jueves 9 de febrero de 2012

Tell me, my Heart...

Tell me, my Heart,…
Ramón Serrano G.
Para Carmen L.T.

Un poeta inglés, de cuyo nombre no consigo acordarme, escribió esto: Tell me, my Heart, is this be Love?...(Dime corazón, es esto amor?) Y pienso yo que aquél poeta, como todos los buenos poetas que en el mundo han sido, supo expresar, desde el fondo de su alma, las grandes dudas que en nuestra alma nos asaltan tantas veces, y que son uno de los grandes problemas que, en el discurrir de nuestras vidas, tenemos los humanos.
Porque todos sabemos que la humanidad ha ido (y va), aprendiendo a pasos agigantados cantidad de conocimientos, cifras, datos, definiciones y comportamientos, que le son muy útiles para el buen desarrollo de su hacer cotidiano. Que para una mejor, y más productiva, realización de su trabajo, como para sus desplazamientos y medios de comunicación, ha inventado máquinas y artilugios que hace tan sólo unas décadas eran impensables. Y que ocurre lo mismo con algunos oficios y profesiones, sobre los que el hombre de la calle ignora tanto su nombre como su actividad. Porque no sé usted, pero confieso que yo ignoro lo que hace un arquitecto de soluciones, y juro que conozco a alguien que vive y mantiene a los suyos siendo eso.
Resumiendo: hoy se tienen muchos más conocimientos que antaño, lo cual siempre es loable, aun cuando demasiadas veces lo aprendido nos sea de escasa o nula utilidad. De cualquier forma, repito, siempre es bueno saber que la sístole y la diástole pueden ser auriculares o ventriculares; cuál es el teorema de Pitágoras; la diferencia entre una redondilla y un soneto o que los ríos Tunguska son afluentes del Yenisei. Aunque uno sea carpintero, abogado, o taxista. Lo malo es cuando empleamos nuestro caletre para saber, “con precisión enciclopédica”, si el gol con el que el Atlético Escalerillas ganó la copa, lo metió “Pitu” o fue “Balbo”. O que el cantante del grupo rockero “Rest and Thres”, se llama Pak O’Diaz.
Pero es peor aún cuando no sabemos dar acertadamente con la definición de la condición o el estado anímico en el que nos encontramos nosotros mismos, o en el que se halla, o posee, alguien en concreto. Porque los conocimientos del mundo exterior, se aprecian fácilmente y siempre que acudamos a ellos, encontraremos los mismos síntomas y obtendremos los mismos resultados. El pintor logrará el color turquesa cada vez que mezcle cuatro partes de azul, con una de amarillo y una de blanco. Y el científico sabe que para conseguir el ácido sulfúrico -el compuesto químico que más se produce en el mundo-, ha de utilizar siempre la fórmula H2SO4.
Sin embargo no nos ocurre igual cuando queremos reconocer algunos sentimientos, ya se estén dando estos en nosotros mismos, o hacia un extraño. Para hacerme comprender mejor me voy a fijar en tres de estos sentires, mostrándolos desde las distintas perspectivas con las que solemos observarlos, pues en demasiadas ocasiones no acabamos de reconocer las sensaciones y las confundimos tratándolas de distinta manera a como debiéramos hacerlo.
Hablemos primeramente de la amistad, para decir que todos tenemos infinidad de amigos (al menos de eso presumimos) pero la mayoría poseemos muy pocos y, acaso, ninguno. Porque no se puede llamar verdaderamente AMIGO, así, en toda la extensión y eseidad del término, a aquél a quien conocemos desde niños, o al compañero de trabajo, o al vecino, tan sólo por esos motivos. Lo es, ese sí, la persona por quien todo lo daríamos, todo lo haríamos y a todo nos expondríamos, con tal de ayudarle y darle satisfacción. A quien consideramos tanto, o más, que si fuera un familiar, porque la auténtica hermandad no requiere lazos de sangre. Difícil es de hallar, pero dice el Eclesiástico (6-14), que quien lo encuentra, ha hallado un tesoro.
Seguiremos brevísimamente con la envidia, uno de los mayores males que pueden afligir al hombre, ya que, la mayoría de ellos, no sabemos alegrarnos con el merecido triunfo de otro, y al no poder alcanzarlo nosotros, pasamos de inmediato a menospreciar su éxito, a restarle importancia, y a malvivir amargados por el livor de no poder emular su victoria.
Pero, sin duda alguna, donde más se da esto de la confusión, o el difícil reconocimiento de una emoción, es en el AMOR. Profusión hay de casos en los que el cariño se confunde, o se disimula, por las más diversas máscaras, abalorios y valores que no le son intrínsecos. Así, aquél casó con aquella por su dinero. Este, dijo estar enamorado, mas únicamente buscaba la posición social, o la alcurnia, de su cónyuge. A esotro, no le atrajo de esotra más que la lujuria dada su exuberancia carnal, o, simplemente, su buen parecido físico. Ese de más allá, eligió a esa sin buscar otra cosa en su pareja que a alguien que le hiciese la comida y le limpiara la casa. Y los ha habido que… Pero a qué seguir poniendo ejemplos, si la mayoría son de todos conocidos, y todos sabemos que en ninguno de los ejemplos apuntados se halla reflejado lo que es verdaderamente el AMOR. Lo que en realidad es el AMOR.
Algo que sí debió querer decir aquél poeta inglés, de cuyo nombre no consigo acordarme, pero del que sí sé que debía estar muy cuerdo, ya que nunca los orates y sólo los juiciosos pueden amar con locura. Dábase cuenta el bardo británico que el auténtico cariño no podía estar basado en esas pobres menudencias citadas, sino que había de estar fundamentado en sentires y anhelos de mucha mayor enjundia. Por eso, y estoy plenamente seguro que fue por eso, escribió preguntándose a sí mismo: “Tell me, my Heart, is this be Love?... ¿Dime corazón, es esto Amor?.

Febrero 2012

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 10 de febrero de 2012

miércoles 25 de enero de 2012

El orbayu (y II)

El orbayu (y II)
Ramón Serrano G.

El jueves, y por expreso deseo de la “directora”, se trasladaron a Cangas de Onís, a Arriondas y al mirador del Fitu, y tras ver sitios tan güapinos, y maravillados por ello, pensaron en comer en “El Molín de Mingo”, pero luego se llegaron hasta “Casa Marcial”, donde, tras probar unos tortos de maíz, tomaron arroz con pitu de caleya -de tan merecida fama-, pan de escanda y un tocinillo de Grado, auténtico “bocato di cardinale”. Pero, tras la comida, el tiempo empezó a cambiar, nublóse, y a la oscurecida llegó el “orbayu”. Por ello, y casi agradeciéndolo, se estuvieron toda la tarde tomando un té en un cómodo y discreto salón del hotel, no ya hablando, sino diciéndose cosas, alguna de ellas, de manifiesta profundidad. ¿Qué estuvo pasando en esos días?
Más que demostrado está, que las personas se ven afectadas de distinta manera por el encuentro con algo o con alguien. Y eso vino a ocurrir con nuestra pareja, los cuales, desde el primer momento, se sintieron a gusto y atraídos mutuamente, aunque de diferentes formas y por distintos motivos. Ambos tenían cualidades en abundancia para que su trato no fuese sólo grato, sino muy deseable. Los dos universitarios, los dos en una buena edad, y los dos de aspecto y convivencia envidiable. Él, parco en palabras y metódico, quizás en demasía, enjuiciaba cualquier tema con profundidad y enjundia y tenía tres arraigadas aficiones: la música clásica, la pintura y el ajedrez. Ella, en plenitud de una sensual belleza, era activa, decidida, eficiente y pragmática. La dominaban dos vicios: leer y viajar. Y añadiremos que a ambos les privaba la buena cocina.
Como antes dije, tan pronto se trataron, los dos empezaron a sentirse a gusto el uno junto al otro, aunque sus deseos más íntimos no fueran los mismos. Alberto encontró en ella todas las condiciones exigibles en un amigo íntimo y pensó que podría serle de mucha ayuda en su nueva vida. Andrea fue adivinando en él todos los requisitos que le hacían poder llegar a ser un nuevo esposo o compañero, tan bueno, que pudiese llenar el vacío que había dejado el que tuvo anteriormente. Por ello, despaciosa y casi inconscientemente, que no era en absoluto ni licenciosa ni procaz, fue dejando a su subconsciente que actuase. Un día le cogió la mano; otro bebió de su copa; al paseo por la Garganta del Cares acudió con un mini short que dejaba al descubierto unas piernas perfectas y voluptuosas, y la última anoche había aparecido con un escote de vértigo en su blusa.
-Alberto, no me has dicho nada de mi look de hoy.
-Que puede hacer perder la cabeza al hombre más sensato.
Y no continuó hablando sobre el tema, pero pensando en él, luego, a solas en su habitación, mantuvo consigo mismo una lucha entre el corazón y el cerebro por ver quién decidía el modo de obrar ante aquella mujer.
A la mañana siguiente seguía orbayando. No llovía, sino que el cielo lloraba mansamente a través de un finísimo tamiz, por lo que leyeron la prensa tranquilamente en el hotel y a media maña decidieron ir paseando hasta la playa de Poo. Al regreso dijo Andrea:
-Presiento que hoy va a ser un día muy importante y feliz para mí, así que, si me lo permites, esta tarde me iré a la peluquería, a comprarme un capricho, y luego te llevaré a cenar al “Mirador de Toró”, que creo que es muy bueno. Pero nada de si me lo permites. Te lo ordeno.
A la noche apareció elegantísima, esplendente, y tras los sinceros elogios de Alberto, marcharon al restaurante. Probaron los oricios, unos deliciosos longueirones, pastel de cabracho y atún en rollo. Todo buenísimo. Tomaron café, pero no licor, ya que él prefirió invitarla a champán en el hotel. Tras brindar con la primera copa por un futuro feliz para ambos, ella propuso terminar la botella en su habitación y así le mostraría la adquisición que había hecho esa tarde. Ya arriba, tomaron una segunda y una tercera copa. Entonces ella le pidió:
-Espera un momento que voy a enseñarte lo que me he comprado.
Pasó al baño y, al poco, salió de él con un sujetador azul en la mano y desnuda de cintura hacia arriba. Con la mayor naturalidad le dijo:
-¿Verdad que es bonito? Luego me lo pones y verás cómo me sienta.
Él, atónito, se levantó de inmediato y le contestó:
-Perdón, Andrea. La cena, o el champán, no me han sentado bien. Tengo una jaqueca espantosa y voy a marcharme. Que descanses.
Ella se levantó temprano aunque no había podido dormir en toda la noche, y al hacerlo, vio en el suelo un folio con el membrete del hotel, que alguien había metido por debajo de la puerta. Lo leyó:
“Cuando veas esta nota ya estaré lejos de aquí, pues voy a coger el primer autobús que me lleve a Oviedo, y luego seguiré viaje a Madrid.
Quiero que sepas que me has parecido una mujer extraordinaria en muchísimos aspectos, y que me hubiese gustado enormemente conseguir tu amistad. No juzgo negativamente, para nada, tu actitud de anoche. Eres una persona decidida y obras como crees oportuno, y en la actualidad, hasta para hacer determinados actos, pocas cosas están ya mal vistas y da igual quién tome la iniciativa. Me costó lo indecible tener que rechazar un placer como el que me ofrecías, pero entendí, y espero que tú lo hagas, que no podía complacerte, ya que creo que sólo se debe hacer el amor si se lleva a cabo decentemente con aquella persona a la que estás sentimentalmente unido. Se puede hacer también por puro placer corporal, pero si es de esta manera, nunca con alguien a quien consideras, que eso sería aprovecharse, y un amigo no se tiene para sacar provecho de él. De todas formas, te repito, me costó lo indecible renunciar a ti.
Tienes mi dirección y mi teléfono. Si quieres, cuando regreses de París, búscame, que deseo, como no te puedes imaginar, que volvamos a vernos y que llegues a ser una buena amiga. Seguro que mi mejor amiga.
Con mi mayor afecto: A.
Con paso vacilante salió a la terraza de su habitación, y allí, con la claridad de la mañana, observó que ahora el papel estaba mojado. Sería por las lágrimas que se le habían derramado al leerlo. O, quizás, por el orbayu.

Enero de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 27 de enero de 2012

viernes 13 de enero de 2012

El orbayu (1)

El orbayu (I)
Ramón Serrano G.

De hecho, sólo con verla, por su belleza física, su porte y sus modos, intuyó que debía ser una mujer extraordinaria. Le superaría algo en edad (que ya habría saltado los cuarenta), pero se dijo que ese no es un dato a tener siempre en cuenta en las mujeres, y que tratar de adivinarlo es tan difícil como encontrarse con un amigo en Tokio sin haber concertado antes una cita. Había venido al hotel un día después que él, la conoció de inmediato al coincidir ambos en recepción a su llegada y tratar de ayudarla con el equipaje de mano. Ella le agradeció el detalle con una sonrisa y ya no se volvieron a ver hasta la cena, en el comedor, donde ocuparon mesas vecinas. Entre ambos sólo hubo un escueto y correcto “Buenas noches” al llegar, y algo similar al despedirse. A la mañana siguiente coincidieron de nuevo en el desayuno, y no habiendo en ese momento más clientes, tras preguntarle si estaba solo, le invitó a compartir su mesa. Aceptó él de muy buen grado y comenzaron una desenfadada y distendida charla tras las obligadas auto presentaciones:
-Hola, soy Andrea.
-Yo, Alberto.
Y cada uno hizo un breve currículum de sí mismo. La mujer, dijo haber enviudado a los treinta, ser oriunda de Ávila, vivir sola en Madrid y tener una hija casada, hacía un año, con un catedrático de La Sorbona. Había venido a distraerse un poco, puesto que, en unas semanas, marcharía a París donde estaría un par de meses, hasta finalizar agosto, ayudando a su hija que le iba a dar su primer nieto. Vivía bien, sin problemas, pero, sin saber por qué, no era feliz.
Él manifestó que era soltero y, entre vergonzosa y orgullosamente, que acababa de ser cuarentón. Que después de terminar su carrera de economista, había llegado a desempeñar el cargo de sub-director de una muy conocida multinacional de informática. Pero que, a principios de este mismo año, sufrió una cardiopatía isquémica por lo que le dieron la invalidez permanente. También residía en Madrid y se había venido a Llanes para mentalizarse un poco de cómo sería su nueva vida de inactividad laboral. Y que había escogido el hotel por los consejos de un compañero de trabajo, mejor dicho un ex compañero, que era llanisco.
El día apuntaba bueno, a pesar de ser junio y estar en el Principado. Ni una nube cubría la Sierra de Cuera y el sol empezaba a calentar un poquito. Decidieron salir a dar un paseo por la villa, y hablando de mil cosas, Andrea, muy lanzada, le preguntó:
-¿Tienes algún plan especial para los días que estés aquí?
-No, respondió Alberto. Así que, si me lo permites y eres capaz de aguantarme como compañero, te seguiré encantado a donde vayas.
- Pues soldado. Desde este instante queda a mis órdenes.
- ¡Señor, sí señor! bromeo él.
Y en esas se les fue la mañana. Se pasaron por la oficina de turismo, instalada en un magnífico torreón del siglo XIII, junto a la extensa y bien conservada muralla, para que les informasen de lugares y sitios dignos de visitar. Luego, y antes de regresar al hotel, se fueron a un chigre para tomar un culín de sidra de buen “palu” y unas “andaricas”.
-Si te parece, propuso ella, nos vamos a marcar un plan a seguir, dependiendo por supuesto de que nos apetezca cumplirlo, y del tiempo. Tras el desayuno, cogeremos mi coche y nos iremos a conocer lugares y paisajes de la comarca, que deben ser una preciosidad. Si se tercia, comemos por ahí y luego regresamos al hotel. Entonces, tiempo libre, y a eso de las ocho salimos a dar un paseo y tomar algo en alguna terraza.
Así lo hicieron, y esa misma tarde volvieron a patear el pueblo. Tomaron un café en el casino, un precioso edificio modernista que a principios del siglo XX construyeron los indianos en el en el centro de la villa. Luego visitaron la basílica de Santa María de Conceyu, gótica, de la segunda mitad del XV, aunque su fachada occidental posee características románicas. Frente a ella, la Casa de Cultura, sita en el Palacio de Posada Herrera, y el palacio de Gastañaga, del siglo XV. Por todo eso y por otras muchas cosas comprobaron que Llanes era un lugar fantástico, idea que corroboraron después cuando anduvieron por el paseo de San Pedro, construido en 1847, y desde el que se aprecian unas maravillosas vistas de la villa hacia un lado, y de la playa y el mar al otro.
Cenaron pronto y luego hicieron una larga, muy larga, tertulia en la terraza del hotel donde se alojaban, el Sablón, un sitio coqueto, entrañable y volcado sobre el Cantábrico. Y en esa prolongada charla hablaron de muchas, muchas cosas, pero por sus cabezas empezaron a pasar muchas, muchas, y muy diferentes ideas y sensaciones, como si el aire comenzase a soplar para cada uno, desde distinto origen y hacia diferente lado.
En las siguientes jornadas cumplieron fielmente el plan trazado. Sin prisas, y a su aire, tras el desayuno, cogían el coche de Andrea, un Audi 4 recién estrenado, y se iban a recorrer los contornos. El martes fueron hacia el oeste, hasta Villaviciosa, para regresar por Lastres, Colunga y llegar a Ribadesella, donde comieron en “El Repollu” una crema de “pedreru”, “arbeyos” con jamón y un excelente pescado comprado en la Rula. Regresaron al hotel y se despidieron hasta la hora de la cena.
El miércoles decidieron, con gran acierto, hacer la ruta del Cares, y comprobaron que, si se la conoce como “la Garganta divina”, no es por capricho, ni casualidad, que pocos lugares hay en España con mayor belleza que este, en el que, por una senda de poco más de un metro de ancha, prácticamente llana, cuidada, y cómoda, se recorre el desfiladero por el que discurre ese río. Haciéndose lenguas del espléndido paisaje que acababan de ver, y antes de regresar a la antigua Puebla de Aguilar, visitaron algunas de sus casi treinta playas, como las de Barru, Gulpiyuri, San Antolín o Torimbia, y en ellas estuvieron conversando bastante rato bajo un sol casi veraniego, que era una delicia.

Enero de 2012
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 13 de enero de 2012

martes 20 de diciembre de 2011

Sonidos y ruidos

Sonidos y ruidos
Ramón Serrano G.

Casi todos los días, casi todos nosotros, esperamos, aún sin darnos cuenta, poder escuchar algún determinado sonido que “venga a alegrarnos las pajarillas”. O sea, que pueda satisfacer nuestra alma al recordar, o percatarnos, de sones con los que antes (hoy en día, por desgracia, ya casi no se escuchan) nos veníamos arriba en nuestros quehaceres y actividades. Aunque hay que reconocer que también existen ruidos que nos irritan y nos ponen de un “yogur” que no veas. Pero de estos hablaremos sólo un poco.
Conviene aclarar que a esas “músicas” del pasado las evocamos no en la condición consustancial de lo que oímos, sino en el sentido subjetivo, es decir, en lo qué y cómo nos atañe, que no todo es siempre igual para todos. Pues es cierto que ciertas cosas siempre nos agradan, pero también lo es que, eso mismo, a otro les disgustan y encocoran. Qué curioso observar cómo nuestra mente cataloga y adjetiva los hechos que nos afectan, pero no siempre como son en realidad, sino de la manera que le atañen y/o le placen.
Ignoro la causa que íntimamente nos regocija, pero puedo asegurar que yo, y creo poder decir lo mismo de una gran mayoría, lo hemos sentido en muchas ocasiones. Quiero decir bien alto que me gusta evocar recuerdos de melodías, porque eran eso melodías, que escuchábamos en el acontecer diario, provocadas, simple y llanamente, por el hacer de la gente. Como tengo que expresar que hay igualmente muchas otras cosas que despiertan nuestro gozo: ciertos olores, vistas de tierras o rincones y lugares de nuestra infancia, o determinados objetos. Bastantes por fortuna. Pero hoy quiero aludir únicamente a los sonidos y a los ruidos, dejando al margen las sensaciones percibidas por otros sentidos.
Puede que alguien piense que esto sólo son evocaciones caducas. Lo sé y lo admito. Pero no me digan si no era mucho más agradable escuchar por la noche a un hombre, que vendría con seguridad de rondar a la novia o de echar de comer a sus animales, acercarse primero, pasar ante nuestra ventana y alejarse después, cantando una copla sencilla, del pueblo, con una voz profunda y seria, que, sentado en tu cuarto de estar o tumbado en tu alcoba, dar un respingo al paso de un cupé tuneado y sin silenciador, con las ventanillas bajadas y el equipo de música funcionando a todo volumen.
Por eso, y por muchas causas que no vienen al caso, con reiterada frecuencia traigo la remembranza a mi memoria de personajes y escenas, de otros tiempos, cuya entrañable y suave algarabía estaba repleta de cadencias. Por estos, y por otros motivos que puedan suponerse, rememoro a menudo escenas vividas hace mucho y que siempre alegraban mi espíritu al hacerlo. Por eso mismo, y por querer conseguir un bienestar que ya suele faltarme, me paso horas diciéndome a mí mismo que aún puedo oír de nuevo alguna de aquellas cantinelas. Por eso, y porque en ocasiones consigo convencerme de haberlo conseguido, y entonces soy feliz. Por eso, quizás sólo por eso, bastantes, aunque nunca demasiadas, veces pienso en:
El repicar de la campana que llegaba hasta la celda del monje convocándole a maitines, o la llamada del almuédano al muslim para la azalá del fajr; la salida del pastor de su duermevela con el tintineo de las esquilas; el griterío bullicioso que el paseante oye salir del patio de un colegio en la hora del recreo; el pasar ante la fragua y sentir el acompasado y sonoro golpeo del martillo sobre el yunque, cosa esta que fue origen, sin duda, de uno de los más sentidos palos del flamenco. En algunos lugares, el turullo o la trompa del porquero para que en las casas se diera suelta al cochino, y habiéndose formado la piara, llevársela a pastar a algún encinar cercano. El saber de la cercanía del afilador al percatarse de los sones de su chiflo, al que aquél sacaba con primor sus tonalidades alternativamente, de graves a agudas y viceversa. E incluso para el preso, tiempo ha por fortuna de esto, el runruneo de la rata que percibía cuando ella acudía diariamente hasta su banqueta para compartir con él, y por su caridad, un poco de su escaso condumio, sabiendo el roedor que mientras lo rustía, había de soportar unas consideraciones que el recluso tan sólo podía dirigirle a él, dada la soledad de su celda. Eso eran sonidos.
Ahora sólo se escuchan ruidos. Barullos, voces, jaleos y estridores, provenientes de la calle, de la radio, de la tele, o de tantos otros sitios, que te irritan profusa y hondamente desde que por la mañana te tiras del petate hasta que por la noche, cansado del trabajo y de tantas otras cosas, vuelves a tu cribete, intentando casi inútilmente conciliar el sueño y conseguir un merecido descanso.
Son demasiados ruidos. Te despierta la alarma que lleva incorporada el teléfono móvil; te aturde el estridente claxon de un automovilista que apremia al que tiene delante al observar que se ha abierto el semáforo; te pone la cabeza como un bombo el monótono zumbido del aparato de aire acondicionado que un vecino ha instalado sin permiso en el patio de la comunidad, o te exaspera el inmisericorde tableteo del martillo neumático con el que un obrero municipal abre una zanja, profunda y larga, en la acera de nuestra calle. Esos, y otros muchos bochinches y estridores que suelen producirse en muchas situaciones que me callo, se oyen ahora lamentablemente.
Y es que antes, por fortuna, había sonidos. Ahora, para nuestro pesar, hay ruidos. ¡Qué le vamos a hacer!

Diciembre de 2011

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 22 de diciembre de 2011

miércoles 30 de noviembre de 2011

Y morder el anzuelo (y II)

…Y morder el anzuelo (y II)
Ramón Serrano G

Al llegar el primer fin de semana las dos hermanas subieron a la alcoba de Elisa para poder hablar del tema sin que las molestasen sus padres. Tomó la palabra Gloria y dijo:
-Mira, si como parece, el muchacho no es que no te disguste, sino que además estarías muy dispuesta a casarte con él, lo que hay que hacer es irlo preparando para que acabe mordiendo el anzuelo. Tú sabes que muchas personas son buenas, pero un tanto engolletadas, y por eso si no obtienen fácilmente los resultados apetecidos, se encelan y dedican todo su empeño en no fracasar en algo que ellas esperaban conseguir con relativa sencillez. Esto suele ocurrir en muchas circunstancias de la vida, pero en el amor se da con absoluta seguridad. Y mucho más si la mujer le sabe dar achares al hombre. Achararlo una miajita. Sí, esos “tormentos” que dicen los calés. Sabrás que en Egipto hay un dicho que habla de que a veces se puede vivir con una mujer, pero nunca se puede vivir sin una mujer. Y a este le va a pasar eso. Vamos a hacer lo siguiente… Y le explicó el plan a seguir.
Las dos próximas veces que Elisa se cruzó con su vecino, este le reiteró sus “camelos”, a los que ella sólo le respondió con un escueto y correcto: -Buenos días. Pero al tercero, ya no se conformó con eso y le dijo seriamente: -Por favor Jorge, te agradecería que no me siguieses hablando de esas cosas porque he adquirido un compromiso que voy a respetar por encima de todo. Él se quedó con una cara de gran extrañeza y se fue al bar. Al llegar, y antes de pedir una copa, le dijo a los amigos:
-¿Alguno de vosotros sabéis si mi vecina Elisa se ha hecho novia?
-Claro, le contestaron. El mes pasado. Si lo sabe todo el mundo. De lo que no nos hemos podido enterar es con quien.
Como es fácil imaginar, ese conocimiento lo tenían porque Gloria se había encargado de que alguien soltase, distraídamente, frases sueltas por varios lugares del pueblo. También hizo que a su hermana le llegasen cartas, escritas como es natural por ella misma, y que el cartero entregaba en la casa familiar, sin recatarse en decir a quien pasase por la acera en ese momento:-Mucho le escriben a esta. Yo creo que tendremos boda pronto.
Por esos días llegó un joven a hacer la inspección rutinaria a la oficina de Correos, y le faltó tiempo para invitarlo a cenar a casa de sus padres. Luego, dos domingos seguidos, hizo que la hermana cogiese el tren y se fuese a pasar el día a la capital, habiendo hecho correr la voz que su destino era para conocer mejor a los futuros suegros. Y te diré, por último, que una noche, a la hora en que Jorge solía volver a cenar, se vistió con un traje de su padre, se caló un sombrero, y se puso a hablar con su hermana en la puerta, ella de espaldas y Elisa de frente, dejándose ver bien. Desde luego, no le faltaba imaginación a la hermana mayor en su papel de “celestina”.
Todos estos sucedidos corrieron por el lugar como reguero de pólvora, siendo el tema principal de muchas tertulias. En los pueblos, ya se sabe. Y como nunca falta alguien que quiera aprovecharse del fracaso ajeno para hurgar en la herida, un día, al llegar nuestro protagonista al bar, uno de la cuadrilla le espetó: -Parece ser que, pese a tu fama, no has podido con tu “vecinita”, que te ha dejado por otro. Quizás es que la chica de Tomás sea mucha mujer “pa” ti. Claro que porque con una no puedas, no pasa “ná”.
Aquello le sentó como un tiro. Y herido en su orgullo, porque las cosas difíciles se desean mucho más, y porque, en el fondo, la moza le gustaba, y no poco, les juró a los presentes:
-Por estas, que me caso con la Elisa, y si no, me voy del pueblo.
Y desde ese mismo instante comenzó a tirarle los tejos, con toda su experiencia y todas sus fuerzas. Morigeró sus costumbres, dejando de alternar con ciertos amigotes y recogiéndose a tempranas horas Se hacía el encontradizo con ella cuantas veces podía. Le hablaba con el mayor respeto y sus palabras estaban ahora llenas de buenas intenciones, en vez de deseos indecorosos. En esas se estuvo varios meses, y tanto se esforzó en conseguir su cariño, aunque ya lo tenía sin él saberlo, que llegó a poseer las cuatro eses, como se dice en el capítulo 34, del libro I de “El Quijote”: …no sólo las cuatro eses que dicen han de tener los buenos enamorados, sino un abecé entero…
-¿Y cuáles son esas cuatro eses, si las sabes?, preguntó Luca.
-Claro que las sé, respondió Luis. Barahona de Soto las explica en sus “Lágrimas de Angélica”, y son estas: Sabio en servir…;Solo en amar…;Solícito en buscar… y Secreto en sus favores….
Pero la muchacha, aconsejada siempre por la hermana, seguía contestando a las pretensiones del otro con unas negativas rotundas, aunque corteses y, digamos, dubitativas, lo cual hacía que el otro viese alguna posibilidad de triunfo para sus aspiraciones. Y así, un día y otro día, y un mes y otro mes pasó… él, pidiéndole continuamente que se casaran, y ella respondiendo que, ya era tarde, que otro se le había adelantado. Hasta que el mozo tiró por la calle de en medio. Así una noche, cuando supuso que la familia estaría empezando a cenar, se presentó en la casa de Elisa y les dijo:
-Buenas noches, señor Tomás y la compaña. Pido disculpas, porque sé que no está bien presentarse a estas horas, pero es que ya no puedo más. Mire usted, yo quiero a su hija con toda mi alma y estoy como loco por casarme con ella, y quería saber si a usted le parece bien.
-Hombre a mí parecerme, lo que es parecerme, no me parece mal, porque os conozco bien a ti y a tu familia, y sé que sois buenas gentes, de las de verdad. No me disgustarías como yerno, pero estarás conmigo en que quien tiene que decidir es la chica.
-Padre, intervino Elisa, prefiero darle la contestación a solas, así que, si a usted no le importa, nos salimos los dos al portal, y ahí hablamos.
Eso hicieron, y cuando estuvieron en la penumbra del zaguán, lo primero que hizo ella fue besarle, y luego le dijo:
-¡Tonto, más que tonto! ¿A quién voy a querer yo, si no es a ti?
Y luego llegó, lo que tenía que llegar. Eso de la felicidad, y lo de comer perdices, etc. etc.
Diciembre de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso, el 2 de diciembre de 2011

Ir a pescar (I)

Ir a pescar (I)
Ramón Serrano G.

Para N.L., por su gran afición a la lectura.

-Luis, le dije, muchas veces, cuando me relatas esas historias, me parece que eres tú quien las ha vivido, aunque siempre pongas la acción en otros personajes. Y entonces, sé muchas cosas, pero apenas nada de ti.
-No Luca. Ten por seguro que jamás soy yo el protagonista de mis relatos. Y si lo fuese de alguno, te lo diría. Así que, lo que te cuento lo conozco por haberlo vivido o por haberlo escuchado en boca de otros.
-Bueno, pues aunque no te haya ocurrido a ti personalmente, me gustaría oírte algún suceso de esos que tan bien te sabes. Algún viaje, un devaneo, lo que quieras, pero algo para pasar el rato.
-Pues te contaré los amores, que no hace muchos años, mantuvieron una pareja en un pueblo castellano. Jorge y Elisa se llamaban y vivían en la misma calle. Casi enfrente el uno de la otra. Él, de familia muy acomodada, tendría ya los veinticinco cumplidos. Bien parecido, no pudo, o no quiso, acabar los estudios de leyes, y su trabajo consistía en relevar a su padre en el comercio de ropas y tejidos que tenían, para que este se dedicara por entero a la agricultura, que no era escasa ocupación, por cierto. Tenía una hermana, Ester, dos años más joven, ya casada, y un hermano, Gregorio, que estaba en la universidad, pues ese sí era un buen estudiante.
-Ella, que frisaría los veinte, trabajaba como vendedora en una panadería, y su hermana Gloria, algo mayor que ella, ya casada, y funcionaria en la oficina de Correos, eran hijas de Tomás, carpintero de oficio y hombre de bien. Y has de saber que la tal Elisa era guapa de verdad, una garrida moza, y, las dos, de muy buen carácter y mejor educación, por lo que era de mucho agrado el trato con ellas.
- Nuestro protagonista, pese a no ser un mal muchacho, se las daba de galán, y siempre estaba haciendo la rosca a cuantas jóvenes, y no tan jóvenes, podía, y nunca con la intención de conseguir esposa, sino más bien de poder lograr de ellas algún favor sexual, llegando a tener cierta fama de donjuanesco. Pues aunque las costumbres novieras antiguas no eran tan permisivas como las de ahora, siempre se dijo que el roce hace el cariño, pero es que había quienes, tal vez por llegar a ser más queridos, ludían tanto que no dejaban sitio de la amada sin palpar. Pero por decirlo más finamente, era algo así como aquello que Quevedo explica en su “Cuento de cuentos”. O sea, que se andaba a la flor del berro, por lo que, acabado su trabajo, dábase a diversiones y placeres, tratando de descabezar las mejores yerbas. Y aunque no era pretencioso, no le desagradaba que los amigotes le bailasen el agua sobre sus andanzas amatorias.- ¿Sigues con la Blasa, o ya estás buscando a otra?, le decían en el bar los más íntimos. O aquello otro de: -¿No sé qué les das, pero es que te cantan en la mano? ¡Qué tío! Y él, aunque sin presumir, como te digo, no le hacía ascos a esos comentarios y a esa fama, que por otra parte le llevaban a no cejar en sus galanteos y amoríos.
Y precisamente por ese hábito, y puesto que por su vecindad con Elisa, ambos se cruzaban con harta frecuencia, un día pensó que, si lo hacía con otras muchas, por qué no iba a ver si pescaba algo en las “aguas de la vecinita”, la cual, como antes te dije, era un “pescado” muy apetecible. Por ello, siempre que se cruzaba con ella no perdía la ocasión de decirle chicoleos y lisonjas, amén de lanzarle indirectas sobre una posible relación entre ambos, aunque lo único que pretendía de ella, como de tantas otras, era poder llevársela al huerto.
Pero en los pueblos todo se sabe, y esas “aventuras” también las conocía Elisa que, además de guapa, era lista. Como listas son la gran mayoría de las mujeres en muchas cosas, pero, sobre todo, en eso de adivinar cuáles son los verdaderos deseos de aquellos que se acercan a ellas y empiezan a “arrastrar el ala”. Y tan es así, que puedo asegurarte, que tan sólo son engañadas aquellas que quieren serlo, que la que no, bien sabe defenderse, pues de inmediato “huelen” si el que llega, los que trae son nobles o aviesos propósitos.
En esas, el uno, erre que erre con sus argucias, y la otra, una y otra vez, dándole de lado, porque estaba muy dichosa de que se hubiese fijado en ella, lo que en el fondo le gustaba, y bastante, pero para nada le concedería ni la más mínima de sus pretensiones. Al principio, con más educación que agrado, se sonreía ante los requiebros, pero al poco, la insistencia en los mismos y la subida de tono de alguno de ellos, hicieron que se agotara su paciencia cansada, hasta la saciedad, de oír lo mismo y con el mimo fin.
Y un buen día, hablando con su hermana, le comentó su hartazgo y la indecisión de encontrar una fórmula para acabar con la situación de una forma digna y sin que surgiese desavenencia alguna entre las familias. Y Gloria, sin pensárselo dos veces, le dijo:
-Pero, vamos a ver, a ti Jorge, ¿te gusta o no te gusta?
-Pues claro que me gusta. Y mucho. Tanto, que me casaría con él de buena gana. Lo que no le voy a consentir es que esté tonteando conmigo, como ya lo ha hecho con otras, para pasar un rato y, si le dejo, manosearme, o lo que sea menester.
-Bueno, si es así, déjame un par de días, que vamos a poner en marcha un plan que nos va a dar muy buen resultado. Ya verás.

Noviembre de 2011

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de noviembre de 2011

domingo 6 de noviembre de 2011

Impertinente

¿Impertinente?

¿Fue porque sí, o supiste lo que hacías?
¿Salióte al pronto, o estuvo meditado?
Yo creo que, al fin, como un hombre educado,
dijiste aquello que decir querías.

No cabe en ti ilógica sentencia,
ni verbo, no sujeto a tu albedrío,
que tienes la virtud, el poderío,
de dejar atónita a tu audiencia,
con tus epítetos cabales y certeros;
dictámenes, en todo, verdaderos,
que dejan hacia ti, cordial y adicto,
a quien acaba de oír tu veredicto.

Por eso -dije yo- no hubo viviente,
que más bien, o mejor me definiera,
que hicieras tú, así, de gran manera,
llamándome en gran tono: “Impertinente”
Contestarte pensé, pero me aduje: Tente quieto,
que hay ocasiones en las que procede
el dejar que la cosa así se quede,
ya que a oír la verdad se debe estar asueto.
Nada de discutir, o alzar el gallo,
y nada de meterse en discusiones.
Quien obró así, tendría sus razones.
¡Déjalo estar! Mejor no meneallo.

Pero sí he de decir que, a mí, extrañóme,
que viniendo de ser tan generoso,
se me aplicase sólo un cualitativo.
Y por pensar en esa cosa diome,
y rebiné: Si el insultar es gratis, no oneroso,
¿por qué tan sólo un calificativo?
Si hubiese sido ese, o aquél, u otro sujeto,
quien me hubiese endilgado el adjetivo,
quien de forma tan ruin me retratara,
es que no sabe más, yo me pensara,
o es que no quiere ser reiterativo,
o ya está demodé, o aun obsoleto.

El dardo vino bien y diome en la diana,
pero al ser, como fue, tan sólo uno,
quedó en mi alma un ronroneo perruno,
y callé, pero fue de mala gana.
Y no debí callar. Debí decille:
-Nadando como estás en la opulencia,
de palabras, ideas y saberes,
siendo tan generoso como eres,
no has tenido conmigo la clemencia,
de regalarme otros muchos pareceres,
conformándome con una “impertinencia”.

-Me pudiste llamar: chinche, engreído,
fatuo, molesto, acaso intemperante,
descarado, grosero, muy cargante,
inoportuno, tieso o poseído.
¿Y por qué no tacharme de imprudente?,
¿de chulito quizás?, ¿de inoportuno?,
de atrevido, pesado o insolente.
Pero tu dito fue tan sólo uno.

Asombrado dejóme tu mesura
una vez más, que mil veces lo hicieras;
sujetando prudente la tu mano.
Que siempre que algo así te sucediera,
supiste realizar bien tus hechuras,
y no hacer obras propias de un tirano.
Proclamo entonces, admirado de ello,
con la más viva voz, a voz en cuello:
- Muy grande fue, ¡inmensa!, tu clemencia
al tolerar así mi IMPERTINENCIA.