jueves, 5 de febrero de 2009

La manta

La manta
Ramón Serrano G.

Se ha opinado hasta la saciedad acerca de si el escritor, cuando ejerce como tal, lo que hace siempre es transcribir al papel sus propias vivencias y, como es de suponer, hay las más diversas opiniones al respecto. Mi parecer es que algo de ello es cierto, pero que sobra el adverbio. O sea, no siempre que alguien escribe algo está transmitiendo lo que a él le tiene sucedido, ya que la mayoría de las veces lo que hace es expresar lo escuchado o visto, pero no lo acaecido a sí mismo sino, casi siempre, a terceras personas. Hago este preludio a fin de que nadie piense, ni remotamente, que lo que cuento hoy me ha ocurrido a mí.
Sí me parece, por otra parte, que lo que influye sobremanera en lo narrado, además de sus experiencias, es la opinión que el autor tiene sobre el tema tratado, así como sus propias circunstancias de edad, condición, momento específico, etc. O sea, aquello ya sabido de un cuadro en el que se veía a un león que había sido muerto por un cazador, y en el que este posaba con un pie sobre la fiera abatida. Acertó a pasar frente al lienzo otro león que exclamó al verlo: -Bien se nota que el pintor ha sido un hombre-. Y pudiese acontecer que alguien al leer este escrito pensara, como en el cuento, que el escritor tiene hijos.
Quiero aclarar, pese a ello, que si alguno pudiera pensar que digo lo que digo incitado por esa mi condición de padre, o expresado de otro modo, que veo el problema desde la perspectiva de mis años, ese alguien se equivoca, ya que habría de decir lo mismo si no tuviese descendencia y esos años míos fueran menos de los que son.
Y todo viene a cuento por una historia que escuché hace mucho tiempo. Tanto, que no recuerdo bien si el segundo protagonista era el marido o la mujer, ya que, como pronto se verá, el actor importante es el hijo. Pero tanto da que fuese uno u otra, así que vayamos al cuento. Pues bien, érase una vez que se era, un matrimonio a quienes la fortuna, en todos los sentidos, les era esquiva. Tenían un hijo de unos diez años y convivía además con ellos el padre de uno de los cónyuges. El trabajo era poco, la administración mala, y así, el dinero escaso y la vivienda mísera. Con estos sustentos el equilibrio de la convivencia se hallaba roto de continuo y los gritos, destemplanzas y exabruptos estaban a la orden del día. Su vivir era un sinvivir constante y apenas aguantable.
Llegó luego un mal día en el que los esposos, hartos de despotricar entre sí, empezaron inexplicablemente a descargar su ira contra el viejo, culpándole de todas y cada una de sus desgracias, reveses y varapalos, hasta el punto de que el yerno/nuera convenció al cónyuge para que echase de la casa al abuelo, ya que con eso se aliviarían gran parte de sus males. El/la pobre hijo/a, al principio pensó que aquello era lo que en realidad era, una atrocidad, pero acabó sucumbiendo a las sibilinas artes maritales, y así, tras varias semanas de acusaciones aparentemente severas, aunque sin fundamento alguno, una mañana de un frío invierno, con más de un palmo de nieve en la calle, el/la verdugo se encaró con su progenitor y le dijo:
- Mire padre. Lo siento mucho, pero hoy mismo se tiene usted que ir de casa y arrégleselas como pueda. Comida no le podemos dar porque no hay, así que coja usted esa manta vieja y, al menos, se arropa un poco.-
Calló el anciano, volvió la espalda para que no viesen llorar a un hombre, agarró sus muy escasas pertenencias y se marchó sin más. Pero hete aquí, que cuando no llevaba andados ni cincuenta pasos oyó que su nieto le llamaba:- Abuelo, espera.- Y volviéndose, vio acercarse al chiquillo con unas tijeras en la mano. Se estuvieron juntos un corto rato el viejo y el mozuelo y luego, tras besar al muchacho, aquél continuó su camino mientras el niño volvía a su casa con la mitad de la manta que le habían dado al pobre hombre. Sus padres, extrañados, le preguntaron:-¿Por qué le has quitado media manta al abuelo? A lo que él contestó el chaval: -Porque así, cuando dentro de unos años alguno de vosotros os tengáis que marchar también, al menos tendréis algo con que cubriros-.
Creo yo que, en la actualidad, muchos de los humanos deberían aplicarse este cuento de la media manta y comprobar que el comportamiento que suelen tener hacia los progenitores dista bastante de ser el adecuado y desde luego no dan en pensar que este no es, ni por asomo, el que les gustaría que en el futuro sus hijos tuviesen para ellos. Así pues a estos, a los que hoy aun conviven con sus padres y no les dan el trato merecido, es a los que van dirigidas mis pobres y tristes, pero reales, palabras de hoy.
Por tanto, observará por ello el avispado lector, que no es necesario ser padre, ni tener muchos años, ni tampoco el haber sufrido algún maltrato para darse cuenta de que esto ocurre en demasía. Tanto, que sólo hace falta para comprobar lo expuesto, echar un vistazo en nuestro derredor y ver cuánto desapego hay hacia muchos viejos.

Febrero 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de febrero de 2009

jueves, 22 de enero de 2009

El deseo y el ansia

El deseo y el ansia
Ramón Serrano G.

Si hay algo que bien nos pudiese caracterizar y unificar a muchos de los hombres de todos los tiempos, de todos los mundos, de todas las escalas sociales, es un inmenso inconformismo ante los muchísimos avatares que en la vida nos acaecen, y que queda expresado en manifestaciones como estas: ¡si yo tuviera!, ¡si yo pudiera! Y esto nos ha sucedido ayer, nos pasa hoy, y, es seguro, que nos ocurrirá mañana y siempre, pues este deseo inalcanzado es intrínseco a nuestra forma de ser y de pensar.
Vengo a querer decir, que lo mismo que somos poseedores de una mente para poder discurrir y una sangre que necesitamos para poder vivir, parece que nos es igualmente imprescindible una insatisfacción de lo poseído o alcanzado a lo largo y ancho de nuestra existencia, ya sea esta corta o larga. Y aunque mucho haya sido aquello que en ella hemos logrado. Podemos observar además que esa sed de tenencia, ese inconformismo, se da tanto en la juventud, como en los adultos e incluso en los ancianos. Viene a ser lo que nos decía, aquella antigua canción que ustedes recuerdan perfectamente: “El que tiene uno, quiere tener dos; el que tiene cinco, quiere tener diez….”
Y no es que los disconformes o insatisfechos tengan, o tengamos, excesivamente desarrollado el defecto de la avaricia. ¿O sí es eso? Porque yo creo que todas las personas estamos abocados a cometer faltas y, en mayor o menor grado, nos vemos dominados por lo que las religiones dan en llamar pecados, en los que solemos tropezar y caer con relativa frecuencia. Pero dentro de estos fallos en nuestro comportamiento, hay unos que cometemos con mucha más asiduidad que otros, los cuales sólo trasgredimos en ocasiones muy puntuales. Por otra parte, es obvio, que aun cuando alguien sea un ladrón o un criminal por naturaleza, no se está robando o asesinando continuamente.
Así, sin querer establecer una relación exhaustiva de cuáles son los, llamémosles, vicios que podríamos denominar usuales y cuáles aquellos que podríamos tildar de esporádicos, y sin desear tampoco una graduación, o una escala de la gravedad que comporta la comisión de cada uno de ellos, sí me avengo, y me imagino que estarás de acuerdo conmigo querido lector, en que nuestra estadía o permanencia en el mal hábito de la pereza, o en la soberbia, o en la envidia, y no digamos en la avaricia, suele ser muy continuada para muchos.
Mas, desocupándonos hoy de las demás culpas, centremos nuestra atención en esta última y veremos cómo la ambición desmedida suele ser maldad harto recia y demoledora de nuestros actos y en muchos sentidos además. Claro que, antes de seguir, nos convendría hacer una clara distinción entre la avidez maliciosa y, sobre todo, desmedida, y el lógico deseo de mejora y consecución que esencialmente posee el ser humano, y a esto, claro está, no se le debe tildar de esa forma. Porque viene a ser lógico, y sin duda provechoso, que haya una disconformidad en nosotros que nos lleve a intentar mejorar nuestra posición, y estoy refiriéndome a cualquier clase de esta.
Aclarémonos. En primer lugar hemos de dejar bien definido que la intención de beneficio y de mejoramiento es consustancial a las personas y por ello plausible y permitido, e incluso alabado. ¡Pobre de aquel que con casi nada, o poco, se conforma y no mantiene jamás aspiración de mejora o de ganancia, ya sea esta material o espiritual! Entonces, si vamos a desacreditar las normales apetencias humanas de mejora y de posesión, ¿no estaremos cayendo en una contradicción pura y dura?
No cabe el caso, ya que antes pasaremos a distinguirlo muy claramente. Deseo, es tender con el pensamiento al logro, o a la posesión, de algo que nos daría alegría. Unas ganas nobles de encontrar mejoría para nuestro estado, pero dentro de un orden. Ansia, por el contrario, no es sino ese mismo deseo, pero en grado extraordinariamente intenso, desordenado, e incluso pecaminoso. Es la avaricia incontenible de poseer más y más, y encontrar esa posesión de cualquier forma, apta o no apta, legal o ilícitamente. El uno, como va dicho, es aceptable, plausible, beneficioso. La otra es digna de reprobación y censura. Y podría parecer que hay dificultad en reconocer cuál es la línea que separa una actitud de la otra, pero no es así, que cada uno sabemos, bien a las claras, qué es lo bueno y qué lo perverso.
No me parece necesaria la aclaración, digo, pero como ejemplo cabría recordar que todos conocemos a personas que, partiendo desde abajo, han ido mejorando su posición y su economía hasta alcanzar cotas muy satisfactorias y viviendo en ellas, felices, durante el resto de su vida. Pero igualmente sabemos de otros, que habiendo alcanzado lo suficiente, y aún más, no se han sentido ahítos y han buscado empresas demasiado altas, o un atesoramiento excesivo, que a veces no han sido capaces de lograr, o que si lo han hecho les ha conducido a la infelicidad e incluso les han metido en la pobreza. Sí en la pobreza, ya que sólo tienen dinero y una gran carencia de todo lo demás. Pasa con esto lo que con la comida, que lo poco es natural, y aun necesario y conveniente, mientras que el exceso es pecaminoso, e inclusive perjudicial para nuestra salud. Y viene a ocurrir lo mismo con la temperatura corporal, que es saludable si está en menos de 37º, mas si los supera es enfermiza e incluso letal.
Para un mayor abundamiento les contaré una vieja historia que corre por ahí y que cuenta cómo dos hombres, de regreso a su lugar, se toparon, por casualidad, con un inmenso montón de monedas de oro semienterradas en una cueva. Cada uno quiso aprovisionarse lo más que pudo, pero mientras que uno fue consecuente con sus facultades, sólo cargó aquello que podía transportar y con eso marchó a su pueblo, en donde vivió rico el resto de sus días. El otro por su parte, codicioso en extremo, atiborró dos grandes sacos, que echó como pudo sobre sus espaldas, con lo que se marchó hacia su casa tambaleante. Y dicen que el sobrepeso le extenuó tanto, que al poco de su camino se trastabilló y cayó por un terraplén, falleciendo aplastado por el peso de los talegos.
Decía sabiamente Epicuro, que quien quiera ser rico no debe afanarse en aumentar sus bienes, sino en disminuir su codicia.

Enero 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de enero de 2009

jueves, 8 de enero de 2009

La homilia

La homilía
Ramón Serrano G.

Quisiera, ante todo, dar otra vez mi más sincero agradecimiento a aquellas personas que de vez en cuando tienen la amabilidad de exponerme sus críticas sobre alguno de mis escritos, aunque he de decir también (que uno tiene su corazoncito) que igualmente me suele llegar alguna loa. Pero no vengo aquí al autobombo, y por tanto es a aquellas, a las reprobaciones, a las que quiero referirme. Vayamos a ello.
Partiendo de la base de que el primer lector de mis artículos y, desde luego, el más exigente para con ellos soy yo mismo, he de decir que admito gustosamente esas consideraciones que se me hacen acerca de lo que debiera haber puesto en vez de lo que dije. Sé, positivamente, que se me hacen con la mejor intención y la mayoría de las veces con justicia. Faltaría más que yo no lo entendiera así y cometiera la arrufadía de pensar que son los lectores siempre los equivocados. No, no podrían serlo. Pero es que además, manifiesto agradecido que sus análisis me son muy útiles por varios motivos: en primer lugar porque menguan mi ego, me enseñan, y además me sirven de estímulo para tratar de no volver a cometer errores.
Como pueden suponer hay opiniones de todas clases, es natural, pero el otro día me transmitieron una que llamó poderosamente mi atención. Alguien me dijo que muchos de mis textos son como una homilía, y que además no se corresponden las afirmaciones o los consejos expresados en algunos de ellos con mis hechos cotidianos. O sea que a veces no predico con el ejemplo. Aquello de haz lo que yo te diga pero no lo que yo haga. Lo acepté como siempre y lo agradecí. Lo hice, porque creo sinceramente que es el comportamiento obligado que se debe tener ante quien se toma la molestia de leerme y luego añade a eso la desagradable tarea de decirte que lo que has hecho no es totalmente adecuado. Más tarde, ya a solas, en la intimidad de mi cuarto de trabajo, empecé a analizar la verosimilitud del juicio apuntado, cosa que suelo hacer siempre. Y tras detenido estudio, llegué a la conclusión de que esta vez mi “oponente” no estaba acertado en su veredicto, tanto en llamar a mis consejos conciones, como el de recriminarme que no fuese yo el primero en seguirlos. Paso ahora a explicar, con la mayor humildad, el porqué de estas creencias.
Empezaré por la segunda diciendo que sé perfectamente que no siempre cumplo con la norma, pero tampoco soy un demonio. Además, aquel que da una recomendación no tiene por qué seguirla constantemente. Por muchos motivos. Simplemente porque sepa el modo mas no el cómo, o porque, quizás y sencillamente, no tenga la fuerza de voluntad para hacerlo. Así, el comentarista de una corrida de toros o de un partido de fútbol dice, con fundamento, cómo se da una verónica o se tira un penalty, pero eso no indica que él sepa efectuarlo. Todos conocemos a algún médico que aconseja no fumar, pero él se echa un pitillito. Además ocurre que los actos de una persona son observados por muy pocos, y siempre en el momento de ejecutarlos, por lo que su difusión debe ser mínima, mientras que los escritos suelen llegar a muchos rincones y leerse en muchos momentos, por lo que su influencia es mayor, comprensiblemente. Permítaseme la osadía de este ejemplo: la vida de Cervantes es sabida por sus estudiosos y poco más, mientras que son millones los que han conocido y bien a D. Quijote.
En cuanto a la primera observación, debo manifestar que, al escribirlos, no es mi intención que se tomen como tal, o sea, como sermones moralizantes, que no pertenezco a la Orden de Predicadores, ni tengo preparación para ello. Tampoco soy, aunque bien lo quisiera, un Fernández de Andrada para escribir otra Epístola moral a Fabio. A lo sumo es posible que me lance a escribir esas cosas debido a la experiencia que me dan mi poco conocimiento y mis muchos años, pero, repito, que no trato en ningún momento de adoctrinar a nadie, sino en decir a quien quiera leerme lo que estimo que puede ser beneficioso. Y lo hago sabiendo que mi pobre obra es como la de aquel que manda un mensaje en una botella; como la emisión a las ondas del radioaficionado; como la creación de una página de Internet. Que no se sabe nunca ni quién lo va recibir, ni qué uso hará de ello. Pero uno es así de iluso y piensa que para tratar de lograr la imposible misión de aminorar las actuales costumbres que imperan hoy en día de crispación, violencia, latrocinio o desfachatez, y renuncio a enumerar otras muchas de la misma índole, pudiera ser que ayudara un algo las humildes palabras que me atrevo a publicar.
Es este, y ningún otro, el motivo que me hace escribir así a veces. No sé, de todos modos, si efectivamente llevo razón yo, o por el contrario, está más acertado mi crítico amigo. Pero eso importa poco. No se trata de saber si hay vencedor o vencido. De todas formas, y como creo que con mi actitud no ofendo a nadie, seguiré defendiendo lo importante que es aconsejar bien, ya que las palabras aleccionadoras son como el aire, que vuelan, llegan a todos los rincones y son beneficiosas para vivir.

Enero 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de enero de 2009

jueves, 18 de diciembre de 2008

La riqueza

La riqueza
Ramón Serrano G.

Y digo yo: ¿quién es más pobre: aquél que nada tiene, o aquél otro, que habiendo algo, ya sea esto poco o mucho en cuanto a la cantidad o la calidad, siempre se haya atormentado al parecerle que ese algo es insignificante o escasamente valioso, no porque en sí lo sea, sino por no saber dar aprecio a su posesión? Por otra parte, y apoyándonos en ello: ¿es que hay persona alguna que nada tenga? Pero vayamos a esto y veamos luego lo primero.
Es archisabido lo de la eterna y desigual distribución de la riqueza, sea esta del tipo que fuere, y también lo es, aquello otro de la aceptación o la disconformidad con lo poseído, que lleva al ánimo del hombre a un estado apacible o desasosegado. Que hay quien vive corrompido por la avaricia, o al menos por el ansia, y quien lo hace con un acomodamiento sobre su hacienda (ya sea esta material física o psíquica) más o menos sincero y, por lo tanto, más o menos plausible. Y quien lo hace con una enorme y absurda ignorancia sobre sus caudales.
Es a estas personas a las que quiero referirme. A quienes viven su vida casi rutinariamente, con un conformismo absurdo, creyendo carecer de mucho, o de poseer muy poco, y que si algo hay en su tenencia, esto es de escasa o nula monta. Fijémonos y veremos que es cierto que así ocurre y que así ha ocurrido siempre, porque muchos han sido y son poseedores de algo, aunque sea parvo, y no supieron, y no saben, valorar bien su alodio. Veamos algunas anécdotas para corroborar lo dicho.
Hacia la mitad del siglo XX era muy común ver aparecer por los pueblos a grupos de gitanos que los recorrían calle por calle, casa por casa, comprando muebles viejos y otros apechusques. Les interesaba todo aquello que pareciese inservible, y que, por desusado, fuese ya sólo un nido de suciedad. Las gentes, hartas de tener tanto trasto y tanto estorbo, les daban por “tres y ná” enseres que fueron de su familia y llevaban años arredrados en las cámaras. Y las más de las veces se deshacían así de antiguallas rancias, pero en ocasiones, estaban malvendiendo ranzales, percheros o jofainas, que eran joyas.
Curiosa era, por otra parte, la actividad que desarrollaban algunas “bondadosas almas”, también por esos años y por el este de Ciudad Real y el sur de Cuenca. Al menos por esos sitios los vi actuar en varias ocasiones, aunque imagino que sería mucho más extenso su campo de operaciones. Solían ir en parejas, aseados, no mal vestidos, y callejeando puerta por puerta, se presentaban como amigos de las “Misiones” a veces y, a veces incluso, como legados episcopales. No pedían dinero. No. Lo que solicitaban eran sellos. Tan sólo sellos. –Mire buena mujer, decían con voz meliflua. Usted, a lo mejor, conserva las cartas que su novio (o su marido, o su hermano), le enviaba cuando estuvo haciendo la mili en Cartagena, o en Ifni, o aún en Cuba, que algunos casos hubo. Si quisiera darnos los sellos de esas cartas, con su venta se quitaría el hambre a muchos niños de África- Y las pobres aldeanas, creyendo que ayudaban con ello a resolver un poco la indigencia de otros mundos, rebuscaban en cómodas y arcones hasta dar con un fajo de papeles desvaídos. Casi con fervor se lo entregaban a los “apóstoles” de la caridad, los cuales, con mimo, iban separando las estampillas de los sobres. –Gracias buena mujer. Los negritos podrán comer y Dios se lo premiará.- Luego ni misiones ni gaitas. Se iban a las filatelias de Madrid o Barcelona, vendían los sellos y se quedaban con sus buenos cuartos. Puedo asegurarle, querido lector, porque me consta, que muchas, muchísimas veces los timadores obtenían para sí pingües beneficios con aquellos saqueos filatélicos.
Aunque este sea de otro estilo, un último ejemplo de la ignorancia del valor de lo poseído. Hoy, casi todos conocemos, los maravillosos monumentos, paisajes y lugares de los que podemos disfrutar en nuestra incomparable España. Por citar algunos, y sin que ello indique menosprecio para los demás, nombraré la Giralda, la pulchra leonina, la playa de la Concha, la Alambra, los picos de Europa, Doñana, Altamira, o el Teide. Pero hay otra cantidad inmensa de sitios de una belleza, si no tan espectacular, sí realmente extraordinaria, y que sin embargo, no son conocidos por el gran público. Al igual que antes citaré, por ejemplo, La Alberca, la garganta divina del Cares, Ochagavía, Moreruela, Añisclo, Albarracín, o Cudillero, como podría hacerlo igualmente con los restantes 47.812 villas y parajes que, con esa exactitud, hay en nuestra patria, y que sin tener aparentemente la grandiosidad de los primeros, son de una belleza y un encanto singulares. Y sin embargo muchos, la mayoría, nos morimos sin verlos y, ni tan siquiera, sin haberlos oído nombrar.
Pues igual viene a ocurrir con los haberes humanos. Hay personas que están dotadas cuantiosamente de muchos valores, mientras que otros tan sólo tenemos algunos destellos de virtud o gracia. Conocemos la enorme valía de Cervantes, Rembrandt, Fleming o Teresa de Calcuta. Pero nos morimos sin darnos cuenta, y por tanto sin valorar, el altruismo de Gaudencio, nuestro vecino del 2º-B. O la exquisita educación de Balderico, nuestro compañero de trabajo. O el fino humor de Serapio, el vendedor de la ONCE. O el inmenso sentido de la amistad de Abudemio, nuestro compañero del “cole”. O la gran laboriosidad del tendero de la esquina, o la impecable limpieza de este, el perenne bien hablar acerca todo el mundo de aquél, el “pellizco” que tiene ese de allí para entonar una soleá, o la ponderación y mesura de esotro. A todas esas “menudencias” no le damos apenas la debida importancia. Nos parecen la purria que ha sobrado tras haber elegido lo mejor. Algo que sí, que está bien, pero que da casi lo mismo tenerlo que carecer de ello.
Y no es así. Esos “pequeños” y desapercibidos valores son algo maravilloso. Tanto, que gracias a ellos la sociedad puede mantenerse con un poco de dignidad. Son las defensas que nos libran de que nuestra vida no se desarrolle en un auténtico estercolero y que cada mañana podamos recibir alguna bocanada de aire puro y gratificante que oxigene nuestra mente. El tónico que precisa nuestro corazón. El analéptico que necesitamos para mantener con fuerzas nuestra alma.
Si somos conscientes de que esto es completamente cierto, y creo con sinceridad que lo es, veremos como, contestando a la segunda pregunta que hacía al inicio, no existe nadie que nada haya en su haber. Todos, unos más, otros menos, poseen algo de valor en sí mismos. Un haber que tal vez sea pequeño, tal vez ínfimo, o si se quiere común y corriente, pero puede que no sea de ese modo y esté poco, nada, o mal valorado. Deberíamos entonces, y mucho ganaríamos con ello, el ir acostumbrándonos a descubrir y justipreciar esos tesauros, auténticos y formidables, que muchos seres poseen, y que los tenemos ahí mismo, a nuestra vera, y para nuestro beneficio. ¡Qué pena que haya tanta riqueza subestimada!

Diciembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de diciembre de 2008

viernes, 5 de diciembre de 2008

El grano de arena

El grano de arena

Parece mentira, pero hay que ver cómo, a la mayoría de los humanos, nos incordia y afecta para mal a nuestro ánimo, que cualquier cosa, por nimia o intranscendente que sea, altere en poco o en mucho nuestros deseos, gustos o intenciones. Es como la incomodidad que sentimos cuando un grano de arena se nos mete en un ojo.
Sucede por ejemplo, y todos lo sabemos porque todos lo hemos o lo estamos pasando, cuando suena el despertador anunciando que es la hora de levantarse para ir al tajo y tenerse que enfrentar con el frío o el calor, soportar la mala uva del jefe o aguantar un extenso o incómodo horario laboral. Menudo geniecillo se le/nos pone a más de uno. En realidad ocurre que con cualquier cosa que interfiera aunque sea en lo más mínimo nuestra personalísima forma de pensar, empezamos a jurar en arameo. ¡Qué más da lo que sea! El caso es que no estamos a gusto con nada que se diferencie en algo de nuestra apetencia. Algo que no permita que las cosas se desarrollen según nosotros las teníamos planeadas.
Es como una especie de pathos que ataca y consigue alterar de un modo intenso a nuestro estado de ánimo y, lo que es peor, a nuestro comportamiento. Y, reconociendo que hay seres de diversas clases: comprensivos e intransigentes, sosegados y nerviosos, tranquilos e impacientes, vemos a diario, cómo un gran número de personas reaccionan con desasosiego ante situaciones, si no normales, sí muy corrientes, y que podríamos considerar muy acertadamente como livianas. A este respecto, vendría muy bien recordar lo que Stephen Covey, catedrático universitario norteamericano, habla del “Principio 10/90”, en el cual viene a decir, más o menos, lo siguiente:
-Deberíamos pensar en que sólo un 10% de la vida está relacionado con lo que nos pasa, mientras que el 90% restante lo está con la forma que nosotros reaccionamos ante ello. O sea, que no tenemos control, únicamente, ante un 10 % de lo que nos sucede. Así, no podemos evitar que el coche se averíe, que haya un atasco o que el avión llegue con una hora de retraso. Pero sí que podemos reaccionar convenientemente ante ello.
Y cuenta luego, que una mañana, cuando desayunaban unos padres con su hijita, ésta tira involuntariamente una taza de café, manchando la camisa del hombre. Éste, de inmediato, maldice, grita, regaña a la niña, que rompe a llorar asustada, critica a su esposa por no saber colocar la vajilla y tras un rato de vituperios, imprecaciones y palabros, va a cambiarse la camisa para acudir al trabajo en condiciones. Cuando regresa, ve a su hija llorando aún porque, con el berrinche, ha perdido el autobús, lo cual le obliga a él a llevarla en el coche hasta el colegio. Como ya va con retraso, conduce demasiado deprisa, lo que hace que le denuncien por exceso de velocidad. Al llegar la chiquilla se baja del coche y, enfadada, se marcha sin ni siquiera decirle adiós. Con todo este lío llega tarde al trabajo y observa además que ha olvidado el portafolios. Todo le sale fatal. Luego, por la noche, se da cuenta de que tuvo un mal día. Pero quién lo causó: ¿la niña que derramó el café?, ¿el policía que le multó? No. Él fue el único culpable de lo sucedido al perder el control sobre sí mismo y tener un comportamiento inapropiado, ya que de haber reaccionado de una manera afable, todo hubiese quedado en una simple anécdota sin importancia. Continúa el profesor con otros ejemplos, también muy interesantes, sobre el poco raciocinio que solemos tener en el desarrollo diario de nuestras conductas. Pero bástenos a nosotros con el caso expuesto.
Reconozcamos que es incontable, como al principio apuntaba, el número de veces que respondemos de un modo estúpido ante una situación completamente normal, nada considerable y mucho menos trascendente, siendo la única razón de nuestros inapropiados cabreos y desafueros, que algo ha torcido un tanto nuestros proyectos. Y lo hacemos, porque no tenemos en cuenta algunos principios básicos para el buen comportamiento de una persona.
En primer lugar, y ante todo, que se debe cuidar siempre, y muy mucho, dichos y comportamientos ya que quien pierde los modales pierde la razón. Esto es importantísimo. Y luego, que hay algo llamado equilibrio, que debe imperar en el correcto desarrollo de la vida. Aquello de que no se deben matar moscas a cañonazos. Porque vamos a ver: ¿merece la pena que porque una “listillo” quiera salir antes en un semáforo, porque una pebetera paloma haya deslustrado con sus heces nuestro atuendo, porque se haya escachifollado la “tele” justo cuando iban a dar nuestro programa favorito, porque el domingo, al ir a preparar ese sorbete de limón que nos sale tan rico, nos demos cuenta que se nos ha terminado la albahaca, merece la pena, digo, que por cualquiera de esas cosas u otras parecidas, todas ellas de nula enjundia en el fondo, agarremos un enfado descomunal que nos llene de bilis todo el día?.
Vamos entones a enfocar los problemas en su justa medida. Démosle importancia a lo que realmente la tiene, o al menos en lo que nosotros podamos influir para su correcto funcionamiento. Nos irá mucho mejor si para lo otro, para lo fútil o poco sustancial, somos consecuentes y no hacemos una montaña de un simple grano de arena.

Diciembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de diciembre de 2008

jueves, 20 de noviembre de 2008

¡Qué fácil es decirlo...

¡Qué fácil es decirlo…
Ramón Serrano G.

“Les moments de crise produisent un redoublement de vie chez les hommes”.-
Chateaubriand, Mémoires d’outre-tombe.

-¡Qué fácil es decirlo!, me contestó interrumpiéndome. Pero si a ti te hubiese ocurrido lo que a mí me ha pasado tantas y tantas veces, ya veríamos cuál era ahora tu comportamiento.
- No sé exactamente lo que ha sucedido, le contesté pausadamente, ni me importa. Lo que sí creo con sinceridad, es que vuestra situación actual es tan dolorosa como inexplicable.
- Pues mira te voy a contar toda la historia, para que sepas lo que nos ha llevado a este desencuentro y el porqué de mi actitud. Para que veas que toda persona tiene un límite y que pese a estar siempre dispuesto a consentir y tolerar lo inimaginable, llega un momento en el que dices: se acabó, y cortas para siempre. Como sabes bien, mi padre, a su muerte, nos dejó a mi hermano y a mí sus propiedades debidamente separadas, pero en pro indiviso un cercado grande que solíamos utilizar para almacenar las cosas propias de la agricultura. Todo el embrollo empezó un mal día, cuando…..,
Y me fue detallando minuciosamente un sinfín de acciones y maniobras de uno y otro, aparentemente significativas, pero que en realidad, y aunque pareciese lo contrario, eran intrascendentes, triviales, aunque eso sí, nada insólitas. Comunes y sufridas reiterativamente, tanto por ellos, como por cada hijo de vecino en otros muchos lugares y en todos los tiempos. Habló luego de litigios, polémicas, controversias y disputas. Y de idas y venidas, y de intentos (los más de estos, más aparentes que reales) de evitar un distanciamiento tan lacerante como vergoñoso para ambos. En suma, una historia con visos de tragedia, y esencialmente disparatada.
-Creo que no tienes en cuenta dos cosas, intervine. La primera es que, aun sin dudar de tu palabra, para resolver los problemas hay que enfocarlos desde dos prismas al menos. Recuerda que el juez escucha siempre a ambas partes litigantes. Y yo, aun creyéndote normalmente veraz, sé que el apasionamiento, la subjetividad, y aún el propio interés suelen servir de teamide a la objetividad. Por otra parte, sólo quiero que recuerdes que junto a la justicia, ha existido siempre la munificencia, y que esta, habla mucho de la valía de quien la posee.
-Pero es que no consiste en eso, me cortó. Está bien eso de ser generoso, pero es que, no ya en varias, sino en muchas ocasiones, él ha abusado de mi benevolencia y ha tratado de engañarme. A más, me ha llevado a juicio aportando pruebas falsas. Y cuando es tu propio hermano quien te hace la faena, esta duele mucho más. Te juro, y puedo demostrarlo, que he tenido siempre gran interés en arreglarlo, pero veo en la otra parte más encono cada día. Y yo perdono, pero no olvido. Ya está bien de hacer el tonto ¿no te parece? Te repito que es muy fácil decirlo cuando el problema está en el tejado ajeno, pero cuando te toca a ti pasar el trago, no te hallas muy dispuesto a seguir bebiendo de ese cáliz
Noté que aunque quisiese aparentar lo contrario, estaba empezando a alterarse. Por y pese a ello, le reconvine de nuevo:
-Piénsalo detenidamente. Está escrito, y tú sabes muy bien dónde, que hay que perdonar no siete veces, sino setenta veces siete. Casi todos, y más los que ya tenemos cierta edad, hemos pasado por escollos y atolladeros. Recuerda también que alguien dijo aquello de bienvenidos los tiempos difíciles, porque ellos sirven para la depuración de los cobardes, y en este caso se dan ambas premisas: la situación es enrevesada, pero tú eres alguien con gran valía y con muchas agallas.
-Mira, continué, yo sólo soy alguien con bastantes años, que ha visto muchos altercados similares a este, pero además soy un buen amigo que te quiere ayudar de cualquier modo y manera. Y te digo que da lo mismo que el rifirrafe sea entre dos hermanos, un padre y un hijo o cualquier otra relación humana. La perístasis tiene muy poca enjundia. Tan escasa que no debe ser nunca motivo para provocar un distanciamiento entre personas que se tienen, o lamentablemente he de decir que se tuvieron, un gran cariño.
-¿Merece la pena –seguí- que por el disfrute o la posesión de un pedazo de tierra, o de cualquier otra cosa similar, se renuncie a la convivencia, al trato y al cariño de unas personas? Yo pienso que no y mucho menos si estas son familiares, amigas e incluso allegadas. Lo material no tiene verdadero valor, me estoy refiriendo al espiritual claro está, y desde luego nunca el suficiente para privarnos de algo verdaderamente preciado.
-Y quiero aclararte algo, le dije luego. Primero, que quien dice eso de yo perdono pero no olvido, está expresando únicamente media verdad, porque sí es cierto que no olvida, pero no lo es que haya perdonado. Por otra parte, aunque a veces el propio interés pretende justificar voluntaria o inconcientemente el comportamiento de una persona, o dicho más a las claras, pese a que en un litigio ambas partes estiman estar poseídas y apoyadas por la razón, es natural que esto no sea así, en todo o en algo. Y aquí vienen dos posturas. O la recalcitrante de mantenerse cada uno en sus trece y no retroceder ni un palmo, o la munífica y galana de reconocer uno su propio error, y aún otra con más valía si cabe: sabiéndose poseedor legítimo por el derecho y acertado en el procedimiento, renunciar a lo suyo y mantener la relación habida antaño.
-Para esto último, terminé, hay que tener un corazón enorme y una inmensa alteza de miras. Y me consta que tú las tienes, tanto la víscera como el estilo. Mayores que la catedral de San Pedro. Pero también sé, y es lo triste, que todo esto que te estoy expresando, es mucho más fácil decirlo que hacerlo.

Noviembre 2008

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de noviembre de 2008

jueves, 6 de noviembre de 2008

Las reglas del juego

Las reglas del juego
Ramón Serrano G.
“…appetitus obedientes effícere rationi.” Cicerón. “De amicitia”.

Reconozcámoslo. Los seres humanos somos unos disconformes y, por qué no decirlo, poseedores en nuestro fuero interno de algunas, o de muchas, ideas dictatoriales. Casi nunca estamos satisfechos con nuestra situación. Ni con lo que poseemos, ni con la edad que tenemos, ni casi con nada. Así, y fijándonos en la edad por ejemplo, vemos siempre con envidia a aquellos que están en una época de su vida diferente a la nuestra. El bebé, que apenas gatea, ya quisiera correr. Cuando llega a niño admira al púber, quien a su vez lo hace hacia el joven, el cual desearía ya ser hombre, aunque al lograrlo no se conforma y ansía alcanzar la completa madurez, llegada a la cual empieza a perder facultades, por lo que se halla un tanto sumancio y aflicto, puesto que empieza a atisbar con claridad las desconveniencias de la vejez. Y de esta ya, ni hablamos.
Pero es que nos ocurre igual en cuanto a las obligaciones y usos que hemos de desarrollar en cada época de nuestra vida. Empecemos por el principio. ¿Habrá mayor tiranía que la de un niño? Protesta por tenerse que acostar o porque ha de levantarse; por la ropa, por la comida y por todo aquello que imaginarse pueda. Y no hablemos de ir al colegio. Obligarles a hacerlo, es cometer con ellos un delito de lesa majestad. Tan de ese modo es así, que cuentan que hace muchos años, en un pequeño pueblo, dos chavales oyeron una mañana de invierno gruñir desesperadamente a un cerdo. -¿Por qué gruñirá así ese gorrino?, preguntó uno de ellos. –Es que lo están matando, contestó el otro. A lo que respondió el primero: - ¿Pues cómo se pondría si tuviese que ir a la escuela?
Es archisabido que el deseo de imposición del propio criterio está muy desarrollado en la niñez Puede servir también como ejemplo lo que nos pasaba a nosotros con Rigoberto. A los de mi edad nos tocó vivir una infancia dura y llena de carencias de todo tipo. Comíamos poco y mal, vestíamos mal y con poco, y sobre todo no teníamos casi nada con qué jugar. Nos divertíamos con unos coches que eran cajas de cartón tirados por una cuerda, con chapas de botellas o con huesos de albaricoques. Esto, que parece algo trivial, tenía su importancia ya que todos queríamos ser amigos del citado Rigoberto. ¿Y por qué? Pues sencilla y llanamente porque él tenía un balón de cuero auténtico. Sí, lo he dicho bien. Un balón auténtico, marrón brillante, precioso, irreal. Así que andábamos locos la tarde que se le antojaba que jugásemos un partido. Aquello era el edén, Pero también tenía su miajita de infierno. El gol no había sido gol legal, había sido penalti, o no, y se tocaba el pitido final, cuando lo decía Rigobertito. ¿Y es que él se sabía el reglamento futbolero y los demás no? No, qué va. Lo que ocurría es que él era el dueño del balón y él ponía las reglas de juego. Se hacía de esa forma, y si no, se acabó el partido y cada uno a su casa.
Lo peor de todo, es que aquellas actitudes déspotas y arbitrarias no acaban en la pubertad, sino que se siguen manteniendo en muchas personas aun cuando estas hayan llegado ya, o parezca que lo hayan hecho, a la edad de la madurez, o de la razón, porque pensamos que cuando se es mayor se tiene sentido para muchas cosas. Y lamentablemente estamos viendo constantemente que no es siempre así, y que todo va en función de la forma de ser de cada individuo, y muchas veces, demasiadas, en virtud de la magnitud de la vara de poder que se tenga en las manos.
Que, desgraciadamente, es muy común que quien manda, quien es el dueño del balón, quiere imponer su criterio sea este justo, o no, y que no se para un instante a meditar si su obrar es el correcto, y mucho menos, si a él le agradaría que le tratasen del mismo modo que él se comporta con los demás. Pensemos en tantos y tantos… Iba a dar una extensa relación de sustantivos, pero ¿para qué? Pensemos, digo, en que fueron, y son, legión, quienes en vez de actuar de una forma correcta y adecuada ( y de estos ha habido, y hay, bastantes), se han, o se están, aprovechando de su “poder” para dirigir los asuntos de la manera que les ha venido en gana. Usted, o usted, o aquel señor que va caminando por aquella calle, podrían poner un millón de ejemplos, padecidos por ellos mismos o sucedidos a otros, que corroborarían que lo que expongo es cierto.
Sinceramente creo que nos vendría muy bien a todos, tanto que deberíamos hacerlo a diario o al menos muy a menudo, el mirar más a nuestros adentros para comprobar si, en el juego de la vida que nos está tocando vivir, no estamos queriendo imponer en demasiadas ocasiones nuestras propias “reglas del juego” porque el balón es nuestro. Y en vez de querer imponerlas, tendríamos que recordar lo que nos dice Cicerón: “..hay que someter los deseos a la razón”.
Noviembre 2008

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de noviembre de 2008