Las reglas del juego
Ramón Serrano G.
“…appetitus obedientes effícere rationi.” Cicerón. “De amicitia”.
Reconozcámoslo. Los seres humanos somos unos disconformes y, por qué no decirlo, poseedores en nuestro fuero interno de algunas, o de muchas, ideas dictatoriales. Casi nunca estamos satisfechos con nuestra situación. Ni con lo que poseemos, ni con la edad que tenemos, ni casi con nada. Así, y fijándonos en la edad por ejemplo, vemos siempre con envidia a aquellos que están en una época de su vida diferente a la nuestra. El bebé, que apenas gatea, ya quisiera correr. Cuando llega a niño admira al púber, quien a su vez lo hace hacia el joven, el cual desearía ya ser hombre, aunque al lograrlo no se conforma y ansía alcanzar la completa madurez, llegada a la cual empieza a perder facultades, por lo que se halla un tanto sumancio y aflicto, puesto que empieza a atisbar con claridad las desconveniencias de la vejez. Y de esta ya, ni hablamos.
Pero es que nos ocurre igual en cuanto a las obligaciones y usos que hemos de desarrollar en cada época de nuestra vida. Empecemos por el principio. ¿Habrá mayor tiranía que la de un niño? Protesta por tenerse que acostar o porque ha de levantarse; por la ropa, por la comida y por todo aquello que imaginarse pueda. Y no hablemos de ir al colegio. Obligarles a hacerlo, es cometer con ellos un delito de lesa majestad. Tan de ese modo es así, que cuentan que hace muchos años, en un pequeño pueblo, dos chavales oyeron una mañana de invierno gruñir desesperadamente a un cerdo. -¿Por qué gruñirá así ese gorrino?, preguntó uno de ellos. –Es que lo están matando, contestó el otro. A lo que respondió el primero: - ¿Pues cómo se pondría si tuviese que ir a la escuela?
Es archisabido que el deseo de imposición del propio criterio está muy desarrollado en la niñez Puede servir también como ejemplo lo que nos pasaba a nosotros con Rigoberto. A los de mi edad nos tocó vivir una infancia dura y llena de carencias de todo tipo. Comíamos poco y mal, vestíamos mal y con poco, y sobre todo no teníamos casi nada con qué jugar. Nos divertíamos con unos coches que eran cajas de cartón tirados por una cuerda, con chapas de botellas o con huesos de albaricoques. Esto, que parece algo trivial, tenía su importancia ya que todos queríamos ser amigos del citado Rigoberto. ¿Y por qué? Pues sencilla y llanamente porque él tenía un balón de cuero auténtico. Sí, lo he dicho bien. Un balón auténtico, marrón brillante, precioso, irreal. Así que andábamos locos la tarde que se le antojaba que jugásemos un partido. Aquello era el edén, Pero también tenía su miajita de infierno. El gol no había sido gol legal, había sido penalti, o no, y se tocaba el pitido final, cuando lo decía Rigobertito. ¿Y es que él se sabía el reglamento futbolero y los demás no? No, qué va. Lo que ocurría es que él era el dueño del balón y él ponía las reglas de juego. Se hacía de esa forma, y si no, se acabó el partido y cada uno a su casa.
Lo peor de todo, es que aquellas actitudes déspotas y arbitrarias no acaban en la pubertad, sino que se siguen manteniendo en muchas personas aun cuando estas hayan llegado ya, o parezca que lo hayan hecho, a la edad de la madurez, o de la razón, porque pensamos que cuando se es mayor se tiene sentido para muchas cosas. Y lamentablemente estamos viendo constantemente que no es siempre así, y que todo va en función de la forma de ser de cada individuo, y muchas veces, demasiadas, en virtud de la magnitud de la vara de poder que se tenga en las manos.
Que, desgraciadamente, es muy común que quien manda, quien es el dueño del balón, quiere imponer su criterio sea este justo, o no, y que no se para un instante a meditar si su obrar es el correcto, y mucho menos, si a él le agradaría que le tratasen del mismo modo que él se comporta con los demás. Pensemos en tantos y tantos… Iba a dar una extensa relación de sustantivos, pero ¿para qué? Pensemos, digo, en que fueron, y son, legión, quienes en vez de actuar de una forma correcta y adecuada ( y de estos ha habido, y hay, bastantes), se han, o se están, aprovechando de su “poder” para dirigir los asuntos de la manera que les ha venido en gana. Usted, o usted, o aquel señor que va caminando por aquella calle, podrían poner un millón de ejemplos, padecidos por ellos mismos o sucedidos a otros, que corroborarían que lo que expongo es cierto.
Sinceramente creo que nos vendría muy bien a todos, tanto que deberíamos hacerlo a diario o al menos muy a menudo, el mirar más a nuestros adentros para comprobar si, en el juego de la vida que nos está tocando vivir, no estamos queriendo imponer en demasiadas ocasiones nuestras propias “reglas del juego” porque el balón es nuestro. Y en vez de querer imponerlas, tendríamos que recordar lo que nos dice Cicerón: “..hay que someter los deseos a la razón”.
Noviembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de noviembre de 2008
jueves, 6 de noviembre de 2008
jueves, 30 de octubre de 2008
El retorno
Eunostos
Ramón Serrano G.
En épocas antañonas, las gentes solían morir siempre donde nacían. Apegados a su tierra, viviendo en ella y de ella, mal que bien las más de las veces, y con pocas posibilidades de dejarla en aras de unas mejoras, a veces imprescindibles y siempre difíciles de conseguir. Pero desde la noche de los tiempos la vida del hombre ha ido sufriendo incontables modificaciones de todo tipo. Unas para bien, otras para lo contrario, y todas ellas motivadas por un sinfín de razones, que sería prolijo e innecesario explicarlas aquí ahora.
A uno de esos cambios aludidos es al que hoy quiero referirme. Precisamente a la diáspora de tantos grupos étnicos que a lo largo de los años ha habido desde el agro a la urbe, de una región a otra, o de esta nación a aquella. Citaremos, tan sólo de pasada, que el desarrollo industrial, la mecanización del campo y los escasos salarios fueron los principales motivadores del aumento de las ciudades y el empequeñecimiento y, a veces, hasta la desaparición de los pueblos. Muchos, muchísimos, han sido los hombres y mujeres que han dejado su lugar, creo que algunos con agrado, algunos con dolor y resignación, otros movidos quizás por la codicia, pero los más, abrumados por la necesidad,.
Pero no es a los motivos del éxodo a los que dedico mi atención, sino a la huella que ello pudo dejar en el alma de los que tuvieron que hacer la maleta y buscar nuevos horizontes. Es seguro, como antes dije, que a la mayoría les tuvo que costar mucho, a veces sangre, porque era lanzarse a lo ignoto, o al menos a lo distinto, abandonando por completo lo hasta entonces habitual. Admitir lo que saliera, siempre, eso sí, con la mayor dignidad. Tragar carros y carretas a veces, con tal de sacar adelante la vida y la familia. Y por las noches, rendidos en una cama que no reconocían como suya, metidos entre unas sábanas que no tenían como propias, oliendo unos aires a los que no estaban acostumbrados, digiriendo alimentos que su paladar encontraba muy distintos a los saboreados cuando niños, se fueron creando una personalidad diferente a la que hubiesen poseído de no haber tenido que emigrar de su patria, ya fuese esta la grande o la chica.
Cabe observar, y es a lo que voy, que entre los emigrantes, hay quien se va del pueblo y retorna a veces, ya sea en una vacación, en fecha determinada, o cuando puede. Aquello de:”..Mi aldea/cuanto el alma se recrea al volverte a contemplar”, que cantaba Juan en “Los Gavilanes”. Para un poco, o definitivamente, pero regresan. Son aquellos que tienen muy profundas las raíces que les unen con el lugar en el que les cortaron el cordón umbilical, y mantienen ahorrados, en una hucha dentro de su alma, los recuerdos del tiempo antañón en el que vivieron apegados a su tierra, y se esfuerzan por mantenerlos.
Son los que con su alma siguen recorriendo las mismas calles y plazas de su niñez o juventud, aunque su nombre no figure ya en el padrón municipal. Pese a esto, se siguen acordando de contino de su lugar de origen y, aunque estén agradablemente asentados en su nueva residencia, tienen constante contacto con aquél. Hablan cuando pueden con los que como ellos están lejos. Leen o escuchan todo cuanto referente a su tierra llega a su poder. Tienen en su nuevo hogar cantidad de fotografías u objetos que les hacen recordar lo que nunca han olvidado. Son los más, y los más no pueden estar equivocados. Hay un proverbio que dice que si cien hombres cruzan el río por el puente y uno lo hace vadeándolo, posiblemente sea este el desatinado.
Pero debemos pensar en que hay también quienes no vuelven nunca, unos porque no pueden y otros porque no quieren. De la actitud de aquellos no cabe hablar ya que alguna imposibilidad no les deja libertad de acción. De estos, los hay de distintas clases. Algunos sienten despego hacia su pueblo pues no han hallado en él el abastecimiento necesario de sus apetencias y al abandonarlo, no lo olvidan porque les es imposible, pero prefieren no traerlo a la memoria. Otros han encontrado en su nuevo aposento beneficios que no tenían en el anterior, se acomodan en ellos y se aferran al dicho de que no es el hombre de donde nace sino de donde pace. Cabe decir que son los menos y pocos, pero como existen, había que citarlos.
Por otra parte, los que nos hemos quedado aquí, los echamos de menos a todos. Sí, a todos. A esos que siendo querendones vuelven con frecuencia; a quienes lo hacen esporádicamente y a los que no encuentran, o prefieren no encontrar, el camino de retorno. A nosotros nos da igual, fuerza nos es. Y si con verdadera satisfacción recibimos a los asiduos que a los ocasionales, también lo haríamos con los olvidadizos, si algún día recuperasen la memoria de sus ancestros. Todos serán siempre bienvenidos para la mayoría de los que nos mantuvimos en el lugar. Por eso, veríamos con mucho agrado que a la entrada del pueblo hubiese un gran cartel que les dijese: “EUNOSTOS”, que en griego, ya se sabe, significa: FELIZ REGRESO.
Octubre de 2008
Ramón Serrano G.
En épocas antañonas, las gentes solían morir siempre donde nacían. Apegados a su tierra, viviendo en ella y de ella, mal que bien las más de las veces, y con pocas posibilidades de dejarla en aras de unas mejoras, a veces imprescindibles y siempre difíciles de conseguir. Pero desde la noche de los tiempos la vida del hombre ha ido sufriendo incontables modificaciones de todo tipo. Unas para bien, otras para lo contrario, y todas ellas motivadas por un sinfín de razones, que sería prolijo e innecesario explicarlas aquí ahora.
A uno de esos cambios aludidos es al que hoy quiero referirme. Precisamente a la diáspora de tantos grupos étnicos que a lo largo de los años ha habido desde el agro a la urbe, de una región a otra, o de esta nación a aquella. Citaremos, tan sólo de pasada, que el desarrollo industrial, la mecanización del campo y los escasos salarios fueron los principales motivadores del aumento de las ciudades y el empequeñecimiento y, a veces, hasta la desaparición de los pueblos. Muchos, muchísimos, han sido los hombres y mujeres que han dejado su lugar, creo que algunos con agrado, algunos con dolor y resignación, otros movidos quizás por la codicia, pero los más, abrumados por la necesidad,.
Pero no es a los motivos del éxodo a los que dedico mi atención, sino a la huella que ello pudo dejar en el alma de los que tuvieron que hacer la maleta y buscar nuevos horizontes. Es seguro, como antes dije, que a la mayoría les tuvo que costar mucho, a veces sangre, porque era lanzarse a lo ignoto, o al menos a lo distinto, abandonando por completo lo hasta entonces habitual. Admitir lo que saliera, siempre, eso sí, con la mayor dignidad. Tragar carros y carretas a veces, con tal de sacar adelante la vida y la familia. Y por las noches, rendidos en una cama que no reconocían como suya, metidos entre unas sábanas que no tenían como propias, oliendo unos aires a los que no estaban acostumbrados, digiriendo alimentos que su paladar encontraba muy distintos a los saboreados cuando niños, se fueron creando una personalidad diferente a la que hubiesen poseído de no haber tenido que emigrar de su patria, ya fuese esta la grande o la chica.
Cabe observar, y es a lo que voy, que entre los emigrantes, hay quien se va del pueblo y retorna a veces, ya sea en una vacación, en fecha determinada, o cuando puede. Aquello de:”..Mi aldea/cuanto el alma se recrea al volverte a contemplar”, que cantaba Juan en “Los Gavilanes”. Para un poco, o definitivamente, pero regresan. Son aquellos que tienen muy profundas las raíces que les unen con el lugar en el que les cortaron el cordón umbilical, y mantienen ahorrados, en una hucha dentro de su alma, los recuerdos del tiempo antañón en el que vivieron apegados a su tierra, y se esfuerzan por mantenerlos.
Son los que con su alma siguen recorriendo las mismas calles y plazas de su niñez o juventud, aunque su nombre no figure ya en el padrón municipal. Pese a esto, se siguen acordando de contino de su lugar de origen y, aunque estén agradablemente asentados en su nueva residencia, tienen constante contacto con aquél. Hablan cuando pueden con los que como ellos están lejos. Leen o escuchan todo cuanto referente a su tierra llega a su poder. Tienen en su nuevo hogar cantidad de fotografías u objetos que les hacen recordar lo que nunca han olvidado. Son los más, y los más no pueden estar equivocados. Hay un proverbio que dice que si cien hombres cruzan el río por el puente y uno lo hace vadeándolo, posiblemente sea este el desatinado.
Pero debemos pensar en que hay también quienes no vuelven nunca, unos porque no pueden y otros porque no quieren. De la actitud de aquellos no cabe hablar ya que alguna imposibilidad no les deja libertad de acción. De estos, los hay de distintas clases. Algunos sienten despego hacia su pueblo pues no han hallado en él el abastecimiento necesario de sus apetencias y al abandonarlo, no lo olvidan porque les es imposible, pero prefieren no traerlo a la memoria. Otros han encontrado en su nuevo aposento beneficios que no tenían en el anterior, se acomodan en ellos y se aferran al dicho de que no es el hombre de donde nace sino de donde pace. Cabe decir que son los menos y pocos, pero como existen, había que citarlos.
Por otra parte, los que nos hemos quedado aquí, los echamos de menos a todos. Sí, a todos. A esos que siendo querendones vuelven con frecuencia; a quienes lo hacen esporádicamente y a los que no encuentran, o prefieren no encontrar, el camino de retorno. A nosotros nos da igual, fuerza nos es. Y si con verdadera satisfacción recibimos a los asiduos que a los ocasionales, también lo haríamos con los olvidadizos, si algún día recuperasen la memoria de sus ancestros. Todos serán siempre bienvenidos para la mayoría de los que nos mantuvimos en el lugar. Por eso, veríamos con mucho agrado que a la entrada del pueblo hubiese un gran cartel que les dijese: “EUNOSTOS”, que en griego, ya se sabe, significa: FELIZ REGRESO.
Octubre de 2008
jueves, 16 de octubre de 2008
Cuando...?
Cuándo…?
Ramón Serrano G.
“Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando….” Juan Ramón Jiménez.
-¿Cuándo vas a venir, calaca? Sí, ya sé que me podría haber ahorrado la pregunta puesto que no vas a contestarla, pues todos sabemos que tu inexorable visita es siempre ignorada por quien la recibe, aunque Zweig no piense igual. Nunca se lo dijiste a nadie y no creo que vayas a hacer conmigo una excepción. Te lo pregunto simplemente porque hoy he pensado en ti (en realidad lo hago muchas veces) y me ha apetecido hablar contigo, porque aun cuando parezca raro, te tengo como amiga y porque, además, intuyo que tu segura llegada pueda estar propincua. Desde luego, quiero aclararte que no lo hago porque tema esa venida tuya, ni porque me inquiete lo más mínimo que ello ocurra. No. No dudes que cuando me llegues serás bien recibida. O, al menos eso creo. O, al menos, eso espero.
-Ves, si te dijera que no me importa la manera que puedas tener de presentarte, te mentiría. Es natural que aunque sea inútil la elección, puesto que luego te aparecerás de la forma que te venga en gana, te exprese ahora mi deseo, o mi ruego, de que al menos me des tu abrazo con la mayor brevedad posible y, sobre todo, con ausencia de sufrimiento. Que en eso sí te temo, porque cuando estás de malas, se las haces pasar muy canutas al sujeto de turno. Pero no sé por qué te digo esto, si tú, con tu arbitrariedad, a la postre obrarás como se te antoje. Aunque, a fuer de sincero, también pienso que siempre actúas igual y que somos nosotros, los mortales, los que no sabemos comportarnos ante el desarrollo de tu tétrico trabajo.
-Y aún te digo más. Puede que hasta tenga ganas de que te me aparezcas, pues siento una gran curiosidad por conocerte (una expectación que tiene cierto toque felino, pues sabido es que la curiosidad mató al gato). Porque sabrás que cada uno de aquellos a los que todavía no nos has visitado tenemos una imagen muy distinta de ti. Los más, te magnifican peyorativamente. Será por tu descarnada figura, tu condición mefítica, tu obsesión arrambladora y casi siempre inoportuna, o por muchas otras razones. Pero la verdad, es que no eres bien vista por mis congéneres.
-Pero no es ese mi caso. Esa, digamos, expectación mía, no es sino el corolario de lo que sobre ti he leído, y que ha sido mucho, desde Platón a Heidegger. Por ello, ya te conozco algo, no creas. Sé que eres extraña, imprevisible, un tanto caprichosa, de multiforme aparición y tan vieja como tu principal enemiga, la vida, a la que vas venciendo en muchas facetas, aunque espero y deseo que no consigas nunca lograrlo del todo. Igualmente sé muy bien que eres temida en muchos casos, aunque ignoro si en realidad hay razón alguna para ello. Porque pienso sin embargo, y sinceramente, que no tienes maldad en el fondo. Que desarrollas tu trabajo por obligación, pero sin ningún placer. Y pienso además que, con tu arribo, uno llega a morir,…dormir…. Dormir,…y tal vez soñar. Finalmente quiero resaltar que muchos opinan que tienes unos gustos refinados, pues siempre procuras llevarte primero a los mejores.
-Quizás te extrañe esta forma mía de pensar sobre ti, e incluso puede que te preguntes qué motivos me llevan a hablarte de este modo. No creas, tampoco, que lo hago porque esté harto de vivir. No. Mi existencia ha sido como la de tantos y tantos seres que me han precedido o que conmigo han convivido. A veces buena, más veces sólo regular, y muchas más, pero muchas más, si no mala, sí con desasosiego. Pero no me quejo. Primero porque de nada me valdría hacerlo. Segundo, porque soy consciente de que si no obtuve más logros y menos penitencias, fue sólo mía la culpa. Y tercero porque creo, con sinceridad, que no lo he pasado mal del todo. No tuve mucho, pero sí lo suficiente. Y no ha sido la ambición uno de mis vicios, que no me faltan claro está, pero en verdad que no me ocupé nunca demasiado en querer acaparar incluso el viento.
- Y viendo como el tiempo ha ido desarrollando su labor, sí puedo y quiero decirte que me hallo orgulloso, en grado sumo, de lo habido en mi camino: una buena familia, tanto la heredada como la formada por propio deseo. Unos amigos excelentes. No todos los que hubiese deseado, pero sí más de los que he merecido, tanto en cantidad como en calidad. Y luego, un dedal de cultura, casi nada, un adarme, apenas un escrúpulo, pero la suficiente para proporcionarme inquietudes y felicidad. ¿Crees que con estos tesoros podría quejarme? No. No sería lógico.
-Sé que nuestro encuentro ha de ser breve, que tú, siempre acezando, no podrás entretenerte mucho conmigo con tantísimo trabajo como tienes, tanto el que te procuras por ti misma, como por el que te proporcionamos nosotros. Y aunque yo para ti no sea más que otro grano de trigo que acarrearás en el costal de tu cosecha, quiero que sepas que tú sí que eres alguien trascendente para mí. Considera que nuestro encuentro supone un importante lance, ya que tan sólo en otra ocasión de su existencia, el de su natalicio, el hombre es el exclusivo y principal protagonista del evento.
-Por eso, previendo la cortedad de nuestro único contacto, he ido haciendo provisiones y adquiriendo saberes, para mejor contactar contigo. Para acompañarte en el obligado viaje que he de hacer tras tu llegada, y siguiendo la costumbre maya, tuve durante mucho tiempo preparada mi piedra de jade y mi perro xoloitzcuintle. Igualmente guardé celosamente un óbolo para pagar al viejo barquero Caronte, si este se avenía a dejarme cruzar el río Aquerón. Traté además de procurarme un buen karma, ya sabes, por aquello del samsara. Pero luego, un buen día, di al traste con esas y otras historias similares y pensé que era mejor seguir otras viejas costumbres de tantos y tantos pueblos y culturas, desde los escandinavos hasta los cananeos, fenicios o celtas. Desde el Piura peruano, hasta Benarés. Y decidí, y así lo sigo deseando, la incineración para mi cuerpo. Digo y ruego pues, que quiero que me quemen y que echen mis pavesas (y estas cenizas mías, ¡ay, dolor! no tendrán sentido) al mar. Total ¿qué más da? El viejo y querido Mare Nostrum, como muchos de sus hermanos, está ya tan acostumbrado a recibir despojos y basuras, que creo que un poco de polvo cenizoso más no le importe demasiado. Además, y ahora que recuerdo, como tal te definió a ti Jorge Manrique: Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Sí. Allí quiero acabar.
-No sabes cómo me gustaría por otra parte, que nuestro definitivo abrazo no fuese tan fugaz, y que cuando mi cuerpo aun quiera erguirse, aun cuando ya se esté empezando a oír por mí el dies irae, me dijeras algo del posible destino de mi pobre alma, ya que sobre ella, no sé si afortunada o desgraciadamente, lo ignoro todo. Me gustaría preguntarte en nuestro encuentro, que me enseñaras lo que acerca de ella sepas. Y no ya sobre la mía en sí, sino sobre las almas en general. Quizás quieras informarme de su existencia, o de su esencia, pero, sobre todo, de su supervivencia o aniquilamiento tras haberme dallado con tu guadaña. Aunque en verdad te digo, que en el fondo, si el ánima perdura o no, y cual pudiera ser su destino, no es algo que me preocupe en demasía. Más me inquieta el recuerdo que de mí pudiera quedar aquí cuando me hayas liquidado. Creo que habrá muy pocos o ninguno que la tengan, pero si alguna remembranza hubiese, quedaría muy satisfecho con que no fuera para mal.
-Y ya no te entretengo con más cháchara, flaca, que tú no puedes dar ocio al uso de tu segadera. Te repito que me tienes aquí, esforzándome por seguir a Cicerón cuando dice: Neque turpís mors forti viro potes accedere, para las almas fuertes no hay muerte ignominiosa. Aquí, continuamente en vela, esperando pacientemente tu llegada, tal vez sentado, y quizás con algún libro entre las manos.¡Ah! También he de decirte que, para cuando llegues con tu figura cenceña envuelta en una bruna cabaza, tendré un fanal encendido sobre mi puerta. Así sabrás adonde hallarme.
Octubre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 17 de Octubre de 2008
Ramón Serrano G.
“Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando….” Juan Ramón Jiménez.
-¿Cuándo vas a venir, calaca? Sí, ya sé que me podría haber ahorrado la pregunta puesto que no vas a contestarla, pues todos sabemos que tu inexorable visita es siempre ignorada por quien la recibe, aunque Zweig no piense igual. Nunca se lo dijiste a nadie y no creo que vayas a hacer conmigo una excepción. Te lo pregunto simplemente porque hoy he pensado en ti (en realidad lo hago muchas veces) y me ha apetecido hablar contigo, porque aun cuando parezca raro, te tengo como amiga y porque, además, intuyo que tu segura llegada pueda estar propincua. Desde luego, quiero aclararte que no lo hago porque tema esa venida tuya, ni porque me inquiete lo más mínimo que ello ocurra. No. No dudes que cuando me llegues serás bien recibida. O, al menos eso creo. O, al menos, eso espero.
-Ves, si te dijera que no me importa la manera que puedas tener de presentarte, te mentiría. Es natural que aunque sea inútil la elección, puesto que luego te aparecerás de la forma que te venga en gana, te exprese ahora mi deseo, o mi ruego, de que al menos me des tu abrazo con la mayor brevedad posible y, sobre todo, con ausencia de sufrimiento. Que en eso sí te temo, porque cuando estás de malas, se las haces pasar muy canutas al sujeto de turno. Pero no sé por qué te digo esto, si tú, con tu arbitrariedad, a la postre obrarás como se te antoje. Aunque, a fuer de sincero, también pienso que siempre actúas igual y que somos nosotros, los mortales, los que no sabemos comportarnos ante el desarrollo de tu tétrico trabajo.
-Y aún te digo más. Puede que hasta tenga ganas de que te me aparezcas, pues siento una gran curiosidad por conocerte (una expectación que tiene cierto toque felino, pues sabido es que la curiosidad mató al gato). Porque sabrás que cada uno de aquellos a los que todavía no nos has visitado tenemos una imagen muy distinta de ti. Los más, te magnifican peyorativamente. Será por tu descarnada figura, tu condición mefítica, tu obsesión arrambladora y casi siempre inoportuna, o por muchas otras razones. Pero la verdad, es que no eres bien vista por mis congéneres.
-Pero no es ese mi caso. Esa, digamos, expectación mía, no es sino el corolario de lo que sobre ti he leído, y que ha sido mucho, desde Platón a Heidegger. Por ello, ya te conozco algo, no creas. Sé que eres extraña, imprevisible, un tanto caprichosa, de multiforme aparición y tan vieja como tu principal enemiga, la vida, a la que vas venciendo en muchas facetas, aunque espero y deseo que no consigas nunca lograrlo del todo. Igualmente sé muy bien que eres temida en muchos casos, aunque ignoro si en realidad hay razón alguna para ello. Porque pienso sin embargo, y sinceramente, que no tienes maldad en el fondo. Que desarrollas tu trabajo por obligación, pero sin ningún placer. Y pienso además que, con tu arribo, uno llega a morir,…dormir…. Dormir,…y tal vez soñar. Finalmente quiero resaltar que muchos opinan que tienes unos gustos refinados, pues siempre procuras llevarte primero a los mejores.
-Quizás te extrañe esta forma mía de pensar sobre ti, e incluso puede que te preguntes qué motivos me llevan a hablarte de este modo. No creas, tampoco, que lo hago porque esté harto de vivir. No. Mi existencia ha sido como la de tantos y tantos seres que me han precedido o que conmigo han convivido. A veces buena, más veces sólo regular, y muchas más, pero muchas más, si no mala, sí con desasosiego. Pero no me quejo. Primero porque de nada me valdría hacerlo. Segundo, porque soy consciente de que si no obtuve más logros y menos penitencias, fue sólo mía la culpa. Y tercero porque creo, con sinceridad, que no lo he pasado mal del todo. No tuve mucho, pero sí lo suficiente. Y no ha sido la ambición uno de mis vicios, que no me faltan claro está, pero en verdad que no me ocupé nunca demasiado en querer acaparar incluso el viento.
- Y viendo como el tiempo ha ido desarrollando su labor, sí puedo y quiero decirte que me hallo orgulloso, en grado sumo, de lo habido en mi camino: una buena familia, tanto la heredada como la formada por propio deseo. Unos amigos excelentes. No todos los que hubiese deseado, pero sí más de los que he merecido, tanto en cantidad como en calidad. Y luego, un dedal de cultura, casi nada, un adarme, apenas un escrúpulo, pero la suficiente para proporcionarme inquietudes y felicidad. ¿Crees que con estos tesoros podría quejarme? No. No sería lógico.
-Sé que nuestro encuentro ha de ser breve, que tú, siempre acezando, no podrás entretenerte mucho conmigo con tantísimo trabajo como tienes, tanto el que te procuras por ti misma, como por el que te proporcionamos nosotros. Y aunque yo para ti no sea más que otro grano de trigo que acarrearás en el costal de tu cosecha, quiero que sepas que tú sí que eres alguien trascendente para mí. Considera que nuestro encuentro supone un importante lance, ya que tan sólo en otra ocasión de su existencia, el de su natalicio, el hombre es el exclusivo y principal protagonista del evento.
-Por eso, previendo la cortedad de nuestro único contacto, he ido haciendo provisiones y adquiriendo saberes, para mejor contactar contigo. Para acompañarte en el obligado viaje que he de hacer tras tu llegada, y siguiendo la costumbre maya, tuve durante mucho tiempo preparada mi piedra de jade y mi perro xoloitzcuintle. Igualmente guardé celosamente un óbolo para pagar al viejo barquero Caronte, si este se avenía a dejarme cruzar el río Aquerón. Traté además de procurarme un buen karma, ya sabes, por aquello del samsara. Pero luego, un buen día, di al traste con esas y otras historias similares y pensé que era mejor seguir otras viejas costumbres de tantos y tantos pueblos y culturas, desde los escandinavos hasta los cananeos, fenicios o celtas. Desde el Piura peruano, hasta Benarés. Y decidí, y así lo sigo deseando, la incineración para mi cuerpo. Digo y ruego pues, que quiero que me quemen y que echen mis pavesas (y estas cenizas mías, ¡ay, dolor! no tendrán sentido) al mar. Total ¿qué más da? El viejo y querido Mare Nostrum, como muchos de sus hermanos, está ya tan acostumbrado a recibir despojos y basuras, que creo que un poco de polvo cenizoso más no le importe demasiado. Además, y ahora que recuerdo, como tal te definió a ti Jorge Manrique: Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Sí. Allí quiero acabar.
-No sabes cómo me gustaría por otra parte, que nuestro definitivo abrazo no fuese tan fugaz, y que cuando mi cuerpo aun quiera erguirse, aun cuando ya se esté empezando a oír por mí el dies irae, me dijeras algo del posible destino de mi pobre alma, ya que sobre ella, no sé si afortunada o desgraciadamente, lo ignoro todo. Me gustaría preguntarte en nuestro encuentro, que me enseñaras lo que acerca de ella sepas. Y no ya sobre la mía en sí, sino sobre las almas en general. Quizás quieras informarme de su existencia, o de su esencia, pero, sobre todo, de su supervivencia o aniquilamiento tras haberme dallado con tu guadaña. Aunque en verdad te digo, que en el fondo, si el ánima perdura o no, y cual pudiera ser su destino, no es algo que me preocupe en demasía. Más me inquieta el recuerdo que de mí pudiera quedar aquí cuando me hayas liquidado. Creo que habrá muy pocos o ninguno que la tengan, pero si alguna remembranza hubiese, quedaría muy satisfecho con que no fuera para mal.
-Y ya no te entretengo con más cháchara, flaca, que tú no puedes dar ocio al uso de tu segadera. Te repito que me tienes aquí, esforzándome por seguir a Cicerón cuando dice: Neque turpís mors forti viro potes accedere, para las almas fuertes no hay muerte ignominiosa. Aquí, continuamente en vela, esperando pacientemente tu llegada, tal vez sentado, y quizás con algún libro entre las manos.¡Ah! También he de decirte que, para cuando llegues con tu figura cenceña envuelta en una bruna cabaza, tendré un fanal encendido sobre mi puerta. Así sabrás adonde hallarme.
Octubre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 17 de Octubre de 2008
jueves, 2 de octubre de 2008
Inshallah
Inshallah
Ramón Serrano G.
A veces da incluso miedo pensar hasta adonde llegará el hombre en el futuro con sus investigaciones y descubrimientos. Se vuelve a decir aquello de: “cosas veredes mío Cid, que farán fablar las piedras..” y si ya por otros entonces, y en el ámbito verbenero de La Paloma, Sebastián y Don Hilarión se admiraban de que:..hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad,.. no sé que afirmarían en estos tiempos el boticario y su amigo.
Pero hemos de reconocer, porque es palmario y frecuente, que pese a sus inmensos estudios que le han llevado a realizar descubrimientos increíbles y a obtener logros inconmensurables, el hombre se encuentra a veces en situaciones ante las que sabe que nada puede hacer y por ello tiene que, más o menos pacientemente, exclamar abandonándose a su suerte: “Inshallah”: que sea lo que Dios quiera, u ojalá, si así se prefiere.
Resulta que se ha avanzado tanto desde ayer a hoy, que ya nos causa extrañeza si algo impide que Elpidio y Ranjit se comuniquen simultánea y perfectamente a través del oído y de la vista, aunque aquél se encuentre en Terrinches y éste en Jaipur. Se llaman el uno al otro, y se ven, y se escuchan como si estuviesen a la vera.
Vemos todos, con la mayor naturalidad, que se pueda sustituir la válvula aórtica sin necesidad de utilizar el bisturí, o que por la invención y el desarrollo de la resonancia magnética nuclear se puedan ver nítidamente imágenes del cerebro y del corazón humano, incluso bombeando.
Nos parece muy normal que a través del GPS se pueda medir la clorofila que tienen las plantas y así saber cuáles son las vides que ya están aptas para una vendimia conveniente. Como son ya archisabidos los descubrimientos sobre las interacciones de los quarks y el concepto de libertad asintótica en cromodinámica cuántica.
Y oímos, sin extrañarnos para nada, que se ha hecho un nuevo avance en eso de los genomas (sí, ya me entienden, el conjunto de células haploides de un organismo) y no digamos nada del ácido ribonucleico, del que ya hemos aprendido todos que está ubicado en las células de tipo eucarionte y procarionte, y por el que llegamos al ADN con su ribosa, su fosfato y su compuesto nitrogenado. Bien es cierto que aún no nos hemos podido enterar de por qué el ARN contiene la base uracilo en vez de la timina, pero mi amigo Evaristo Quevedo, que sabe mucho de esto, y algunos colegas suyos, pronto lo averiguarán.
Por último, nos acabamos de enterar de que se ha puesto en funcionamiento eso del acelerador de partículas, algo inimaginable e inexplicable para la inmensa mayoría de los mortales, y que igual puede terminar con el descubrimiento de cómo fue la formación de la materia, como crear un agujero negro que acabe en un rato con nuestro planeta.
Pero pese a todos estos avances, y muchísimos más que alguno de ustedes conocerán a la perfección, hay, aunque parezca mentira y pese a tantos adelantos y descubrimientos, infinidad de situaciones a las que aún no ha sabido aprender el ser humano cuáles son los medios necesarios para que no se produzcan, o, al menos, para solucionarlas. No ha sabido o no ha podido, ya que el hombre, pese a la grandeza de su mente y a su enorme esfuerzo, a veces se ve afectado por una agenesia que le impide salir victorioso en algunos lances. Así, podemos en muchos casos prevenir, educar, asegurar, anotar, controlar, ejemplarizar, culturizar, sanar y mil verbos más que se piensen. Podemos poner rodrigones, marcar sendas, jalonar veredas, señalar fechas y horarios, instalar atalayas, colocar vigías, establecer fronteras, sustentar los cimientos con pilotes y recalzos, observar estrictas reglas de higiene y ortodoxia, pero de ningún modo conseguiremos nunca librarnos en muchas coyunturas del albur de la desgracia, como en otras no tendremos jamás la seguridad del éxito.
¿Que a qué me estoy refiriendo? Pues miren, a lo siguiente:
-Cuando a alguien cercano a nosotros le han detectado un tumor, y esperando que el resultado de la biopsia sea negativo, decimos: Inshallah.
-Cuando hacemos un viaje, ante la posibilidad de un accidente y con el deseo de llegar bien, decimos: Inshallah.
-Cuando la madre, viendo que son las cinco de la mañana y que el hijo no ha regresado aún, sabedora de que bebe a veces y a veces se droga, con el deseo de que vuelva bien esa noche, dice: Inshallah.
-Cuando el agricultor, sin otro haber que su cosecha, y viendo que ésta se está agostando, con el deseo de que llueva pronto, dice: Inshallah.
-Contemplando tanta medianía (…”al ver cómo es el mérito mendigo nato y ver como es alzada en palmas la vil nulidad”…), son muchos los que desean que aparezca pronto otro Aristóteles, otro Cervantes, otro Miguel Ángel, otra Teresa de Calcuta, otra Marie Curie. Y en ese anhelo, dicen: Inshallah.
-Con el dolor de las experiencias sufridas, hay quien aguarda a que el tifón respete aldeas y vidas a su paso por Haití o el tsunami lo haga igualmente en Indonesia. Y con esa esperanza suplica: Inshallah.
-Y usted y yo, y tantos y tantos otros, hartos de ver tanta masacre, tanto dolor y tanto exterminio inútil, pero incapaces por nosotros mismos de hacer algo para acabar con las guerras y los fanatismos, suplicamos, por si sirviese de algo: Inshallah.
-Y usted y yo, y tantos y tantos otros, gemidores y quizás avergonzados por no dedicarnos nunca a poner siquiera un grano de arena para que no sigan muriendo de hambre millones de niños, elevamos los ojos al cielo y decimos: Inshallah.
Es seguro, conveniente y deseable que se seguirá investigando y solucionando problemas y dificultades que hoy nos parecen insalvables y que en un futuro, quizás no muy lejano, serán ya banalidades. Pero también es cierto que podríamos seguir enumerando otros muchos cómos, cuándos y porqués, sabiendo perfectamente que, ante nuestra reconocida impotencia para solucionarlos, tendremos que recurrir al destino o a la providencia, (cada uno creerá en lo que quiera) para decir de nuevo resignada y humildemente:
Inshallah ..... Inshallah …..Inshallah…...
Octubre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de octubre de 2008
Ramón Serrano G.
A veces da incluso miedo pensar hasta adonde llegará el hombre en el futuro con sus investigaciones y descubrimientos. Se vuelve a decir aquello de: “cosas veredes mío Cid, que farán fablar las piedras..” y si ya por otros entonces, y en el ámbito verbenero de La Paloma, Sebastián y Don Hilarión se admiraban de que:..hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad,.. no sé que afirmarían en estos tiempos el boticario y su amigo.
Pero hemos de reconocer, porque es palmario y frecuente, que pese a sus inmensos estudios que le han llevado a realizar descubrimientos increíbles y a obtener logros inconmensurables, el hombre se encuentra a veces en situaciones ante las que sabe que nada puede hacer y por ello tiene que, más o menos pacientemente, exclamar abandonándose a su suerte: “Inshallah”: que sea lo que Dios quiera, u ojalá, si así se prefiere.
Resulta que se ha avanzado tanto desde ayer a hoy, que ya nos causa extrañeza si algo impide que Elpidio y Ranjit se comuniquen simultánea y perfectamente a través del oído y de la vista, aunque aquél se encuentre en Terrinches y éste en Jaipur. Se llaman el uno al otro, y se ven, y se escuchan como si estuviesen a la vera.
Vemos todos, con la mayor naturalidad, que se pueda sustituir la válvula aórtica sin necesidad de utilizar el bisturí, o que por la invención y el desarrollo de la resonancia magnética nuclear se puedan ver nítidamente imágenes del cerebro y del corazón humano, incluso bombeando.
Nos parece muy normal que a través del GPS se pueda medir la clorofila que tienen las plantas y así saber cuáles son las vides que ya están aptas para una vendimia conveniente. Como son ya archisabidos los descubrimientos sobre las interacciones de los quarks y el concepto de libertad asintótica en cromodinámica cuántica.
Y oímos, sin extrañarnos para nada, que se ha hecho un nuevo avance en eso de los genomas (sí, ya me entienden, el conjunto de células haploides de un organismo) y no digamos nada del ácido ribonucleico, del que ya hemos aprendido todos que está ubicado en las células de tipo eucarionte y procarionte, y por el que llegamos al ADN con su ribosa, su fosfato y su compuesto nitrogenado. Bien es cierto que aún no nos hemos podido enterar de por qué el ARN contiene la base uracilo en vez de la timina, pero mi amigo Evaristo Quevedo, que sabe mucho de esto, y algunos colegas suyos, pronto lo averiguarán.
Por último, nos acabamos de enterar de que se ha puesto en funcionamiento eso del acelerador de partículas, algo inimaginable e inexplicable para la inmensa mayoría de los mortales, y que igual puede terminar con el descubrimiento de cómo fue la formación de la materia, como crear un agujero negro que acabe en un rato con nuestro planeta.
Pero pese a todos estos avances, y muchísimos más que alguno de ustedes conocerán a la perfección, hay, aunque parezca mentira y pese a tantos adelantos y descubrimientos, infinidad de situaciones a las que aún no ha sabido aprender el ser humano cuáles son los medios necesarios para que no se produzcan, o, al menos, para solucionarlas. No ha sabido o no ha podido, ya que el hombre, pese a la grandeza de su mente y a su enorme esfuerzo, a veces se ve afectado por una agenesia que le impide salir victorioso en algunos lances. Así, podemos en muchos casos prevenir, educar, asegurar, anotar, controlar, ejemplarizar, culturizar, sanar y mil verbos más que se piensen. Podemos poner rodrigones, marcar sendas, jalonar veredas, señalar fechas y horarios, instalar atalayas, colocar vigías, establecer fronteras, sustentar los cimientos con pilotes y recalzos, observar estrictas reglas de higiene y ortodoxia, pero de ningún modo conseguiremos nunca librarnos en muchas coyunturas del albur de la desgracia, como en otras no tendremos jamás la seguridad del éxito.
¿Que a qué me estoy refiriendo? Pues miren, a lo siguiente:
-Cuando a alguien cercano a nosotros le han detectado un tumor, y esperando que el resultado de la biopsia sea negativo, decimos: Inshallah.
-Cuando hacemos un viaje, ante la posibilidad de un accidente y con el deseo de llegar bien, decimos: Inshallah.
-Cuando la madre, viendo que son las cinco de la mañana y que el hijo no ha regresado aún, sabedora de que bebe a veces y a veces se droga, con el deseo de que vuelva bien esa noche, dice: Inshallah.
-Cuando el agricultor, sin otro haber que su cosecha, y viendo que ésta se está agostando, con el deseo de que llueva pronto, dice: Inshallah.
-Contemplando tanta medianía (…”al ver cómo es el mérito mendigo nato y ver como es alzada en palmas la vil nulidad”…), son muchos los que desean que aparezca pronto otro Aristóteles, otro Cervantes, otro Miguel Ángel, otra Teresa de Calcuta, otra Marie Curie. Y en ese anhelo, dicen: Inshallah.
-Con el dolor de las experiencias sufridas, hay quien aguarda a que el tifón respete aldeas y vidas a su paso por Haití o el tsunami lo haga igualmente en Indonesia. Y con esa esperanza suplica: Inshallah.
-Y usted y yo, y tantos y tantos otros, hartos de ver tanta masacre, tanto dolor y tanto exterminio inútil, pero incapaces por nosotros mismos de hacer algo para acabar con las guerras y los fanatismos, suplicamos, por si sirviese de algo: Inshallah.
-Y usted y yo, y tantos y tantos otros, gemidores y quizás avergonzados por no dedicarnos nunca a poner siquiera un grano de arena para que no sigan muriendo de hambre millones de niños, elevamos los ojos al cielo y decimos: Inshallah.
Es seguro, conveniente y deseable que se seguirá investigando y solucionando problemas y dificultades que hoy nos parecen insalvables y que en un futuro, quizás no muy lejano, serán ya banalidades. Pero también es cierto que podríamos seguir enumerando otros muchos cómos, cuándos y porqués, sabiendo perfectamente que, ante nuestra reconocida impotencia para solucionarlos, tendremos que recurrir al destino o a la providencia, (cada uno creerá en lo que quiera) para decir de nuevo resignada y humildemente:
Inshallah ..... Inshallah …..Inshallah…...
Octubre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de octubre de 2008
jueves, 18 de septiembre de 2008
El cielo
El cielo
Ramón Serrano G.
En primerísimo lugar, y como siempre hago en las contadas ocasiones en las que hablo de algún tema que aluda o roce a alguna creencia o ideología, ya fuese mucho o poco, aunque sólo sea ligeramente, proclamo que mis palabras puede que no sean de loa, pero desde luego no lo son nunca, y para nada, de crítica. Simplemente, si hago referencia a esas convicciones, es para que la alusión sirva de base a la expresión de mis sentimientos. Por ello, y de antemano, pido perdón a quien dé en pensar que no trato en algún momento cualquier tema con el debido respeto. Pero repito de nuevo, y para que lo sepan bien quienes me lean, que no tengo intención jamás de juzgar, y mucho menos de molestar a nadie, con mis criterios y expresiones.
Pedidas de antemano las correspondientes disculpas, por si fuese necesario, vengo en decir que cuando habla tanto la religión católica, como alguna que otra más, de ese cielo en el que las almas, liberadas de sus cuerpos, encontrarán la más completa dicha, todos aquellos que opinan de una manera simplista sobre la existencia de ese lugar, entre otras muchas reticencias, siempre acuden a aquellas tan manidas de: ¿dónde está ubicado?, ¿qué extensión tiene?, ¿cuánto dura la estancia en él?, ¿con qué personas nos vamos a juntar allí?, y así, otras muchas naderías que no les dejan ver la verdadera esencia de esa estancia desconocida pero, al parecer, idílica y sobre todo trascendental.
Vino a sucederme hace poco, en la soledad de mí mismo y tratando de dar alguna satisfacción al espíritu, que empecé a recordar a los amigos, y a varias de las muchas ocasiones y episodios que con ellos he tenido la inmensa satisfacción de compartir. Fueron desfilando entonces por mi magín unas y otros, vecinos y ausentes, vivos o finados, por lo que fui depositando la remembranza de cada uno de ellos en apropiado azafate y luego, de cada uno de ellos, fui recordando vivencias. Y caí en la cuenta de que vivencia es palabra creada por el gran maestro Ortega y Gasset, que la definió como experiencia del sujeto que contribuye a formar su personalidad. Y alcanzó a ver mi caletre con cuánta intensidad se da en mi caso esa definición, ya que es mucho lo que ellos, los amigos, han participado e influido en lo que de bueno pueda tener yo, si es que acaso tengo algo.
Fue en ese momento de añoranzas amistosas, cuando pensé en ese paraíso del que hablaba anteriormente y me dije que si los textos cristianos están llenos de parábolas, ninguna podría haber mejor que esta alegoría real que yo estaba viviendo para demostrar fehacientemente la veracidad de la existencia del edén, ya que cumplía rigurosamente con todos los requisitos que se pregonan en el anunciamiento del mismo. Veámoslo, o al menos, tratemos de explicarlo.
Cuando a alguien se le ocurre esto de ponerse a recordar a quien uno quiere, se le otorga, en primer lugar, un estado de felicidad pura, sin peajes de ningún tipo, como pudieran ser los de indumentaria, desplazamiento, tiempo, cooperación, o cualquier otro que podamos imaginar. Es ese gozo completamente subjetivo e íntimo, por lo que puede dársele la extensión, grado y duración que a cada quien apetezca, sin que, por otra parte, tenga que haber nunca revelación no deseada de lo pensado a ajenos, la cual pudiera conceder importancia a unos y detrimento a otros.
No tiene tampoco, como es natural, limitaciones de perseverancia, interrupciones o continuidad, ya que es factible acceder a esas agradables actividades memoriosas cuando y cuantas veces se quiera, sin que ello suponga gasto o deterioro alguno para quien lo practica. Es, sin lugar a dudas, el fácil acceso a uno de los mayores estados de felicidad que el ser humano puede alcanzar a lo largo de su vida. En una palabra, es como estar acomodado en el cielo.
Por lo que me dije: -Entonces, eso debe ser el empíreo, sólo que visto desde una perspectiva terrenal. Y ha de ser así, ya que esas ensoñaciones reúnen todas las condiciones que aquél gratificante e ignorado espacio posee según tengo oído. En primer lugar, la ubicación se desarrolla en la mente, o sea en el alma, por lo que no está en ningún lugar físico determinado. Su extensión es la que cada uno quiera darle, y su duración igual, añadiendo que esta puede mantenerse un segundo, una noche de desvelo, o una vida, y que ambas dependen de la voluntad del agente. Lo cual ocurre también con el número de personas que convocamos o hacemos asistir al evento. Sean una, siete, cien o un millón, todas caben allí y lo que aún es mejor, nadie estorba a nadie, ninguno excluye o molesta a ningún otro, aunque hayan sido evocadas por mor de amistad, amor, ideología o afición.
-Sí, eso es, me dije. Así debe ser el paraíso anunciado. Estoy seguro. Además, es lo que ya les tengo dicho tantas y tantas veces: que tener buenos amigos, amores o apegos, es estar en el cielo. Tanto en el de aquí, como en el del más allá. Y creo, sinceramente, que el no verlo de ese modo es ser un pobre bausano.
Setiembre 2008
Publicado en ·El Periódico” de Tomelloso el 19 de setiembre de 2008
Ramón Serrano G.
En primerísimo lugar, y como siempre hago en las contadas ocasiones en las que hablo de algún tema que aluda o roce a alguna creencia o ideología, ya fuese mucho o poco, aunque sólo sea ligeramente, proclamo que mis palabras puede que no sean de loa, pero desde luego no lo son nunca, y para nada, de crítica. Simplemente, si hago referencia a esas convicciones, es para que la alusión sirva de base a la expresión de mis sentimientos. Por ello, y de antemano, pido perdón a quien dé en pensar que no trato en algún momento cualquier tema con el debido respeto. Pero repito de nuevo, y para que lo sepan bien quienes me lean, que no tengo intención jamás de juzgar, y mucho menos de molestar a nadie, con mis criterios y expresiones.
Pedidas de antemano las correspondientes disculpas, por si fuese necesario, vengo en decir que cuando habla tanto la religión católica, como alguna que otra más, de ese cielo en el que las almas, liberadas de sus cuerpos, encontrarán la más completa dicha, todos aquellos que opinan de una manera simplista sobre la existencia de ese lugar, entre otras muchas reticencias, siempre acuden a aquellas tan manidas de: ¿dónde está ubicado?, ¿qué extensión tiene?, ¿cuánto dura la estancia en él?, ¿con qué personas nos vamos a juntar allí?, y así, otras muchas naderías que no les dejan ver la verdadera esencia de esa estancia desconocida pero, al parecer, idílica y sobre todo trascendental.
Vino a sucederme hace poco, en la soledad de mí mismo y tratando de dar alguna satisfacción al espíritu, que empecé a recordar a los amigos, y a varias de las muchas ocasiones y episodios que con ellos he tenido la inmensa satisfacción de compartir. Fueron desfilando entonces por mi magín unas y otros, vecinos y ausentes, vivos o finados, por lo que fui depositando la remembranza de cada uno de ellos en apropiado azafate y luego, de cada uno de ellos, fui recordando vivencias. Y caí en la cuenta de que vivencia es palabra creada por el gran maestro Ortega y Gasset, que la definió como experiencia del sujeto que contribuye a formar su personalidad. Y alcanzó a ver mi caletre con cuánta intensidad se da en mi caso esa definición, ya que es mucho lo que ellos, los amigos, han participado e influido en lo que de bueno pueda tener yo, si es que acaso tengo algo.
Fue en ese momento de añoranzas amistosas, cuando pensé en ese paraíso del que hablaba anteriormente y me dije que si los textos cristianos están llenos de parábolas, ninguna podría haber mejor que esta alegoría real que yo estaba viviendo para demostrar fehacientemente la veracidad de la existencia del edén, ya que cumplía rigurosamente con todos los requisitos que se pregonan en el anunciamiento del mismo. Veámoslo, o al menos, tratemos de explicarlo.
Cuando a alguien se le ocurre esto de ponerse a recordar a quien uno quiere, se le otorga, en primer lugar, un estado de felicidad pura, sin peajes de ningún tipo, como pudieran ser los de indumentaria, desplazamiento, tiempo, cooperación, o cualquier otro que podamos imaginar. Es ese gozo completamente subjetivo e íntimo, por lo que puede dársele la extensión, grado y duración que a cada quien apetezca, sin que, por otra parte, tenga que haber nunca revelación no deseada de lo pensado a ajenos, la cual pudiera conceder importancia a unos y detrimento a otros.
No tiene tampoco, como es natural, limitaciones de perseverancia, interrupciones o continuidad, ya que es factible acceder a esas agradables actividades memoriosas cuando y cuantas veces se quiera, sin que ello suponga gasto o deterioro alguno para quien lo practica. Es, sin lugar a dudas, el fácil acceso a uno de los mayores estados de felicidad que el ser humano puede alcanzar a lo largo de su vida. En una palabra, es como estar acomodado en el cielo.
Por lo que me dije: -Entonces, eso debe ser el empíreo, sólo que visto desde una perspectiva terrenal. Y ha de ser así, ya que esas ensoñaciones reúnen todas las condiciones que aquél gratificante e ignorado espacio posee según tengo oído. En primer lugar, la ubicación se desarrolla en la mente, o sea en el alma, por lo que no está en ningún lugar físico determinado. Su extensión es la que cada uno quiera darle, y su duración igual, añadiendo que esta puede mantenerse un segundo, una noche de desvelo, o una vida, y que ambas dependen de la voluntad del agente. Lo cual ocurre también con el número de personas que convocamos o hacemos asistir al evento. Sean una, siete, cien o un millón, todas caben allí y lo que aún es mejor, nadie estorba a nadie, ninguno excluye o molesta a ningún otro, aunque hayan sido evocadas por mor de amistad, amor, ideología o afición.
-Sí, eso es, me dije. Así debe ser el paraíso anunciado. Estoy seguro. Además, es lo que ya les tengo dicho tantas y tantas veces: que tener buenos amigos, amores o apegos, es estar en el cielo. Tanto en el de aquí, como en el del más allá. Y creo, sinceramente, que el no verlo de ese modo es ser un pobre bausano.
Setiembre 2008
Publicado en ·El Periódico” de Tomelloso el 19 de setiembre de 2008
jueves, 4 de septiembre de 2008
El camino
El camino
Ramón Serrano G.
“Muchas personas pierden las pequeñas alegrías, pensando sólo en obtener una gran felicidad”
Pearl S. Buck
Aunque podríamos definirla de mil formas, convengamos amigos en decir que la felicidad no es sino una determinada situación de nuestro ser. Un estado de ánimo circunstancial, y en suma un bien, aunque este sea de entidad y consistencia muy distintas para unos que para otros. Es, por otra parte, un tesoro que algunos alcanzan y que muy pocos saben disfrutar, que pareciese que algunas personas en vez de tener un espíritu hedónico, ansiaran el penar y el sufrimiento. Tiene la naturaleza de la particularidad o el individualismo, que lo que viene a satisfacer a unos no siempre es grato a otros, y viceversa.
Y dentro de esas especiales y personalísimas condiciones de la dicha, hay una que está muy extendida erróneamente entre los humanos, ya que una increíble cantidad de estos creen que la felicidad estriba en alcanzar o conseguir algo, sin llegar a darse cuenta que ella no está sólo en el fin, sino que está también en el camino que nos conduce a ese término deseado. Ocurre entonces con demasiada frecuencia, que no damos en valorar convenientemente el acontecer de cada jornada y los numerosos momentos que podemos encontrar a lo largo de ese itinerario emprendido diariamente para alcanzar dicha felicidad. Que estando ilusionados con lo que nos traerá el futuro, no disfrutamos de los placeres del presente.
Ejemplos varios hay que nos pudieran servir de aclaración a lo dicho. Yo recuerdo cuando era niño, cuando no había autopistas y por desgracia la mayoría de las carreteras eran blancas, que al hacer un viaje, pese a las incomodidades suministradas por el estado de calzadas y vehículos, se iba gozando con la vista de los campos y de los pueblos, ya que todas las vías, tanto las comarcales, e incluso las nacionales, atravesaban pueblos y ciudades, y en el desplazamiento, se llegaba a conocer la ruta detenida y detalladamente. El viajero se quedaba admirado al contemplar el Paso de Despeñaperros, el puerto de Piedrafita do Cebreiro o las costas de Garraf. Y se deleitaba comiendo mantecadas en Astorga, cabrito asado en Andújar y fresas en Aranjuez. Algo así es lo que nos quiere decir García Lorca cuando canta que Antoñito “el Camborio” va a Sevilla, a ver los toros, pero aprovecha el viaje y: “..a la mitad del camino/ cortó limones redondos/ y los fue tirando al agua/ hasta que la puso de oro…”.
Ahora no. En aras de la seguridad y de la prisa se han construido unas modernas autovías, que son infinitamente mejores para la tranquilidad del viajero y sobre todo para su integridad. Nadie lo duda y su implantación es de agradecer, pero debido a los terraplenes que hay forzosa y constantemente a sus lados y durante todo su recorrido, da igual circular por la Llanura Manchega o por los Picos de Europa, que el paisaje siempre es el mismo. Y en cuanto a un posible refrigerio, ya es imposible encontrar algún sitio con chispa o encanto, y ha de hacerse necesariamente en unas impersonales áreas de servicio, donde todo tiene un monótono, sempiterno y poco agradable sabor. Cabe pensar que de esta manera alcanzaremos antes y de forma más placentera aquello que motivó el viaje, la llegada a nuestro punto de destino. Sí, pero no deberíamos olvidar que de ese modo, desperdiciamos muchas ocasiones de ser dichosos a lo largo de la ruta que estamos atravesando. Que hemos conseguido un bezoar para contrarrestar los males de la ruta, pero ha sido a costa de perder grandes disfrutes.
Valdría igualmente como ejemplo, aunque mucho más satisfactorio, la felicidad del labrador que alcanza no sólo en la recolección, sino además cuando ve ir pugueando su siembra o aparecer los borrones en sus cepas, ambas cosas auguradoras de una cosecha rica y compensatoria a sus muchos esfuerzos. O al embeleso de los padres que ven crecer al hijo día a día, y que cada jornada atisban cómo va haciendo algún progreso, sin tener que esperar a que el vástago alcance su desarrollo completo para estar deleitados con él.
No, la felicidad no debe ser nunca tan sólo la recompensa final a una actitud o a una forma de proceder, sino la consecuencia constante de un modo de comportamiento acorde con lo que deseamos y siempre que ello esté entre las normas de la ortodoxia. El saber obtener algo positivo y deleitoso en el acontecer diario que, si nos fijásemos bien, veríamos que está lleno de posibilidades de dicha, las cuales, no por pequeñas, son menos acarreadoras de un grato placer. La hormiga va contenta introduciendo en su silo pequeñas porciones que son las que acaban por llenar su granero satisfactoriamente.
Vamos, pues, a mentalizarnos que se puede ser feliz todos y cada uno de los días que vivamos, y que eso lo habremos de conseguir si sabemos detenernos en cada lugar de nuestra senda que sea mecedor de ello. Si somos capaces de reconocer lo muy valiosos que pueden llegar a ser algunos momentos que a primera vista parecen insustanciales. Y considerar que si tenemos la consciencia de que hay que luchar por las cosas y que supone una gran satisfacción el conseguirlas, por qué razón vamos a desechar la alacridad que se tiene en el espacio que media desde que empezamos a desear algo hasta que lo obtenemos. Debe animarnos a ello, el recordar que lo que se ingiere en pequeñas porciones se digiere con mayor facilidad y provecho.
Por todo ello, y por muchos que sean los obstáculos que podamos encontrar en el camino que ha de llevarnos a la consecución de nuestro ideal, no debemos obcecarnos por eso e ignorar la belleza del trayecto. ¿Acaso no recuerda el estudiante su paso por las aulas con auténtico placer? ¿O los enamorados no suelen estar tan ilusionados o más, y por supuesto tan felices, antes que después de la boda?
No. Hay que aprenderse muy bien que la felicidad es un trayecto y no un destino, y que sería casi teratológico no admitirlo así. Por tanto no desaprovechemos las oportunidades que jornada a jornada se nos presentan para el deleite, que de no hacerlo, estaremos renunciando a muchas satisfacciones inmediatas en aras de un gozo futuro e incierto. Algo parecido a aquello que se dice del valor del pájaro en mano… Setiembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de setiembre de 2008
Ramón Serrano G.
“Muchas personas pierden las pequeñas alegrías, pensando sólo en obtener una gran felicidad”
Pearl S. Buck
Aunque podríamos definirla de mil formas, convengamos amigos en decir que la felicidad no es sino una determinada situación de nuestro ser. Un estado de ánimo circunstancial, y en suma un bien, aunque este sea de entidad y consistencia muy distintas para unos que para otros. Es, por otra parte, un tesoro que algunos alcanzan y que muy pocos saben disfrutar, que pareciese que algunas personas en vez de tener un espíritu hedónico, ansiaran el penar y el sufrimiento. Tiene la naturaleza de la particularidad o el individualismo, que lo que viene a satisfacer a unos no siempre es grato a otros, y viceversa.
Y dentro de esas especiales y personalísimas condiciones de la dicha, hay una que está muy extendida erróneamente entre los humanos, ya que una increíble cantidad de estos creen que la felicidad estriba en alcanzar o conseguir algo, sin llegar a darse cuenta que ella no está sólo en el fin, sino que está también en el camino que nos conduce a ese término deseado. Ocurre entonces con demasiada frecuencia, que no damos en valorar convenientemente el acontecer de cada jornada y los numerosos momentos que podemos encontrar a lo largo de ese itinerario emprendido diariamente para alcanzar dicha felicidad. Que estando ilusionados con lo que nos traerá el futuro, no disfrutamos de los placeres del presente.
Ejemplos varios hay que nos pudieran servir de aclaración a lo dicho. Yo recuerdo cuando era niño, cuando no había autopistas y por desgracia la mayoría de las carreteras eran blancas, que al hacer un viaje, pese a las incomodidades suministradas por el estado de calzadas y vehículos, se iba gozando con la vista de los campos y de los pueblos, ya que todas las vías, tanto las comarcales, e incluso las nacionales, atravesaban pueblos y ciudades, y en el desplazamiento, se llegaba a conocer la ruta detenida y detalladamente. El viajero se quedaba admirado al contemplar el Paso de Despeñaperros, el puerto de Piedrafita do Cebreiro o las costas de Garraf. Y se deleitaba comiendo mantecadas en Astorga, cabrito asado en Andújar y fresas en Aranjuez. Algo así es lo que nos quiere decir García Lorca cuando canta que Antoñito “el Camborio” va a Sevilla, a ver los toros, pero aprovecha el viaje y: “..a la mitad del camino/ cortó limones redondos/ y los fue tirando al agua/ hasta que la puso de oro…”.
Ahora no. En aras de la seguridad y de la prisa se han construido unas modernas autovías, que son infinitamente mejores para la tranquilidad del viajero y sobre todo para su integridad. Nadie lo duda y su implantación es de agradecer, pero debido a los terraplenes que hay forzosa y constantemente a sus lados y durante todo su recorrido, da igual circular por la Llanura Manchega o por los Picos de Europa, que el paisaje siempre es el mismo. Y en cuanto a un posible refrigerio, ya es imposible encontrar algún sitio con chispa o encanto, y ha de hacerse necesariamente en unas impersonales áreas de servicio, donde todo tiene un monótono, sempiterno y poco agradable sabor. Cabe pensar que de esta manera alcanzaremos antes y de forma más placentera aquello que motivó el viaje, la llegada a nuestro punto de destino. Sí, pero no deberíamos olvidar que de ese modo, desperdiciamos muchas ocasiones de ser dichosos a lo largo de la ruta que estamos atravesando. Que hemos conseguido un bezoar para contrarrestar los males de la ruta, pero ha sido a costa de perder grandes disfrutes.
Valdría igualmente como ejemplo, aunque mucho más satisfactorio, la felicidad del labrador que alcanza no sólo en la recolección, sino además cuando ve ir pugueando su siembra o aparecer los borrones en sus cepas, ambas cosas auguradoras de una cosecha rica y compensatoria a sus muchos esfuerzos. O al embeleso de los padres que ven crecer al hijo día a día, y que cada jornada atisban cómo va haciendo algún progreso, sin tener que esperar a que el vástago alcance su desarrollo completo para estar deleitados con él.
No, la felicidad no debe ser nunca tan sólo la recompensa final a una actitud o a una forma de proceder, sino la consecuencia constante de un modo de comportamiento acorde con lo que deseamos y siempre que ello esté entre las normas de la ortodoxia. El saber obtener algo positivo y deleitoso en el acontecer diario que, si nos fijásemos bien, veríamos que está lleno de posibilidades de dicha, las cuales, no por pequeñas, son menos acarreadoras de un grato placer. La hormiga va contenta introduciendo en su silo pequeñas porciones que son las que acaban por llenar su granero satisfactoriamente.
Vamos, pues, a mentalizarnos que se puede ser feliz todos y cada uno de los días que vivamos, y que eso lo habremos de conseguir si sabemos detenernos en cada lugar de nuestra senda que sea mecedor de ello. Si somos capaces de reconocer lo muy valiosos que pueden llegar a ser algunos momentos que a primera vista parecen insustanciales. Y considerar que si tenemos la consciencia de que hay que luchar por las cosas y que supone una gran satisfacción el conseguirlas, por qué razón vamos a desechar la alacridad que se tiene en el espacio que media desde que empezamos a desear algo hasta que lo obtenemos. Debe animarnos a ello, el recordar que lo que se ingiere en pequeñas porciones se digiere con mayor facilidad y provecho.
Por todo ello, y por muchos que sean los obstáculos que podamos encontrar en el camino que ha de llevarnos a la consecución de nuestro ideal, no debemos obcecarnos por eso e ignorar la belleza del trayecto. ¿Acaso no recuerda el estudiante su paso por las aulas con auténtico placer? ¿O los enamorados no suelen estar tan ilusionados o más, y por supuesto tan felices, antes que después de la boda?
No. Hay que aprenderse muy bien que la felicidad es un trayecto y no un destino, y que sería casi teratológico no admitirlo así. Por tanto no desaprovechemos las oportunidades que jornada a jornada se nos presentan para el deleite, que de no hacerlo, estaremos renunciando a muchas satisfacciones inmediatas en aras de un gozo futuro e incierto. Algo parecido a aquello que se dice del valor del pájaro en mano… Setiembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de setiembre de 2008
jueves, 14 de agosto de 2008
La soleá
La “soleá”
Ramón Serrano G.
Para Avelino Perpiñán, un hombre que gusta del arte, la filosofía y las orquídeas.
“….piensa que el mundo es chiquito y el corazón es inmenso”.- Gª. Lorca
- Buenos días. ¿Se puede?
- Pasa Luis, pasa, contestó Olegario. Como verás el “foro” está hoy concurrido; pero para ti siempre hay un sitio, que tú, como estos, disfrutas con el diálogo y no con el chinchorreo.
Pasamos, nos acomodamos, y tras los obligados saludos de rigor, los contertulios siguieron con el tema que traían entre bocas. El taller, ubicado en la calle de los Carros, era amplio, capaz de acoger la guarnicionería con la que lo abrió el padre de Olegario. La muerte de este vino a coincidir con la invasión de los tractores y la correspondiente desaparición de las mulas, lo que trajo aparejado (y nunca mejor dicho) el desuso de los arreos y su arredramiento. Cambió entonces el hijo de oficio, pero como buen conocedor del cuero, se dedicó a la fabricación de petacas. ¡Qué bien las hacía! Suaves como la seda, brillantes como el charol. Pero el tabaco empezó a venir liado y hubo de cambiar a su actual ocupación, la de zapatero remendón. Humilde, sencilla, pero con la que ganaba lo suficiente para vivir con cierto desahogo, gracias a una buena clientela y a que sus necesidades y las de la Obdulia, su mujer, no eran muchas.
La conversación entablada estaba negra como el cielo de la mañana, que amenazaba con una lluvia tan deseada como remisa a caer. La charla tenía enjundia y los tertulianos mostraban en ella un profundo pesimismo hacia los muchos problemas que aquejaban a la sociedad y al mundo, y a los que no se les veía trazas de desaparecer sino, antes bien, de agrandarse y arruinarlo todo.
- Os decía que llueve cada vez menos porque se están arrasando los bosques en Brasil y en tantos otros sitios, dijo Santiago. Aparte del calentamiento ese de la atmósfera, del que tanto se habla hoy en día, pero que nadie trata de remediar.
- No, si no te tienes que ir tan largo, medió Crescencio. Nosotros en nuestras tierras sacamos de cuajo carrascas y sabinas, para poner unas viñas, muchas de ellas poco productivas y que taparon nuestras hambres sólo a medias. Y es verdad que ya no llueve como antes. ¿O no os acordáis de cuando había temporales, y los gañanes se quedaban en el pueblo y, mientras duraba el aguacero, se dedicaban a enjalbegar las cocinillas o se entretenían arreglando los empotres de las gavilleras?
- Y en lo del calor, intervino Andresete, también lleva razón este, que tengo oído que se están derritiendo los hielos de los mares y eso no debe ser bueno, creo yo. Desde luego, estaréis conmigo en que ya no nieva, y ni tan siquiera hiela como helaba. Y si no, ¿cuántos de vuestros nietos han visto chupones de hielo en los aleros de los tejaos? Ninguno.
Luis observó cómo en aquella especie de rebotica, todos querían dar su opinión y que el ambiente estaba cargado de pesimismo. Pero él, prudentemente, siguió a la escucha.
-Pues temas hay unos cuantos. Porque podríamos hablar también de la degradación del medio ambiente con las basuras urbanas, con los desperdicios o con los malditos incendios provocados, intervino de nuevo Santiago. O, si no, del ansia de cuartos que hoy tiene la gente. Dionisio “el Terco” siempre ha sido un buen albañil, y Toribio “Lampa”, era un carpintero como pocos. Tenían más trabajo del que podían desarrollar. Y hacían el que podían y lo hacían bien. Ganaban su dinero y quizás hasta iban ahorrando un capitalejo. Pero ahora todos, o la mayoría, se dediquen a lo que se dediquen, sólo se afanan por querer amasar fortunas de forma rápida y turbiosa.
-Bueno, terció Delfín, que había sido Maestro Nacional. Y no digamos nada del comportamiento de la raza humana. Se ha cambiado tanto de cuando nosotros éramos muchachos a nuestros días, que parece que no seamos de la misma especie. ¿Qué ha sido del respeto, del saludo o de la cortesía en el trato? ¿Y del ansia de saber y el gusto por la cultura? ¿Quién vela hoy por el buen comportamiento? Y la culpa de todas estas desgracias, porque esto no son más que desgracias, la tiene…
- ¡Eh, alto ahí!, cortó Olegario. Luis y los demás quedaron un tanto perplejos ante esta inusual intromisión del titular del local, quien, habitualmente, no daba opinión alguna sobre lo que se hablase, limitándose las más de las veces a hacer algún mohín, ya fuese aprobatorio o discrepante. Pero siguió diciendo:
-Creo que todos conocéis el célebre diálogo entre Babieca y Rocinante. Aquel que empieza: “¿Cómo estáis Rocinante tan delgado?... Pues, acordándome de él, os digo que observo que hoy os estáis poniendo metafísicos. Pero, sin embargo, vosotros sí que coméis, y algunos bastante bien. Es cierto que estos tiempos las cosas van mal; que abundando en lo que decía este, apenas hay ya unión y ensamblaje en la familia; que a casi nadie preocupa la apariencia exterior y no existe ningún rechazo a lo vulgar; y estoy con Santiago en lo de la economía. Y aún más, afirmo que ha mermado preocupantemente el ahorro y el gasto ha subido de un modo desenfrenado.
-Pero poco haremos, si como muchos, nos dedicamos únicamente a buscar chivos expiatorios y a denunciar culpables. Ese es el auténtico mal. Cuando algo no funciona, cuando todo o casi todo se tuerce, no es lo bueno quejarse, sino estudiar las causas que han producido el estropicio y ponerle de inmediato el arreglo más conveniente. Con buenas obras y pocas críticas es con lo que se alcanzan logros.
-Por otra parte, os veo agobiados por el pesimismo en vez de estar ilusionados de esperanza. Deberíamos pensar que, a la postre, los males son nimiedades, y, si me apuráis, pasajeras, mientras que las cosas buenas de esta vida son muchas e importantes. Lo nocivo nos puede afectar a todos, y de hecho así ocurre. Y con mayor o menor intensidad o duración. Pero pronto pasa. Todo lo que no es importante, pronto pasa. Pero pensemos en los hijos, en el amor, en la naturaleza, en la cultura, o en tantas y tantas cosas que tienen auténtica valía, y que estuvieron antaño, están hoy y estarán mañana entre nosotros.
-Es por eso, y por muchas cosas más, que no nos debe acoquinar la tiniebla, ni abandonarnos creyendo que todo lo que acontece es inevitable. Hay por ahí una teoría que habla de que precisamente el colapso final del universo se podrá eludir gracias a la oscuridad del cosmos. Pero de esto yo no sé mucho, así que no me pidáis que os cuente más de ello. Pero lo que sí puedo deciros es que es bueno, muy bueno madrugar. Aunque sólo sea para poder presenciar la maravilla de cómo la noche se va tornando en aurora. De contemplar el rocío antes de que se lo beba el sol. De ver los barcos venir, al amanecer del día. Por esas, y por otras muchas cosas, es bueno alzarse temprano.
-Pienso que esa, y no otra, debe ser nuestra misión y nuestra postura ante las adversidades. Criticar a quien las produjo o las favoreció, nunca. Bastante tiene el reo con su culpa y su remordimiento. Por otra parte debemos recordar aquello de que no se debe juzgar si no se quiere ser juzgado, y que con la misma medida que midamos habrán de medirnos. ¿Qué hacer entonces? Sencillamente eso. Sentir vivamente el extravío, pero ponerle soluciones de inmediato y abrir una ventana a la esperanza.
-Y que sepáis que esto no lo digo yo. Nuestro proceder bien nos lo está marcando García Lorca en su “Soleá”. Y nos lo dice muy clarito: “Vestida con mantos negros, piensa que el mundo es chiquito y el corazón es inmenso…”
Agosto de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de agosto de 2008
Ramón Serrano G.
Para Avelino Perpiñán, un hombre que gusta del arte, la filosofía y las orquídeas.
“….piensa que el mundo es chiquito y el corazón es inmenso”.- Gª. Lorca
- Buenos días. ¿Se puede?
- Pasa Luis, pasa, contestó Olegario. Como verás el “foro” está hoy concurrido; pero para ti siempre hay un sitio, que tú, como estos, disfrutas con el diálogo y no con el chinchorreo.
Pasamos, nos acomodamos, y tras los obligados saludos de rigor, los contertulios siguieron con el tema que traían entre bocas. El taller, ubicado en la calle de los Carros, era amplio, capaz de acoger la guarnicionería con la que lo abrió el padre de Olegario. La muerte de este vino a coincidir con la invasión de los tractores y la correspondiente desaparición de las mulas, lo que trajo aparejado (y nunca mejor dicho) el desuso de los arreos y su arredramiento. Cambió entonces el hijo de oficio, pero como buen conocedor del cuero, se dedicó a la fabricación de petacas. ¡Qué bien las hacía! Suaves como la seda, brillantes como el charol. Pero el tabaco empezó a venir liado y hubo de cambiar a su actual ocupación, la de zapatero remendón. Humilde, sencilla, pero con la que ganaba lo suficiente para vivir con cierto desahogo, gracias a una buena clientela y a que sus necesidades y las de la Obdulia, su mujer, no eran muchas.
La conversación entablada estaba negra como el cielo de la mañana, que amenazaba con una lluvia tan deseada como remisa a caer. La charla tenía enjundia y los tertulianos mostraban en ella un profundo pesimismo hacia los muchos problemas que aquejaban a la sociedad y al mundo, y a los que no se les veía trazas de desaparecer sino, antes bien, de agrandarse y arruinarlo todo.
- Os decía que llueve cada vez menos porque se están arrasando los bosques en Brasil y en tantos otros sitios, dijo Santiago. Aparte del calentamiento ese de la atmósfera, del que tanto se habla hoy en día, pero que nadie trata de remediar.
- No, si no te tienes que ir tan largo, medió Crescencio. Nosotros en nuestras tierras sacamos de cuajo carrascas y sabinas, para poner unas viñas, muchas de ellas poco productivas y que taparon nuestras hambres sólo a medias. Y es verdad que ya no llueve como antes. ¿O no os acordáis de cuando había temporales, y los gañanes se quedaban en el pueblo y, mientras duraba el aguacero, se dedicaban a enjalbegar las cocinillas o se entretenían arreglando los empotres de las gavilleras?
- Y en lo del calor, intervino Andresete, también lleva razón este, que tengo oído que se están derritiendo los hielos de los mares y eso no debe ser bueno, creo yo. Desde luego, estaréis conmigo en que ya no nieva, y ni tan siquiera hiela como helaba. Y si no, ¿cuántos de vuestros nietos han visto chupones de hielo en los aleros de los tejaos? Ninguno.
Luis observó cómo en aquella especie de rebotica, todos querían dar su opinión y que el ambiente estaba cargado de pesimismo. Pero él, prudentemente, siguió a la escucha.
-Pues temas hay unos cuantos. Porque podríamos hablar también de la degradación del medio ambiente con las basuras urbanas, con los desperdicios o con los malditos incendios provocados, intervino de nuevo Santiago. O, si no, del ansia de cuartos que hoy tiene la gente. Dionisio “el Terco” siempre ha sido un buen albañil, y Toribio “Lampa”, era un carpintero como pocos. Tenían más trabajo del que podían desarrollar. Y hacían el que podían y lo hacían bien. Ganaban su dinero y quizás hasta iban ahorrando un capitalejo. Pero ahora todos, o la mayoría, se dediquen a lo que se dediquen, sólo se afanan por querer amasar fortunas de forma rápida y turbiosa.
-Bueno, terció Delfín, que había sido Maestro Nacional. Y no digamos nada del comportamiento de la raza humana. Se ha cambiado tanto de cuando nosotros éramos muchachos a nuestros días, que parece que no seamos de la misma especie. ¿Qué ha sido del respeto, del saludo o de la cortesía en el trato? ¿Y del ansia de saber y el gusto por la cultura? ¿Quién vela hoy por el buen comportamiento? Y la culpa de todas estas desgracias, porque esto no son más que desgracias, la tiene…
- ¡Eh, alto ahí!, cortó Olegario. Luis y los demás quedaron un tanto perplejos ante esta inusual intromisión del titular del local, quien, habitualmente, no daba opinión alguna sobre lo que se hablase, limitándose las más de las veces a hacer algún mohín, ya fuese aprobatorio o discrepante. Pero siguió diciendo:
-Creo que todos conocéis el célebre diálogo entre Babieca y Rocinante. Aquel que empieza: “¿Cómo estáis Rocinante tan delgado?... Pues, acordándome de él, os digo que observo que hoy os estáis poniendo metafísicos. Pero, sin embargo, vosotros sí que coméis, y algunos bastante bien. Es cierto que estos tiempos las cosas van mal; que abundando en lo que decía este, apenas hay ya unión y ensamblaje en la familia; que a casi nadie preocupa la apariencia exterior y no existe ningún rechazo a lo vulgar; y estoy con Santiago en lo de la economía. Y aún más, afirmo que ha mermado preocupantemente el ahorro y el gasto ha subido de un modo desenfrenado.
-Pero poco haremos, si como muchos, nos dedicamos únicamente a buscar chivos expiatorios y a denunciar culpables. Ese es el auténtico mal. Cuando algo no funciona, cuando todo o casi todo se tuerce, no es lo bueno quejarse, sino estudiar las causas que han producido el estropicio y ponerle de inmediato el arreglo más conveniente. Con buenas obras y pocas críticas es con lo que se alcanzan logros.
-Por otra parte, os veo agobiados por el pesimismo en vez de estar ilusionados de esperanza. Deberíamos pensar que, a la postre, los males son nimiedades, y, si me apuráis, pasajeras, mientras que las cosas buenas de esta vida son muchas e importantes. Lo nocivo nos puede afectar a todos, y de hecho así ocurre. Y con mayor o menor intensidad o duración. Pero pronto pasa. Todo lo que no es importante, pronto pasa. Pero pensemos en los hijos, en el amor, en la naturaleza, en la cultura, o en tantas y tantas cosas que tienen auténtica valía, y que estuvieron antaño, están hoy y estarán mañana entre nosotros.
-Es por eso, y por muchas cosas más, que no nos debe acoquinar la tiniebla, ni abandonarnos creyendo que todo lo que acontece es inevitable. Hay por ahí una teoría que habla de que precisamente el colapso final del universo se podrá eludir gracias a la oscuridad del cosmos. Pero de esto yo no sé mucho, así que no me pidáis que os cuente más de ello. Pero lo que sí puedo deciros es que es bueno, muy bueno madrugar. Aunque sólo sea para poder presenciar la maravilla de cómo la noche se va tornando en aurora. De contemplar el rocío antes de que se lo beba el sol. De ver los barcos venir, al amanecer del día. Por esas, y por otras muchas cosas, es bueno alzarse temprano.
-Pienso que esa, y no otra, debe ser nuestra misión y nuestra postura ante las adversidades. Criticar a quien las produjo o las favoreció, nunca. Bastante tiene el reo con su culpa y su remordimiento. Por otra parte debemos recordar aquello de que no se debe juzgar si no se quiere ser juzgado, y que con la misma medida que midamos habrán de medirnos. ¿Qué hacer entonces? Sencillamente eso. Sentir vivamente el extravío, pero ponerle soluciones de inmediato y abrir una ventana a la esperanza.
-Y que sepáis que esto no lo digo yo. Nuestro proceder bien nos lo está marcando García Lorca en su “Soleá”. Y nos lo dice muy clarito: “Vestida con mantos negros, piensa que el mundo es chiquito y el corazón es inmenso…”
Agosto de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de agosto de 2008
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