sábado, 6 de marzo de 2010

La opulencia

La opulencia
Ramón Serrano G.

Para ti, que acabas de llegar.

El deseo inacabable de tener es, sin duda alguna, una de las características que le son más propias al ser humano. Y es un mal de consecuencias nefastas, si ese afán de tenencia deriva hacia la avaricia. Es decir, al ansia de conseguir cosas, bienes, lo que sea, tan sólo por el placer de poseerlas. Pero no es esta la faceta de la detentación a la que me quiero referir hoy. Pasemos, pues, a enfocarla desde su lado más positivo, que lo tiene, y mucho.
Sabemos todos que hay personas, desgraciadamente no muchas, que tienen un anhelo insaciable de conseguir, de agenciarse siempre un logro más de los ya habidos. Pero no son los mismos a los que aludía en el párrafo anterior. Unos ejemplos bastarán para saber a quiénes me estoy refiriendo. Así, está el investigador que pese a haber descubierto una fórmula eficiente para el alivio de un mal, o un funcionamiento distinto de alguna maquinaria con el que se ahorra energía, sigue indagando con el único fin de hallar nuevas soluciones o mejorar las ya habidas.
El misionero que sigue lanzando sus doctrinas con el fin de atraer más gentes a su fe y ejerciendo sus buenas obras para hacer el bien indiscriminadamente. El estudioso que, conocedor de mil y una teorías filosóficas, novelas, comedias y tragedias, ensayos y demás sapiencias, no cesa en afanarse textos, códices, palimpsestos, tomos góticos o elzevirianos, todo lo que pueda conseguir para seguir incrementando su cultura, sin que con ello obtenga otro lucro que su propia satisfacción.
El abuelo al que, aun siendo ya posesor de varios nietos, le dan la buena nueva de que un nuevo nepos acaba de llegar, incrementándose con ello su linaje. Que existe otro “personajillo” al que ha de querer por igual, ni más ni menos, que a los que le precedieron, y que, como los otros, serán el mayor y más sólido fundamento de sus esperanzas. Aún está tomando los calostros el neonato, y el viejo ya lo está viendo en su niñez, en su pubertad, en su juventud o en su hombría, y lamentando que quizás no esté vivo ya para cuando pudiese darle sus mejores consejos o prestarle sus pobres ayudas. Sí, ya sabe que no le faltarán unos y otras, porque sus padres sabrán hacerlo, y lo harán, incluso mejor que él. Pero a él ¡le gustaría tanto ser un elemento activo en la futura educación del recién llegado!
Y desde que fue conocedor de la grata noticia empieza a pensar en su futuro. En realidad ya lo ha venido haciendo desde que supo que había sido engendrado. Pero en este momento ya ve, casi lo palpa, cómo será su primer juguete; adivina si gustará de las ciencias o las letras, de las artes o del comercio, de la industria o de la agricultura. Y está observando cómo, hecho ya un buen mozo, está empezando a novietear con esa morenilla que vive en la calle de al lado.
Pero, por igual, se está inundando de temores a cual más probable o infundado. Quizás un día se rompa una pierna jugando al futbol. Mira que si sale vago y no quiere estudios ni trabajo. ¿Y si un día se marcha a otras tierras para siempre? ¡Hay tantos peligros acechándolo!
Sin embargo, su alegría es tanta, que no deja lugar a los desasosiegos. Porque sabe muy bien que cuando una persona nace, el mundo entero se llena de energía y el futuro se inunda de las mayores posibilidades, pues ha llegado alguien que, en su día, ya sea arando la tierra, curando enfermos o vendiendo mercancías o ideas, ayudará a sus semejantes a que la vida siga, y que siga para bien. Que no podrá impedir que haya pobreza, o que el odio se instale en muchos corazones, o que el terror y la muerte sean para algunos descerebrados su única y lúgubre ilusión. O que la difamación y la mentira se sigan propalando.
Sabe bien, está seguro, que afortunadamente su nieto no será uno de esos. Que poco o mucho, él hará cuanto esté a su alcance por ayudar a su entorno y favorecer a quien pueda. Que aportará gustoso, en la medida de sus posibilidades, su ayuda a la paz, y al saber, y a la tolerancia, y al desarrollo, y al amor. Muchos creen que los recién nacidos no oyen ni comprenden. Pobres necios. Los pequeños no pueden oír ni entender lo que dicen los demás, pero a los abuelos, ¡claro que sí! Por eso él ya le está hablando, le está dando consejos, encaminándolo para que sea, por encima de todo y en el mejor sentido de la palabra, un hombre bueno
Pero tanto tiempo de charla con la criatura y pensando en cuantos episodios y pueda circunstancias verse inmersa, hace que su cabeza empiece a obnubilarse un poco y un mucho a sentirse tremendamente feliz. ¿Por qué? Pues porque, como queda dicho, todos deseamos tener más y, desde hace un rato, él, o mejor dicho su vieja alma, con la llegada de su nuevo nieto, no es que sea más rica, no. Es que nada en la abundancia.

Marzo 2010

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 12 de marzo de 2010

jueves, 25 de febrero de 2010

El tranvía

El tranvía
Ramón Serrano G.

En suma, la vida no es otra cosa que un corto itinerario que hacemos y en el que siempre nos vemos acechados por peligros. Pueden ser estos para el cuerpo o para el alma, como también es posible que sean reales o creados por nuestra imaginación. De cualquier forma, la causa peligro produce siempre el efecto miedo, aunque las más de las veces este temor se deba a la ignorancia, ya sea de la magnitud del riesgo, como de la forma adecuada de atajarlo. Puede amedrentar a alguien la profundidad de un lago, tener que atravesar un oscuro pasaje, o resolver un problema. Pero no tendría ese reparo si nada bien, el lugar no le es desconocido o sabe como hacerlo. La ignorancia en esto, como en casi todo, hace que aumenten de tamaño, o se vean insolubles, dificultades que en realidad no lo son.
Reafirmándonos en esa teoría de que la incultura creaba y agrandaba los peligros, y aun lo sigue haciendo, echemos la vista atrás unos años y recordemos, por ejemplo, la temeridad de adentrarse en lo que se dio en llamar la mar tenebrosa (el océano Atlántico) ante el riesgo de perecer en ella. La visión de un gato negro - por cierto, no dejen de leerse el cuento con ese título de Allan Poe -, o la de los pájaros que se cruzaban en nuestro camino y según lo hicieran de derecha a izquierda o de izquierda a derecha nos traería buena o mala suerte. Ya sabe el lector, que a la salida de Vivar, el Cid tuvo la corneja diestra, mientras que llegando a Burgos, tuviéronla siniestra. Y no digamos nada sobre si se oía ulular al búho o graznar al cuervo: ese sonido significaba que la muerte estaba cerca.
Estaba claro entonces, que debido principalmente a una población, comunicaciones y casuística distintas, donde más amenazas se cernían hace años sobre sus moradores era en las capitales, con todo su bullicio y ajetreo frente a la tranquilidad y calma pueblerinas. En su contra, he de repetir, que estos, debido a su menor cultura, estaban más expuestos a padecer el mal. Y si se me permite la expresión lo aclararé diciendo que en unas había más vivales y en los otros más pardillos.
Pero centrémonos en un lugar, el convento, en el que pese a estar alejado del mundanal ruido era donde con mayor fuerza se atacaba a los enemigos del alma, que eran tenidos por los más perversos enemigos de sus moradores. Estos combluezos eran tres, demonio, mundo y carne, como por todos es sabido. Los priores, y algún que otro mandatario, se afanaban, casi exclusivamente, en conseguir que los “hermanos” aprendieran a vencerlos. Tenían una mejor formación cultural, ya que solían ser provenientes de casas ricas (normalmente eran los hijos segundones) mientras que la mayoría de los cenobitas se habían acogido a la vida monástica más por evitar el hambre que por llamamiento o inclinación a lo religioso. Así que, aquellos a enseñar y estos a escuchar y a tratar de asimilar.
Entonces, con el fin conseguir crear un clima propicio para el acogimiento celestial, los abades apercibían a los monjes de donde estaban los medios con los que lograrían vencer a los citados adversarios para que estos no les dificultaran en dar con el camino para encontrar a Dios. El más cruel y nocivo de los tres contrarios era el primero, Lucifer. Pero, curiosamente, a este se le vencía siempre con armas sencillas: oración, constancia y humildad. ¡Ah!, pero, ¿y los otros dos? Para el mundo, tan sólo la más somera explicación de su enjundia resultaba harto complicada para que se hicieran una idea de lo que era, aquellas pobres almas que desde muy jóvenes habían vivido siempre tras las tapias monásticas.
En cuanto al cuerpo, su continencia tampoco era trabajo arduo, salvo en un punto que resultaba casi inaccesible. Todos los pecados se podían explicar. Todos menos la lujuria. Harto dificultoso resultaba tratar sobre la mujer, y mucho menos con las modernidades de las que estas empezaban a hacer gala en cuanto a comportamiento y vestimenta. En ese tema los prepósitos estaban un tanto desfasados Y además ¿cómo se podía describir a una hembra si el oidor no había visto nunca ninguna o lo había hecho en su más tierna infancia? En su favor jugaba que sus condiciones de vida eran poco propicias para la libídine: frailes entrados en años, comidas muy ligeras y parcas en calorías, y celdas, capillas y claustros en los que solía imperar un frío siberiano. Así pues, de lujuria nada.
Mas, pese a que hacían cuanto podían, no siempre conseguían sus docentes propósitos. Y viene al pelo, un suceso que hace un tiempo ocurrió en un añoso abadiado. Fray Avertano, ya muy entrado en años, yacía en su márfega desde hacía bastantes meses victima de un mal incurable. Un día en el que fue a visitarle el prior, aquél se atrevió a decirle:
-Padre, ahora que veo cercana mi muerte quisiera pedirle un favor. Nos han hablado muchas veces de los peligros que el hombre debe afrontar para su salvación. Algunos los he vivido, y muchos los he supuesto. Pero hay dos sobre los que mucho nos advirtieron, pero que no he podido siquiera imaginar y no quisiera irme al otro mundo sin haberlos visto al menos una vez. Son un tranvía y una mujer. Por caridad, ¡concédamelo!
-Haré lo que pueda, hermano, le contestó el superior.
Salió de la celda, llamó a los monjes más allegados y les planteó el problema, encareciéndoles una solución ya que el anciano fraile se lo merecía todo. Su padre, quedó viudo muy joven y por ello llevó al niño de cuatro años al convento para que los religiosos se hicieran cargo de él. Siempre trabajó en las faenas más duras y nunca había solicitado nada. Lo hacía ahora por primera vez. Tras un rato de consideraciones uno dijo:
-Está claro que conseguir una de las dos peticiones es inviable. Pero la otra creo que no me costará trabajo. Vive en el pueblo de al lado una mujeruca, ya muy viejita, pero que viene con frecuencia a nuestra capilla, sobre todo en mayo a traer flores a la virgen. Hablaré con ella.
Se fue al pueblo, buscó a la Tía Candelaria, y le explicó su ruego. La mujer accedió gustosa y marchó con ellos. Al llegar, la hicieron pasar al cuarto del fraile que medio dormitaba y medio se moría. Habló el prior:
- - Hermano, una de sus peticiones no la hemos podido conseguir. Pero al menos, aquí está la otra como puede ver.
Abrió mucho los ojos Fray Avertano, y vio ante sí un ser bastante encorvado de más de sesenta años, que cubría su cabeza con un pañuelo negro y sus hombros con una toca parduzca y deslucida. Sus ojos estaban ocultos por unas gafas con cristales de culo de vaso, su cara tenía más arrugas que un cordel en el bolsillo de un muchacho y sus cuatro únicos dientes no coincidían en verticalidad. El resto de su figura era impredecible, tapado por una larga saya y un generoso mandil. Al ver “aquello”, el pobre frailre miró a lo alto y, con voz emocionada, dijo:
- Gracias Dios mío. Ya no me muero sin haber visto un tranvía.

- Febrero de 2010
- Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 26 de febrero de 2010

jueves, 11 de febrero de 2010

Bonito, bello o hermoso

Bonito, bello o hermoso
Ramón Serrano G.

Cabe resaltar que, aun pareciendo lo mismo, existe una gran diferencia entre lo bonito, lo bello, y lo hermoso. Esto no es una simple opinión que yo tenga, sino que, como siempre, acudo al diccionario para hacer una gran desemejanza de estos términos. Casi transcribo al decir que bonito es el adjetivo que se utiliza para los objetos simples y llanos, mientras que para los de una mayor importancia, y utilizando un lenguaje más solemne o literario, se suele usar el vocablo bello. Con hermoso nos referimos lo que tiene una guapura impresionante, ya sea por su magnitud o su perfección.
Pero no es a la esencia de estos adjetivos a lo que quiero referirme, sino más bien al uso diario que a estos y a otros muchos términos les solemos dar en España, y que es a todas luces, muy diferente a la manera que tienen de aplicarlos en Hispanoamérica, en donde además utilizan con frecuencia otros calificativos que nosotros, incomprensiblemente, casi nunca empleamos. Lindo, por ejemplo Y no hablemos ya de chévere, ruca, chiviado o yacaré. Es verdad, dicho sea de paso, que en aquel continente se conservan, y gracias sean dadas por ello, palabras desusadas por aquí y otras muchas a las que se atribuyen un distinto significado. Vea, si no, el curioso lector la diferencia de lo que se quiere decir con vocablos como coger, boliche, guapo o cuadra, cuando esto se hace a este o a aquél lado del Atlántico.
Ahondando un poco más en nuestro tema, y reduciendo el territorio donde se ha de desarrollar el lenguaje, quisiera hacer ver cómo también utilizamos el idioma de forma tan distinta en unas regiones que en otras. Por ejemplo en Galicia emplean siempre el pretérito imperfecto mientras que nosotros escogemos el perfecto. -¿Cenaste? dicen por allá, mientras que por aquí: -¿Has cenado? Hablan por aquellas terras meigas de que se quita lo que se mete y se saca lo que se pone, y por ello dicen: saca la mesa o quita las entradas. Si nos bajamos hacia la Andalucía, escucharemos aquello de: -Ya mismo, en lugar de ahora mismo. Y si fuésemos por la vinatera Rioja escucharíamos que las mascaderas son las mandíbulas y que chinico es algo muy pequeño o menudito. Y en esta Mancha de nuestros pecados, donde he tenido la suerte de nacer y vivir viene a ocurrir lo mismo. Para intentar demostrarlo, he acudido a los tres adjetivos que encabezan este escrito.
Reconociendo que tiene bastante importancia eso de la elección y el uso de los voquibles, y como está claro que cada cual tenemos nuestros gustos y preferencias, vengo en decir que a mí, como a la inmensa mayoría de mis paisanos, siempre nos ha parecido mejor lo hermoso que lo bonito, y aun que lo bello, sobre todo si es para catalogar o adjetivar simplemente algún tipo de cosas o personas. No quiero con esto declarar culpable a nadie, ni hacer gala de virtud alguna, o de que exista cualidad o razón exacta que lo motive. Es simplemente cuestión subjetiva, gusto personal, preferencias locales que influyen muy mucho en el uso de estos términos. Aunque, dicho sea de paso, quizás ese uso no sea tan estrictamente local, sino que le vendría mejor si lo adjetiváramos como regional. Porque, al fin y a la postre, la manera de expresarse es similar en cada comarca o región, y distinta, en mucho o en poco, de las de otras regiones y comarcas, aun cuando estas fueran limítrofes, admitiendo que también existen determinados, aunque escasos, localismos.
Pero volviendo a los adjetivos que nos ocupan, creo que los que por aquí vivan, o aquellos que nos visiten con frecuencia, admitirán que pocas veces los manchegos utilizamos en nuestras cotidianas expresiones el término bonito, y nunca, o casi, el de bello, mientras que diariamente empleamos el de hermoso. Bonito, si cabe, alguna vez y para referirnos a alguna niña. Bello, solemos emplearlo cargándolo con un cierto tilde de homosexualidad. Pero decimos hermoso alargándolo, pronunciándolo con énfasis, con acento en la “mo”.
Quisiera explicar entonces cuáles son, a mi forma de ver, los motivos que llevan a ello, y exponer dos razones que logran que el lenguaje se vea modificado en algunas regiones y que se lleguen a implantar unas elocuciones, eligiéndolas en detrimento de otras. Hablemos primeramente de la popular cultura escolar, más arraigada en el norte que en nuestra tierra, hay que reconocerlo, y de una mayor asistencia escolar, lo que conlleva una mejor riqueza de vocabulario, que además se mantiene, o se incrementa, al estar los pueblos más cercanos y haber más contacto entre ellos.
Igualmente influye de manera determinante la configuración del paisaje. Así un valle es casi siempre de una gran belleza. El rey Abenabet hizo plantar en Córdoba infinidad de almendros para que su esposa Rubaiquia al verlos florecer por febrero pudiera contemplar un bello paisaje nevado. O cuando a finales de marzo alguien se acerca a admirar el valle del Jerte por la inmensa beldad de sus cerezos en flor. Y extasiarse ante un amanecer o una puesta de sol en el mar, algo realmente bonito. O es igualmente bonito si de noche “la luna en el mar, riela..”. Sin embargo, al otear el océano de nuestras viñas allá por junio, podremos decir que es algo realmente hermoso. La enormidad de nuestra llanura nos hace utilizar un leguaje quizás más prosaico, pero no menos excelente. Pensemos que en una orquesta sinfónica es tan necesario el sonido grave del trombón, como el virtuoso del violín. Y que, para comprender ampliamente un idioma, hay que escuchar a todos los hablistanes y no sólo a los de exquisito verbo. Dijo Tagore que el bosque sería muy triste si sólo cantasen los pájaros que mejor lo hacen. Y llevaba razón. Como siempre.
Así pues reconozcamos orgullosos que, influenciadas por legados y costumbre, por clima y por paisaje, nuestra forma de vivir, como nuestro hablar, no es ni bonita, ni bella, sino que es ancha y llana; como ancha y llana es la luz de nuestro cielo; al igual que llana y ancha es la manera de trabajar de nuestras gentes, y del mismo modo que ancha y llana es el alma de los que aquí vivimos. Y que por ello, y por encima de todo, nuestra querida Mancha es ancha, llana y muy, pero que muy hermosa.

Febrero 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 12 de febrero de 2010

viernes, 29 de enero de 2010

La rotura

La rotura
Ramón Serrano G.

Un hombre iba un día por la calle (quizás muchos de ustedes lo sabrán) cuando se cruzó con una de esas mujeres que llaman la atención por su belleza. Alta, guapa, buen tipo. Tal vez, diez kilos de más. Eso que antes se decía una tía buena. Haciéndole los ojos chiribitas, le dijo:- Te doy cien por acostarme contigo. Ella se puso furiosa y, a voz en grito, lo puso verde: Que era un sinvergüenza, que qué se había creído, que por quién la había tomado,…Él insistió: -Te doy trescientos. Ella lo mismo: -Grosero, ineducado…Y él terco:-Bueno quinientos. Y así, impertérrito, fue subiendo la oferta al mismo tiempo que ella dulcificaba sus execraciones. Resumiendo. Cuando llegó en su proposición a los dos mil, ella le contestó:
-Está bien. Pero si es sólo una vez y no se entera nadie. Entonces el hombre, se dio la media vuelta y se alejó diciéndose a sí mismo: -Lo que se pierde uno por no tener dinero.
Hasta aquí lo que cuenta el cuento, o sea la actitud de él. Pero lo que nunca se dice es lo que ella quedó pensando sobre su propia integridad moral, y no me estoy refiriendo en si estuvo bien el regateo, o la elevación de la tarifa, sino a su autoestima. ¿Se tendría por lumia, o al no haber llegado a yacer con el extraño estimaría que seguiría intacta su honra? Está claro que la magnitud de una falta la agrava, pero quizás sea demasiado frecuente el que nos liberemos de culpa, si nuestro pecado ha sido sólo de deseo o nimio. Ya saben que el tío Evelio le dijo a su chica:- Me he “enterao” de que estás “preñá”. ¿Es cierto eso?- Y la pobre Robustianeja le contestó con cara de lástima: - Sí papa. Pero “mu” poco.
Lo cierto es que, bromas aparte, lo referido en estas dos anécdotas relacionadas con la sexualidad podría hacerse extensible a mil casos más. Pensemos en el jornalero que trabajando a destajo poda cien cepas en su jornada teniendo capacidad para hacerlo con ciento treinta. O en el patrono que paga diez siendo consciente de que debería remunerar, con justicia, al menos con quince. O en el estudiante que se conforma con sacar un 6 de nota final, sabiendo que con su saber y un pequeño esfuerzo añadido hubiera obtenido un 9. Y también, ¿por qué no decirlo? en el comportamiento de todos esos en los que ustedes y yo estamos pensando, y de los que ya vamos teniendo llena la cachimba.
Al principio se suele decir: “Total, por una vez”, para, al poco tiempo, acabar en: “Tampoco tiene tanta importancia”. Y es ahí donde radica el mal. En que tenemos establecida una difusa línea que marca los límites de la moralidad Y lo hace tanto, y de manera tan subjetiva, que podríamos preguntarnos: ¿se halla esa línea a la misma altura si quienes la tienen que sobrepasar somos nosotros mismos o son los otros ? Y lo malo es que no medimos siempre con el mismo rasero.
Como también podríamos pensar algo de ellos cuando actúan de ese modo tan correcto en apariencia, pero tan intrínsecamente incorrecto. Y ese algo es: ¿duermen tranquilos? ¿Piensan que sus manos están limpias? Porque este mundo que nos ha tocado padecer está saturado de actos y cosas difíciles, pero también las hay fáciles, muy fáciles. Y la que nos parece más sencilla de todas es ser severos para con los demás y a la vez implorar, o no, implorar no, estaría mejor dicho exigir, la mayor tolerancia hacia nuestras culpas. Para ello, lo mejor es autoconvencernos, como queda dicho, de que estas no tienen la categoría de tales, sino que son, como mucho, simples y pequeños desvaríos carentes de la menor importancia. Y lo que es peor: que no pasa nada porque todo siga así.
Craso error. Es sabido que la perfección prácticamente no existe, por muy meticulosos que seamos. Y que hay muchos casos en que las cosas funcionan, y funcionan bien, aunque no lo hagan perfectamente o con la mejor utilidad. Pero hay otros casos en los que no cabe la ambigüedad. El coche pierde fuerza, no alcanza su adecuado rendimiento, pero aún así podemos hacer muchos kilómetros. Puede que un altavoz distorsione, pero que la distorsión esté concentrada en el segundo y tercer armónico, y que no se acerque a un 10%, con lo que es muy probable que pase desapercibida para la mayoría. Pero en un cristal no ocurre esto. Está roto o no lo está, y se ve bien claro aunque se mantenga unido. Hay cosas, muchas cosas, infinidad de cosas, que no funcionan si tienen el más mínimo roce en sus engranajes o la rotura más pequeña en su estructura. Y hay cosas, muchas cosas, infinidad de cosas, que no deben llevarse a cabo, si al hacerlo, y aunque nadie lo perciba, nosotros sabemos con certeza que su funcionamiento o ejecución no son los idóneos. Que no se debe nunca tocar la guitarra si la prima y/o el bordón no están correctamente afinados.
Debemos estar siempre muy dispuestos a no llevar determinadas empresas a cabo, si para hacerlo no nos ajustamos a lo que sabemos que es lo ortodoxo. Debemos saber siempre muy bien cuándo y cuánto se necesita para que se produzca la rotura de la norma, y no sólo de la escrita o de la por todos sabida, sino de la que cada uno de nosotros, en nuestro fuero interno, sabemos que es la correcta.

Enero 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 29 de enero de 2010

jueves, 14 de enero de 2010

La luz

La luz
Ramón Serrano G.

Hay frases que son verdaderamente desafortunadas, o al menos, así me lo parecen. Unas, por inoportunas; otras, por incorrectas; y algunas como esas que no vienen a decir lo que parece que quieren decir, y conste que no deseo hacer de esto un trabalenguas. Hay alguna, hay muchas, pero está sobre todo esta a la que me voy a referir, y que pienso que está totalmente equivocada. Ahí va: “Fulanito de Tal vio la luz el día…” Y con eso de: vio la luz, se quiere decir que nació, que fue alumbrado. Pero para un servidor, ¡qué mal expresado está, mi alma!.
¿Que por qué está mal? Pues puede que sea por una absurda interpretación mía, pero yo lo veo de otra manera y voy a tratar de explicarlo. Así, podría comenzar diciendo que la mayoría de las palabras tienen varias acepciones, y parecería lógico que se tome siempre la que resalta a primera vista. En el caso que nos ocupa, cuando nace un ser humano, lo que ocurre es que abandona la ¿oscuridad? del vientre materno en la que se ha mantenido durante nueve meses y sale al “resplandor” de este mundo en que habitamos. Zutanita ha dado a luz, decimos. Luego, transcurrido un tiempo más o menos largo, ese ser cierra los ojos, con lo que deja de percibir esa luz que le ha iluminado a lo largo de su existencia.
Hasta aquí parece todo normal, pero tratemos de enfocarlo desde otro prisma. Con un punto de vista diferente, y que seguramente será una barbaridad al ser mío, pero como tal, lo defiendo. Veamos. Estaremos de acuerdo en que la luz es una fuente de energía que, producida por el Sol, o por cualquier otro sistema, se propaga en forma de radiación, y, reflejada por los objetos, actúa sobre el ojo, siendo la causa de que este pueda verlos. Pero esto se producirá siempre que tenga una determinada intensidad, ya que si esa magnitud no se halla dentro de unos límites, nuestra visión se hallará muy afectada, e incluso puede llegar a ser nula.
Pero vayamos por partes. Al producirse el alumbramiento, al amanecer de sus días, el neonato, con sus ojitos cerrados, quizás perciba la suave luz del alboreo. No lo sé, ya que mi ignorancia de medicina, como de tantas otras cosas, es supina. Pero lo que sí sé es que la luz es calor, y por ello sentirá en lo más íntimo, estoy seguro, unos desagradables cambios de temperatura, habituado como estaba al útero isotermo que hasta ese momento fuese su morada. En ese lugar en donde se le ha estado preparando convenientemente para poder enfrentarse a las duras pruebas que tendrá que superar.
Porque ese primer malestar no será nada en comparación con todos los que tendrá que sufrir a partir de ese instante. Al principio apenas lo notará, pero la luz, la terrible luz, irá in crescendo de forma horrible hasta llegar a hacerle daño. Un daño casi irreparable que le afectará perniciosamente mientras esté vivo. Sobre él, que todavía no lo sabe, se proyectarán a lo largo de su existencia muchas luces lacerantes. Flashes emitidos por seres avarientos; luminarias abrasadoras provenientes del odio; rayos devastadores emitidos por las injusticias, y otros muchos truenos y relámpagos que afectarán a su comportamiento y forma de ser.
Eso por el día, o sea, en la mitad de su vivir. Por la noche, en la otra mitad, las tinieblas le impedirán, o le harán muy dificultoso su avance y su desarrollo. Habrá de sufrir las penumbras del cáncer; lo tenebroso del paro; la oscuridad de la emigración; la calígine de las drogas; la ceguedad que conduce a la guerra. Todas ellas y muchas más, son situaciones que le habrán de sumergir en apocalíptica ceguera.
Después, en la última etapa de su vida, cuando la noche esté cercana, cuando sus ojos ya casi no distingan la luz y por tanto apenas vean, seguirán esos destellos, pero puede que su próxima y presentida muerte le lleve a la impasibilidad, muy sabedor de que la luz también es la solución de los problemas. Y él, ¡qué paradoja!, estará viendo ya la luz al final del túnel. De ese túnel deslumbrador a veces y a veces tenebroso que ha sido su existencia y que ha tenido que soportar de modo inmisericorde.
Entonces pensará en cómo ha sido esa vida y cuándo vio de verdad la luz. Recordará que esa visión no ocurrió a su llegada a este mundo. Que la luz estaba ya en el cariño de su madre, desde el mismo momento en que esta supo que iba a serlo. Y que luego, al final, cuando sus ojos se hayan cerrado para siempre, por una extraña taumaturgia, la luz, la auténtica luz, se mantendrá en él. Y él se servirá de ella de dos formas: la primera, entregándosela a los que le sucedan, que se verán iluminados con y por su recuerdo. La segunda, y según lo que muchos manifiestan, porque en algún lugar y en alguna hora, brillará para él la luz eterna.

Enero 2010
Publicado en ·El Periódico” de Tomelloso el 15 de nero de 2010

jueves, 17 de diciembre de 2009

La cartera y la carta

La cartera y la carta
Ramón Serrano G

Siempre que podíamos Luca y yo, escogíamos para nuestro deambular caminos y veredas, ya que estos, amén de ser más tranquilos y seguros, nos permitían ver mejor el campo y la naturaleza. Y un buen día, cuando caminábamos por una de estas cañadas, notamos las huellas que recientemente había dejado en ella el paso de algún ganado. El polvo estaba lleno de marcas de pezuñas, sobre él se veía gran cantidad de cagarrutas, y hasta el aire mantenía aun un ligero olor ovejuno y caprario. Fue entonces cuando mi amigó descubrió algo semienterrado, se fue hasta donde estaba, y me lo trajo en la boca.
Vimos que se trataba de una vieja cartera bastante percudida y rodeada de una goma que sujetaba lo que había en su interior. La curiosidad me hizo abrirla y descubrí en ella muchas cosas. Entre otras, algo de dinero, poco, una foto a la que los años le habían proporcionado un color sepia intenso y en la que se veía a una mujer que sería joven cuando la retrataron, pero que ya no debía serlo. Un billete de no mucho valor. Un almanaque de hacía cuatro años, que en su revés mostraba a la Giralda y unas hojas con varias cuentas manuscritas sobre la venta de algunas ovejas y cabras. Por lógica se le debía haber caído al pastor, pero por más que lo intentamos, ya no alcanzamos a verle, así que no pudimos devolvérsela.
Sin saber bien qué hacer con el hallazgo nos sentamos en un ribazo y seguimos esculcando el contenido de la cartera. En lo más oculto, casi escondida, tenía una carta que enseguida nos llamó la atención. Estaba cuidadosamente doblada y al desplegarla observamos que había sido escrita hacía bastantes años, a pluma, y con una caligrafía correcta y ya desusada. A sabiendas de que no era lo debido, la curiosidad pudo con nosotros y decidimos leerla. Decía así:
< Me veo cercano a la vejez, y esta es mesón de achaques, posada de enfermedades y vecina de la muerte, o sea, esa marcha a la que antes me refería. Aquellos no me arredran puesto que, como van llegando poco a poco, te acostumbras a ellos; las otras creo que con un poco de aguante y alguna ayuda sabré soportarlas, y a la última no le temo. Un día, cuando joven, sirviendo en la legión, tenía un compañero británico que decía siempre en su idioma: -Oh death where is thy sting? Y desde entonces aprendí a no temer a la muerte, a despreciarla, a no saber, o mejor dicho a ignorar, dónde está su aguijón.
Lo que sí nos hirió, y bastante, no fue el hecho de vuestra marcha, de la que no fuisteis culpables, por supuesto, ya que lo que os llevó a ella fue la obligada emigración para obtener, no sólo un corrusco de pan, que hasta eso me era difícil procuraros, sino, además, una vida un tanto digna. Pero estar separados de vosotros nos hacía insoportables a madre y a mí las muchas horas de trabajo y de vigilia, que el sueño se hizo raro acompañante desde que faltabais. Más que alimentos tragábamos lágrimas, tantas, que estas nos hubiesen ahogado si no las hubiéramos derramado constantemente. Nos acriminábamos de no haber sabido desarrollar bien nuestra misión educativa, desdeñando que nuestros medios y circunstancias no eran los idóneos para tal menester. Nos atribulaba el no haberos enseñado un oficio, un trabajo distinto a este mío, tan esclavo. Nos afligía que no supiéramos encontrar el medio para daros algún estudio, y que eso os pudo lancinar, más incluso que la enfermedad o la muerte. Que, acaso por comodidad, nos limitamos a tratar de eliminar cualquier posible mezquindad innata afanándonos en dirigiros por adecuados cauces, procurando, eso sí, con todas nuestras fuerzas que no fueseis malas personas y aun más, que fueseis buenos, diciéndoos como Quijano a Panza, que la sangre se hereda pero la virtud se aquista y que la virtud vale por si sola lo que la sangre no vale.
Con harto dolor hubimos de comprender que aquello no era vida, o que era, desde luego, inaguantable. Que aquello de correcto tenía poco y por ello, como lo que impele a la búsqueda de la razón es la imperfección, Menos mal que la compañía suele ser un albergue de consuelos y auxilios, con lo que empezamos a ayudarnos, diciéndonos algo que también quiero transmitiros, y que es que debes tratar de controlar tu destino, o este te controlará a ti. Essaié toi, la vie t’attend. Inténtalo, la vida te espera, que oíamos decir en Francia cuando íbamos allí a la vendimia.
Todo esto, así como lo que sigue, es el motivo de esta carta. Tened ánimo para vencer las dificultades, pero sobre todo consolaos, al igual que nosotros lo hacemos en casa. Pero ojo que esto no quiere decir que os resignéis tranquilamente con lo que os llegue. Son muchas las desgracias, reveses y avatares que pueden sobreveniros, mas todo tiene sus inconvenientes, pero también su final. Así que no desfallezcáis y luchar, que sólo con el esfuerzo podréis lograr……>>
Allí terminaba lo escrito, sin que pudiéramos adivinar por qué. Y en esas nos hallábamos, cuando vimos venir a un labrador en bicicleta. Le alcé el brazo para que se detuviese, paró para saludarnos y al vernos con la carta y la cartera en la mano mostró extrañeza. Lo noté y le dije: - Mire amigo, nos hemos encontrado esta cartera y por lo que hemos visto en ella debe pertenecer a algún pastor que andará por aquí cerca, pero al que no hemos podido encontrar. ¿Le conoce usted?
-Le conozco a él, reconozco su cartera, y me sé de memoria esa carta que tiene en sus manos, me contestó. Es de un buen amigo y un buen hombre. Un mal día sus hijos hubieron de dejarles a él y a su mujer, en busca de un trabajo difícil de encontrar. Se resignaron a ello malamente, pero lo peor fue que otro mal día les llegó la triste noticia de que los dos hijos habían muerto en un accidente laboral. Estaba redactando esa carta que me imagino que habrá leído usted y que él conserva con tanto cariño, tal y como la tuvo que interrumpir al desaparecer los destinatarios. Si no le importa, démela, que yo se la entregaré dentro de un rato, cuando pase por su casa. Esa cartera, con esa carta, es lo que más quiere en este mundo.

Diciembre 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de diciembre de 2009

jueves, 26 de noviembre de 2009

..y lo correcto? (2)

…lo ¿correcto? (y 2)
Ramón Serrano G
“In aequo est dolor amissae rei et timor ammittendae”.- Séneca

-Indudablemente Luca, lo que me has contado tiene un buen meollo y es difícil decantarse por una u otra postura. Y en eso se parece tu historia a la mía, puesto que ninguna muestra un camino claro para llegar al final, digamos más correcto. O, al menos, es cierto que me ha ocurrido lo que a ti, que no lo he sabido hallar. Pero vamos con el relato, y a ver qué opinas.
-Fue hace unos años, que salí a cenar con unos compañeros los cuales, por el debido cumplimiento de su jornada laboral del día siguiente, se retiraron pronto. Y ocurrió que al poco, sin ser muy tarde y pese a no ser bebedor, me encontré sentado en la barra de un bar, con un vaso de algo desconocido entre las manos. A mi lado se hallaba un hombre bastante mayor que yo, a quien le habían servido una copa que no había probado. Miraba, sin verlas, las botellas que había en el anaquel que tenía enfrente, pero se le notaba abstraído, como ausente. Era obvio que su cabeza estaba muy lejos de allí. Durante un largo rato estuvo en silencio, pero de pronto volvió la cabeza hacia mí y con voz deprecante me dijo:
-Amigo (¿por qué a esas horas encontrará uno tantos amigos, pensé yo para mis adentros?), ¿querría usted hacerme un favor?
- Y ¿por qué yo?, le contesté con recelo.
- Porque no nos conocemos de nada y porque tiene usted cara de buena persona. Consiste tan sólo en que escuche una rara historia, la mía, y luego, si puede, me aconseje el camino a seguir como mejor sepa y quiera.
-Si se trata de eso lo haré con todo el gusto del mundo, respondí. En cuanto a lo del consejo, no me fiaría yo mucho del valor que pueda tener mi recomendación. Pero dígame, dígame cuanto quiera, por favor.
Y, con cara de agradecimiento, empezó a contarme, más o menos, lo que sigue. Había pasado ya de los sesenta, de los que casi cuarenta llevaba casado. Pese a no haber tenido hijos, su vida había sido muy feliz en todos los órdenes: familiar, laboral, social o económico. Y que sin haber conseguido logros extraordinarios, su status general se había hallado siempre y se hallaba ahora muy por encima de la media.
Pero hete aquí que hacía unos días se había enterado por una rara casualidad, y en absoluto secreto, de que su mujer, con la que había convivido y seguía conviviendo en la mayor felicidad, había tenido un affaire con otra persona durante algunos meses, aunque de esto ya hacía más de veintitantos años. Su problema, su enorme problema ahora era saber qué actitud tomar. Por supuesto, este desagradabilísimo suceso no lo conocía hoy nadie de sus familias o amigos, ni tendrían conocimiento de ello si él se lo callaba. Ni siquiera ella sabía que él se había enterado de su desliz. Nadie podría juzgarle si dejaba todo como estaba. Tan sólo los dos cónyuges y quien se lo había dicho, cuyo posterior silencio era seguro. Pero aunque lo ignorasen los demás, lo sabía él, y eso ya era mucho. Tal vez, demasiado.
- Ahora que estoy enterado, comprenderá que es una situación sobre la que no puedo pedir consejo a los amigos porque quizás me tildarían de gurrumino Pero ¿qué hago? La sigo tratando con mimo y ternura como…iba a decir como se merece. O por el contrario rompo con todo y mando al garete nuestro pasado y nuestro futuro por lo conocido recientemente. Por favor, aconséjeme. Dígame qué debo hacer, que llevo dos días como loco.
De entrada, y para ganar algo de tiempo, le hice varias preguntas, cuya respuesta corroboró lo ya dicho. Súbitamente tomé la firme posición, aun no sé si acertada o errónea, de tratar a toda costa de evitar un trauma. Me vino a la memoria un clásico y comencé diciéndole:
-Mire, el filósofo cordobés Séneca afirmaba que van a la par el dolor por la cosa perdida y el temor por lo que se puede perder. Y pienso yo, amigo, que esta sentencia podría serle de aplicación. Estamos ante una infidelidad, o dicho de otro modo, ante algo que no llegó a romperse, y aunque ignorado por todos, estuvo durante algún tiempo discurriendo por álveos erróneos. Eso le tiene que herir, y es lógico. Pero tratemos de simplificar el problema obviando su contemplación desde muchos prismas.
-Cuando uno adquiere un compromiso amoroso, lo hace en base a ser el único en la vida del otro, condición esta que no siempre se cumple. Quizás usted no haya sido siempre escrupulosamente fiel y haya hecho algo similar, con menor duración en el tiempo tal vez, acaso con diferentes personas, lo que es aun peor incluso, pero igual de trascendente en el fondo. Ante esto tenemos tres posturas. Una podría ser buscar las causas. Pudo ser el deseo de tener algo que le faltaba en su hogar, aunque también una aventura, un capricho. Si fuese esto, hallando el motivo, se evitaría la reproducción, aunque dado el tiempo transcurrido, no es previsible. La segunda, y muy importante, es reaccionar comprensiblemente. Como quisiéramos que lo hiciese nuestra pareja. La tercera, calibrar la trascendencia personal y social del hecho. Y si estas no se dan, o son imperceptibles, ¿por qué no ha de procurar ser feliz? Ese algo ¿debe oscurecer de una forma atropellada el recuerdo de toda una vida y su porvenir? Los males nos deben afectar, a veces, según sus consecuencias. Y quizá “aquello”, cuya importancia puede ser ingente o tan sólo una poquedumbre, no ha de ser motivo para tirar por la borda un futuro prometedoramente agradable.
-Lo que le voy a decir ahora es lo menos importante, pero también ha de tenerse en cuenta. Pensemos que las costumbres han cambiado, y mucho. Antiguamente, cuando uno iniciaba relaciones solía presumir hasta de que su novia no había bailado. Normalmente hoy nadie se preocupa de las relaciones anteriores de la pareja, siempre que ellas no oscurezcan o enturbien las actuales. Dicho con otras palabras: si alguien encontrase un montón de Krugerrand, ¿le importaría lo más mínimo que esas monedas hubiesen tenido en su día otro dueño? No, verdad. Pues hágame caso, calle, siga viviendo como hasta ahora y sea feliz con su mujer.
-Sus palabras me sirven de mucho, pero no tanto como para tomar ya una decisión, me dijo. ¿Volverá por aquí mañana? Si lo hace a esta misma hora, vendré para contarle cuál será mi proceder.
Dicho esto, se marchó. Yo, Luca, volví al sitio no una, sino varias noches, pero él no lo hizo y nunca supe que camino había elegido.
-Te digo Luis, que tampoco es sencillo hallar un efugio para esa situación. Así que, si te parece, dejémoslo por hoy, pero prométeme que hemos de volver pausadamente sobre estos temas.
Noviembre 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 27 de noviembre de 2009