viernes, 20 de junio de 2008

El qué dirán

El qué dirán
Ramón Serrano G.

Es curioso observar cómo a veces se allegan ocasionalmente hasta nosotros personas, costumbres o expresiones, que por inusuales teníamos ya arrumbadas en el arcón del olvido. Alguien o algo con quien o con lo que tuvimos cotidiano trato, pero que las circunstancia de la vida o los usos y costumbres los alejaron de nuestro entorno, hasta el punto de parecer que nunca hubiesen existido.
Así, un buen día me cruzo en la calle con una persona a quien hacía tiempo que no veía, tanto, que ya la tenía olvidada por completo. ¡Hombre!, te dices, pero si este es Zutano, aquél que…. Otras veces, cumpliendo con obligaciones familiares o sociales, tengo que ir, casi a regañadientes desde luego, al cementerio, y como en Tomillares son muy amigos a poner en nicho o tumba una fotografía del difunto, viéndola, me entero de que aquella persona, con la que tuve algún trato o simple conocencia anterior, ha dejado de estar entre nosotros.
Hay ocasiones, ¡quién lo diría!, en las que alguien le abre y le sujeta una puerta a otro cediéndole el paso; o que en un transporte público una persona se levanta y ofrece su asiento a alguna señora o a persona de edad avanzada. O en plena calle, mozo, moza, u hombre caballeroso, deja el interior de la acera a una mujer. Y esto, aunque les parezca imposible, es algo que sucede. Aunque crean que es asombroso, ocurre. Doy fe de ello. Y cuando uno lo ve, se acuerda de inmediato de otros tiempos en que estas actuaciones eran habituales.
Viene a suceder igualmente que en algunas conversaciones se sacan a colación frases o expresiones que desde tiempo ha, se han convertido inexplicablemente en obsoletas. Ya nadie dice por ejemplo: Por las ánimas benditas. O, que usted lo pase bien. U otras tantas que podríamos traer a colación. Pero ayer oí una, que no escuchaba desde hacía muchos años y que me trajo a la mente diversas evocaciones y pensamientos. Era concretamente el que dirán. Sí, sí, eso he dicho: el qué dirán. Algo de lo que se acuerdan muchos de ustedes, pero de lo que no tienen la más remota idea aquellos que no han cumplido aún los treinta años.
Era ese qué dirán no un miedo claro, pero sí un respeto a la opinión ajena, que frenaba o, al menos, condicionaba un tanto el comportamiento de la gente. No es que esta fuese gazmoña o mojigata, sino que procuraba que nadie tildara su conducta como pecaminosa o en desacuerdo con el proceder ortodoxo de la época. Por ello, ninguna muchacha que estuviera en su sano juicio, se atrevía a salir a la calle mostrando en exceso su epidermis. No había mujer que consintiera que su hijo o marido saliesen de su casa con una prenda rota o simplemente deshilachada. Ni novia que permitiera una pública caricia de su amado, aunque fuese mínima, a no ser que se viese amparada por la oscuridad de la noche o la soledad de algún parque. O persona que teniendo a su cargo o administración bienes de otros, ya públicos, ya privados, dispusiera ladinamente de ellos en su propio beneficio.
Hoy, ya es otra cosa. No diré si mejor o peor, que a juicio del sensato lector lo dejo, pero es otra cosa. Ahora una joven sale de su casa mostrando generosamente por arriba, por el centro y por abajo sus atributos, que dicho sea de paso, la mayoría de las veces suelen ser atractivos, y lo hace con la misma naturalidad con la que un chaval se come un caramelo. Hoy nos solemos cruzar con personas cuyos pantalones no es que vayan raídos, no, es que llevan rotos por los que cabe la mano de un hombre. En estos tiempos no es extraño ver cómo a cualquier hora del día o de la noche, y en el sitio más iluminado o concurrido, una pareja, unos simples conocidos que no tienen que estar unidos por ningún compromiso o promesa, se morrean y magrean mutuamente, y que les vean u opinen de su conducta les importa lo mismo que a mí me da que esté lloviendo ahora en Mogadiscio. En la actualidad, y bien lo sabemos todos, muchos hacen fortunas, pequeñas, grandes o inmensas, subrepticia y ladinamente, desviando a su bolsillo bienes o ganancias pertenecientes a empresas o entidades en las que desarrollan sus actividades y lo hacen con el mismo descaro con el que una mosca se posa en un pastel. Pero esto merece un estudio más extenso, así que dejémoslo.
Diré por último, porque así lo creo y porque algún lector ya estará echándolo en falta, que nuestra adecuada forma de obrar debe estar impelida por nuestros correctos sentimientos y no sólo por la opinión que el prójimo pueda sacar de nosotros por nuestras actuaciones, que esto, y no otra cosa, es el qué dirán aludido. Pero pese a ello, si el qué dirán actúa en nosotros como un mantra, como una sunna, o como un precepto que nos lleva a que nuestras acciones estén dentro de la honradez y el comedimiento, y lejos por tanto de la extravagancia, del descaro o de la incorrección, es natural que yo, y otros muchos, lo echemos de menos.

Junio de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de junio de 2008

jueves, 5 de junio de 2008

Augurios

Augurios
Ramón Serrano G.

Han desaparecido ya, o casi. Como los consejos, como las cataplasmas o como los rosarios de la aurora. Ya no pedimos, ni atendemos, las advertencias o los asesoramientos, porque creemos saberlo todo. No utilizamos los emplastos o los sinapismos, porque, al igual que todo lo antiguo, están desfasados y hay remedios mejores o, al menos, más modernos. Para efectuar las prácticas religiosas, que antaño fueros comunes y casi obligatorias, actualmente nos ocultamos, si no es que las hemos abandonado por completo. Y hoy ya nadie acude a consultar a los augures. Cómo iba ha hacerse, si la ciencia nos ha traído tantísimo avance. Pero creo que merecen atención más detallada los presagios y las agorerías.
Es bien sabido que los hombres de todas las etnias y de todas las tierras, desde lo más antiguo, cada vez que habían de emprender aventura alguna, de relativa o de gran importancia, solían solicitar las premoniciones que su cultura y sus costumbres les indicasen, para poder iniciar con cierta ventaja su misión. El ser humano, cuando su ignorancia le hace sentirse menesteroso y necesitado de luz para la mente y sostén para el cuerpo, acude a fuerzas superiores en busca de apoyo para obtener protección frente a las adversidades y ayuda para la consecución de sus deseos. Por eso teúrgos, chamanes, jorguines, meigas, kafires, tropelistas, hmeno’obs, xanas y otros muchos profesionales de lo arcano, solían tener sus “consultas” atestadas de gentes ansiosas de conocer su futuro.
Y sin querer, o saber, adentrarnos en exquisiteces culturales haciendo alusión a los misterios eleusinos, a las ceremonias tántricas con sus mándalas y stúpas, o al sincretismo helénico, cabe recordar que una tormenta, un rayo, el reflejo de una imagen en el agua, las tabas, los sueños, y tantos y tantos otros, eran los amuletos, candorgas, fetiches o símbolos a los que se acudía para que se pudiese adivinar lo por llegar, y la bondad o maldad que pudiera acompañarlo. O se estudiaba a los animales. Sabido es que el vuelo de un ave anuncia diferente suerte ya sea hacia un lado u otro del camino. Nos lo cuenta el “Cantar del mío Cid”: … Cuando salen de Vivar, ven la corneja a la diestra, pero al ir a entrar en Burgos, la llevaban a su izquierda…” . Digamos que en la América pre-colombina se tenía como trascendente si el tocolote cantaba o gemía. Recordemos que se creyó durante mucho tiempo que quien tenía un gato tenía un tesoro, porque estos podían acceder a ciertas energías telúricas. Y podríamos referirnos a lo que se adivinaba según fuera el chillido de una rata o el aullido de un perro.
Pero vayamos a nuestro asunto. Es natural, y ha sido siempre, que cada cual trate de prepararse lo mejor que pueda y pertrecharse de cuantos más medios obtenga para tratar de conseguir lo que desea. Se hizo y se sigue haciendo. Pero sabiendo que, “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, buscamos ahora ayudas más científicas, más ¿seguras?, que los agüeros, con las que estar protegidos ante los problemas dificultosos o imponderables, que pudieran surgirnos. Nos es más cómodo esto que prepararnos, concienzuda y pacientemente, en aprender y aprehender lo necesario. Y acudimos confiados a quienes creemos que nos puede facilitar la tarea, sin pararnos a observar que demasiadas veces, aquello que nos están ofreciendo no es lo mejor, ni lo más conveniente a nuestro fin.
Normalmente acudimos al primero que nos aconsejaron; escogemos lo que no es menos dificultoso, o nos dejamos engatusar por mercachifles y chalanes de tres al cuarto, que amparados en una publicidad engañosa, no tienen reparos en ofertar productos de calidad escasa o nula, buscando más el propio beneficio que la satisfacción del cliente. Y esto es lo malo, que no siempre sabemos acudir a la fuente adecuada, o discernir las indicaciones más idóneas entre aquellas que se nos facilitan para nuestro triunfo. En demasiadas ocasiones confiamos en demasía de lo que nos dice el arúspice de turno o en la publicidad de falsos profetas que buscan sólo su ganancia sin saber lo que dicen, o sabiéndolo, ocultando su ineficacia. Hay que saber buscar, pero además hay que saber entender el vaticinio. Hubo quien no lo supo comprender y quien sí lo hizo. Veamos dos ejemplos muy esclarecedores, que nos dan testimonio de ello.
El más famoso Oráculo de la antigüedad fue el de Delfos. Situado al pie del monte Parnaso, era el recinto donde habitaban y ejercían las pitias y las sibilas. Una vez acudió a él Creso de Lidia para preguntar si debía atacar a los persas. El Oráculo le respondió: “Si Creso cruza el río Halis, el que sirve de frontera entre Lidia y Persia, destruirá un gran imperio”. El rey pensó que aquél mensaje estaba muy claro y cruzó el río decididamente. Luchó y fue derrotado. El imperio que se había destruido era el suyo.
Por otra parte, cuando Bizas consulta al Oráculo en ese mismo templo de Apolo en Delfos, por saber cuál es el lugar más apropiado para que se instalasen los colonos de la ciudad de Megara, aquél le responde que el sitio más idóneo sería frente a la ciudad de los ciegos. Este no comprende, de momento, el comunicado y navega por el mar Egeo hasta el de Mármara. A la entrada del Bósforo contempla Calcedonia, la ciudad que otros megarenses habían edificado en la orilla asiática del estrecho, y se percata de que la mejor ubicación para la nueva urbe sería en una pequeña península de la orilla europea, que además de otros beneficios, constituía un magnífico puerto natural. Bizas acababa de comprender que los ciegos a los que se refería el oráculo, eran aquellos antiguos pioneros que no habían sabido ver cuál era el asentamiento mejor, y fundó allí la nueva ciudad y la llamó Bizantion.
Sin embargo, y este ya es otro asunto del que podríamos hablar largo y tendido, pese a la torpeza de uno y al acierto del otro, hoy es mucho más conocido Creso que Bizas. ¿Será porque supo acaparar mucho dinero?

Junio 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de junio de 2008

viernes, 23 de mayo de 2008

Aviso a navegantes

Aviso a navegantes
Ramón Serrano G.

Bien sabido es que el hombre no vive sólo de lo que hace, sino igualmente de lo que piensa, e igualmente es conocido por todos que no basta para nada con tener satisfecho el cuerpo si no se halla complacida el alma por parejo. Y hasta tal punto se produce esto así, que es muy común encontrar a quien tiene cubiertas todas sus necesidades físicas, al menos aparentemente, y sin embargo no es feliz en absoluto, ya que su mente está obcecada en deambular por otros derroteros distintos a los normales. Perdida en dédalos de dificultosa salida. Dispuesta a discurrir por boscosos laberintos que poca o ninguna paz le proporcionan.
También es sabido por todos cómo el hombre, cuando joven, dedica la mayor parte de sus tareas anímicas a la esperanza, al trabajo de forjarse ilusiones, empujado por el anhelo, más o menos exagerado, de conseguirlas. A ponerse metas, mucho o poco intrincadas, que de lograrlas le satisfagan ampliamente. A marcar para su vida una finalidad que le dé sentido y significado, siendo esa señal más alta cuanto mayor sea la personalidad del individuo. Por el contrario, cuando ya alcanzó la persona la mitad de su edad, o de la que sería su normal existencia, tanto si ha aquistado sus objetivos, como si no lo ha hecho, tiende a conformarse con lo logrado, o como mucho a retocarlo ligeramente, y pocos son los que, frisando los cincuenta, intentan faenas de mayor enjundia. A esos pocos, desde aquí, mi testimonio de admiración. Los más empiezan ya a evocar el pretérito, sabiendo que su futuro no debe ser ya muy largo, o al menos inferior a su pasado. Es ese momento crucial en la vida de las personas en las que los propósitos y las esperanzas se van difuminando, dando paso a las rememoraciones y añoranzas.
Y muchas veces he pensado, e incluso escrito, que nuestros recuerdos suelen acudir casi siempre a los hechos o acontecimientos que nos son deleitosos, pero quisiera decir además, y esto es lo importante, que resbalan sobre muchas de las cosas ocurridas, apropincuándose a ellas apenas sin tocarlas. Como en una caricia. Como el enamorado pasa el dorso de su mano por la cara de la mujer que adora. Como el padre apenas roza la mejilla de su hijo recién nacido. Pensando, tal vez, que una mayor presión de nuestro tacto podría dañar esas delicadas naturalezas, pero incapaces de renunciar a esa sutil palpación, para con ella convencernos de que lo que tanto amamos está allí tangible, a nuestro alcance.
De tal forma es esto, como vengo en decir, que las más de las ocasiones circuimos lo rememorado con cariño. Nuestra mente desarrolla, ante la evocación de los hechos que la ocupan en cada momento, la doble función de ir expulsando de ella lo que pudiera ser angustioso, o al menos poco grato, para coger y mantener dentro de sí, exclusivamente, lo que de bueno y agradable hubiera existido en las circunstancias rememoradas.
Esto es lo que corrientemente suele ocurrir, y sin embargo no es lo más lógico, ya que se debería recordar lo bueno y lo malo con la misma frecuencia y con el mismo detenimiento. Lo uno, como recompensa y satisfacción. Lo otro, como castigo y compunción. Ambos, como ejemplo de lo qué sí y de lo qué no debe hacerse. Pero suele practicarse la distinción antedicha porque es sabido que se tiende a la autocomplacencia, y nos es mucho más deleitosa la satisfacción del espíritu, que el remordimiento de la conciencia.
Pero dado que esto es así, y que los seres humanos buscan la felicidad (aunque se debe apostillar aquí que cada persona y cada época tuvo una concepción diferente de lo que otorgaba la felicidad a sus coetáneos) y que como viene explicado con anterioridad, tendemos por naturaleza a recordar lo bueno, deberíamos imponernos la obligación de hacer las cosas bien, o al menos lo mejor que sepamos o podamos, para poder tener cuando mayores buenas evocaciones y no pesadillas de nuestros actos. Afanarnos en que esas correctas acciones sean las teselas con las construyamos el mosaico de nuestra vida.
Debe hacerse de esa forma, lo mismo que se debe ir ahorrando a lo largo de la vida para, al llegar a esa edad en la que las actividades de la persona ya apenas son físicas, tener una vejez económicamente confortable. Con ello estaremos muy satisfechos de poder guardar en nuestra alma y en nuestro armario una buena cartilla de recuerdos ahorrados, que nos proporcionará pingües intereses, los cuales contribuirán bastante a que podamos vivir, grata y dignamente, nuestros últimos días. Creo que este es, y por eso lo escribo, un oportuno aviso a navegantes.

Mayo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de mayo de 2008

viernes, 9 de mayo de 2008

Perspectivas

Las perspectivas
Ramón Serrano G.

“Dile a la del pelo lacio/ si se quiere columpiar/que la quiero enamorar/ meciéndola muy despacio”.- Bambera

Todas las cosas, absolutamente todas las cosas de este mundo tienen, al menos, tres perspectivas desde las cuales pueden ser contempladas. La primera es la que aparentan, es decir, la imagen que dan ante los demás y cómo estos están acostumbrados a verlas, y lo que es peor aún, cómo piensan que en realidad es su sustancia y funcionamiento. La segunda es cómo deberían ser, o mejor dicho, cuál sería su estado perfecto o idealizable si respondieran en toda su esencia a las condiciones con que la naturaleza o el hombre las ha creado. La última es cómo son en realidad, o sea cuál es su verdadera constitución, su auténtica idiosincrasia, su normal y cotidiano comportamiento.
Ejemplos de ello, podríamos traer aquí a montón, a miles. En todos los terrenos, tanto en el artístico, como en el político, en el social, en el de la naturaleza humana en suma. En la cultura o en la técnica, en la moda o en la alimentación, en el cultivo o en la artesanía, todo lo que ha recibido la creación o la manufactura del ser humano se nos muestra bajo esos tres aspectos fundamentales: cómo aparenta ser, cómo debiera ser y cómo es en realidad. Hay casos, algunos casos, muy pocos casos, en que la segunda faceta prima sobre las otras dos, o dicho de otra forma, que una cosa es de una ejecución y una materia magnífica, y como tal se nos ofrece. Pero lamentablemente hay casos, muchos casos, demasiados casos, en que la primera condición aniquila a las otras dos, o aclarándolo, lo artificioso prima sobre lo verdadero. Vamos que nos están queriendo dar gato por liebre y de hecho demasiadas veces lo consiguen.
Ya digo que podríamos poner un montón de ejemplos demostrativos de la veracidad de estos asertos, pero vamos a fijarnos, someramente, en dos aspectos con los que explicar más gráficamente estos mis decires. Me voy a parar, un tanto, en dos actitudes muy significativas de la vida de los seres humanos, las ideologías y el trabajo, puesto que con el comportamiento de cada uno ante ambas se demuestra muy a las claras la manera de ser del individuo.
En las creencias, citaremos en primer lugar la postura farisaica de quien obra o habla completamente dominado por el que me vean o por el qué dirán, sin que en su fuero interno estén arraigadas, en ningún sentido, los credos o los dichos que pregona, pero que en la práctica no lleva nunca a cabo, ya que está dominado por su verdadera forma de ser o de pensar, que siempre es antagónica a su manera de decir.
Hablaremos, ahora, de los auténticos ideales de esas ideologías, que son verdaderos ejemplos del camino a seguir y cuya consecución está mucho más a nuestro alcance de lo que nos imaginamos. Digamos por último que el modo de comportarse de la mayoría suele ser pacato y poco evangelizador, digamos sobre todo que es de escaso apostolado, ya que se suelen dedicar más esfuerzos e inquietudes a lo terrenal y a lo tangible.
Y cosas muy parecidas podríamos decir si nos adentrásemos en el terreno de lo laboral. El trabajo, en cuanto es la actividad en la que uno está ocupado habitualmente y de la que obtiene los medios económicos para su subsistencia, está dotado de unas características que le son intrínsecas e inseparables, si no se quiere apartar a aquél de su verdadera y auténtica identidad.
Por ello, cabe denunciar que muchos hay que ejercen un trabajo que no es serio, ni formal, y con el que tan sólo buscan unas monedas sin ofrecer a cambio algo que tenga realmente valía. Por dinero baila el perro, dicen, y es verdad, aunque el trabajo del perro no es trabajo, que una cosa es trabajar por un salario justo y digno, y otra muy distinta es bailar, hacer carantoñas, dingolondangos y meguezes, para dar, a cambio de un corto dinero, nada de valor a la parroquia. Tan sólo atraer a clientes con falsas promesas, ¡ y cuántos y cuántos viven hoy de eso, y bien vividos!
Cabe, en segundo lugar, alabar la tarea y el esfuerzo de muchos inconformistas y autoexigentes que cumplen con sus obligaciones laborales hasta la extenuación y son dignos del mayor elogio y reconocimiento por parte de todos nosotros, aun cuando muchas veces seamos demasiado reacios a reconocer públicamente todos sus méritos, que son muchos. Son los que le dan al término TRABAJO toda su grandiosidad y magnificencia. No sé si poner en este caso ejemplo aclaratorio alguno, ya que enseguida vendrá alguien a decirme que igualmente debería haber citado a X o a Z, pero no me resisto a traer a colación a dos grupos que desarrollan una constante labor excepcional: son los equipos médicos de urgencias, que siempre han de ocuparse de casos peliagudos en situaciones extremas, y, junto a ellos, el sacrificadísimo cuerpo de bomberos.
Y estamos, por último, los que cumplimos, o intentamos cumplir con nuestra ocupación, cabalmente como sabemos, pero sin esforzarnos en mejorar posición o conocimientos, y, por supuesto, sin llevar a cabo nada digno de tirar cohetes. Lo que no significa poco y, por otra parte, es completamente correcto. Es aquello que hace el currito de turno, que se conforma con llevar el jornal a la María y a la prole, y ver si de cuando en cuando se saca algún dinerillo extra para cualquier gasto de poca monta. Vamos, lo que se dice cumplir lo justito con el contrato y se acabó. Y de estos, ya digo, estamos la tira.
Mayo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de mayo de 2008

miércoles, 30 de abril de 2008

El invento

El invento
Ramón Serrano G.

Debemos ser usted, yo, todos nosotros, conscientes de que hemos creado una nueva civilización, que usted, yo y todos nosotros podremos disfrutar, pero que igual, y muy dolorosamente, usted, yo y todos nosotros hemos de padecer. El hombre ha querido ir desterrando de su entorno el mayor número de incomodidades y peligros posibles, trayendo a su derredor cuantas comodidades y venturas ha creído convenientes. Su logro ha sido cuantioso, y en algunos casos, podríamos decir que casi perfecto. Ha inventado el mágico artefacto que disimula la infelicidad. Pero en su desmedido afán de conquista no ha sabido ver, a su vez, que con su invención estaba construyendo demasiadas barreras y dificultades que pueden llegar a serle infranqueables para conquistar la auténtica dicha. Curiosa y digna de ser leída es la teoría de Rousseau acerca de la influencia negativa de la civilización en el hombre.
Porque los humanos, posiblemente porque estuviesen ya más que hartos de tantos padecimientos, se han lanzado desenfrenadamente a la conquista de un mundo feliz, y no quisiera que nadie viese en esta frase un pobre remedo al magnífico libro de Aldous Huxley, o a la no menos famosa “Tempestad” de Shakespeare. Quiero decir, simple y llanamente, que con y por una tendencia desorbitada al hedonismo, se han ocupado en ir eliminando carencias y en saciar apetitos, pero sin comprobar en unas y en otros si eran de auténtica valía y, lo que es peor aún, sin anclar debidamente los pilares que diesen continua sujeción a esas consecuciones. Pensaron sin duda: cesen ya los sufrimientos añejos y gocemos hoy mismo de nuestros logros, que el mañana está por llegar.
Y en eso se equivocaron, como lo hicieron todos los pueblos que, al igual que estos de hoy, trataron de avanzar sin rebuscar en la historia. Se olvidaron de que, aquella que en otro tiempo fue la todopoderosa Roma, relajando costumbres y apoltronándose en los bienes ganados, se vio invadida y dominada desde el este por unas hordas bárbaras y ávidas de poder. Tampoco se acordaron de que Esparta, aquél pequeño pueblo descendiente de los dorios, supo desarrollar el espíritu de sacrificio y la austeridad, dejando a sus hijos, desde los siete años, vivir solos en los montes o en las vegas del Eurotas. De esa, y otras muchas formas educativas, crearon una gran ciudad-estado que incluso llegó a vencer a Atenas en el Peloponeso.
Pero volvamos a nuestra civilización, en la que, según mi parecer, aún no sabemos vivir, ya que no acabamos de enterarnos de que no todo lo posible es conveniente, ni todo lo agradable es beneficioso. Al contrario, recuerden aquello de lo que nos gusta o engorda, o es pecado. No se suele enseñar hoy en día que todo logro tiene su contrapartida. Que todo tiene un precio que hay que satisfacer. Y que poco, o mejor dicho nada, se alcanza fácilmente, o de bóbilis bóbilis.
Hemos inventado así una maquinaria descomunal, que produce seres creyentes desde su infancia en un mundo lleno de posibilidades, y que les hace ver que estas existen y que son muy apetecibles, pero no se les comunica, y si se hace es de forma muy liviana, que todo juego tiene sus reglas y que estas están para cumplirse. O sea que no consiste en alcanzar algo, sino en hacerlo por las vías adecuadas, por aquello, ya dicho tantas veces, que no es bueno el tener sino el ser. Se les condena a vivir como seres monoteístas, enfermizos adoradores del dios “Posesión”.
Para ello, del credo, y por supuesto, de la praxis de esas ideologías, se han suprimido, por estimarlas demodés, teorías tan acreditadas como aquellas que afirman que todo lo que es importante es difícil de conseguir. Que para ganar es imprescindible sufrir. Que el tesón, la perseverancia, el sacrificio son elementos irreemplazables para la construcción del hábitat en el que poder vivir con dignidad.
Pocos son en la actualidad, y si hay alguno, sus aulas están tan poco concurridas que las telarañas anidan en sus pupitres, pocos son, digo, los centros que enseñan las muy demostradas ideas de que para poder gozar hay que saber padecer, ya que aquello que no ha costado esfuerzo, lo que se nos allega casi como regalado, no tiene nunca consideración y aprecio por nuestra parte. Por el contrario, aunque poco sea lo que alcancemos, esto lo tendremos siempre como importante si al volver la cabeza observamos que el camino que tuvimos que recorrer para llegar a conseguirlo estuvo lleno de dificultades.
Pero me reitero en que desgraciadamente no es de ese modo, y por ello pienso que este nuevo modo de vivir, esa maquinaria descomunal está produciendo entes sin apenas calidad de vida. Obesos, al estar alimentados reiteradamente por el fast food. Pálidos, de no darles nunca el sol. Aborregados obedecedores de políticos y dirigentes que sólo persiguen su propio beneficio. Así, desgraciadamente así, son los hijos de ese “gran invento”, que acabará dándonos serios dolores de cabeza. Y si no nos los acarrea a nosotros, a nuestros sucesores se los proporcionará, seguro. ¡Pues menudo invento!

Abril 2008

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 25 de abril de 2008

sábado, 12 de abril de 2008

Souvenirs

Souvenirs
Ramón Serrano G.

Aun cuando ya me he referido en alguna ocasión a las acordanzas, (léanse mis artículos en este mismo periódico del 14-01-05 o del 2-12 del mismo año), vuelvo a tocar hoy este tema, aunque enfocándolo desde un prisma muy distinto, y por tanto refiriéndome a otro tipo de recuerdos.
Empezaré, para ello, por decir que una de las muchas cosas en que ha cambiado la vida actual, comparándola con la de hace, digamos, cien años, es la posibilidad que hoy en día tienen la mayoría de las gentes para viajar y la realización frecuente de ese hecho. Antiguamente una gran cantidad de humanos entregaban su alma en el mismo sitio donde habían visto la luz por primera vez, sin que el espacio de tiempo que había mediado entre ambos eventos se hubiesen movido de su lugar natal o a lo sumo habían llegado a algún pueblo o aldea limítrofes. Sabido es que muchos hombres la única salida de su patria chica que hacían a lo largo de su vida era por la obligatoriedad del cumplimiento del servicio militar.
Hoy, afortunadamente, esto ya no es así y cualquier persona de diferente edad, clase o condición, se mueve con relativa frecuencia por muchos de los vericuetos y rincones del ancho mundo. Refiriéndome estoy, creo que es evidente, no a quienes tienen que viajar por causas laborales, que esos suelen llevar el tiempo justo para desarrollar su trabajo, sino a los que lo hacen por asueto. Facilitan estos ociosos desplazamientos actuales los medios de transporte que hay para hacerlo, ya sean públicos o privados, las disponibilidades económicas de los individuos y también la labor social que para ello, desde hace algunos años, están llevando a cabo los distintos gobiernos tanto nacionales como regionales. Y quiero aprovechar esta alusión para rendir testimonio de aplauso y agradecimiento a ese quehacer de las Administraciones, por lo mucho que tiene de beneficioso.
Bueno, pues hete aquí, que hemos salido de excursión, larga o corta, y que ya hemos llegado a nuestro lugar de destino. No nos importa en este caso ni los medios mecánicos o económicos que hemos utilizado, y tampoco si ya conocemos con anterioridad, sea poco o mucho, nuestro lugar de esparcimiento. Lo que sí nos interesa es referirnos a las ocupaciones a las que se suelen dedicar los excursionistas, y que podemos dividir en tres apartados.
El primero, y desde luego el más plausible, es el que engloba a aquellos que, llegados a destino, se dedican más o menos afanosamente en contemplar, disfrutando con ello, paisajes, monumentos, edificios, museos, iglesias, parques, o cualquier otro lugar que la naturaleza o el hombre hayan creado y que les sirva de recreo y esparcimiento del alma, así como de aprendizaje de algo nuevo o corroboración de lo ya conocido. A más, gustan de descubrir usos, costumbres, idiomas, comidas, fiestas o celebraciones características y peculiares del paraje elegido. Su ansia de saber es grande y llenan satisfactoriamente su espíritu con conocimientos nuevos y foráneos.
El segundo lo forman aquellos que cuando cogen vacación, son fervorosos practicantes del dolce far niente. Bueno, en realidad, estos lo suelen ser cuando tienen descanso y cuando no, así que, si pueden, les encanta estar en decúbito (tanto les da que sea prono como supino) y ahí se las den todas. Pero a estos, una vez citados, abandonémoslos, pues no merecen atención.
El tercero es sin duda el más numeroso. Muchos, la mayoría, van a donde sea, al sitio más extraño y pintoresco, pero lo suelen hacer influenciados por una serie de razones hueras aunque, quizás, la más importante sea porque hoy está de moda hacerlo. En primer lugar para presumir después de que se ha estado en este y en aquél lugar, y después para hacer las compras correspondientes que más tarde servirán como prueba irrefutable del viaje. Les interesa poco ver y conocer lo hermoso y admirable de una región extraña. Lo que sí les importa, y mucho, es que su entorno sepa que les gusta viajar y que lo hacen ya que tienen posibilidades para ello.
Por estas razones, al llegar a destino, dedican de inmediato su tiempo a adquirir souvenirs, muchos souvenirs, para familia, amigos, o para ellos mismos. Y en esas adquisiciones malgastan lastimosamente su tiempo y su dinero. Pero eso les da igual, ya que les es imprescindible venir cargados como acémilas con algunos objetos absurdos, eso sí, muy monos, pero que tarde o temprano acabarán arredrados en algún cajón. A este respecto, recuerdo perfectamente que en la primavera de 1974 hubo una excursión a las Islas Canarias, cosa que por aquellos entonces era poco común y muy atractiva. Y sé de quienes se volvieron a la península después de siete días sin haber visto el Roque Nublo, o los Jameos del agua, o el famoso drago de Icod de los Vinos. En realidad les hubiese gustado, pero consideraron más interesante dedicar sus jornadas, desde que salía el sol hasta el ocaso, a visitar las tiendas de los hindúes para comprar, por algunas monedas menos que en la península, unas gafas de sol, un reloj o un transistor.
Pues si así son los viajes en la actualidad, y dado que el vivir del hombre no es otra cosa que un accidentado deambular por la tierra desde su primer día hasta que viene a llevárselo “la descarnada”, podemos observar cómo hay seres que dedican su existencia a aprender cuanto pueden y luego utilizar su saber en beneficio de sus congéneres. Que igualmente los hay que procuran no dar nunca un palo al agua. Estos son incontables. Y que también existen, y también son muchos, los que se afanan con ahínco en adquirir y acaparar lo que pueden, sin darse cuenta de que algún día habrán de perderlo todo de una forma u otra. Creen los pobres, que esto que atesoran en este corto itinerario que es su corta vida, son souvenirs que se podrán llevar en su viaje a aquel lugar del que nunca volvió nadie.

Abril 2008

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de abril de 2008

domingo, 30 de marzo de 2008

La firma

La firma
Ramón Serrano G.

Quienes han tenido la paciencia y la amabilidad de leer alguno de mis escritos, saben que muchos de ellos los empiezo utilizando la definición que el D.R.A.E da de ese tema al que voy a referirme, porque en ella me puedo asentar cumplidamente para desarrollar el mismo. Así, refiriéndose al de hoy, dice el docto libro que es el nombre o título de una persona, generalmente acompañado de una rúbrica, escrito por ella tal y como tiene costumbre de hacerlo, puesto al pie de una carta o documento, y por la cual estos quedan autorizados, y/o autentificados.
Pero vayamos al tema. Hablando un día con uno de esos encantadores vejetes que toman el sol de media mañana sentados en los bancos públicos, le pregunté que qué era la firma para él, y fíjense el enorme parecido que tiene su contestación, llana y pueblerina, con la académica antes descrita. Me dijo el buen hombre que era el nombre, o demasiadas veces algunas letras indescifrables, que alguien pone al final de algo, que casi siempre lleva atrás un garrapato, y con lo que viene a decirse quién es el autor de lo dicho, o de que da su consentimiento, o de que se hace responsable de algo.
También quisiera contarles dos hechos casi históricos (hoy ya no se dan, para mal y para bien) pero tan recientes que yo los he vivido en varias ocasiones debido al ejercicio de mi profesión. Uno era la formalización de un trato. Dos hombres hablaban sobre una transacción, pongamos por ejemplo, ajustaban los términos de la misma y llegados a un acuerdo se daban un apretón de manos. Con él, admitían su compromiso de cumplir lo pactado y ya no eran necesarios papeles ni rúbricas. La palabra de un hombre valía tanto, o más, que lo escrito. Créanselo los jóvenes. Eso pasaba. Como igualmente ocurría que muchas personas, desgraciadamente analfabetas, acudían a un despacho para tratar de resolver un asunto, y lo hacían con cierta desenvoltura. Su azoramiento llegaba cuando se veían obligados a firmar. Entonces algunos, con cierta parsimonia, sacaban de su ajada cartera un viejo papel, lo ponían delante y luego, despacíco y dificultosamente, copiaban lo que allí tenían como muestra, y que no era otra cosa que su firma.
Digamos, aunque sólo sea de pasada, cómo signaban los documentos que otros tenían que escribirles, aquellas/os que por sí mismos no sabían hacerlo. Si era algo oficial se solía dejar la huella del dedo pulgar debidamente impregnada en tinta. Si eran textos más íntimos o personales se solicitaba la imprescindible ayuda: ..”Escribidme una carta, señor cura…”, que nos encandilaba Campoamor. Terminada la labor del amanuense, tomaban ellas el protagonismo, borrajeaban algo y después añadían alguna señal que guardaba una significación convenida de antemano. Entre novios, casi siempre eran cruces y círculos. Aquellas representaban abrazos. Estos, besos.
De hoy, podemos decir que la firma es imprescindible y que hasta se puede hacer de forma electrónica. Y que hay quien firma por un barbecho y quien no lo hace hasta haberse leído concienzudamente la letra pequeña. Pero dejemos ese tipo de firmas que es a otro al que quiero referirme, aunque dejando claro que siempre la firma fue, y es, un acto trascendente y resolutivo. Nada está acordado definitivamente hasta que es firmado.
Sobre ello dicen, y puede que lleven razón, los peritos grafólogos que a través de la firma se puede adivinar la forma de ser de la persona que la estampa. Yo me lo creo, al igual que hago con otras tantas cosas de las que no entiendo (y son muchas) y me fío de la opinión de los expertos.
Pero a la firma a la que quiero hoy referirme, la que deseo principalmente resaltar es aquella que los seres humanos van poniendo día a día, o lo que es igual, su forma de ser, sus sentimientos, sus cualidades, su capacidad de obrar, en todo cuanto van realizando a los largo de su existencia. Y aun cuando lo hacen de manera más significativa los grandes hombres (se sabe bien si una pintura es de Van Gogh o una música de Bach, aunque podríamos poner otros muchos ejemplos) todos, al ejecutar nuestros actos, grandes o sencillos, importantes o triviales, vamos firmando, vamos haciéndonos un nombre, vamos responsabilizándonos de nuestros actos, vamos diciendo lo que somos. Cuántas veces hemos oído aquello de: …y qué podías esperar de él. O eso otro de: …como siempre, se comportó estupendamente.
Seamos entonces conscientes de que desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, y aun en el tiempo que permanecemos en el lecho, venimos dando testimonio de nuestro modo de ser. Que estamos continuamente firmando, y, con ello, autentificando, dando importancia y haciéndonos responsables de nuestras acciones. Que cada cual vea entonces si antes de echar la rúbrica le conviene estudiar minuciosamente lo que hace, si debe leer hasta la letra pequeña, o lo que le puede acarrear el firmar por un barbecho, aun cuando esto le traiga sin cuidado.

Marzo 2008