada habitación, así como en el pasillo no funcionaba más que una bombilla. Y recuerdo muy bien el menú de la cena que siempre era el mismo: una sopa de dudoso origen en la que flotaban entre ocho o nueve fideos y una sardina en escabeche. Postre no ponía porque daba flato.
-Pero lo que llamaba poderosamente la atención eran las grescas continuas que Doña Julepina mantenía con los del bar que estaba instalado debajo de la pensión, ubicada en el primer piso del edificio. Ella se quejaba, entre otras muchas cosas, de que no se podían soportar los constantes humos y olores a fritos que salían de la cocina del bar, mientras que ellos lanzaban improperios por todo lo que les caía de continuo desde la fonda: agua de fregar, despedicios y sobras de comidas, el goteo de la ropa tendida. Un sinfín de cosas. Y había entre nosotros un asturiano, de Luarca, con un humor finísimo, que siempre le tomaba el pelo a la patrona:
-Doña Adelaida, pasara yo ayer al bar de abajo a tomar un vino y dijéronme los camareros que usted, de joven, fuese puta. Pero yo, señora, defendila, y les dije: cómo iba a ser puta con lo fea que es.
-Y ahora vámonos, que ha dejado de llover. Ya te seguiré contando cosas por el camino.
Julio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 2 de julio de 2010
Ramón Serrano G.
Cuando aquella tarde iniciamos nuestra marcha el cielo estaba casi limpio, pero al poco, la tarde mayera se ennegreció en un verbo y empezó a caer agua con tantas ganas que tuvimos que salir corriendo a refugiarnos en el limen de un bombo cercano. Llevábamos allí ya un buen rato y, ante ese diluvio, comentó Luís que pareciera que estuviésemos en Santiago de Compostela. Al oírle, me vino a la cabeza un libro, La casa de la Troya, que me había leído mi anterior amo y, por charlar de algo, dije:
-Luis, nunca me has hablado de tu vida estudiantil. Cuéntame algo.
-Qué cosas se te ocurren Luca. Bueno, te contaré cosas de mi paso por la Universidad. Pero quiero aclararte que no te hablaré de ella, de la institución, que ese es un tema demasiado trascendente y no tengo hoy la cabeza para cosas tan potísimas. Pero prometo hacerlo otro día, así que has de conformarte con saber algo de otras de sus facetas, contándote algunas anécdotas que creo te harán pasar un buen rato.
-Empezaré diciéndote, que aquellas eran otras épocas, por lo que todo era muy distinto a como es hoy. Sabrás que la mayoría de los jóvenes que accedían a los centros universitarios, provenían del medio rural, por lo que quedaban de inmediato asombrados por la enormidad de las ciudades, su ambiente y sus formas de vida. De todo ello apenas si sabían algo, y mucho menos sus elogiables padres que, fiados en la buena voluntad de sus hijos, les daban los medios que creían necesarios para que se desenvolvieran lo mejor que pudieran y alcanzaran unos anhelados títulos.
-Lo más lógico es que todo ese mundo nuevo, lleno de todo tipo de ofertas para una vida desenfadada y grata, anublara la sesera de muchos de aquellos jóvenes que venían a caer de inmediato en las redes de una forma de vivir muelle y deleitosa. A esta, dedicaban ocho meses de los nueve que constaba el curso, inmersos en mil y una situaciones de enredos, juergas y conflictos de todo tipo. Pero ello, además de poco educativo, era caro. Para gastar poco, todo el material lo adquirían en rastrillos y en puestos ambulantes y tiendas de segunda mano. Era famosa “La Felipa” en la calle Libreros de Madrid. Y ya que todo su peculio lo destinaban a líos, francachelas y parrandas, andaban siempre a la cuarta pregunta, se tenían que ingeniar los métodos más peregrinos e insospechados para tener posibles. Para que te hagas una ligera idea, te voy a contar tres casos dignos de mención y que espero te gusten.
-Hubo uno que no sabiendo ya qué hacer, después de empeñar sus libros, de pedir prestado a todos a quienes conocía y a los que no, escribió a su padre solicitándole una importante cantidad, puesto que cada año, los estudiantes de un curso elegido por riguroso sorteo, tenían la obligación de pintar el edificio de la Facultad, y este año le había tocado al suyo. Y le añadía que aún era poco lo solicitado, porque era sólo lo que costaban brochas y pintura, ya que el trabajo personal lo haría él en ratos libres. Su ingenuo padre le mandó el dinero solicitado que, como puedes suponer, no se gastó precisamente en sederas, barnices y aceites de linaza.
-Otro, convenció a su pobre madre viuda de que debía comprarse una gabardina para guarecerse del agua y del frío en sus idas y venidas a la facultad. La mujer, sacó de sus ahorros el dinero y se lo dio. Cuando regresó por las vacaciones navideñas, venía el joven a cuerpo gentil. Y al preguntarle su madre por la gabardina, le dijo que se la había manchado de tinta unos días antes y la había tenido que dejar en la lavandería. Pasados tres meses, por Semana Santa, tampoco llevaba la prenda, debido a que había tenido un examen a última hora y, con las prisas, se la había dejado olvidada en la pensión. Tampoco la trajo al finalizar el curso y, nada más llegar contó: -¡Qué disgusto traigo! En la estación, he dejado la gabardina encima de la maleta y, mientras sacaba el billete, me la han robado. ¡Con lo bien que me sentaba y lo bonita que era! La infeliz mujer nunca supo que la consabida sardina no había salido nunca de la tienda.
-Te hablaré, por último, de una pensión en la que estuve alojado durante un curso y en la que fui testigo y compañero de casos y personajes dignos de escribir un libro como el de Pérez Lugin. La patrona, aunque decíase llamar Doña Adelaida, era conocida por todos, tanto huéspedes como vecinos, por Doña Julepina, ya que de entre sus muchos vicios y escasas virtudes, destacaba su infinita afición por el juego del julepe que compartía durante horas y horas con quien quisiera acompañarla. La mayoría de esos adláteres éramos nosotros mismos, los estudiantes allí alojados, quienes, no siempre de forma legal, le ganábamos el dinero a la patrona, a la cual se la llevaban los demonios, despotricando de su mala suerte. Claro que se resarcía de sus pérdidas a nuestra costa. Tenía, para toda la fonda, sólo una criada y esta, aunque echaba casi veinte horas al día, no daba abasto. Cambiaba las sábanas cada quince días, no encendía apenas la estufa y en cada habitación, así como en el pasillo no funcionaba más que una bombilla. Y recuerdo muy bien el menú de la cena que siempre era el mismo: una sopa de dudoso origen en la que flotaban entre ocho o nueve fideos y una sardina en escabeche. Postre no ponía porque daba flato.
-Pero lo que llamaba poderosamente la atención eran las grescas continuas que Doña Julepina mantenía con los del bar que estaba instalado debajo de la pensión, ubicada en el primer piso del edificio. Ella se quejaba, entre otras muchas cosas, de que no se podían soportar los constantes humos y olores a fritos que salían de la cocina del bar, mientras que ellos lanzaban improperios por todo lo que les caía de continuo desde la fonda: agua de fregar, despedicios y sobras de comidas, el goteo de la ropa tendida. Un sinfín de cosas. Y había entre nosotros un asturiano, de Luarca, con un humor finísimo, que siempre le tomaba el pelo a la patrona:
-Doña Adelaida, pasara yo ayer al bar de abajo a tomar un vino y dijéronme los camareros que usted, de joven, fuese puta. Pero yo, señora, defendila, y les dije: cómo iba a ser puta con lo fea que es.
-Y ahora vámonos, que ha dejado de llover. Ya te seguiré contando cosas por el camino.
Julio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 2 de julio de 2010
jueves, 17 de junio de 2010
La peor mentira
La peor mentira
Ramón Serrano G.
No necesito recordarles, que si la envidia fuese tiña habría infinitud de tiñosos. Y por igual, que si el cuento de Pinocho se realizase en nosotros, la mayoría de los humanos poseeríamos (sálvese quien pueda) inmensos almacenes para la mucosidad nasal; enormes bases para sostener las gafas. Porque mentimos, y bastante. Todos. Y a quien no lo haga, le pido perdón, y le ruego que no se dé por aludido.
Sobre la mentira, como casi de todo, se ha escrito y opinado mucho. Como anécdota diré que, de entre esas opiniones, siempre me parecieron muy acertadas la que hizo Bismarck, cuando dijo que nunca se miente más que después de una cacería, durante una guerra y antes de unas elecciones. O la de Antonio Machado, ¿quién podría haberlo dicho, sino él?: “¿Tu verdad? No. La Verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
Lo cierto es que los humanos mentimos en exceso. Lo hacemos mucho ahora y lo hemos hecho siempre. Pero de todos los embustes, creo que el más cruel es aquel que, en silencio, nos hacemos a nosotros mismos demasiado a menudo. Porque sin tratar de justificar a los otros, a las andróminas que largamos y que intentamos colar a los demás, sabemos que se realizan con algún fin, las más de las veces aviesos, aunque también los haya de carácter piadoso. Sería ocioso desarrollar las muchas desventajas que tiene el embustir y entrapazar, pero quizás lo peor de haber mentido es que, cuando hayan descubierto nuestro engaño, que al final lo harán (todos sabemos que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo), ya nunca volveremos a ser creídos. Recuerden aquello de : “Favor que viene el lobo, labradores..,”.
Y dije antes, que siendo la mendacidad dañina en grado sumo, de toda la ralea de falacias, la más inicua, por muchas razones, es aquella con la que nos queremos auto-engañar, La que nos decimos a nosotros mismos para convencernos de algo que sabemos muy bien que no es cierto, pero que nos deja satisfechos, o eso creemos. Citaré algunos ejemplos de actos de este tipo, bien sea sucedidos a nosotros o a cualquier otro.
Así es, cuando un patrono paga a su empleado un sueldo de miseria y quiere tranquilizar a su propia y escasa conciencia, diciéndose: “Harto le doy ¡para lo que trabaja! y además, así “no se gastará el dinero en vicios”. O el obrero que deja la tarea a sin acabar correctamente: aquello de tente mientras cobro o de la viña malamente podada, y bueno está. Quien altera, a sabiendas y en su provecho, el peso o la calidad de su mercancía cuando la vende, y: ¡como todo el mundo lo hace! El otro que cohecha de una o de los mil modos y maneras en las que esos latrocinios pueden hacerse desde su poltrona, y: ¡puesto que nadie se va a enterar!
Están luego los de: total por… Total, por una vez que me lleve algo de la tienda sin que me vean. Total por una vez que sise un poco. Total por una vez que falte algo de materia prima. Total por una vez que no sean los ingredientes de la calidad indicada. Total por una vez…
Citaré, por último, las ocasiones en que también nos engañamos a nosotros mismos, o al menos lo pretendemos, y por cobardía, por comodidad, y hasta por vagancia, elegimos lo que de sobra sabemos que no es ya lo mejor, sino tan siquiera lo tasadamente aceptable, aunque, eso sí, lo más cómodo, lo que menos trabajo nos da, lo que a menos nos obliga. Sabemos sobradamente que tenemos valía suficiente para que nuestras aspiraciones, del tipo que sean, fuesen mayores. Pero no tenemos los redaños necesarios para esforzarnos en conseguirlas. Y, en un conformismo espurio, nos mentimos taimadamente diciéndonos que eso es más que suficiente. O que no nos gusta, sabiendo que el gusto significa esfuerzo y en realidad al final no es que no nos agrade, es que hemos aplicado la ley del mínimo esfuerzo. E incluso nos decimos, ¡qué cinismo el nuestro! que hemos hecho cuanto hemos podido por lograrlo.
Y a qué seguir. Como puede verse, en estas como en las otras, hay intención dañina y perniciosa para el ajeno. Pero en estas llevan aparejado intrínsecamente el peligro de una catástrofe inmensa. Pensamos que estas patrañas serán la jácena que soporte la techumbre del chamizo en el que queremos ocultar nuestras incorrecciones y nuestras falsedades. Que esos auto-engaños serán la medicina que calme la inquietud que nos haya producido nuestro escaso o mal obrar. Pero deberíamos saber, y de facto lo sabemos, que no son más que un placebo que calma livianamente nuestra conciencia de inmediato, pero que, como los explosivos de efecto retardado, son muy peligrosos de utilizar.
Balmes decía que el hombre se engaña a sí mismo para después engañar a los demás.
Junio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de junio de 2010
Ramón Serrano G.
No necesito recordarles, que si la envidia fuese tiña habría infinitud de tiñosos. Y por igual, que si el cuento de Pinocho se realizase en nosotros, la mayoría de los humanos poseeríamos (sálvese quien pueda) inmensos almacenes para la mucosidad nasal; enormes bases para sostener las gafas. Porque mentimos, y bastante. Todos. Y a quien no lo haga, le pido perdón, y le ruego que no se dé por aludido.
Sobre la mentira, como casi de todo, se ha escrito y opinado mucho. Como anécdota diré que, de entre esas opiniones, siempre me parecieron muy acertadas la que hizo Bismarck, cuando dijo que nunca se miente más que después de una cacería, durante una guerra y antes de unas elecciones. O la de Antonio Machado, ¿quién podría haberlo dicho, sino él?: “¿Tu verdad? No. La Verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
Lo cierto es que los humanos mentimos en exceso. Lo hacemos mucho ahora y lo hemos hecho siempre. Pero de todos los embustes, creo que el más cruel es aquel que, en silencio, nos hacemos a nosotros mismos demasiado a menudo. Porque sin tratar de justificar a los otros, a las andróminas que largamos y que intentamos colar a los demás, sabemos que se realizan con algún fin, las más de las veces aviesos, aunque también los haya de carácter piadoso. Sería ocioso desarrollar las muchas desventajas que tiene el embustir y entrapazar, pero quizás lo peor de haber mentido es que, cuando hayan descubierto nuestro engaño, que al final lo harán (todos sabemos que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo), ya nunca volveremos a ser creídos. Recuerden aquello de : “Favor que viene el lobo, labradores..,”.
Y dije antes, que siendo la mendacidad dañina en grado sumo, de toda la ralea de falacias, la más inicua, por muchas razones, es aquella con la que nos queremos auto-engañar, La que nos decimos a nosotros mismos para convencernos de algo que sabemos muy bien que no es cierto, pero que nos deja satisfechos, o eso creemos. Citaré algunos ejemplos de actos de este tipo, bien sea sucedidos a nosotros o a cualquier otro.
Así es, cuando un patrono paga a su empleado un sueldo de miseria y quiere tranquilizar a su propia y escasa conciencia, diciéndose: “Harto le doy ¡para lo que trabaja! y además, así “no se gastará el dinero en vicios”. O el obrero que deja la tarea a sin acabar correctamente: aquello de tente mientras cobro o de la viña malamente podada, y bueno está. Quien altera, a sabiendas y en su provecho, el peso o la calidad de su mercancía cuando la vende, y: ¡como todo el mundo lo hace! El otro que cohecha de una o de los mil modos y maneras en las que esos latrocinios pueden hacerse desde su poltrona, y: ¡puesto que nadie se va a enterar!
Están luego los de: total por… Total, por una vez que me lleve algo de la tienda sin que me vean. Total por una vez que sise un poco. Total por una vez que falte algo de materia prima. Total por una vez que no sean los ingredientes de la calidad indicada. Total por una vez…
Citaré, por último, las ocasiones en que también nos engañamos a nosotros mismos, o al menos lo pretendemos, y por cobardía, por comodidad, y hasta por vagancia, elegimos lo que de sobra sabemos que no es ya lo mejor, sino tan siquiera lo tasadamente aceptable, aunque, eso sí, lo más cómodo, lo que menos trabajo nos da, lo que a menos nos obliga. Sabemos sobradamente que tenemos valía suficiente para que nuestras aspiraciones, del tipo que sean, fuesen mayores. Pero no tenemos los redaños necesarios para esforzarnos en conseguirlas. Y, en un conformismo espurio, nos mentimos taimadamente diciéndonos que eso es más que suficiente. O que no nos gusta, sabiendo que el gusto significa esfuerzo y en realidad al final no es que no nos agrade, es que hemos aplicado la ley del mínimo esfuerzo. E incluso nos decimos, ¡qué cinismo el nuestro! que hemos hecho cuanto hemos podido por lograrlo.
Y a qué seguir. Como puede verse, en estas como en las otras, hay intención dañina y perniciosa para el ajeno. Pero en estas llevan aparejado intrínsecamente el peligro de una catástrofe inmensa. Pensamos que estas patrañas serán la jácena que soporte la techumbre del chamizo en el que queremos ocultar nuestras incorrecciones y nuestras falsedades. Que esos auto-engaños serán la medicina que calme la inquietud que nos haya producido nuestro escaso o mal obrar. Pero deberíamos saber, y de facto lo sabemos, que no son más que un placebo que calma livianamente nuestra conciencia de inmediato, pero que, como los explosivos de efecto retardado, son muy peligrosos de utilizar.
Balmes decía que el hombre se engaña a sí mismo para después engañar a los demás.
Junio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de junio de 2010
jueves, 3 de junio de 2010
¿Estoy viejo?
¿Estoy viejo?
Ramón Serrano G.
Hoy, sentado en mi rincón como el villano lopesco, cuando los años han volado para mí en tanto que los días se arrastran vilordos cumpliendo así fielmente el proverbio oriental, no quiero que me lleguen noticias, que todas suelen ser portadoras de descalabros y malandanzas. Tal vez sea por eso que mis oídos sólo quieren escuchar no lo que haya sucedido, sino lo que les pueda apetecer a ellos, o sea a mí. Aunque en realidad debiera decir lo que letifica a los hombres, a la mayoría de los hombres, ya sean estos arios, kamchatkos, tehuelches o saamis. Es mi deseo, entonces, que alguien venga a decirnos aquello que tanto nos agrada oír. Sí, eso de: “Háblame del mar, marinero…”. O que: “...No xardín unha noite sentada…”. O si recientemente algún gitano ha vuelto...a coger limones redondos, y los fue tirando al río, hasta que lo puso de oro…” . Esto para mí, y creo que parecidas expresiones que habrá en las islas Buriles o en la Patagonia. Me parece curioso, pero es muy cierto que estas son las únicas informaciones de las que quiero y necesito enterarme, puesto que con ellas, y sin más, mi alma encuentra el sosiego necesario.
Creo que estas actuales apetencias e inapetencias mías sobre lo que acaece (no sobre el saber, que para eso están los libros, quede esto claro), se deben, digo, a que sobre mis espaldas pesan más la cantidad de otoños que el de primaveras soportadas, aunque ambas sean las mismas. Puede que mis sufrimientos hayan sido muchos, aun cuando estimo que no lo fueron ni mayores, ni menores, ni tan siquiera distintos a los que han padecido la mayoridad de los humanos. No me interesa, en cualquier caso, adivinar cuál puede ser la causa de mi conductual melancolía porque no tengo deseo alguno de ponerle remedio. Es más, declaro que me encuentro de muy buen grado en esta situación.
Porque no cuando se llega a cierta edad, pero sí cuando se encuentra uno en determinado estado de ánimo, que lógicamente suele darse más en los longevos que en quienes no lo son, única, o principalmente, agrada prestar atención a lo que te cuentan los nietos, los hijos, o los amigos y allegados. Sus problemas, sus cuitas, sus alegrías, son en realidad los mismos problemas, cuitas y alegrías que los del resto del mundo, aunque tú por la proximidad los magnifiques. Pero son el principal, y casi exclusivo, objeto de tu interés por el mundo. Por ese mundo que uno a estas alturas desatiende, ya que apenas si te importa, a sabiendas de que es el que hay y el que habrá, si es que el efecto invernadero, la locura colectiva, o algún otro descubrimiento estigio no lo destruye más pronto que tarde.
Y cuan cierto es que cada uno de esos insólitos eventos que deseas que vengan a referirte los “tuyos” sean cada vez novedosos y nunca escuchados, por lo que vienes a prestarles una atención sincera y expectante. Aquellos te cuentan que han sacado dos puntos más en sociales que su “compa” de pupitre. Estos, que como otoñó bastante bien, las siembras ya “puguean” y las viñas han empezado a llorar. Los otros te describen, con igual minuciosidad y sapiencia que lo hiciese un facultativo en su aula, una fulminante enfermedad que llevan padeciendo casi veinte años, pero que los mantienen en una “eterna juventud”. Juro que esas cosas, y otras muchas como ellas: por ejemplo, si fue buena este año la cosecha de cardamomo; si las anémonas de mar son más bellas que las de jardín, o si el “demonio de Tasmania” continúa en peligro de extinción. Estas cosas, digo, son las que me alivian y entretienen, y no, si este o aquel bellaco ha matado a su mujer porque tenía los ojos grandes; si este o aquel politicastro es más conocido por su condición de faltrero que por solucionar los públicos problemas; o si estos o esotros comediantes de tres al cuarto, han adquirido mayor fama por sus líos amorosos, chismes y lisonjas, que por unas correctas actuaciones teátricas. ¡Qué más se me da eso! ¡Aquello, aquello es lo importante!
Pero vengo en decir más. Y lo hago para expresar que agradezco muy mucho lo que me cuentan, pero también, y de un modo importante, el cómo me lo cuentan. Las formas son, lo han sido siempre, algo trascendente. No. No debe ser que yo esté chocho o demodé. Lo que ocurre es que los recuerdos son algo que hacen mucho bien. Por mi mollera van discurriendo objetos y situaciones ya desaparecidas pero nunca olvidadas. Una carta escrita con una bella letra inglesa. O con un olor especial, un olor inconfundible y deseado. O un sencillo: “Hola, ¿cómo estás?” dicho con sinceridad y afecto. Esas y otras muchas, ya perdidas.
Porque uno ya va echando en falta que las cosas le sean dichas de corazón y no por una obligación familiar o social. Tanto a él, como a los demás. Que hoy las prisas, la codicia, la pluri-ocupación, lleva a muchas gentes a no comunicarse, o a hacerlo únicamente lo imprescindible y de una forma maquinal o, a lo sumo, socialmente correcta. Porque uno está alicaído al verse incapaz de, no ya solucionar, sino de comprender siquiera el porqué de tantos problemas, solucionables de facto, pero insolubles por la mezquindad de los hombres. Porque uno siente, hasta dolerle el alma, que los que nos sucedan no tendrán una vida cómoda o deleitosa.
Ya me callo, aunque de eso de las formas y los modales puede que hable otro día, que es un buen tema. Pero hoy ya llevo dichas muchas cosas y estoy algo cansado. No tengo seguridad de ello, pero creo que esto debe ser porque me estoy haciendo viejo.
Junio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de junio de 2010
Ramón Serrano G.
Hoy, sentado en mi rincón como el villano lopesco, cuando los años han volado para mí en tanto que los días se arrastran vilordos cumpliendo así fielmente el proverbio oriental, no quiero que me lleguen noticias, que todas suelen ser portadoras de descalabros y malandanzas. Tal vez sea por eso que mis oídos sólo quieren escuchar no lo que haya sucedido, sino lo que les pueda apetecer a ellos, o sea a mí. Aunque en realidad debiera decir lo que letifica a los hombres, a la mayoría de los hombres, ya sean estos arios, kamchatkos, tehuelches o saamis. Es mi deseo, entonces, que alguien venga a decirnos aquello que tanto nos agrada oír. Sí, eso de: “Háblame del mar, marinero…”. O que: “...No xardín unha noite sentada…”. O si recientemente algún gitano ha vuelto...a coger limones redondos, y los fue tirando al río, hasta que lo puso de oro…” . Esto para mí, y creo que parecidas expresiones que habrá en las islas Buriles o en la Patagonia. Me parece curioso, pero es muy cierto que estas son las únicas informaciones de las que quiero y necesito enterarme, puesto que con ellas, y sin más, mi alma encuentra el sosiego necesario.
Creo que estas actuales apetencias e inapetencias mías sobre lo que acaece (no sobre el saber, que para eso están los libros, quede esto claro), se deben, digo, a que sobre mis espaldas pesan más la cantidad de otoños que el de primaveras soportadas, aunque ambas sean las mismas. Puede que mis sufrimientos hayan sido muchos, aun cuando estimo que no lo fueron ni mayores, ni menores, ni tan siquiera distintos a los que han padecido la mayoridad de los humanos. No me interesa, en cualquier caso, adivinar cuál puede ser la causa de mi conductual melancolía porque no tengo deseo alguno de ponerle remedio. Es más, declaro que me encuentro de muy buen grado en esta situación.
Porque no cuando se llega a cierta edad, pero sí cuando se encuentra uno en determinado estado de ánimo, que lógicamente suele darse más en los longevos que en quienes no lo son, única, o principalmente, agrada prestar atención a lo que te cuentan los nietos, los hijos, o los amigos y allegados. Sus problemas, sus cuitas, sus alegrías, son en realidad los mismos problemas, cuitas y alegrías que los del resto del mundo, aunque tú por la proximidad los magnifiques. Pero son el principal, y casi exclusivo, objeto de tu interés por el mundo. Por ese mundo que uno a estas alturas desatiende, ya que apenas si te importa, a sabiendas de que es el que hay y el que habrá, si es que el efecto invernadero, la locura colectiva, o algún otro descubrimiento estigio no lo destruye más pronto que tarde.
Y cuan cierto es que cada uno de esos insólitos eventos que deseas que vengan a referirte los “tuyos” sean cada vez novedosos y nunca escuchados, por lo que vienes a prestarles una atención sincera y expectante. Aquellos te cuentan que han sacado dos puntos más en sociales que su “compa” de pupitre. Estos, que como otoñó bastante bien, las siembras ya “puguean” y las viñas han empezado a llorar. Los otros te describen, con igual minuciosidad y sapiencia que lo hiciese un facultativo en su aula, una fulminante enfermedad que llevan padeciendo casi veinte años, pero que los mantienen en una “eterna juventud”. Juro que esas cosas, y otras muchas como ellas: por ejemplo, si fue buena este año la cosecha de cardamomo; si las anémonas de mar son más bellas que las de jardín, o si el “demonio de Tasmania” continúa en peligro de extinción. Estas cosas, digo, son las que me alivian y entretienen, y no, si este o aquel bellaco ha matado a su mujer porque tenía los ojos grandes; si este o aquel politicastro es más conocido por su condición de faltrero que por solucionar los públicos problemas; o si estos o esotros comediantes de tres al cuarto, han adquirido mayor fama por sus líos amorosos, chismes y lisonjas, que por unas correctas actuaciones teátricas. ¡Qué más se me da eso! ¡Aquello, aquello es lo importante!
Pero vengo en decir más. Y lo hago para expresar que agradezco muy mucho lo que me cuentan, pero también, y de un modo importante, el cómo me lo cuentan. Las formas son, lo han sido siempre, algo trascendente. No. No debe ser que yo esté chocho o demodé. Lo que ocurre es que los recuerdos son algo que hacen mucho bien. Por mi mollera van discurriendo objetos y situaciones ya desaparecidas pero nunca olvidadas. Una carta escrita con una bella letra inglesa. O con un olor especial, un olor inconfundible y deseado. O un sencillo: “Hola, ¿cómo estás?” dicho con sinceridad y afecto. Esas y otras muchas, ya perdidas.
Porque uno ya va echando en falta que las cosas le sean dichas de corazón y no por una obligación familiar o social. Tanto a él, como a los demás. Que hoy las prisas, la codicia, la pluri-ocupación, lleva a muchas gentes a no comunicarse, o a hacerlo únicamente lo imprescindible y de una forma maquinal o, a lo sumo, socialmente correcta. Porque uno está alicaído al verse incapaz de, no ya solucionar, sino de comprender siquiera el porqué de tantos problemas, solucionables de facto, pero insolubles por la mezquindad de los hombres. Porque uno siente, hasta dolerle el alma, que los que nos sucedan no tendrán una vida cómoda o deleitosa.
Ya me callo, aunque de eso de las formas y los modales puede que hable otro día, que es un buen tema. Pero hoy ya llevo dichas muchas cosas y estoy algo cansado. No tengo seguridad de ello, pero creo que esto debe ser porque me estoy haciendo viejo.
Junio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de junio de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
Todos los días
Todos los días
Ramón Serrano G.
A poco que observemos, nos daremos cuenta de que hay cosas que, pareciendo iguales, son siempre distintas unas de otras. Fijémonos, por ejemplo, en los niños, en las olas, en las llamas, en las nubes, o en los días, y veremos que cada uno de ellos es, entre sí, completamente diferente a los demás de su especie. Aunque la mayoría de las veces seamos tan bausanos que no sepamos notarlo.
De los últimos quiero hablar hoy. Sin querer ahondar mucho en el tema, diré que, a veces, según está el día así nos solemos hallar nosotros. Hay unos en los que la energía te lleva a todas partes, mientras que en otros la indolencia es una déspota que dirige tus actos. Y nos dificulta llevar a cabo estos últimos, porque en esas “¿desagradables?” jornadas existe como una neblina en el alma que nos impide la realización de nuestro ser, que nos complica el obrar, que entorpece nuestra facultad de sentir y de pensar. En esos días, el humo de las chimeneas de las casas, delator de que en ellas se está preparando el cotidiano condumio, no quiere elevarse y se apega, y casi se aferra a los tejados. La luz es distinta de la de otras veces porque el sol alumbra escasamente, ya que las nubes se allegan a velarlo con una parsimonia exasperante. Y el río, allí abajo, está como adormilado, y no canta, ni apenas hace espuma en su constante estrellarse contra las piedras con las que convive en lucha y amistad perenne.
En esos días a los que aludo, todos los proyectos se ven amenazados por la apatía, la cual parece que quiera acabar en un inexorable crimen con esas mismas acciones y esas mismas ideas. No es que todo lo veamos torcido o triste, no. Es que, sencillamente, no se ve. Y si algo, pese a todo, quiere percibirse en un futuro inmediato -el lejano no existe, así, sin más- no sabemos si es negro, o gris, u oscuro, porque, ya digo, que prácticamente no se divisa. Y en otra dimensión, no es que estés descontento por completo de lo realizado, pero sí notas la insatisfacción de lo que no has podido llevar a cabo, tanto si la causa de la inacción fue culpa de las circunstancias o de tu propia inoperancia o lasitud.
Lo que ocurre en suma no es que no se nos permita la realización de algo, sino que abandonamos la lucha y hacemos una abdicación de nuestro poder en otras manos, sin tener conciencia exacta de a quién pueden pertenecer estas. La consecuencia es algo así como el barco que va a la deriva y cuyo navegar no está decidido por la voluntad del patrón, sino por una serie de elementos ignorados, tanto en su existencia como en su poderío. Entonces, nuestro cerebro es incapaz de proyectar alguna innovación sobre lo venidero y se limita a dejar que acontezca lo usual. En realidad ese estado de ánimo no es malo en sí, e incluso puede llegar a ser agradable, siempre y cuando nuestra voluntad sepa vencer a nuestro esplín, y convencernos de que todos y cada uno de los días, de todos los días, merecen un esfuerzo por nuestra parte, mayor o menor, eso da igual, pero intentar conseguir un logro nuevo, un triunfo inédito, que nos servirá de adehala y estímulo.
Pero repito que hemos de esforzarnos un algo, o un mucho si necesario fuese, para saber vencer a la abulia, poniendo gran empeño en ello, ya que las más de las veces esa molicie conlleva un gran peligro: la rutina. Y debemos estar muy dispuestos a no caer en ella. Quiero constatar que este escrito no es un quejido o una expresión de abatimiento. Antes bien, digo que es mi intento el animar a quien, si al leerlo, se encuentra en la disposición antedicha, y pueda ayudarle a no caer en el pozo del adocenamiento. Que hay males a los que se les ve venir, que dan la cara; pero hay otros que son taimados y se presentan con una apariencia de poquedad a veces, de simplicidad otras, incluso con una falsa etiqueta de obligatoriedad. Innecesario decir que estos suelen ser los peores, ya que del enemigo que ataca dando la cara te puedes defender, pero el que llega camuflado llegará a destruirnos sin que nos enteremos siquiera de su presencia.
Y la rutina es así. Como un río manso en apariencia pero de corrientes turbulentas, y que si caes a él, llega un momento en el que te cansas de nadar contra corriente y te tienes que dejar llevar para, al final, morir ahogado de aburrimiento y hastío. Imaginémonos una situación de agobio “¿insoportable?” que bien pudiera ser la nuestra. Pensemos que estamos atosigados bien por el trabajo, o por su carencia. Por una enfermedad, propia o cercana. Por cualquier otro motivo, sin que importe su tamaño, ya que nuestro deseo, que esa situación está hecho un vainazas, se encargará de magnificarlo. En esos casos la mayoría nos dejamos llevar por la indolencia y acabamos sucumbiendo irremisiblemente.
Dice Pessoa que la vida es como una posada en la que hemos de albergarnos hasta que llegue la diligencia del abismo. Gran verdad. Y puesto que así es, al igual que nos preocupamos de limpiar y adecentar nuestro habitáculo, hemos de hacerlo por igual con nuestro estado de ánimo. Un día lo maquillaremos con la resolución de un trabajo bien hecho. Otro le invitaremos a un aperitivo, como la visita a algún familiar. Le regalaremos una rosa, que pudiera ser la sosegada charla con un buen amigo. O le leeremos un hermoso libro si hacemos un viaje inesperado, a un remoto lugar, con la persona con la que convivimos.
Pero no hay que pararse nunca a escudriñar como es nuestro estado de ánimo. Hay que hacer caso omiso a la mente y poner en funcionamiento aquello que nos dicte el corazón. Mas tengamos buen cuidado de que este no piense lo que ha de hacer. En esos momentos, si el corazón pudiera pensar, se pararía.
No te rindas, que diría Benedetti con su fascinante verso. Sé valiente y comprenderás por qué cada día es distinto. Márcate metas, aunque sean pequeñas, alcánzalas, y notarás perfectamente y para tu regocijo, que todos los días son diferentes, aunque la mayoría de ellos se parezcan.
Mayo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de mayo de 2010
Ramón Serrano G.
A poco que observemos, nos daremos cuenta de que hay cosas que, pareciendo iguales, son siempre distintas unas de otras. Fijémonos, por ejemplo, en los niños, en las olas, en las llamas, en las nubes, o en los días, y veremos que cada uno de ellos es, entre sí, completamente diferente a los demás de su especie. Aunque la mayoría de las veces seamos tan bausanos que no sepamos notarlo.
De los últimos quiero hablar hoy. Sin querer ahondar mucho en el tema, diré que, a veces, según está el día así nos solemos hallar nosotros. Hay unos en los que la energía te lleva a todas partes, mientras que en otros la indolencia es una déspota que dirige tus actos. Y nos dificulta llevar a cabo estos últimos, porque en esas “¿desagradables?” jornadas existe como una neblina en el alma que nos impide la realización de nuestro ser, que nos complica el obrar, que entorpece nuestra facultad de sentir y de pensar. En esos días, el humo de las chimeneas de las casas, delator de que en ellas se está preparando el cotidiano condumio, no quiere elevarse y se apega, y casi se aferra a los tejados. La luz es distinta de la de otras veces porque el sol alumbra escasamente, ya que las nubes se allegan a velarlo con una parsimonia exasperante. Y el río, allí abajo, está como adormilado, y no canta, ni apenas hace espuma en su constante estrellarse contra las piedras con las que convive en lucha y amistad perenne.
En esos días a los que aludo, todos los proyectos se ven amenazados por la apatía, la cual parece que quiera acabar en un inexorable crimen con esas mismas acciones y esas mismas ideas. No es que todo lo veamos torcido o triste, no. Es que, sencillamente, no se ve. Y si algo, pese a todo, quiere percibirse en un futuro inmediato -el lejano no existe, así, sin más- no sabemos si es negro, o gris, u oscuro, porque, ya digo, que prácticamente no se divisa. Y en otra dimensión, no es que estés descontento por completo de lo realizado, pero sí notas la insatisfacción de lo que no has podido llevar a cabo, tanto si la causa de la inacción fue culpa de las circunstancias o de tu propia inoperancia o lasitud.
Lo que ocurre en suma no es que no se nos permita la realización de algo, sino que abandonamos la lucha y hacemos una abdicación de nuestro poder en otras manos, sin tener conciencia exacta de a quién pueden pertenecer estas. La consecuencia es algo así como el barco que va a la deriva y cuyo navegar no está decidido por la voluntad del patrón, sino por una serie de elementos ignorados, tanto en su existencia como en su poderío. Entonces, nuestro cerebro es incapaz de proyectar alguna innovación sobre lo venidero y se limita a dejar que acontezca lo usual. En realidad ese estado de ánimo no es malo en sí, e incluso puede llegar a ser agradable, siempre y cuando nuestra voluntad sepa vencer a nuestro esplín, y convencernos de que todos y cada uno de los días, de todos los días, merecen un esfuerzo por nuestra parte, mayor o menor, eso da igual, pero intentar conseguir un logro nuevo, un triunfo inédito, que nos servirá de adehala y estímulo.
Pero repito que hemos de esforzarnos un algo, o un mucho si necesario fuese, para saber vencer a la abulia, poniendo gran empeño en ello, ya que las más de las veces esa molicie conlleva un gran peligro: la rutina. Y debemos estar muy dispuestos a no caer en ella. Quiero constatar que este escrito no es un quejido o una expresión de abatimiento. Antes bien, digo que es mi intento el animar a quien, si al leerlo, se encuentra en la disposición antedicha, y pueda ayudarle a no caer en el pozo del adocenamiento. Que hay males a los que se les ve venir, que dan la cara; pero hay otros que son taimados y se presentan con una apariencia de poquedad a veces, de simplicidad otras, incluso con una falsa etiqueta de obligatoriedad. Innecesario decir que estos suelen ser los peores, ya que del enemigo que ataca dando la cara te puedes defender, pero el que llega camuflado llegará a destruirnos sin que nos enteremos siquiera de su presencia.
Y la rutina es así. Como un río manso en apariencia pero de corrientes turbulentas, y que si caes a él, llega un momento en el que te cansas de nadar contra corriente y te tienes que dejar llevar para, al final, morir ahogado de aburrimiento y hastío. Imaginémonos una situación de agobio “¿insoportable?” que bien pudiera ser la nuestra. Pensemos que estamos atosigados bien por el trabajo, o por su carencia. Por una enfermedad, propia o cercana. Por cualquier otro motivo, sin que importe su tamaño, ya que nuestro deseo, que esa situación está hecho un vainazas, se encargará de magnificarlo. En esos casos la mayoría nos dejamos llevar por la indolencia y acabamos sucumbiendo irremisiblemente.
Dice Pessoa que la vida es como una posada en la que hemos de albergarnos hasta que llegue la diligencia del abismo. Gran verdad. Y puesto que así es, al igual que nos preocupamos de limpiar y adecentar nuestro habitáculo, hemos de hacerlo por igual con nuestro estado de ánimo. Un día lo maquillaremos con la resolución de un trabajo bien hecho. Otro le invitaremos a un aperitivo, como la visita a algún familiar. Le regalaremos una rosa, que pudiera ser la sosegada charla con un buen amigo. O le leeremos un hermoso libro si hacemos un viaje inesperado, a un remoto lugar, con la persona con la que convivimos.
Pero no hay que pararse nunca a escudriñar como es nuestro estado de ánimo. Hay que hacer caso omiso a la mente y poner en funcionamiento aquello que nos dicte el corazón. Mas tengamos buen cuidado de que este no piense lo que ha de hacer. En esos momentos, si el corazón pudiera pensar, se pararía.
No te rindas, que diría Benedetti con su fascinante verso. Sé valiente y comprenderás por qué cada día es distinto. Márcate metas, aunque sean pequeñas, alcánzalas, y notarás perfectamente y para tu regocijo, que todos los días son diferentes, aunque la mayoría de ellos se parezcan.
Mayo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de mayo de 2010
jueves, 6 de mayo de 2010
¿Soñar? ¿Vivir?
¿Soñar? ¿Vivir?
Ramón Serrano G.
Una de las cosas que me gustaría saber es el porqué de los sueños. ¡Claro que me gustaría saber tantas otras cosas! Pero vayamos a lo nuestro. Cada noche, en nuestras ensoñaciones, aparecen los personajes y emplazamientos más insólitos e inesperados sin que nadie sepa cuál es la causa. Por ejemplo, ignoro el motivo por el que la semana pasada, sin ir más lejos, el protagonista de mis sueños fue mi amigo Anselmo, al que conocí en el ejército (desde entonces no lo he vuelto a ver) y me proponía que representásemos Así es, si así os parece, de Pirandello. Ni más, ni menos. Y desconozco por qué hace unas noches estuve cabalgando varias horas con Antón Pérez, aclarando que Antón Pérez murió hace treinta y dos años y yo no sé montar a caballo.
O sea que en esas elucubraciones nocturnas solemos tener todo tipo de relación con personas y hechos de nuestros días y nuestro entorno (lo cual parece que sería lo lógico), pero por igual nos remontamos a revivir aventuras con alguien o sobre algo con lo que no hemos tenido relación hace mucho tiempo y en unas mezcolanzas inverosímiles de personajes y circunstancias. Y al no haber, aparentemente, un motivo coherente para que así sea pudiéramos pensar que nuestro magín no está normal si no se halla en estado de vigilia y que cuando está aletargado padece una insania que le lleva a esas raras incongruencias.
Para los sueños hay explicaciones de mil tipos, y algunas de lo más curioso. Los hay que dicen que cuando sueñan sólo tienen pesadillas o que en los sueños nunca termina nada felizmente. Puede que así sea, o al menos mayormente, pero creo que acaece de todo. También están los que afirman no recordar nunca lo que han soñado. Y puede que sea cierto, pero también estamos los que retenemos mucho de lo ensoñado, e incluso durante bastante tiempo. Existen quienes creen que esas actividades oníricas no son sino premoniciones, para bien o para mal. Puedo asegurar, al respecto, que conozco a alguien que afirma que cada vez que sueña con ratones le ocurre algo malo de inmediato. Lo que nunca me dijo es lo que le sucede si sueña con gatos. Por ello, es muy lógico que ciertas personas sufran con los sueños y los teman. Citaremos por último, y como anécdota, a los héroes griegos, quienes decían que durante su sueño eran visitados por sus dioses, que les aconsejaban cómo proceder en la batalla.
Muchas personas, por otra parte, tienen la creencia de que pensando en algo fijamente antes de dormir, luego soñarán con ello durante la noche. Podría ser esta una faceta simple de aplicar la teoría freudiana según la cual los sueños son una forma que el hombre tiene de realizar sus deseos. Pero no quiero, ni debo, ni puedo, meterme en el campo del célebre psicoanalista austro-checo, terreno este en el que, al igual que en otros muchos, soy un total analfabeto. Me voy a referir sencillamente a ese empeño constante e inútil de intentar soñar aquello que se desea. Algo que nos complazca y deleite, y así nos aseguramos una noche feliz.
De hecho lo intentamos una y otra vez. Nos decimos: es fácil, pensamos en una cosa y a esperar que todo lo relacionado con ella suceda a nuestro antojo, ya que su desarrollo depende exclusivamente de nosotros, sin cortapisas que otros pudieran ponernos para su ejecución. Montamos nuestra casita de muñecas, nuestro propio belén, y a esperar a que Morfeo le haga funcionar. Pero la experiencia nos dice sobradamente que después las actividades nocturnas de nuestro cerebro se suelen desgaritar por los más inexplicables derroteros.
Este es el hecho en sí. Pero podríamos poner nuestra atención en distintos enfoques del mismo, y sobre todo en uno: la causa de ello. La circunstancia que nos incita a intentarlo una y mil veces. Y, claro está, contestaciones para esta pregunta hay un montón. Tantas como sujetos se entretengan en preguntárselo a sí mismos. Aquél, nos dirá que la persona trata de conseguir, mientras está traspuesto, aquello que no puede alcanzar despierto. Éste, intentará hacer los viajes y tener las aventuras tantas veces deseados, pero que nunca ha podido realizar. El otro, que cuando esté grogui podrá seguir soñando despierto. El de más allá, procura instalar una cerca que impida el paso a su cerebro, durante la soñarrera, a situaciones o vivencias no deseadas, desagradables, tan intranquilas, que no le dejen conseguir el descanso deseado.
Vistos estos ejemplos, y alguno más que renuncio a referir, mi opinión sobre ello es fácil, muy fácil. Así, diré que la persona, cansada de tanto cabreo propiciado por el trabajo, el modo de vida, el generalizado latrocinio, las múltiples, y demasiadas veces desagradables, obligaciones diarias, etc., etc., quiere ser feliz, o por lo menos no ser desdichado. Al menos durante la noche. Tan sólo eso. O si prefieren lo puedo decir con otras palabras, pero con la misma intención. Lo único que pretendemos al tratar de forzar la acción, y/o a predeterminar nuestros sueños es, simple y llanamente, porque queremos vivir. Sí, han leído bien. Vivir, porque únicamente en sueños podemos hacerlo como está mandado.
Y si no me creen, recuerden que Bécquer dijo:“Despertar es morir”.
Mayo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de mayo de 2010
Ramón Serrano G.
Una de las cosas que me gustaría saber es el porqué de los sueños. ¡Claro que me gustaría saber tantas otras cosas! Pero vayamos a lo nuestro. Cada noche, en nuestras ensoñaciones, aparecen los personajes y emplazamientos más insólitos e inesperados sin que nadie sepa cuál es la causa. Por ejemplo, ignoro el motivo por el que la semana pasada, sin ir más lejos, el protagonista de mis sueños fue mi amigo Anselmo, al que conocí en el ejército (desde entonces no lo he vuelto a ver) y me proponía que representásemos Así es, si así os parece, de Pirandello. Ni más, ni menos. Y desconozco por qué hace unas noches estuve cabalgando varias horas con Antón Pérez, aclarando que Antón Pérez murió hace treinta y dos años y yo no sé montar a caballo.
O sea que en esas elucubraciones nocturnas solemos tener todo tipo de relación con personas y hechos de nuestros días y nuestro entorno (lo cual parece que sería lo lógico), pero por igual nos remontamos a revivir aventuras con alguien o sobre algo con lo que no hemos tenido relación hace mucho tiempo y en unas mezcolanzas inverosímiles de personajes y circunstancias. Y al no haber, aparentemente, un motivo coherente para que así sea pudiéramos pensar que nuestro magín no está normal si no se halla en estado de vigilia y que cuando está aletargado padece una insania que le lleva a esas raras incongruencias.
Para los sueños hay explicaciones de mil tipos, y algunas de lo más curioso. Los hay que dicen que cuando sueñan sólo tienen pesadillas o que en los sueños nunca termina nada felizmente. Puede que así sea, o al menos mayormente, pero creo que acaece de todo. También están los que afirman no recordar nunca lo que han soñado. Y puede que sea cierto, pero también estamos los que retenemos mucho de lo ensoñado, e incluso durante bastante tiempo. Existen quienes creen que esas actividades oníricas no son sino premoniciones, para bien o para mal. Puedo asegurar, al respecto, que conozco a alguien que afirma que cada vez que sueña con ratones le ocurre algo malo de inmediato. Lo que nunca me dijo es lo que le sucede si sueña con gatos. Por ello, es muy lógico que ciertas personas sufran con los sueños y los teman. Citaremos por último, y como anécdota, a los héroes griegos, quienes decían que durante su sueño eran visitados por sus dioses, que les aconsejaban cómo proceder en la batalla.
Muchas personas, por otra parte, tienen la creencia de que pensando en algo fijamente antes de dormir, luego soñarán con ello durante la noche. Podría ser esta una faceta simple de aplicar la teoría freudiana según la cual los sueños son una forma que el hombre tiene de realizar sus deseos. Pero no quiero, ni debo, ni puedo, meterme en el campo del célebre psicoanalista austro-checo, terreno este en el que, al igual que en otros muchos, soy un total analfabeto. Me voy a referir sencillamente a ese empeño constante e inútil de intentar soñar aquello que se desea. Algo que nos complazca y deleite, y así nos aseguramos una noche feliz.
De hecho lo intentamos una y otra vez. Nos decimos: es fácil, pensamos en una cosa y a esperar que todo lo relacionado con ella suceda a nuestro antojo, ya que su desarrollo depende exclusivamente de nosotros, sin cortapisas que otros pudieran ponernos para su ejecución. Montamos nuestra casita de muñecas, nuestro propio belén, y a esperar a que Morfeo le haga funcionar. Pero la experiencia nos dice sobradamente que después las actividades nocturnas de nuestro cerebro se suelen desgaritar por los más inexplicables derroteros.
Este es el hecho en sí. Pero podríamos poner nuestra atención en distintos enfoques del mismo, y sobre todo en uno: la causa de ello. La circunstancia que nos incita a intentarlo una y mil veces. Y, claro está, contestaciones para esta pregunta hay un montón. Tantas como sujetos se entretengan en preguntárselo a sí mismos. Aquél, nos dirá que la persona trata de conseguir, mientras está traspuesto, aquello que no puede alcanzar despierto. Éste, intentará hacer los viajes y tener las aventuras tantas veces deseados, pero que nunca ha podido realizar. El otro, que cuando esté grogui podrá seguir soñando despierto. El de más allá, procura instalar una cerca que impida el paso a su cerebro, durante la soñarrera, a situaciones o vivencias no deseadas, desagradables, tan intranquilas, que no le dejen conseguir el descanso deseado.
Vistos estos ejemplos, y alguno más que renuncio a referir, mi opinión sobre ello es fácil, muy fácil. Así, diré que la persona, cansada de tanto cabreo propiciado por el trabajo, el modo de vida, el generalizado latrocinio, las múltiples, y demasiadas veces desagradables, obligaciones diarias, etc., etc., quiere ser feliz, o por lo menos no ser desdichado. Al menos durante la noche. Tan sólo eso. O si prefieren lo puedo decir con otras palabras, pero con la misma intención. Lo único que pretendemos al tratar de forzar la acción, y/o a predeterminar nuestros sueños es, simple y llanamente, porque queremos vivir. Sí, han leído bien. Vivir, porque únicamente en sueños podemos hacerlo como está mandado.
Y si no me creen, recuerden que Bécquer dijo:“Despertar es morir”.
Mayo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de mayo de 2010
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