La riqueza
Ramón Serrano G.
Y digo yo: ¿quién es más pobre: aquél que nada tiene, o aquél otro, que habiendo algo, ya sea esto poco o mucho en cuanto a la cantidad o la calidad, siempre se haya atormentado al parecerle que ese algo es insignificante o escasamente valioso, no porque en sí lo sea, sino por no saber dar aprecio a su posesión? Por otra parte, y apoyándonos en ello: ¿es que hay persona alguna que nada tenga? Pero vayamos a esto y veamos luego lo primero.
Es archisabido lo de la eterna y desigual distribución de la riqueza, sea esta del tipo que fuere, y también lo es, aquello otro de la aceptación o la disconformidad con lo poseído, que lleva al ánimo del hombre a un estado apacible o desasosegado. Que hay quien vive corrompido por la avaricia, o al menos por el ansia, y quien lo hace con un acomodamiento sobre su hacienda (ya sea esta material física o psíquica) más o menos sincero y, por lo tanto, más o menos plausible. Y quien lo hace con una enorme y absurda ignorancia sobre sus caudales.
Es a estas personas a las que quiero referirme. A quienes viven su vida casi rutinariamente, con un conformismo absurdo, creyendo carecer de mucho, o de poseer muy poco, y que si algo hay en su tenencia, esto es de escasa o nula monta. Fijémonos y veremos que es cierto que así ocurre y que así ha ocurrido siempre, porque muchos han sido y son poseedores de algo, aunque sea parvo, y no supieron, y no saben, valorar bien su alodio. Veamos algunas anécdotas para corroborar lo dicho.
Hacia la mitad del siglo XX era muy común ver aparecer por los pueblos a grupos de gitanos que los recorrían calle por calle, casa por casa, comprando muebles viejos y otros apechusques. Les interesaba todo aquello que pareciese inservible, y que, por desusado, fuese ya sólo un nido de suciedad. Las gentes, hartas de tener tanto trasto y tanto estorbo, les daban por “tres y ná” enseres que fueron de su familia y llevaban años arredrados en las cámaras. Y las más de las veces se deshacían así de antiguallas rancias, pero en ocasiones, estaban malvendiendo ranzales, percheros o jofainas, que eran joyas.
Curiosa era, por otra parte, la actividad que desarrollaban algunas “bondadosas almas”, también por esos años y por el este de Ciudad Real y el sur de Cuenca. Al menos por esos sitios los vi actuar en varias ocasiones, aunque imagino que sería mucho más extenso su campo de operaciones. Solían ir en parejas, aseados, no mal vestidos, y callejeando puerta por puerta, se presentaban como amigos de las “Misiones” a veces y, a veces incluso, como legados episcopales. No pedían dinero. No. Lo que solicitaban eran sellos. Tan sólo sellos. –Mire buena mujer, decían con voz meliflua. Usted, a lo mejor, conserva las cartas que su novio (o su marido, o su hermano), le enviaba cuando estuvo haciendo la mili en Cartagena, o en Ifni, o aún en Cuba, que algunos casos hubo. Si quisiera darnos los sellos de esas cartas, con su venta se quitaría el hambre a muchos niños de África- Y las pobres aldeanas, creyendo que ayudaban con ello a resolver un poco la indigencia de otros mundos, rebuscaban en cómodas y arcones hasta dar con un fajo de papeles desvaídos. Casi con fervor se lo entregaban a los “apóstoles” de la caridad, los cuales, con mimo, iban separando las estampillas de los sobres. –Gracias buena mujer. Los negritos podrán comer y Dios se lo premiará.- Luego ni misiones ni gaitas. Se iban a las filatelias de Madrid o Barcelona, vendían los sellos y se quedaban con sus buenos cuartos. Puedo asegurarle, querido lector, porque me consta, que muchas, muchísimas veces los timadores obtenían para sí pingües beneficios con aquellos saqueos filatélicos.
Aunque este sea de otro estilo, un último ejemplo de la ignorancia del valor de lo poseído. Hoy, casi todos conocemos, los maravillosos monumentos, paisajes y lugares de los que podemos disfrutar en nuestra incomparable España. Por citar algunos, y sin que ello indique menosprecio para los demás, nombraré la Giralda, la pulchra leonina, la playa de la Concha, la Alambra, los picos de Europa, Doñana, Altamira, o el Teide. Pero hay otra cantidad inmensa de sitios de una belleza, si no tan espectacular, sí realmente extraordinaria, y que sin embargo, no son conocidos por el gran público. Al igual que antes citaré, por ejemplo, La Alberca, la garganta divina del Cares, Ochagavía, Moreruela, Añisclo, Albarracín, o Cudillero, como podría hacerlo igualmente con los restantes 47.812 villas y parajes que, con esa exactitud, hay en nuestra patria, y que sin tener aparentemente la grandiosidad de los primeros, son de una belleza y un encanto singulares. Y sin embargo muchos, la mayoría, nos morimos sin verlos y, ni tan siquiera, sin haberlos oído nombrar.
Pues igual viene a ocurrir con los haberes humanos. Hay personas que están dotadas cuantiosamente de muchos valores, mientras que otros tan sólo tenemos algunos destellos de virtud o gracia. Conocemos la enorme valía de Cervantes, Rembrandt, Fleming o Teresa de Calcuta. Pero nos morimos sin darnos cuenta, y por tanto sin valorar, el altruismo de Gaudencio, nuestro vecino del 2º-B. O la exquisita educación de Balderico, nuestro compañero de trabajo. O el fino humor de Serapio, el vendedor de la ONCE. O el inmenso sentido de la amistad de Abudemio, nuestro compañero del “cole”. O la gran laboriosidad del tendero de la esquina, o la impecable limpieza de este, el perenne bien hablar acerca todo el mundo de aquél, el “pellizco” que tiene ese de allí para entonar una soleá, o la ponderación y mesura de esotro. A todas esas “menudencias” no le damos apenas la debida importancia. Nos parecen la purria que ha sobrado tras haber elegido lo mejor. Algo que sí, que está bien, pero que da casi lo mismo tenerlo que carecer de ello.
Y no es así. Esos “pequeños” y desapercibidos valores son algo maravilloso. Tanto, que gracias a ellos la sociedad puede mantenerse con un poco de dignidad. Son las defensas que nos libran de que nuestra vida no se desarrolle en un auténtico estercolero y que cada mañana podamos recibir alguna bocanada de aire puro y gratificante que oxigene nuestra mente. El tónico que precisa nuestro corazón. El analéptico que necesitamos para mantener con fuerzas nuestra alma.
Si somos conscientes de que esto es completamente cierto, y creo con sinceridad que lo es, veremos como, contestando a la segunda pregunta que hacía al inicio, no existe nadie que nada haya en su haber. Todos, unos más, otros menos, poseen algo de valor en sí mismos. Un haber que tal vez sea pequeño, tal vez ínfimo, o si se quiere común y corriente, pero puede que no sea de ese modo y esté poco, nada, o mal valorado. Deberíamos entonces, y mucho ganaríamos con ello, el ir acostumbrándonos a descubrir y justipreciar esos tesauros, auténticos y formidables, que muchos seres poseen, y que los tenemos ahí mismo, a nuestra vera, y para nuestro beneficio. ¡Qué pena que haya tanta riqueza subestimada!
Diciembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de diciembre de 2008
jueves, 18 de diciembre de 2008
viernes, 5 de diciembre de 2008
El grano de arena
El grano de arena
Parece mentira, pero hay que ver cómo, a la mayoría de los humanos, nos incordia y afecta para mal a nuestro ánimo, que cualquier cosa, por nimia o intranscendente que sea, altere en poco o en mucho nuestros deseos, gustos o intenciones. Es como la incomodidad que sentimos cuando un grano de arena se nos mete en un ojo.
Sucede por ejemplo, y todos lo sabemos porque todos lo hemos o lo estamos pasando, cuando suena el despertador anunciando que es la hora de levantarse para ir al tajo y tenerse que enfrentar con el frío o el calor, soportar la mala uva del jefe o aguantar un extenso o incómodo horario laboral. Menudo geniecillo se le/nos pone a más de uno. En realidad ocurre que con cualquier cosa que interfiera aunque sea en lo más mínimo nuestra personalísima forma de pensar, empezamos a jurar en arameo. ¡Qué más da lo que sea! El caso es que no estamos a gusto con nada que se diferencie en algo de nuestra apetencia. Algo que no permita que las cosas se desarrollen según nosotros las teníamos planeadas.
Es como una especie de pathos que ataca y consigue alterar de un modo intenso a nuestro estado de ánimo y, lo que es peor, a nuestro comportamiento. Y, reconociendo que hay seres de diversas clases: comprensivos e intransigentes, sosegados y nerviosos, tranquilos e impacientes, vemos a diario, cómo un gran número de personas reaccionan con desasosiego ante situaciones, si no normales, sí muy corrientes, y que podríamos considerar muy acertadamente como livianas. A este respecto, vendría muy bien recordar lo que Stephen Covey, catedrático universitario norteamericano, habla del “Principio 10/90”, en el cual viene a decir, más o menos, lo siguiente:
-Deberíamos pensar en que sólo un 10% de la vida está relacionado con lo que nos pasa, mientras que el 90% restante lo está con la forma que nosotros reaccionamos ante ello. O sea, que no tenemos control, únicamente, ante un 10 % de lo que nos sucede. Así, no podemos evitar que el coche se averíe, que haya un atasco o que el avión llegue con una hora de retraso. Pero sí que podemos reaccionar convenientemente ante ello.
Y cuenta luego, que una mañana, cuando desayunaban unos padres con su hijita, ésta tira involuntariamente una taza de café, manchando la camisa del hombre. Éste, de inmediato, maldice, grita, regaña a la niña, que rompe a llorar asustada, critica a su esposa por no saber colocar la vajilla y tras un rato de vituperios, imprecaciones y palabros, va a cambiarse la camisa para acudir al trabajo en condiciones. Cuando regresa, ve a su hija llorando aún porque, con el berrinche, ha perdido el autobús, lo cual le obliga a él a llevarla en el coche hasta el colegio. Como ya va con retraso, conduce demasiado deprisa, lo que hace que le denuncien por exceso de velocidad. Al llegar la chiquilla se baja del coche y, enfadada, se marcha sin ni siquiera decirle adiós. Con todo este lío llega tarde al trabajo y observa además que ha olvidado el portafolios. Todo le sale fatal. Luego, por la noche, se da cuenta de que tuvo un mal día. Pero quién lo causó: ¿la niña que derramó el café?, ¿el policía que le multó? No. Él fue el único culpable de lo sucedido al perder el control sobre sí mismo y tener un comportamiento inapropiado, ya que de haber reaccionado de una manera afable, todo hubiese quedado en una simple anécdota sin importancia. Continúa el profesor con otros ejemplos, también muy interesantes, sobre el poco raciocinio que solemos tener en el desarrollo diario de nuestras conductas. Pero bástenos a nosotros con el caso expuesto.
Reconozcamos que es incontable, como al principio apuntaba, el número de veces que respondemos de un modo estúpido ante una situación completamente normal, nada considerable y mucho menos trascendente, siendo la única razón de nuestros inapropiados cabreos y desafueros, que algo ha torcido un tanto nuestros proyectos. Y lo hacemos, porque no tenemos en cuenta algunos principios básicos para el buen comportamiento de una persona.
En primer lugar, y ante todo, que se debe cuidar siempre, y muy mucho, dichos y comportamientos ya que quien pierde los modales pierde la razón. Esto es importantísimo. Y luego, que hay algo llamado equilibrio, que debe imperar en el correcto desarrollo de la vida. Aquello de que no se deben matar moscas a cañonazos. Porque vamos a ver: ¿merece la pena que porque una “listillo” quiera salir antes en un semáforo, porque una pebetera paloma haya deslustrado con sus heces nuestro atuendo, porque se haya escachifollado la “tele” justo cuando iban a dar nuestro programa favorito, porque el domingo, al ir a preparar ese sorbete de limón que nos sale tan rico, nos demos cuenta que se nos ha terminado la albahaca, merece la pena, digo, que por cualquiera de esas cosas u otras parecidas, todas ellas de nula enjundia en el fondo, agarremos un enfado descomunal que nos llene de bilis todo el día?.
Vamos entones a enfocar los problemas en su justa medida. Démosle importancia a lo que realmente la tiene, o al menos en lo que nosotros podamos influir para su correcto funcionamiento. Nos irá mucho mejor si para lo otro, para lo fútil o poco sustancial, somos consecuentes y no hacemos una montaña de un simple grano de arena.
Diciembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de diciembre de 2008
Parece mentira, pero hay que ver cómo, a la mayoría de los humanos, nos incordia y afecta para mal a nuestro ánimo, que cualquier cosa, por nimia o intranscendente que sea, altere en poco o en mucho nuestros deseos, gustos o intenciones. Es como la incomodidad que sentimos cuando un grano de arena se nos mete en un ojo.
Sucede por ejemplo, y todos lo sabemos porque todos lo hemos o lo estamos pasando, cuando suena el despertador anunciando que es la hora de levantarse para ir al tajo y tenerse que enfrentar con el frío o el calor, soportar la mala uva del jefe o aguantar un extenso o incómodo horario laboral. Menudo geniecillo se le/nos pone a más de uno. En realidad ocurre que con cualquier cosa que interfiera aunque sea en lo más mínimo nuestra personalísima forma de pensar, empezamos a jurar en arameo. ¡Qué más da lo que sea! El caso es que no estamos a gusto con nada que se diferencie en algo de nuestra apetencia. Algo que no permita que las cosas se desarrollen según nosotros las teníamos planeadas.
Es como una especie de pathos que ataca y consigue alterar de un modo intenso a nuestro estado de ánimo y, lo que es peor, a nuestro comportamiento. Y, reconociendo que hay seres de diversas clases: comprensivos e intransigentes, sosegados y nerviosos, tranquilos e impacientes, vemos a diario, cómo un gran número de personas reaccionan con desasosiego ante situaciones, si no normales, sí muy corrientes, y que podríamos considerar muy acertadamente como livianas. A este respecto, vendría muy bien recordar lo que Stephen Covey, catedrático universitario norteamericano, habla del “Principio 10/90”, en el cual viene a decir, más o menos, lo siguiente:
-Deberíamos pensar en que sólo un 10% de la vida está relacionado con lo que nos pasa, mientras que el 90% restante lo está con la forma que nosotros reaccionamos ante ello. O sea, que no tenemos control, únicamente, ante un 10 % de lo que nos sucede. Así, no podemos evitar que el coche se averíe, que haya un atasco o que el avión llegue con una hora de retraso. Pero sí que podemos reaccionar convenientemente ante ello.
Y cuenta luego, que una mañana, cuando desayunaban unos padres con su hijita, ésta tira involuntariamente una taza de café, manchando la camisa del hombre. Éste, de inmediato, maldice, grita, regaña a la niña, que rompe a llorar asustada, critica a su esposa por no saber colocar la vajilla y tras un rato de vituperios, imprecaciones y palabros, va a cambiarse la camisa para acudir al trabajo en condiciones. Cuando regresa, ve a su hija llorando aún porque, con el berrinche, ha perdido el autobús, lo cual le obliga a él a llevarla en el coche hasta el colegio. Como ya va con retraso, conduce demasiado deprisa, lo que hace que le denuncien por exceso de velocidad. Al llegar la chiquilla se baja del coche y, enfadada, se marcha sin ni siquiera decirle adiós. Con todo este lío llega tarde al trabajo y observa además que ha olvidado el portafolios. Todo le sale fatal. Luego, por la noche, se da cuenta de que tuvo un mal día. Pero quién lo causó: ¿la niña que derramó el café?, ¿el policía que le multó? No. Él fue el único culpable de lo sucedido al perder el control sobre sí mismo y tener un comportamiento inapropiado, ya que de haber reaccionado de una manera afable, todo hubiese quedado en una simple anécdota sin importancia. Continúa el profesor con otros ejemplos, también muy interesantes, sobre el poco raciocinio que solemos tener en el desarrollo diario de nuestras conductas. Pero bástenos a nosotros con el caso expuesto.
Reconozcamos que es incontable, como al principio apuntaba, el número de veces que respondemos de un modo estúpido ante una situación completamente normal, nada considerable y mucho menos trascendente, siendo la única razón de nuestros inapropiados cabreos y desafueros, que algo ha torcido un tanto nuestros proyectos. Y lo hacemos, porque no tenemos en cuenta algunos principios básicos para el buen comportamiento de una persona.
En primer lugar, y ante todo, que se debe cuidar siempre, y muy mucho, dichos y comportamientos ya que quien pierde los modales pierde la razón. Esto es importantísimo. Y luego, que hay algo llamado equilibrio, que debe imperar en el correcto desarrollo de la vida. Aquello de que no se deben matar moscas a cañonazos. Porque vamos a ver: ¿merece la pena que porque una “listillo” quiera salir antes en un semáforo, porque una pebetera paloma haya deslustrado con sus heces nuestro atuendo, porque se haya escachifollado la “tele” justo cuando iban a dar nuestro programa favorito, porque el domingo, al ir a preparar ese sorbete de limón que nos sale tan rico, nos demos cuenta que se nos ha terminado la albahaca, merece la pena, digo, que por cualquiera de esas cosas u otras parecidas, todas ellas de nula enjundia en el fondo, agarremos un enfado descomunal que nos llene de bilis todo el día?.
Vamos entones a enfocar los problemas en su justa medida. Démosle importancia a lo que realmente la tiene, o al menos en lo que nosotros podamos influir para su correcto funcionamiento. Nos irá mucho mejor si para lo otro, para lo fútil o poco sustancial, somos consecuentes y no hacemos una montaña de un simple grano de arena.
Diciembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de diciembre de 2008
jueves, 20 de noviembre de 2008
¡Qué fácil es decirlo...
¡Qué fácil es decirlo…
Ramón Serrano G.
“Les moments de crise produisent un redoublement de vie chez les hommes”.-
Chateaubriand, Mémoires d’outre-tombe.
-¡Qué fácil es decirlo!, me contestó interrumpiéndome. Pero si a ti te hubiese ocurrido lo que a mí me ha pasado tantas y tantas veces, ya veríamos cuál era ahora tu comportamiento.
- No sé exactamente lo que ha sucedido, le contesté pausadamente, ni me importa. Lo que sí creo con sinceridad, es que vuestra situación actual es tan dolorosa como inexplicable.
- Pues mira te voy a contar toda la historia, para que sepas lo que nos ha llevado a este desencuentro y el porqué de mi actitud. Para que veas que toda persona tiene un límite y que pese a estar siempre dispuesto a consentir y tolerar lo inimaginable, llega un momento en el que dices: se acabó, y cortas para siempre. Como sabes bien, mi padre, a su muerte, nos dejó a mi hermano y a mí sus propiedades debidamente separadas, pero en pro indiviso un cercado grande que solíamos utilizar para almacenar las cosas propias de la agricultura. Todo el embrollo empezó un mal día, cuando…..,
Y me fue detallando minuciosamente un sinfín de acciones y maniobras de uno y otro, aparentemente significativas, pero que en realidad, y aunque pareciese lo contrario, eran intrascendentes, triviales, aunque eso sí, nada insólitas. Comunes y sufridas reiterativamente, tanto por ellos, como por cada hijo de vecino en otros muchos lugares y en todos los tiempos. Habló luego de litigios, polémicas, controversias y disputas. Y de idas y venidas, y de intentos (los más de estos, más aparentes que reales) de evitar un distanciamiento tan lacerante como vergoñoso para ambos. En suma, una historia con visos de tragedia, y esencialmente disparatada.
-Creo que no tienes en cuenta dos cosas, intervine. La primera es que, aun sin dudar de tu palabra, para resolver los problemas hay que enfocarlos desde dos prismas al menos. Recuerda que el juez escucha siempre a ambas partes litigantes. Y yo, aun creyéndote normalmente veraz, sé que el apasionamiento, la subjetividad, y aún el propio interés suelen servir de teamide a la objetividad. Por otra parte, sólo quiero que recuerdes que junto a la justicia, ha existido siempre la munificencia, y que esta, habla mucho de la valía de quien la posee.
-Pero es que no consiste en eso, me cortó. Está bien eso de ser generoso, pero es que, no ya en varias, sino en muchas ocasiones, él ha abusado de mi benevolencia y ha tratado de engañarme. A más, me ha llevado a juicio aportando pruebas falsas. Y cuando es tu propio hermano quien te hace la faena, esta duele mucho más. Te juro, y puedo demostrarlo, que he tenido siempre gran interés en arreglarlo, pero veo en la otra parte más encono cada día. Y yo perdono, pero no olvido. Ya está bien de hacer el tonto ¿no te parece? Te repito que es muy fácil decirlo cuando el problema está en el tejado ajeno, pero cuando te toca a ti pasar el trago, no te hallas muy dispuesto a seguir bebiendo de ese cáliz
Noté que aunque quisiese aparentar lo contrario, estaba empezando a alterarse. Por y pese a ello, le reconvine de nuevo:
-Piénsalo detenidamente. Está escrito, y tú sabes muy bien dónde, que hay que perdonar no siete veces, sino setenta veces siete. Casi todos, y más los que ya tenemos cierta edad, hemos pasado por escollos y atolladeros. Recuerda también que alguien dijo aquello de bienvenidos los tiempos difíciles, porque ellos sirven para la depuración de los cobardes, y en este caso se dan ambas premisas: la situación es enrevesada, pero tú eres alguien con gran valía y con muchas agallas.
-Mira, continué, yo sólo soy alguien con bastantes años, que ha visto muchos altercados similares a este, pero además soy un buen amigo que te quiere ayudar de cualquier modo y manera. Y te digo que da lo mismo que el rifirrafe sea entre dos hermanos, un padre y un hijo o cualquier otra relación humana. La perístasis tiene muy poca enjundia. Tan escasa que no debe ser nunca motivo para provocar un distanciamiento entre personas que se tienen, o lamentablemente he de decir que se tuvieron, un gran cariño.
-¿Merece la pena –seguí- que por el disfrute o la posesión de un pedazo de tierra, o de cualquier otra cosa similar, se renuncie a la convivencia, al trato y al cariño de unas personas? Yo pienso que no y mucho menos si estas son familiares, amigas e incluso allegadas. Lo material no tiene verdadero valor, me estoy refiriendo al espiritual claro está, y desde luego nunca el suficiente para privarnos de algo verdaderamente preciado.
-Y quiero aclararte algo, le dije luego. Primero, que quien dice eso de yo perdono pero no olvido, está expresando únicamente media verdad, porque sí es cierto que no olvida, pero no lo es que haya perdonado. Por otra parte, aunque a veces el propio interés pretende justificar voluntaria o inconcientemente el comportamiento de una persona, o dicho más a las claras, pese a que en un litigio ambas partes estiman estar poseídas y apoyadas por la razón, es natural que esto no sea así, en todo o en algo. Y aquí vienen dos posturas. O la recalcitrante de mantenerse cada uno en sus trece y no retroceder ni un palmo, o la munífica y galana de reconocer uno su propio error, y aún otra con más valía si cabe: sabiéndose poseedor legítimo por el derecho y acertado en el procedimiento, renunciar a lo suyo y mantener la relación habida antaño.
-Para esto último, terminé, hay que tener un corazón enorme y una inmensa alteza de miras. Y me consta que tú las tienes, tanto la víscera como el estilo. Mayores que la catedral de San Pedro. Pero también sé, y es lo triste, que todo esto que te estoy expresando, es mucho más fácil decirlo que hacerlo.
Noviembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de noviembre de 2008
Ramón Serrano G.
“Les moments de crise produisent un redoublement de vie chez les hommes”.-
Chateaubriand, Mémoires d’outre-tombe.
-¡Qué fácil es decirlo!, me contestó interrumpiéndome. Pero si a ti te hubiese ocurrido lo que a mí me ha pasado tantas y tantas veces, ya veríamos cuál era ahora tu comportamiento.
- No sé exactamente lo que ha sucedido, le contesté pausadamente, ni me importa. Lo que sí creo con sinceridad, es que vuestra situación actual es tan dolorosa como inexplicable.
- Pues mira te voy a contar toda la historia, para que sepas lo que nos ha llevado a este desencuentro y el porqué de mi actitud. Para que veas que toda persona tiene un límite y que pese a estar siempre dispuesto a consentir y tolerar lo inimaginable, llega un momento en el que dices: se acabó, y cortas para siempre. Como sabes bien, mi padre, a su muerte, nos dejó a mi hermano y a mí sus propiedades debidamente separadas, pero en pro indiviso un cercado grande que solíamos utilizar para almacenar las cosas propias de la agricultura. Todo el embrollo empezó un mal día, cuando…..,
Y me fue detallando minuciosamente un sinfín de acciones y maniobras de uno y otro, aparentemente significativas, pero que en realidad, y aunque pareciese lo contrario, eran intrascendentes, triviales, aunque eso sí, nada insólitas. Comunes y sufridas reiterativamente, tanto por ellos, como por cada hijo de vecino en otros muchos lugares y en todos los tiempos. Habló luego de litigios, polémicas, controversias y disputas. Y de idas y venidas, y de intentos (los más de estos, más aparentes que reales) de evitar un distanciamiento tan lacerante como vergoñoso para ambos. En suma, una historia con visos de tragedia, y esencialmente disparatada.
-Creo que no tienes en cuenta dos cosas, intervine. La primera es que, aun sin dudar de tu palabra, para resolver los problemas hay que enfocarlos desde dos prismas al menos. Recuerda que el juez escucha siempre a ambas partes litigantes. Y yo, aun creyéndote normalmente veraz, sé que el apasionamiento, la subjetividad, y aún el propio interés suelen servir de teamide a la objetividad. Por otra parte, sólo quiero que recuerdes que junto a la justicia, ha existido siempre la munificencia, y que esta, habla mucho de la valía de quien la posee.
-Pero es que no consiste en eso, me cortó. Está bien eso de ser generoso, pero es que, no ya en varias, sino en muchas ocasiones, él ha abusado de mi benevolencia y ha tratado de engañarme. A más, me ha llevado a juicio aportando pruebas falsas. Y cuando es tu propio hermano quien te hace la faena, esta duele mucho más. Te juro, y puedo demostrarlo, que he tenido siempre gran interés en arreglarlo, pero veo en la otra parte más encono cada día. Y yo perdono, pero no olvido. Ya está bien de hacer el tonto ¿no te parece? Te repito que es muy fácil decirlo cuando el problema está en el tejado ajeno, pero cuando te toca a ti pasar el trago, no te hallas muy dispuesto a seguir bebiendo de ese cáliz
Noté que aunque quisiese aparentar lo contrario, estaba empezando a alterarse. Por y pese a ello, le reconvine de nuevo:
-Piénsalo detenidamente. Está escrito, y tú sabes muy bien dónde, que hay que perdonar no siete veces, sino setenta veces siete. Casi todos, y más los que ya tenemos cierta edad, hemos pasado por escollos y atolladeros. Recuerda también que alguien dijo aquello de bienvenidos los tiempos difíciles, porque ellos sirven para la depuración de los cobardes, y en este caso se dan ambas premisas: la situación es enrevesada, pero tú eres alguien con gran valía y con muchas agallas.
-Mira, continué, yo sólo soy alguien con bastantes años, que ha visto muchos altercados similares a este, pero además soy un buen amigo que te quiere ayudar de cualquier modo y manera. Y te digo que da lo mismo que el rifirrafe sea entre dos hermanos, un padre y un hijo o cualquier otra relación humana. La perístasis tiene muy poca enjundia. Tan escasa que no debe ser nunca motivo para provocar un distanciamiento entre personas que se tienen, o lamentablemente he de decir que se tuvieron, un gran cariño.
-¿Merece la pena –seguí- que por el disfrute o la posesión de un pedazo de tierra, o de cualquier otra cosa similar, se renuncie a la convivencia, al trato y al cariño de unas personas? Yo pienso que no y mucho menos si estas son familiares, amigas e incluso allegadas. Lo material no tiene verdadero valor, me estoy refiriendo al espiritual claro está, y desde luego nunca el suficiente para privarnos de algo verdaderamente preciado.
-Y quiero aclararte algo, le dije luego. Primero, que quien dice eso de yo perdono pero no olvido, está expresando únicamente media verdad, porque sí es cierto que no olvida, pero no lo es que haya perdonado. Por otra parte, aunque a veces el propio interés pretende justificar voluntaria o inconcientemente el comportamiento de una persona, o dicho más a las claras, pese a que en un litigio ambas partes estiman estar poseídas y apoyadas por la razón, es natural que esto no sea así, en todo o en algo. Y aquí vienen dos posturas. O la recalcitrante de mantenerse cada uno en sus trece y no retroceder ni un palmo, o la munífica y galana de reconocer uno su propio error, y aún otra con más valía si cabe: sabiéndose poseedor legítimo por el derecho y acertado en el procedimiento, renunciar a lo suyo y mantener la relación habida antaño.
-Para esto último, terminé, hay que tener un corazón enorme y una inmensa alteza de miras. Y me consta que tú las tienes, tanto la víscera como el estilo. Mayores que la catedral de San Pedro. Pero también sé, y es lo triste, que todo esto que te estoy expresando, es mucho más fácil decirlo que hacerlo.
Noviembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de noviembre de 2008
jueves, 6 de noviembre de 2008
Las reglas del juego
Las reglas del juego
Ramón Serrano G.
“…appetitus obedientes effícere rationi.” Cicerón. “De amicitia”.
Reconozcámoslo. Los seres humanos somos unos disconformes y, por qué no decirlo, poseedores en nuestro fuero interno de algunas, o de muchas, ideas dictatoriales. Casi nunca estamos satisfechos con nuestra situación. Ni con lo que poseemos, ni con la edad que tenemos, ni casi con nada. Así, y fijándonos en la edad por ejemplo, vemos siempre con envidia a aquellos que están en una época de su vida diferente a la nuestra. El bebé, que apenas gatea, ya quisiera correr. Cuando llega a niño admira al púber, quien a su vez lo hace hacia el joven, el cual desearía ya ser hombre, aunque al lograrlo no se conforma y ansía alcanzar la completa madurez, llegada a la cual empieza a perder facultades, por lo que se halla un tanto sumancio y aflicto, puesto que empieza a atisbar con claridad las desconveniencias de la vejez. Y de esta ya, ni hablamos.
Pero es que nos ocurre igual en cuanto a las obligaciones y usos que hemos de desarrollar en cada época de nuestra vida. Empecemos por el principio. ¿Habrá mayor tiranía que la de un niño? Protesta por tenerse que acostar o porque ha de levantarse; por la ropa, por la comida y por todo aquello que imaginarse pueda. Y no hablemos de ir al colegio. Obligarles a hacerlo, es cometer con ellos un delito de lesa majestad. Tan de ese modo es así, que cuentan que hace muchos años, en un pequeño pueblo, dos chavales oyeron una mañana de invierno gruñir desesperadamente a un cerdo. -¿Por qué gruñirá así ese gorrino?, preguntó uno de ellos. –Es que lo están matando, contestó el otro. A lo que respondió el primero: - ¿Pues cómo se pondría si tuviese que ir a la escuela?
Es archisabido que el deseo de imposición del propio criterio está muy desarrollado en la niñez Puede servir también como ejemplo lo que nos pasaba a nosotros con Rigoberto. A los de mi edad nos tocó vivir una infancia dura y llena de carencias de todo tipo. Comíamos poco y mal, vestíamos mal y con poco, y sobre todo no teníamos casi nada con qué jugar. Nos divertíamos con unos coches que eran cajas de cartón tirados por una cuerda, con chapas de botellas o con huesos de albaricoques. Esto, que parece algo trivial, tenía su importancia ya que todos queríamos ser amigos del citado Rigoberto. ¿Y por qué? Pues sencilla y llanamente porque él tenía un balón de cuero auténtico. Sí, lo he dicho bien. Un balón auténtico, marrón brillante, precioso, irreal. Así que andábamos locos la tarde que se le antojaba que jugásemos un partido. Aquello era el edén, Pero también tenía su miajita de infierno. El gol no había sido gol legal, había sido penalti, o no, y se tocaba el pitido final, cuando lo decía Rigobertito. ¿Y es que él se sabía el reglamento futbolero y los demás no? No, qué va. Lo que ocurría es que él era el dueño del balón y él ponía las reglas de juego. Se hacía de esa forma, y si no, se acabó el partido y cada uno a su casa.
Lo peor de todo, es que aquellas actitudes déspotas y arbitrarias no acaban en la pubertad, sino que se siguen manteniendo en muchas personas aun cuando estas hayan llegado ya, o parezca que lo hayan hecho, a la edad de la madurez, o de la razón, porque pensamos que cuando se es mayor se tiene sentido para muchas cosas. Y lamentablemente estamos viendo constantemente que no es siempre así, y que todo va en función de la forma de ser de cada individuo, y muchas veces, demasiadas, en virtud de la magnitud de la vara de poder que se tenga en las manos.
Que, desgraciadamente, es muy común que quien manda, quien es el dueño del balón, quiere imponer su criterio sea este justo, o no, y que no se para un instante a meditar si su obrar es el correcto, y mucho menos, si a él le agradaría que le tratasen del mismo modo que él se comporta con los demás. Pensemos en tantos y tantos… Iba a dar una extensa relación de sustantivos, pero ¿para qué? Pensemos, digo, en que fueron, y son, legión, quienes en vez de actuar de una forma correcta y adecuada ( y de estos ha habido, y hay, bastantes), se han, o se están, aprovechando de su “poder” para dirigir los asuntos de la manera que les ha venido en gana. Usted, o usted, o aquel señor que va caminando por aquella calle, podrían poner un millón de ejemplos, padecidos por ellos mismos o sucedidos a otros, que corroborarían que lo que expongo es cierto.
Sinceramente creo que nos vendría muy bien a todos, tanto que deberíamos hacerlo a diario o al menos muy a menudo, el mirar más a nuestros adentros para comprobar si, en el juego de la vida que nos está tocando vivir, no estamos queriendo imponer en demasiadas ocasiones nuestras propias “reglas del juego” porque el balón es nuestro. Y en vez de querer imponerlas, tendríamos que recordar lo que nos dice Cicerón: “..hay que someter los deseos a la razón”.
Noviembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de noviembre de 2008
Ramón Serrano G.
“…appetitus obedientes effícere rationi.” Cicerón. “De amicitia”.
Reconozcámoslo. Los seres humanos somos unos disconformes y, por qué no decirlo, poseedores en nuestro fuero interno de algunas, o de muchas, ideas dictatoriales. Casi nunca estamos satisfechos con nuestra situación. Ni con lo que poseemos, ni con la edad que tenemos, ni casi con nada. Así, y fijándonos en la edad por ejemplo, vemos siempre con envidia a aquellos que están en una época de su vida diferente a la nuestra. El bebé, que apenas gatea, ya quisiera correr. Cuando llega a niño admira al púber, quien a su vez lo hace hacia el joven, el cual desearía ya ser hombre, aunque al lograrlo no se conforma y ansía alcanzar la completa madurez, llegada a la cual empieza a perder facultades, por lo que se halla un tanto sumancio y aflicto, puesto que empieza a atisbar con claridad las desconveniencias de la vejez. Y de esta ya, ni hablamos.
Pero es que nos ocurre igual en cuanto a las obligaciones y usos que hemos de desarrollar en cada época de nuestra vida. Empecemos por el principio. ¿Habrá mayor tiranía que la de un niño? Protesta por tenerse que acostar o porque ha de levantarse; por la ropa, por la comida y por todo aquello que imaginarse pueda. Y no hablemos de ir al colegio. Obligarles a hacerlo, es cometer con ellos un delito de lesa majestad. Tan de ese modo es así, que cuentan que hace muchos años, en un pequeño pueblo, dos chavales oyeron una mañana de invierno gruñir desesperadamente a un cerdo. -¿Por qué gruñirá así ese gorrino?, preguntó uno de ellos. –Es que lo están matando, contestó el otro. A lo que respondió el primero: - ¿Pues cómo se pondría si tuviese que ir a la escuela?
Es archisabido que el deseo de imposición del propio criterio está muy desarrollado en la niñez Puede servir también como ejemplo lo que nos pasaba a nosotros con Rigoberto. A los de mi edad nos tocó vivir una infancia dura y llena de carencias de todo tipo. Comíamos poco y mal, vestíamos mal y con poco, y sobre todo no teníamos casi nada con qué jugar. Nos divertíamos con unos coches que eran cajas de cartón tirados por una cuerda, con chapas de botellas o con huesos de albaricoques. Esto, que parece algo trivial, tenía su importancia ya que todos queríamos ser amigos del citado Rigoberto. ¿Y por qué? Pues sencilla y llanamente porque él tenía un balón de cuero auténtico. Sí, lo he dicho bien. Un balón auténtico, marrón brillante, precioso, irreal. Así que andábamos locos la tarde que se le antojaba que jugásemos un partido. Aquello era el edén, Pero también tenía su miajita de infierno. El gol no había sido gol legal, había sido penalti, o no, y se tocaba el pitido final, cuando lo decía Rigobertito. ¿Y es que él se sabía el reglamento futbolero y los demás no? No, qué va. Lo que ocurría es que él era el dueño del balón y él ponía las reglas de juego. Se hacía de esa forma, y si no, se acabó el partido y cada uno a su casa.
Lo peor de todo, es que aquellas actitudes déspotas y arbitrarias no acaban en la pubertad, sino que se siguen manteniendo en muchas personas aun cuando estas hayan llegado ya, o parezca que lo hayan hecho, a la edad de la madurez, o de la razón, porque pensamos que cuando se es mayor se tiene sentido para muchas cosas. Y lamentablemente estamos viendo constantemente que no es siempre así, y que todo va en función de la forma de ser de cada individuo, y muchas veces, demasiadas, en virtud de la magnitud de la vara de poder que se tenga en las manos.
Que, desgraciadamente, es muy común que quien manda, quien es el dueño del balón, quiere imponer su criterio sea este justo, o no, y que no se para un instante a meditar si su obrar es el correcto, y mucho menos, si a él le agradaría que le tratasen del mismo modo que él se comporta con los demás. Pensemos en tantos y tantos… Iba a dar una extensa relación de sustantivos, pero ¿para qué? Pensemos, digo, en que fueron, y son, legión, quienes en vez de actuar de una forma correcta y adecuada ( y de estos ha habido, y hay, bastantes), se han, o se están, aprovechando de su “poder” para dirigir los asuntos de la manera que les ha venido en gana. Usted, o usted, o aquel señor que va caminando por aquella calle, podrían poner un millón de ejemplos, padecidos por ellos mismos o sucedidos a otros, que corroborarían que lo que expongo es cierto.
Sinceramente creo que nos vendría muy bien a todos, tanto que deberíamos hacerlo a diario o al menos muy a menudo, el mirar más a nuestros adentros para comprobar si, en el juego de la vida que nos está tocando vivir, no estamos queriendo imponer en demasiadas ocasiones nuestras propias “reglas del juego” porque el balón es nuestro. Y en vez de querer imponerlas, tendríamos que recordar lo que nos dice Cicerón: “..hay que someter los deseos a la razón”.
Noviembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de noviembre de 2008
jueves, 30 de octubre de 2008
El retorno
Eunostos
Ramón Serrano G.
En épocas antañonas, las gentes solían morir siempre donde nacían. Apegados a su tierra, viviendo en ella y de ella, mal que bien las más de las veces, y con pocas posibilidades de dejarla en aras de unas mejoras, a veces imprescindibles y siempre difíciles de conseguir. Pero desde la noche de los tiempos la vida del hombre ha ido sufriendo incontables modificaciones de todo tipo. Unas para bien, otras para lo contrario, y todas ellas motivadas por un sinfín de razones, que sería prolijo e innecesario explicarlas aquí ahora.
A uno de esos cambios aludidos es al que hoy quiero referirme. Precisamente a la diáspora de tantos grupos étnicos que a lo largo de los años ha habido desde el agro a la urbe, de una región a otra, o de esta nación a aquella. Citaremos, tan sólo de pasada, que el desarrollo industrial, la mecanización del campo y los escasos salarios fueron los principales motivadores del aumento de las ciudades y el empequeñecimiento y, a veces, hasta la desaparición de los pueblos. Muchos, muchísimos, han sido los hombres y mujeres que han dejado su lugar, creo que algunos con agrado, algunos con dolor y resignación, otros movidos quizás por la codicia, pero los más, abrumados por la necesidad,.
Pero no es a los motivos del éxodo a los que dedico mi atención, sino a la huella que ello pudo dejar en el alma de los que tuvieron que hacer la maleta y buscar nuevos horizontes. Es seguro, como antes dije, que a la mayoría les tuvo que costar mucho, a veces sangre, porque era lanzarse a lo ignoto, o al menos a lo distinto, abandonando por completo lo hasta entonces habitual. Admitir lo que saliera, siempre, eso sí, con la mayor dignidad. Tragar carros y carretas a veces, con tal de sacar adelante la vida y la familia. Y por las noches, rendidos en una cama que no reconocían como suya, metidos entre unas sábanas que no tenían como propias, oliendo unos aires a los que no estaban acostumbrados, digiriendo alimentos que su paladar encontraba muy distintos a los saboreados cuando niños, se fueron creando una personalidad diferente a la que hubiesen poseído de no haber tenido que emigrar de su patria, ya fuese esta la grande o la chica.
Cabe observar, y es a lo que voy, que entre los emigrantes, hay quien se va del pueblo y retorna a veces, ya sea en una vacación, en fecha determinada, o cuando puede. Aquello de:”..Mi aldea/cuanto el alma se recrea al volverte a contemplar”, que cantaba Juan en “Los Gavilanes”. Para un poco, o definitivamente, pero regresan. Son aquellos que tienen muy profundas las raíces que les unen con el lugar en el que les cortaron el cordón umbilical, y mantienen ahorrados, en una hucha dentro de su alma, los recuerdos del tiempo antañón en el que vivieron apegados a su tierra, y se esfuerzan por mantenerlos.
Son los que con su alma siguen recorriendo las mismas calles y plazas de su niñez o juventud, aunque su nombre no figure ya en el padrón municipal. Pese a esto, se siguen acordando de contino de su lugar de origen y, aunque estén agradablemente asentados en su nueva residencia, tienen constante contacto con aquél. Hablan cuando pueden con los que como ellos están lejos. Leen o escuchan todo cuanto referente a su tierra llega a su poder. Tienen en su nuevo hogar cantidad de fotografías u objetos que les hacen recordar lo que nunca han olvidado. Son los más, y los más no pueden estar equivocados. Hay un proverbio que dice que si cien hombres cruzan el río por el puente y uno lo hace vadeándolo, posiblemente sea este el desatinado.
Pero debemos pensar en que hay también quienes no vuelven nunca, unos porque no pueden y otros porque no quieren. De la actitud de aquellos no cabe hablar ya que alguna imposibilidad no les deja libertad de acción. De estos, los hay de distintas clases. Algunos sienten despego hacia su pueblo pues no han hallado en él el abastecimiento necesario de sus apetencias y al abandonarlo, no lo olvidan porque les es imposible, pero prefieren no traerlo a la memoria. Otros han encontrado en su nuevo aposento beneficios que no tenían en el anterior, se acomodan en ellos y se aferran al dicho de que no es el hombre de donde nace sino de donde pace. Cabe decir que son los menos y pocos, pero como existen, había que citarlos.
Por otra parte, los que nos hemos quedado aquí, los echamos de menos a todos. Sí, a todos. A esos que siendo querendones vuelven con frecuencia; a quienes lo hacen esporádicamente y a los que no encuentran, o prefieren no encontrar, el camino de retorno. A nosotros nos da igual, fuerza nos es. Y si con verdadera satisfacción recibimos a los asiduos que a los ocasionales, también lo haríamos con los olvidadizos, si algún día recuperasen la memoria de sus ancestros. Todos serán siempre bienvenidos para la mayoría de los que nos mantuvimos en el lugar. Por eso, veríamos con mucho agrado que a la entrada del pueblo hubiese un gran cartel que les dijese: “EUNOSTOS”, que en griego, ya se sabe, significa: FELIZ REGRESO.
Octubre de 2008
Ramón Serrano G.
En épocas antañonas, las gentes solían morir siempre donde nacían. Apegados a su tierra, viviendo en ella y de ella, mal que bien las más de las veces, y con pocas posibilidades de dejarla en aras de unas mejoras, a veces imprescindibles y siempre difíciles de conseguir. Pero desde la noche de los tiempos la vida del hombre ha ido sufriendo incontables modificaciones de todo tipo. Unas para bien, otras para lo contrario, y todas ellas motivadas por un sinfín de razones, que sería prolijo e innecesario explicarlas aquí ahora.
A uno de esos cambios aludidos es al que hoy quiero referirme. Precisamente a la diáspora de tantos grupos étnicos que a lo largo de los años ha habido desde el agro a la urbe, de una región a otra, o de esta nación a aquella. Citaremos, tan sólo de pasada, que el desarrollo industrial, la mecanización del campo y los escasos salarios fueron los principales motivadores del aumento de las ciudades y el empequeñecimiento y, a veces, hasta la desaparición de los pueblos. Muchos, muchísimos, han sido los hombres y mujeres que han dejado su lugar, creo que algunos con agrado, algunos con dolor y resignación, otros movidos quizás por la codicia, pero los más, abrumados por la necesidad,.
Pero no es a los motivos del éxodo a los que dedico mi atención, sino a la huella que ello pudo dejar en el alma de los que tuvieron que hacer la maleta y buscar nuevos horizontes. Es seguro, como antes dije, que a la mayoría les tuvo que costar mucho, a veces sangre, porque era lanzarse a lo ignoto, o al menos a lo distinto, abandonando por completo lo hasta entonces habitual. Admitir lo que saliera, siempre, eso sí, con la mayor dignidad. Tragar carros y carretas a veces, con tal de sacar adelante la vida y la familia. Y por las noches, rendidos en una cama que no reconocían como suya, metidos entre unas sábanas que no tenían como propias, oliendo unos aires a los que no estaban acostumbrados, digiriendo alimentos que su paladar encontraba muy distintos a los saboreados cuando niños, se fueron creando una personalidad diferente a la que hubiesen poseído de no haber tenido que emigrar de su patria, ya fuese esta la grande o la chica.
Cabe observar, y es a lo que voy, que entre los emigrantes, hay quien se va del pueblo y retorna a veces, ya sea en una vacación, en fecha determinada, o cuando puede. Aquello de:”..Mi aldea/cuanto el alma se recrea al volverte a contemplar”, que cantaba Juan en “Los Gavilanes”. Para un poco, o definitivamente, pero regresan. Son aquellos que tienen muy profundas las raíces que les unen con el lugar en el que les cortaron el cordón umbilical, y mantienen ahorrados, en una hucha dentro de su alma, los recuerdos del tiempo antañón en el que vivieron apegados a su tierra, y se esfuerzan por mantenerlos.
Son los que con su alma siguen recorriendo las mismas calles y plazas de su niñez o juventud, aunque su nombre no figure ya en el padrón municipal. Pese a esto, se siguen acordando de contino de su lugar de origen y, aunque estén agradablemente asentados en su nueva residencia, tienen constante contacto con aquél. Hablan cuando pueden con los que como ellos están lejos. Leen o escuchan todo cuanto referente a su tierra llega a su poder. Tienen en su nuevo hogar cantidad de fotografías u objetos que les hacen recordar lo que nunca han olvidado. Son los más, y los más no pueden estar equivocados. Hay un proverbio que dice que si cien hombres cruzan el río por el puente y uno lo hace vadeándolo, posiblemente sea este el desatinado.
Pero debemos pensar en que hay también quienes no vuelven nunca, unos porque no pueden y otros porque no quieren. De la actitud de aquellos no cabe hablar ya que alguna imposibilidad no les deja libertad de acción. De estos, los hay de distintas clases. Algunos sienten despego hacia su pueblo pues no han hallado en él el abastecimiento necesario de sus apetencias y al abandonarlo, no lo olvidan porque les es imposible, pero prefieren no traerlo a la memoria. Otros han encontrado en su nuevo aposento beneficios que no tenían en el anterior, se acomodan en ellos y se aferran al dicho de que no es el hombre de donde nace sino de donde pace. Cabe decir que son los menos y pocos, pero como existen, había que citarlos.
Por otra parte, los que nos hemos quedado aquí, los echamos de menos a todos. Sí, a todos. A esos que siendo querendones vuelven con frecuencia; a quienes lo hacen esporádicamente y a los que no encuentran, o prefieren no encontrar, el camino de retorno. A nosotros nos da igual, fuerza nos es. Y si con verdadera satisfacción recibimos a los asiduos que a los ocasionales, también lo haríamos con los olvidadizos, si algún día recuperasen la memoria de sus ancestros. Todos serán siempre bienvenidos para la mayoría de los que nos mantuvimos en el lugar. Por eso, veríamos con mucho agrado que a la entrada del pueblo hubiese un gran cartel que les dijese: “EUNOSTOS”, que en griego, ya se sabe, significa: FELIZ REGRESO.
Octubre de 2008
jueves, 16 de octubre de 2008
Cuando...?
Cuándo…?
Ramón Serrano G.
“Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando….” Juan Ramón Jiménez.
-¿Cuándo vas a venir, calaca? Sí, ya sé que me podría haber ahorrado la pregunta puesto que no vas a contestarla, pues todos sabemos que tu inexorable visita es siempre ignorada por quien la recibe, aunque Zweig no piense igual. Nunca se lo dijiste a nadie y no creo que vayas a hacer conmigo una excepción. Te lo pregunto simplemente porque hoy he pensado en ti (en realidad lo hago muchas veces) y me ha apetecido hablar contigo, porque aun cuando parezca raro, te tengo como amiga y porque, además, intuyo que tu segura llegada pueda estar propincua. Desde luego, quiero aclararte que no lo hago porque tema esa venida tuya, ni porque me inquiete lo más mínimo que ello ocurra. No. No dudes que cuando me llegues serás bien recibida. O, al menos eso creo. O, al menos, eso espero.
-Ves, si te dijera que no me importa la manera que puedas tener de presentarte, te mentiría. Es natural que aunque sea inútil la elección, puesto que luego te aparecerás de la forma que te venga en gana, te exprese ahora mi deseo, o mi ruego, de que al menos me des tu abrazo con la mayor brevedad posible y, sobre todo, con ausencia de sufrimiento. Que en eso sí te temo, porque cuando estás de malas, se las haces pasar muy canutas al sujeto de turno. Pero no sé por qué te digo esto, si tú, con tu arbitrariedad, a la postre obrarás como se te antoje. Aunque, a fuer de sincero, también pienso que siempre actúas igual y que somos nosotros, los mortales, los que no sabemos comportarnos ante el desarrollo de tu tétrico trabajo.
-Y aún te digo más. Puede que hasta tenga ganas de que te me aparezcas, pues siento una gran curiosidad por conocerte (una expectación que tiene cierto toque felino, pues sabido es que la curiosidad mató al gato). Porque sabrás que cada uno de aquellos a los que todavía no nos has visitado tenemos una imagen muy distinta de ti. Los más, te magnifican peyorativamente. Será por tu descarnada figura, tu condición mefítica, tu obsesión arrambladora y casi siempre inoportuna, o por muchas otras razones. Pero la verdad, es que no eres bien vista por mis congéneres.
-Pero no es ese mi caso. Esa, digamos, expectación mía, no es sino el corolario de lo que sobre ti he leído, y que ha sido mucho, desde Platón a Heidegger. Por ello, ya te conozco algo, no creas. Sé que eres extraña, imprevisible, un tanto caprichosa, de multiforme aparición y tan vieja como tu principal enemiga, la vida, a la que vas venciendo en muchas facetas, aunque espero y deseo que no consigas nunca lograrlo del todo. Igualmente sé muy bien que eres temida en muchos casos, aunque ignoro si en realidad hay razón alguna para ello. Porque pienso sin embargo, y sinceramente, que no tienes maldad en el fondo. Que desarrollas tu trabajo por obligación, pero sin ningún placer. Y pienso además que, con tu arribo, uno llega a morir,…dormir…. Dormir,…y tal vez soñar. Finalmente quiero resaltar que muchos opinan que tienes unos gustos refinados, pues siempre procuras llevarte primero a los mejores.
-Quizás te extrañe esta forma mía de pensar sobre ti, e incluso puede que te preguntes qué motivos me llevan a hablarte de este modo. No creas, tampoco, que lo hago porque esté harto de vivir. No. Mi existencia ha sido como la de tantos y tantos seres que me han precedido o que conmigo han convivido. A veces buena, más veces sólo regular, y muchas más, pero muchas más, si no mala, sí con desasosiego. Pero no me quejo. Primero porque de nada me valdría hacerlo. Segundo, porque soy consciente de que si no obtuve más logros y menos penitencias, fue sólo mía la culpa. Y tercero porque creo, con sinceridad, que no lo he pasado mal del todo. No tuve mucho, pero sí lo suficiente. Y no ha sido la ambición uno de mis vicios, que no me faltan claro está, pero en verdad que no me ocupé nunca demasiado en querer acaparar incluso el viento.
- Y viendo como el tiempo ha ido desarrollando su labor, sí puedo y quiero decirte que me hallo orgulloso, en grado sumo, de lo habido en mi camino: una buena familia, tanto la heredada como la formada por propio deseo. Unos amigos excelentes. No todos los que hubiese deseado, pero sí más de los que he merecido, tanto en cantidad como en calidad. Y luego, un dedal de cultura, casi nada, un adarme, apenas un escrúpulo, pero la suficiente para proporcionarme inquietudes y felicidad. ¿Crees que con estos tesoros podría quejarme? No. No sería lógico.
-Sé que nuestro encuentro ha de ser breve, que tú, siempre acezando, no podrás entretenerte mucho conmigo con tantísimo trabajo como tienes, tanto el que te procuras por ti misma, como por el que te proporcionamos nosotros. Y aunque yo para ti no sea más que otro grano de trigo que acarrearás en el costal de tu cosecha, quiero que sepas que tú sí que eres alguien trascendente para mí. Considera que nuestro encuentro supone un importante lance, ya que tan sólo en otra ocasión de su existencia, el de su natalicio, el hombre es el exclusivo y principal protagonista del evento.
-Por eso, previendo la cortedad de nuestro único contacto, he ido haciendo provisiones y adquiriendo saberes, para mejor contactar contigo. Para acompañarte en el obligado viaje que he de hacer tras tu llegada, y siguiendo la costumbre maya, tuve durante mucho tiempo preparada mi piedra de jade y mi perro xoloitzcuintle. Igualmente guardé celosamente un óbolo para pagar al viejo barquero Caronte, si este se avenía a dejarme cruzar el río Aquerón. Traté además de procurarme un buen karma, ya sabes, por aquello del samsara. Pero luego, un buen día, di al traste con esas y otras historias similares y pensé que era mejor seguir otras viejas costumbres de tantos y tantos pueblos y culturas, desde los escandinavos hasta los cananeos, fenicios o celtas. Desde el Piura peruano, hasta Benarés. Y decidí, y así lo sigo deseando, la incineración para mi cuerpo. Digo y ruego pues, que quiero que me quemen y que echen mis pavesas (y estas cenizas mías, ¡ay, dolor! no tendrán sentido) al mar. Total ¿qué más da? El viejo y querido Mare Nostrum, como muchos de sus hermanos, está ya tan acostumbrado a recibir despojos y basuras, que creo que un poco de polvo cenizoso más no le importe demasiado. Además, y ahora que recuerdo, como tal te definió a ti Jorge Manrique: Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Sí. Allí quiero acabar.
-No sabes cómo me gustaría por otra parte, que nuestro definitivo abrazo no fuese tan fugaz, y que cuando mi cuerpo aun quiera erguirse, aun cuando ya se esté empezando a oír por mí el dies irae, me dijeras algo del posible destino de mi pobre alma, ya que sobre ella, no sé si afortunada o desgraciadamente, lo ignoro todo. Me gustaría preguntarte en nuestro encuentro, que me enseñaras lo que acerca de ella sepas. Y no ya sobre la mía en sí, sino sobre las almas en general. Quizás quieras informarme de su existencia, o de su esencia, pero, sobre todo, de su supervivencia o aniquilamiento tras haberme dallado con tu guadaña. Aunque en verdad te digo, que en el fondo, si el ánima perdura o no, y cual pudiera ser su destino, no es algo que me preocupe en demasía. Más me inquieta el recuerdo que de mí pudiera quedar aquí cuando me hayas liquidado. Creo que habrá muy pocos o ninguno que la tengan, pero si alguna remembranza hubiese, quedaría muy satisfecho con que no fuera para mal.
-Y ya no te entretengo con más cháchara, flaca, que tú no puedes dar ocio al uso de tu segadera. Te repito que me tienes aquí, esforzándome por seguir a Cicerón cuando dice: Neque turpís mors forti viro potes accedere, para las almas fuertes no hay muerte ignominiosa. Aquí, continuamente en vela, esperando pacientemente tu llegada, tal vez sentado, y quizás con algún libro entre las manos.¡Ah! También he de decirte que, para cuando llegues con tu figura cenceña envuelta en una bruna cabaza, tendré un fanal encendido sobre mi puerta. Así sabrás adonde hallarme.
Octubre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 17 de Octubre de 2008
Ramón Serrano G.
“Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando….” Juan Ramón Jiménez.
-¿Cuándo vas a venir, calaca? Sí, ya sé que me podría haber ahorrado la pregunta puesto que no vas a contestarla, pues todos sabemos que tu inexorable visita es siempre ignorada por quien la recibe, aunque Zweig no piense igual. Nunca se lo dijiste a nadie y no creo que vayas a hacer conmigo una excepción. Te lo pregunto simplemente porque hoy he pensado en ti (en realidad lo hago muchas veces) y me ha apetecido hablar contigo, porque aun cuando parezca raro, te tengo como amiga y porque, además, intuyo que tu segura llegada pueda estar propincua. Desde luego, quiero aclararte que no lo hago porque tema esa venida tuya, ni porque me inquiete lo más mínimo que ello ocurra. No. No dudes que cuando me llegues serás bien recibida. O, al menos eso creo. O, al menos, eso espero.
-Ves, si te dijera que no me importa la manera que puedas tener de presentarte, te mentiría. Es natural que aunque sea inútil la elección, puesto que luego te aparecerás de la forma que te venga en gana, te exprese ahora mi deseo, o mi ruego, de que al menos me des tu abrazo con la mayor brevedad posible y, sobre todo, con ausencia de sufrimiento. Que en eso sí te temo, porque cuando estás de malas, se las haces pasar muy canutas al sujeto de turno. Pero no sé por qué te digo esto, si tú, con tu arbitrariedad, a la postre obrarás como se te antoje. Aunque, a fuer de sincero, también pienso que siempre actúas igual y que somos nosotros, los mortales, los que no sabemos comportarnos ante el desarrollo de tu tétrico trabajo.
-Y aún te digo más. Puede que hasta tenga ganas de que te me aparezcas, pues siento una gran curiosidad por conocerte (una expectación que tiene cierto toque felino, pues sabido es que la curiosidad mató al gato). Porque sabrás que cada uno de aquellos a los que todavía no nos has visitado tenemos una imagen muy distinta de ti. Los más, te magnifican peyorativamente. Será por tu descarnada figura, tu condición mefítica, tu obsesión arrambladora y casi siempre inoportuna, o por muchas otras razones. Pero la verdad, es que no eres bien vista por mis congéneres.
-Pero no es ese mi caso. Esa, digamos, expectación mía, no es sino el corolario de lo que sobre ti he leído, y que ha sido mucho, desde Platón a Heidegger. Por ello, ya te conozco algo, no creas. Sé que eres extraña, imprevisible, un tanto caprichosa, de multiforme aparición y tan vieja como tu principal enemiga, la vida, a la que vas venciendo en muchas facetas, aunque espero y deseo que no consigas nunca lograrlo del todo. Igualmente sé muy bien que eres temida en muchos casos, aunque ignoro si en realidad hay razón alguna para ello. Porque pienso sin embargo, y sinceramente, que no tienes maldad en el fondo. Que desarrollas tu trabajo por obligación, pero sin ningún placer. Y pienso además que, con tu arribo, uno llega a morir,…dormir…. Dormir,…y tal vez soñar. Finalmente quiero resaltar que muchos opinan que tienes unos gustos refinados, pues siempre procuras llevarte primero a los mejores.
-Quizás te extrañe esta forma mía de pensar sobre ti, e incluso puede que te preguntes qué motivos me llevan a hablarte de este modo. No creas, tampoco, que lo hago porque esté harto de vivir. No. Mi existencia ha sido como la de tantos y tantos seres que me han precedido o que conmigo han convivido. A veces buena, más veces sólo regular, y muchas más, pero muchas más, si no mala, sí con desasosiego. Pero no me quejo. Primero porque de nada me valdría hacerlo. Segundo, porque soy consciente de que si no obtuve más logros y menos penitencias, fue sólo mía la culpa. Y tercero porque creo, con sinceridad, que no lo he pasado mal del todo. No tuve mucho, pero sí lo suficiente. Y no ha sido la ambición uno de mis vicios, que no me faltan claro está, pero en verdad que no me ocupé nunca demasiado en querer acaparar incluso el viento.
- Y viendo como el tiempo ha ido desarrollando su labor, sí puedo y quiero decirte que me hallo orgulloso, en grado sumo, de lo habido en mi camino: una buena familia, tanto la heredada como la formada por propio deseo. Unos amigos excelentes. No todos los que hubiese deseado, pero sí más de los que he merecido, tanto en cantidad como en calidad. Y luego, un dedal de cultura, casi nada, un adarme, apenas un escrúpulo, pero la suficiente para proporcionarme inquietudes y felicidad. ¿Crees que con estos tesoros podría quejarme? No. No sería lógico.
-Sé que nuestro encuentro ha de ser breve, que tú, siempre acezando, no podrás entretenerte mucho conmigo con tantísimo trabajo como tienes, tanto el que te procuras por ti misma, como por el que te proporcionamos nosotros. Y aunque yo para ti no sea más que otro grano de trigo que acarrearás en el costal de tu cosecha, quiero que sepas que tú sí que eres alguien trascendente para mí. Considera que nuestro encuentro supone un importante lance, ya que tan sólo en otra ocasión de su existencia, el de su natalicio, el hombre es el exclusivo y principal protagonista del evento.
-Por eso, previendo la cortedad de nuestro único contacto, he ido haciendo provisiones y adquiriendo saberes, para mejor contactar contigo. Para acompañarte en el obligado viaje que he de hacer tras tu llegada, y siguiendo la costumbre maya, tuve durante mucho tiempo preparada mi piedra de jade y mi perro xoloitzcuintle. Igualmente guardé celosamente un óbolo para pagar al viejo barquero Caronte, si este se avenía a dejarme cruzar el río Aquerón. Traté además de procurarme un buen karma, ya sabes, por aquello del samsara. Pero luego, un buen día, di al traste con esas y otras historias similares y pensé que era mejor seguir otras viejas costumbres de tantos y tantos pueblos y culturas, desde los escandinavos hasta los cananeos, fenicios o celtas. Desde el Piura peruano, hasta Benarés. Y decidí, y así lo sigo deseando, la incineración para mi cuerpo. Digo y ruego pues, que quiero que me quemen y que echen mis pavesas (y estas cenizas mías, ¡ay, dolor! no tendrán sentido) al mar. Total ¿qué más da? El viejo y querido Mare Nostrum, como muchos de sus hermanos, está ya tan acostumbrado a recibir despojos y basuras, que creo que un poco de polvo cenizoso más no le importe demasiado. Además, y ahora que recuerdo, como tal te definió a ti Jorge Manrique: Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Sí. Allí quiero acabar.
-No sabes cómo me gustaría por otra parte, que nuestro definitivo abrazo no fuese tan fugaz, y que cuando mi cuerpo aun quiera erguirse, aun cuando ya se esté empezando a oír por mí el dies irae, me dijeras algo del posible destino de mi pobre alma, ya que sobre ella, no sé si afortunada o desgraciadamente, lo ignoro todo. Me gustaría preguntarte en nuestro encuentro, que me enseñaras lo que acerca de ella sepas. Y no ya sobre la mía en sí, sino sobre las almas en general. Quizás quieras informarme de su existencia, o de su esencia, pero, sobre todo, de su supervivencia o aniquilamiento tras haberme dallado con tu guadaña. Aunque en verdad te digo, que en el fondo, si el ánima perdura o no, y cual pudiera ser su destino, no es algo que me preocupe en demasía. Más me inquieta el recuerdo que de mí pudiera quedar aquí cuando me hayas liquidado. Creo que habrá muy pocos o ninguno que la tengan, pero si alguna remembranza hubiese, quedaría muy satisfecho con que no fuera para mal.
-Y ya no te entretengo con más cháchara, flaca, que tú no puedes dar ocio al uso de tu segadera. Te repito que me tienes aquí, esforzándome por seguir a Cicerón cuando dice: Neque turpís mors forti viro potes accedere, para las almas fuertes no hay muerte ignominiosa. Aquí, continuamente en vela, esperando pacientemente tu llegada, tal vez sentado, y quizás con algún libro entre las manos.¡Ah! También he de decirte que, para cuando llegues con tu figura cenceña envuelta en una bruna cabaza, tendré un fanal encendido sobre mi puerta. Así sabrás adonde hallarme.
Octubre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 17 de Octubre de 2008
jueves, 2 de octubre de 2008
Inshallah
Inshallah
Ramón Serrano G.
A veces da incluso miedo pensar hasta adonde llegará el hombre en el futuro con sus investigaciones y descubrimientos. Se vuelve a decir aquello de: “cosas veredes mío Cid, que farán fablar las piedras..” y si ya por otros entonces, y en el ámbito verbenero de La Paloma, Sebastián y Don Hilarión se admiraban de que:..hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad,.. no sé que afirmarían en estos tiempos el boticario y su amigo.
Pero hemos de reconocer, porque es palmario y frecuente, que pese a sus inmensos estudios que le han llevado a realizar descubrimientos increíbles y a obtener logros inconmensurables, el hombre se encuentra a veces en situaciones ante las que sabe que nada puede hacer y por ello tiene que, más o menos pacientemente, exclamar abandonándose a su suerte: “Inshallah”: que sea lo que Dios quiera, u ojalá, si así se prefiere.
Resulta que se ha avanzado tanto desde ayer a hoy, que ya nos causa extrañeza si algo impide que Elpidio y Ranjit se comuniquen simultánea y perfectamente a través del oído y de la vista, aunque aquél se encuentre en Terrinches y éste en Jaipur. Se llaman el uno al otro, y se ven, y se escuchan como si estuviesen a la vera.
Vemos todos, con la mayor naturalidad, que se pueda sustituir la válvula aórtica sin necesidad de utilizar el bisturí, o que por la invención y el desarrollo de la resonancia magnética nuclear se puedan ver nítidamente imágenes del cerebro y del corazón humano, incluso bombeando.
Nos parece muy normal que a través del GPS se pueda medir la clorofila que tienen las plantas y así saber cuáles son las vides que ya están aptas para una vendimia conveniente. Como son ya archisabidos los descubrimientos sobre las interacciones de los quarks y el concepto de libertad asintótica en cromodinámica cuántica.
Y oímos, sin extrañarnos para nada, que se ha hecho un nuevo avance en eso de los genomas (sí, ya me entienden, el conjunto de células haploides de un organismo) y no digamos nada del ácido ribonucleico, del que ya hemos aprendido todos que está ubicado en las células de tipo eucarionte y procarionte, y por el que llegamos al ADN con su ribosa, su fosfato y su compuesto nitrogenado. Bien es cierto que aún no nos hemos podido enterar de por qué el ARN contiene la base uracilo en vez de la timina, pero mi amigo Evaristo Quevedo, que sabe mucho de esto, y algunos colegas suyos, pronto lo averiguarán.
Por último, nos acabamos de enterar de que se ha puesto en funcionamiento eso del acelerador de partículas, algo inimaginable e inexplicable para la inmensa mayoría de los mortales, y que igual puede terminar con el descubrimiento de cómo fue la formación de la materia, como crear un agujero negro que acabe en un rato con nuestro planeta.
Pero pese a todos estos avances, y muchísimos más que alguno de ustedes conocerán a la perfección, hay, aunque parezca mentira y pese a tantos adelantos y descubrimientos, infinidad de situaciones a las que aún no ha sabido aprender el ser humano cuáles son los medios necesarios para que no se produzcan, o, al menos, para solucionarlas. No ha sabido o no ha podido, ya que el hombre, pese a la grandeza de su mente y a su enorme esfuerzo, a veces se ve afectado por una agenesia que le impide salir victorioso en algunos lances. Así, podemos en muchos casos prevenir, educar, asegurar, anotar, controlar, ejemplarizar, culturizar, sanar y mil verbos más que se piensen. Podemos poner rodrigones, marcar sendas, jalonar veredas, señalar fechas y horarios, instalar atalayas, colocar vigías, establecer fronteras, sustentar los cimientos con pilotes y recalzos, observar estrictas reglas de higiene y ortodoxia, pero de ningún modo conseguiremos nunca librarnos en muchas coyunturas del albur de la desgracia, como en otras no tendremos jamás la seguridad del éxito.
¿Que a qué me estoy refiriendo? Pues miren, a lo siguiente:
-Cuando a alguien cercano a nosotros le han detectado un tumor, y esperando que el resultado de la biopsia sea negativo, decimos: Inshallah.
-Cuando hacemos un viaje, ante la posibilidad de un accidente y con el deseo de llegar bien, decimos: Inshallah.
-Cuando la madre, viendo que son las cinco de la mañana y que el hijo no ha regresado aún, sabedora de que bebe a veces y a veces se droga, con el deseo de que vuelva bien esa noche, dice: Inshallah.
-Cuando el agricultor, sin otro haber que su cosecha, y viendo que ésta se está agostando, con el deseo de que llueva pronto, dice: Inshallah.
-Contemplando tanta medianía (…”al ver cómo es el mérito mendigo nato y ver como es alzada en palmas la vil nulidad”…), son muchos los que desean que aparezca pronto otro Aristóteles, otro Cervantes, otro Miguel Ángel, otra Teresa de Calcuta, otra Marie Curie. Y en ese anhelo, dicen: Inshallah.
-Con el dolor de las experiencias sufridas, hay quien aguarda a que el tifón respete aldeas y vidas a su paso por Haití o el tsunami lo haga igualmente en Indonesia. Y con esa esperanza suplica: Inshallah.
-Y usted y yo, y tantos y tantos otros, hartos de ver tanta masacre, tanto dolor y tanto exterminio inútil, pero incapaces por nosotros mismos de hacer algo para acabar con las guerras y los fanatismos, suplicamos, por si sirviese de algo: Inshallah.
-Y usted y yo, y tantos y tantos otros, gemidores y quizás avergonzados por no dedicarnos nunca a poner siquiera un grano de arena para que no sigan muriendo de hambre millones de niños, elevamos los ojos al cielo y decimos: Inshallah.
Es seguro, conveniente y deseable que se seguirá investigando y solucionando problemas y dificultades que hoy nos parecen insalvables y que en un futuro, quizás no muy lejano, serán ya banalidades. Pero también es cierto que podríamos seguir enumerando otros muchos cómos, cuándos y porqués, sabiendo perfectamente que, ante nuestra reconocida impotencia para solucionarlos, tendremos que recurrir al destino o a la providencia, (cada uno creerá en lo que quiera) para decir de nuevo resignada y humildemente:
Inshallah ..... Inshallah …..Inshallah…...
Octubre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de octubre de 2008
Ramón Serrano G.
A veces da incluso miedo pensar hasta adonde llegará el hombre en el futuro con sus investigaciones y descubrimientos. Se vuelve a decir aquello de: “cosas veredes mío Cid, que farán fablar las piedras..” y si ya por otros entonces, y en el ámbito verbenero de La Paloma, Sebastián y Don Hilarión se admiraban de que:..hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad,.. no sé que afirmarían en estos tiempos el boticario y su amigo.
Pero hemos de reconocer, porque es palmario y frecuente, que pese a sus inmensos estudios que le han llevado a realizar descubrimientos increíbles y a obtener logros inconmensurables, el hombre se encuentra a veces en situaciones ante las que sabe que nada puede hacer y por ello tiene que, más o menos pacientemente, exclamar abandonándose a su suerte: “Inshallah”: que sea lo que Dios quiera, u ojalá, si así se prefiere.
Resulta que se ha avanzado tanto desde ayer a hoy, que ya nos causa extrañeza si algo impide que Elpidio y Ranjit se comuniquen simultánea y perfectamente a través del oído y de la vista, aunque aquél se encuentre en Terrinches y éste en Jaipur. Se llaman el uno al otro, y se ven, y se escuchan como si estuviesen a la vera.
Vemos todos, con la mayor naturalidad, que se pueda sustituir la válvula aórtica sin necesidad de utilizar el bisturí, o que por la invención y el desarrollo de la resonancia magnética nuclear se puedan ver nítidamente imágenes del cerebro y del corazón humano, incluso bombeando.
Nos parece muy normal que a través del GPS se pueda medir la clorofila que tienen las plantas y así saber cuáles son las vides que ya están aptas para una vendimia conveniente. Como son ya archisabidos los descubrimientos sobre las interacciones de los quarks y el concepto de libertad asintótica en cromodinámica cuántica.
Y oímos, sin extrañarnos para nada, que se ha hecho un nuevo avance en eso de los genomas (sí, ya me entienden, el conjunto de células haploides de un organismo) y no digamos nada del ácido ribonucleico, del que ya hemos aprendido todos que está ubicado en las células de tipo eucarionte y procarionte, y por el que llegamos al ADN con su ribosa, su fosfato y su compuesto nitrogenado. Bien es cierto que aún no nos hemos podido enterar de por qué el ARN contiene la base uracilo en vez de la timina, pero mi amigo Evaristo Quevedo, que sabe mucho de esto, y algunos colegas suyos, pronto lo averiguarán.
Por último, nos acabamos de enterar de que se ha puesto en funcionamiento eso del acelerador de partículas, algo inimaginable e inexplicable para la inmensa mayoría de los mortales, y que igual puede terminar con el descubrimiento de cómo fue la formación de la materia, como crear un agujero negro que acabe en un rato con nuestro planeta.
Pero pese a todos estos avances, y muchísimos más que alguno de ustedes conocerán a la perfección, hay, aunque parezca mentira y pese a tantos adelantos y descubrimientos, infinidad de situaciones a las que aún no ha sabido aprender el ser humano cuáles son los medios necesarios para que no se produzcan, o, al menos, para solucionarlas. No ha sabido o no ha podido, ya que el hombre, pese a la grandeza de su mente y a su enorme esfuerzo, a veces se ve afectado por una agenesia que le impide salir victorioso en algunos lances. Así, podemos en muchos casos prevenir, educar, asegurar, anotar, controlar, ejemplarizar, culturizar, sanar y mil verbos más que se piensen. Podemos poner rodrigones, marcar sendas, jalonar veredas, señalar fechas y horarios, instalar atalayas, colocar vigías, establecer fronteras, sustentar los cimientos con pilotes y recalzos, observar estrictas reglas de higiene y ortodoxia, pero de ningún modo conseguiremos nunca librarnos en muchas coyunturas del albur de la desgracia, como en otras no tendremos jamás la seguridad del éxito.
¿Que a qué me estoy refiriendo? Pues miren, a lo siguiente:
-Cuando a alguien cercano a nosotros le han detectado un tumor, y esperando que el resultado de la biopsia sea negativo, decimos: Inshallah.
-Cuando hacemos un viaje, ante la posibilidad de un accidente y con el deseo de llegar bien, decimos: Inshallah.
-Cuando la madre, viendo que son las cinco de la mañana y que el hijo no ha regresado aún, sabedora de que bebe a veces y a veces se droga, con el deseo de que vuelva bien esa noche, dice: Inshallah.
-Cuando el agricultor, sin otro haber que su cosecha, y viendo que ésta se está agostando, con el deseo de que llueva pronto, dice: Inshallah.
-Contemplando tanta medianía (…”al ver cómo es el mérito mendigo nato y ver como es alzada en palmas la vil nulidad”…), son muchos los que desean que aparezca pronto otro Aristóteles, otro Cervantes, otro Miguel Ángel, otra Teresa de Calcuta, otra Marie Curie. Y en ese anhelo, dicen: Inshallah.
-Con el dolor de las experiencias sufridas, hay quien aguarda a que el tifón respete aldeas y vidas a su paso por Haití o el tsunami lo haga igualmente en Indonesia. Y con esa esperanza suplica: Inshallah.
-Y usted y yo, y tantos y tantos otros, hartos de ver tanta masacre, tanto dolor y tanto exterminio inútil, pero incapaces por nosotros mismos de hacer algo para acabar con las guerras y los fanatismos, suplicamos, por si sirviese de algo: Inshallah.
-Y usted y yo, y tantos y tantos otros, gemidores y quizás avergonzados por no dedicarnos nunca a poner siquiera un grano de arena para que no sigan muriendo de hambre millones de niños, elevamos los ojos al cielo y decimos: Inshallah.
Es seguro, conveniente y deseable que se seguirá investigando y solucionando problemas y dificultades que hoy nos parecen insalvables y que en un futuro, quizás no muy lejano, serán ya banalidades. Pero también es cierto que podríamos seguir enumerando otros muchos cómos, cuándos y porqués, sabiendo perfectamente que, ante nuestra reconocida impotencia para solucionarlos, tendremos que recurrir al destino o a la providencia, (cada uno creerá en lo que quiera) para decir de nuevo resignada y humildemente:
Inshallah ..... Inshallah …..Inshallah…...
Octubre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de octubre de 2008
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