La peor mentira
Ramón Serrano G.
No necesito recordarles, que si la envidia fuese tiña habría infinitud de tiñosos. Y por igual, que si el cuento de Pinocho se realizase en nosotros, la mayoría de los humanos poseeríamos (sálvese quien pueda) inmensos almacenes para la mucosidad nasal; enormes bases para sostener las gafas. Porque mentimos, y bastante. Todos. Y a quien no lo haga, le pido perdón, y le ruego que no se dé por aludido.
Sobre la mentira, como casi de todo, se ha escrito y opinado mucho. Como anécdota diré que, de entre esas opiniones, siempre me parecieron muy acertadas la que hizo Bismarck, cuando dijo que nunca se miente más que después de una cacería, durante una guerra y antes de unas elecciones. O la de Antonio Machado, ¿quién podría haberlo dicho, sino él?: “¿Tu verdad? No. La Verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
Lo cierto es que los humanos mentimos en exceso. Lo hacemos mucho ahora y lo hemos hecho siempre. Pero de todos los embustes, creo que el más cruel es aquel que, en silencio, nos hacemos a nosotros mismos demasiado a menudo. Porque sin tratar de justificar a los otros, a las andróminas que largamos y que intentamos colar a los demás, sabemos que se realizan con algún fin, las más de las veces aviesos, aunque también los haya de carácter piadoso. Sería ocioso desarrollar las muchas desventajas que tiene el embustir y entrapazar, pero quizás lo peor de haber mentido es que, cuando hayan descubierto nuestro engaño, que al final lo harán (todos sabemos que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo), ya nunca volveremos a ser creídos. Recuerden aquello de : “Favor que viene el lobo, labradores..,”.
Y dije antes, que siendo la mendacidad dañina en grado sumo, de toda la ralea de falacias, la más inicua, por muchas razones, es aquella con la que nos queremos auto-engañar, La que nos decimos a nosotros mismos para convencernos de algo que sabemos muy bien que no es cierto, pero que nos deja satisfechos, o eso creemos. Citaré algunos ejemplos de actos de este tipo, bien sea sucedidos a nosotros o a cualquier otro.
Así es, cuando un patrono paga a su empleado un sueldo de miseria y quiere tranquilizar a su propia y escasa conciencia, diciéndose: “Harto le doy ¡para lo que trabaja! y además, así “no se gastará el dinero en vicios”. O el obrero que deja la tarea a sin acabar correctamente: aquello de tente mientras cobro o de la viña malamente podada, y bueno está. Quien altera, a sabiendas y en su provecho, el peso o la calidad de su mercancía cuando la vende, y: ¡como todo el mundo lo hace! El otro que cohecha de una o de los mil modos y maneras en las que esos latrocinios pueden hacerse desde su poltrona, y: ¡puesto que nadie se va a enterar!
Están luego los de: total por… Total, por una vez que me lleve algo de la tienda sin que me vean. Total por una vez que sise un poco. Total por una vez que falte algo de materia prima. Total por una vez que no sean los ingredientes de la calidad indicada. Total por una vez…
Citaré, por último, las ocasiones en que también nos engañamos a nosotros mismos, o al menos lo pretendemos, y por cobardía, por comodidad, y hasta por vagancia, elegimos lo que de sobra sabemos que no es ya lo mejor, sino tan siquiera lo tasadamente aceptable, aunque, eso sí, lo más cómodo, lo que menos trabajo nos da, lo que a menos nos obliga. Sabemos sobradamente que tenemos valía suficiente para que nuestras aspiraciones, del tipo que sean, fuesen mayores. Pero no tenemos los redaños necesarios para esforzarnos en conseguirlas. Y, en un conformismo espurio, nos mentimos taimadamente diciéndonos que eso es más que suficiente. O que no nos gusta, sabiendo que el gusto significa esfuerzo y en realidad al final no es que no nos agrade, es que hemos aplicado la ley del mínimo esfuerzo. E incluso nos decimos, ¡qué cinismo el nuestro! que hemos hecho cuanto hemos podido por lograrlo.
Y a qué seguir. Como puede verse, en estas como en las otras, hay intención dañina y perniciosa para el ajeno. Pero en estas llevan aparejado intrínsecamente el peligro de una catástrofe inmensa. Pensamos que estas patrañas serán la jácena que soporte la techumbre del chamizo en el que queremos ocultar nuestras incorrecciones y nuestras falsedades. Que esos auto-engaños serán la medicina que calme la inquietud que nos haya producido nuestro escaso o mal obrar. Pero deberíamos saber, y de facto lo sabemos, que no son más que un placebo que calma livianamente nuestra conciencia de inmediato, pero que, como los explosivos de efecto retardado, son muy peligrosos de utilizar.
Balmes decía que el hombre se engaña a sí mismo para después engañar a los demás.
Junio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de junio de 2010
jueves, 17 de junio de 2010
jueves, 3 de junio de 2010
¿Estoy viejo?
¿Estoy viejo?
Ramón Serrano G.
Hoy, sentado en mi rincón como el villano lopesco, cuando los años han volado para mí en tanto que los días se arrastran vilordos cumpliendo así fielmente el proverbio oriental, no quiero que me lleguen noticias, que todas suelen ser portadoras de descalabros y malandanzas. Tal vez sea por eso que mis oídos sólo quieren escuchar no lo que haya sucedido, sino lo que les pueda apetecer a ellos, o sea a mí. Aunque en realidad debiera decir lo que letifica a los hombres, a la mayoría de los hombres, ya sean estos arios, kamchatkos, tehuelches o saamis. Es mi deseo, entonces, que alguien venga a decirnos aquello que tanto nos agrada oír. Sí, eso de: “Háblame del mar, marinero…”. O que: “...No xardín unha noite sentada…”. O si recientemente algún gitano ha vuelto...a coger limones redondos, y los fue tirando al río, hasta que lo puso de oro…” . Esto para mí, y creo que parecidas expresiones que habrá en las islas Buriles o en la Patagonia. Me parece curioso, pero es muy cierto que estas son las únicas informaciones de las que quiero y necesito enterarme, puesto que con ellas, y sin más, mi alma encuentra el sosiego necesario.
Creo que estas actuales apetencias e inapetencias mías sobre lo que acaece (no sobre el saber, que para eso están los libros, quede esto claro), se deben, digo, a que sobre mis espaldas pesan más la cantidad de otoños que el de primaveras soportadas, aunque ambas sean las mismas. Puede que mis sufrimientos hayan sido muchos, aun cuando estimo que no lo fueron ni mayores, ni menores, ni tan siquiera distintos a los que han padecido la mayoridad de los humanos. No me interesa, en cualquier caso, adivinar cuál puede ser la causa de mi conductual melancolía porque no tengo deseo alguno de ponerle remedio. Es más, declaro que me encuentro de muy buen grado en esta situación.
Porque no cuando se llega a cierta edad, pero sí cuando se encuentra uno en determinado estado de ánimo, que lógicamente suele darse más en los longevos que en quienes no lo son, única, o principalmente, agrada prestar atención a lo que te cuentan los nietos, los hijos, o los amigos y allegados. Sus problemas, sus cuitas, sus alegrías, son en realidad los mismos problemas, cuitas y alegrías que los del resto del mundo, aunque tú por la proximidad los magnifiques. Pero son el principal, y casi exclusivo, objeto de tu interés por el mundo. Por ese mundo que uno a estas alturas desatiende, ya que apenas si te importa, a sabiendas de que es el que hay y el que habrá, si es que el efecto invernadero, la locura colectiva, o algún otro descubrimiento estigio no lo destruye más pronto que tarde.
Y cuan cierto es que cada uno de esos insólitos eventos que deseas que vengan a referirte los “tuyos” sean cada vez novedosos y nunca escuchados, por lo que vienes a prestarles una atención sincera y expectante. Aquellos te cuentan que han sacado dos puntos más en sociales que su “compa” de pupitre. Estos, que como otoñó bastante bien, las siembras ya “puguean” y las viñas han empezado a llorar. Los otros te describen, con igual minuciosidad y sapiencia que lo hiciese un facultativo en su aula, una fulminante enfermedad que llevan padeciendo casi veinte años, pero que los mantienen en una “eterna juventud”. Juro que esas cosas, y otras muchas como ellas: por ejemplo, si fue buena este año la cosecha de cardamomo; si las anémonas de mar son más bellas que las de jardín, o si el “demonio de Tasmania” continúa en peligro de extinción. Estas cosas, digo, son las que me alivian y entretienen, y no, si este o aquel bellaco ha matado a su mujer porque tenía los ojos grandes; si este o aquel politicastro es más conocido por su condición de faltrero que por solucionar los públicos problemas; o si estos o esotros comediantes de tres al cuarto, han adquirido mayor fama por sus líos amorosos, chismes y lisonjas, que por unas correctas actuaciones teátricas. ¡Qué más se me da eso! ¡Aquello, aquello es lo importante!
Pero vengo en decir más. Y lo hago para expresar que agradezco muy mucho lo que me cuentan, pero también, y de un modo importante, el cómo me lo cuentan. Las formas son, lo han sido siempre, algo trascendente. No. No debe ser que yo esté chocho o demodé. Lo que ocurre es que los recuerdos son algo que hacen mucho bien. Por mi mollera van discurriendo objetos y situaciones ya desaparecidas pero nunca olvidadas. Una carta escrita con una bella letra inglesa. O con un olor especial, un olor inconfundible y deseado. O un sencillo: “Hola, ¿cómo estás?” dicho con sinceridad y afecto. Esas y otras muchas, ya perdidas.
Porque uno ya va echando en falta que las cosas le sean dichas de corazón y no por una obligación familiar o social. Tanto a él, como a los demás. Que hoy las prisas, la codicia, la pluri-ocupación, lleva a muchas gentes a no comunicarse, o a hacerlo únicamente lo imprescindible y de una forma maquinal o, a lo sumo, socialmente correcta. Porque uno está alicaído al verse incapaz de, no ya solucionar, sino de comprender siquiera el porqué de tantos problemas, solucionables de facto, pero insolubles por la mezquindad de los hombres. Porque uno siente, hasta dolerle el alma, que los que nos sucedan no tendrán una vida cómoda o deleitosa.
Ya me callo, aunque de eso de las formas y los modales puede que hable otro día, que es un buen tema. Pero hoy ya llevo dichas muchas cosas y estoy algo cansado. No tengo seguridad de ello, pero creo que esto debe ser porque me estoy haciendo viejo.
Junio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de junio de 2010
Ramón Serrano G.
Hoy, sentado en mi rincón como el villano lopesco, cuando los años han volado para mí en tanto que los días se arrastran vilordos cumpliendo así fielmente el proverbio oriental, no quiero que me lleguen noticias, que todas suelen ser portadoras de descalabros y malandanzas. Tal vez sea por eso que mis oídos sólo quieren escuchar no lo que haya sucedido, sino lo que les pueda apetecer a ellos, o sea a mí. Aunque en realidad debiera decir lo que letifica a los hombres, a la mayoría de los hombres, ya sean estos arios, kamchatkos, tehuelches o saamis. Es mi deseo, entonces, que alguien venga a decirnos aquello que tanto nos agrada oír. Sí, eso de: “Háblame del mar, marinero…”. O que: “...No xardín unha noite sentada…”. O si recientemente algún gitano ha vuelto...a coger limones redondos, y los fue tirando al río, hasta que lo puso de oro…” . Esto para mí, y creo que parecidas expresiones que habrá en las islas Buriles o en la Patagonia. Me parece curioso, pero es muy cierto que estas son las únicas informaciones de las que quiero y necesito enterarme, puesto que con ellas, y sin más, mi alma encuentra el sosiego necesario.
Creo que estas actuales apetencias e inapetencias mías sobre lo que acaece (no sobre el saber, que para eso están los libros, quede esto claro), se deben, digo, a que sobre mis espaldas pesan más la cantidad de otoños que el de primaveras soportadas, aunque ambas sean las mismas. Puede que mis sufrimientos hayan sido muchos, aun cuando estimo que no lo fueron ni mayores, ni menores, ni tan siquiera distintos a los que han padecido la mayoridad de los humanos. No me interesa, en cualquier caso, adivinar cuál puede ser la causa de mi conductual melancolía porque no tengo deseo alguno de ponerle remedio. Es más, declaro que me encuentro de muy buen grado en esta situación.
Porque no cuando se llega a cierta edad, pero sí cuando se encuentra uno en determinado estado de ánimo, que lógicamente suele darse más en los longevos que en quienes no lo son, única, o principalmente, agrada prestar atención a lo que te cuentan los nietos, los hijos, o los amigos y allegados. Sus problemas, sus cuitas, sus alegrías, son en realidad los mismos problemas, cuitas y alegrías que los del resto del mundo, aunque tú por la proximidad los magnifiques. Pero son el principal, y casi exclusivo, objeto de tu interés por el mundo. Por ese mundo que uno a estas alturas desatiende, ya que apenas si te importa, a sabiendas de que es el que hay y el que habrá, si es que el efecto invernadero, la locura colectiva, o algún otro descubrimiento estigio no lo destruye más pronto que tarde.
Y cuan cierto es que cada uno de esos insólitos eventos que deseas que vengan a referirte los “tuyos” sean cada vez novedosos y nunca escuchados, por lo que vienes a prestarles una atención sincera y expectante. Aquellos te cuentan que han sacado dos puntos más en sociales que su “compa” de pupitre. Estos, que como otoñó bastante bien, las siembras ya “puguean” y las viñas han empezado a llorar. Los otros te describen, con igual minuciosidad y sapiencia que lo hiciese un facultativo en su aula, una fulminante enfermedad que llevan padeciendo casi veinte años, pero que los mantienen en una “eterna juventud”. Juro que esas cosas, y otras muchas como ellas: por ejemplo, si fue buena este año la cosecha de cardamomo; si las anémonas de mar son más bellas que las de jardín, o si el “demonio de Tasmania” continúa en peligro de extinción. Estas cosas, digo, son las que me alivian y entretienen, y no, si este o aquel bellaco ha matado a su mujer porque tenía los ojos grandes; si este o aquel politicastro es más conocido por su condición de faltrero que por solucionar los públicos problemas; o si estos o esotros comediantes de tres al cuarto, han adquirido mayor fama por sus líos amorosos, chismes y lisonjas, que por unas correctas actuaciones teátricas. ¡Qué más se me da eso! ¡Aquello, aquello es lo importante!
Pero vengo en decir más. Y lo hago para expresar que agradezco muy mucho lo que me cuentan, pero también, y de un modo importante, el cómo me lo cuentan. Las formas son, lo han sido siempre, algo trascendente. No. No debe ser que yo esté chocho o demodé. Lo que ocurre es que los recuerdos son algo que hacen mucho bien. Por mi mollera van discurriendo objetos y situaciones ya desaparecidas pero nunca olvidadas. Una carta escrita con una bella letra inglesa. O con un olor especial, un olor inconfundible y deseado. O un sencillo: “Hola, ¿cómo estás?” dicho con sinceridad y afecto. Esas y otras muchas, ya perdidas.
Porque uno ya va echando en falta que las cosas le sean dichas de corazón y no por una obligación familiar o social. Tanto a él, como a los demás. Que hoy las prisas, la codicia, la pluri-ocupación, lleva a muchas gentes a no comunicarse, o a hacerlo únicamente lo imprescindible y de una forma maquinal o, a lo sumo, socialmente correcta. Porque uno está alicaído al verse incapaz de, no ya solucionar, sino de comprender siquiera el porqué de tantos problemas, solucionables de facto, pero insolubles por la mezquindad de los hombres. Porque uno siente, hasta dolerle el alma, que los que nos sucedan no tendrán una vida cómoda o deleitosa.
Ya me callo, aunque de eso de las formas y los modales puede que hable otro día, que es un buen tema. Pero hoy ya llevo dichas muchas cosas y estoy algo cansado. No tengo seguridad de ello, pero creo que esto debe ser porque me estoy haciendo viejo.
Junio 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de junio de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
Todos los días
Todos los días
Ramón Serrano G.
A poco que observemos, nos daremos cuenta de que hay cosas que, pareciendo iguales, son siempre distintas unas de otras. Fijémonos, por ejemplo, en los niños, en las olas, en las llamas, en las nubes, o en los días, y veremos que cada uno de ellos es, entre sí, completamente diferente a los demás de su especie. Aunque la mayoría de las veces seamos tan bausanos que no sepamos notarlo.
De los últimos quiero hablar hoy. Sin querer ahondar mucho en el tema, diré que, a veces, según está el día así nos solemos hallar nosotros. Hay unos en los que la energía te lleva a todas partes, mientras que en otros la indolencia es una déspota que dirige tus actos. Y nos dificulta llevar a cabo estos últimos, porque en esas “¿desagradables?” jornadas existe como una neblina en el alma que nos impide la realización de nuestro ser, que nos complica el obrar, que entorpece nuestra facultad de sentir y de pensar. En esos días, el humo de las chimeneas de las casas, delator de que en ellas se está preparando el cotidiano condumio, no quiere elevarse y se apega, y casi se aferra a los tejados. La luz es distinta de la de otras veces porque el sol alumbra escasamente, ya que las nubes se allegan a velarlo con una parsimonia exasperante. Y el río, allí abajo, está como adormilado, y no canta, ni apenas hace espuma en su constante estrellarse contra las piedras con las que convive en lucha y amistad perenne.
En esos días a los que aludo, todos los proyectos se ven amenazados por la apatía, la cual parece que quiera acabar en un inexorable crimen con esas mismas acciones y esas mismas ideas. No es que todo lo veamos torcido o triste, no. Es que, sencillamente, no se ve. Y si algo, pese a todo, quiere percibirse en un futuro inmediato -el lejano no existe, así, sin más- no sabemos si es negro, o gris, u oscuro, porque, ya digo, que prácticamente no se divisa. Y en otra dimensión, no es que estés descontento por completo de lo realizado, pero sí notas la insatisfacción de lo que no has podido llevar a cabo, tanto si la causa de la inacción fue culpa de las circunstancias o de tu propia inoperancia o lasitud.
Lo que ocurre en suma no es que no se nos permita la realización de algo, sino que abandonamos la lucha y hacemos una abdicación de nuestro poder en otras manos, sin tener conciencia exacta de a quién pueden pertenecer estas. La consecuencia es algo así como el barco que va a la deriva y cuyo navegar no está decidido por la voluntad del patrón, sino por una serie de elementos ignorados, tanto en su existencia como en su poderío. Entonces, nuestro cerebro es incapaz de proyectar alguna innovación sobre lo venidero y se limita a dejar que acontezca lo usual. En realidad ese estado de ánimo no es malo en sí, e incluso puede llegar a ser agradable, siempre y cuando nuestra voluntad sepa vencer a nuestro esplín, y convencernos de que todos y cada uno de los días, de todos los días, merecen un esfuerzo por nuestra parte, mayor o menor, eso da igual, pero intentar conseguir un logro nuevo, un triunfo inédito, que nos servirá de adehala y estímulo.
Pero repito que hemos de esforzarnos un algo, o un mucho si necesario fuese, para saber vencer a la abulia, poniendo gran empeño en ello, ya que las más de las veces esa molicie conlleva un gran peligro: la rutina. Y debemos estar muy dispuestos a no caer en ella. Quiero constatar que este escrito no es un quejido o una expresión de abatimiento. Antes bien, digo que es mi intento el animar a quien, si al leerlo, se encuentra en la disposición antedicha, y pueda ayudarle a no caer en el pozo del adocenamiento. Que hay males a los que se les ve venir, que dan la cara; pero hay otros que son taimados y se presentan con una apariencia de poquedad a veces, de simplicidad otras, incluso con una falsa etiqueta de obligatoriedad. Innecesario decir que estos suelen ser los peores, ya que del enemigo que ataca dando la cara te puedes defender, pero el que llega camuflado llegará a destruirnos sin que nos enteremos siquiera de su presencia.
Y la rutina es así. Como un río manso en apariencia pero de corrientes turbulentas, y que si caes a él, llega un momento en el que te cansas de nadar contra corriente y te tienes que dejar llevar para, al final, morir ahogado de aburrimiento y hastío. Imaginémonos una situación de agobio “¿insoportable?” que bien pudiera ser la nuestra. Pensemos que estamos atosigados bien por el trabajo, o por su carencia. Por una enfermedad, propia o cercana. Por cualquier otro motivo, sin que importe su tamaño, ya que nuestro deseo, que esa situación está hecho un vainazas, se encargará de magnificarlo. En esos casos la mayoría nos dejamos llevar por la indolencia y acabamos sucumbiendo irremisiblemente.
Dice Pessoa que la vida es como una posada en la que hemos de albergarnos hasta que llegue la diligencia del abismo. Gran verdad. Y puesto que así es, al igual que nos preocupamos de limpiar y adecentar nuestro habitáculo, hemos de hacerlo por igual con nuestro estado de ánimo. Un día lo maquillaremos con la resolución de un trabajo bien hecho. Otro le invitaremos a un aperitivo, como la visita a algún familiar. Le regalaremos una rosa, que pudiera ser la sosegada charla con un buen amigo. O le leeremos un hermoso libro si hacemos un viaje inesperado, a un remoto lugar, con la persona con la que convivimos.
Pero no hay que pararse nunca a escudriñar como es nuestro estado de ánimo. Hay que hacer caso omiso a la mente y poner en funcionamiento aquello que nos dicte el corazón. Mas tengamos buen cuidado de que este no piense lo que ha de hacer. En esos momentos, si el corazón pudiera pensar, se pararía.
No te rindas, que diría Benedetti con su fascinante verso. Sé valiente y comprenderás por qué cada día es distinto. Márcate metas, aunque sean pequeñas, alcánzalas, y notarás perfectamente y para tu regocijo, que todos los días son diferentes, aunque la mayoría de ellos se parezcan.
Mayo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de mayo de 2010
Ramón Serrano G.
A poco que observemos, nos daremos cuenta de que hay cosas que, pareciendo iguales, son siempre distintas unas de otras. Fijémonos, por ejemplo, en los niños, en las olas, en las llamas, en las nubes, o en los días, y veremos que cada uno de ellos es, entre sí, completamente diferente a los demás de su especie. Aunque la mayoría de las veces seamos tan bausanos que no sepamos notarlo.
De los últimos quiero hablar hoy. Sin querer ahondar mucho en el tema, diré que, a veces, según está el día así nos solemos hallar nosotros. Hay unos en los que la energía te lleva a todas partes, mientras que en otros la indolencia es una déspota que dirige tus actos. Y nos dificulta llevar a cabo estos últimos, porque en esas “¿desagradables?” jornadas existe como una neblina en el alma que nos impide la realización de nuestro ser, que nos complica el obrar, que entorpece nuestra facultad de sentir y de pensar. En esos días, el humo de las chimeneas de las casas, delator de que en ellas se está preparando el cotidiano condumio, no quiere elevarse y se apega, y casi se aferra a los tejados. La luz es distinta de la de otras veces porque el sol alumbra escasamente, ya que las nubes se allegan a velarlo con una parsimonia exasperante. Y el río, allí abajo, está como adormilado, y no canta, ni apenas hace espuma en su constante estrellarse contra las piedras con las que convive en lucha y amistad perenne.
En esos días a los que aludo, todos los proyectos se ven amenazados por la apatía, la cual parece que quiera acabar en un inexorable crimen con esas mismas acciones y esas mismas ideas. No es que todo lo veamos torcido o triste, no. Es que, sencillamente, no se ve. Y si algo, pese a todo, quiere percibirse en un futuro inmediato -el lejano no existe, así, sin más- no sabemos si es negro, o gris, u oscuro, porque, ya digo, que prácticamente no se divisa. Y en otra dimensión, no es que estés descontento por completo de lo realizado, pero sí notas la insatisfacción de lo que no has podido llevar a cabo, tanto si la causa de la inacción fue culpa de las circunstancias o de tu propia inoperancia o lasitud.
Lo que ocurre en suma no es que no se nos permita la realización de algo, sino que abandonamos la lucha y hacemos una abdicación de nuestro poder en otras manos, sin tener conciencia exacta de a quién pueden pertenecer estas. La consecuencia es algo así como el barco que va a la deriva y cuyo navegar no está decidido por la voluntad del patrón, sino por una serie de elementos ignorados, tanto en su existencia como en su poderío. Entonces, nuestro cerebro es incapaz de proyectar alguna innovación sobre lo venidero y se limita a dejar que acontezca lo usual. En realidad ese estado de ánimo no es malo en sí, e incluso puede llegar a ser agradable, siempre y cuando nuestra voluntad sepa vencer a nuestro esplín, y convencernos de que todos y cada uno de los días, de todos los días, merecen un esfuerzo por nuestra parte, mayor o menor, eso da igual, pero intentar conseguir un logro nuevo, un triunfo inédito, que nos servirá de adehala y estímulo.
Pero repito que hemos de esforzarnos un algo, o un mucho si necesario fuese, para saber vencer a la abulia, poniendo gran empeño en ello, ya que las más de las veces esa molicie conlleva un gran peligro: la rutina. Y debemos estar muy dispuestos a no caer en ella. Quiero constatar que este escrito no es un quejido o una expresión de abatimiento. Antes bien, digo que es mi intento el animar a quien, si al leerlo, se encuentra en la disposición antedicha, y pueda ayudarle a no caer en el pozo del adocenamiento. Que hay males a los que se les ve venir, que dan la cara; pero hay otros que son taimados y se presentan con una apariencia de poquedad a veces, de simplicidad otras, incluso con una falsa etiqueta de obligatoriedad. Innecesario decir que estos suelen ser los peores, ya que del enemigo que ataca dando la cara te puedes defender, pero el que llega camuflado llegará a destruirnos sin que nos enteremos siquiera de su presencia.
Y la rutina es así. Como un río manso en apariencia pero de corrientes turbulentas, y que si caes a él, llega un momento en el que te cansas de nadar contra corriente y te tienes que dejar llevar para, al final, morir ahogado de aburrimiento y hastío. Imaginémonos una situación de agobio “¿insoportable?” que bien pudiera ser la nuestra. Pensemos que estamos atosigados bien por el trabajo, o por su carencia. Por una enfermedad, propia o cercana. Por cualquier otro motivo, sin que importe su tamaño, ya que nuestro deseo, que esa situación está hecho un vainazas, se encargará de magnificarlo. En esos casos la mayoría nos dejamos llevar por la indolencia y acabamos sucumbiendo irremisiblemente.
Dice Pessoa que la vida es como una posada en la que hemos de albergarnos hasta que llegue la diligencia del abismo. Gran verdad. Y puesto que así es, al igual que nos preocupamos de limpiar y adecentar nuestro habitáculo, hemos de hacerlo por igual con nuestro estado de ánimo. Un día lo maquillaremos con la resolución de un trabajo bien hecho. Otro le invitaremos a un aperitivo, como la visita a algún familiar. Le regalaremos una rosa, que pudiera ser la sosegada charla con un buen amigo. O le leeremos un hermoso libro si hacemos un viaje inesperado, a un remoto lugar, con la persona con la que convivimos.
Pero no hay que pararse nunca a escudriñar como es nuestro estado de ánimo. Hay que hacer caso omiso a la mente y poner en funcionamiento aquello que nos dicte el corazón. Mas tengamos buen cuidado de que este no piense lo que ha de hacer. En esos momentos, si el corazón pudiera pensar, se pararía.
No te rindas, que diría Benedetti con su fascinante verso. Sé valiente y comprenderás por qué cada día es distinto. Márcate metas, aunque sean pequeñas, alcánzalas, y notarás perfectamente y para tu regocijo, que todos los días son diferentes, aunque la mayoría de ellos se parezcan.
Mayo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de mayo de 2010
jueves, 6 de mayo de 2010
¿Soñar? ¿Vivir?
¿Soñar? ¿Vivir?
Ramón Serrano G.
Una de las cosas que me gustaría saber es el porqué de los sueños. ¡Claro que me gustaría saber tantas otras cosas! Pero vayamos a lo nuestro. Cada noche, en nuestras ensoñaciones, aparecen los personajes y emplazamientos más insólitos e inesperados sin que nadie sepa cuál es la causa. Por ejemplo, ignoro el motivo por el que la semana pasada, sin ir más lejos, el protagonista de mis sueños fue mi amigo Anselmo, al que conocí en el ejército (desde entonces no lo he vuelto a ver) y me proponía que representásemos Así es, si así os parece, de Pirandello. Ni más, ni menos. Y desconozco por qué hace unas noches estuve cabalgando varias horas con Antón Pérez, aclarando que Antón Pérez murió hace treinta y dos años y yo no sé montar a caballo.
O sea que en esas elucubraciones nocturnas solemos tener todo tipo de relación con personas y hechos de nuestros días y nuestro entorno (lo cual parece que sería lo lógico), pero por igual nos remontamos a revivir aventuras con alguien o sobre algo con lo que no hemos tenido relación hace mucho tiempo y en unas mezcolanzas inverosímiles de personajes y circunstancias. Y al no haber, aparentemente, un motivo coherente para que así sea pudiéramos pensar que nuestro magín no está normal si no se halla en estado de vigilia y que cuando está aletargado padece una insania que le lleva a esas raras incongruencias.
Para los sueños hay explicaciones de mil tipos, y algunas de lo más curioso. Los hay que dicen que cuando sueñan sólo tienen pesadillas o que en los sueños nunca termina nada felizmente. Puede que así sea, o al menos mayormente, pero creo que acaece de todo. También están los que afirman no recordar nunca lo que han soñado. Y puede que sea cierto, pero también estamos los que retenemos mucho de lo ensoñado, e incluso durante bastante tiempo. Existen quienes creen que esas actividades oníricas no son sino premoniciones, para bien o para mal. Puedo asegurar, al respecto, que conozco a alguien que afirma que cada vez que sueña con ratones le ocurre algo malo de inmediato. Lo que nunca me dijo es lo que le sucede si sueña con gatos. Por ello, es muy lógico que ciertas personas sufran con los sueños y los teman. Citaremos por último, y como anécdota, a los héroes griegos, quienes decían que durante su sueño eran visitados por sus dioses, que les aconsejaban cómo proceder en la batalla.
Muchas personas, por otra parte, tienen la creencia de que pensando en algo fijamente antes de dormir, luego soñarán con ello durante la noche. Podría ser esta una faceta simple de aplicar la teoría freudiana según la cual los sueños son una forma que el hombre tiene de realizar sus deseos. Pero no quiero, ni debo, ni puedo, meterme en el campo del célebre psicoanalista austro-checo, terreno este en el que, al igual que en otros muchos, soy un total analfabeto. Me voy a referir sencillamente a ese empeño constante e inútil de intentar soñar aquello que se desea. Algo que nos complazca y deleite, y así nos aseguramos una noche feliz.
De hecho lo intentamos una y otra vez. Nos decimos: es fácil, pensamos en una cosa y a esperar que todo lo relacionado con ella suceda a nuestro antojo, ya que su desarrollo depende exclusivamente de nosotros, sin cortapisas que otros pudieran ponernos para su ejecución. Montamos nuestra casita de muñecas, nuestro propio belén, y a esperar a que Morfeo le haga funcionar. Pero la experiencia nos dice sobradamente que después las actividades nocturnas de nuestro cerebro se suelen desgaritar por los más inexplicables derroteros.
Este es el hecho en sí. Pero podríamos poner nuestra atención en distintos enfoques del mismo, y sobre todo en uno: la causa de ello. La circunstancia que nos incita a intentarlo una y mil veces. Y, claro está, contestaciones para esta pregunta hay un montón. Tantas como sujetos se entretengan en preguntárselo a sí mismos. Aquél, nos dirá que la persona trata de conseguir, mientras está traspuesto, aquello que no puede alcanzar despierto. Éste, intentará hacer los viajes y tener las aventuras tantas veces deseados, pero que nunca ha podido realizar. El otro, que cuando esté grogui podrá seguir soñando despierto. El de más allá, procura instalar una cerca que impida el paso a su cerebro, durante la soñarrera, a situaciones o vivencias no deseadas, desagradables, tan intranquilas, que no le dejen conseguir el descanso deseado.
Vistos estos ejemplos, y alguno más que renuncio a referir, mi opinión sobre ello es fácil, muy fácil. Así, diré que la persona, cansada de tanto cabreo propiciado por el trabajo, el modo de vida, el generalizado latrocinio, las múltiples, y demasiadas veces desagradables, obligaciones diarias, etc., etc., quiere ser feliz, o por lo menos no ser desdichado. Al menos durante la noche. Tan sólo eso. O si prefieren lo puedo decir con otras palabras, pero con la misma intención. Lo único que pretendemos al tratar de forzar la acción, y/o a predeterminar nuestros sueños es, simple y llanamente, porque queremos vivir. Sí, han leído bien. Vivir, porque únicamente en sueños podemos hacerlo como está mandado.
Y si no me creen, recuerden que Bécquer dijo:“Despertar es morir”.
Mayo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de mayo de 2010
Ramón Serrano G.
Una de las cosas que me gustaría saber es el porqué de los sueños. ¡Claro que me gustaría saber tantas otras cosas! Pero vayamos a lo nuestro. Cada noche, en nuestras ensoñaciones, aparecen los personajes y emplazamientos más insólitos e inesperados sin que nadie sepa cuál es la causa. Por ejemplo, ignoro el motivo por el que la semana pasada, sin ir más lejos, el protagonista de mis sueños fue mi amigo Anselmo, al que conocí en el ejército (desde entonces no lo he vuelto a ver) y me proponía que representásemos Así es, si así os parece, de Pirandello. Ni más, ni menos. Y desconozco por qué hace unas noches estuve cabalgando varias horas con Antón Pérez, aclarando que Antón Pérez murió hace treinta y dos años y yo no sé montar a caballo.
O sea que en esas elucubraciones nocturnas solemos tener todo tipo de relación con personas y hechos de nuestros días y nuestro entorno (lo cual parece que sería lo lógico), pero por igual nos remontamos a revivir aventuras con alguien o sobre algo con lo que no hemos tenido relación hace mucho tiempo y en unas mezcolanzas inverosímiles de personajes y circunstancias. Y al no haber, aparentemente, un motivo coherente para que así sea pudiéramos pensar que nuestro magín no está normal si no se halla en estado de vigilia y que cuando está aletargado padece una insania que le lleva a esas raras incongruencias.
Para los sueños hay explicaciones de mil tipos, y algunas de lo más curioso. Los hay que dicen que cuando sueñan sólo tienen pesadillas o que en los sueños nunca termina nada felizmente. Puede que así sea, o al menos mayormente, pero creo que acaece de todo. También están los que afirman no recordar nunca lo que han soñado. Y puede que sea cierto, pero también estamos los que retenemos mucho de lo ensoñado, e incluso durante bastante tiempo. Existen quienes creen que esas actividades oníricas no son sino premoniciones, para bien o para mal. Puedo asegurar, al respecto, que conozco a alguien que afirma que cada vez que sueña con ratones le ocurre algo malo de inmediato. Lo que nunca me dijo es lo que le sucede si sueña con gatos. Por ello, es muy lógico que ciertas personas sufran con los sueños y los teman. Citaremos por último, y como anécdota, a los héroes griegos, quienes decían que durante su sueño eran visitados por sus dioses, que les aconsejaban cómo proceder en la batalla.
Muchas personas, por otra parte, tienen la creencia de que pensando en algo fijamente antes de dormir, luego soñarán con ello durante la noche. Podría ser esta una faceta simple de aplicar la teoría freudiana según la cual los sueños son una forma que el hombre tiene de realizar sus deseos. Pero no quiero, ni debo, ni puedo, meterme en el campo del célebre psicoanalista austro-checo, terreno este en el que, al igual que en otros muchos, soy un total analfabeto. Me voy a referir sencillamente a ese empeño constante e inútil de intentar soñar aquello que se desea. Algo que nos complazca y deleite, y así nos aseguramos una noche feliz.
De hecho lo intentamos una y otra vez. Nos decimos: es fácil, pensamos en una cosa y a esperar que todo lo relacionado con ella suceda a nuestro antojo, ya que su desarrollo depende exclusivamente de nosotros, sin cortapisas que otros pudieran ponernos para su ejecución. Montamos nuestra casita de muñecas, nuestro propio belén, y a esperar a que Morfeo le haga funcionar. Pero la experiencia nos dice sobradamente que después las actividades nocturnas de nuestro cerebro se suelen desgaritar por los más inexplicables derroteros.
Este es el hecho en sí. Pero podríamos poner nuestra atención en distintos enfoques del mismo, y sobre todo en uno: la causa de ello. La circunstancia que nos incita a intentarlo una y mil veces. Y, claro está, contestaciones para esta pregunta hay un montón. Tantas como sujetos se entretengan en preguntárselo a sí mismos. Aquél, nos dirá que la persona trata de conseguir, mientras está traspuesto, aquello que no puede alcanzar despierto. Éste, intentará hacer los viajes y tener las aventuras tantas veces deseados, pero que nunca ha podido realizar. El otro, que cuando esté grogui podrá seguir soñando despierto. El de más allá, procura instalar una cerca que impida el paso a su cerebro, durante la soñarrera, a situaciones o vivencias no deseadas, desagradables, tan intranquilas, que no le dejen conseguir el descanso deseado.
Vistos estos ejemplos, y alguno más que renuncio a referir, mi opinión sobre ello es fácil, muy fácil. Así, diré que la persona, cansada de tanto cabreo propiciado por el trabajo, el modo de vida, el generalizado latrocinio, las múltiples, y demasiadas veces desagradables, obligaciones diarias, etc., etc., quiere ser feliz, o por lo menos no ser desdichado. Al menos durante la noche. Tan sólo eso. O si prefieren lo puedo decir con otras palabras, pero con la misma intención. Lo único que pretendemos al tratar de forzar la acción, y/o a predeterminar nuestros sueños es, simple y llanamente, porque queremos vivir. Sí, han leído bien. Vivir, porque únicamente en sueños podemos hacerlo como está mandado.
Y si no me creen, recuerden que Bécquer dijo:“Despertar es morir”.
Mayo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de mayo de 2010
jueves, 22 de abril de 2010
Algo
Algo
Ramón Serrano G.
Cuando, en algún momento, alguien libera la imaginación de sus ocupaciones puntuales, este ocasional asueto suele llevarle a pensar en ilusiones presentes o futuras, pero las más de las veces, y casi indefectiblemente, a sus recuerdos. Está claro que poseemos, y utilizamos normalmente, una memoria selectiva. Y suele ocurrir que aquellos deseos y esperanzas pueden ser realistas o quiméricos, y con ello, fastidiosos o ilusionantes, mientras que las evocaciones son normalmente morriñosas y complacientes, pues sabido es que el hombre acostumbra a desbrozar sus remembranzas de abrojos y tríbulos, manteniendo en su magín tan sólo aquello que le es deleitoso.
Y de esos, y de otros sucesos y avatares, se ve lleno nuestro intrincado viaje, que sólo esto, un enrevesado periplo y no otra cosa, es nuestro paso por este mundo. Somos peregrinos que caminamos junto a otros, cada uno con el fin de ganar su propio jubileo, y que, pese a transitar por los mismos senderos, cada cual va observando paisajes y realizando etapas de muy distintas enjundias, y cada quien las aguanta y las supera con mayor o menor resignación y con más o menos éxito. Por otra parte, eso de viajar en compaña tiene la ventaja de verte ayudado y protegido por tus compañeros, pero conlleva obligaciones en la ruta que deben cumplirse puntualmente.
Hay pues tantas vidas y viajeros como seres vivos, y los hubo y habrá desde siempre y hasta siempre, así que fijémonos solamente en el recorrido de algunos. De este modo, vemos que hay quien hace el camino sin mirar a derecha ni a izquierda, obsesionado en primer lugar por llegar y porque lo vean llegar, y cuando llega, si es que llega, nada ha visto, nada sabe, y de nada se ha enterado. Su deambular no ha sido positivo, ni negativo. Su exclusiva fijación ha sido su equipaje, su vestimenta, en suma, su apariencia ante los otros. No ha leído a Machado. Ha caminado sin tener conciencia real de lo que hacía. De forma mecánica. Dirigido y manejado por manos extrañas, como un vagón de ferrocarril, por una vía marcada de antemano y de la que no ha sabido salirse.
Los hay que desde jóvenes adquieren constancia de la importancia de la ruta a cubrir, pero también desde muy pronto la menosprecian y pasan por ella como Juan por su casa, pendientes de futesas y fruslerías y sin pensar que este que están haciendo es un viaje tan sólo de ida y que, jornada o paraje que han sido desaprovechados, están perdidos para siempre. A lo sumo, se contentan con traer sus maletas llenas de marbetes con nombres de hoteles y lugares, y sacar fotos, muchas fotos, que sirvan de testimonio de su travesía. Tampoco ven nada, porque nada les interesa. Pasan, como dicen ellos, Si acaso, mantienen algún recuerdo y quizás esos souvenirs les sirvan para posibles ostentaciones ante amigos o familiares.
Pero afortunadamente, y aunque a mi parecer sean los menos, están también los que sí saben lustrar. Aquellos que en cada jornada van cumpliendo con exquisita ortodoxia las reglas que impone el buen hacer. Esos que sí leyeron a Machado por lo que van ligeros de equipaje. Tan sólo el necesario. Además programan las etapas y en cada una de ellas, aceleran si es lo debido, descansan cuando corresponde, se alimentan lo justo, se informan de modo conveniente y, lo que es más importante, van guardando en su cabeza tanto aciertos como errores y aprendiendo de ellos para el futuro comportamiento ante algún problema similar.
Son conscientes de que a nuestro vivir, porque es único, le hemos de dar cuanto podamos, y no en el sentido de lo material (aunque también pero sin excesos), sino en el anímico, almacenando en nuestra psique lo que de bueno hayamos seleccionado entre lo obtenido por nuestro soma. Así, acudir al trabajo no por la codicia, sino por la debida satisfacción de las necesidades. Que se ha de estudiar y conocer cuanto esté al alcance, y aun más, no por jactarse de erudición, sino para poder enseñar a quien no tuvo oportunidad de adquirir esas cogniciones. Aunque sólo sea por eso. Que fundamentalmente hay que tener un trato deferente para con los demás, tal y como quisiéramos que se nos diese, y hasta con aquellos que no son afables para con nosotros.
Y como así lo hacen, cuando el camino comienza a descender y las obligaciones van decreciendo pueden evocar con agrado la ruta recorrida. Porque a todos nos gusta recordar, y es bueno hacerlo, pero siempre que lo que se traiga a la memoria sea complaciente. Lo malo, lo que nunca debe hacerse, es apoltronarse en un pasado, sino que este no nos sirva de proyección y perpalo hacia el futuro y hasta el final, que podemos intuir próximo, pero que no sabemos cuándo llegará.
Me queda por decir, que también, como los otros, aunque sólo si pasan por un sitio que por algún motivo les produzca especial satisfacción, adquieren algo, un recuerdo, sólo uno, que les evoque después ese momento. Que cuando lo vean les rememore el instante feliz que se dio en el lugar donde se hicieron con el objeto. Dos anécdotas al respecto. Una señora, amiga mía, recibió en un determinado viaje el obsequio de una sortija de plata con su signo del zodíaco, Un mal día la perdió y su disgusto fue mayúsculo, no ya por su valor económico, sino por las remembranzas que le traía. Aún se acuerda de ella con cariño. Y sé quien tiene la costumbre de comprar una postal cada vez que visita un museo o una exposición. Luego las utiliza como marca páginas y su mente vuelve a vivir, una y otra vez, lo ya vivido en aquel momento.
Sí. Yo creo que es bueno conservar algo, ya sea palpable o intangible, de nuestro paso por sitios agradables o relevantes. Algo que nos facilite la membranza de ese instante. Como creo que debemos intentar que, al final de nuestro recorrido por el camino de la vida, los que nos sucedan, retengan en su memoria un buen juicio sobre nosotros. Aunque sea un atisbo, una escasa recordación, pero algo.
Abril 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de abril de 2010
Ramón Serrano G.
Cuando, en algún momento, alguien libera la imaginación de sus ocupaciones puntuales, este ocasional asueto suele llevarle a pensar en ilusiones presentes o futuras, pero las más de las veces, y casi indefectiblemente, a sus recuerdos. Está claro que poseemos, y utilizamos normalmente, una memoria selectiva. Y suele ocurrir que aquellos deseos y esperanzas pueden ser realistas o quiméricos, y con ello, fastidiosos o ilusionantes, mientras que las evocaciones son normalmente morriñosas y complacientes, pues sabido es que el hombre acostumbra a desbrozar sus remembranzas de abrojos y tríbulos, manteniendo en su magín tan sólo aquello que le es deleitoso.
Y de esos, y de otros sucesos y avatares, se ve lleno nuestro intrincado viaje, que sólo esto, un enrevesado periplo y no otra cosa, es nuestro paso por este mundo. Somos peregrinos que caminamos junto a otros, cada uno con el fin de ganar su propio jubileo, y que, pese a transitar por los mismos senderos, cada cual va observando paisajes y realizando etapas de muy distintas enjundias, y cada quien las aguanta y las supera con mayor o menor resignación y con más o menos éxito. Por otra parte, eso de viajar en compaña tiene la ventaja de verte ayudado y protegido por tus compañeros, pero conlleva obligaciones en la ruta que deben cumplirse puntualmente.
Hay pues tantas vidas y viajeros como seres vivos, y los hubo y habrá desde siempre y hasta siempre, así que fijémonos solamente en el recorrido de algunos. De este modo, vemos que hay quien hace el camino sin mirar a derecha ni a izquierda, obsesionado en primer lugar por llegar y porque lo vean llegar, y cuando llega, si es que llega, nada ha visto, nada sabe, y de nada se ha enterado. Su deambular no ha sido positivo, ni negativo. Su exclusiva fijación ha sido su equipaje, su vestimenta, en suma, su apariencia ante los otros. No ha leído a Machado. Ha caminado sin tener conciencia real de lo que hacía. De forma mecánica. Dirigido y manejado por manos extrañas, como un vagón de ferrocarril, por una vía marcada de antemano y de la que no ha sabido salirse.
Los hay que desde jóvenes adquieren constancia de la importancia de la ruta a cubrir, pero también desde muy pronto la menosprecian y pasan por ella como Juan por su casa, pendientes de futesas y fruslerías y sin pensar que este que están haciendo es un viaje tan sólo de ida y que, jornada o paraje que han sido desaprovechados, están perdidos para siempre. A lo sumo, se contentan con traer sus maletas llenas de marbetes con nombres de hoteles y lugares, y sacar fotos, muchas fotos, que sirvan de testimonio de su travesía. Tampoco ven nada, porque nada les interesa. Pasan, como dicen ellos, Si acaso, mantienen algún recuerdo y quizás esos souvenirs les sirvan para posibles ostentaciones ante amigos o familiares.
Pero afortunadamente, y aunque a mi parecer sean los menos, están también los que sí saben lustrar. Aquellos que en cada jornada van cumpliendo con exquisita ortodoxia las reglas que impone el buen hacer. Esos que sí leyeron a Machado por lo que van ligeros de equipaje. Tan sólo el necesario. Además programan las etapas y en cada una de ellas, aceleran si es lo debido, descansan cuando corresponde, se alimentan lo justo, se informan de modo conveniente y, lo que es más importante, van guardando en su cabeza tanto aciertos como errores y aprendiendo de ellos para el futuro comportamiento ante algún problema similar.
Son conscientes de que a nuestro vivir, porque es único, le hemos de dar cuanto podamos, y no en el sentido de lo material (aunque también pero sin excesos), sino en el anímico, almacenando en nuestra psique lo que de bueno hayamos seleccionado entre lo obtenido por nuestro soma. Así, acudir al trabajo no por la codicia, sino por la debida satisfacción de las necesidades. Que se ha de estudiar y conocer cuanto esté al alcance, y aun más, no por jactarse de erudición, sino para poder enseñar a quien no tuvo oportunidad de adquirir esas cogniciones. Aunque sólo sea por eso. Que fundamentalmente hay que tener un trato deferente para con los demás, tal y como quisiéramos que se nos diese, y hasta con aquellos que no son afables para con nosotros.
Y como así lo hacen, cuando el camino comienza a descender y las obligaciones van decreciendo pueden evocar con agrado la ruta recorrida. Porque a todos nos gusta recordar, y es bueno hacerlo, pero siempre que lo que se traiga a la memoria sea complaciente. Lo malo, lo que nunca debe hacerse, es apoltronarse en un pasado, sino que este no nos sirva de proyección y perpalo hacia el futuro y hasta el final, que podemos intuir próximo, pero que no sabemos cuándo llegará.
Me queda por decir, que también, como los otros, aunque sólo si pasan por un sitio que por algún motivo les produzca especial satisfacción, adquieren algo, un recuerdo, sólo uno, que les evoque después ese momento. Que cuando lo vean les rememore el instante feliz que se dio en el lugar donde se hicieron con el objeto. Dos anécdotas al respecto. Una señora, amiga mía, recibió en un determinado viaje el obsequio de una sortija de plata con su signo del zodíaco, Un mal día la perdió y su disgusto fue mayúsculo, no ya por su valor económico, sino por las remembranzas que le traía. Aún se acuerda de ella con cariño. Y sé quien tiene la costumbre de comprar una postal cada vez que visita un museo o una exposición. Luego las utiliza como marca páginas y su mente vuelve a vivir, una y otra vez, lo ya vivido en aquel momento.
Sí. Yo creo que es bueno conservar algo, ya sea palpable o intangible, de nuestro paso por sitios agradables o relevantes. Algo que nos facilite la membranza de ese instante. Como creo que debemos intentar que, al final de nuestro recorrido por el camino de la vida, los que nos sucedan, retengan en su memoria un buen juicio sobre nosotros. Aunque sea un atisbo, una escasa recordación, pero algo.
Abril 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de abril de 2010
viernes, 9 de abril de 2010
La restauración
La restauración
Ramón Serrano G
La vida no es esperar a que la tormenta pase, es aprender a bailar bajo la lluvia..-
Cuando oigo alguna noticia de que tal estatua, este cuadro o aquel edificio se están restaurando, o se ha acabado de hacerlo, siento una extraña sensación, mezcla de satisfacción y desasosiego. Comprendo que está bien que las obras se conserven adecuadamente, y sobre todo si corren el grave riesgo de desaparecer. Pero discrepo de que a lo antiguo, al tratar de rehabilitarlo, se le quite esa pátina tan hermosa que da el paso del tiempo. Y es que ha ocurrido, acaece y seguirá sucediendo que por ignorancia, o por un exceso de “sabiduría”, el rehabilitador destroza la obra primitiva. A mí, y a algunas personas más que aún viven y pueden dar fe de ello, se nos ofreció para su compra un cuadro de nuestro querido Antonio López Torres al que su propietario/a, para que luciese más, le había dado una completa y amplia mano de barniz. Sin comentarios.
Lo mismo ocurre en las personas. Lo lógico y aconsejable es que todos nos cuidemos adecuadamente y utilicemos los remedios apropiados, pero para que nuestra vida sea a ser posible placentera y desde luego sana, pero recurriendo siempre a lo estrictamente natural. Esto es norma de obligado cumplimiento y por mucha edad que se tenga se debe luchar con constancia por el bienestar físico y psíquico. “Ut dessint vires, tamen est laudanda voluntas”, que decían los latinos. Aunque falten las fuerzas, sin embargo se ha de engrandecer la voluntad. Hay que cuidarse, aunque cueste, no sea que lleguemos a arguellarnos.
Por otra parte, quiero aclarar que no estoy en contra, para nada, de la cirugía estética, mas siempre y cuando esta se practique para remediar defectos notoriamente antiestéticos, incómodos, o nocivos para el buen desarrollo de nuestra salud. Sin embargo, me parece una inmensa vaciedad que alguien gaste su tiempo y su dinero en alisar su piel, en reducir su talle, en cambiar la tonalidad de su cabello o aumentar su cantidad, queriendo con ello tan sólo aparentar una belleza o lozanía, falsa a todas luces, y que se perdió hace más o menos tiempo.
Las cosas, y por supuesto las personas, hay que conservarlas, mantenerlas, pero verlas y dejarlas como son y como están, siempre que estén en buenas o aceptables condiciones de vida, repito. Fijémonos en esos castillos o edificios antañones que han sido remozados y que nos muestran dos caras completamente distintas. Una, la nueva, de apariencia lisa y pulida, pero de aspecto blanquecino y enfermizo. Otra, la antigua en la que sus piedras están coloreadas por el musgo, roídas por el viento, embellecidas por el tiempo. Porque a mí no me parece más bonita la figura marmórea que se conserva perfecta y muy cuidada en una sala del museo, que aquellas deformes y redondeadas, con narices y manos un tanto o un mucho amorfas, que contemplamos en los pórticos de muchas iglesias.
Todo hay que tomarlo como es, sin variar su estado natural. Las personas y las cosas, ganarán o perderán, pero se transforman con el paso de los años, y esa mutación no es, en absoluto, ni mutilación ni deformidad. Sé bien que hay posturas apologéticas unas, y denostadoras otras, tanto de lo nuevo como de lo adiano, y si se me permite, aún diría que de lo viejo. La mía la manifestaré al decir que me parecen encantadores los chiquillos (es cierto, yo soy muy niñero), pero admiro, como no se pueden imaginar, a aquellos que tienen una vejez bien llevada. Será porque ya tengo encima bastantes años, pero puntualizando un poco, manifiesto que todas las mujeres son preciosas a los veinte años, pero muchas de ellas con la madurez de los cuarenta, adquieren cualidades excelsas. ¡Y no digamos nada de las que saben llegar a los sesenta, y aun a más, con una belleza y una feminidad serena y dulce!
Pero es que además estas afirmaciones, se pueden extender en infinitud de aspectos. Sabido es que se acostumbra a ponderar la edad de tal o cual cosa para darle así mayor importancia o valor. Y así nos dicen: Mire, es un violín del siglo XVI. ¡Posiblemente un Amatius! O nos ponderan si el libro en oferta es una primera edición, No digamos si es un incunable. Y por una porcelana de Sargadelos de la época de su fundación, hace doscientos años, nos piden mil veces más que por una actual.
Es decir que cuando se trata de algo importante, se aprecia mucho la edad y el estado de conservación. Y ahí es a donde quiero ir a parar. Que la tormenta puede que esté sobre nosotros, así que deberemos aprender a bailar bajo la lluvia, pensando en que pocas cosas hay más esenciales para nosotros que nosotros mismos. Por ello, está muy bien que nos preocupemos de nuestra restauración, de la debida conservación de nuestro cuerpo, aunque no se debe olvidar nunca que es mucho más trascendental no desatender el buen funcionamiento de nuestra mente. El gran economista británico John M. Keynes nos da una gran lección, cuando al hablarnos del valor marginal nos dice que se puede obtener mucho más beneficio si vendemos una botella de agua en el desierto que si lo hacemos junto a un manantial.
Por ello, para poder conseguir ese pingüe beneficio, y aunque cuando llegamos a cierta edad todos tenemos achaques, ajes y dolamas, si no es que sufrimos padecimientos peores, deberíamos esforzarnos en ejercitar nuestra sesera y tratar de mantenerla en buen estado. Porque se puede vivir sin piernas, o sin brazos, o ciego. Mal, pero se puede subsistir. Pero si no funciona la cabeza, se puede vivir, sí. Pero a eso no se le puede llamar vida.
Abril 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de abril de 2010
Ramón Serrano G
La vida no es esperar a que la tormenta pase, es aprender a bailar bajo la lluvia..-
Cuando oigo alguna noticia de que tal estatua, este cuadro o aquel edificio se están restaurando, o se ha acabado de hacerlo, siento una extraña sensación, mezcla de satisfacción y desasosiego. Comprendo que está bien que las obras se conserven adecuadamente, y sobre todo si corren el grave riesgo de desaparecer. Pero discrepo de que a lo antiguo, al tratar de rehabilitarlo, se le quite esa pátina tan hermosa que da el paso del tiempo. Y es que ha ocurrido, acaece y seguirá sucediendo que por ignorancia, o por un exceso de “sabiduría”, el rehabilitador destroza la obra primitiva. A mí, y a algunas personas más que aún viven y pueden dar fe de ello, se nos ofreció para su compra un cuadro de nuestro querido Antonio López Torres al que su propietario/a, para que luciese más, le había dado una completa y amplia mano de barniz. Sin comentarios.
Lo mismo ocurre en las personas. Lo lógico y aconsejable es que todos nos cuidemos adecuadamente y utilicemos los remedios apropiados, pero para que nuestra vida sea a ser posible placentera y desde luego sana, pero recurriendo siempre a lo estrictamente natural. Esto es norma de obligado cumplimiento y por mucha edad que se tenga se debe luchar con constancia por el bienestar físico y psíquico. “Ut dessint vires, tamen est laudanda voluntas”, que decían los latinos. Aunque falten las fuerzas, sin embargo se ha de engrandecer la voluntad. Hay que cuidarse, aunque cueste, no sea que lleguemos a arguellarnos.
Por otra parte, quiero aclarar que no estoy en contra, para nada, de la cirugía estética, mas siempre y cuando esta se practique para remediar defectos notoriamente antiestéticos, incómodos, o nocivos para el buen desarrollo de nuestra salud. Sin embargo, me parece una inmensa vaciedad que alguien gaste su tiempo y su dinero en alisar su piel, en reducir su talle, en cambiar la tonalidad de su cabello o aumentar su cantidad, queriendo con ello tan sólo aparentar una belleza o lozanía, falsa a todas luces, y que se perdió hace más o menos tiempo.
Las cosas, y por supuesto las personas, hay que conservarlas, mantenerlas, pero verlas y dejarlas como son y como están, siempre que estén en buenas o aceptables condiciones de vida, repito. Fijémonos en esos castillos o edificios antañones que han sido remozados y que nos muestran dos caras completamente distintas. Una, la nueva, de apariencia lisa y pulida, pero de aspecto blanquecino y enfermizo. Otra, la antigua en la que sus piedras están coloreadas por el musgo, roídas por el viento, embellecidas por el tiempo. Porque a mí no me parece más bonita la figura marmórea que se conserva perfecta y muy cuidada en una sala del museo, que aquellas deformes y redondeadas, con narices y manos un tanto o un mucho amorfas, que contemplamos en los pórticos de muchas iglesias.
Todo hay que tomarlo como es, sin variar su estado natural. Las personas y las cosas, ganarán o perderán, pero se transforman con el paso de los años, y esa mutación no es, en absoluto, ni mutilación ni deformidad. Sé bien que hay posturas apologéticas unas, y denostadoras otras, tanto de lo nuevo como de lo adiano, y si se me permite, aún diría que de lo viejo. La mía la manifestaré al decir que me parecen encantadores los chiquillos (es cierto, yo soy muy niñero), pero admiro, como no se pueden imaginar, a aquellos que tienen una vejez bien llevada. Será porque ya tengo encima bastantes años, pero puntualizando un poco, manifiesto que todas las mujeres son preciosas a los veinte años, pero muchas de ellas con la madurez de los cuarenta, adquieren cualidades excelsas. ¡Y no digamos nada de las que saben llegar a los sesenta, y aun a más, con una belleza y una feminidad serena y dulce!
Pero es que además estas afirmaciones, se pueden extender en infinitud de aspectos. Sabido es que se acostumbra a ponderar la edad de tal o cual cosa para darle así mayor importancia o valor. Y así nos dicen: Mire, es un violín del siglo XVI. ¡Posiblemente un Amatius! O nos ponderan si el libro en oferta es una primera edición, No digamos si es un incunable. Y por una porcelana de Sargadelos de la época de su fundación, hace doscientos años, nos piden mil veces más que por una actual.
Es decir que cuando se trata de algo importante, se aprecia mucho la edad y el estado de conservación. Y ahí es a donde quiero ir a parar. Que la tormenta puede que esté sobre nosotros, así que deberemos aprender a bailar bajo la lluvia, pensando en que pocas cosas hay más esenciales para nosotros que nosotros mismos. Por ello, está muy bien que nos preocupemos de nuestra restauración, de la debida conservación de nuestro cuerpo, aunque no se debe olvidar nunca que es mucho más trascendental no desatender el buen funcionamiento de nuestra mente. El gran economista británico John M. Keynes nos da una gran lección, cuando al hablarnos del valor marginal nos dice que se puede obtener mucho más beneficio si vendemos una botella de agua en el desierto que si lo hacemos junto a un manantial.
Por ello, para poder conseguir ese pingüe beneficio, y aunque cuando llegamos a cierta edad todos tenemos achaques, ajes y dolamas, si no es que sufrimos padecimientos peores, deberíamos esforzarnos en ejercitar nuestra sesera y tratar de mantenerla en buen estado. Porque se puede vivir sin piernas, o sin brazos, o ciego. Mal, pero se puede subsistir. Pero si no funciona la cabeza, se puede vivir, sí. Pero a eso no se le puede llamar vida.
Abril 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de abril de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
Todo, no
Todo, no
Ramón Serrano G.
Paseábamos por el pueblo, cuando oímos a alguien saludarnos: - Se ve que lleváis mucha prisa esta mañana, porque no os habláis con nadie-. Reconocimos ambos la voz de inmediato y Luis se volvió contento:
-¡Argimiro, qué alegría! ¡Con el tiempo que hace que no nos vemos! No te daba yo por aquí a estas horas y con ese atuendo. ¿Qué haces?
La extrañeza se debía a que ese hombre que nos hablaba, estaba limpiando las calles y llevaba una ropa que le distinguía como empleado municipal. Algún tiempo atrás le había visto muchas veces conversar con Luis, para después contarme este, que Argimiro, vecino del lugar, había sido siempre un buen hombre, campechano y muy adinerado. Casado y con un hijo, su vida discurría tranquila entre la administración de sus cuantiosos bienes, su desarrollada afición a la lectura y una entrañable convivencia con sus vecinos. Y su gran afición a la caza, que ya se me olvidaba. Era raro, pues, verle ahora con esa ocupación y ese atuendo. -¿Qué había pasado? le preguntó mi amigo-.
-Pues que la vida da muchas vueltas, contestó. Abreviando, te diré que todo parecía ir bien en mi casa hasta que el 25 de noviembre de hace tres años la justicia llamó a mi puerta reclamando a mi hijo. Fíjate Luis, el mismo día en que Proserpina se encargaba de que se cumplieran las maldiciones de los muertos sobre los hombres. Lo reclamaban por muchos delitos que había cometido en el mundo de las drogas y por esa misma causa, pronto me enteré que tenía ingentes deudas contraídas con acreedores poco recomendables. ¡Y yo inmerso en esa “ceguera” que a veces padecemos los padres cuando no queremos ver que la vida de nuestros hijos no es la más adecuada! Pero el problema estaba allí, y era de gran envergadura. Viendo el cariz que tomó el asunto, y en evitación de males mayores, saldé con rapidez sus peligrosos débitos e, intentando salvarle, de inmediato me hice con los servicios de los más prestigiosos abogados. Hallé magníficos y honrados profesionales que se esforzaron cuanto pudieron, pero enseguida supe que no podíamos aspirar a una absolución sino, a lo sumo, a conseguir que la condena no fuese excesiva.
-En esas nos estuvimos mucho tiempo, prosiguió. Hoy un disgusto, mañana una mala noticia, al siguiente día otra mucho peor. Con ello yo estaba por los suelos y mi mujer, ni te cuento. Por otra parte, había gastado absolutamente todo cuanto tenía. Mucho, en conseguir buenos defensores, en costas, recursos, apelaciones y todo ese océano de legalidades. Y mucho más, en pagar unas deudas que yo sabía que no eran ni exactas ni correctas pero que los acreedores se encargarían de cobrar por medios poco ortodoxos. Estaba hundido física y anímicamente por lo de mi hijo. Por él lo había dado todo y todo lo había perdido. Entonces se me presentó el gran problema: ¿cuál habría de ser mi actitud en adelante? ¿Qué debería hacer? Ese era mi nudo gordiano.
-Durante mucho tiempo, continuó, debí beber néctar con nepente para calmar mi dolor y tratar de que se instalase en mí la amnesia; para obrar con ataraxia; para que el raciocinio que creo que siempre había tenido siguiera marcándome el itinerario a seguir.
-Vino a mi mente entonces un dicho inglés: throw out the bay with the bath water. Es decir, que no se debe tirar lo bueno con lo malo, o expresado de otro modo, no tirar al bebé con el agua sucia después de bañarlo. Como Lorca, “sentí borbotar los manantiales, como de niño yo los escuchara” y me pregunté: ¿lo había perdido todo? No, todo no, me dije. Me quedaban mi mujer y mi orgullo. Por ella haría todo lo que estuviese en mis manos con el fin de aliviarle la pena que la estaba destrozando. Por pundonor, me lanzaría de nuevo a la lucha como si tuviese veinte años, como si estuviera empezando de nuevo mi vida. Y eso, en realidad, es lo que estaba ocurriendo, que una vida nueva se presentaba ante mí. Con mayores dificultades, con muchos más aprietos, con innumerables impedimentos. Pero también con los arrestos necesarios para superar el difícil trance ante el que me encontraba. Y para demostrarle, no a la gente, que eso era lo que menos me importaba, sino a tu buen amigo Argimiro, o sea a mí mismo, que sería capaz de lograrlo.
-Me acordé de mi época de estudiante y me planteé el problema con detenimiento y concienzudamente. Pensé en marcharme a vivir a otro lugar, pero enseguida deseché la idea porque me gusta mi pueblo y porque no tenía de qué avergonzarme. Así que me puse a buscar un trabajo, el que fuese, con tal de que fuese honrado y digno. Y tú sabes bien que el trabajo es digno si con dignidad se hace. Pronto me llegó la solución. En el Ayuntamiento necesitaban barrenderos, y allí que me fui. Me contrataron, me pagan un sueldo justo y decente, y a esto me dedico hoy, con el mismo orgullo y satisfacción que antes administraba mi hacienda.
-Verás que sigo siendo el de antes, que de nada tengo que arrepentirme, y te digo que con el mismo agrado saludo a las gentes, aunque ahora algunos miren para otro lado para no verme. Ellos sabrán por qué lo hacen. Yo soy feliz porque poco a poco mi mujer va reponiéndose y porque mis amigos, tú entre ellos, siguen siéndolo. Sé que mucho peor podrían estar las cosas y tengo fe en que todo se irá solucionando.
-A la satisfacción de volver a verte, le dijo Luis, se suma la de observar que sigues siendo el de siempre. Cierto es que muchos, en un caso como el tuyo, lo hubiesen mandado todo al garete, mientras que tú supiste ver que era mucho lo que se había ido a pique, pero que no estaba todo perdido. Todo, no.
Y tan contentos, volvimos mi amigo y yo a nuestro paseo, mientras que Argimiro seguía con sus barreduras.
Marzo 2010
Publicado en "El Periódico" de Tomelloso el 26 de marzo de 2010
Ramón Serrano G.
Paseábamos por el pueblo, cuando oímos a alguien saludarnos: - Se ve que lleváis mucha prisa esta mañana, porque no os habláis con nadie-. Reconocimos ambos la voz de inmediato y Luis se volvió contento:
-¡Argimiro, qué alegría! ¡Con el tiempo que hace que no nos vemos! No te daba yo por aquí a estas horas y con ese atuendo. ¿Qué haces?
La extrañeza se debía a que ese hombre que nos hablaba, estaba limpiando las calles y llevaba una ropa que le distinguía como empleado municipal. Algún tiempo atrás le había visto muchas veces conversar con Luis, para después contarme este, que Argimiro, vecino del lugar, había sido siempre un buen hombre, campechano y muy adinerado. Casado y con un hijo, su vida discurría tranquila entre la administración de sus cuantiosos bienes, su desarrollada afición a la lectura y una entrañable convivencia con sus vecinos. Y su gran afición a la caza, que ya se me olvidaba. Era raro, pues, verle ahora con esa ocupación y ese atuendo. -¿Qué había pasado? le preguntó mi amigo-.
-Pues que la vida da muchas vueltas, contestó. Abreviando, te diré que todo parecía ir bien en mi casa hasta que el 25 de noviembre de hace tres años la justicia llamó a mi puerta reclamando a mi hijo. Fíjate Luis, el mismo día en que Proserpina se encargaba de que se cumplieran las maldiciones de los muertos sobre los hombres. Lo reclamaban por muchos delitos que había cometido en el mundo de las drogas y por esa misma causa, pronto me enteré que tenía ingentes deudas contraídas con acreedores poco recomendables. ¡Y yo inmerso en esa “ceguera” que a veces padecemos los padres cuando no queremos ver que la vida de nuestros hijos no es la más adecuada! Pero el problema estaba allí, y era de gran envergadura. Viendo el cariz que tomó el asunto, y en evitación de males mayores, saldé con rapidez sus peligrosos débitos e, intentando salvarle, de inmediato me hice con los servicios de los más prestigiosos abogados. Hallé magníficos y honrados profesionales que se esforzaron cuanto pudieron, pero enseguida supe que no podíamos aspirar a una absolución sino, a lo sumo, a conseguir que la condena no fuese excesiva.
-En esas nos estuvimos mucho tiempo, prosiguió. Hoy un disgusto, mañana una mala noticia, al siguiente día otra mucho peor. Con ello yo estaba por los suelos y mi mujer, ni te cuento. Por otra parte, había gastado absolutamente todo cuanto tenía. Mucho, en conseguir buenos defensores, en costas, recursos, apelaciones y todo ese océano de legalidades. Y mucho más, en pagar unas deudas que yo sabía que no eran ni exactas ni correctas pero que los acreedores se encargarían de cobrar por medios poco ortodoxos. Estaba hundido física y anímicamente por lo de mi hijo. Por él lo había dado todo y todo lo había perdido. Entonces se me presentó el gran problema: ¿cuál habría de ser mi actitud en adelante? ¿Qué debería hacer? Ese era mi nudo gordiano.
-Durante mucho tiempo, continuó, debí beber néctar con nepente para calmar mi dolor y tratar de que se instalase en mí la amnesia; para obrar con ataraxia; para que el raciocinio que creo que siempre había tenido siguiera marcándome el itinerario a seguir.
-Vino a mi mente entonces un dicho inglés: throw out the bay with the bath water. Es decir, que no se debe tirar lo bueno con lo malo, o expresado de otro modo, no tirar al bebé con el agua sucia después de bañarlo. Como Lorca, “sentí borbotar los manantiales, como de niño yo los escuchara” y me pregunté: ¿lo había perdido todo? No, todo no, me dije. Me quedaban mi mujer y mi orgullo. Por ella haría todo lo que estuviese en mis manos con el fin de aliviarle la pena que la estaba destrozando. Por pundonor, me lanzaría de nuevo a la lucha como si tuviese veinte años, como si estuviera empezando de nuevo mi vida. Y eso, en realidad, es lo que estaba ocurriendo, que una vida nueva se presentaba ante mí. Con mayores dificultades, con muchos más aprietos, con innumerables impedimentos. Pero también con los arrestos necesarios para superar el difícil trance ante el que me encontraba. Y para demostrarle, no a la gente, que eso era lo que menos me importaba, sino a tu buen amigo Argimiro, o sea a mí mismo, que sería capaz de lograrlo.
-Me acordé de mi época de estudiante y me planteé el problema con detenimiento y concienzudamente. Pensé en marcharme a vivir a otro lugar, pero enseguida deseché la idea porque me gusta mi pueblo y porque no tenía de qué avergonzarme. Así que me puse a buscar un trabajo, el que fuese, con tal de que fuese honrado y digno. Y tú sabes bien que el trabajo es digno si con dignidad se hace. Pronto me llegó la solución. En el Ayuntamiento necesitaban barrenderos, y allí que me fui. Me contrataron, me pagan un sueldo justo y decente, y a esto me dedico hoy, con el mismo orgullo y satisfacción que antes administraba mi hacienda.
-Verás que sigo siendo el de antes, que de nada tengo que arrepentirme, y te digo que con el mismo agrado saludo a las gentes, aunque ahora algunos miren para otro lado para no verme. Ellos sabrán por qué lo hacen. Yo soy feliz porque poco a poco mi mujer va reponiéndose y porque mis amigos, tú entre ellos, siguen siéndolo. Sé que mucho peor podrían estar las cosas y tengo fe en que todo se irá solucionando.
-A la satisfacción de volver a verte, le dijo Luis, se suma la de observar que sigues siendo el de siempre. Cierto es que muchos, en un caso como el tuyo, lo hubiesen mandado todo al garete, mientras que tú supiste ver que era mucho lo que se había ido a pique, pero que no estaba todo perdido. Todo, no.
Y tan contentos, volvimos mi amigo y yo a nuestro paseo, mientras que Argimiro seguía con sus barreduras.
Marzo 2010
Publicado en "El Periódico" de Tomelloso el 26 de marzo de 2010
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