jueves, 15 de octubre de 2009

el miedo

El miedo
Ramón Serrano G.
“Sancho, el miedo te hace que no veas ni oigas a derechas, porque uno de les efectos del miedo es perturbar los sentidos”. Don Quijote.- Parte I.- Capítulo XVIII.

Aquella tarde, en nuestra andadura, Luis y yo, nos habíamos quedado demasiado tiempo extasiados ante los distintos y hermosos colores que mostraban los árboles en la otoñada y algún que otro rato oyendo el canto aflautado de una oropéndola, cosa un tanto inusual en estas fechas, por lo que la noche vino a echársenos encima sin que nos diéramos cuenta. De cualquier forma vimos las luces del pueblo no muy lejanas y apretamos un poco el paso para, aunque nadie nos estuviese esperando, no llegar demasiado tarde. Y cuando ya casi adivinábamos, más que veíamos, el camino, se me ocurrió decirle:
- Oye Luis, pese a que poco o nada nos puedan hacer o quitar, a ti no te da miedo andar a estas horas por estos parajes tan solitarios.
- Pero tú Luca, ¿sabes lo que es el miedo? -me contestó-. Creo que no. Pero para que lo comprendas un poco te voy a contar una historia que me ocurrió cuando niño. Por aquellos entonces mi padre cambió nuestro domicilio a otra ciudad, y en aquella a la que llegamos me hice pronto amigo de los chicos del barrio, los cuales, entre otras muchas cosas, me hablaron enseguida del maestro que me encontraría en cuanto fuese a la escuela. “Tiene un genio irascible, es exigente en extremo y severo e inclemente en sus castigos” -me decían- y yo adivinaba en sus palabras y sus gestos un verdadero temor al profesor. Y mientras los demás le temían, yo estudié cuanto pude, aprendí luego, y llegué a descubrir después su verdadera forma de ser. Mis compañeros estaban completamente equivocados. El maestro era estricto en el cumplimiento de sus obligaciones docentes y le irritaba que los muchachos perdiésemos el tiempo tontamente. Pero no había que tenerle miedo porque no era malo. De hecho no podía ser malo, pues está demostrado que los maestros, como las madres, sólo hay uno malo entre cien millones.
- Sin embargo, continuó, está claro que el miedo existe y que hay muchas clases de miedo. Hay un miedo lógico, como el que padece el hombre que está solo en una barquichuela en el mar en medio de una gran tormenta. Ahí sí aparece el miedo justificado, ya que lo contrario sería algo tan temerario como irreflexivo. Está luego el inane, que es este que tú has apuntado, porque ¿quién nos va a atacar y para qué? Es el mismo que sufre aquél que teme fracasar en su actuación ante un determinado evento, teniendo dotes y sabiduría para salir airoso.
- Pues quizás sea por esa variedad, le dije, o por aquello que tiene de cierto atractivo aunque este sea morboso, a mí, en verdad, me parece muy atrayente este tema que ha salido hoy a relucir. Tú bien sabes que del miedo han hablado muchas y muy sesudas gentes, y a lo largo de todos los tiempos. Por ejemplo de él, decía Sancho: el miedo tiene muchos ojos y ve las cosas debajo de la tierra, cuanto más encima del cielo. Sabes también que se tiene dicho que hay gentes que ganan un dinero y luego les atosiga el miedo a perderlo. Y habrás oído que el instinto social de los hombres no se basa en el amor a los demás sino en el miedo a la soledad.
- He oído y he leído muchas cosas y sucesos acerca del miedo, amigo Luca. Pero te digo que según mi pobre criterio este sentimiento no debería existir. En suma no es sino una situación afectiva en la que una persona ve ante sí un peligro o un padecimiento y teme a los daños físicos o anímicos, que puedan sobrevenirle por su causa. Y la mayoría de las veces, en esos momentos, la persona no obra convenientemente.
- ¿Por qué?, le pregunté.
- Porque en las más de las ocasiones, se acobarda, y se esconde o huye, cuando lo que debería hacer es estudiar a fondo ese peligro, conocer su causa y su esencia, y tratarlo debidamente. Así, si es eluctable, debe anularlo, y si fuese infranqueable debe tener la arrogancia y la altivez de saber soportarlo con tósigo, pero sin miedo. Llevas razón al decir que muchos viven medrosos de perder lo ya conseguido, sobre todo si ello tiene cierta importancia. Pero si lo pensaran bien no estarían así, sabedores de que quien ha sido capaz de conseguir algo una vez, puede hacerlo de nuevo cuando de nuevo lo intente.
- Entonces, le dije, ¿sólo tienen miedo los cobardes?
- No, repuso de inmediato. Los valientes lo sufren igualmente, pero su mérito está en que saben sobreponerse a él. Esto ya lo afirmaba Shantideva, un sabio hindú del siglo VIII de nuestra era, al decir que no es posible controlar todas las circunstancias que te rodean y que pueden tener influencia sobre ti. Porque, si controlas tu mente, ¿qué necesidad tienes de controlar todo lo demás?
-Pues habré de creer que a lo único que hay que temer es a la muerte.
- Ni mucho menos, me cortó mi amigo. A esa menos que a nadie. Si acaso hemos de temer a algo, será a lo desconocido. Pero nada es más seguro que la llegada de la guadañadora. Así pues, espérala tranquilo. Y para ello, lo mejor es un buen comportamiento en todos los aspectos: trabajar sin desmayo, pero sin codicia, que avidez sólo se debe tener por la cultura. Holgar, cuando se tercie. Fomentar la amistad, siempre. Con eso y con algún que otro consejillo más que podría darte, no te importará en absoluto su venida, tanto si eres creyente, como si no. Porque si lo eres, con ella te irás al empíreo, y si no lo eres, con su abrazo dejarás para siempre los padecimientos de este valle de lágrimas. No. No tengas miedo a la muerte ni a nada si obras siempre con honradez y derechura.
Octubre 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 16 de octubre de 2009

jueves, 1 de octubre de 2009

Y otros muchos

Y otros muchos
Ramón Serrano G.

Está claro que los hombres no obramos siempre con la ecuanimidad que debiéramos. Y yo, en mi modestia, me acuso de haber pecado de injusticia por no haber sacado antes a la luz estas líneas que hoy escribo, siendo consciente de que lo debería haber hecho tiempo ha. Vaya, entonces, por delante mi sentida confesión de la culpa y mi contrición.
Pero voy a mi relato. En muchas ciudades se pueden ver afortunadamente estatuas, obeliscos, arcos o padrones, levantados en honor de héroes, prohombres, científicos y artistas, que llevaron a cabo actos, hicieron descubrimientos o crearon obras, siendo dignos todos ellos del recordamiento y la gratitud de los que les sobrevivieron, y/o de sus paisanos, ya que bastantes de estos monumentos se hallan en el lugar natal del homenajeado. Innecesario citar ejemplos ya que son bastantes, están en muchos lugares y son, la mayoría, sobradamente conocidos.
Hay sitios en los que, con igual merecimiento, se han implantado estatuas no dedicadas a nadie en particular sino a algún oficio, y ubicadas allí, porque en esos lugares ese trabajo representado está, o ha estado, muy generalizado. Como muestra de lo dicho, citaré la del “Cenachero” en la plaza de la Marina en Málaga, la del vendedor de navajas en la Plaza del Altozano de Albacete, la de “A palilleira” en Camariñas, o la del ferroviario en Alcázar de San Juan, frente a la estación de Renfe.
Y digo que están muy bien esos testimonios de reconocimiento a los llamados grandes o famosos, pero es una pena que no pensemos en que, por igual, se debería rendir público testimonio de homenaje a aquellos que no lo fueron, ya que aparentemente no hicieron nada extraordinario, nada prodigioso. Pero la verdad es que sí realizaron algo que los hacía sobresalir y ser distintos a los demás. Supieron VIVIR, así con mayúsculas, y supieron también hacer VIVIR, así con mayúsculas, a todos sus convecinos. Y al hablar de vivir me estoy refiriendo a la mejor de las acepciones que este verbo pueda tener. Sabían cumplir fiel, callada, alegre y honrosamente con su labor cotidiana, con sus deberes laborales y con sus compromisos sociales. Quizás parecerá poco, pero era mucho su saber.
Y este adimplemento lo llevaban a cabo de forma alegre, sin aspavientos ni alharacas, y nos lo contagiaban a los demás, consiguiendo que todos nos sintiéramos complacidos de tratarlos y de tenernos como amigos suyos. Dejaban entrever su comportamiento con una forma de ser del individuo mucho más moral, más humana, más extrovertida que la idiosincrasia del hombre común. Era el suyo un proceder que venía a desembocar en hermosa herencia ya que muerto su cuerpo, sus ideas y sus maneras, su alma en suma, ese espíritu que se habían ido construyendo a sí mismos, eran para nosotros un muy buen patrón a seguir.
Desgraciadamente, esa raza ya está casi perdida. Hoy los individuos estamos clonados peyorativamente por el trabajo, las prisas, las ambiciones y las necesidades, y no ya por las obligatorias, sino por las auto-impuestas para poder conseguir esto, aquello o esotro, que en el fondo ni necesitamos ni nos proporciona paz o felicidad, pero que como lo tiene el vecino, el hermano o el compañero, hemos de tenerlo nosotros también. Y así, nuestro actuar monótono, acre, cariacedo, casi álalo y demasiado propenso al improperio o al exabrupto.
Y porque ya no solemos encontrar seres como aquellos, siguen estando en mi memoria personajes como el “Pipiso” o Carlines, de Argamasilla de Alba. “Pichi”, Pedro Carrasco o Teocles, de Socuéllamos. Maturras o Reve, de Villahermosa. A estos la mayoría de ustedes no les conocieron, pero para que se hagan una idea, eran de la misma forma de ser que estos que les voy a relacionar ahora y de los que sí se acuerdan, y muy bien, los que frisan mis años.
Me parece estar viendo a los “Guadinas” en su taller de zapatería en la calle Carboneros. Eran Samuel, el mayor, Octavio, el alma del negocio y Francisco, el más joven. Este, con un humor envidiable, capaz de hacer reír al lucero del alba. Y los tres del Atlethic de Bilbao. O a Tomás Blanco, el sastre, un hombre bueno hasta dejárselo de sobra. “Juaninas” el trapero, que solía aparecer para delicia de la chiquillería con su carro entoldado cargado de “tesoros” y se “dejaba engañar” dándonos a cambio de una pellica de conejo o de unas viejas alpargatas, una flauta o un trompo. Jesús Sánchez, el panadero de la calle Toledo, afable y socarrón, y al que nombrábamos como Don Jesús de Boca de Fragua. Federico, el de la Elodia, que trabajaba veinticinco horas al día, y en las tórridas siestas veraniegas se recorría el pueblo para que los muchachos le comprásemos algún polo, que los chiquillos de entonces no teníamos para helados. Lucio “Chaqueta”, agente de ventas vinateras, siempre con su magnífica bicicleta y su enorme boina, ocurrente, de perenne buen humor y amigo de todo el mundo. O Pura “la Torrera”, recadera de profesión, la cual, pese a ser analfabeta, iba y venía todas las semanas a Madrid, llevando y trayendo sobres con noticias o dinero, ropa, alimentos y encargos, a estudiantes, soldados y otros vecinos.
Personas todas ellas de muy grata memoria, que sin tener títulos, grados u honores, tan sólo dedicándose a llevar a cabo su faena, se ganaban el reconocimiento y el afecto de las gentes. Por ello, aunque tarde, vengo ahora a proclamar su florón y su buena imagen, cosa que, por otra parte, hago de buen grado, pues reconocer los méritos ajenos es algo que satisface enormemente. Por ello, ya que no poseo atribuciones para instalar la escultura de cada uno de ellos en la esquina de sus respectivas calles, sí quiero que estas líneas sean un canto a la memoria de esos PERSONAJES que no hacían nada, tan sólo dejar que saliera a flote su auténtica personalidad, y aunque sin saber de poesía, hacían lo que el poeta, confiar sus secretos al viento, este se lo transmitía a los árboles, que luego nos lo comunicaban a nosotros, lo que bastaba para tenernos encandilados.
Qué suerte, que en estos pueblos sencillos, estos pueblos de esta España mía, de esta España nuestra, a falta de famosos y “superhombres”, tuviésemos a estos magníficos personajes que lograban que la vida nos fuese: ¿placentera? No lo sé. ¿Feliz? Tampoco estoy seguro. Pero sí humana, tranquila y llevadera. Por eso quiero que sepas, querido lector, que estas líneas que estás leyendo no están escritas con tinta y papel, sino con piedra, bronce y mármol, puesto que esos son los elementos con los que habrá de estar confeccionado el monumento que quiero hacerles a todos esos a los que me he referido anteriormente. A ellos Y A OTROS MUCHOS que también lo merecieron, aunque sus nombres no estén aquí expresados por mi ignorancia o mi torpeza.

Octubre 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 2 de octubre de 2009

jueves, 17 de septiembre de 2009

Sabiduría

Sabiduría
Ramón Serrano G.

Quisiera decir, haciendo caso a Aristóteles, que aunque sé que no llegaré nunca a ser sabio, todas estas reflexiones que expongo no son más que eso, cavilaciones, dudas, ya que sé también que sólo quien es ignorante afirma, y no me tengo como tal, pidiendo perdón por la inmodestia. Y sacado el tema, me pregunto: ¿pero qué es la sabiduría? El diccionario la define como un alto grado de conocimientos en ciencias, artes, letras, etc., aunque bien sabemos que inalcanzables en su totalidad. Pero fijémonos en que no se dice saber concretamente esto o aquello, o tanto ni cuanto. Algo parecido a lo que ocurre con la felicidad. Sobre esta, aclara que es la situación de aquel para quien las circunstancias de la vida son como él las desea. Tampoco habla de que necesariamente ha de cumplirse tal o cual condición. O sea que ambas, sapiencia y placidez, pueden ser completas o parciales, y desde luego son totalmente subjetivas, distintas para cada hombre, dependiendo de épocas, sitios, edades u otras situaciones. Al igual que es diferente la importancia que cada quien le da a poseerlas, o no.
Pero vayamos a esto de la sabiduría. Primeramente hemos de diferenciarla de la instrucción, o sea, de la adquisición de conocimientos prácticos que nos servirán para un mejor desempeño de nuestro trabajo o la consecución de un puesto en la sociedad social. Podríamos apuntar que antes sabía quien quería y hoy se sabe casi sin querer, debido a la profusión de elementos medíáticos, aunque eso no sea saber sino tener cierto conocimiento de algo. Y confundir una cosa con otra sería una estolidez.
Admitiendo luego que la mayor desgracia para un hombre es la ignorancia, hemos de ver que hay diversas clases de sabiduría y, además distintos intereses por conseguirla. Hace tiempo leí que un fraile franciscano del siglo XVI, tras ponderar el deseo de aprender, tiene dicho que querer saber tan sólo por saber, es curiosidad; hacerlo por ser conocido, vanidad; si es por adquirir honores y riquezas, torpe ganancia; pero gran virtud si es para edificar y educar al prójimo. O sea, una expresión completamente antónima a aquella latina de: do ut des.
Y así, yo entiendo que es sabio, no sólo quien mucho sabe, sino quien conoce y practica la hermosa ciencia de saber convivir con sus vecinos, dándoles continuo ejemplo de buen hacer y bien comportarse. A esto es a lo que yo llamo saber vivir. Esto, el obrar durante toda nuestra existencia de acuerdo con la moralidad y las buenas costumbres, es lo que llevará al hombre a poder decir que, habiendo vivido bien, ha salvado su periplo vital. Y que lo ha hecho porque ha tenido la suficiente sabiduría para lograrlo. Recordemos lo escrito: En esta vida emprestada / el bien vivir es la clave / aquél que se salva sabe / y el que no, no sabe nada. Podría para algunos existir la incógnita de qué significado le podemos dar a salvarse. Para mí ya queda dicho. Otros pueden conferirle un sentido religioso o de cualquier otra entidad. Para ellos mis respetos, como para todos los que tienen unas opiniones o creencias que no son las mías.
Quiero decir entonces que es de sabios buscar a quien lo es más, escucharle y aprender de viva voz sus enseñanzas. Hoy quizás lo tengamos más difícil que antaño. Ahora, con tanto ajetreo, tantas prisas por ganar dinero, tantas actividades sociales y tanta, y tan nociva, televisión, apenas si hay diálogo entre las personas. Y a mí, tal vez porque me gusta mucho hablar, me complace oír las cosas claras y dichas de vis a vis. Pienso que el hombre es fundamentalmente un ser sociable y parece ser que cuando oye de viva voz las cosas las asimila mejor pues las palabras están henchidas de espontaneidad y de sentimientos sinceros. Se me antoja que estas son más verdad, son más sentidas, al no estar deformadas por tendencias insidiosas conductoras a metas que favorecen tan sólo a los que las proponen.
Demostrado está que libros, caminos y días, otorgan sabiduría. Pensemos entonces que la mejor de las rutas para adquirir sapiencia no es tratar de encontrar lo excelso o lo maravilloso, que está bien, sino el buscar y dar con el hombre justo; el experto curtido en cien contiendas; el amigo fiel; aquél a quien los días duran mucho sabiéndoles sacar partido, el que conoce cuál es el mejor camino a seguir y qué paso debe darse; el que trata con humildad de hacer felices a los demás o al menos que no sean desventurados; el que no expondrá su saber por vanagloria o interés, sino por uno de las más nobles deseos que el hombre puede atesorar, y que no es otro que el de la enseñanza. El que querrá ilustrarnos llana y apaciblemente, compartiendo con los demás lo conocido por él.
Alguien tan esciente como Pasteur afirmó que hay más filosofía y más sabiduría en una botella de buen vino que en todos los libros. Los ingleses dirían ante una taza de té, pero ya sabemos cómo son los ingleses. Yo, desde luego, prefiero el vino.

Setiembre 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de setiembre de 2009

jueves, 3 de septiembre de 2009

Dos...y otro más

Dos… y otro más.
Ramón Serrano G.

A los pecados les ocurre lo que a las enfermedades, que unos hostigan más que otros y también que, unos más y otros menos, se soportan mejor o se toleran impacientemente. Desde luego, todos son malos, pero algunos son peores, de esto no hay duda. Para mi parecer, los pésimos, los detestables, son sin duda la envidia y la avaricia. Las razones que me llevan a esta diferenciación, aparte de las exclusivamente subjetivas, estriban en que a la ira, la pereza, la gula o la lujuria se las ve claramente en el mismo instante en que se apoderan de una persona y le hacen actuar de determinado modo, mientras que la envidia y la avaricia operan ladina, taimadamente en el interior de quien las padece. Aquellas se establecen en el cuerpo y estas en el alma. Otra diferencia claramente perceptible es la duración de sus zalagardas. Los yerros promovidos por las cuatro primeras se mantienen normalmente un momento, acaso un rato. Con seguridad se reincidirá en su delinquimiento, pero eso ya será un episodio distinto, un caso aparte. Sin embargo, cuando el livor o la insaciable ansia anidan en alguien, ese suplicio suele perdurar, por desgracia, de por vida.
Pero hablemos un poco de la envidia y digamos de ella, como el poeta latino, que es aquello que nos hace ver más abundantes las mieses de los campos ajenos y más rico en leche el rebaño vecino. O como escribiese Góngora.“Y aunque del cercado ajeno, es la fruta más sabrosa que del propio ¡extraña cosa!...”. O sea un padecimiento casi inaguantable que alguien tiene por no poseer un bien del que disfruta otra persona y ya sea este físico o espiritual. Y esto, a más de otros muchos calificativos poco agradables, se merece el de ser un absurdo. Bien sea por que aquél tiene algo que se lo ha sabido ganar y también porque nadie es realmente digno de ser envidiado. O dicho de otro modo: hay veces que da la impresión de que alguien lo tiene todo, de que es muy feliz, pero luego tiene sus cruces y sus pesares como cualquier nacido. Y por edulcorar un algo el tema, diré que, aunque muchos opinan que no existe, puede que haya una llamada “envidia sana”, que no es sino un acicate para quien, viendo en otro algún mérito, virtud o tenencia, trata sana y llanamente de conseguirlo.
Ningún adjetivo cuadra mejor a la avaricia que el de insaciable, porque es sabido que la bebida apaga la sed y la comida calma el hambre, pero el oro, por mucho que se tenga, no satisface jamás la codicia. Además, se da en quien la padece una dicotomía horrible, ya que sufre todos los padecimientos del pobre y todas las preocupaciones del rico. Y para explicar un poco lo que es, les remito a que conozcan o recuerden las vidas y andanzas de tres personajes literarios de excepción: el vinatero Tio Grandet, Shylock el judío mercader veneciano, y cómo no, Harpagón y su baúl con diez mil escudos. Cada uno de ellos mas avariento que los otros, sin poder determinar cual padece la enfermedad en mayor grado. Pero apliquemos también a este mal un bálsamo afirmando que existe una “avaricia” buena. Es la inconformidad con lo hecho si, aun siendo buena la obra, creemos no haber realizado todo aquello de lo que somos posibles y tratamos de mejorarla.
Si cuentan verán que he citado únicamente seis pecados capitales. Me falta uno, lo sé. Pero es que ese, para mí, ni es pecado ni es nada. La soberbia es tan sólo la expresión externa de una imbecilidad inmensa. Por ello, siendo la altanería y el engreimiento sinónimos de la estulticia, estimo que no merecen más comentarios. Pese a todo, quiero referirles dos anécdotas, creo que verídicas, claras exponentes de adónde pueden llevarnos la presunción y la pedantería. El protagonista de ambas fue Apeles, el gran pintor griego, amigo entrañable de Alejandro Magno.
Nos cuenta Plinio el Viejo que el gran Apeles mantenía una gran rivalidad con un colega suyo llamado Zeuxis, el cual siempre estaba menospreciándolo, manifestando una supuesta e importante superioridad artística sobre él. Un día, cansado de tanto ninguneo, Apeles invitó a su casa a Zeuxis y a un grupo de amigos, para que vieran su última obra. Era esta un paisaje medio cubierto por un velo y Zeuxis para poder observarlo mejor se acercó e intentó apartar la cortina, dándose cuenta entonces de que no existía tal gasa, sino que esta se hallaba pintada, formando en realidad parte del cuadro. Humillado ante los presentes, desde aquél día reconoció su gran valor y ponderó sin tasa al artista antes minusvalorado.
También se cuenta de Apeles, que un día presentó en el ágora una pintura suya. Acertó a pasar por allí un zapatero quien observó una falta en la sandalia de uno de los personajes del lienzo. Se lo hizo ver al autor, y este, que era muy receptivo y abierto a la crítica constructiva, lo acepta, lo corrige y, al poco, vuelve a exponer el cuadro. Volvió por allí el zapatero, que envalentonado al ver que el artista había hecho caso a su observación, empezó a opinar sobre las piernas y el cuerpo de otro personaje. Entonces Apeles le dijo de inmediato: “Ne supra crepidam sutor judicaret” o sea: “El zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias”.
Posiblemente, de aquella frase naciera la que luego vino al español como: “Zapatero, a tus zapatos”.

Setiembre 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de setiembre de 2009

jueves, 13 de agosto de 2009

las fuentes

Las fuentes
Ramón Serrano G.

“Junto a la fuente que vierte, por seis caños de oro fino, cristal y perlas sonoras, …”
Del romancero de Don Rodrigo.

- Galano nombre tiene el pueblo: Villahermosa. Y a fe que cumple con los dos epítetos. Tan sólo llevamos aquí tres días, pero he visto ya dos cosas dignas del mayor elogio: su iglesia y el carácter alegre y abierto de sus gentes. Tendrá más, estoy seguro, pero estas son las que más han llamado mi atención. Sin embargo, fíjate, qué cosa tan rara, he notado que no hay ninguna fuente en sus calles o plazas. Será porque con un carro cargado con dos cubas es como se repartía el agua a domicilio. Sin embargo, Montiel, donde estuvimos la semana pasada, tiene una, me dijeron que tuvo dos, y aun tres, y eso que es un pueblo más pequeño que este.
- Dices bien, Luca. Hacia la mitad del siglo pasado, Villahermosa alcanzaba las siete mil almas y Montiel superó las cuatro mil. Hoy, sin embargo, uno apenas si salta de los dos mil, y el otro estará en los mil setecientos. En cuanto a eso de las fuentes también es cierto, en parte. Y pese a ser más pequeño, sabrás que es más antiguo, ya que Villahermosa, que a la sazón se llamaba Pozo Hondo, fue desligada de Montiel el 22 de setiembre de 1444, día en el que recibió la “Carta Puebla”.
- Parece ser que conoces bien la historia de ambos pueblos.
- Claro que sí, ya que en ellos tengo pasadas largas temporadas de mi vida. Pero si te parece hablemos de lo de las fontanas, ya que eran uno de los puntos más importantes de cada lugar. Verás, en España no se instala el agua potable hasta las primeras décadas del siglo XX, y esto en las ciudades, ya que en la mayoría de las villas y aldeas no llega ese servicio hasta bien mediado el siglo. Así, en estas pequeñas poblaciones remediaban esta ineludible necesidad mediante aljibes y pozos particulares, aunque estos solían ser peligrosos por el riesgo de filtraciones.
-Pero había vecinos que no disponían de esas instalaciones, por lo que al carecer de algo tan imprescindible como el agua, para obtenerla, tenían que usar de los servicios que los Ayuntamientos les proporcionaban, y que solían ser de dos clases, y aún de tres: para el uso de boca, cocina e higiene, para el lavado de la ropa y, en algunos sitios, como abrevadero. Así Montiel tenía tres. De las de beber, una en la plaza principal, y otra, que muchas veces se secaba, en la carretera, frente a la casa de Dª Blanca. A ellas iban diariamente las mozas con sus cántaros. Y había una tercera para que bebiesen los animales. Esta la mandó poner por los años 30 el alcalde Ramón García en la plazoleta que hay frente a la casa de Pretel y de la que arranca la calle que antes se llamaba de la Condesa y hoy es de la Concordia. Para lavar la ropa, las mujeres se iban como a un kilómetro, por la carretera de Villanueva, hasta un lugar que le decían “La Lagunilla”, en el río Jabalón. Y sabrás que algunos cogían su burro, sus aguarones y sus cántaros y se iban hasta un manantial cercano que daba, a su decir, un agua más fina y gustosa que la de la fuente del pueblo.
- Y así tú que has visto muchos lugares, ¿conocerás muchas fuentes?
- Sí que he visto bastantes, sí. Y algunas muy curiosas. Por ejemplo la de Mojácar que tiene una placa en la que dice que ante ella se entregó el pueblo a los Reyes Católicos. La del Rey, en Priego de Córdoba, con sus tres estanques y sus 139 caños, muchos de ellos con mascarones de piedra. Junto a Segorbe, en la margen derecha del río Palancia, hay otra con cincuenta caños, y sobre cada uno de ellos el escudo heráldico de cada provincia española. En Orense, en el centro de la ciudad, está la de As Burgas, y en ella sale el agua a más de 65 grados centígrados, y debes tener cuidado al tocarla porque te puedes quemar. La fuente del Toro, sustituidora de la de las Ninfas, de cuyos pezones manaba el agua que bebían los granadinos voluptuosamente. O la que hay en el Retiro madrileño, que es la única en el mundo que está dedicada al demonio.
- Es curioso. Parece como si las fuentes, en los pueblos, tuviesen su propia personalidad, su propia vida.
-Es que la tenían. Lo mismo que la iglesia, o que el ayuntamiento. Eran sitios que marcaban la vida local, y así está recogido por el sentir popular en infinidad de coplas y poemas. “Por dónde vas a misa, que no te veo, que no te veo…” cantan en Cantabria. Has de saber que la asistencia a los oficios religiosos, la misa, el rosario de la aurora, o las novenas, eran ocasiones esperadas y buscadas por mozas y mozos para encontrarse.
- Y a las fuentes les ocurría otro tanto. Eran lugares “sociales” a los que había que acudir necesariamente, y esto trascendía en poemas ( San Juan de la Cruz, Rosalía o Machado, las citan en sus obras) o en canciones populares. Acuérdate del célebre polo:“Carmona tiene una fuente/ que con catorce o quince caños/ con un letrero que dice…” O de aquella copla: “Caminito de la fuente, va llorando una morena, porque no tiene vestido, para ponerse en la fiesta”. O de la que pregunta: “¿Dime dónde vas morena, dime dónde vas salada,,,,,? Voy a la fuente del Caño/ a beberme un vaso de agua, que me han dicho que es muy buena, beberla por la mañana…”.
-Piensa, por otra parte, que las fuentes solían estar en sitios agradables, en los cuales, arrullados por el cantar del agua, se hacían frecuentemente tertulias. Tienen fama los coloquios que junto a la del Avellano, en Granada, mantenían Ángel Ganivet, Falla, Rusiñol y un joven García Lorca. Y aprovecho para decirte que esta fuente, la del Avellano, que está al final del paseo de los Tristes, en la parte baja del Generalife, en realidad no es una sino tres, ya que junto a ella están la de la Orilla y la de la Salud, cuyas aguas tienen fama de ser muy curativas.
- Claro, siendo así, y con lo que a ti te gusta el palique, te lo habrás pasado estupendamente.
- Doy fe de ello. Sentado entre los viejos, junto a cualquier fuente de cualquier pueblo perdido de Asturias, de Castilla, de Navarra, o de cualquier otra región de nuestra España, y oyéndoles hablar, se me iban las horas y se me encandilaba el alma. Los había muy tunos, no creas. De vez en cuando, dejaban la cháchara y miraban a las mozas: “Hay que alegrar un poco el ojo viendo correr la caza”, decían. Todos ellos con sus caras vestidas de arrugas y sus cabezas cubiertas por la boina o la gorra. Y todos con una vida entera por delante. Una vida de tan sólo unos días, o quizás de algunos años, los menos. Pero para ellos, toda una vida por delante. Y pronto volvían a sus temas. A repetirse, una y mil veces, en sus historias tantas veces contadas. A renegar del presente y a sublimar el pasado. A resignarse con todo. A contentarse con nada. A demostrar continuamente sus saberes a unos compañeros-alumnos que se tenían por tan doctos, o más que ellos A quejarse de la brevedad de la vida, cuando muchos de ellos no sabían qué hacer con sus jornadas, que se les antojaban demasiado largas.
Pero acudían alrededor de la fuente de forma habitual, sobre todo para que el aire y el sol entrasen en sus entrañas, repodridas de tanto aguantar en la soledad de sus casas, este la pérdida de la mujer, aquél la ausencia del hijo que marchó a buscarse el pan a otros tajos, y todos, soñando como Machado que..” una fontana fluía dentro de su corazón,” y diciendo como el poeta: “Di,¿por qué acequia escondida/ agua, vienes hasta a mí,/ manantial de nueva vida….”

Agosto 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de agosto de 2009

jueves, 30 de julio de 2009

Formas de hablar

Formas de hablar
Ramón Serrano G.

Jugando al bonito juego de imaginar situaciones y comportamientos anómalos o irrealizables, el otro día pensé en qué le ocurriría a un ciudadano del siglo XV, o incluso del XVIII si lo prefieren, si su sueño no fuese eterno, sino tan sólo largamente transitorio, y despertara en la actualidad. Creo que el pobre se asombraría tanto que no sabría ni salir de su casa. Son tantas y tantas las variaciones que encontraría, que, sin duda, le parecería hallarse en otro planeta, aunque al despertar estuviera en la misma ciudad en la que se durmió. Ha evolucionado absolutamente todo. Todo, y no exclusivamente aquello que se ha visto obligado a hacerlo por el descubrimiento de nuevos métodos o técnicas como el transporte, la comunicación, la sanidad, etc. Han cambiado también, y sustancialmente, usos, costumbres sociales, alimentación, vestido y cómo no, el lenguaje. Y a esta, a la mutación del idioma, es a la que quiero referirme.
Las palabras, bien que lo sabemos, son auténticos seres vivos. Siempre lo fueron y siempre lo serán. No pertenecen al reino animal, vegetal o mineral, pero tienen una vida propia e intensa, y gracias a ello se van desarrollando paulatinamente con el paso del tiempo. O sea que la mayoría de los vocablos, acaban siendo en su mayoría de edad de una forma muy distinta a la que mostraban en su nacimiento. O sea, que les ocurre lo mismo que a los seres vivos.
Sería prolijo, y bastante atrevido por mi parte, tratar de describir, aun cuando fuese someramente, las razones que motivan esas variaciones. Digamos tan sólo que el cambio viene produciéndose en un cierto plazo de tiempo, y que viene a darse como el resultado de mutaciones, alguna recombinación, la natural selección e incluso una derivación genética. De cualquier modo, acuda quien desee profundizar en el tema a las doctas doctrinas que sobre el tema existen. Bástenos con afirmar aquí, que como queda dicho son de diversos tipos, y que la mayoría de los cuales, una vez estudiados detenidamente, nos llevan a comprender la causa. Sin embargo, permítaseme un ejemplo aclaratorio. La palabra cielo proviene del griego koilon, que significa hueco, y de ahí pasa al latín como caelum, hueco de gigantesca magnitud, apareciendo por primera vez como cielo en “El Cantar del Mío Cid” hacia el año 1140.
Este cambio, como otros muchos, se produce de un modo digamos natural. Pero hay otros que están determinados por unas fuerzas, unas alteraciones, de evolución no ortodoxa. Algo así como unos escirros, ateromas o tuberosidades, benignos o malignos, o dicho de distinta manera de formación no natural o atípica. Y como sería completamente imposible hacer una relación, ni siquiera pequeña de algún caso de cambio notorio en la forma de hablar, citaré algún ejemplo.
Veamos. A finales del siglo XIX los presos argentinos, para que los carceleros no les entendiesen crean el lunfardo, una germanía, una especie de jerga que pasa pronto a los prostíbulos, y que, con el paso del tiempo, es utilizado en numerosas letras de tangos, e incluso se extiende a Chile o a Paraguay. En lunfardo las antenas son las orejas, mango es el dinero, y a los gallegos se le decía yoyega, y luego, por metonimia, se traslada este nombre a todo aquello que sea español.
En esta Mancha nuestra, y a mediados del pasado siglo, se extiende entre los dueños y dependientes de comercio la costumbre de expresarse invirtiendo las sílabas de las palabras para hablar entre ellos sin que los clientes se enterasen de lo que decían. Así nobue era bueno, cochi era chico, lecocha chaleco y tozapa zapato, y de esta trastocada, pero ingeniosa, forma mantenían conversaciones enteras. Cabe añadir que, curiosamente, esta vez somos nosotros los que exportamos, y hacia 1980 la juventud francesa se apropia de este hábito y crean el verlán, argot en clave que utilizan bastante en aquél país. Así, y en esa jerga, hablan de meuf por femme/mujer, de chebou por bouche/la boca, o de ouf por fou/chalado.
Sin embargo, y también por Tomillares y sus aledaños, se utilizaban frases que incluían vocablos con un significado totalmente distinto al real. Los que tengan mi edad, y aún algunos más jóvenes, han oído mil veces aquello de: Se agarró a hablar, en lugar de comenzó a hablar. Algo todavía más raro: Has estado comiendo y te has llenado la camisa, debiendo haber dicho te has manchado la camisa. Le metió un tortazo, en vez de le propinó. O eso de: No te siento, así que habla más fuerte, empleando sentir en vez de oír. Esto último es correcto hasta cierto punto, estando la “anomalía” en que sólo se emplea el verbo sentir para el oído, pero nunca para el tacto o el olfato, por ejemplo Debo decir con relación a los tres anteriores, que por más que he indagado, nunca supe de dónde nacieron estas rarezas en el cambio de algunos modismos.
Y finalmente apuntaré el que me parece un auténtico cáncer terminal del lenguaje. Hace años, y debido al analfabetismo existente, era común escuchar tamién por también, toavía en lugar de todavía, y una ingestión perenne de la d en los participios. Ya saben: acostao, comío, etc. Hoy, afortunadamente, esto ya se da menos, o apenas si se da, pero un gran mal, con aviesas intenciones, acecha peligrosamente a la pureza y corrección de los idiomas. Me estoy refiriendo en concreto al destrozo que se está llevando a cabo con la desastrosa redacción de los mensajes que se envían a través de los teléfonos móviles. Una debacle.
Pero esto es una amenaza tan maligna y de tal magnitud, que merece la pena un escrito aparte y en exclusiva. Ya hablaremos de ello otro día.
Julio 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 31 de julio de 2009

jueves, 16 de julio de 2009

La soledad no existe

La soledad no existe
Ramón Serrano G.
“A mis soledades voy, de mis soledades vengo,…” .- Lope de Vega

A lo largo de la historia, el hombre ha ido descubriendo cantidad de sustancias, artilugios, ideas o situaciones que le han cambiado su vida, para bien las más de las veces y para su mal otras. Ha ido encontrando, ya digo, cosas cuya existencia desconocían sus antepasados y que han condicionado de manera importante su vida y la de sus sucesores. Sería prolijo, y desde luego absurdo, hacer aquí una lista de esos hallazgos, aunque fuese exigua.
Sin embargo, no es tan común encontrar cosas (sustancias, artilugios, ideas o situaciones) que no existan. Por dos motivos. Uno, porque no se puede ver ni definir lo que no está ni se conoce. Otro, porque puede ser que hoy se ignore su entidad, pero es muy posible que mañana ese algo haya aparecido y sea muy común. Pero sí que hay cosas sobre las que se puede asegurar que no se hallan ni en este mundo en que vivimos, ni en el que vivirán quienes nos sucedan. Y no es que yo en mi limitada asofia las desconozca. No. Es que tengo la completa seguridad de que no existen. Al menos, una: la soledad. Y a tratar de explicarlo es a lo que voy a referirme.
Aunque sabido, empezaré por decir que la soledad es, en lo físico, una carencia de compañía ya sea esta voluntaria o involuntaria. Pero dejaremos a un lado esta perspectiva corporal, para tratar de verla únicamente como un sentimiento de nuestro espíritu. Como una sensación que alguien percibe en su alma, merecida o inmerecidamente. Así, en un determinado momento, uno se siente feliz, enamorado, triste, contrito, exultante, o solo.
Hasta aquí todo sería normal. Pero hay que fijarse en que para que se dé un determinado talante, o cierto estado de ánimo, se han de producir unas determinadas condiciones. Unos ejemplos sencillos y aclaratorios. Si tu hijo aprobó sus exámenes, eres feliz. Si te miraron aquellos ojos y de aquella forma, te enamoraste. Si falleció tu hermano, la tristeza está contigo. Si erraste en algo, te hallarás abatido. Si conseguiste ese puesto de trabajo que tanto ansiabas, mostrarás tu exultación. Pero nunca, pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, te hallarás solo, aunque creas que lo estás.
Y para demostrar la irrealidad del aislamiento hablemos de su antónima la compañía. Queda dicho que el estar solo es una ausencia de compaña, pero no se ha especificado ni de cómo, ni de qué tipo de compañía, ni tampoco de si la ausencia es total o parcial. Es obvio que el hombre se ve siempre rodeado de seres. Queridos unos, como la familia, los amigos, los vecinos, las montañas, los árboles, los ríos o el mar. Admisibles algunos, como la mayoría del resto de los vivientes, las casas, los puentes, las señales de tráfico, los museos o los cardos. E intolerables otros, como los profesionales del terror, los especuladores leoninos, los racistas, o las lenguas viperinas. Pero siempre hay alguien junto a nosotros.
Alguno se opondrá a esta teoría y me dirá que no es así. Que hay ocasiones en las que el hombre sí que está solo, y me hablará del pastor en el campo, del preso en su celda o del farero en su faro. E incluso alguien vendrá a recordar a quien, sin estarlo, se siente sin tener a nadie a su lado, no porque no la haya, sino porque es su espíritu el que se encuentra aislado de todo y de todos. Y me citará esa paradoja de la extraña soledad en la que se encuentran algunos en muchas ciudades, en medio de la multitud, pero desvinculados de ella y aherrojados por una lacerante incomunicación. Ernesto Sábato describe esto a la perfección diciendo que son aquellos que deambulan sin que nadie los llame por su nombre, sin saber de qué historia son parte o hacia dónde se dirigen.
Mas podemos estar tranquilos porque sabemos que hay una panacea que hace que no estemos nunca sin algún acompañamiento. Cuando veamos, o creamos ver, que todo o todos ya no están a nuestra vera, eso no debe suponer para nosotros tristeza, miedo o desamparo. Por el contrario será la ocasión para ir a reunirnos con nuestra alma y ello será el bálsamo, el específico, que cure nuestro padecimiento puesto que ha de satisfacer nuestras inquietudes y nuestros anhelos. Acudiremos al encuentro con nosotros mismos, y, entonces, nuestro corazón y nuestra mente nos cobijarán y nos darán consuelo con los recuerdos, con la melancolía, y ¿por qué no?, incluso con la compunción y con la pesadumbre. “..porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos” dice Lope.
No, el hombre no está solo nunca, ni aún después de la muerte. Porque incluso en la quietud de los camposantos, en esas nublosas tardes otoñales, los cuerpos tendrán junto a ellos a sus vecinos sepulcrales, y con muchos de ellos mantendrán sosegadas e inacabables charlas. Por su parte, las almas harán nuevas y etéreas amistades, y vagarán con ellas por el espacio, como si fuesen una bandada de pájaros invisibles, sobrevolando lugares vividos o soñados.
Tengo muy, muy, claro que la soledad no existe, y que sólo está solo quien quiere estar solo. Y así, como el aislamiento total no puede darse, la descripción que podríamos ofrecer de la soledad no sería sino la de un sucedáneo de la misma. Muchos han querido definirla, pero jamás lo consiguieron. Sí que escribieron acerca de ella cantidad de frases, bonitas unas, sugeridoras otras, consoladoras las más. Yo, como ustedes, he leído bastantes, pero la que más me ha gustado es aquella que dice: la soledad es la mejor compañera cuando no está la persona a quien se ama.

Julio 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 17 de julio de 2009