viernes, 1 de agosto de 2008

La remuneración

La remuneración
Ramón Serrano G.
Para Ana Mary y Pepe, un matrimonio entrañable.

Hace algún tiempo, en una charla de café, alguien me preguntó, con mayor o menor discreción y con más o menos oportunismo, pero con desconocida intención, si mis colaboraciones en este periódico en el que acostumbro a escribir estaban remuneradas.
- Por supuesto, le contesté de inmediato. Además muy bien. Puedo decir sinceramente, que desde luego lo son, y muy por encima de mis merecimientos.
Sólo esa fue mi corta contestación a tan innecesaria consulta e ignoro si el inquiridor quedaría convencido y satisfecho con ella. Poco importa eso. Como es natural, ni entonces hice, ni ahora voy a hacer, por supuesto, alusión ni aclaración alguna sobre la cuestión dineraria. Pero sí que me interesa, para demostrar que aquél día no mentí al curioso contertulio, es decir a todos, los motivos de mi conformidad en cuanto a lo recibido por escribir mis artículos. Y a eso es a lo que vengo hoy a aquí.
Dejaré a un lado el tan importante, leído, discrepado y discutido tema del salario justo por la tarea realizada, que no es ese nuestro caso, aunque sí quiero resaltar que la vida nos trae ocasiones en las que no se trabaja por dinero, sino por otra serie de motivos, conocidos por todos, padecidos o disfrutados por muchos y que nos llevan a realizar el curro de forma distinta a la habitual. Voy a detenerme, entonces, en qué, o en cuánto, es lo que alguien puede recibir como contraprestación a su obra, cuando esta se ha llevado a cabo fuera de una estricta relación laboral, ya que esto no viene marcado por la legislación.
Es, desde luego, una cuestión completamente subjetiva y cada uno de los protagonistas exigirán, o quedarán satisfechos, con una cosa u otra como recompensa. Un ejemplo. Juan y Pedro son dos profesionales, que por diversas razones no cobran sus trabajos a Luis y a Blas. Aquél hace el día 24 de junio de todos los años un valioso regalo a Juan, que le envía con un recadero, mientras que este, de condición humilde, no puede obsequiar con nada tangible a Pedro, pero le profesa un gran cariño y respeto, y cada 29 de junio lo visita puntualmente para felicitarle. Vengan ahora a considerar cuál de los dos individuos está, o se considera, mejor compensado, o cuál paga lo recibido con moneda más valiosa, y verán como hay opiniones de la más diversa naturaleza.
Algo parecido es lo que viene a sucederme con lo que recibo a cambio de plasmar en el papel mis peregrinas ideas, y que, repito, es mucho, muy agradable y muy compensatorio. El primer, y cuantioso, abono que se me hace es para el alma, por la gran satisfacción que produce el escribir y todo lo que ello conlleva. Para hincarlo, hay que buscar ideas, oír cosas, hacer viajes, recordar sucedidos. Para darle forma, hay que leer, rebuscar en diccionarios o enciclopedias, repasar, añadir, quitar, corregir hasta dar con lo que me parece más adecuado. Todo ello hace que el tiempo se pase en un soplo, y al terminar el texto el alma quede relajada, plácida, como después de un baño tibio.
La segunda y gran retribución que se me hace es para mi orgullo. Ya he comentado anteriormente que todas las quincenas suele haber personas enormemente generosas (Ana Mary es una de ellas) que tienen la atención de darme su muy valioso parecer sobre mi artículo de turno. Y entre esas opiniones las hay buenas y no tan buenas, De felicitación alguna y de crítica otras. Pero todas dichas con la mejor manera e intención, o al menos eso creo, y todas merecedoras de mi mayor y sincero agradecimiento. De esto puedes estar seguro. Como cabe suponer, esto, el que alguien se dirija a ti en una acción trés chic pour sa part, para decirte que está perfectamente enterada/o de lo que tú has querido exponer en unas líneas, hace que, aunque calladamente, y haciendo un gran esfuerzo para que no se note demasiado, mi espíritu se colme de ufanía.
Finalmente he de decir bien alto que el tercero es el estipendio más cuantioso que recibo y que va destinado a mi corazón. Comprenderás querido amigo que si uno piensa que hay personas que han gastado algo de su tiempo en leerme y eso les ha producido algún recuerdo, alguna emoción, algún pálpito satisfactorio, yo sé que, con ello, he cobrado una paga extraordinaria. Si con esa lectura han logrado pasar un rato agradable, aunque sea pequeño; si lo leído, aunque lo olviden pronto, les supone evadirse durante unos minutos de tantas malas nuevas que suceden de contino en todas partes, eso, para mis adentros, significa que mis esfuerzos literarios están pagados abundantemente.
Por todo lo antedicho, por otros motivos que callo, y por no cansarte más, creo que comprenderás amigo lector, que cuando aquel día, en aquella charla de café, contesté a mi “curioso pertinente” que cobraba, y muy bien, por mis escritos, y que además lo hacía por encima de mis merecimientos, le estaba diciendo una solemne y gran verdad. Afirmación esta que sigo manteniendo hoy.

Agosto 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 1 de agosto de 2008

viernes, 18 de julio de 2008

La inconsciencia

La inconsciencia
Ramón Serrano G.

De entre todos los cientos de adjetivos que se le pueden aplicar al hombre por su comportamiento, su forma de ser y proceder, gustos y manías, condiciones y características, etc., etc., el que mejor le cuadra según mi pobre entender, o quizás debiera decir el que acoge y define a un mayor número de ellos, es el de ser y obrar como un perfecto inconsciente.
Y le llamo así, o mejor dicho, nos llamo de este modo, porque da la impresión de que la mayoría de las personas no nos damos perfecta cuenta de lo efímero que es nuestro vivir (aunque vivamos cien años) y de que apenas si tenemos el tiempo suficiente para llevar a cabo alguna obra importante durante nuestra existencia, aunque ese hacer sea pequeño, pero que esté lleno de sentido y trascendencia. De nada nos ha servido, y de nada nos está sirviendo, la larga experiencia del larguísimo deambular sobre la faz de la tierra.
Si yo, o cualquiera de ustedes, se viese sorprendido por un incendio, indudablemente trataría de escaparse de las llamas, ocupándose, en primer lugar, de salvar la vida y si acaso, y además, los objetos o enseres más importantes, pero para nada se entretendría en recoger bagatelas o inutilidades. Igual le ocurriría a aquel que tuviese que hacer con urgencia la maleta para un viaje inesperado, que introduciría en ella las prendas que considerase más necesarias, las imprescindibles, pero sin perder el tiempo, ni el espacio, fijándose en modas y/o colores.
Bueno, pues hete aquí, que, como antes decía, todos sabemos que nuestra existencia apenas dura un soplo, que el espacio de tiempo en el que trascurre nuestra vida es tan sólo de un pequeño rato, durante el cual casi no tenemos tiempo de hacer nada, o casi nada, o al menos muy poco que sea verdaderamente trascendente y útil. Y sin embargo dedicamos muchas horas a actividades completamente fútiles. Desperdiciamos la mayor parte de nuestros escasos días en unas ocupaciones absurdas. Se nos van nuestros mejores momentos con entretenimientos necios o nos perdemos en actividades inconsecuentes.
Pero podemos observar que de jóvenes, sí hay algunos que son conscientes y saben aprovechar hasta los contados minutos, forjándose una base magnífica, tanto en el terreno laboral, como en el de las aficiones o el asueto. Son sabedores, a ciencia cierta, de que cada minuto que pasa han de aprovecharlo al máximo porque no han de volver a encontrarlo y les es muy útil para conseguir todo lo bueno que persiguen. Y así, afanándose, consiguen echar sólidos cimientos al edificio de su formación. Después, cuando adultos, no pasa día en el que no pongan algún ladrillo que refuerce sus conocimientos y sabiduría, ya sea rememorándola, ya dándole un fuerte apoyo con nuevas adquisiciones cognoscitivas, lo que les hace mantenerse en buen estado y plena forma. Al final, y pese a la senectud, siguen incansables en sus adquisiciones y confirmaciones de sabiduría, que bien aprendieron a formarse, y lo que bien se aprende tarde se olvida, con lo cual van cubriendo las grietas de su envejecimiento, conservando tanto la fachada como el interior de su ser en un inmejorable estado y en unas envidiables condiciones.
Pero igualmente podemos observar, como decía al principio, que, a lo largo de toda su vida, hay muchas personas, millares, desgraciadamente demasiados, que pierden (o perdemos) de forma lastimosa su hermoso tiempo y sus muchas posibilidades. De adolescentes suelen reblar con demasiada frecuencia y se preocupan solamente de buscar con demasiado acelero la manera más fácil y accesible de asentarse en la vida, o la fortuna, o el placer, ignorantes de que todo bien que tenga un mínimo valor ha de sustentarse sobre una base firme y bien estructurada, puesto que aquello que es sencillo de alcanzar suele ser harto desechable y malquisto.
A la mitad de su vida suelen ser conformistas en exceso con lo que para entonces tienen alcanzado, sea mucho o sea poco, preocupándose sólo de vegetar en la circunstancia y situación en que se hallen, sin dar un paso, hacer un mínimo esfuerzo, un pequeño intento tan siquiera, para mejorar y hacer más llevadera su estadía, y si algo intentan, se suelen apañar enfocándolo hacia el aspecto económico.
Por último, cuando viejos, estiman que lo hecho, hecho está, y que es inamovible. Que ya no merece la pena intento alguno por mejorar situación, adquirir nuevo aprendizaje o consolidar lo tenido. Que vengan los días que hayan de venir, y esperémoslos sentados al sol y paliqueando sin tasa ni tino, enterándose de los entierros que haya en esa fecha y deseando que el propio se alargue en lo posible. Medicinas, días, ollas, chácharas, quejas, lamentos y ociosidad, en la peor acepción de la palabra. O dicho de otra forma: pereza. Algo realmente terrible, pero que al decir de Raymond Tadiguet, esa pereza no existe nunca si se posee una mente activa.
Y así digo, que hay algunos de aquellos y muchos de estos, pero que pobre inconsciente es aquel que no piensa que cualquier momento y ocasión, se tenga la edad que se tenga, son buenos para dedicarlos a hacer alguna conveniente acción o para tratar de aprender algo.

Julio 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de julio de 2008

viernes, 4 de julio de 2008

El mañana

El mañana
Ramón Serrano G.

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” Neruda.

Una de las innumerables cosas que nos ha traído esta época que nos ha tocado vivir, completamente dominada como está por la ciencia y la tecnología, es la posibilidad de adivinar el futuro en muchas facetas y aunque a primera vista parezca una incongruencia, poder saber muy aproximadamente cómo va a ser el mañana de los hombres. No, no crean que entiendo de hieroscopia, o de capnomancia, o que soy oniromante. Les aseguro que nada sé sobre ello y que no me estoy metiendo a adivino o futurólogo.
Es por tanto, la opinión atrevida de un pobre espectador, y está basada únicamente en la observación detenida de nuestros modernos usos y costumbres. Una vez más aludo a mi admirado amigo José M. Ruiz, al que tendríamos que acudir para opinar sobre el protocolo de Kyoto o sobre si lleva razón Isaac Asimov cuando dice que en el futuro la economía será dirigida por las máquinas.
El pneuma enthousiastihón que emana de las grietas del templo al que acudo de tarde en tarde, me inducen a apoyarme, ya digo, en el comportamiento de los seres humanos en la actualidad y por él, intento deducir a dónde pueden llevarnos estas conductas. Y pueden creerme si les digo que lo que alcanzo a ver no me satisface, ya que todo lo que aparece en mi bola de cristal difiere en mucho de mi idea de lo que es gratificante, e incluso de lo que es admisible.
Así, veo que los niños de vuestro mañana no pasarán frío pero no sentirán como es el calor entrañable de un buen fuego de leña. Estarán más, pero, incompresiblemente, peor alimentados. Dispondrán de muchos medios, pero de menos libertad. Y sobre todo, tendrán dos carencias muy importantes que les privarán de una auténtica felicidad. Una, es que no contactarán con la naturaleza. No montarán nunca en un borriquillo, ni sabrán cómo se castra a una gorrina, ni saldrán a las siembras a coger grillos o espigas, y quizás no vean jamás nadar a un pez en las aguas de un río. Y no, y no, y no… llegarán a conocer en vivo tantas y tantas cosas, que aunque parezcan intrascendentes, son importantes al ser naturales. Puede que yo esté equivocado, pero si es útil saber un idioma, también lo es ver procrear a un gorrión, o distinguir las brevas de los higos.
Su otra gran privación será la del disfrute y beneficio de la vida en familia. La intensa actividad laboral de sus padres (y ojalá que estos tengan esa actividad y no el paro) les impedirá ocuparse de ellos, no en lo material, que ahí sí que estarán bien abastecidos, pero sí en la convivencia. Se verán, si se ven, poco o a deshora, no comerán juntos, no dialogarán, y su aprendizaje global les vendrá dado por profesionales ajenos por los que estarán casi siempre tutelados por estos, que serán, además, los que se ocupen de vestirlos, entretenerlos, llevarlos al colegio e incluso al centro sanitario en caso de una urgencia.
Los hombres y mujeres adultos tendrán, casi todos, un trabajo seguro, digno, hasta rentable, pero probablemente estresante hasta el delirio, que los mantendrán apartados durante todo el día de su hogar, del que saldrán cuando aun sea de noche y al que volverán cuando se haya ocultado el sol. Ganarán ambos, eso sí, un jornal digamos que decente, pero que no les proporcionará una vida cómoda y apacible, ya que tendrán que destinarlo a adquirir un montón de utensilios dobles o triples. “Disfrutarán” de dos o tres coches, varios televisores, diez relojes, armarios de ropa, etc., etc., etc. Y con lo que les sobre, habrán de sufragar un rosario de obligaciones digamos “imprescindibles”. Si lo hace el vecino, cómo no van ellos a practicar yoga, jugar al padle, aprender la lengua maorí o comprarse una segunda vivienda, un pisito de 52 metros cuadrados a 700 kilómetros de su casa y a tan sólo 30 minutos andando desde la urbanización donde está ubicado hasta la playa.
Pero a donde no llega mi poder mántico es a imaginar tan siquiera cuál será la función que dentro de un par de decenios desarrollarán los viejos. Hasta hoy, cuando la nieve del tiempo blanqueaba su cabeza y su memoria, la misión de los ancianos fue la de aglutinar a la familia, conservar costumbres, o dar consejos. Eran como los antiguos maestros persas, que con leyendas a veces y a veces con historias, se erigían en los transmisores del escaso pero amplio saber, del correcto comportamiento humano, del estricto concepto de honradez y de justicia, y su desdentada charla era el emoliente que mitigaba la dureza diaria de un trabajo duro y mal pagado. Son, ¿somos? los últimos representantes del candil, la lumbre de cepas, las cataplasmas o el contrato firme por la palabra dada.
Mas esa tarea, a mi parecer trascendente, acabará difuminándose en nostalgia arredrada por los modernos medios. Y aunque todo puede llegar a imaginarse como al principio dije, clima, cultura, trabajo, no se me alcanza el vislumbrar cómo será mañana la vida de los viejos. Digamos que, como en una visión muy nebulosa, los contemplo atendidos, aseados, medicados y recogidos en centros construidos y diseñados específicamente para ellos. Pero me digo ¿tendrán con quien hablar?, ¿podrán salir un rato al sol cuando les plazca? Y lo que es más importante aún: ¿serán felices?

Julio 2008

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de julio de 2008

viernes, 20 de junio de 2008

El qué dirán

El qué dirán
Ramón Serrano G.

Es curioso observar cómo a veces se allegan ocasionalmente hasta nosotros personas, costumbres o expresiones, que por inusuales teníamos ya arrumbadas en el arcón del olvido. Alguien o algo con quien o con lo que tuvimos cotidiano trato, pero que las circunstancia de la vida o los usos y costumbres los alejaron de nuestro entorno, hasta el punto de parecer que nunca hubiesen existido.
Así, un buen día me cruzo en la calle con una persona a quien hacía tiempo que no veía, tanto, que ya la tenía olvidada por completo. ¡Hombre!, te dices, pero si este es Zutano, aquél que…. Otras veces, cumpliendo con obligaciones familiares o sociales, tengo que ir, casi a regañadientes desde luego, al cementerio, y como en Tomillares son muy amigos a poner en nicho o tumba una fotografía del difunto, viéndola, me entero de que aquella persona, con la que tuve algún trato o simple conocencia anterior, ha dejado de estar entre nosotros.
Hay ocasiones, ¡quién lo diría!, en las que alguien le abre y le sujeta una puerta a otro cediéndole el paso; o que en un transporte público una persona se levanta y ofrece su asiento a alguna señora o a persona de edad avanzada. O en plena calle, mozo, moza, u hombre caballeroso, deja el interior de la acera a una mujer. Y esto, aunque les parezca imposible, es algo que sucede. Aunque crean que es asombroso, ocurre. Doy fe de ello. Y cuando uno lo ve, se acuerda de inmediato de otros tiempos en que estas actuaciones eran habituales.
Viene a suceder igualmente que en algunas conversaciones se sacan a colación frases o expresiones que desde tiempo ha, se han convertido inexplicablemente en obsoletas. Ya nadie dice por ejemplo: Por las ánimas benditas. O, que usted lo pase bien. U otras tantas que podríamos traer a colación. Pero ayer oí una, que no escuchaba desde hacía muchos años y que me trajo a la mente diversas evocaciones y pensamientos. Era concretamente el que dirán. Sí, sí, eso he dicho: el qué dirán. Algo de lo que se acuerdan muchos de ustedes, pero de lo que no tienen la más remota idea aquellos que no han cumplido aún los treinta años.
Era ese qué dirán no un miedo claro, pero sí un respeto a la opinión ajena, que frenaba o, al menos, condicionaba un tanto el comportamiento de la gente. No es que esta fuese gazmoña o mojigata, sino que procuraba que nadie tildara su conducta como pecaminosa o en desacuerdo con el proceder ortodoxo de la época. Por ello, ninguna muchacha que estuviera en su sano juicio, se atrevía a salir a la calle mostrando en exceso su epidermis. No había mujer que consintiera que su hijo o marido saliesen de su casa con una prenda rota o simplemente deshilachada. Ni novia que permitiera una pública caricia de su amado, aunque fuese mínima, a no ser que se viese amparada por la oscuridad de la noche o la soledad de algún parque. O persona que teniendo a su cargo o administración bienes de otros, ya públicos, ya privados, dispusiera ladinamente de ellos en su propio beneficio.
Hoy, ya es otra cosa. No diré si mejor o peor, que a juicio del sensato lector lo dejo, pero es otra cosa. Ahora una joven sale de su casa mostrando generosamente por arriba, por el centro y por abajo sus atributos, que dicho sea de paso, la mayoría de las veces suelen ser atractivos, y lo hace con la misma naturalidad con la que un chaval se come un caramelo. Hoy nos solemos cruzar con personas cuyos pantalones no es que vayan raídos, no, es que llevan rotos por los que cabe la mano de un hombre. En estos tiempos no es extraño ver cómo a cualquier hora del día o de la noche, y en el sitio más iluminado o concurrido, una pareja, unos simples conocidos que no tienen que estar unidos por ningún compromiso o promesa, se morrean y magrean mutuamente, y que les vean u opinen de su conducta les importa lo mismo que a mí me da que esté lloviendo ahora en Mogadiscio. En la actualidad, y bien lo sabemos todos, muchos hacen fortunas, pequeñas, grandes o inmensas, subrepticia y ladinamente, desviando a su bolsillo bienes o ganancias pertenecientes a empresas o entidades en las que desarrollan sus actividades y lo hacen con el mismo descaro con el que una mosca se posa en un pastel. Pero esto merece un estudio más extenso, así que dejémoslo.
Diré por último, porque así lo creo y porque algún lector ya estará echándolo en falta, que nuestra adecuada forma de obrar debe estar impelida por nuestros correctos sentimientos y no sólo por la opinión que el prójimo pueda sacar de nosotros por nuestras actuaciones, que esto, y no otra cosa, es el qué dirán aludido. Pero pese a ello, si el qué dirán actúa en nosotros como un mantra, como una sunna, o como un precepto que nos lleva a que nuestras acciones estén dentro de la honradez y el comedimiento, y lejos por tanto de la extravagancia, del descaro o de la incorrección, es natural que yo, y otros muchos, lo echemos de menos.

Junio de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de junio de 2008

jueves, 5 de junio de 2008

Augurios

Augurios
Ramón Serrano G.

Han desaparecido ya, o casi. Como los consejos, como las cataplasmas o como los rosarios de la aurora. Ya no pedimos, ni atendemos, las advertencias o los asesoramientos, porque creemos saberlo todo. No utilizamos los emplastos o los sinapismos, porque, al igual que todo lo antiguo, están desfasados y hay remedios mejores o, al menos, más modernos. Para efectuar las prácticas religiosas, que antaño fueros comunes y casi obligatorias, actualmente nos ocultamos, si no es que las hemos abandonado por completo. Y hoy ya nadie acude a consultar a los augures. Cómo iba ha hacerse, si la ciencia nos ha traído tantísimo avance. Pero creo que merecen atención más detallada los presagios y las agorerías.
Es bien sabido que los hombres de todas las etnias y de todas las tierras, desde lo más antiguo, cada vez que habían de emprender aventura alguna, de relativa o de gran importancia, solían solicitar las premoniciones que su cultura y sus costumbres les indicasen, para poder iniciar con cierta ventaja su misión. El ser humano, cuando su ignorancia le hace sentirse menesteroso y necesitado de luz para la mente y sostén para el cuerpo, acude a fuerzas superiores en busca de apoyo para obtener protección frente a las adversidades y ayuda para la consecución de sus deseos. Por eso teúrgos, chamanes, jorguines, meigas, kafires, tropelistas, hmeno’obs, xanas y otros muchos profesionales de lo arcano, solían tener sus “consultas” atestadas de gentes ansiosas de conocer su futuro.
Y sin querer, o saber, adentrarnos en exquisiteces culturales haciendo alusión a los misterios eleusinos, a las ceremonias tántricas con sus mándalas y stúpas, o al sincretismo helénico, cabe recordar que una tormenta, un rayo, el reflejo de una imagen en el agua, las tabas, los sueños, y tantos y tantos otros, eran los amuletos, candorgas, fetiches o símbolos a los que se acudía para que se pudiese adivinar lo por llegar, y la bondad o maldad que pudiera acompañarlo. O se estudiaba a los animales. Sabido es que el vuelo de un ave anuncia diferente suerte ya sea hacia un lado u otro del camino. Nos lo cuenta el “Cantar del mío Cid”: … Cuando salen de Vivar, ven la corneja a la diestra, pero al ir a entrar en Burgos, la llevaban a su izquierda…” . Digamos que en la América pre-colombina se tenía como trascendente si el tocolote cantaba o gemía. Recordemos que se creyó durante mucho tiempo que quien tenía un gato tenía un tesoro, porque estos podían acceder a ciertas energías telúricas. Y podríamos referirnos a lo que se adivinaba según fuera el chillido de una rata o el aullido de un perro.
Pero vayamos a nuestro asunto. Es natural, y ha sido siempre, que cada cual trate de prepararse lo mejor que pueda y pertrecharse de cuantos más medios obtenga para tratar de conseguir lo que desea. Se hizo y se sigue haciendo. Pero sabiendo que, “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, buscamos ahora ayudas más científicas, más ¿seguras?, que los agüeros, con las que estar protegidos ante los problemas dificultosos o imponderables, que pudieran surgirnos. Nos es más cómodo esto que prepararnos, concienzuda y pacientemente, en aprender y aprehender lo necesario. Y acudimos confiados a quienes creemos que nos puede facilitar la tarea, sin pararnos a observar que demasiadas veces, aquello que nos están ofreciendo no es lo mejor, ni lo más conveniente a nuestro fin.
Normalmente acudimos al primero que nos aconsejaron; escogemos lo que no es menos dificultoso, o nos dejamos engatusar por mercachifles y chalanes de tres al cuarto, que amparados en una publicidad engañosa, no tienen reparos en ofertar productos de calidad escasa o nula, buscando más el propio beneficio que la satisfacción del cliente. Y esto es lo malo, que no siempre sabemos acudir a la fuente adecuada, o discernir las indicaciones más idóneas entre aquellas que se nos facilitan para nuestro triunfo. En demasiadas ocasiones confiamos en demasía de lo que nos dice el arúspice de turno o en la publicidad de falsos profetas que buscan sólo su ganancia sin saber lo que dicen, o sabiéndolo, ocultando su ineficacia. Hay que saber buscar, pero además hay que saber entender el vaticinio. Hubo quien no lo supo comprender y quien sí lo hizo. Veamos dos ejemplos muy esclarecedores, que nos dan testimonio de ello.
El más famoso Oráculo de la antigüedad fue el de Delfos. Situado al pie del monte Parnaso, era el recinto donde habitaban y ejercían las pitias y las sibilas. Una vez acudió a él Creso de Lidia para preguntar si debía atacar a los persas. El Oráculo le respondió: “Si Creso cruza el río Halis, el que sirve de frontera entre Lidia y Persia, destruirá un gran imperio”. El rey pensó que aquél mensaje estaba muy claro y cruzó el río decididamente. Luchó y fue derrotado. El imperio que se había destruido era el suyo.
Por otra parte, cuando Bizas consulta al Oráculo en ese mismo templo de Apolo en Delfos, por saber cuál es el lugar más apropiado para que se instalasen los colonos de la ciudad de Megara, aquél le responde que el sitio más idóneo sería frente a la ciudad de los ciegos. Este no comprende, de momento, el comunicado y navega por el mar Egeo hasta el de Mármara. A la entrada del Bósforo contempla Calcedonia, la ciudad que otros megarenses habían edificado en la orilla asiática del estrecho, y se percata de que la mejor ubicación para la nueva urbe sería en una pequeña península de la orilla europea, que además de otros beneficios, constituía un magnífico puerto natural. Bizas acababa de comprender que los ciegos a los que se refería el oráculo, eran aquellos antiguos pioneros que no habían sabido ver cuál era el asentamiento mejor, y fundó allí la nueva ciudad y la llamó Bizantion.
Sin embargo, y este ya es otro asunto del que podríamos hablar largo y tendido, pese a la torpeza de uno y al acierto del otro, hoy es mucho más conocido Creso que Bizas. ¿Será porque supo acaparar mucho dinero?

Junio 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de junio de 2008

viernes, 23 de mayo de 2008

Aviso a navegantes

Aviso a navegantes
Ramón Serrano G.

Bien sabido es que el hombre no vive sólo de lo que hace, sino igualmente de lo que piensa, e igualmente es conocido por todos que no basta para nada con tener satisfecho el cuerpo si no se halla complacida el alma por parejo. Y hasta tal punto se produce esto así, que es muy común encontrar a quien tiene cubiertas todas sus necesidades físicas, al menos aparentemente, y sin embargo no es feliz en absoluto, ya que su mente está obcecada en deambular por otros derroteros distintos a los normales. Perdida en dédalos de dificultosa salida. Dispuesta a discurrir por boscosos laberintos que poca o ninguna paz le proporcionan.
También es sabido por todos cómo el hombre, cuando joven, dedica la mayor parte de sus tareas anímicas a la esperanza, al trabajo de forjarse ilusiones, empujado por el anhelo, más o menos exagerado, de conseguirlas. A ponerse metas, mucho o poco intrincadas, que de lograrlas le satisfagan ampliamente. A marcar para su vida una finalidad que le dé sentido y significado, siendo esa señal más alta cuanto mayor sea la personalidad del individuo. Por el contrario, cuando ya alcanzó la persona la mitad de su edad, o de la que sería su normal existencia, tanto si ha aquistado sus objetivos, como si no lo ha hecho, tiende a conformarse con lo logrado, o como mucho a retocarlo ligeramente, y pocos son los que, frisando los cincuenta, intentan faenas de mayor enjundia. A esos pocos, desde aquí, mi testimonio de admiración. Los más empiezan ya a evocar el pretérito, sabiendo que su futuro no debe ser ya muy largo, o al menos inferior a su pasado. Es ese momento crucial en la vida de las personas en las que los propósitos y las esperanzas se van difuminando, dando paso a las rememoraciones y añoranzas.
Y muchas veces he pensado, e incluso escrito, que nuestros recuerdos suelen acudir casi siempre a los hechos o acontecimientos que nos son deleitosos, pero quisiera decir además, y esto es lo importante, que resbalan sobre muchas de las cosas ocurridas, apropincuándose a ellas apenas sin tocarlas. Como en una caricia. Como el enamorado pasa el dorso de su mano por la cara de la mujer que adora. Como el padre apenas roza la mejilla de su hijo recién nacido. Pensando, tal vez, que una mayor presión de nuestro tacto podría dañar esas delicadas naturalezas, pero incapaces de renunciar a esa sutil palpación, para con ella convencernos de que lo que tanto amamos está allí tangible, a nuestro alcance.
De tal forma es esto, como vengo en decir, que las más de las ocasiones circuimos lo rememorado con cariño. Nuestra mente desarrolla, ante la evocación de los hechos que la ocupan en cada momento, la doble función de ir expulsando de ella lo que pudiera ser angustioso, o al menos poco grato, para coger y mantener dentro de sí, exclusivamente, lo que de bueno y agradable hubiera existido en las circunstancias rememoradas.
Esto es lo que corrientemente suele ocurrir, y sin embargo no es lo más lógico, ya que se debería recordar lo bueno y lo malo con la misma frecuencia y con el mismo detenimiento. Lo uno, como recompensa y satisfacción. Lo otro, como castigo y compunción. Ambos, como ejemplo de lo qué sí y de lo qué no debe hacerse. Pero suele practicarse la distinción antedicha porque es sabido que se tiende a la autocomplacencia, y nos es mucho más deleitosa la satisfacción del espíritu, que el remordimiento de la conciencia.
Pero dado que esto es así, y que los seres humanos buscan la felicidad (aunque se debe apostillar aquí que cada persona y cada época tuvo una concepción diferente de lo que otorgaba la felicidad a sus coetáneos) y que como viene explicado con anterioridad, tendemos por naturaleza a recordar lo bueno, deberíamos imponernos la obligación de hacer las cosas bien, o al menos lo mejor que sepamos o podamos, para poder tener cuando mayores buenas evocaciones y no pesadillas de nuestros actos. Afanarnos en que esas correctas acciones sean las teselas con las construyamos el mosaico de nuestra vida.
Debe hacerse de esa forma, lo mismo que se debe ir ahorrando a lo largo de la vida para, al llegar a esa edad en la que las actividades de la persona ya apenas son físicas, tener una vejez económicamente confortable. Con ello estaremos muy satisfechos de poder guardar en nuestra alma y en nuestro armario una buena cartilla de recuerdos ahorrados, que nos proporcionará pingües intereses, los cuales contribuirán bastante a que podamos vivir, grata y dignamente, nuestros últimos días. Creo que este es, y por eso lo escribo, un oportuno aviso a navegantes.

Mayo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de mayo de 2008

viernes, 9 de mayo de 2008

Perspectivas

Las perspectivas
Ramón Serrano G.

“Dile a la del pelo lacio/ si se quiere columpiar/que la quiero enamorar/ meciéndola muy despacio”.- Bambera

Todas las cosas, absolutamente todas las cosas de este mundo tienen, al menos, tres perspectivas desde las cuales pueden ser contempladas. La primera es la que aparentan, es decir, la imagen que dan ante los demás y cómo estos están acostumbrados a verlas, y lo que es peor aún, cómo piensan que en realidad es su sustancia y funcionamiento. La segunda es cómo deberían ser, o mejor dicho, cuál sería su estado perfecto o idealizable si respondieran en toda su esencia a las condiciones con que la naturaleza o el hombre las ha creado. La última es cómo son en realidad, o sea cuál es su verdadera constitución, su auténtica idiosincrasia, su normal y cotidiano comportamiento.
Ejemplos de ello, podríamos traer aquí a montón, a miles. En todos los terrenos, tanto en el artístico, como en el político, en el social, en el de la naturaleza humana en suma. En la cultura o en la técnica, en la moda o en la alimentación, en el cultivo o en la artesanía, todo lo que ha recibido la creación o la manufactura del ser humano se nos muestra bajo esos tres aspectos fundamentales: cómo aparenta ser, cómo debiera ser y cómo es en realidad. Hay casos, algunos casos, muy pocos casos, en que la segunda faceta prima sobre las otras dos, o dicho de otra forma, que una cosa es de una ejecución y una materia magnífica, y como tal se nos ofrece. Pero lamentablemente hay casos, muchos casos, demasiados casos, en que la primera condición aniquila a las otras dos, o aclarándolo, lo artificioso prima sobre lo verdadero. Vamos que nos están queriendo dar gato por liebre y de hecho demasiadas veces lo consiguen.
Ya digo que podríamos poner un montón de ejemplos demostrativos de la veracidad de estos asertos, pero vamos a fijarnos, someramente, en dos aspectos con los que explicar más gráficamente estos mis decires. Me voy a parar, un tanto, en dos actitudes muy significativas de la vida de los seres humanos, las ideologías y el trabajo, puesto que con el comportamiento de cada uno ante ambas se demuestra muy a las claras la manera de ser del individuo.
En las creencias, citaremos en primer lugar la postura farisaica de quien obra o habla completamente dominado por el que me vean o por el qué dirán, sin que en su fuero interno estén arraigadas, en ningún sentido, los credos o los dichos que pregona, pero que en la práctica no lleva nunca a cabo, ya que está dominado por su verdadera forma de ser o de pensar, que siempre es antagónica a su manera de decir.
Hablaremos, ahora, de los auténticos ideales de esas ideologías, que son verdaderos ejemplos del camino a seguir y cuya consecución está mucho más a nuestro alcance de lo que nos imaginamos. Digamos por último que el modo de comportarse de la mayoría suele ser pacato y poco evangelizador, digamos sobre todo que es de escaso apostolado, ya que se suelen dedicar más esfuerzos e inquietudes a lo terrenal y a lo tangible.
Y cosas muy parecidas podríamos decir si nos adentrásemos en el terreno de lo laboral. El trabajo, en cuanto es la actividad en la que uno está ocupado habitualmente y de la que obtiene los medios económicos para su subsistencia, está dotado de unas características que le son intrínsecas e inseparables, si no se quiere apartar a aquél de su verdadera y auténtica identidad.
Por ello, cabe denunciar que muchos hay que ejercen un trabajo que no es serio, ni formal, y con el que tan sólo buscan unas monedas sin ofrecer a cambio algo que tenga realmente valía. Por dinero baila el perro, dicen, y es verdad, aunque el trabajo del perro no es trabajo, que una cosa es trabajar por un salario justo y digno, y otra muy distinta es bailar, hacer carantoñas, dingolondangos y meguezes, para dar, a cambio de un corto dinero, nada de valor a la parroquia. Tan sólo atraer a clientes con falsas promesas, ¡ y cuántos y cuántos viven hoy de eso, y bien vividos!
Cabe, en segundo lugar, alabar la tarea y el esfuerzo de muchos inconformistas y autoexigentes que cumplen con sus obligaciones laborales hasta la extenuación y son dignos del mayor elogio y reconocimiento por parte de todos nosotros, aun cuando muchas veces seamos demasiado reacios a reconocer públicamente todos sus méritos, que son muchos. Son los que le dan al término TRABAJO toda su grandiosidad y magnificencia. No sé si poner en este caso ejemplo aclaratorio alguno, ya que enseguida vendrá alguien a decirme que igualmente debería haber citado a X o a Z, pero no me resisto a traer a colación a dos grupos que desarrollan una constante labor excepcional: son los equipos médicos de urgencias, que siempre han de ocuparse de casos peliagudos en situaciones extremas, y, junto a ellos, el sacrificadísimo cuerpo de bomberos.
Y estamos, por último, los que cumplimos, o intentamos cumplir con nuestra ocupación, cabalmente como sabemos, pero sin esforzarnos en mejorar posición o conocimientos, y, por supuesto, sin llevar a cabo nada digno de tirar cohetes. Lo que no significa poco y, por otra parte, es completamente correcto. Es aquello que hace el currito de turno, que se conforma con llevar el jornal a la María y a la prole, y ver si de cuando en cuando se saca algún dinerillo extra para cualquier gasto de poca monta. Vamos, lo que se dice cumplir lo justito con el contrato y se acabó. Y de estos, ya digo, estamos la tira.
Mayo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de mayo de 2008