jueves, 30 de julio de 2009

Formas de hablar

Formas de hablar
Ramón Serrano G.

Jugando al bonito juego de imaginar situaciones y comportamientos anómalos o irrealizables, el otro día pensé en qué le ocurriría a un ciudadano del siglo XV, o incluso del XVIII si lo prefieren, si su sueño no fuese eterno, sino tan sólo largamente transitorio, y despertara en la actualidad. Creo que el pobre se asombraría tanto que no sabría ni salir de su casa. Son tantas y tantas las variaciones que encontraría, que, sin duda, le parecería hallarse en otro planeta, aunque al despertar estuviera en la misma ciudad en la que se durmió. Ha evolucionado absolutamente todo. Todo, y no exclusivamente aquello que se ha visto obligado a hacerlo por el descubrimiento de nuevos métodos o técnicas como el transporte, la comunicación, la sanidad, etc. Han cambiado también, y sustancialmente, usos, costumbres sociales, alimentación, vestido y cómo no, el lenguaje. Y a esta, a la mutación del idioma, es a la que quiero referirme.
Las palabras, bien que lo sabemos, son auténticos seres vivos. Siempre lo fueron y siempre lo serán. No pertenecen al reino animal, vegetal o mineral, pero tienen una vida propia e intensa, y gracias a ello se van desarrollando paulatinamente con el paso del tiempo. O sea que la mayoría de los vocablos, acaban siendo en su mayoría de edad de una forma muy distinta a la que mostraban en su nacimiento. O sea, que les ocurre lo mismo que a los seres vivos.
Sería prolijo, y bastante atrevido por mi parte, tratar de describir, aun cuando fuese someramente, las razones que motivan esas variaciones. Digamos tan sólo que el cambio viene produciéndose en un cierto plazo de tiempo, y que viene a darse como el resultado de mutaciones, alguna recombinación, la natural selección e incluso una derivación genética. De cualquier modo, acuda quien desee profundizar en el tema a las doctas doctrinas que sobre el tema existen. Bástenos con afirmar aquí, que como queda dicho son de diversos tipos, y que la mayoría de los cuales, una vez estudiados detenidamente, nos llevan a comprender la causa. Sin embargo, permítaseme un ejemplo aclaratorio. La palabra cielo proviene del griego koilon, que significa hueco, y de ahí pasa al latín como caelum, hueco de gigantesca magnitud, apareciendo por primera vez como cielo en “El Cantar del Mío Cid” hacia el año 1140.
Este cambio, como otros muchos, se produce de un modo digamos natural. Pero hay otros que están determinados por unas fuerzas, unas alteraciones, de evolución no ortodoxa. Algo así como unos escirros, ateromas o tuberosidades, benignos o malignos, o dicho de distinta manera de formación no natural o atípica. Y como sería completamente imposible hacer una relación, ni siquiera pequeña de algún caso de cambio notorio en la forma de hablar, citaré algún ejemplo.
Veamos. A finales del siglo XIX los presos argentinos, para que los carceleros no les entendiesen crean el lunfardo, una germanía, una especie de jerga que pasa pronto a los prostíbulos, y que, con el paso del tiempo, es utilizado en numerosas letras de tangos, e incluso se extiende a Chile o a Paraguay. En lunfardo las antenas son las orejas, mango es el dinero, y a los gallegos se le decía yoyega, y luego, por metonimia, se traslada este nombre a todo aquello que sea español.
En esta Mancha nuestra, y a mediados del pasado siglo, se extiende entre los dueños y dependientes de comercio la costumbre de expresarse invirtiendo las sílabas de las palabras para hablar entre ellos sin que los clientes se enterasen de lo que decían. Así nobue era bueno, cochi era chico, lecocha chaleco y tozapa zapato, y de esta trastocada, pero ingeniosa, forma mantenían conversaciones enteras. Cabe añadir que, curiosamente, esta vez somos nosotros los que exportamos, y hacia 1980 la juventud francesa se apropia de este hábito y crean el verlán, argot en clave que utilizan bastante en aquél país. Así, y en esa jerga, hablan de meuf por femme/mujer, de chebou por bouche/la boca, o de ouf por fou/chalado.
Sin embargo, y también por Tomillares y sus aledaños, se utilizaban frases que incluían vocablos con un significado totalmente distinto al real. Los que tengan mi edad, y aún algunos más jóvenes, han oído mil veces aquello de: Se agarró a hablar, en lugar de comenzó a hablar. Algo todavía más raro: Has estado comiendo y te has llenado la camisa, debiendo haber dicho te has manchado la camisa. Le metió un tortazo, en vez de le propinó. O eso de: No te siento, así que habla más fuerte, empleando sentir en vez de oír. Esto último es correcto hasta cierto punto, estando la “anomalía” en que sólo se emplea el verbo sentir para el oído, pero nunca para el tacto o el olfato, por ejemplo Debo decir con relación a los tres anteriores, que por más que he indagado, nunca supe de dónde nacieron estas rarezas en el cambio de algunos modismos.
Y finalmente apuntaré el que me parece un auténtico cáncer terminal del lenguaje. Hace años, y debido al analfabetismo existente, era común escuchar tamién por también, toavía en lugar de todavía, y una ingestión perenne de la d en los participios. Ya saben: acostao, comío, etc. Hoy, afortunadamente, esto ya se da menos, o apenas si se da, pero un gran mal, con aviesas intenciones, acecha peligrosamente a la pureza y corrección de los idiomas. Me estoy refiriendo en concreto al destrozo que se está llevando a cabo con la desastrosa redacción de los mensajes que se envían a través de los teléfonos móviles. Una debacle.
Pero esto es una amenaza tan maligna y de tal magnitud, que merece la pena un escrito aparte y en exclusiva. Ya hablaremos de ello otro día.
Julio 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 31 de julio de 2009

jueves, 16 de julio de 2009

La soledad no existe

La soledad no existe
Ramón Serrano G.
“A mis soledades voy, de mis soledades vengo,…” .- Lope de Vega

A lo largo de la historia, el hombre ha ido descubriendo cantidad de sustancias, artilugios, ideas o situaciones que le han cambiado su vida, para bien las más de las veces y para su mal otras. Ha ido encontrando, ya digo, cosas cuya existencia desconocían sus antepasados y que han condicionado de manera importante su vida y la de sus sucesores. Sería prolijo, y desde luego absurdo, hacer aquí una lista de esos hallazgos, aunque fuese exigua.
Sin embargo, no es tan común encontrar cosas (sustancias, artilugios, ideas o situaciones) que no existan. Por dos motivos. Uno, porque no se puede ver ni definir lo que no está ni se conoce. Otro, porque puede ser que hoy se ignore su entidad, pero es muy posible que mañana ese algo haya aparecido y sea muy común. Pero sí que hay cosas sobre las que se puede asegurar que no se hallan ni en este mundo en que vivimos, ni en el que vivirán quienes nos sucedan. Y no es que yo en mi limitada asofia las desconozca. No. Es que tengo la completa seguridad de que no existen. Al menos, una: la soledad. Y a tratar de explicarlo es a lo que voy a referirme.
Aunque sabido, empezaré por decir que la soledad es, en lo físico, una carencia de compañía ya sea esta voluntaria o involuntaria. Pero dejaremos a un lado esta perspectiva corporal, para tratar de verla únicamente como un sentimiento de nuestro espíritu. Como una sensación que alguien percibe en su alma, merecida o inmerecidamente. Así, en un determinado momento, uno se siente feliz, enamorado, triste, contrito, exultante, o solo.
Hasta aquí todo sería normal. Pero hay que fijarse en que para que se dé un determinado talante, o cierto estado de ánimo, se han de producir unas determinadas condiciones. Unos ejemplos sencillos y aclaratorios. Si tu hijo aprobó sus exámenes, eres feliz. Si te miraron aquellos ojos y de aquella forma, te enamoraste. Si falleció tu hermano, la tristeza está contigo. Si erraste en algo, te hallarás abatido. Si conseguiste ese puesto de trabajo que tanto ansiabas, mostrarás tu exultación. Pero nunca, pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, te hallarás solo, aunque creas que lo estás.
Y para demostrar la irrealidad del aislamiento hablemos de su antónima la compañía. Queda dicho que el estar solo es una ausencia de compaña, pero no se ha especificado ni de cómo, ni de qué tipo de compañía, ni tampoco de si la ausencia es total o parcial. Es obvio que el hombre se ve siempre rodeado de seres. Queridos unos, como la familia, los amigos, los vecinos, las montañas, los árboles, los ríos o el mar. Admisibles algunos, como la mayoría del resto de los vivientes, las casas, los puentes, las señales de tráfico, los museos o los cardos. E intolerables otros, como los profesionales del terror, los especuladores leoninos, los racistas, o las lenguas viperinas. Pero siempre hay alguien junto a nosotros.
Alguno se opondrá a esta teoría y me dirá que no es así. Que hay ocasiones en las que el hombre sí que está solo, y me hablará del pastor en el campo, del preso en su celda o del farero en su faro. E incluso alguien vendrá a recordar a quien, sin estarlo, se siente sin tener a nadie a su lado, no porque no la haya, sino porque es su espíritu el que se encuentra aislado de todo y de todos. Y me citará esa paradoja de la extraña soledad en la que se encuentran algunos en muchas ciudades, en medio de la multitud, pero desvinculados de ella y aherrojados por una lacerante incomunicación. Ernesto Sábato describe esto a la perfección diciendo que son aquellos que deambulan sin que nadie los llame por su nombre, sin saber de qué historia son parte o hacia dónde se dirigen.
Mas podemos estar tranquilos porque sabemos que hay una panacea que hace que no estemos nunca sin algún acompañamiento. Cuando veamos, o creamos ver, que todo o todos ya no están a nuestra vera, eso no debe suponer para nosotros tristeza, miedo o desamparo. Por el contrario será la ocasión para ir a reunirnos con nuestra alma y ello será el bálsamo, el específico, que cure nuestro padecimiento puesto que ha de satisfacer nuestras inquietudes y nuestros anhelos. Acudiremos al encuentro con nosotros mismos, y, entonces, nuestro corazón y nuestra mente nos cobijarán y nos darán consuelo con los recuerdos, con la melancolía, y ¿por qué no?, incluso con la compunción y con la pesadumbre. “..porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos” dice Lope.
No, el hombre no está solo nunca, ni aún después de la muerte. Porque incluso en la quietud de los camposantos, en esas nublosas tardes otoñales, los cuerpos tendrán junto a ellos a sus vecinos sepulcrales, y con muchos de ellos mantendrán sosegadas e inacabables charlas. Por su parte, las almas harán nuevas y etéreas amistades, y vagarán con ellas por el espacio, como si fuesen una bandada de pájaros invisibles, sobrevolando lugares vividos o soñados.
Tengo muy, muy, claro que la soledad no existe, y que sólo está solo quien quiere estar solo. Y así, como el aislamiento total no puede darse, la descripción que podríamos ofrecer de la soledad no sería sino la de un sucedáneo de la misma. Muchos han querido definirla, pero jamás lo consiguieron. Sí que escribieron acerca de ella cantidad de frases, bonitas unas, sugeridoras otras, consoladoras las más. Yo, como ustedes, he leído bastantes, pero la que más me ha gustado es aquella que dice: la soledad es la mejor compañera cuando no está la persona a quien se ama.

Julio 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 17 de julio de 2009

sábado, 4 de julio de 2009

Siempre
Ramón Serrano G.

“Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano”.- M.Luther King

Los que ya vamos siendo viejos nos solemos quejar frecuentemente de la vida actual. De sus prisas y arrebatos, de sus penas y penurias. Como también es usual que rememoremos con agrado costumbres y modos antañones. Bien pudiera ser que hagamos esto último, no porque antes nos fuese mejor que ahora, sino porque en aquellas épocas éramos jóvenes, no teníamos achaques ni alifafes y nos sobraban fuerzas y ánimos para intentarlo todo y luchar contra todo. Y así, gustamos de derramar con despacio y en el viento nuestros sinsabores, sabiendo que él, viajero impenitente, los llevará a aquél lugar donde nadie los atiende.
De cualquier manera, hemos de reconocer que son bastantes las situaciones de diversos tipos que hoy en día nos proporcionan comodidades y satisfacciones, haciéndonos pasar ratos, si no enteramente agradables, sí exentos de desacomodos y carencias, agradeciendo que estos quedaran anclados en el pasado. Efectivamente, las condiciones en las que se desarrolla la vida humana en estos principios del siglo XXI han cambiado ostensiblemente para bien, aunque a fuer de ser sinceros pudiéramos decir que también lo han hecho para mal. Y a ello vamos.
Es palmario ese bienestar aludido, producido por una serie enorme de posibilidades de llevar a cabo en la actualidad actos que ni se concebían en otro tiempo o que, a lo sumo, se sabía que podrían realizar otras gentes, digamos más afortunadas. Para quienes aún no han cumplido los sesenta es inimaginable que los que sí lo hemos hecho, y que somos más del veinte por ciento de la población, hayamos vivido situaciones como las que describo a continuación. ¿Se pueden creer que el 90 % de los niños de los años cuarenta del pasado siglo no sabía lo que era merendar, o que en las mayoría de las casas había temporadas en la que sólo se comían gachas (llegaron a darse casos de latirismo) y se carecía de luz eléctrica o agua potable, o su presencia era escasa y su suministro irregular en extremo?
Hoy en día han mejorado sin duda las condiciones y circunstancias laborales, sociales, sanitarias, etc., tanto para los que vivimos, más o menos, en el ámbito rural, como para los que lo hacen en la ciudad. Y pese a que existen rimeros de problemas de mucha enjundia o de poca envergadura, vemos que ha habido un alargamiento de la vida y que la mayoría tiene comida y trabajo normalmente. Y se viaja más, y se tiene más cultura, y se pasa menos frío, y ya no son mortales muchas enfermedades. Es obvio que hemos progresado, pero también es palmario que seguimos padeciendo muchos males. Unos porque no hemos sabido hallarles solución y otros porque los acabamos de crear nosotros mismos.
Así pues, para qué les voy a hablar de guerras, fanatismo, violencias, cayucos, pederastia, estrés, cohechos, lucros, prevaricaciones y otro sinfín de plagas y calamidades que nos amenazan peligrosamente con hacer de nuestras vidas un vía crucis, al parecer, insoportable. Todos lo sabemos porque todos lo estamos viviendo. Y todos estamos atemorizados, sabedores de que tanto desatino no nos puede llevar a buen fin. Lo que no sé, es si todos nos estamos percatando de que estas conductas aberrantes pueden atormentarnos, traernos desasosiego, pero que nunca deben abellacarnos. No, nunca. Debemos estar muy por encima de ello.
Y no digo esto pensando en aquello de que si un problema no tiene solución no debe preocuparte, y si tiene solución, no debe preocuparte. No. Lo hago porque es posible que la importancia de la dificultad que nos ocupa depende en gran parte de cómo afecta a nuestros gustos e intereses. A veces, y para algunos, porque los días se asemejan demasiados unos a otros. A veces, y para otros, porque se nos avienen reveses o erizamientos, que no queremos aceptar. El estoico Epicteto, más moralista que filósofo, nos dejó dicho que no son los diarios acontecimientos los que nos hacen sentir mal, sino la formar de pensar y actuar que tenemos ante ellos Pero debemos pensar que las cosas no son, y no tienen por qué acaecer siempre como a nosotros nos agradaría. Y que tienen que ocurrir unas veces para nuestro bien y otras para nuestro mal. Y que lo que agrada o beneficia a uno, puede hacer lo opuesto con el otro. ¿Recuerdan aquella vieja historia de que la lluvia contentaba a un hombre e irritaba a la vez a su hermano? Era natural que así fuese, ya que este era tejero y aquél hortelano.
Pero es más. Aunque las adversidades que vemos allegarse sean descomunales, incluso trascendentes, siempre habrá panaceas, triacas y cauterios que puedan curarnos o, al menos, aliviarnos de ellas y devolvernos la tranquilidad. Miren qué sencillo es. Ayer mismo, me llegó un mensaje que decía que los días son siempre buenos días. ¡Qué gran verdad, y qué poco aprovechada! Pese a que las circunstancias sean tenebrosas, a que la realidad se nos muestre cruel, hemos de tener siempre presente que la felicidad no es inasible como, a veces, pensamos. Si acaso un tanto dificultosa de alcanzar. Incluso aunque supiésemos que está próximo nuestro final, tanto que cada amanecer pueda tener un gusto a despedida y cada ocaso nos deje el sabor del adiós. ¿Qué puede importarnos la muerte, si tras ella está la nada o, tal vez la clemencia?
Debemos concienciarnos hasta la saciedad de que cada nueva jornada que vivimos, le lever de l’aurore, es una promesa de felicidad que se realiza y no una intimidación que nos aflige, pues aunque haya algún mal que nos acore y este fuese de gran enjundia y mala catadura, demostrado está con creces que hay bálsamos, cayancos y jaropes que ocluyen la pena y el desánimo, dando paso, dejando discurrir y poniendo a nuestro alcance la dicha y el sosiego. Para eso están siempre, precisamente para eso y no para otro fin, el ciprés de Silos, ver apuntar las claras del día, el saludo de un vecino, la poesía de Tagore, el balbucear de un niño, o una sutil mirada tras la reja….
Julio 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de julio de 2009

jueves, 18 de junio de 2009

La charla

La charla
Ramón Serrano G.

“Mi vida es un erial; flor que toco, se deshoja; por mi camino fatal….” G.A.Becquer.

Inconscientemente, como queriendo descargar en alguien las causas de problemas exclusivamente míos, hubo un día en el que me puse a hablarle a mi corazón, y le dije: -¿Por qué te aceleras tanto? ¿Por qué corres siempre de ese modo? ¿Por qué te afanas constantemente en querer adelantar al tiempo?
Y mi corazón se rió de mí, o mejor dicho, se limitó a mostrarme cómo su actuación no era capitosa, sino que se hallaba impelida a ella por los mandatos de alguien que le forzaba a un zangoloteo vertiginoso.
-Mira, me contestó. Yo apenas si puedo mantener este ritmo que me impones y que incluso me es lesivo, pero sabes muy bien que es el cerebro quien dirige el comportamiento de los hombres, y el tuyo se halla ahora mismo, y demasiadas veces, como un volcán en erupción.
- No sé si creerte, le apunté.
- Pues harías bien en hacerlo, porque es de ese modo. (Era mi mente la que en ese momento había intervenido en nuestra charla). Así estoy, continuó, como te acaba de decir el corazón, y aunque a ti no te lo parezca. Con tu forma de ser y tu comportamiento, en muchas ocasiones al igual que ahora, haces que ninguno de los dos, ni él ni yo, podamos obrar como debiéramos. Esa impaciencia tuya, esa ansiedad, nos obliga al corazón y a mí a tener un funcionamiento anómalo, que además de perjudicarte de muchas maneras, impide a la felicidad instalarse en tus adentros. Razona, limítate a pensar y deja a un lado los sentimientos que puedan afligirte.
-Atiende, prosiguió hablándome el caletre. Acude a tu memoria que te funciona bien y ella te recordará a León Felipe, cuyas sabias palabras dicen que no es lo que importa el llegar sólo y pronto, sino hacerlo con todos y a su tiempo. O te llevará a tu admirado Antonio Machado quien, magistral como siempre, aconsejaba: Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas.
-Observo que todo el día andas con prisas y premuras, continuó. ¿Qué esperas encontrar al final de tu jornada? Sé que no buscas el éxito, ni el oro, ni tan siquiera el reconocimiento ajeno, pues tu fama y tu hacienda son cortas, aunque más buenas que malas desde luego, pero ya las tienes ganadas. También sabes, o deberías saber, que las cosas han de suceder en su momento y nunca antes, por mucho que nuestro deseo sea infinito y nuestra presura intensa. Por lo demás, no busques aquello que no merece la pena ser hallado. En estos momentos, lo más importante sería encontrarte a ti mismo, y eso ha de hacerse al igual que la fruta, dejando que madure lentamente para poder saborear bien su dulzura.
-Debes reconocer entonces que, en realidad, no tienes prisa para nada, o al menos, para nada que sea verdaderamente importante Además, si te obsesionas con estar pronto, perderás todos los encantos que te ofrece el camino y que a veces son tan beneficiosos y agradables, o más, que el final. Te diré lo que el alazán a la ardilla: Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, quiero amiga que me diga ¿son de alguna utilidad? Por otra parte, y como te conozco muy bien, pues formo parte de ti, sé que la necedad no figura entre la lista de tus defectos y es notorio que el hombre sabio sabe distinguir muy bien a sus adversarios. Y tú deberías saber ya que no eres necio, que esa premura, que la constante urgencia que tienes, son enemigas tuyas, y no nimias.
En ese momento vi que mi corazón asentía a todo cuanto mi magín estaba exponiendo, y pese a ello dije a mi cerebro con cierta brusquedad:
- Calla. Sé demasiado bien que es absolutamente cierto todo cuanto me estás diciendo, como sé que lo haces para que no soporte el sufrimiento que me acompaña de contino. Tú conoces mejor que nadie mis sentimientos y convendrás conmigo en que algunos son muy difíciles de sobrellevar. Es por eso por lo que, buscando alguna panacea para mis tribulaciones, le pido a mi amigo el tiempo no ya que corra, sino que vuele, y que en su vertiginosa huida arrastre la pena que me está hiriendo. No lo consigo, bien es verdad, y eso hace que mi existir sea un erial cuyo tránsito, podéis creerme, no es nada satisfactorio.
Noté entonces que mis propias palabras me iban apaciguando y comencé a rebinar que las que me había dicho mi cacumen, y que estaban siendo corroboradas en silencio por mi corazón, eran doctas y dignas de ser seguidas. Que mi forma de vida no era la adecuada y debería cambiarla. Por ello, quedamente, le dije a mis dos interlocutores:
- - Gracias, amigos, por vuestras advertencias y admoniciones. Sé que lleváis razón y por ello trataré de acatar y poner en práctica lo que me acabáis de comentar, aunque para ello tenga que llevar a cabo el mayor de los esfuerzos. Pero ahora, si os lo parece, abandonemos esta charla. Trataré de descansar un rato con los ojos cerrados, a ver si el silencio o el sueño me indican cuál es el camino a seguir para poder sosegar un tanto o un mucho, mi impaciencia. Luego, ¡ojalá sea pronto!, os volveré a convocar para seguir hablando de estas u otras cosas.

Junio 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de junio de 2009

viernes, 5 de junio de 2009

La culpa

La culpa
Ramón Serrano G.

A quienes nos gusta escribir, nos agrada también, sobremanera, trabajar con las palabras. Mirarlas, estudiarlas, leerlas, releerlas, sobarlas, resobarlas, encontrando en ello una satisfacción y un entretenimiento poco habituales. Está claro que no todas dan de sí lo mismo, puesto que las hay, digamos que con poca significación, mientras que otras son una mina de donde se pueden obtener enormes beneficios en cuanto al desarrollo de ideas o expresiones. Cabe añadir que, en cualquier caso, todas son de gran utilidad e importancia.
Y a una de esas voces que son generosas en alto grado es a la que me voy a referir hoy. Concretamente a culpa. Siguiendo mi costumbre, indicaré que de ella dice el D.R.A.E. que es lo que con respecto al autor de un delito o falta, la circunstancia de haberlo cometido le estigmatiza moralmente y le hace responsable de ello ante la justicia, ante los demás o ante su conciencia. También puede ser, con referencia a un suceso o acción, la causa de ello. Veamos ahora algunos casos en los que la culpa aparece en el sentimiento humano.
Digamos, primera y someramente, que la filosofía actual trata de explicar lo conveniente que es conseguir que los niños, tras llevar a cabo una acción incorrecta, tengan como suficiente reconvención el sentimiento de culpabilidad. Desaparecido el castigo físico, se intenta inculcar en el autor de la falta el desagradable concepto emocional que conlleva la palabra que hoy nos ocupa.
Pero quiero referirme mejor a la actitud del hombre ante la culpa y, cómo no, ante el culpable. Decir, en primer lugar, que sobre esto, como sobre casi todo, la opinión popular ha cambiado enormemente. Muy antiguo es aquello de odia el delito y compadece al delincuente. Hoy ya no se observan como faltas las que antes sí que lo eran, y si se hace, se hace con excesiva tolerancia el latrocinio, el nepotismo, la promiscuidad, el cohecho y tantas otras tropelías en las que usted y yo estamos pensando. A lo sumo se habla de ello un par de días y luego, como si tal cosa no hubiese ocurrido, el transgresor se pasea tranquilamente por la calle. Y tampoco es que a la gente se le haya olvidado, no. Sencillamente, pasamos de ello.
Por otra parte, la historia nos dice que buscar al culpable o buscar a “un” culpable ha sido tarea de algunos y desacierto de muchos. Porque la misión de estos no era, ni es, indagar como hace la justicia para descubrir al autor de la fechoría, sino encontrar un o unos nocentes que sirvan de chivo expiatorio atribuyéndole/s los desmanes propios. Así Roma no fue incendiada por Nerón, sino por los cristianos. En 1492 se pone como parapeto a La Inquisición para expulsar de España a los judíos y así no pagarles lo que se les debía y, además, quedarse con sus posesiones. Del Holocausto nazi, hablaré después. Pero es que se llega a la osadía de culpar a alguien hasta de lo inevitable, hasta el punto de que en Italia se dice: piove, porco goberno.
Está también el pensamiento que cada uno tiene de lo que es punible. Raskolnikov, el personaje central de Crimen y castigo, no se siente en absoluto culpable de la muerte de una vieja prestamista al considerarse un ser superior autorizado a hacer cualquier cosa, incluso el asesinato, con tal de favorecer el bienestar general de los individuos. Recordemos cómo Heydrich, Goebbels, Himmler, y tantos miembros del III Reich, no sentían el menor remordimiento en asesinar, y si hubiesen podido habrían exterminado a gitanos, polacos étnicos, discapacitados, judíos, homosexuales y otros, sencillamente porque no los consideraban seres humanos. Eliminarlos era limpiar el mundo de “animales” nocivos. Por otra parte, muchos, a los que no puedo ni debo nombrar, pero que usted y yo sabemos quienes son hoy o lo fueron ayer, el robar descaradamente hasta obtener un enriquecimiento desorbitado, o si prefieren un eufemismo, el desviar hacia su propia buchaca dineros y bienes que no les corresponden, por el desarrollo indebido de las funciones que les han sido encomendadas, no es para nada ilegal, sino simplemente mamandurrias, prebendas, sinecuras y chanfainas que lleva inherentes el desarrollo de su cargo.
Cabe llamar la atención, por último, sobre dos acciones de los seres humanos ante este tema. Una es la de afirmar siempre que fueron otros los causantes del mal. O sea que no nos autoculpamos nunca, y si lo hacemos, es paradójicamente para alabarnos. Cuántas veces tenemos oído aquello de: “No, si la culpa de esto la tengo yo por ser bueno”. La otra es destinar todos los esfuerzos en buscar al culpable para su condena, sin tratar de indagar qué razones le llevaron a cometer su falta, y no comprender tampoco que sería mucho más beneficioso investigar qué causas motivaron el desatino, para de ese modo poder evitar otros similares en el futuro.
Y quisiera dejar bien claro, que si las más de las veces se obra de ese modo, desde luego no es por mi culpa.
Junio de 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de junio de 2009

jueves, 21 de mayo de 2009

¿Quién sabe...

¿Quién sabe…
Ramón Serrano G.

El hombre es un animal. Sí, pero de costumbres, me dirá alguien enseguida, y también, que unos más y otros menos. De acuerdo, de acuerdo. Pero por eso, es cierto que debido a esas faltas esporádicas de racionalidad, cuando se nos trastoca el ejercicio de esas costumbres, también unos más y otros menos, hacemos cosas bastante raras. Mírese si no cada cual sus adentros y verá como algunas veces, muchas veces, se ha sorprendido a sí mismo, por ejemplo, elevando imprecaciones al averno porque estaba cerrado el kiosco donde tiene la costumbre de comprar la prensa a diario. En ese, o en cualquier otro nimio quebranto de nuestra rutina. Y una de esas anomalías es la que ha dado pie a este escrito.
Quienes habitualmente dormimos bien, las pasamos moradas si una noche, sin saber por qué, el insomnio se nos cuela en la cama y se acurruca en nuestra mente como fastidioso compañero. Antes, cuando me ocurría aquesto, y como lo de contar carneros no me dio nunca resultado, tras dar más de mil vueltas, solía agarrarme unos enfados monumentales y llegaba hasta a jurar en avéstico. Sin embargo ahora (el tiempo lo cambia todo) casi me alegro cuando esto me sucede en rara vez, ya que a esas horas y en esas condiciones, suele mi corta mollera pensar en cosas de las que habitualmente no se ocupa. Por otra parte, considero que esta actividad es casi lógica pues, al cambiar la situación, el horario, o el estado de ánimo, se altera el modo de actuar ante ellos. Pensemos cuál sería nuestro comportamiento si tuviésemos que bajar una escalera de espaldas, comer sopa con tenedor o limpiarnos los dientes con la izquierda sin ser zurdos. Posiblemente muy sorprendente, ya que estaríamos obrando de manera distinta a como lo hacemos habitualmente,
Y en esas raras vigilias a las que aludo, mi caletre puede adentrarse por los vericuetos más insospechados. Como no tengo cortapisas de tiempo, tema o extensión, me lanzo a la aventura de recorrer extraños caminos. En realidad, no tan extraños, ya que casi siempre, en esos episodios nocturnos, suelo enfocar mi personal coyuntura o la ajena, y si es esta, la de familiares, amigos, o acaso algún famoso. Y al adentrarme por cada una de esas veredas, me sumerjo de inmediato en los senderos del pasado, el presente y el futuro. Ya saben, en el pretérito, casi siempre una somera queja, un reconcomio. Aquello de: -Aquél día que fui y le dije, le debía hacer dicho esto y haber hecho esotro…- En lo actual, la duda omnipresente de qué actitud adoptar: -Creo que voy a esperar a que…Claro que si luego…- Y en lo advenidero, una insolente certeza para prevenir cuál será la mejor ejecución de nuestros planes y un inconsciente desprecio o ignorancia hacia las vicisitudes y avatares que puedan alterar el desarrollo de nuestras empresas para bien o para mal. – Cuando llegue ese momento, ya verás como yo…
Hace tiempo, hubo noches en las que quise entretenerme escuchando la radio. Y encontré en ella lo normal: tertulias, noticias, música, llamadas de oyentes, etc. Pero no. Aquello era para mí una monotonía y llegué a la conclusión de que prefiero el silencio. La relajante ausencia de ruidos que podemos disfrutar los que vivimos en sitios en los que todavía, a ciertas horas, el descanso no se ve alterado por molestos estruendos, algazaras y jollines. Sí, reconozco que me inclino a escuchar ese misterioso y sugerente silencio de la noche, y con él, saborear sones, murmullos, zalagardas, o ilusiones llegadas de no se sabe dónde
Y es entonces cuando me pongo a elucubrar y a jugar al juego del “Quién sabe”. Y para jugarlo, para disfrutar con él, pienso, aventuro, quimerizo, fantaseo o desvarío. Forjo actuaciones, tuerzo aventuras, trato de finalizar quimeras y me lanzo en busca de proezas que nunca llegaron ni llegarán a realizarse. Lo único malo de este entretenimiento es que siempre tiene un final agridulce, ya que algunas consecuencias no puedo siquiera llegar a imaginarlas. Pero les voy a enumerar algunas de estas entelequias, por si a alguno de ustedes, habiéndole sucedido lo que a mí, tuviese respuestas a preguntas que yo nunca he sabido contestar. Y es que digo yo:
-Quién sabe lo que hubiera ocurrido si Don Quijote hubiese limpiado este mundo de malandrines y follones. Si Schubert hubiese acabado la octava sinfonía. Si Romeo y Julieta hubiesen conseguido llevar la concordia a Montescos y Capuletos. Si la nariz de Cleopatra hubiera sido un centímetro más larga. O si un ruiseñor naciese mudo. Lo acaecido si César, pensando que la suerte no estaba echada, no hubiera cruzado el Rubicón. O si Neruda no hubiese podido escribir los versos más tristes aquella noche. Si Atila hubiese dejado que creciera la yerba tras el paso de su caballo. O adónde nos llevaría la impensable tragedia de que, en un indeseable año, pasásemos del invierno al estío sin que hubiese primavera.
- Y no para ahí la cosa, porque, a veces, además de esto, y para calmar mis sueños, sigo elucubrando con: ¿quién sabe si ...

Mayo 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 22 de mayor de 2009

jueves, 7 de mayo de 2009

La viña

La viña
Ramón Serrano G.

Para los viñeros de Tomillares, sacrificados marineros de tierra adentro, con mi respeto y admiración.

Aquellos que conocen bien La Mancha saben que sus llanuras tienen un cierto parecido con la mar cuando esta está en calma. “…Con noches de mar sin mar, todo costa y todo cielo, casi para navegar” que cantara Juan Torres. Tan es así, que puede que no sea por casualidad que el museo de la Marina española esté asentado en las entrañas de esta parda tierra. Desde luego, lo que sí es seguro, es que los amaneceres manchegos son tan serenos y esplendorosos como los marítimos. Sobre todo en primavera.
Para deleitarnos con uno de ellos, y aunque las mañanitas de abril son muy dulces de dormir, y las de mayo, no tienen cabo, madrugamos y habíamos iniciado nuestra salida, tan sólo unos momentos después de que el pez de sombra hubiese abierto el camino del alba. Y nada más empezar nuestra andadura pudimos comprobar el mágico espectáculo a las afueras de Tomillares. Luego, cuando ya llevábamos caminadas un par de leguas, vimos con agrado que un labriego estaba realizando sus labores en una viña lindera con el camino y nos fuimos hacia él por ver si nos socorría con un trago de agua. Los días de mayo, ya se sabe son muy calurosos, “…cuando los trigos encañan y están los campos en flor…”, y además, era ya casi cercano el mediodía. Cuando llegamos a la vera del labrador, se incorporó este secándose el sudor con su pañuelo de hierbas.
- Buenos días, le saludamos. Hoy ya aprieta bien el amigo de arriba.
- Dímelo a mí, contestó el hombre. Con mis años, este trabajo y la calorina que está empezando a caer, a poco si puedo resollar. Pero lo voy a dejar pronto. ¿Qué se le ofrece a este hombre?
- Pues que mi perro y yo vamos ya sedientos y le agradeceríamos que nos diese un poco de agua, si es que tiene.
- Claro que tengo, y claro que os doy, ¡faltaría más! Esperar un poco. Y llegándose a una cepa cercana, sacó de debajo de su todavía escaso pampanaje una hermosa cuba de madera, con sus duelas, sus flejes, su asa de cadena y su pitorro para beber al chorro. Se la ofreció a Luis, este la alzó, bebió de ella y luego se echó agua en el cuenco de la mano y me dio a beber a mí como siempre hacía.
- ¡Está fresca, y cómo se agradece!, dijo mi amigo. Y usted, ¿qué hace trabajando con este calor?
- Y si no trabajo, ¿qué hago?, respondió el otro. Yo no sé, ni he sabido nunca hacer otra cosa más que eso, trajinar. Así que con esto me entretengo y al paso cuido y arreglo mi viña, que, después de mi familia, es lo que más quiero en este mundo. Y no es por lo que me dé, que algo me deja, eso sí, sino porque me costó mucho trabajo el hacerme de ella y procuro tenerla siempre como un jaspe. Además que luego por las tardes ya tengo tiempo de leer mis libros de historia, que eso también me gusta.
- ¿Y en qué consiste esta faena que está haciendo?
- Ya lo ves, escardillando. Claro que tú dirás ¿y eso qué es? Pues para que lo sepas, escardillar es quitar algunos de los demasiados tallos que echa la planta, podríamos decir los malos, y eso le da fuerza a la cepa porque así tiene que criar diez sarmientos en vez de quince, no alimenta a tantos y a los que cría los saca más apañaos. Además favorece luego la poda del próximo año, ya que la planta está, digamos, más despejada.
- Hombre, yo no entiendo de viñas, pero esta ¿dará muchas uvas, no?
- Da…, ni muchas ni pocas, pero las suficientes para que me sienta satisfecho. Yo no soy un boca seca de esos que siempre se están quejando de su cosecha. Es natural que el hombre busque rendimientos a su esfuerzo, pero la felicidad no se la dará el conseguir, sino la tranquilidad de conciencia de saber que ha actuado bien y sin reservas de ningún tipo.
- Desde luego, siguió Luis, se la ve toda limpia y cuidada como pocas.
- Pobre del hombre que no tenga su viña, su tienda, su taller o su despacho como los chorros del oro. El puesto de trabajo ya sea propio o del amo, dice mucho de aquél que lo desempeña, ya que demuestra bastante como es su persona, y, por ello, debe ser de lo más sagrado para cada uno. Igual que los hijos, igual.
- ¿Que los hijos?, preguntó mi amigo un tanto extrañado.
- Sí, sí, que los hijos, continuó el otro. Mira te los voy a ir comparando con la viña. Cuando los consigues, que no todos tienen esa suerte, has de velar cuidadosamente día tras día, y a todas horas, para que nada moleste o perturbe su crecimiento. A unos les das medicinas y a otros abonos e insecticidas para librarlos de enfermedades y plagas. Desde pequeños tienes que ir encaminándolos para que aprendan a ser productivos y al irse haciendo grandes, hay que estar muy atentos para que no se tuerzan. Después, si lo logras, no veas cómo te sientes de orgulloso. Vas a la plaza, te juntas con los amigos y en el corro no hay nadie más orondo que tú. Luego hay a quienes les gusta hablar y presumir de ello y quienes no, pero a unos y a otros se les ve esponjaos y a gusto, tanto si llevan la procesión por dentro como si la sacan a la calle.
- Pero usted sabe que hay hijos buenos y malos.
- No, contestó con rapidez el hombre. Hijos, los hay buenos y menos buenos, porque los malos no existen. Pero a todos se les quiere por igual, porque a todos has dedicado por igual tus esfuerzos y en todos has puesto por igual tus ilusiones. Si el fin conseguido no es el mismo en cada uno de ellos, a ti te da lo mismo. ¡Hombre! si todo sale bien, pues mejor, pero lo que de veras te compensa es la tranquilidad de saber que no ahorraste nada, absolutamente nada, para que el cuajar de todos fuese parejo.
-Y a este respecto te voy a decir otra cosa más, que seguro no conoces. La viña que tenemos delante, como ves, está en desnivel y eso hace que no produzca por igual. Estas laderas son mejores que el calar, que es aquello alto de la loma, y eso es lo más calizo. Y también son más buenas que eso de ahí abajo, el someral, o sea, la parte del barranco, y que además está un poco fastidiadilla porque el año pasado se heló. Sin embargo, ¿tú ves que unas cepas estén mejor arregladas que otras?, o ¿piensas acaso que yo estoy más satisfecho con algunas en especial basándome en su rendimiento? No. Desde luego que no, que a estas cepas que tenemos delante, “hijas” de mi alma, las quiero a todas por igual, lo mismo que quiero por igual a todos mis hijos, y tanto me da que uno llegue a conde y otro sea porquero.
- ¿Le da lo mismo que uno triunfe y otro no?
- Lo que no me daría lo mismo es que uno, el que sea, me hubiera salido granuja, u holgazán, o borracho. Si me hubiera dado el humo de que alguno hubiese querido tirar por mal camino, ya habría tratado por todos los medios de cambiarlo, lo mismo que repongo una cepa si está loca o aceda. Pero si cada uno de ellos ha dado de sí, honradamente, todo lo que llevaba dentro, o al menos la mayor parte de ello, y los míos lo han hecho así afortunadamente, yo estoy muy ufano de ellos. Lo mismo que me ves muy campante de que este majuelo se vea tan hermoso. Y si luego hay más o menos uvas, pues más o menos cuartos que me dan en la Cooperativa. Pero al fin y al cabo eso ¡qué más me da! Yo, al año que viene, voy a procurar tenerla igual de apañá.
- Bueno, estamos muy a gusto con usted, pero nosotros ya nos vamos. Sin embargo, antes de irnos, mire usted lo que le digo, buen hombre. He andado por muchos sitios y he conocido a gentes de muchas clases y condición, pero he visto pocas personas con sentimientos tan nobles, tan arraigados como los suyos y con esa forma de pensar tan sensata y generosa. Que viva usted muchos años así, sirviendo de ejemplo a los que le rodean, y hasta otro día.
- Gracias, amigo, por tus palabras. Pero has de saber que como yo estamos muchos. Más de los que crees. Que tengáis buen camino tú y la compaña. Y beber otro trago, que os va a venir bien.
Y satisfechos en extremo por lo oído al viñero, Luis y yo bebimos de nuevo y echamos a andar en busca de un montecillo que se aciguataba a lo lejos, para, debajo de alguna carrasca, sentarnos a tomar un bocado y echarnos una siesta, hasta que refrescase un algo la tarde “mayera”.

Mayo de 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de mayo de 2009