jueves, 21 de mayo de 2009

¿Quién sabe...

¿Quién sabe…
Ramón Serrano G.

El hombre es un animal. Sí, pero de costumbres, me dirá alguien enseguida, y también, que unos más y otros menos. De acuerdo, de acuerdo. Pero por eso, es cierto que debido a esas faltas esporádicas de racionalidad, cuando se nos trastoca el ejercicio de esas costumbres, también unos más y otros menos, hacemos cosas bastante raras. Mírese si no cada cual sus adentros y verá como algunas veces, muchas veces, se ha sorprendido a sí mismo, por ejemplo, elevando imprecaciones al averno porque estaba cerrado el kiosco donde tiene la costumbre de comprar la prensa a diario. En ese, o en cualquier otro nimio quebranto de nuestra rutina. Y una de esas anomalías es la que ha dado pie a este escrito.
Quienes habitualmente dormimos bien, las pasamos moradas si una noche, sin saber por qué, el insomnio se nos cuela en la cama y se acurruca en nuestra mente como fastidioso compañero. Antes, cuando me ocurría aquesto, y como lo de contar carneros no me dio nunca resultado, tras dar más de mil vueltas, solía agarrarme unos enfados monumentales y llegaba hasta a jurar en avéstico. Sin embargo ahora (el tiempo lo cambia todo) casi me alegro cuando esto me sucede en rara vez, ya que a esas horas y en esas condiciones, suele mi corta mollera pensar en cosas de las que habitualmente no se ocupa. Por otra parte, considero que esta actividad es casi lógica pues, al cambiar la situación, el horario, o el estado de ánimo, se altera el modo de actuar ante ellos. Pensemos cuál sería nuestro comportamiento si tuviésemos que bajar una escalera de espaldas, comer sopa con tenedor o limpiarnos los dientes con la izquierda sin ser zurdos. Posiblemente muy sorprendente, ya que estaríamos obrando de manera distinta a como lo hacemos habitualmente,
Y en esas raras vigilias a las que aludo, mi caletre puede adentrarse por los vericuetos más insospechados. Como no tengo cortapisas de tiempo, tema o extensión, me lanzo a la aventura de recorrer extraños caminos. En realidad, no tan extraños, ya que casi siempre, en esos episodios nocturnos, suelo enfocar mi personal coyuntura o la ajena, y si es esta, la de familiares, amigos, o acaso algún famoso. Y al adentrarme por cada una de esas veredas, me sumerjo de inmediato en los senderos del pasado, el presente y el futuro. Ya saben, en el pretérito, casi siempre una somera queja, un reconcomio. Aquello de: -Aquél día que fui y le dije, le debía hacer dicho esto y haber hecho esotro…- En lo actual, la duda omnipresente de qué actitud adoptar: -Creo que voy a esperar a que…Claro que si luego…- Y en lo advenidero, una insolente certeza para prevenir cuál será la mejor ejecución de nuestros planes y un inconsciente desprecio o ignorancia hacia las vicisitudes y avatares que puedan alterar el desarrollo de nuestras empresas para bien o para mal. – Cuando llegue ese momento, ya verás como yo…
Hace tiempo, hubo noches en las que quise entretenerme escuchando la radio. Y encontré en ella lo normal: tertulias, noticias, música, llamadas de oyentes, etc. Pero no. Aquello era para mí una monotonía y llegué a la conclusión de que prefiero el silencio. La relajante ausencia de ruidos que podemos disfrutar los que vivimos en sitios en los que todavía, a ciertas horas, el descanso no se ve alterado por molestos estruendos, algazaras y jollines. Sí, reconozco que me inclino a escuchar ese misterioso y sugerente silencio de la noche, y con él, saborear sones, murmullos, zalagardas, o ilusiones llegadas de no se sabe dónde
Y es entonces cuando me pongo a elucubrar y a jugar al juego del “Quién sabe”. Y para jugarlo, para disfrutar con él, pienso, aventuro, quimerizo, fantaseo o desvarío. Forjo actuaciones, tuerzo aventuras, trato de finalizar quimeras y me lanzo en busca de proezas que nunca llegaron ni llegarán a realizarse. Lo único malo de este entretenimiento es que siempre tiene un final agridulce, ya que algunas consecuencias no puedo siquiera llegar a imaginarlas. Pero les voy a enumerar algunas de estas entelequias, por si a alguno de ustedes, habiéndole sucedido lo que a mí, tuviese respuestas a preguntas que yo nunca he sabido contestar. Y es que digo yo:
-Quién sabe lo que hubiera ocurrido si Don Quijote hubiese limpiado este mundo de malandrines y follones. Si Schubert hubiese acabado la octava sinfonía. Si Romeo y Julieta hubiesen conseguido llevar la concordia a Montescos y Capuletos. Si la nariz de Cleopatra hubiera sido un centímetro más larga. O si un ruiseñor naciese mudo. Lo acaecido si César, pensando que la suerte no estaba echada, no hubiera cruzado el Rubicón. O si Neruda no hubiese podido escribir los versos más tristes aquella noche. Si Atila hubiese dejado que creciera la yerba tras el paso de su caballo. O adónde nos llevaría la impensable tragedia de que, en un indeseable año, pasásemos del invierno al estío sin que hubiese primavera.
- Y no para ahí la cosa, porque, a veces, además de esto, y para calmar mis sueños, sigo elucubrando con: ¿quién sabe si ...

Mayo 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 22 de mayor de 2009

jueves, 7 de mayo de 2009

La viña

La viña
Ramón Serrano G.

Para los viñeros de Tomillares, sacrificados marineros de tierra adentro, con mi respeto y admiración.

Aquellos que conocen bien La Mancha saben que sus llanuras tienen un cierto parecido con la mar cuando esta está en calma. “…Con noches de mar sin mar, todo costa y todo cielo, casi para navegar” que cantara Juan Torres. Tan es así, que puede que no sea por casualidad que el museo de la Marina española esté asentado en las entrañas de esta parda tierra. Desde luego, lo que sí es seguro, es que los amaneceres manchegos son tan serenos y esplendorosos como los marítimos. Sobre todo en primavera.
Para deleitarnos con uno de ellos, y aunque las mañanitas de abril son muy dulces de dormir, y las de mayo, no tienen cabo, madrugamos y habíamos iniciado nuestra salida, tan sólo unos momentos después de que el pez de sombra hubiese abierto el camino del alba. Y nada más empezar nuestra andadura pudimos comprobar el mágico espectáculo a las afueras de Tomillares. Luego, cuando ya llevábamos caminadas un par de leguas, vimos con agrado que un labriego estaba realizando sus labores en una viña lindera con el camino y nos fuimos hacia él por ver si nos socorría con un trago de agua. Los días de mayo, ya se sabe son muy calurosos, “…cuando los trigos encañan y están los campos en flor…”, y además, era ya casi cercano el mediodía. Cuando llegamos a la vera del labrador, se incorporó este secándose el sudor con su pañuelo de hierbas.
- Buenos días, le saludamos. Hoy ya aprieta bien el amigo de arriba.
- Dímelo a mí, contestó el hombre. Con mis años, este trabajo y la calorina que está empezando a caer, a poco si puedo resollar. Pero lo voy a dejar pronto. ¿Qué se le ofrece a este hombre?
- Pues que mi perro y yo vamos ya sedientos y le agradeceríamos que nos diese un poco de agua, si es que tiene.
- Claro que tengo, y claro que os doy, ¡faltaría más! Esperar un poco. Y llegándose a una cepa cercana, sacó de debajo de su todavía escaso pampanaje una hermosa cuba de madera, con sus duelas, sus flejes, su asa de cadena y su pitorro para beber al chorro. Se la ofreció a Luis, este la alzó, bebió de ella y luego se echó agua en el cuenco de la mano y me dio a beber a mí como siempre hacía.
- ¡Está fresca, y cómo se agradece!, dijo mi amigo. Y usted, ¿qué hace trabajando con este calor?
- Y si no trabajo, ¿qué hago?, respondió el otro. Yo no sé, ni he sabido nunca hacer otra cosa más que eso, trajinar. Así que con esto me entretengo y al paso cuido y arreglo mi viña, que, después de mi familia, es lo que más quiero en este mundo. Y no es por lo que me dé, que algo me deja, eso sí, sino porque me costó mucho trabajo el hacerme de ella y procuro tenerla siempre como un jaspe. Además que luego por las tardes ya tengo tiempo de leer mis libros de historia, que eso también me gusta.
- ¿Y en qué consiste esta faena que está haciendo?
- Ya lo ves, escardillando. Claro que tú dirás ¿y eso qué es? Pues para que lo sepas, escardillar es quitar algunos de los demasiados tallos que echa la planta, podríamos decir los malos, y eso le da fuerza a la cepa porque así tiene que criar diez sarmientos en vez de quince, no alimenta a tantos y a los que cría los saca más apañaos. Además favorece luego la poda del próximo año, ya que la planta está, digamos, más despejada.
- Hombre, yo no entiendo de viñas, pero esta ¿dará muchas uvas, no?
- Da…, ni muchas ni pocas, pero las suficientes para que me sienta satisfecho. Yo no soy un boca seca de esos que siempre se están quejando de su cosecha. Es natural que el hombre busque rendimientos a su esfuerzo, pero la felicidad no se la dará el conseguir, sino la tranquilidad de conciencia de saber que ha actuado bien y sin reservas de ningún tipo.
- Desde luego, siguió Luis, se la ve toda limpia y cuidada como pocas.
- Pobre del hombre que no tenga su viña, su tienda, su taller o su despacho como los chorros del oro. El puesto de trabajo ya sea propio o del amo, dice mucho de aquél que lo desempeña, ya que demuestra bastante como es su persona, y, por ello, debe ser de lo más sagrado para cada uno. Igual que los hijos, igual.
- ¿Que los hijos?, preguntó mi amigo un tanto extrañado.
- Sí, sí, que los hijos, continuó el otro. Mira te los voy a ir comparando con la viña. Cuando los consigues, que no todos tienen esa suerte, has de velar cuidadosamente día tras día, y a todas horas, para que nada moleste o perturbe su crecimiento. A unos les das medicinas y a otros abonos e insecticidas para librarlos de enfermedades y plagas. Desde pequeños tienes que ir encaminándolos para que aprendan a ser productivos y al irse haciendo grandes, hay que estar muy atentos para que no se tuerzan. Después, si lo logras, no veas cómo te sientes de orgulloso. Vas a la plaza, te juntas con los amigos y en el corro no hay nadie más orondo que tú. Luego hay a quienes les gusta hablar y presumir de ello y quienes no, pero a unos y a otros se les ve esponjaos y a gusto, tanto si llevan la procesión por dentro como si la sacan a la calle.
- Pero usted sabe que hay hijos buenos y malos.
- No, contestó con rapidez el hombre. Hijos, los hay buenos y menos buenos, porque los malos no existen. Pero a todos se les quiere por igual, porque a todos has dedicado por igual tus esfuerzos y en todos has puesto por igual tus ilusiones. Si el fin conseguido no es el mismo en cada uno de ellos, a ti te da lo mismo. ¡Hombre! si todo sale bien, pues mejor, pero lo que de veras te compensa es la tranquilidad de saber que no ahorraste nada, absolutamente nada, para que el cuajar de todos fuese parejo.
-Y a este respecto te voy a decir otra cosa más, que seguro no conoces. La viña que tenemos delante, como ves, está en desnivel y eso hace que no produzca por igual. Estas laderas son mejores que el calar, que es aquello alto de la loma, y eso es lo más calizo. Y también son más buenas que eso de ahí abajo, el someral, o sea, la parte del barranco, y que además está un poco fastidiadilla porque el año pasado se heló. Sin embargo, ¿tú ves que unas cepas estén mejor arregladas que otras?, o ¿piensas acaso que yo estoy más satisfecho con algunas en especial basándome en su rendimiento? No. Desde luego que no, que a estas cepas que tenemos delante, “hijas” de mi alma, las quiero a todas por igual, lo mismo que quiero por igual a todos mis hijos, y tanto me da que uno llegue a conde y otro sea porquero.
- ¿Le da lo mismo que uno triunfe y otro no?
- Lo que no me daría lo mismo es que uno, el que sea, me hubiera salido granuja, u holgazán, o borracho. Si me hubiera dado el humo de que alguno hubiese querido tirar por mal camino, ya habría tratado por todos los medios de cambiarlo, lo mismo que repongo una cepa si está loca o aceda. Pero si cada uno de ellos ha dado de sí, honradamente, todo lo que llevaba dentro, o al menos la mayor parte de ello, y los míos lo han hecho así afortunadamente, yo estoy muy ufano de ellos. Lo mismo que me ves muy campante de que este majuelo se vea tan hermoso. Y si luego hay más o menos uvas, pues más o menos cuartos que me dan en la Cooperativa. Pero al fin y al cabo eso ¡qué más me da! Yo, al año que viene, voy a procurar tenerla igual de apañá.
- Bueno, estamos muy a gusto con usted, pero nosotros ya nos vamos. Sin embargo, antes de irnos, mire usted lo que le digo, buen hombre. He andado por muchos sitios y he conocido a gentes de muchas clases y condición, pero he visto pocas personas con sentimientos tan nobles, tan arraigados como los suyos y con esa forma de pensar tan sensata y generosa. Que viva usted muchos años así, sirviendo de ejemplo a los que le rodean, y hasta otro día.
- Gracias, amigo, por tus palabras. Pero has de saber que como yo estamos muchos. Más de los que crees. Que tengáis buen camino tú y la compaña. Y beber otro trago, que os va a venir bien.
Y satisfechos en extremo por lo oído al viñero, Luis y yo bebimos de nuevo y echamos a andar en busca de un montecillo que se aciguataba a lo lejos, para, debajo de alguna carrasca, sentarnos a tomar un bocado y echarnos una siesta, hasta que refrescase un algo la tarde “mayera”.

Mayo de 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de mayo de 2009

jueves, 23 de abril de 2009

Consejos II

Consejos (II)
Ramón Serrano G.

“Cuando las canas de un viejo/ dan a la gente un consejo/ la gente respetuosa/ lo atiende siempre, a no ser/ que aconsejen otra cosa/ los ojos de una mujer”.- J. Mª. Pemán


Hace poco tiempo, en mi escrito titulado “La homilía” hablaba entre otras cosas de los mensajes, podríamos llamarles consejos, que yo quería transmitir a través de mis artículos. Y desde entonces, varias personas han vuelto a tener la amabilidad de comunicarme algún comentario al respecto de esas recomendaciones, algunas, es verdad, en cierto desacuerdo con ellas. Independientemente de esto, y ya que los gentiles pareceres de mis lectores me llevan siempre a reflexionar sobre lo escrito, me he puesto a rebinar sobre el tema.
Lo que observo, en primer lugar, es cómo este hábito de dar consejos viene de muy antiguo y es común en todos los países y culturas. Su uso es debido, sin duda, a la benevolencia humana y puede ser también que dado que antaño los jóvenes, carentes de experiencia y sin otros medios para el aprendizaje, se tenían que apoyar en la sabiduría de los ancianos los cuales, normalmente, ya habían pasado por trances similares a los que a los otros les tocaba ahora enfrentarse.
Ahora la gente vive más y más deprisa que antes, y mucho más relacionada. Hoy están muy de moda los correos electrónicos, los e-mails, palabreja que ya está acogida en el diccionario, y aunque los hay de todos los fines, estilos y gustos, muchos de ellos suelen venir cargados de avisos y advertencias. Reflexiones, casi todas, magníficamente presentadas y acompañadas de citas y paisajes apropiados e incitadores a realizar lo sugerido. Pero sea cual sea su apariencia o forma de realizarse, no dejan de ser, simple y llanamente, consejos.
Pero si echamos la vista atrás, dando un ligero repaso a lo que sobre los consejos se ha escrito, podremos encontrar opiniones y sentencias para todos los gustos. Así, y con una visión negativa sobre ellos, existe el dicho de: No me des consejos que me sé equivocar solo. O cuando Terencio asegura: Cuando estamos sanos, todos tenemos buenos consejos para los enfermos. Los hay de índole positiva como estos otros, aunque tengan diferente matiz entre ellos: Mejor un consejo, que no una habladuría, o aquel que afirma: Más vale una cabra que dé leche, que una vaca estéril. Pero no existen, o al menos eso creo, los que no se decantan hacia ningún lado, lo bueno o lo malo, ya que ello va en contra de su propia naturaleza.
Hay por otra parte, personas muy dadas a aleccionar y a advertir, como las hay que no se fían demasiado de las advertencias. Como haylos extro e introvertidos, serios o risueños. Pero esto no es bueno ni malo per se, y más, cuando normalmente suele ocurrir con estos asesoramientos lo siguiente: pedimos consejos casi siempre queriendo escuchar, no ya aquello que nos conviene, sino lo que nos interesa. La mayoría de las veces lo hacemos tarde, a toro pasado, y es de nuevo Terencio quien nos recuerda: Si tienes que dar un consejo a tiempo, darás pocos. Tampoco lo hacemos con la intención fija de seguirlos (véase la cita del principio) sabiendo de antemano que no los hemos de seguir si no se acomodan a nuestras circunstancias. Y por último, y por no extenderme en demasía, o no los valoramos justamente debido a su gratuidad, o no sabemos llevarlos a la práctica. Lope de Vega nos dijo aquello de: No hay cosa más fácil que dar consejos, ni más difícil que saberlos tomar.
Todo esto en cuanto a la solicitud, pero en lo referente a la donación, diré tan sólo dos cosas: que estos adoctrinamientos, que normalmente se basan en la experiencia, la sabiduría y la buena voluntad del dispensador, no suelen encontrar muchas veces, demasiadas veces, epígonos que los sigan, y cada quien suele olvidar casi enseguida lo oído y actúa según su propio albedrío. Eso tan sabido de que nadie escarmienta en cabeza ajena. Y puede que también sea porque piensan que los viejos damos buenos consejos, tal vez porque no podemos dar malos ejemplos.
Pero para mí, y esto es lo mejor de cuanto vengo a escribir hoy, los mejores consejos que escuché en mi vida son los que oí decir a nuestro señor Don Quijote al buen Sancho. Empezando por aquel de: “Haz gala Sancho de la humildad de tu linaje y no te desprecies de decir que vienes de labradores”. Y continuando por aquellos de: “Sábete, Sancho, que….

Abril 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 24 de abril de 2009

jueves, 2 de abril de 2009

Trochas y sendas

Trochas y sendas Ramón Serrano G.

- Luca, vamos a sentarnos en esas piedras un rato y descansamos.
Y así lo hicimos. La mañana era hermosa. Todas las mañanas son hermosas, como lo son las tardes y lo son las noches si se les sabe ver bien su meollo, aunque en estas últimas suele haber ratos de muy diversas naturalezas y eseidades: unos muy dichosos, pero también algunos muy, muy tristes. Pero dejemos eso y admiremos cómo La Mancha, vista así, a solas y despacicamente, es un sitio hermoso como pocos. Embobados nos estuvimos un rato viendo viñas, rastrojos, pedrizas, liegos con muchos malos vecinos y escasamente alguna carrasca. Sólo el aire difuminaba un algo la claridad de la inmensa llanura, pero le daba un sugerente halo de belleza con esa luz tan propia y tan bonita, a la que una gran pintora de Argamasilla adjetivó como única. Al rato rompí el silencio:
-Qué envidia me dais los hombres, le dije a Luis. Vosotros podéis elegir vuestro destino, aventuraros, cambiar de aires, pero nosotros los perros siempre hemos de llevar la misma vida.
-No, me contestó. No es exactamente así. Fíjate en ti mismo Luca, que en vez de apandorgarte a las faldas de algún otro, te “aterminaste” a venir conmigo a ver mundos, conocer gentes y escuchar nuevas y viejas ideas. Muchas personas suelen hacer eso otro, apoltronarse en algún momento de su vida y renunciar al placer de encontrar logros de diversos tipos, algunos difíciles de alcanzar y algunos no tanto, pero todos ellos satisfactorios y apaciguadores para el alma.
-Y en eso se equivocan, prosiguió. Las personas, desde jóvenes, deben fijarse en cuáles son las cosas importantes. Esas por las que merece la pena luchar. Pero ojo, que aquí ha de hacerse aquello que nos explicaba nuestro profesor de matemáticas, el añorado Don Antonio Huertas, para resolver bien un problema. Primero, nos decía, hay que leer el enunciado. Luego plantear el problema. Después leer el enunciado. Tras ello, hacer las operaciones. De nuevo, leer el enunciado. Repasar lo hecho. Leer el enunciado…Es decir, que hay que estudiar detallada, detenida y repetidamente qué es lo que puede ser realmente importante para el mejor desarrollo de nuestro vivir, ya que a veces, desgraciadamente demasiadas veces, el brillo del envoltorio no nos deja ver con exactitud la calidad de lo que hay dentro y habiendo encontrado cada uno lo que cree que puede ser bueno para él, lo elige y se lanza a su consecución sin comprobar, cien veces que fuese necesario, la corrección de lo seleccionado.
-¿Y qué hay que hacer entonces? le pregunté.
-Pues una vez que alguien se ha cerciorado por mil medios de qué es lo que quiere, y si ello tiene auténtica calidad e importancia, emprender el camino de su consecución. En marchant par divers sentiers. Emprender caminos, recorrer sendas, utilizar incluso trochas, congostras o veredas, y acostumbrarse a despreciar atajos, que pudieran parecernos beneficiosos en un principio por el ahorro de esfuerzos y la ganancia de tiempo, pero que a la larga quizás resultarían perniciosos.
- Calla, le corté. Creo que pronto vas a ver… Sí, mírala.
Y cerca de nosotros cruzó el camino una liebre. La orejona, como el escaso viento no le era propicio, no nos había olfateado y venía lentamente mordisqueando hierbajos y cortezas. Se sentó un par de veces sobre sus patas traseras dando la impresión de que oteaba, cosa improbable puesto que es la vista su peor sentido. Al poco, se fue yendo como había llegado.
-¿Te has fijado? Ella también va siguiendo su senda. Y eso es lo que debe hacer el hombre: no adocenarse, tener el inconformismo de no aceptar cualquier cosa, un “lo que sea”, con tal de que ello le cubra sus mínimas necesidades físicas, laborales, culturales o sociales. Hay que intentar saber más, ser más, llegar a más, e incluso, tener más, siempre que ello no venga producido por el ansia y la codicia. Y hay que desechar las sendas triadas en exceso e ir abriendo nuevos caminos.
-¿Algo parecido a lo que dijo Machado de, “…caminante, no hay camino…?, le dije.
-Efectivamente. Hay que marcar nuevas sendas, procurando, si cabe, que se oiga nuestra canción, que se vean nuestras huellas. Y observando además las estelas en el mar, y escuchar al jilguero antes de que este deje de emitir su canto. Todos deberíamos saber que es un grave error el conformismo si se renuncia con él a la consecución de algo loable. Y más siendo, como lo es, tan interesante y necesaria la aventura para la realización personal de cada hombre, porque en suma, sólo podremos conseguir nuestro propósito andando por y para nosotros mismos y señalándonos nuestra propia ruta.
Calló para observar a dos urracas que con sus saltos característicos se habían acercado bastante hasta nosotros, sabedoras de que no podríamos hacerles ningún mal. Y tras mirarnos las maricas como con cierto desprecio, se fueron de un corto vuelo hasta un barbecho cercano.
-Esto ha ocurrido siempre, continuó Luis. Tú has oído hablar del Camino de Santiago, e incluso has hecho conmigo parte de él. Pues bien, tanto los primeros peregrinos, allá por la mitad del siglo XII, como los de la actualidad, fueron y van a él sin obligación alguna. Lo hacen, aparte del sentimiento religioso que pueda tener cada uno, por un afán de conocer, sitios, gentes, culturas, costumbres. Y sabiendo que ello les acarrea gastos y sacrificios. Pero no les importa. A ellos lo que siempre les ha interesado es vivir unas experiencias distintas e irrepetibles. Así luego, tanto los que regresaban, y aún los que hoy regresan de él, llegan contando y describiendo sucesos prodigiosos, relatos extraordinarios, vividos unos, soñados otros, pero siempre creídos y aceptados a pie juntillas. La experiencia padecidas o gozadas en los senderos: el cansancio, el frío o el sudor, el poco comer, el corto dormir, y la escucha de lo que ellos, y la cáfila de gentes que les acompañaban, iban oyendo cantar a ciegos, guitones y mendigantes. Saberes y leyendas populares. O coplas, las más de ellas compuestas por un tal Juan Ruiz, Arcipreste que fuera de Hita, y conocedor profundo de instrumentos y juglerías. Todos y cada uno de los peregrinos a más de darse los croques y abrazar al Apóstol, traen y llevan historias y conocimientos de unas regiones a otras, de unos a otros países. Todos y cada uno de ellos vienen, a su regreso, satisfechos del esfuerzo realizado y satisfechos de lo vivido
-Luis, volví a interrogarle, y todas estas cosas que me cuentas, ¿las piensas tú; salen de tu caletre?
-No. Yo siempre bebo en la misma fuente que son los libros y lo que sí hago es que luego rebino mucho sobre lo que tengo leído. Mira, acerca de lo que estamos comentando hay un texto en “El Quijote”, en su parte segunda, ya casi al final, en el que el ínclito Sancho le dice a Alonso:”¡Ay! No se muera vuestra merced…que la mayor locura que puede hacer un hombre es dejarse morir…Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama y vámonos al campo…como tenemos concertado…”.
-Y observa Luca, cómo es de admirar que el buen cazurro que ha estado siempre rogando a su señor que abandonase las andanzas y volviera a su terruño, es el que ahora, seducido por la aventura y el conocimiento de lo nuevo, que ha tenido en los últimos tiempos, ruega a su señor que tenga ánimo y reemprenda las correrías por esos mundos de Dios. Que no se muera porque sabe que también es morirse vivir en la ignorancia o en el nulo o escaso desarrollo. Mientras que Quijano, no más cuerdo, que jamás estuvo loco, sino más realizado con tanta experiencia vivida deambulando por tanta extraña senda, es consciente de que cuando se ha logrado patear esos caminos, aunque quizás cansado del esfuerzo, es entonces cuando el ser humano se halla en paz tanto con el mundo como consigo mismo Y la paz es una de las situaciones más satisfactorias y beneficiosas que puedan alcanzarse en este mundo. Algo maravilloso. De ella decia Carlos de Orleans: Paix est un trèsor qu’on ne peut trop luer. La paz es un tesoro tan grande, que por mucho que la alabemos nunca será demasiado.
-¡Qué gran verdad!, se reconoció a sí mismo mi amigo. Y dijo luego: Venga, vámonos ya que tenemos que seguir andando, o lo que es igual, haciendo camino al andar.
Abril 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de abril de 2009

jueves, 19 de marzo de 2009

La colección

La colección
Ramón Serrano G.

Había llegado hacía mucho, muchísimo tiempo al pueblo y desde el primer día que lo vi me di cuenta de que era una de esas personas diferentes a las demás. No sé si mejor o peor, pero sí distinta, y poseedora de un indescriptible don que le daba distinción y porte. Pronto supe que su profesión era la enseñanza. Al poco comenzamos a saludarnos y, al poco, fuimos adquiriendo una amistad un tanto extraña, a la vez íntima y distante.
Su comportamiento era estrictamente riguroso. Siempre hacía las mismas cosas y a las mismas horas. A las ocho desayunaba puntualmente en “su” bar. Iba a su trabajo y pasadas las dos, tomaba el aperitivo tambíén allí, y allí se estaba hasta casi las tres, que se iba a comer. Tenía un dicho gracioso que acrecentaba con su gracejo andaluz: -“Uztedez coméih cuando los arbañileh, pero los que de casa grande descendemoh o comemoh a las tres, o no comemoh”. Por la tarde, ya fuese con las lluvias de abril o el sol de mayo, daba un largo paseo por las afueras del lugar, tomaba un carajillo y marchaba a su casa para ocupar el resto del día en la lectura o el estudio.
Hablaba con todo el mundo, pero “hablaba” con muy pocos. Quiérese decir con esto que siendo campechano en el saludo y en el trato con las gentes, con todas las gentes, era reservado en extremo para escoger a los contertulios en las conversaciones que a él le parecían de mayor enjundia o significado, debiendo dejar constancia que en la elección de sus departidores no influía para nada su condición social o la posición económica de los dialogadores, sino la empatía que tuviese con ellos.
Pero dejemos para una futura ocasión la descripción del personaje, digno como pocos de que su vida y quehaceres sean narrados, y vayamos al hecho que hoy nos ocupa. Una tarde, una feliz tarde, tras coincidir con él tomando un café, me invitó de nuevo a su casa, pero esta vez no para que hablásemos, discutiendo o discrepando, de historia, literatura o filosofía, tres temas para él trascendentales, sino para mostrarme lo que ya me tenía prometido en varias ocasiones, y que siempre había pospuesto.
- Va a ver usted algo, me dijo, creo que inaudito y completamente increíble. Espero que no me tome por loco.
Al llegar a su casa, en vez de dirigirnos como siempre al aposento completamente abarrotado de libros que le servía de despacho y estancia, se dirigió hacia una puerta que yo siempre había visto cerrada. Sacó de su llavero la llave, solemne y parsimoniosamente la abrió, y pasamos a una espaciosa habitación limpia y minuciosamente cuidada.
- Este lugar es mi mihrab, mi sancta sanctórum, mi capilla privada. Por eso la han visitado muy pocos, porque creo que muy pocos entenderían lo que significa para mí. Pero usted sí. Por eso le pido que pase, mire y si acaso no entiende algo, pregúnteme. Como verá es una extraña colección. La gente acostumbra a hacer excerptas de muchas cosas. Las más usuales son sellos, vitolas, monedas o soldados de plomo. Pero como observará, mi colección es diferente por completo.
Con asombro, vi que el amplio salón estaba lleno de vitrinas y que en cada una se podía apreciar un delicado letrero de porcelana indicando su contenido. No sabía por dónde empezar, y al acercarme a ellas, observé que guardaban cosas inimaginables. Acudí a la que estaba más cerca. En su etiqueta ponía: “Dudas” y dentro se hesitaba, entre otras, si alguna vez, durante toda su vida, Alejandro, el Macedonio, sintió lo que era el miedo. O en qué pensaba Platón en sus ratos de ocio. O qué motivo llevó a Larra a suicidarse tan joven. O la más conocida de ser o no ser.
En la contigua, marcada como: “Naturaleza”, observé la silueta escabrosa de unas hirientes ortigas que podrían haber sido las causantes de un oloroso desamor de juventud, que habían llegado a trastocarle pasajeramente el carácter, intentando acercarlo a la misantropía. No lo lograron, pero cerca estuvo. Y en el estante de más abajo, y verde que te quiero verde, aparecía un pequeño camino, un caminito que entonces estaba bordado de trébol y juncos en flor, en el que había algunas hojas muertas caídas probablemente desde una canción y que conducía serpenteante hasta la leyenda de un beso. Un beso posiblemente robado, o entregado a hurtadillas.
Había en la de más allá, titulada “Momentos”, ni más ni menos, que una tarde entera escuchando embelesado a Tagore. El conocimiento de qué mujer inspiró a Rostand para que pudiese crear a Roxana. La belleza de ver los barcos venir cuando las claras del día. La melodía con la que el ruiseñor explica por qué los pájaros saben cuándo es llegado el 21 de marzo. Nadie sabe cómo ha sido. Nadie, salvo ellos. O el regocijo de la futura madre al confirmar, felizmente, la certeza de su embarazo.
A su lado, un armario mayor que los anteriores. “Conversaciones” ponía en su rótulo. Y entre las muchas que había, llegué a escuchar qué se le pasaba por el magín al Hermano “Gachupa”, aquel vecino del pueblo de su abuela, cuando interrumpía la charla con la que gustaba entretener a los chiquillos, con historias vividas o soñadas pero muy sustanciosas para ellos, y se quedaba por unos instantes mudo, transcendido, pensando tal vez en cosas impensables para los zagales. También llegué a entender las explicaciones con las que cierta cepa, una mañana marceña, se sinceró con Ambrosio “Roscales” y su yunta, aclarándoles que su llanto abrileño no era de pena, sino de la esperanza de un futuro fruto. Y pude oír, emocionado, las chirinolas que dicen que tenían en las trincheras los soldados rojos y los azules, los malos y los buenos, los buenos y los malos, tanto monta, cuando por la noche, libres del odio que les habían inculcado, se decían las cosas que los hombres buenos, que todos eran buenos y todos eran hombres, se suelen decir en tales ocasiones.
Viendo mi cara de asombro, se acercó a mí y dijo: - Noto que se ha quedado más tiempo ante este armario. Habrá observado que es el mayor y el que tiene un mayor contenido. Es, simplemente, porque de entre todo, lo que más me gusta es coleccionar conversaciones. Debe ser además porque, en el fondo, soy muy hablador y me hubiese gustado charlar íntimamente con muchas gentes. No sé si sabe que una buena botella de vino junto a un buen amigo, tiene más saber y más filosofía que todos los libros del mundo juntos. Pero siga, siga mirando.-
- No, le contesté. Ya se ha hecho muy tarde y he disfrutado en demasía. Pero sí le pido, encarecidamente, que me permita volver otro día a seguir admirando su extraordinaria colección.

Marzo 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de marzo de 2009

jueves, 5 de marzo de 2009

Posiblemente

Posiblemente
Ramón Serrano G.

Estamos asistiendo, puesto que si no se ha hecho ya se hará de inmediato, a la implantación en algunos autobuses madrileños, y en otras capitales europeas, de unos letreros que dicen: “No te compliques la vida. Posiblemente, Dios no existe”. Esto, como no podría ser de otro modo, se debe a la genial ocurrencia de unas preclaras mentes que, no teniendo mejor ocupación, quieren despreocupar a la ciudadanía aconsejándole que no se metan en vericuetos sobre la existencia o no de un Ser Supremo, cosa esta que a ellos, por otra parte, les resulta difícilmente demostrable y, desde luego, muy poco conveniente. Por lo tanto, piden a quienes lean tan notable aseveración, que aíslen a sus conciencias del mundanal ruido, que no se metan en galimatías y que vivan a la pata la llana. Como debe ser.
Parece ser que a estos impagables genios les atañe, parece ser que profundamente, la incertidumbre de si habrá o no un demiurgo, pero les da lo mismo que por las más céntricas calles de la Villa y Corte se practique la prostitución a plena luz del día y sin tapujos; que se realicen los mayores negocios mediante la estafa y el fraude; que se mercadee libremente con drogas, o que se mande a la Policía Nacional para que recoja y ponga a buen recaudo a cuantos inmigrantes encuentren deambulando por Madrid sin tener la debida documentación, y que esto se haga del mismo modo y manera que los perreros atrapan a los chuchos sin dueño, los meten a la fuerza en un camión y los llevan a dependencias ignoradas.
Sé que esto no es ningún secreto y que de ello están todos ustedes informados por medios o personas mucho más capacitados que yo. Pero no sé si saben además que hace unos días, en un prestigioso diario, aparecía el consejo que un magnífico colaborador les daba a estos cuestionadores de la existencia divina. Y lo hacía el dibujante animándoles a que escribieran su ya famoso eslogan en esas pateras que traen hasta las costas canarias y andaluzas a miles de africanos. Es seguro, decía, que sería bueno poner eso de: “Posiblemente, Dios no existe” en los laterales de los frágiles barquichuelos que llegan, si es que llegan, ya que muchos se hunden antes de arribar, y que lo hacen sobrecargados de hombres, mujeres y niños. Pobres personas, pero personas al fin y a la postre, que están hartas de padecer hambruna y otros males, y lo arriesgan todo para conseguir algo a lo que poder llamar, aunque sea mínimamente, una vida un poquito digna.
Sin embargo no creo que el gran dibujante consiga animar a nuestros admirados benefactores para que lo hagan. Canarias o Andalucía están muy lejos de la Puerta del Sol. Quizás, sí que mis admirados prohombres armarían una buena si alguien se ahogase en el estanque del Retiro. Pero que cientos de personas mueran día tras día en las aguas del Atlántico o del Mediterráneo les es por completo indiferente. ¡Qué más les da!
Y claro, si no hacen caso a un influyente medio de comunicación, mucho menos me lo harán a mí, pobre tonto, si les hiciera, que se la hago, esta sugerencia. Les encarezco con todas mis fuerzas, que cuanto antes, mañana mismo, cojan brocha y pintura, se vayan a Gaza o a Irak, y en los derruidos muros que allí han quedado después de tanto bombardeo y tanto atentado terrorista, en los escasos restos de unas paredes que no son sino las ruinas de edificios que hasta ayer eran escuelas, mercados o viviendas, pinten con letras grandes y bien visibles: “Posiblemente, Dios no existe”.
Pero no. Yo sé muy bien que no van a seguir mis indicaciones, y por varios motivos. Primero porque quien se lo está pidiendo, u otros como yo, no valemos nada para ellos. Segundo porque en realidad a estos individuos les da lo mismo lo que a otros seres humanos les esté sucediendo, si estos viven lejos de su entorno. Y por último, pero muy principalmente, porque para escribir eso en los sitios donde impera de una manera atroz el fundamentalismo, algo que ponga en la más mínima duda la existencia de Allah, hay que tener unos “bemoles” que estos iluminados, no ya posiblemente, no, es que estoy absolutamente seguro que no tienen.
Y aunque sin “bemoles”, o dicho de otro modo, aunque no tengan “dídimos”, estos tranquilizadores de conciencias viven tan ricamente en su tibieza anímica y siguen a Buñuel en aquello de: “Yo soy ateo, gracias a Dios”. Y de sí mismos lo único que piensan es que son osados, atrevidos y, sobre todo, vanguardistas y progres. Y lo son, lo mismo que son otros adjetivos que me guardo. Esto lo creo con absoluta certeza, y no posiblemente.
Marzo 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de marzo de 2009

jueves, 19 de febrero de 2009

el apoyo

El apoyo
Ramón Serrano G.

Ha de antiguo la costumbre el hombre de apoyar sus afirmaciones en algo, o con algo, pues parece ser que simplemente dichas, ellas solas no tendrían el suficiente poder de convencimiento entre aquellos a quienes van dirigidas. Está muy demostrado que una aseveración carece de transmisión si no lleva compañía, por lo cual, quien ejerce el oficio de escritor, suele cimentar así su péñola. Recuerdo, a este respecto, a un maravilloso profesor que tuvimos en el colegio Sto. Tomás de Aquino, Don Francisco Pérez Fernández se llamaba, y que nos decía: “si ustedes cuentan algo sin más (siempre nos trataba de usted pese a nuestra corta edad) el oyente quedará insatisfecho, y para confirmar y creer lo oído, echará mano de inmediato de estos tres adverbios: dónde, cuándo, cómo”.
Digo que siempre ha ocurrido esto. Cuando la información se hacía forzosamente por vía oral, solían ser los viejos quienes contaban los casos o los sucesos más insólitos vividos u oídos por ellos y, sobre todo, si habían sucedido algún tiempo atrás, certificándolos con los mayores datos y testimonios posibles y abultándolos en mayor o menor medida según fuera su grandilocuencia, consiguiendo de esa manera que la audiencia diese una mayor credibilidad a lo escuchado.
Era algo que tenían muy aprendido desde siempre, tanto en las escuelas, como en las iglesias, sinagogas y mezquitas. Es innecesario hablar de cómo las parábolas son utilizadas habitualmente en las tres grandes religiones monoteístas, y me imagino que sucedería algo parecido en las del lejano oriente o en las de la América precolombina. El Nuevo Testamento cristiano está plagado de ellas. Era lo lógico, ya que Jesucristo las usa porque se está dirigiendo a un pueblo, el judío, acostumbrado a escucharlas en el Talmud, y dentro de este, en su parte del Hagadá. Lo mismo pasa en el islamismo, donde se recurre al Amzâl, el plural de mázal, que significa ejemplo, y que son utilizadas en el Corán como instrumentos contundentes de persuasión, ya que se les da una mejor consideración que a las simples explicaciones teóricas, por su mayor capacidad para sugerir.
Y si esto, durante toda la vida, se había practicado fructuosamente en el capítulo de lo religioso, no iba a ser de otro modo en el terreno de lo laico, y mucho más con los innovadores métodos mediáticos que fueron apareciendo constantemente. Antiguamente, y como va dicho, las noticias se recibían de viva voz, pero después llegaban a nosotros a través de los distintos medios de información y, las más de las veces, procedentes de alguien a quien no conocíamos. Era, entonces, de gran importancia el medio que hacía la difusión de la noticia y, según fuera este, aquella pasaba a tener mayor o menor credibilidad. No era lo mismo que algo fuese sabido por un periódico o una emisora nacional, y de un prestigio suficientemente acreditado, que lo recibido de algún extraño vocero o de quién sabe dónde.
Hagamos aquí un inciso para decir que la economía, esa ciencia que siempre ha sabido estar a las últimas para domeñar al mundo, se da cuenta de las posibilidades antedichas y empieza a utilizarlas con gran éxito. Por ello irrumpe con fuerza la publicidad. Si antes el buen paño se vendía en el arca, hoy lo que no se ve no se compra. Es por eso que todo se saca a la luz pregonando sus virtudes y al mismo tiempo creándonos necesidades ficticias. –Tengo que comprar esto, y además debe ser bueno, decimos, porque lo he oído anunciar en la radio o lo he visto en la televisión-. Pero este es otro enfoque del tema, que hoy dejaremos a un lado.
Por el que va la cosa es que nadie expone sus ideas y piensa que alguien va a creer sus palabras, si estas no están sustentadas en algún caso conocido. Parece ser que las gentes cansadas ya de oír tanta mentira, de que les hayan hablado tantas veces de las virtudes del caballo siendo que en realidad es un penco, vienen a confiarse un tanto si se les añade un basamento a lo pregonado. Cuántas veces hemos sido avisados de que hay que hacer las cosas sólidas, con fundamento, y para convencernos nos han puesto el ejemplo de la casa, a la que hay que cimentar a conciencia y poner gruesas paredes para que no venga el vendaval y la derribe. O que Samaniego viniese a amenazar nuestro futuro, ponderando a la hormiga y denostando a la cigarra por sus comportamientos.
Pero bueno sería que dejásemos de utilizar tornapuntas o rodrigones que sirvan para sostener nuestra palabra. Pensemos sin más, en que lo que digamos sea bueno así, sin otro sostén. En que hay que hacer las cosas bien. Construir con ladrillo y cemento buenos muros, y no tabiques de panderete, obleas de rasilla y yeso. Pero no por si luego viene el huracán, sino porque hacerlo de esa última manera es, sencilla y llanamente, robar. Convenzámonos de que hay que vivir laboriosa y morigeradamente, pero porque estemos convencidos de que la sobriedad es virtud, y la holgazanería y la excesiva farra son vicios, y no chicos. Por eso hay que hacer algunas cosas y rechazar otras, aceptar un modo de vida y renunciar a otro, y hacerlo hoy y ahora, simple y llanamente porque es así como se debe hacer, y no porque tengamos que pensar en un futuro, al que ni siquiera sabemos si vamos a llegar o en una fama que tal vez no nos merezcamos.

Febrero 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de febrero de 2009