jueves, 26 de noviembre de 2009

..y lo correcto? (2)

…lo ¿correcto? (y 2)
Ramón Serrano G
“In aequo est dolor amissae rei et timor ammittendae”.- Séneca

-Indudablemente Luca, lo que me has contado tiene un buen meollo y es difícil decantarse por una u otra postura. Y en eso se parece tu historia a la mía, puesto que ninguna muestra un camino claro para llegar al final, digamos más correcto. O, al menos, es cierto que me ha ocurrido lo que a ti, que no lo he sabido hallar. Pero vamos con el relato, y a ver qué opinas.
-Fue hace unos años, que salí a cenar con unos compañeros los cuales, por el debido cumplimiento de su jornada laboral del día siguiente, se retiraron pronto. Y ocurrió que al poco, sin ser muy tarde y pese a no ser bebedor, me encontré sentado en la barra de un bar, con un vaso de algo desconocido entre las manos. A mi lado se hallaba un hombre bastante mayor que yo, a quien le habían servido una copa que no había probado. Miraba, sin verlas, las botellas que había en el anaquel que tenía enfrente, pero se le notaba abstraído, como ausente. Era obvio que su cabeza estaba muy lejos de allí. Durante un largo rato estuvo en silencio, pero de pronto volvió la cabeza hacia mí y con voz deprecante me dijo:
-Amigo (¿por qué a esas horas encontrará uno tantos amigos, pensé yo para mis adentros?), ¿querría usted hacerme un favor?
- Y ¿por qué yo?, le contesté con recelo.
- Porque no nos conocemos de nada y porque tiene usted cara de buena persona. Consiste tan sólo en que escuche una rara historia, la mía, y luego, si puede, me aconseje el camino a seguir como mejor sepa y quiera.
-Si se trata de eso lo haré con todo el gusto del mundo, respondí. En cuanto a lo del consejo, no me fiaría yo mucho del valor que pueda tener mi recomendación. Pero dígame, dígame cuanto quiera, por favor.
Y, con cara de agradecimiento, empezó a contarme, más o menos, lo que sigue. Había pasado ya de los sesenta, de los que casi cuarenta llevaba casado. Pese a no haber tenido hijos, su vida había sido muy feliz en todos los órdenes: familiar, laboral, social o económico. Y que sin haber conseguido logros extraordinarios, su status general se había hallado siempre y se hallaba ahora muy por encima de la media.
Pero hete aquí que hacía unos días se había enterado por una rara casualidad, y en absoluto secreto, de que su mujer, con la que había convivido y seguía conviviendo en la mayor felicidad, había tenido un affaire con otra persona durante algunos meses, aunque de esto ya hacía más de veintitantos años. Su problema, su enorme problema ahora era saber qué actitud tomar. Por supuesto, este desagradabilísimo suceso no lo conocía hoy nadie de sus familias o amigos, ni tendrían conocimiento de ello si él se lo callaba. Ni siquiera ella sabía que él se había enterado de su desliz. Nadie podría juzgarle si dejaba todo como estaba. Tan sólo los dos cónyuges y quien se lo había dicho, cuyo posterior silencio era seguro. Pero aunque lo ignorasen los demás, lo sabía él, y eso ya era mucho. Tal vez, demasiado.
- Ahora que estoy enterado, comprenderá que es una situación sobre la que no puedo pedir consejo a los amigos porque quizás me tildarían de gurrumino Pero ¿qué hago? La sigo tratando con mimo y ternura como…iba a decir como se merece. O por el contrario rompo con todo y mando al garete nuestro pasado y nuestro futuro por lo conocido recientemente. Por favor, aconséjeme. Dígame qué debo hacer, que llevo dos días como loco.
De entrada, y para ganar algo de tiempo, le hice varias preguntas, cuya respuesta corroboró lo ya dicho. Súbitamente tomé la firme posición, aun no sé si acertada o errónea, de tratar a toda costa de evitar un trauma. Me vino a la memoria un clásico y comencé diciéndole:
-Mire, el filósofo cordobés Séneca afirmaba que van a la par el dolor por la cosa perdida y el temor por lo que se puede perder. Y pienso yo, amigo, que esta sentencia podría serle de aplicación. Estamos ante una infidelidad, o dicho de otro modo, ante algo que no llegó a romperse, y aunque ignorado por todos, estuvo durante algún tiempo discurriendo por álveos erróneos. Eso le tiene que herir, y es lógico. Pero tratemos de simplificar el problema obviando su contemplación desde muchos prismas.
-Cuando uno adquiere un compromiso amoroso, lo hace en base a ser el único en la vida del otro, condición esta que no siempre se cumple. Quizás usted no haya sido siempre escrupulosamente fiel y haya hecho algo similar, con menor duración en el tiempo tal vez, acaso con diferentes personas, lo que es aun peor incluso, pero igual de trascendente en el fondo. Ante esto tenemos tres posturas. Una podría ser buscar las causas. Pudo ser el deseo de tener algo que le faltaba en su hogar, aunque también una aventura, un capricho. Si fuese esto, hallando el motivo, se evitaría la reproducción, aunque dado el tiempo transcurrido, no es previsible. La segunda, y muy importante, es reaccionar comprensiblemente. Como quisiéramos que lo hiciese nuestra pareja. La tercera, calibrar la trascendencia personal y social del hecho. Y si estas no se dan, o son imperceptibles, ¿por qué no ha de procurar ser feliz? Ese algo ¿debe oscurecer de una forma atropellada el recuerdo de toda una vida y su porvenir? Los males nos deben afectar, a veces, según sus consecuencias. Y quizá “aquello”, cuya importancia puede ser ingente o tan sólo una poquedumbre, no ha de ser motivo para tirar por la borda un futuro prometedoramente agradable.
-Lo que le voy a decir ahora es lo menos importante, pero también ha de tenerse en cuenta. Pensemos que las costumbres han cambiado, y mucho. Antiguamente, cuando uno iniciaba relaciones solía presumir hasta de que su novia no había bailado. Normalmente hoy nadie se preocupa de las relaciones anteriores de la pareja, siempre que ellas no oscurezcan o enturbien las actuales. Dicho con otras palabras: si alguien encontrase un montón de Krugerrand, ¿le importaría lo más mínimo que esas monedas hubiesen tenido en su día otro dueño? No, verdad. Pues hágame caso, calle, siga viviendo como hasta ahora y sea feliz con su mujer.
-Sus palabras me sirven de mucho, pero no tanto como para tomar ya una decisión, me dijo. ¿Volverá por aquí mañana? Si lo hace a esta misma hora, vendré para contarle cuál será mi proceder.
Dicho esto, se marchó. Yo, Luca, volví al sitio no una, sino varias noches, pero él no lo hizo y nunca supe que camino había elegido.
-Te digo Luis, que tampoco es sencillo hallar un efugio para esa situación. Así que, si te parece, dejémoslo por hoy, pero prométeme que hemos de volver pausadamente sobre estos temas.
Noviembre 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 27 de noviembre de 2009

jueves, 12 de noviembre de 2009

¿Lo justo y .. (I)

Lo justo y.. ( I )
Ramón Serrano G.

-Luca, te propongo un juego. Tú me cuentas algún caso raro que hayas vivido o del que tengas noticia, y luego te cuento yo a ti otro, a ver cuál es más sustancioso, extraño o sapìente. Venga, te dejo “salir”.
Tras aceptar el reto, traté de recordar alguna cosa que no le hubiese contado anteriormente, y cuando la tuve en la cabeza, le dije a Luis:
-Un día escuché leer del Evangelio un párrafo de Mateo, y desde entonces, cada vez que pienso en él no sé, pero no acabo de juzgar debida y definitivamente la actuación del protagonista. Puede que lo hayas oído. Decía que un hombre salió a la plaza a primera hora de la mañana a fin de contratar obreros para su viña. Habiéndolos ajustado en un denario al día, los manda allí. Vuelve a salir hacia la hora tercia y al ver a otros en la plaza que estaban parados les dice: “Id a mi viña y os daré lo que sea justo”.
-Permíteme Luis, que interrumpa en este momento mi relato, pero quiero pedirte que recuerdes con exactitud las últimas palabras que acabo de decirte. Y ahora, continúo. Volvió a ocurrir lo mismo a las horas sexta y undécima, en las que el propietario tornó a la plaza, vio de nuevo obreros parados, también los contrató y los envió a la viña. Al atardecer mandó retribuir a los trabajadores y todos, tanto los de la hora undécima como los que habían ido llegando antes, cobraron cada uno un denario. Murmuraban los del amanecer, ya que los de la hora undécima sólo habían trabajado una hora mientras que ellos estuvieron aguantando todo el día el esfuerzo y el calor. Les oyó el propietario y le dijo a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. Te contraté por un denario, así que tómalo y vete. Yo con mi dinero puedo hacer lo que quiera”. Y hasta aquí la historia. Ahora me agradaría conocer tu opinión sobre cómo obró el amo de la viña.
-Pues mira Luca, lo primero que se me ocurre, así, a bote pronto, es que, basándome en lo expuesto, el hombre hace dos cosas completamente correctas. Una, es pagar religiosamente lo acordado y, otra, disponer con liberalidad de su peculio. Por ello creo que actuó bien.
-Tu contestación es normal, Luis, pues tú sabes que cuando se lee o se oye algo instintivamente tendemos a darlo por cierto. Pero luego, después de analizado, puede que ya pensemos otra cosa. He de decirte que cualquiera que hubiese sido tu posición yo hubiese tomado la contraria, pues este problema lo he enfocado muchas veces desde los dos prismas y nunca quedé satisfecho. Además, no se trata de que obrara bien, que sí lo hizo. La cuestión es si fue justo su proceder.
- Creo que sí lo fue. ¿Por qué no iba a serlo? Obró con arreglo a un contrato verbal y eso es actuar en justicia. Para mí, repito, fue correcto.
- Ahí está la cuestión. Efectivamente aquel hombre actuó de manera legal y correcta. De eso no hay duda. Pero piénsalo con detenimiento y dime: ¿fue justo? Recuerda que sus palabras para con los primeros trabajadores fueron que cobrarían un denario, pero a los demás les dijo exactamente: “os daré lo que sea justo”. Te hice hincapié en que recordases precisamente estas palabras: “lo que sea justo”. Y la primera definición que nos da el diccionario de este término es que es aquello que cada uno obtiene de acuerdo con sus merecimientos, Es la justicia distributiva, y así aparece ya en el Libro de los castigos, de Sancho IV de Castilla.
-Similar es la justicia equitativa, que consiste igualmente en dar a cada cual como corresponde a sus méritos. Y méritos son las circunstancias y acciones por las que alguien merece algo deseable. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, dice que lo equitativo y lo justo son una misma cosa, siendo buenos ambos. De ahí que lo equitativo no sea incompatible con la justicia. En cualquier caso, la dificultad puede estribar en que lo equitativo, siendo lo justo, no sea lo justo según la ley. Que casos se han dado.
-Entonces, según tú, ¿qué debería haber hecho?, dijo Luis.
-Pues ya te digo que siempre he tenido, y tengo, muchas dudas al enfocar esta actitud. Puede que el fallo esté en que no abonó los trabajos proporcionalmente al dar de más a unos y lo justo a los otros, lo que lleva la cuestión a una especie de agravio comparativo. Este ya sabes que es el que se produce cuando se da el mismo trato a personas en distinta situación. En nuestro caso el trato es de tipo numerario, pero, a mi entender, es posible que haya agravio y, por supuesto, injusticia. He pensado incluso en que podría haber llevado a cabo su generosidad sin que ninguno hubiese sabido lo cobrado por los demás. Creo que se puede obrar siempre que se quiera favoreciendo a unos, pero procurando que los otros no se sientan lesionados u ofendidos. Pero ya te digo mi querido amigo que no tengo una certeza plena de saber enjuiciar correctamente este enredo. Aunque de tomar bandería, me inclino por un cierto agravio a la justicia.
-El tema es muy interesante, Luca, y digno de ser debatido muy detenidamente, así que luego lo vemos despacio. Ven, vayamos ahora a saludar a Don Delfín, el Maestro, que viene por allí. Después te expondré mi caso, me das tu opinión al respecto, y hablamos de ambos a ver si sabemos resolverlos adecuadamente.
Noviembre 2009

jueves, 29 de octubre de 2009

El hórreo

El hórreo
Ramón Serrano G.
Para Alfonso. R. M., un asturiano de Llanes afincado en Tomillares.

Una de las mayores satisfacciones que nos podemos proporcionar es visitar cualquier lugar de nuestra bellísima España, pues pocos países hay en el mundo que tengan tanta diversidad y tanta maravilla como el nuestro posee. En todos los aspectos: paisajes, cultura, monumentos, gastronomía, lo que ustedes quieran, lo tenemos a montón en todas las regiones y provincias. Así que hoy, si gustan, les invito a que me acompañen a un muy somero, pero deleitoso, viaje por Asturias.¡Qué guapiña yes!
Y del Principado, aun a sabiendas de que es precioso en su totalidad, desde Castropol a Colombres, sólo me voy a ocupar de algo que me llamó poderosamente la atención la primera vez que lo vi. Es un mueble, aunque nadie lo diría pues parece una edificación: lo conocemos como hórreo. Sí, me estoy refiriendo a esa construcción del norte hispano, consistente en un granero de madera o piedra que se eleva del suelo mediante pilares o “pegollos”, los cuales terminan sosteniendo unas placas o ménsulas, los “tornarratos”, colocados para impedir el acceso de los roedores. Con una escalera o “patín” separada un tanto del piso; la puerta principal orientada siempre al sur o al este, y otra opuesta a ella para favorecer la ventilación interior, que se consigue de ese modo y con las ranuras de las paredes.
Su uso principal es el almacenamiento de aperos de labranza, pero sobre todo, de maíz, fabes, patatas, grano, etc., aunque también se hayan llegado a utilizar hasta como dormitorio. Pero principalmente en ellos, y defendiéndose del orbayu, se hacían labores agrícolas como esfoyar (desprender las hojas al maiz) o esbillar (descascarar los frutos secos). Recordemos que los hórreos tienen cuatro patas o pilares, y que a los de seis, u ocho, se les llama paneras. Todos son tan hermosos que me pasaría un día entero describiéndolos, desde los “pilpayos” al “canta paxarinos”. Qué bonito aquello de: “Paxarinos que vais cantando, decidle a ella,…”.
Quiero aclarar, por último, que califiqué antes al hórreo como mueble sencillamente porque lo es. Desde luego no es un inmueble, y el poseerlo, no conlleva a su propietario al pago del I.B.I. Por otra parte, en su primitiva construcción no se utilizan clavos metálicos de ningún tipo, lo que permite armarlo y desarmarlo con relativa facilidad. Y, de hecho, muchos han sido transportados de un sitio a otro.
Un buen día, contemplando uno de ellos, alguien me sorprendió diciéndome cómo lo había definido el gran maestro Ortega y Gasset. Y yo, pese a mi escaso caletre, pero pensando que de sabios y de viejos es bueno aconsejarse, comencé a filosofar sobre lo que venía a representar la figura del hórreo. Entonces imaginé a los antiguos astures ideando el modo de poder conservar lo mejor posible aquello que tanto les había costado conseguir y que más tarde habría de servirles de sustento. Lo tenían todo en su contra. El clima, húmedo y frío. Las tierras, montañosas y poco productivas, aunque muy valedoras para llindiar vaques y elaborar sidrina. El entorno, muy arbolado, capaz de cobijar cantidad de roedores y alimañas, ávidos de alimentarse con lo ajeno. En verdad que había muy poco en su favor. Pero supieron lograrlo.
La trabajosa forma de vivir de los humanos había sido desde siempre de ese modo y posiblemente lo sea también ahora: luchar lo tantas veces dicho, y lo indecible, contra las inclemencias del tiempo y frente a los depredadores y bicharracos de todo tipo para poder conseguir la subsistencia, la manduca, la vida decorosa. Y luego, y puede que esto fuera lo más importante pese a lo mucho que costó ganarla, poderla conservar para cuando fuese menester. Los viejos aprendieron a costa de tiempo, de sudor y de sufrimiento. Y diéronse cuenta pronto de que hay que saber ganar, pero que por igual hay que saber guardar. Vinieron en recordar el sueño de José, hijo de Jacob, tal y como se relata en el Génesis, 41, donde dice que a la abundancia sucede la escasez y hay que estar preparados para ella. Es aquello de las vacas y las espigas flacas, y la entrega de un quinto de lo cosechado para poder soportar después los períodos de poqueza.
Pero no siempre el hombre ha actuado con esa cordura, sino que ha sido proclive en dilapidar lo conseguido. Muchas de las veces pensó que quien gana cien puede ganar doscientos, sin recapacitar en que las fuerzas, las posibilidades y las circunstancias que han de darse para obtener un beneficio no son siempre fijas. Porque es más que sabido que el camino hacia la riqueza y el bienestar depende de dos condiciones: el trabajo y el ahorro. Pero si fallare alguno de estos, ese camino se torcerá, se llenará de abrojos y tríbulos y se dirigirá a la pobreza.
Miré de nuevo al hórreo, y aunque arcaico en apariencia, volvió a mostrárseme, firme, hermoso, tal vez algo tosco, pero seguro y eficaz. Y también de nuevo recordé lo dicho sobre él por el filósofo Ortega: “Un hórreo no es sino el templo de una religión muy vieja, donde lo fuera todo el dios que asegura las cosechas”.

Octubre 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 30 de octubre de 2009

jueves, 15 de octubre de 2009

el miedo

El miedo
Ramón Serrano G.
“Sancho, el miedo te hace que no veas ni oigas a derechas, porque uno de les efectos del miedo es perturbar los sentidos”. Don Quijote.- Parte I.- Capítulo XVIII.

Aquella tarde, en nuestra andadura, Luis y yo, nos habíamos quedado demasiado tiempo extasiados ante los distintos y hermosos colores que mostraban los árboles en la otoñada y algún que otro rato oyendo el canto aflautado de una oropéndola, cosa un tanto inusual en estas fechas, por lo que la noche vino a echársenos encima sin que nos diéramos cuenta. De cualquier forma vimos las luces del pueblo no muy lejanas y apretamos un poco el paso para, aunque nadie nos estuviese esperando, no llegar demasiado tarde. Y cuando ya casi adivinábamos, más que veíamos, el camino, se me ocurrió decirle:
- Oye Luis, pese a que poco o nada nos puedan hacer o quitar, a ti no te da miedo andar a estas horas por estos parajes tan solitarios.
- Pero tú Luca, ¿sabes lo que es el miedo? -me contestó-. Creo que no. Pero para que lo comprendas un poco te voy a contar una historia que me ocurrió cuando niño. Por aquellos entonces mi padre cambió nuestro domicilio a otra ciudad, y en aquella a la que llegamos me hice pronto amigo de los chicos del barrio, los cuales, entre otras muchas cosas, me hablaron enseguida del maestro que me encontraría en cuanto fuese a la escuela. “Tiene un genio irascible, es exigente en extremo y severo e inclemente en sus castigos” -me decían- y yo adivinaba en sus palabras y sus gestos un verdadero temor al profesor. Y mientras los demás le temían, yo estudié cuanto pude, aprendí luego, y llegué a descubrir después su verdadera forma de ser. Mis compañeros estaban completamente equivocados. El maestro era estricto en el cumplimiento de sus obligaciones docentes y le irritaba que los muchachos perdiésemos el tiempo tontamente. Pero no había que tenerle miedo porque no era malo. De hecho no podía ser malo, pues está demostrado que los maestros, como las madres, sólo hay uno malo entre cien millones.
- Sin embargo, continuó, está claro que el miedo existe y que hay muchas clases de miedo. Hay un miedo lógico, como el que padece el hombre que está solo en una barquichuela en el mar en medio de una gran tormenta. Ahí sí aparece el miedo justificado, ya que lo contrario sería algo tan temerario como irreflexivo. Está luego el inane, que es este que tú has apuntado, porque ¿quién nos va a atacar y para qué? Es el mismo que sufre aquél que teme fracasar en su actuación ante un determinado evento, teniendo dotes y sabiduría para salir airoso.
- Pues quizás sea por esa variedad, le dije, o por aquello que tiene de cierto atractivo aunque este sea morboso, a mí, en verdad, me parece muy atrayente este tema que ha salido hoy a relucir. Tú bien sabes que del miedo han hablado muchas y muy sesudas gentes, y a lo largo de todos los tiempos. Por ejemplo de él, decía Sancho: el miedo tiene muchos ojos y ve las cosas debajo de la tierra, cuanto más encima del cielo. Sabes también que se tiene dicho que hay gentes que ganan un dinero y luego les atosiga el miedo a perderlo. Y habrás oído que el instinto social de los hombres no se basa en el amor a los demás sino en el miedo a la soledad.
- He oído y he leído muchas cosas y sucesos acerca del miedo, amigo Luca. Pero te digo que según mi pobre criterio este sentimiento no debería existir. En suma no es sino una situación afectiva en la que una persona ve ante sí un peligro o un padecimiento y teme a los daños físicos o anímicos, que puedan sobrevenirle por su causa. Y la mayoría de las veces, en esos momentos, la persona no obra convenientemente.
- ¿Por qué?, le pregunté.
- Porque en las más de las ocasiones, se acobarda, y se esconde o huye, cuando lo que debería hacer es estudiar a fondo ese peligro, conocer su causa y su esencia, y tratarlo debidamente. Así, si es eluctable, debe anularlo, y si fuese infranqueable debe tener la arrogancia y la altivez de saber soportarlo con tósigo, pero sin miedo. Llevas razón al decir que muchos viven medrosos de perder lo ya conseguido, sobre todo si ello tiene cierta importancia. Pero si lo pensaran bien no estarían así, sabedores de que quien ha sido capaz de conseguir algo una vez, puede hacerlo de nuevo cuando de nuevo lo intente.
- Entonces, le dije, ¿sólo tienen miedo los cobardes?
- No, repuso de inmediato. Los valientes lo sufren igualmente, pero su mérito está en que saben sobreponerse a él. Esto ya lo afirmaba Shantideva, un sabio hindú del siglo VIII de nuestra era, al decir que no es posible controlar todas las circunstancias que te rodean y que pueden tener influencia sobre ti. Porque, si controlas tu mente, ¿qué necesidad tienes de controlar todo lo demás?
-Pues habré de creer que a lo único que hay que temer es a la muerte.
- Ni mucho menos, me cortó mi amigo. A esa menos que a nadie. Si acaso hemos de temer a algo, será a lo desconocido. Pero nada es más seguro que la llegada de la guadañadora. Así pues, espérala tranquilo. Y para ello, lo mejor es un buen comportamiento en todos los aspectos: trabajar sin desmayo, pero sin codicia, que avidez sólo se debe tener por la cultura. Holgar, cuando se tercie. Fomentar la amistad, siempre. Con eso y con algún que otro consejillo más que podría darte, no te importará en absoluto su venida, tanto si eres creyente, como si no. Porque si lo eres, con ella te irás al empíreo, y si no lo eres, con su abrazo dejarás para siempre los padecimientos de este valle de lágrimas. No. No tengas miedo a la muerte ni a nada si obras siempre con honradez y derechura.
Octubre 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 16 de octubre de 2009

jueves, 1 de octubre de 2009

Y otros muchos

Y otros muchos
Ramón Serrano G.

Está claro que los hombres no obramos siempre con la ecuanimidad que debiéramos. Y yo, en mi modestia, me acuso de haber pecado de injusticia por no haber sacado antes a la luz estas líneas que hoy escribo, siendo consciente de que lo debería haber hecho tiempo ha. Vaya, entonces, por delante mi sentida confesión de la culpa y mi contrición.
Pero voy a mi relato. En muchas ciudades se pueden ver afortunadamente estatuas, obeliscos, arcos o padrones, levantados en honor de héroes, prohombres, científicos y artistas, que llevaron a cabo actos, hicieron descubrimientos o crearon obras, siendo dignos todos ellos del recordamiento y la gratitud de los que les sobrevivieron, y/o de sus paisanos, ya que bastantes de estos monumentos se hallan en el lugar natal del homenajeado. Innecesario citar ejemplos ya que son bastantes, están en muchos lugares y son, la mayoría, sobradamente conocidos.
Hay sitios en los que, con igual merecimiento, se han implantado estatuas no dedicadas a nadie en particular sino a algún oficio, y ubicadas allí, porque en esos lugares ese trabajo representado está, o ha estado, muy generalizado. Como muestra de lo dicho, citaré la del “Cenachero” en la plaza de la Marina en Málaga, la del vendedor de navajas en la Plaza del Altozano de Albacete, la de “A palilleira” en Camariñas, o la del ferroviario en Alcázar de San Juan, frente a la estación de Renfe.
Y digo que están muy bien esos testimonios de reconocimiento a los llamados grandes o famosos, pero es una pena que no pensemos en que, por igual, se debería rendir público testimonio de homenaje a aquellos que no lo fueron, ya que aparentemente no hicieron nada extraordinario, nada prodigioso. Pero la verdad es que sí realizaron algo que los hacía sobresalir y ser distintos a los demás. Supieron VIVIR, así con mayúsculas, y supieron también hacer VIVIR, así con mayúsculas, a todos sus convecinos. Y al hablar de vivir me estoy refiriendo a la mejor de las acepciones que este verbo pueda tener. Sabían cumplir fiel, callada, alegre y honrosamente con su labor cotidiana, con sus deberes laborales y con sus compromisos sociales. Quizás parecerá poco, pero era mucho su saber.
Y este adimplemento lo llevaban a cabo de forma alegre, sin aspavientos ni alharacas, y nos lo contagiaban a los demás, consiguiendo que todos nos sintiéramos complacidos de tratarlos y de tenernos como amigos suyos. Dejaban entrever su comportamiento con una forma de ser del individuo mucho más moral, más humana, más extrovertida que la idiosincrasia del hombre común. Era el suyo un proceder que venía a desembocar en hermosa herencia ya que muerto su cuerpo, sus ideas y sus maneras, su alma en suma, ese espíritu que se habían ido construyendo a sí mismos, eran para nosotros un muy buen patrón a seguir.
Desgraciadamente, esa raza ya está casi perdida. Hoy los individuos estamos clonados peyorativamente por el trabajo, las prisas, las ambiciones y las necesidades, y no ya por las obligatorias, sino por las auto-impuestas para poder conseguir esto, aquello o esotro, que en el fondo ni necesitamos ni nos proporciona paz o felicidad, pero que como lo tiene el vecino, el hermano o el compañero, hemos de tenerlo nosotros también. Y así, nuestro actuar monótono, acre, cariacedo, casi álalo y demasiado propenso al improperio o al exabrupto.
Y porque ya no solemos encontrar seres como aquellos, siguen estando en mi memoria personajes como el “Pipiso” o Carlines, de Argamasilla de Alba. “Pichi”, Pedro Carrasco o Teocles, de Socuéllamos. Maturras o Reve, de Villahermosa. A estos la mayoría de ustedes no les conocieron, pero para que se hagan una idea, eran de la misma forma de ser que estos que les voy a relacionar ahora y de los que sí se acuerdan, y muy bien, los que frisan mis años.
Me parece estar viendo a los “Guadinas” en su taller de zapatería en la calle Carboneros. Eran Samuel, el mayor, Octavio, el alma del negocio y Francisco, el más joven. Este, con un humor envidiable, capaz de hacer reír al lucero del alba. Y los tres del Atlethic de Bilbao. O a Tomás Blanco, el sastre, un hombre bueno hasta dejárselo de sobra. “Juaninas” el trapero, que solía aparecer para delicia de la chiquillería con su carro entoldado cargado de “tesoros” y se “dejaba engañar” dándonos a cambio de una pellica de conejo o de unas viejas alpargatas, una flauta o un trompo. Jesús Sánchez, el panadero de la calle Toledo, afable y socarrón, y al que nombrábamos como Don Jesús de Boca de Fragua. Federico, el de la Elodia, que trabajaba veinticinco horas al día, y en las tórridas siestas veraniegas se recorría el pueblo para que los muchachos le comprásemos algún polo, que los chiquillos de entonces no teníamos para helados. Lucio “Chaqueta”, agente de ventas vinateras, siempre con su magnífica bicicleta y su enorme boina, ocurrente, de perenne buen humor y amigo de todo el mundo. O Pura “la Torrera”, recadera de profesión, la cual, pese a ser analfabeta, iba y venía todas las semanas a Madrid, llevando y trayendo sobres con noticias o dinero, ropa, alimentos y encargos, a estudiantes, soldados y otros vecinos.
Personas todas ellas de muy grata memoria, que sin tener títulos, grados u honores, tan sólo dedicándose a llevar a cabo su faena, se ganaban el reconocimiento y el afecto de las gentes. Por ello, aunque tarde, vengo ahora a proclamar su florón y su buena imagen, cosa que, por otra parte, hago de buen grado, pues reconocer los méritos ajenos es algo que satisface enormemente. Por ello, ya que no poseo atribuciones para instalar la escultura de cada uno de ellos en la esquina de sus respectivas calles, sí quiero que estas líneas sean un canto a la memoria de esos PERSONAJES que no hacían nada, tan sólo dejar que saliera a flote su auténtica personalidad, y aunque sin saber de poesía, hacían lo que el poeta, confiar sus secretos al viento, este se lo transmitía a los árboles, que luego nos lo comunicaban a nosotros, lo que bastaba para tenernos encandilados.
Qué suerte, que en estos pueblos sencillos, estos pueblos de esta España mía, de esta España nuestra, a falta de famosos y “superhombres”, tuviésemos a estos magníficos personajes que lograban que la vida nos fuese: ¿placentera? No lo sé. ¿Feliz? Tampoco estoy seguro. Pero sí humana, tranquila y llevadera. Por eso quiero que sepas, querido lector, que estas líneas que estás leyendo no están escritas con tinta y papel, sino con piedra, bronce y mármol, puesto que esos son los elementos con los que habrá de estar confeccionado el monumento que quiero hacerles a todos esos a los que me he referido anteriormente. A ellos Y A OTROS MUCHOS que también lo merecieron, aunque sus nombres no estén aquí expresados por mi ignorancia o mi torpeza.

Octubre 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 2 de octubre de 2009

jueves, 17 de septiembre de 2009

Sabiduría

Sabiduría
Ramón Serrano G.

Quisiera decir, haciendo caso a Aristóteles, que aunque sé que no llegaré nunca a ser sabio, todas estas reflexiones que expongo no son más que eso, cavilaciones, dudas, ya que sé también que sólo quien es ignorante afirma, y no me tengo como tal, pidiendo perdón por la inmodestia. Y sacado el tema, me pregunto: ¿pero qué es la sabiduría? El diccionario la define como un alto grado de conocimientos en ciencias, artes, letras, etc., aunque bien sabemos que inalcanzables en su totalidad. Pero fijémonos en que no se dice saber concretamente esto o aquello, o tanto ni cuanto. Algo parecido a lo que ocurre con la felicidad. Sobre esta, aclara que es la situación de aquel para quien las circunstancias de la vida son como él las desea. Tampoco habla de que necesariamente ha de cumplirse tal o cual condición. O sea que ambas, sapiencia y placidez, pueden ser completas o parciales, y desde luego son totalmente subjetivas, distintas para cada hombre, dependiendo de épocas, sitios, edades u otras situaciones. Al igual que es diferente la importancia que cada quien le da a poseerlas, o no.
Pero vayamos a esto de la sabiduría. Primeramente hemos de diferenciarla de la instrucción, o sea, de la adquisición de conocimientos prácticos que nos servirán para un mejor desempeño de nuestro trabajo o la consecución de un puesto en la sociedad social. Podríamos apuntar que antes sabía quien quería y hoy se sabe casi sin querer, debido a la profusión de elementos medíáticos, aunque eso no sea saber sino tener cierto conocimiento de algo. Y confundir una cosa con otra sería una estolidez.
Admitiendo luego que la mayor desgracia para un hombre es la ignorancia, hemos de ver que hay diversas clases de sabiduría y, además distintos intereses por conseguirla. Hace tiempo leí que un fraile franciscano del siglo XVI, tras ponderar el deseo de aprender, tiene dicho que querer saber tan sólo por saber, es curiosidad; hacerlo por ser conocido, vanidad; si es por adquirir honores y riquezas, torpe ganancia; pero gran virtud si es para edificar y educar al prójimo. O sea, una expresión completamente antónima a aquella latina de: do ut des.
Y así, yo entiendo que es sabio, no sólo quien mucho sabe, sino quien conoce y practica la hermosa ciencia de saber convivir con sus vecinos, dándoles continuo ejemplo de buen hacer y bien comportarse. A esto es a lo que yo llamo saber vivir. Esto, el obrar durante toda nuestra existencia de acuerdo con la moralidad y las buenas costumbres, es lo que llevará al hombre a poder decir que, habiendo vivido bien, ha salvado su periplo vital. Y que lo ha hecho porque ha tenido la suficiente sabiduría para lograrlo. Recordemos lo escrito: En esta vida emprestada / el bien vivir es la clave / aquél que se salva sabe / y el que no, no sabe nada. Podría para algunos existir la incógnita de qué significado le podemos dar a salvarse. Para mí ya queda dicho. Otros pueden conferirle un sentido religioso o de cualquier otra entidad. Para ellos mis respetos, como para todos los que tienen unas opiniones o creencias que no son las mías.
Quiero decir entonces que es de sabios buscar a quien lo es más, escucharle y aprender de viva voz sus enseñanzas. Hoy quizás lo tengamos más difícil que antaño. Ahora, con tanto ajetreo, tantas prisas por ganar dinero, tantas actividades sociales y tanta, y tan nociva, televisión, apenas si hay diálogo entre las personas. Y a mí, tal vez porque me gusta mucho hablar, me complace oír las cosas claras y dichas de vis a vis. Pienso que el hombre es fundamentalmente un ser sociable y parece ser que cuando oye de viva voz las cosas las asimila mejor pues las palabras están henchidas de espontaneidad y de sentimientos sinceros. Se me antoja que estas son más verdad, son más sentidas, al no estar deformadas por tendencias insidiosas conductoras a metas que favorecen tan sólo a los que las proponen.
Demostrado está que libros, caminos y días, otorgan sabiduría. Pensemos entonces que la mejor de las rutas para adquirir sapiencia no es tratar de encontrar lo excelso o lo maravilloso, que está bien, sino el buscar y dar con el hombre justo; el experto curtido en cien contiendas; el amigo fiel; aquél a quien los días duran mucho sabiéndoles sacar partido, el que conoce cuál es el mejor camino a seguir y qué paso debe darse; el que trata con humildad de hacer felices a los demás o al menos que no sean desventurados; el que no expondrá su saber por vanagloria o interés, sino por uno de las más nobles deseos que el hombre puede atesorar, y que no es otro que el de la enseñanza. El que querrá ilustrarnos llana y apaciblemente, compartiendo con los demás lo conocido por él.
Alguien tan esciente como Pasteur afirmó que hay más filosofía y más sabiduría en una botella de buen vino que en todos los libros. Los ingleses dirían ante una taza de té, pero ya sabemos cómo son los ingleses. Yo, desde luego, prefiero el vino.

Setiembre 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de setiembre de 2009

jueves, 3 de septiembre de 2009

Dos...y otro más

Dos… y otro más.
Ramón Serrano G.

A los pecados les ocurre lo que a las enfermedades, que unos hostigan más que otros y también que, unos más y otros menos, se soportan mejor o se toleran impacientemente. Desde luego, todos son malos, pero algunos son peores, de esto no hay duda. Para mi parecer, los pésimos, los detestables, son sin duda la envidia y la avaricia. Las razones que me llevan a esta diferenciación, aparte de las exclusivamente subjetivas, estriban en que a la ira, la pereza, la gula o la lujuria se las ve claramente en el mismo instante en que se apoderan de una persona y le hacen actuar de determinado modo, mientras que la envidia y la avaricia operan ladina, taimadamente en el interior de quien las padece. Aquellas se establecen en el cuerpo y estas en el alma. Otra diferencia claramente perceptible es la duración de sus zalagardas. Los yerros promovidos por las cuatro primeras se mantienen normalmente un momento, acaso un rato. Con seguridad se reincidirá en su delinquimiento, pero eso ya será un episodio distinto, un caso aparte. Sin embargo, cuando el livor o la insaciable ansia anidan en alguien, ese suplicio suele perdurar, por desgracia, de por vida.
Pero hablemos un poco de la envidia y digamos de ella, como el poeta latino, que es aquello que nos hace ver más abundantes las mieses de los campos ajenos y más rico en leche el rebaño vecino. O como escribiese Góngora.“Y aunque del cercado ajeno, es la fruta más sabrosa que del propio ¡extraña cosa!...”. O sea un padecimiento casi inaguantable que alguien tiene por no poseer un bien del que disfruta otra persona y ya sea este físico o espiritual. Y esto, a más de otros muchos calificativos poco agradables, se merece el de ser un absurdo. Bien sea por que aquél tiene algo que se lo ha sabido ganar y también porque nadie es realmente digno de ser envidiado. O dicho de otro modo: hay veces que da la impresión de que alguien lo tiene todo, de que es muy feliz, pero luego tiene sus cruces y sus pesares como cualquier nacido. Y por edulcorar un algo el tema, diré que, aunque muchos opinan que no existe, puede que haya una llamada “envidia sana”, que no es sino un acicate para quien, viendo en otro algún mérito, virtud o tenencia, trata sana y llanamente de conseguirlo.
Ningún adjetivo cuadra mejor a la avaricia que el de insaciable, porque es sabido que la bebida apaga la sed y la comida calma el hambre, pero el oro, por mucho que se tenga, no satisface jamás la codicia. Además, se da en quien la padece una dicotomía horrible, ya que sufre todos los padecimientos del pobre y todas las preocupaciones del rico. Y para explicar un poco lo que es, les remito a que conozcan o recuerden las vidas y andanzas de tres personajes literarios de excepción: el vinatero Tio Grandet, Shylock el judío mercader veneciano, y cómo no, Harpagón y su baúl con diez mil escudos. Cada uno de ellos mas avariento que los otros, sin poder determinar cual padece la enfermedad en mayor grado. Pero apliquemos también a este mal un bálsamo afirmando que existe una “avaricia” buena. Es la inconformidad con lo hecho si, aun siendo buena la obra, creemos no haber realizado todo aquello de lo que somos posibles y tratamos de mejorarla.
Si cuentan verán que he citado únicamente seis pecados capitales. Me falta uno, lo sé. Pero es que ese, para mí, ni es pecado ni es nada. La soberbia es tan sólo la expresión externa de una imbecilidad inmensa. Por ello, siendo la altanería y el engreimiento sinónimos de la estulticia, estimo que no merecen más comentarios. Pese a todo, quiero referirles dos anécdotas, creo que verídicas, claras exponentes de adónde pueden llevarnos la presunción y la pedantería. El protagonista de ambas fue Apeles, el gran pintor griego, amigo entrañable de Alejandro Magno.
Nos cuenta Plinio el Viejo que el gran Apeles mantenía una gran rivalidad con un colega suyo llamado Zeuxis, el cual siempre estaba menospreciándolo, manifestando una supuesta e importante superioridad artística sobre él. Un día, cansado de tanto ninguneo, Apeles invitó a su casa a Zeuxis y a un grupo de amigos, para que vieran su última obra. Era esta un paisaje medio cubierto por un velo y Zeuxis para poder observarlo mejor se acercó e intentó apartar la cortina, dándose cuenta entonces de que no existía tal gasa, sino que esta se hallaba pintada, formando en realidad parte del cuadro. Humillado ante los presentes, desde aquél día reconoció su gran valor y ponderó sin tasa al artista antes minusvalorado.
También se cuenta de Apeles, que un día presentó en el ágora una pintura suya. Acertó a pasar por allí un zapatero quien observó una falta en la sandalia de uno de los personajes del lienzo. Se lo hizo ver al autor, y este, que era muy receptivo y abierto a la crítica constructiva, lo acepta, lo corrige y, al poco, vuelve a exponer el cuadro. Volvió por allí el zapatero, que envalentonado al ver que el artista había hecho caso a su observación, empezó a opinar sobre las piernas y el cuerpo de otro personaje. Entonces Apeles le dijo de inmediato: “Ne supra crepidam sutor judicaret” o sea: “El zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias”.
Posiblemente, de aquella frase naciera la que luego vino al español como: “Zapatero, a tus zapatos”.

Setiembre 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de setiembre de 2009